Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

                                

 

Jaque

 

En la década de los sesenta - cuando en Cuba el castrismo iniciaba la colectivización de la agricultura - en China el fracaso de esa misma política había provocado el colapso de la producción agrícola. Lo que Mao bautizó como el “Gran Salto Adelante” fue un salto al cementerio para 40 millones de chinos que murieron de hambre.

 

Durante los primeros treinta años, el desastre de la agricultura estatizada en Cuba fue atenuado por el subsidio soviético, y luego por el venezolano; pero el fracaso era inevitable y hasta ahora ha sido irreversible.

 

Volvamos a China: ante la tragedia provocada por la hambruna, Deng Xiaoping recomendó en 1962…“adoptar cualquier método que fuera más apropiado por zona para la recuperación rápida y el desarrollo de la producción agrícola; cualquiera que sea el método que las masas quieran adoptar, entonces ese es el método que hay que adoptar, y si no está en línea con las regulaciones, entonces hay que cambiar las leyes.” (Sun and Li. 1997:4)

 

Años después, bajo la guía de Deng, el Comité Central en su tercera reunión plenaria sentó las bases para una verdadera transformación agrícola. Esta consistía de tres etapas; la primera fase, de 1979 a 1984 logró éxitos inmediatos.

 

El fracaso agrícola cubano no ha llegado al extremo del de los camaradas chinos porque soviéticos, venezolanos y las remesas del exilio cubano lo han evitado, pero se evidencia por el hecho de que Cuba, un país con cuatro millones de hectáreas cultivables, tiene que importar el 85% de los alimentos que consume la población.

 

Ante esta crisis, Raúl Castro viene hablando y tratando de poner en práctica soluciones desde hace tres años. Hasta ahora lo único que ha logrado es una disminución en la producción de alimentos.

 

Una política de producción de alimentos orientada al mercado interno limita a los agricultores cubanos a la demanda de una población con un ingreso promedio de 66 centavos de dólar por persona al día para cubrir todas sus necesidades y obligaciones. En otras palabras el pueblo cubano tiene una capacidad de compra de 1020 millones de dólares al año.

 

Este serio problema se acentúa con las medidas anunciadas por el régimen de despedir un millón de trabajadores estatales, lo que resultará en un aumento de la pobreza y a la vez en una reducción de la demanda de productos agrícolas.

 

Los riesgos inherentes a la agricultura, los costos de producción y de transporte, para venderles a quienes ganan un salario equivalente a $17 mensuales pueden no valer la pena. Al agricultor le conviene producir nada más para aquellos que tienen un nivel de ingreso mucho mayor al de 66 centavos de dólar diario.

 

Estos son los cubanos que reciben remesas del exterior y aquellos que en la isla tienen ingresos por actividades independientes. Esta situación existe en Cuba desde hace mucho tiempo. Para la mayoría de la población la adquisición de alimentos es precaria, para otros es más fácil.

 

La aparente respuesta del régimen ha sido entregar tierras ociosas a cien mil nuevos agricultores, lo que equivale a duplicar el número de ellos en el país. Esta medida es contraproducente por tres razones:

 

Primera: la mayoría de estos nuevos agricultores no tienen experiencia ni tienen ayuda alguna para poder producir.

 

Segunda: ahora 200,000 agricultores tendrán que competir por los escasos recursos que antes de una u otra forma utilizaban los cien mil campesinos privados que ya tenían una productividad 3.5 superior a la producción estatal.

 

Tercera: los cien mil campesinos privados con experiencia pueden suplir las necesidades alimentarias de un poco más de once millones de habitantes si contaran con los medios necesarios. En Estados Unidos un 1% de la población alimenta al otro 99%.

 

Estas consideraciones exponen otro error de la presunta reforma agrícola castrista. La clave no es tratar de que un sector de la economía produzca más comida para alimentar a un pueblo que no tiene con qué comprarla, sino que aumenten los ingresos de la población para estimular la oferta de la producción agrícola. Esto solo puede hacerse en un plan de reestructuración total que también implica un cambio de las leyes del país.

 

Además, en Cuba una reforma agrícola no puede tener como objetivo solamente la producción para consumo nacional. En la isla hay tierras y mano de obra suficiente para exportar alimentos, lo que representaría un ingreso importante y un estímulo indispensable para el despegue.

 

En un mundo globalizado esto exige, entre otras cosas, una verdadera apertura interna que permita a los productores cubanos competir en el mercado mundial.

 

La reforma agrícola ha sido la más importante propuesta de Raúl Castro y lo único que ha demostrado es un nivel de improvisación e incompetencia asombrosa. O podría ser otro mal orquestado engaño al pueblo cubano.

