Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

                                

 

La crisis de la solidaridad democrática en Latinoamérica: sálvese el que pueda

 

No siempre en Nuestra América se fue indiferente a las personas que vivían bajo dictaduras. Se vivió una vez una época de idealismo. Cualquier país, aunque rico y poderoso, era rechazado si no respaldaba la libertad y la democracia de otros pueblos.

 

Los dirigentes políticos de nuestro continente eran abanderados de la libertad y la democracia. Eran los héroes de un mundo hoy distante, remoto y olvidado.

 

En el seno de una reunión de la OEA, José Figueres, presidente de Costa Rica, se negó a estrecharle la mano al dictador cubano Fulgencio Batista. Eran gestos valientes y simbólicos, típicos de Don Pepe, como le llamaban popularmente los costarricenses.

 

Hoy en nuestro Continente, cuando la cuestión es de defender los principios democráticos, los dirigentes políticos miran para otro lado. Aún peor, muchas veces apoyan con sus acciones u omisiones a los enemigos de la libertad y la democracia.

 

Tal vez se ha perdido la dignidad, tal vez ha triunfado el pragmatismo, o simplemente es una mezcla de negocios y cobardía.

 

Por ejemplo, Lula, el popular ex presidente de Brasil, fue y sigue siendo un amigo de Fidel y Raúl Castro. 

 

Lula es uno de los líderes más queridos de Latinoamérica, y Fidel Castro, según las encuestas, es el menos popular de los personajes políticos entre los latinoamericanos.  Menos popular, en el caso de Castro, quiere decir casi completamente impopular. 

 

Pero ¿cómo explicar que Lula sea amigo del dictador más despreciado del Continente?

 

Pues no es fácil, o tal vez sí. A nadie le importa. Recuerdo a Lula haber declarado en una entrevista que él como presidente no estaba interesado en exportar el modelo brasileño a ninguna parte. A Lula le interesaban los negocios de Brasil en el exterior.

 

No exportar la democracia brasileña era en realidad no defender los valores del sistema democrático en ninguna parte. y mucho menos si esto podía interferir con los negocios de Brasil. 

 

Visto así es fácil entender su defensa de Hugo Chávez.

 

Por este tipo de política se criticó a los Estados Unidos en toda Latinoamérica en la primera mitad del siglo pasado, cuando los gobiernos en Washington estaban interesados en sus negocios, y si quien estaba en el poder los ayudaba, no importaba cuan criminal fuera el dictador.

 

Es más o menos la misma lógica con la que se puede explicar la estrecha relación entre Lula y los Castro: los americanos eran demócratas en su nación pero afuera apoyaban a quien les convenía, sin importar las violaciones de los derechos humanos que cometieran.

 

Los Estados Unidos parecen haber superado esa política en la zona. Ahora prefieren a los regímenes democráticos. Mientras España, una acérrima crítica de la vieja política estadounidense en Latinoamérica, la practica sin ningún pudor. 

 

Son amigos y sostienen estrechas relaciones con Hugo Chávez en Venezuela y han sido aliados de la dictadura castrista por más de medio siglo.

 

Así podríamos ir describiendo una buena cantidad de líderes políticos latinoamericanos del campo democrático, que en lugar de solidarizarse con el pueblo cubano, lo han hecho de una forma u otra con la dictadura castrista. 

 

Está fresco en nuestra memoria el desfile de presidentes de la región que fueron a Cuba a interesarse por la salud de Fidel Castro y a fotografiarse.  Cuando se lo permitían, incluso a abrazarse con él.

 

Por esos viajes a Cuba no tuvieron que pagar ningún precio político en sus países, o si lo pagaron, los réditos que tuvieron fueron mayores que las pérdidas.

 

La explicación que podríamos dar es que a demasiados latinoamericanos no les importa si en un país hay una democracia o no. Tal vez lo que les interese es si el suyo está avanzando económicamente o no. 

 

Podría ser también que los dirigentes de nuestro continente hayan sido los que con sus acciones inclinen a sus poblaciones a la indiferencia y la falta de solidaridad hacia los problemas políticos de las demás.

 

La admiración que hay hacia China y su progreso económico puede darnos una pista de que el criterio de desarrollo y éxito económico es tan importante en nuestros tiempos, que el respeto a los valores democráticos se relativiza.

 

La democracia y la lucha contra las dictaduras era importante en nuestros países cuando vivían plagados de dictaduras. En aquellos años eran valores prioritarios. Nuestros dirigentes luchaban por ellos y los defendían con solidaridad.

 

Los cubanos que fuimos obligados a exilarnos hemos tenido que padecer el trago amargo de la ausencia de solidaridad de los nuevos políticos latinoamericanos. No podíamos entender qué estaba pasando con nosotros. 

 

Los cubanos en la isla nunca comprendieron por qué los demócratas del continente eran solidarios con la dictadura castrista. Eso llevó a la confusión y a la desmoralización de una buena parte del pueblo cubano.

 

A los exiliados cubanos, independiente de nuestra estrecha vinculación y dependencia con los Estados Unidos y con su democracia, por la que hemos tenido que pagar un precio en el mundo, nos parecía inconcebible que dirigentes demócratas de nuestro continente se codearan como amigos y, a veces, como socios de Fidel Castro.

 

Con la ascensión de Hugo Chávez en Venezuela nos dimos cuenta de que el problema no era con nosotros exclusivamente. La repetición de un intento de cercenar la democracia en Nicaragua nos ratificó que no éramos la excepción.

