Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

                                

 

El fracaso de TV Martí ( I, II y III )

 

Las frecuencias de televisión se transmiten en línea recta, como la luz de un reflector.  Por la curvatura de la tierra,  a cierta distancia siguen directo y se pierden  en el espacio.   Una opción para evitar que la señal se pierda en el espacio es colocar el transmisor a una altura tal que las ondas transmitidas lleguen a la zona que se quiere cubrir.

 

Por esta razón los ingenieros de TV Martí subieron su transmisor en un globo –Fat Albert– que flota a 10,000 pies de altura amarrado a un cable en Cayo Cudjoe en la Florida.

 

Esta modalidad tiene la limitación de que el peso del  transmisor no puede ser muy grande, y en consecuencia su potencia es limitada. Para superar esto se utilizó una antena direccional que, como el foco de una linterna, dirige toda la energía hacia un objetivo:  la Habana y sus alrededores.

 

Dadas esas condiciones, fue muy fácil para el régimen castrista interferir la señal de TV Martí desde el principio, con aparatos rudimentarios y con poca potencia. Fue por esta razón que TV Martí se convirtió en un fracaso para la oposición democrática y un triunfo para la dictadura.  Desde el punto de vista de ingeniería el fracaso era fácilmente previsible.

 

Ante el desastre,  la señal de TV Martí también se transmite vía satélite, pero esto requiere una antena parabólica y un equipo de recepción especial que está fuera del alcance de la mayoría de los cubanos. Igualmente,  el uso de un avión con el mismo propósito tiene otras limitaciones, no solo de orden técnico, sino también político.

 

El hecho es que TV Martí ha gastado y sigue gastando una suma fabulosa de dinero. Es un proyecto fácil de cuestionar por su ineficiencia. Un daño colateral de esta situación es que ha expuesto a Radio Martí a críticas  que pueden tener mayor o menor peso, pero que le perjudican.

 

Callar la verdad sobre TV Martí daña  a todos los que creemos que la televisión es un componente muy importante en el derecho de información del pueblo cubano. No creemos que cerrar TV Martí sea la solución. Si la técnica de transmisión que se utilizara fuera diferente, TV Martí llegaría a Cuba, y los recursos aprobados por el Congreso tendrían un uso eficiente.

 El fracaso de TV Martí  y el éxito de Miguelito Antena

Si TV Martí continúa sin verse en Cuba –pese a los millones que cuesta su operación– porque es muy fácil para el régimen interferir su señal, emitida desde un globo, hay que buscar otra alternativa y ponerla en práctica.

En 1990 cuando el Congreso aprobó más de siete millones de dólares para las pruebas de transmisión de Radio Martí,  ya TeleCID, -del movimiento Cuba Independiente y Democrática- llevaba varios meses  experimentando con un transmisor de televisión a 10,000 pies de altitud.  En lugar del globo se usaba un helicóptero.

 

Se despegaba del aeropuerto de Tamiami, para aterrizar en un camino solitario donde se le colgaba al gancho de carga un sistema de ocho antenas direccionales, para luego volar hacia el sur. Después de varios meses superando dificultades podíamos enviar la señal a más de ciento cuarenta y cinco millas de distancia. Pero no estábamos  satisfechos, el problema a resolver era siempre el cómo evadir o anular la interferencia con más potencia  y más flexibilidad.

 

Alguien dijo entonces: “Hay que buscar a Miguelito Antena”, un cubano que en La Habana instalaba antenas para recibir los canales de televisión de la Florida. Dos semanas después lo encontramos en Hialeah. Era un personaje lleno de energía, inteligencia y simpatía: “Sí, yo era el que ponía las antenas, ese era mi negocio. Con regularidad hay  canales de la Florida que se ven en Cuba y a veces con una potencia tan grande que tumba los canales cubanos”. 