 

Al parecer, cuando se trata de la alimentación, la dirigencia castrista pareciera querer proyectar una mentalidad maoísta. Recientemente y hablando de los cien mil jóvenes que se han integrado a la actividad agrícola en Cuba, el General y ex ministro de agricultura, Ulises Rosales del Toro (según reportó EFE) declaró que: “se cuenta” con los dirigentes comunistas para “movilizar a las masas de jóvenes” con el fin de fortalecer la economía y lograr eficiencia y calidad.

 

Ante el fracaso más que probado del comunismo en el mundo, incluyendo la experiencia en Cuba, parece difícil que estas declaraciones reflejen el pensamiento real de la dictadura en Cuba. En cuyo caso tendríamos que concluir que la cacareada reforma agrícola es una de dos cosas o las dos cosas a la vez:

 

1) Una estratagema política para ganar tiempo y engañar a la población haciéndole creer que las cosas van a cambiar.

 

2) Un plan descabellado producto de un planeamiento burocrático y de incompetencia.

 

En cualquiera de los dos casos la realidad es que el régimen no habla de futuro porque está consciente de que no puede ofrecerlo. Se han quedado sin cartas marcadas y sin jugadores.

 

La evidencia la señala Pavel Vidal Alejandro, Profesor en la Universidad de la Habana, del Centro de Estudios de la Economía Cubana, en su trabajo "El rompecabezas monetario y financiero cubano.” Dice así: “Los impactos de la crisis global en Venezuela han imposibilitado un rescate financiero desde el principal aliado económico. Tampoco ha llegado un préstamo desde China, Rusia o Brasil que vaya destinado a oxigenar el sistema financiero.” “El país no puede contar con un préstamo de última instancia desde el FMI, Banco Mundial o el BID, por no ser miembro de estas instituciones”.

 

Si Cuba fuese miembro, podría ser candidato a un préstamo de estas características que usualmente exige un ajuste para recobrar los equilibrios macroeconómicos y cambios estructurales.”

 

Por último y de fundamental importancia, el profesor Vidal concluye que: “Si la economía recibiera un préstamo de última instancia o fuese favorecida con choques externos positivos, tales como la perforación y el hallazgo de petróleo en las aguas cubanas del Golfo de México o el desmantelamiento de la restricción a los viajes a Cuba de los ciudadanos estadounidenses, entonces todo sería mucho más fácil. El rompecabezas nunca se terminará de armar por completo si no se realiza una profunda y definitiva transformación del modelo estatal centralizado.”

 

Las consideraciones expuestas exigen un resumen:

 

1) La solución a la crisis que atraviesa Cuba consiste en un rechazo al modelo estatal centralizado y la dictadura castrista está consciente de eso. En otras palabras, hay que abandonar el socialismo marxista y abrazar la economía de mercado. Para hacer esto el régimen necesita un socio (Venezuela, Brasil, China o Rusia) que aporte una inversión considerable. Ninguno de estos países está dispuesto a hacerlo porque no tiene confianza.

 

2) O el régimen necesita asistencia del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional que tampoco parecen dispuestos a darla, no solo porque Cuba no es miembro de ninguno de esos organismos, sino porque tendría que hacer concesiones políticas importantes.

 

3) No hay una puerta abierta por la Unión Europea que insiste en mantener la Posición Común hasta que en el régimen castrista haya una transición democrática como condición a un acercamiento político. Además, Cuba debe más de 30,000 millones de dólares al Club de París, situación que se le ha complicado al integrarse Rusia a este grupo y exigir que la deuda cubana de 20,000 millones de rublos convertibles sea incluida para el pago.

 

4) La última esperanza ha fracasado. Esperaban que el gobierno de Obama y el Congreso de los Estados Unidos levantara las restricciones de los viajes turísticos de los ciudadanos estadounidenses a Cuba. Las circunstancias políticas en los Estados Unidos no son favorables a que Obama corra tal riesgo y el exilio cubano ha podido prevalecer en la condición de que la eliminación de tales restricciones y el levantamiento del embargo estadounidense deben estar condicionados a una transición democrática en la isla.

 

Ante este panorama, complicado por una pérdida de credibilidad política y confianza, las medidas anunciadas por Raúl Castro, como la reforma en la agricultura, son en realidad parte de una campaña publicitaria de la dictadura para ganar tiempo.

 

En conclusión: el régimen sabe que no se lograrán los resultados necesarios para resolver el problema alimentario en la isla. No quiere admitirlo y tampoco aceptar públicamente que no tiene los recursos para un cambio estructural.

 

Están ante un jaque y posiblemente preparando una desagradable jugada de entrega de los principales activos de la nación cubana al capital extranjero como la única tabla de salvación de una élite corrupta e incompetente.

 

Tal solución no es lo que parece, y confiar que el pueblo la acepte es un riesgo muy grande para los capitalistas que quieran participar en tal esquema y para los miembros del régimen que lo acepten.