Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

El comunismo fideliano

Segunda parte: las consecuencias de la traición

 

En la primera parte de "El comunismo fideliano: la traición", traté acerca de las promesas y compromisos democráticos que hizo Fidel Castro antes de llegar al poder el primero de enero de 1959. 

 

El régimen comunista con el que se perpetuó como dictador vitalicio, y su confesión de que había sido marxista leninista desde antes del triunfo de la revolución, son pruebas irrefutables de su traición.

 

Señalaba en ese artículo, que esta era una de las diferencias del totalitarismo en Cuba, porque ni Lenin en Rusia, ni Mao en China, le ocultaron su ideología al pueblo. 

 

Pero ¿por qué escribir acerca de algo tan obvio?

 

Primero, todo liderazgo que pretenda legitimidad tiene que dar cuentas de la distancia entre las promesas y los logros, criterio que se aplica con igual rigor a cualquier sistema político. En el caso cubano hay promesas -la democrática- que se traicionaron y luego promesas -la comunista- que fracasaron.

 

Como los cubanos aspiran a un relevo de la dirigencia, es oportuno insistir en el debate acerca de la legitimidad.

 

Segundo, la traición de Fidel Castro a la revolución cubana es mucho más que un asunto ético. Castro condujo al pueblo que creyó en él, con pasión y sinceridad, por un camino que les hizo perder una buena parte de los esfuerzos de su vida y muchas de sus ilusiones. 

 

Ahora, un reducido grupo de los que se corresponsabilizaron con ese gran desastre, en lugar de asumir la responsabilidad histórica que tienen, o rechazarla, insisten en seguir siendo  los intérpretes de las aspiraciones del pueblo.

 

Por eso, en lugar de admitir el fracaso del sistema y apoyar una verdadera transición hacia la democracia, prometen cambios que en algún momento llamarán "socialismo de mercado", que ni es socialismo verdadero ni es mercado competitivo, sino la entrega de las industrias estratégicas de Cuba al capitalismo extranjero.

 

Es la segunda traición al pueblo y a los ideales democráticos de la revolución cubana.     

 

Por estas y otras razones, los compromisos democráticos de la revolución no pueden quedar en el olvido.  Si la ideología que se impuso, en lugar de progreso ha traído miseria -y esto no tiene discusión- un cambio de rumbo no solo exige una rendición de cuentas, sino también el traer las promesas del proyecto original al presente y analizarlas a la luz de nuevas perspectivas. ¿En qué medida todo o parte de aquel programa democrático y revolucionario es válido en el siglo XXI?

 

El análisis del camino a seguir debe definir hacia dónde, con quién, en qué tiempo y cómo vamos.

 

Esa evaluación debe tener como base una auténtica reconciliación nacional, que no puede estar limitada a comprender que una parte del pueblo trabajó con entusiasmo y patriotismo por el comunismo porque era la única opción que se les brindaba, sino que también hubo otra parte del pueblo que, actuando con igual patriotismo, tuvo que sufrir muerte, prisión o exilio por negarse a apoyar lo que consideraba un proyecto que hundiría al país en la pobreza y a todos los cubanos en la esclavitud.

 

La historia ha demostrado que los demócratas cubanos, los que al parecer perdieron, tenían razón, porque el comunismo resultó un desastre. No es que quienes lucharon por el comunismo han resultado los perdedores.

 

En realidad perdimos todos porque la nación se atrasó medio siglo y el pueblo cubano desperdició casi tres generaciones.

 

No se puede recompensar el sufrimiento de las familias que por una u otra razón se desintegraron o se atomizaron.

 

Ni es posible devolverles un pedazo de vida en Cuba a los millares de buenos cubanos que viejos y cansados de esperar, murieron en el exilio añorando el regreso a la patria.

 

Ni podemos hacer mucho por millares de compatriotas que perdieron la vida en el mar en intentos tan audaces como desesperados, tratando de llegar a la otra orilla donde los esperaban la familia, los amigos, la libertad y las oportunidades.