 

Nadie daba una explicación a ese misterio. Buscando una respuesta visité la Biblioteca del Congreso en Washington. Una asistente escuchó con mucha atención el tema y  luego desapareció por un pasillo. Algo así como media hora después regreso con tres libros: “Esto es lo que pude encontrar, espero que le sirva”. Estaba completamente ansioso revisando los libros;  en el segundo estaba la respuesta: “En ciertas condiciones de humedad y temperatura, la tropósfera permite que las señales de radio y televisión viajen hasta cientos de millas…en ciertas partes del mundo esas condiciones son muy frecuentes… también en ciertos casos se forman ductos en la tropósfera que transmiten la señal a grandes distancias con mucho más potencia”. La tropósfera es la capa de la atmósfera que pegada  a la tierra sube hasta una altitud de 16 kilómetros en las zonas ecuatoriales.

 

Conocía que las señales de onda corta rebotan de la ionosfera –que está entre 80 y 800 kilómetros de altitud. Es como un espejo que, al reflejar la señal  una y varias veces, permite que esta alcance grandes distancias. Así llegaba a Cuba la señal de la Voz del CID; Radio Moscú trataba de interferirnos,  pero no podía hacerlo porque el transmisor principal había sido diseñado por un brillante ingeniero para moverse de frecuencia y de banda con tanta facilidad que cualquier interferencia era evadida en segundos. 

 

Dejamos el helicóptero como medio de transmisión secundario y dos meses después viajábamos en el barco de un cubano,  pescador de langostas, que vivía en los cayos. Habíamos instalado un generador muy grande de segunda mano, que suplía potencia suficiente al transmisor. Nos dirigíamos hacia el sur de los Cayos Marquesas buscando aguas internacionales. Allí comenzaron las trasmisiones de TeleCID con suficiente potencia para saturar el área de la tropósfera hacia donde dirigíamos las antenas.  Las transmisiones llegaron a Cuba y cubrieron más de 400 kilómetros de distancia.  Miguelito Antena tenía razón.

El fracaso de TV Martí y la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC)

Con esos buenos resultados me reuní con gente que quería ayudarnos económicamente, les propuse fabricar cuatro transmisores de alta potencia e instalarlos en barcos usados que podíamos alquilar a bajo precio. Con antenas de alta ganancia podíamos cubrir toda la isla, transmitir por diferentes canales simultáneamente y cambiar de canales en cualquier momento. El presupuesto era tan bajo que no lo querían creer.

El esfuerzo de interferencia de la dictadura sería tan costoso, y técnicamente tan complejo, que la señal de televisión llegaría a un porcentaje sustancial de los cubanos. Se había abierto todo un nuevo frente para debilitar la censura. Estuvieron de acuerdo y con un brindis cerramos el trato.

 

Pedí una cita a Antonio Navarro, el jefe de Radio y TV Martí. Hablamos sobre la interferencia contra la señal de TV Martí y le propuse: “Antonio, facilítame la programación de TV Martí y nosotros la transmitiremos a Cuba…hemos hecho pruebas exitosas y los técnicos están seguros de que no podrán interferirlas fácilmente…ustedes no tienen que responsabilizarse por nada…simplemente nos dan copias de la programación y nosotros las  transmitimos”.

 

Me miró atentamente y me dijo: “Huber, no me metas en candela.”  No era la respuesta que pensaba escuchar, pero tal vez Navarro no quería complicarse la vida. Otra sorpresa me esperaba en esa visita a Washington: la llamada de un funcionario de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).  La cita fue en una cafetería. Ellos sabían de nuestros esfuerzos por transmitir la televisión a Cuba pero no habían querido ayudar. Me dijo: “Estamos al tanto de las pruebas y de lo que han logrado… pero tienes un problema... Dante Fascell ha dicho que no pueden permitir que el hijo de Huber Matos haga quedar en ridículo al gobierno federal… cuídate”.

