Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

La Guerra Fría II o la TERCERA Guerra Mundial

 

No es extraño que en política el hecho imprevisto sea a veces más determinante que la acción preconcebida. Es el elemento sorpresivo, que al no estar incluido como factor de equilibrio, inclina la balanza provocando crisis en un andamiaje aparentemente estable.

 

No fue este el caso de la invasión y anexión de Crimea por parte de Rusia a finales de febrero de 2014. En una campaña militar con un mínimo de violencia el ejército ruso tomó el control de los 27,000 kilómetros cuadrados y dos millones y medio de habitantes que eran parte de Ucrania.

 

El suceso, que en otros tiempos habría provocado una guerra, solo fue una sorpresa desagradable entre los dirigentes del mundo globalizado. Ante el hecho consumado no había nada que hacer.  

 

El mundo no estaba preparado para que un miembro del equipo de dirección diera un zarpazo por sorpresa.

 

La invasión quizás revivió en silencio el fantasma de agresiones que, por no haberse frenado a tiempo, abrieron el camino a catástrofes en las que en el pasado perecieron millones de seres humanos. 

 

¡Pero no todo el mundo cree en fantasmas!

 

Un caso imprevisto

 

La anexión de Crimea y otros hechos atribuibles directa o indirectamente a Vladimir Putin son consecuencias de un fenómeno imprevisto: la pérdida del poder a finales de este febrero de Viktor Yanukovych, el presidente ucraniano.

 

La huída de Yanukovych no fue parte de las especulaciones de los analistas políticos y mucho menos de los cálculos de Putin. Él era el hombre del Kremlin en Ucrania, un dirigente firmemente establecido en la política de su país.

 

Su huída dejó a Vladimir Putin sin el aliado clave en su plan de mantener a Ucrania gravitando hacia Rusia en lugar de moverse hacia la Unión Europea.

 

La caída de Yanukovych fue el resultado de su reacción radical e innecesaria contra las demostraciones populares a favor de que se insistiera en que el país formara parte de la Unión Europea.

 

Después de semanas de protestas populares, el 17 de enero de 2014 Yanukovych firmó una serie de medidas prohibiendo prácticamente todas las formas de manifestaciones contra el gobierno ucraniano.

 

Estas medidas, sumadas a una represión violenta contra los manifestantes -que incluyeron francotiradores oficiales-  polarizaron a la población de tal manera que el tema de la Unión Europea pasó a un segundo plano.  

 

Putin, seguramente debe haberse sentido tranquilo de que su socio en Kiev estaba finalmente imponiendo el orden en Ucrania.

 

Yanukovych  no sabía que acababa de firmar  su sentencia al convertir a su propia persona en el motivo de ira de la población.

 

Ucrania a las buenas o a las malas

 

La huίda de Yanukovych desató en Vladimir Putin una serie de actos irreflexivos cuyas consecuencias estremecerían al mundo y dañarían su imagen para siempre.

 

Putin tomó la huída de su socio en Kiev como un desafío personal. Instintivamente, dejó de jugar el ajedrez para entrar en el campo del chantaje y la violencia, que le ha dado magníficos resultados en Rusia.

 

Invadió Crimea, y aunque no provocó en Occidente ni el toque de un tambor, la acción fue una bofetada a todos los que lo habían tratado como un socio del club de gobernantes civilizados.

 

No hubo una reacción mayor porque primaron los intereses económicos de las empresas occidentales y las preocupaciones de los políticos por las economías de sus países. 

 

Ante esta reacción limitada Putin cometió el segundo error.

 

Organizó un ejército de separatistas en Ucrania, le blindó su territorio con una sofisticada defensa antiaérea y alimentó una guerra que, según él, desangraría a Ucrania.

 

En otra palabras, Ucrania por las buenas o Ucrania por las malas. Una muestra de su agresividad personal, de sus ambiciones y del poco respeto que le merecía Occidente.

 

Putin fuera de la realidad

 

A fin de cuentas, los dirigentes de Occidente lo habían tratado siempre como el líder que conduciría a Rusia hacia la convergencia con la economía capitalista.

 

Por estas razones, y gracias la buena voluntad y a la falta de experiencia de la mayoría de ellos, Putin había sido siempre tratado de igual a igual. 

 

A los políticos del campo democrático no les había preocupado mucho su pasado, ni que durante su gobierno se asesinaran periodistas, se acosaran y encarcelaran opositores y que algunas personas perdieran sus empresas y hasta sus vidas en forma misteriosa.

 

Lo que importaba es que gracias a su mano de hierro y principalmente a la bonanza de los precios del petróleo, Putin había puesto orden en Rusia. Los capitalistas invirtieron en Rusia y le prestaron miles de millones de dólares. 