 

No podemos resucitar a los miles de cubanos que por sus ideales fueron ejecutados en los paredones de fusilamiento.

 

Ni podemos devolverles los años de brutalidad carcelaria a  los centenares de miles de presos políticos que dejaron su juventud, a veces su salud y hasta la vida entre los barrotes de prisiones que nunca merecieron.

 

Pero sí se puede, y sí se debe, reconocerles su amor a la patria, sus razones, su sacrificio y en mucho casos su heroísmo.

 

Tercero, la traición a la revolución tuvo consecuencias negativas en el orden político y económico que merecen consideración. El cambio ideológico inesperado y sorpresivo obligó a Castro a un esfuerzo permanente de movilización política que caracterizó su régimen.

 

El trauma dio origen en la isla a una oposición que la dictadura nunca ha podido erradicar y conformó un exilio militante que ha llegado a tener una influencia política muy importante en los Estados Unidos.  

 

En los primeros meses después del triunfo en 1959, el "máximo líder" comenzó a radicalizar un proceso en el que el pueblo tuvo que despertar del sueño de construir una Cuba martiana "con todos y para el bien de todos".

 

Los cubanos de diferentes estratos sociales, que no se habían percibido como enemigos de clase, ni antes ni durante la lucha revolucionaria,  tuvieron que tomar partido en un antagonismo funesto.

 

Así la revolución de la democracia y la libertad se convirtió, de la noche a la mañana, en la revolución de las tres letras “a”: "O se Adaptan, o se Asilan o se Afusilan".

 

Una parte tenía que ser derrotada y liquidada a cualquier precio, para que la otra -la que se creía dueña de la verdad histórica- triunfara.

 

Al exilio no solo se fueron los ricos de Cuba -que habían apoyado con su dinero a la revolución-, sino también huyeron miles de profesionales y técnicos que eran vitales para la diversificación económica del país. Se fueron miles de pequeños y medianos empresarios, la mayoría de los cuales habían apoyado la lucha contra Batista. Al paredón y a prisión fueron otros tantos miles de cubanos, y muchos de los que se quedaron y adaptaron no siempre lo hicieron de corazón.

 

El instrumento para inducir al odio de una parte del pueblo contra la otra fue una estrategia de agitación y movilización popular, facilitada por el gran entusiasmo que Fidel Castro causaba en la población y por su carismática capacidad retórica.  Manipuló a ese porcentaje del pueblo, que había sido en su mayoría simpatizante pasivo de la lucha contra Batista, en parte activa de una nueva e implacable cruzada.

 

Una guerra contra los que habían sido verdaderos actores de la revolución contra Batista, los que recogían fondos para la guerrilla, los que repartían propaganda, los que trasladaban las armas, los que luchaban en las ciudades, los que se fueron a las montañas, los que ayudaron a financiar el esfuerzo. Fue una cacería contra todos los que no participaran del ciego entusiasmo hacia el "máximo líder" y su proyecto mesiánico. 

 

El dictador nunca más pudo abandonar ese esfuerzo permanente de agitación y movilización. Era una versión fideliana de la Revolución Cultural que tanto daño económico y humano causó a China, y que provocó la pérdida del poder a Mao y finalmente el regreso del capitalismo en esa nación. En China duró diez años, en Cuba cinco décadas. Millones de cubanos llegaron a creer que lo fundamental de un revolucionario era desfilar y gritar los lemas de moda: "si Fidel es comunista, que me pongan en la lista", "paredón, paredón, paredón", "Cuba sí, yanquis no". 

 

¿Quién sufrió las consecuencias de tales extravagancias? Obviamente la economía, que además de haber perdido una buena parte de sus recursos humanos productivos, desde el principio se caracterizó por la improvisación de proyectos faraónicos, el desorden y el despilfarro. Dentro de un sistema -la economía centralizada- que era intrínsecamente ineficaz, se impuso un estilo de dirigir y administrar que acentuó sus contradicciones y por consecuencia sus fracasos.