 

Unos días después llegaron a mi oficina en Miami varios funcionarios de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) del gobierno norteamericano. Las advertencias fueron cortantes: Si sigues transmitiendo televisión te vamos a confiscar el barco y los equipos, te vamos a multar con $200,000, te vamos a meter dos años en la cárcel y cuando cumplas la condena te vamos a deportar de los Estados Unidos.

 

Les respondí: “Estamos transmitiendo desde aguas internacionales y ustedes no tienen jurisdicción ahí. El gobierno que ustedes representan le acaba de regalar un transmisor de radio a Jonas Savimbi en Angola y me parece que, por lo que acaban de decir aquí, esas transmisiones también son una violación de tratados.  Ustedes transmiten televisión a Cuba, pero nosotros los cubanos no podemos hacerlo; creo que se equivocaron”.

 

Cuando se fueron recordé la reciente advertencia que semanas atrás me había hecho un plantado, el ex prisionero político Silvino Rodríguez Barrientos: “Huber, cuídate, ha habido una reunión secreta de la dirigencia de la Fundación (CANF)…la decisión que tomaron es que había que sacarte del medio”. Si había alguien bien informado en Miami era Silvino, que además era un hombre valiente e integro. Pero, para mí, eso de sacarme del medio no era fácil: vivíamos en los Estados Unidos. Silvino me miró con preocupación y creo que hasta con un poco de tristeza.

 

Empezaba a armarse el rompecabezas: la información de Silvino; el comentario de  Antonio Navarro de evitar el fuego; la opinión del representante al Congreso Dante Fascell, entonces jefe del Comité de Asuntos Exteriores en Washington; la advertencia del funcionario de la CIA, y la visita de la FCC.

 

El fracaso de TV Martí: “Quizás Washington está contento de que TV Martí no se vea en Cuba.”

 

No estábamos dispuestos a capitular tan fácil. Recordé que una familia importante, muy amiga de un presidente latinoamericano, se había ofrecido a ayudarnos si alguna vez queríamos conversar con él. Los llamé y esa misma semana aterrizaba en el país amigo. Eran las siete y media de la noche y un oficial de la presidencia me esperaba en el aeropuerto. 

 

Bienvenido a…, el Presidente lo va a recibir”. Me llevaron directo al palacio de gobierno. 

 

Uno de los custodios que me acompañaban me dijo que esperara un momento. Cuando la puerta se abrió el presidente dio unos pasos y me extendió la mano:

 

- Bienvenido señor Matos, mucho gusto en conocerlo; estamos terminado de ver una película ¿tendría el gusto de acompañarnos?”.

 

Entramos a un pequeño cine donde se encontraban algunas personas. Aproximadamente tres cuartos de hora después me volvió a desconcertar:

 

- Tengo ahora una reunión con gente del partido, ¿le gustaría venir con nosotros?

 

Salimos de palacio en varios autos, todos parecían idénticos. El trato no era el que esperaba: había imaginado una entrevista de 30 minutos durante el día. El presidente estaba interesado en conversar sobre Cuba y sobre mi padre. No mencionó la razón de mi visita y yo guardé discreción. Regresamos a palacio después de la 1 a.m., pidió café y me dijo:

 

- ¿En qué podemos ayudarlos?

 

- Señor Presidente, los norteamericanos están transmitiendo televisión a Cuba. TV Martí no puede verse en la isla porque fácilmente interfieren la señal. Nosotros usamos un transmisor más potente y otra técnica de transmisión. Sabemos que a la dictadura le es muy difícil evitar que nuestra señal se vea, pero hay gente importante en Miami que está moviendo sus influencias en Washington para frenar nuestro proyecto.

 

- ¿Qué necesita?

 

- Necesitamos que usted nos permita ponerle la bandera de su país al barco que usamos, porque vamos a continuar con las transmisiones. 

 

Con cierta firmeza contestó:

 

- Cuente con eso, pero le sugiero que se alejen de las costas de la Florida ¿algo más?”. 