 

El mal viene de las raíces, y me arriesgo a plantear una hipótesis: la aceptación por parte de los dirigentes, la prensa y los sectores de izquierda (democrática) en Latinoamérica de que - aunque el castrismo cercenara la democracia - si se lograban avances sociales en Cuba, la dictadura estaba justificada.

 

Esto sucedió hace medio siglo, y desde entonces las universidades y la prensa latinoamericana, imitando o siguiendo el mismo criterio en países democráticos de otras latitudes, dieron prioridad a los logros sociales sin importar los métodos. Es decir, por encima de la democracia.

 

La clave estaba en que esos logros se hacían por un gobierno que se autotitulaba socialista. Si el gorila se vestía de revolucionario era un buen gorila, el caso de Cuba.  De lo contrario, era un cavernícola, el caso de Pinochet en Chile y el progreso económico en ese país. En su lugar, se dio importancia a las indefendibles violaciones de derechos humanos.

 

Todo esto tiene como trasfondo la ya históricamente reconocida actitud en Latinoamérica de culpar a los Estados Unidos por todo nuestro autoinfligido atraso. Expuesta con toda claridad en el clásico de Carlos Rangel “Del buen salvaje al buen revolucionario”, y en el “Manual del perfecto idiota latinoamericano” por Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa. 

 

 El castrismo fue un factor fundamental en intensificar este mito, asistido por los factores ya mencionados, la prensa, la academia, etc.

 

Fue así como Latinoamérica, que en la década de los sesenta comenzaba a poblarse de democracias, abortó el desarrollo de la solidaridad democrática internacional al simpatizar con un régimen dictatorial como el castrista.

 

Por casi cuatro décadas fue lo práctico y conveniente, lo que importaba, hasta llegar a este siglo con una solidaridad muy selectiva.

 

En algún momento la mentira castrista no pudo sostenerse más, pero la hipocresía también tiene inercia. 

 

Un ejemplo fue el caso de Honduras. Hubo una denuncia virulenta de todos los gobiernos y medios de prensa contra el “golpe de estado” en ese país. España, por supuesto, no se quedó atrás, y Brasil fue de los más ofendidos.

 

Sin embargo, cuando la democracia venezolana es ahogada calculada y lentamente, todo el mundo mira hacia el otro lado. Algo así ha sucedido en el caso nicaragüense. La diferencia es que Hugo Chávez es socialista y tiene petróleo, pero Roberto Micheletti era derechista y no tenía petróleo. 

 

Todo esto sucedió meses después de un hecho que podría considerarse insólito si no fuera tan coherente con la pérdida del valor de la solidaridad en la cultura latinoamericana: en el 2009 en Honduras se reunió la OEA, entre otras cosas, con la misión de levantar las sanciones al régimen más represor de todo el continente, la dictadura castrista.

 

Las sanciones fueron suspendidas y muchos consideraban, entre ellos el Secretario General de la OEA, que el próximo paso sería el ingreso de Cuba como un miembro más de la OEA.

 

Una organización que se supone debe defender la democracia en el continente aceptaría una dictadura feroz.  La expulsión de Honduras poco tiempo después se trató de justificar como la defensa de la democracia. 

 

Los hechos hablan por sí solos. No hay en Latinoamérica una solidaridad democrática con suficiente raíz para obligar a sus dirigentes a respetarla, y estos se aprovechan de la circunstancia para jugar a la conveniencia.

 

Esto es el resultado, repito, del  complejo de inferioridad ante los Estados Unidos de un sector en Latinoamérica y de una decisión de los formadores de opinión latinoamericanos, que aceptaron el comunismo en Cuba, creyendo que sus frutos eran reales, cuando en realidad eran un espejismo formado por la subvención soviética y la propaganda.

 

Es también el resultado de aceptar el éxito económico sin importar el precio moral o método político que lo logre. La India es un país emergente con un progreso impresionante. No le ponemos atención a la India, que es una democracia. 

 

La China es más poderosa, eso es lo que importa, aunque sea el país donde más se violan los derechos humanos y se genere la mayor cantidad de contaminación ambiental, para anotar una contradicción inexplicable a quienes se admiran ante el progreso de ese país, pero atacan al occidente industrial por acelerar el cambio climático.

 

La OEA refleja esta situación: oportunismo y ambigüedad. Ciertamente, no tiene ejército para hacer respetar la Carta Democrática Interamericana; su único poder era la sanción moral, que tiene comprometido por su acción contradictoria y pusilánime.

 

Los tardíos aspavientos en la OEA ante el último y artero golpe perpetrado en Venezuela contra la democracia no deben despertar las esperanzas de nadie. Hugo Chávez sabrá neutralizarlos con gestos conciliatorios, ahora que tiene a la oposición contra la espada y la pared. Ya es el dueño de Venezuela.

 

La ausencia de apoyo a los pueblos hermanos que caen en desgracia daña la fibra moral de las naciones.

 

Recientemente Costa Rica ha tenido que experimentar con amargura como, ante la invasión de parte de su territorio por las bandas armadas de Daniel Ortega, la reacción regional, con la excepción de Panamá, ha sido superficial y cuidadosa.

 

En Latinoamérica hace medio siglo se empezó a perder el sentido de la solidaridad democrática. Es una pérdida muy grave.  Las consecuencias van más allá del abandono a su suerte de algunos pueblos que ha caído en las garras de la autocracia populista.

 

Vamos forjando una cultura de sálvese el que pueda.