 

O al "máximo líder" le gustaba ser aplaudido por las multitudes, o comprendía que sin esos ritos colectivos el fervor revolucionario se apagaría con graves consecuencias para su poder. O ambas a la vez. Cualquiera que fuera la razón, y probablemente fueran ambas, no puede pasarse por  alto el tremendo costo económico de tal práctica. 

 

El buen revolucionario no era el que trabajaba más, ni el de las mejores ideas, sino el más obediente y el que espiaba con más saña a los demás.

 

Todo esto lleva a otras dos consideraciones:

 

¿Cuál era el verdadero objetivo de Fidel Castro: un poder personal sin limitaciones, o el progreso del pueblo cubano?

 

La respuesta a esta pregunta puede deducirse de la conversación descrita por el comandante del Ejército Rebelde Huber Matos en su libro "Cómo llegó la noche":

 

"Primero atravesamos la bahía para la inauguración de un molino de trigo en el municipio de Regla; después venimos a Cayo Cruz y de regreso a la Avenida del Puerto. Aprovechando que en confianza Fidel me habla de los problemas de la sociedad cubana y de los muchos conflictos laborales que se irán presentando, le pregunto:

 

- ¿Tú has descartado la idea de que los trabajadores  perciban una participación de las utilidades de la empresa, tal y como expones en tu discurso "La Historia me absolverá"?

   ENERO 1959. DE IZQUIERDA A DERECHA CAMILO CIENFUEGOS, FIDEL CASTRO Y HUBER MATOS

 

- No se puede, Huber. Si posibilitamos que los trabajadores tengan independencia económica, eso conducirá en los hechos a la independencia política".

 

En otras palabras, según Fidel Castro, mientras los cubanos dependieran del Estado, viviendo a un nivel de subsistencia, no tendrían el tiempo para poner en duda el dogma oficial ni a su máximo exponente, no podrían darse el lujo de creerse que podían decidir por sí mismos. 

 

Hasta ahí llegaría el progreso de los cubanos. Por eso han abierto y se han cerrado los mercados campesinos. Se han permitido y se han perseguido a los cuentapropistas. Se entrega la tierra en usufructo a los campesinos en lugar de darles un título de propiedad.  O un pequeño restaurante no puede tener más de cuatro mesas y tiene que pagar altos impuestos. La prioridad del dictador ha sido siempre su poder, que actúa en perjuicio de la economía.

 

Pero entonces ¿era realmente Fidel Castro lo que decía: un marxista leninista?

 

Lo era en el sentido estaliniano. Marx era un enemigo del estado y del poder. Sus referencias a la "dictadura del proletariado" fueron escasas y en un contexto no siempre claro, que van desde las consideraciones expuestas en el Manifiesto Comunista (1848) a su visión de los sucesos de la Comuna de Paris (1871). El balance de sus ideas es en contra del estado, incluso del estado socialista, cuya eliminación era una condición para el logro de la quimera comunista.

 

En Lenin la dictadura del proletariado no era exactamente la del proletariado, sino la dictadura del partido, de la vanguardia ideológicamente pura. Pero ésta también tenía que desaparecer para alcanzar el comunismo.

 

Con Stalin todas esas sutilezas desaparecieron. Para Stalin el partido, el estado y la sociedad fueron sus instrumentos. Su obsesión contra los enemigos durante la construcción del socialismo, aun dentro del propio partido, fue fundamento para una permanente represión.

 

"La sociedad soy yo", la definición que hizo León Trotsky sobre Stalin, se aplica igualmente a Fidel Castro.

 

A fin de cuentas no eran los cubanos quienes importaban. 

 

Para el "máximo líder" el pueblo no era el objetivo sino el medio; el verdadero fin era Castro y su destino histórico.

 

Los cubanos han pasado cincuenta años construyendo una pirámide para el faraón.