 

Agregué:

 

- “¿Podría usted llamar al presidente de los Estados Unidos y decirle que el barco nuestro tendrá la bandera de su país?”

 

Amablemente contestó:

 

- Matos, yo soy el presidente de…., yo no tengo que darles explicaciones ni pedirles permiso a los americanos.” 

 

La respuesta era patriótica pero yo no quedé muy convencido.  Me pidió que le explicara sobre la interferencia a TV Martí y lo hice. Se quedó pensativo y me dijo:

 

- Quizás Washington está contento de que TV Martí no se vea en Cuba.”

 

Salí tan feliz de la reunión que no sé cuantas veces le di gracias a Dios por los resultados. Si transmitíamos la televisión a Cuba el régimen sería completamente vulnerable. No teníamos dinero para la programación, pero sí para comprar y operar varios transmisores más. En todo caso, Héctor Pérez, un mexicano-americano productor de televisión de Chicago, me había dicho:

 

No te preocupes por el dinero de la programación, si TV Martí no te da los programas yo los hago.”

 

Al regresar a Miami tenía que conversar con Félix Toledo y planear con él los próximos pasos. Félix, además de patriotismo, tenía todo lo que hacía falta para hacer que las cosas funcionaran. 

 

Yo no tenía ni idea de lo que me esperaba en Miami.

 

 la CIA y Seguridad del Estado

 

Ahora contábamos con que un Presidente latinoamericano nos permitía poner la bandera de su país en el barco desde el que transmitiría TeleCID.  Ya la jurisdicción del FCC quedaba más limitada, porque el barco langostero que usábamos hasta ese momento estaba registrado en la Florida. Por esa razón, aunque transmitiéramos desde aguas internacionales, los guardacostas estadounidenses podrían detenernos.

 

Félix Toledo se encargaría de toda la logística, que consistía en mover el barco y su  tripulación hacia las costas del país base y reiniciar las transmisiones. Así lo había sugerido el Presidente; luego nos acercaríamos más a Cuba. 

 

Había riesgos, pero al principio sería un solo barco; luego se sumarían cuatro más.  Tampoco íbamos a ser un blanco fácil. Contra las instalaciones de la Voz del CID en Latinoamérica había habido planes. Nuestra gente estaba siempre bien protegida, lista y armada.

 

La Voz del CID transmitía las 24 horas los siete días de la semana y Ángel Defana  llevaba un control muy eficiente de la calidad de la programación. Esto me permitía moverme de un lugar a otro.

 

Ángel es un hombre de pocas palabras, siempre concreto, y con un poder de concentración poco común. Preso político plantado por más de 20 años, practicaba mecanografía en la cárcel con un teclado que había pintado sobre un cartón.

 

Radio Martí gastaba en un mes más de lo que la Voz del CID gastaba en un año, porque el grupo de compatriotas que se encargaba de la emisora se sacrificaba, con un estipendio que apenas les permitía sobrevivir.

 

Eran lo mejor de lo mejor, varios de ellos presos políticos que habían dejado en las cárceles su juventud, pero a los que les que sobraba patriotismo.  Los demás, la mayoría, que eran jóvenes, estaban muy conscientes de la importancia de su trabajo.

 

Sin perder tiempo, pedí una cita en la fábrica de transmisores de televisión para comprar cuatro equipos. No creía que los norteamericanos se iban a quedar tranquilos por el hecho de que tuviéramos la protección de otro país, pero por lo menos tendríamos un tiempo. 

 

Había que aprovecharlo. Nuestro amigo Eduardo Palmer, el más prolífico productor de documentales del exilo, los puso todos a nuestra disposición.  Era un magnifico material para transmitir.

 

Un día Robert Wilkinson llegó a mi casa en la 127 avenida del SW y Coral Way. Su cara estaba tensa, casi descompuesta; nunca lo había visto así.

 

-Tenemos que hablar, pero aquí no...

-Vamos al patio - le respondí…

 

Nos acercamos a la mata de aguacates que quedaba al fondo del jardín.