 

En Rusia había un mercado por explotar y fabulosas ganancias por administrar. 

 

Después de todo, siempre se podía acudir al cómodo argumento de que los negocios y el desarrollo conducen irremediablemente a la democracia. ¡Si no es así que importa!  Ya las ganancias se habrían repartido.

 

El resultado ha sido todo lo contrario a lo que esperaban nuestros dirigentes. Putin llevó a Rusia paso a paso por el camino de la autocracia y el despotismo, demostrando que era tan depredador como lo fueron los antiguos jerarcas del Kremlin.

 

Despertó Occidente

 

Entonces sucedió otro hecho imprevisible: con uno de los cohetes rusos encargados de proteger a su ejército separatista en el este de Ucrania se derribó un avión de pasajeros.

  

Las 298 víctimas del avión de Air Malaysa cambiaron la permisibilidad de la que había gozado Putin hasta ese momento.

 

Occidente fue finalmente alertado de que sus dirigentes estaban tratando con guantes de seda a un hombre despiadado que había confundido la prudencia de las democracias con su debilidad.

 

Las reacciones, aunque tardías, están a la vista.

 

Nuevas sanciones dirigidas a frenar el crecimiento económico ruso a largo plazo y a castigar a empresas y aliados de Putin se pusieron en vigor.

 

El gobierno estadounidense ha denunciado la violación por parte de Rusia del tratado sobre el desarrollo de misiles cruceros firmado entre Reagan y Gorbachov en 1987.

 

Los Estados Unidos ha suspendido la cooperación recientemente acordada por medio de la cual científicos de ambos países podrían visitar los lugares de desarrollo avanzado:  los científicos rusos visitarían 137 sitios de investigación del complejo nuclear de los Estados Unidos,  como  los centros de diseño de armas  atómicas de Los Álamos, Alburquerque y Livermore, y tendrían acceso al poderoso láser de cinco mil millones de dólares en Livermore, en el que se crean explosiones de bombas de hidrogeno en miniatura.

 

Rusia ha sido advertida de que una invasión de sus tropas a Ucrania acarrea un costo considerable con nuevas penalidades.

 

El nuevo error de descartar a Rusia y a Putin

 

Aunque ahora se quiera disminuir el peso de Rusia en el mundo, Putin está al mando de un considerable poder. Ha demostrado que puede sostener a un dictador tan despreciado como Bashir al Assad en Siria, y también puede sembrar o ayudar a sembrar el caos en el mundo.

 

Putin tiene el control de un país que es el segundo productor de gas natural del planeta y el tercero de petróleo. Sus misiles de largo alcance y sus bombarderos nucleares tienen la capacidad de crear una verdadera catástrofe en cualquier parte.

 

Aun peor, nadie ha tenido en Rusia, ni incluso en los tiempos de la URSS, una concentración de poder personal y de poder militar y económico de la magnitud que la que tiene Vladimir Putin.

 

Sus errores solo pueden atribuirse a su carácter, a su formación, a sus ambiciones y a la ceguera con que el poder engaña a los hombres sin cultura, sin visión y sin grandeza.

 

Si de vez en cuando hemos visto una película en que un militar ruso fanático lleva al mundo al borde de un holocausto nuclear, ahora tenemos en Putin el candidato a un papel estelar.

 

Odia a Occidente visceralmente, y después de su fracaso en Ucrania, si es que por fin no se decide a invadir, lo odiará más. Habrá quedado como un traidor ante los separatistas, y como un flojo antes los hombres de línea dura en el Kremlin.

 

Si Occidente con sus medidas provoca una recesión en Rusia y si lo aísla indefinidamente del escenario político que necesita, su ego herido y sus complejos de origen lo convertirán en un hombre aun más peligroso.

 

Que sus acciones lo hayan hecho muy popular en Rusia no nos debe sorprender. La popularidad de los conquistadores es cosa común en la historia, y solo se mantiene con más invasiones victoriosas y con un nivel de vida que difícilmente Rusia puede sostener sin un aumento de las inversiones y los negocios con Occidente.

 

Vladimir Putin ha perdido legitimidad y prestigio en un mundo que le abrió las puertas. Puede ser que trate de recuperar el terreno perdido, porque el error ha sido muy grande y las consecuencias económicas y políticas pueden llegar a ser muy serias.

 

Quizá ha comenzado la Guerra Fría II, o tal vez estemos en los preludios de la III Guerra Mundial. Una Rusia tiranizada y una China antidemocrática pueden ser fuentes de negocios y enriquecimiento, pero no son garantías de la paz mundial a largo plazo. 

Siempre puede aparecer un imprevisto.