 

-Hijo, júrame que tú no eres un agente de la inteligencia cubana…

 

Me sorprendió y estuve a punto de reírme.

 

-No, yo no te lo voy a jurar, yo te lo voy a probar.  Mira, yo podría ser un agente de la seguridad porque cuando mi padre estuvo preso me podían haber reclutado chantajeándome con que si no trabajaba para ellos mataban a mi padre.  O simplemente me podrían haber comprado con dinero, ya que el dinero convence a mucha gente…

 

Seguí sin detenerme:

 

-Pero Bob, ¿sabes por qué yo no soy un agente? porque no soy un comemierda... 

 

El comunismo en Cuba se va a acabar, no sé cuándo pero se va a acabar, y todo lo que ha pasado se va a saber y el que está con los perdedores es un estúpido y tú sabes que yo no lo soy…

 

Continué:

 

-Además, sabes que en Washington me conocen, sabes que no acepté la posición que me ofrecieron.  He dicho que no porque los empleados reciben órdenes. Lo nuestro es luchar por Cuba y su libertad.

 

Chico, yo soy el heredero del nombre de mi padre. Imagínate que un día el pueblo cubano se enterara de que yo había sido un agente de inteligencia de los Estados Unidos.  Cualquier cubano puede ser un agente de la CIA, del Mossad, de los franceses, pero yo no, ni de ustedes ni de nadie.

 

Continué argumentando:

 

-Pero además, ¿a qué viene esto…?  Hace unos meses Jorge Mas Canosa me acusó con el FBI aquí en Miami de que yo le estaba organizando un atentado… El FBI me visitó y en la segunda reunión, cuando me dijeron que Mas Canosa insistía en el asunto, les dije que para que Jorge no tuviera miedo, lo mejor era que me hicieran una prueba con el detector...  Pasé la prueba y tenía la esperanza de que él estuviera durmiendo tranquilo, o que dejara de estar inventado cuentos…

 

Tu sabes que hace unos meses me sabotearon el avión; entonces no te di los detalles, pero te los doy ahora:

 

Le expliqué:

 

-El avión se lo compramos a nuestro amigo Pedro Luis Díaz Lanz. Era un Cessna 310, como el de Camilo, y según la revisión, los motores estaban en perfecto estado.  Lo volamos varias veces sin ningún problema porque lo íbamos a necesitar para monitorear las transmisiones de televisión.

 

Una mañana, de no ser por el piloto Roberto Solís, nos hubiéramos matado al despegar del aeropuerto de Tamiami.

 

Le di todos los detalles:

 

-Cuando llegamos al hangar, Roberto me dijo:

 

-“Huber, estoy seguro de aquí entró alguien…siempre dejo una seña y aquí entró alguien”.

 

No le hice mucho caso, pero antes de despegar, cuando hacía el chequeo de rutina, lo noté preocupado. 

 

-Solís  ¿qué pasa?

 

-Se caen las revoluciones demasiado cuando hago los cambios de magnetos, fíjate.

 

Entonces tomé el manual del avión rápidamente y lo revisé.

 

-Solís, ¿cómo vas a volar en esas condiciones..?

 

-Porque yo te conozco, y si seguía con los comentarios me ibas a decir que yo era un maricón... 

 

-Olvídate de eso, vamos para el hangar...

 

Unas horas después del lugar donde hacían el análisis del aceite avisaron: no vuelen el avión. Si se hubiera volado se habría desplomado.

 

-Entonces, Bob, ¿qué está pasando aquí..? Un cubano millonario me acusa de que lo quiero matar… Dante Fascell dice que no pueden dejar que el hijo de Huber Matos haga quedar en ridículo al gobierno Federal…  El FCC me amenaza con mandarme dos años a la cárcel, multarme con $200,000 y después deportarme… Alguien sabotea el avión que uso. 

 

Bob, ¿qué pasa..? TV Martí no se ve en Cuba… La señal de TeleCID no es fácil de interferir y les vamos a dar un dolor de cabeza a los comunistas con varios transmisores.  Seguro que ya  saben que tenemos un país latinoamericano que nos va a ayudar.

 

Ahora vienes tú con la cara descompuesta porque alguien de allá arriba, y debe ser de muy arriba para que vengas como has venido, que hasta te tiembla la cara, con  la duda de que yo sea un agente. 

 

Bob, ustedes están penetrados por alguien de la inteligencia cubana, o a alguien tienen reclutado alto, pero muy alto, en el gobierno americano... 

 

¿Por qué será que a todo el mundo les preocupa tanto que llegue la televisión a Cuba..?

 

¿Entonces qué tengo que hacer yo, irme a Costa Rica a fabricar ropa, como hacía antes de que mi padre saliera de la cárcel..?

 

Mira, ya yo quemé mis naves. Además, no te hablo por mí solo, sino por todos nosotros:

 

Olvídalo, diles que si nos quieren joder que nos jodan, pero que con miedo no nos paran.

 

Su respuesta fue muy concreta:

 

-Hijo, creo te van a matar… y si no te matan te van a hacer algo terrible...

 

Interludio: ¿Quién era Robert Wilkinson?

 

En la segunda parte de este relato sobre el fracaso de TV Martí introduje un diálogo con el agente norteamericano Robert Wilkinson, a propósito de nuestra determinación de transmitir televisión a Cuba. Wilkinson había llegado a mi casa en Miami para advertirme que estaba corriendo graves riesgos.

 

-Hijo, creo que te van a matar, y si no te matan te van a hacer algo terrible… 

 

Así terminó la conversación con Wilkinson, a quien yo había conocido a los 17 años de edad, en 1962, cuando viajé desde Costa Rica a los Estados Unidos.  

 

En San José vivía con mi hermano Rogelio, un año menor que yo, él se alojaba en casa de Don Moisés Herrera y su esposa Doña Rosita. Nuestro padre estaba preso y nuestra madre había decidido quedarse en la isla.

 

Después de una conversación que Rogelio escuchó entre sus anfitriones, decidimos no seguir bajo el amparo del gran amigo de mi padre y su familia, que se encargaban de que no nos faltara absolutamente nada.

 

Rogelio me había contado que en la conversación los esposos habían decidido tenernos en cuenta a la hora de repartir su herencia.

 

Me preguntó:

 

-¿Qué quería decir aquello? ¿Qué nunca volveremos a Cuba? 

 

La implicación era grave para nosotros. No había otra opción, teníamos que dejar la buena vida e irnos a los Estados Unidos a vivir como exiliados. Allá teníamos una hermana menor, Lucy, en un internado. Don Moisés, que era como un padre, nos comprendió.

 

Al llegar del aeropuerto de Miami, adonde había viajado legalmente, me llevaron a un campo de retenidos donde había muchos cubanos, 50 o más, todos adultos.

 

Estábamos  allí para ser investigados o interrogados, no sé. En mi caso querían saber todo lo que recordaba de mi padre y su relación con Camilo, Fidel, etc. A los tres días estaba más que molesto.

 

Entonces llegó un individuo con personalidad, definitivamente norteamericano, pero que hablaba español como un cubano. Se presentó como periodista y me dijo que quería hacerme una entrevista.  Le respondí descortésmente que estaba cansado de preguntas y de estar en ese lugar.  Recuerdo su respuesta:

 

-¿Quieres irte de aquí…?

 

-Por supuesto, esto es aburridísimo  y no se puede ni dormir bien…

 

-Espérame un momento…

 

Pasó un rato cuando lo vi venir entre las camas que estaban a uno y otro lado del pasillo. Me dijo:

 

 -Coge tus maletas, que nos vamos.

 

Yo pensé “Sí, claro, con todos los guardas que hay y un periodista, como Mandrake el Mago, nos va a hacer desaparecer de aquí y terminamos en la calle.”

 

Pero recogí un par de maletas y lo seguí. 

 

Alguna gente nos miraba, otros ni caso nos hacían.  No me sentía bien diciendo adiós a quienes habían sido amables conmigo y se quedaban, ni me sentía bien por los que no conocía. Eran cubanos y se notaban preocupados, tenían que rehacer sus vidas.

 

Aquello parecía  una base militar, tal vez lo había sido alguna vez.  Para mi sorpresa los guardas nos dejaron pasar y salimos.

 

Wilkinson iba conversando, como para darme confianza.  Nos montamos en un auto y me dijo:

 

-¿Para dónde quieres ir…?

 

-Voy para New Jersey, pero quiero pasarme unos días en Miami; aquí tengo una dirección de Vicente Rodríguez, que fue capitán de mi padre en Camagüey…

 

-O.K. Vamos para allá…

 

Vicente ya no vivía allí, se había mudado.  Le di otra dirección y pasó lo mismo. Wilkinson me dijo que aquí la gente se mudaba mucho.  Entonces me hizo una oferta.

 

-¿Por qué no vamos a casa y desde allí localizas a tus amigos por teléfono…?

 

-Está bien…

 

Llegamos a su casa, llamó a su esposa Mary Louise, extremadamente cariñosa y auténtica; su hija Patricia, tímida pero amable, y su hijo John, joven flaco y altísimo, quien me saludó con reserva pero con simpatía. 

 

Todos amaban a Cuba. Pasé una semana con los Wilkinson. Desde entonces fui parte de aquella familia. En 1992 murió “María Luisa” y yo despedí el duelo. En nuestro bote regamos sus cenizas en la bahía de Miami. John llegaría a Brigadier General de la Fuerza Aérea de EEUU. Patricia trabajó en del Departamento del Tesoro.

 

Viajé a New Jersey y, años después, cuando yo trabajaba en el Chase Manhattan Bank de Wall Street, Robert me llamó por teléfono para invitarme a almorzar. Nos reunimos.

 

-¿Qué haces por New York…?

 

-Nos pidieron ayuda, y voy a pasar unos días en la ciudad…

 

Le pregunté inocentemente:

 

-¿Pero qué ayuda…?

 

-Hay que vigilar a alguien que llega a la misión rusa en la ONU…

 

Me sorprendió y casi me callo, pero le pregunté:

 

-¿Como se hace eso…?

 

-Es una operación donde interviene mucha gente.  Hay personas en varias calles, por delante, por detrás y por los costados, por donde quiera que vaya alguien estará vigilando…

 

No hice más preguntas.  Entendí algunas cosas, entre ellas aquella salida del campo de retenidos, años atrás.

 

En 1976, la mañana después de un atentado contra mi vida en San José de Costa Rica, Wilkinson me llamó desde Madrid al Hospital Clínica Bíblica:

 

-Hijo, ¿cómo está esa herida…?

 

-Como estoy sedado, no duele nada. Los médicos dicen que por suerte la bala se desvió al entrar al hombro, de lo contrario podía haber sido peor…

 

-El hombre que te disparó ya salió de Costa Rica. Estamos detrás de él…

 

No le hice preguntas. Nunca quise hacerle preguntas, no quería saber las respuestas. Era como un pacto de caballeros. 

 

Ahora, Robert Wilkinson se acababa de ir de mi casa y me había dejado la advertencia de que algo serio me podía pasar. 

 

Nunca le había hablado en detalle del proyecto de la Voz del CID ni de TeleCID, ni del fracaso de TV Martí, pero él siempre parecía saberlo todo. Ya no era “el periodista” joven y fuerte que había conocido a mis diecisiete años. Entonces tenía un control total sobre sus emociones.

 

Ahora el ligero temblor de su rostro y la angustia de sus ojos delataban lo que no me había querido contar.

(Continuará)