Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

                                

 

De El Cairo a La Habana: el efecto tunecino

 

Los acontecimientos en Túnez han desatado una ola de protestas en Yemen y Egipto que todavía están en marcha. Ante este escenario es difícil evitar la visión de una revuelta popular en Cuba. ¿Qué condiciones podrían desatarla? ¿Qué probabilidades tendría de triunfar? ¿Cuál sería la posición de los Estados Unidos? ¿Del resto del mundo?

 

En ninguno de estos tres países árabes se podían esperar hechos como los de los últimos días. ¿Por qué en Cuba no? De las cuatro dictaduras, la castrista es la que tiene el peor historial de abusos a los derechos humanos.  La más desacreditada también.

 

La pobreza y falta de oportunidades, la represión y las torturas de la policía, la corrupción de los funcionarios públicos y la necesidad de sentirse parte o por lo menos representado por un sistema político, son ingredientes del coctel de descontento en esos tres países.  También en Cuba.  Pero hay algo más.

 

La revolución digital rediseña al mundo constantemente. Ningún joven quiere quedarse atrás en una era en la cual el ritmo del progreso tecnológico los afecta inmediata y directamente como nunca antes en la historia de la humanidad. Todos quieren ser parte de la revolución digital.

 

Las redes sociales han revolucionado la forma tradicional en que las personas se comunican. Nuestras amistades, pasatiempos y oportunidades aparecen segundos después de un “click”, estén en la misma ciudad o al otro lado del mundo.

 

En Egipto había 10 millones de usuarios de Internet en el 2009; un año después eran más de 16 millones, el 21% de una población de 80 millones de habitantes. Esta semana el gobierno dejo a 23 millones de usuarios de Internet sin conexión. El crecimiento de Facebook y Twitter ha sido exponencial.

 

En el caso cubano, la Internet en la isla es una opción en extremo limitada a una minoría mucho más pequeña que la egipcia. Lo mismo aplica a la telefonía celular. Cuba es el país latinoamericano con menor cobertura celular, incluso menos que Haití.  El acceso a Internet es aun más reducido.

 

En los tres países árabes el impacto de la red de televisión Al Jazeera ha sido determinante en galvanizar aspiraciones, frustraciones y acción. El gobierno egipcio ha expulsado a esa televisora del país. El pueblo cubano no cuenta con nada igual.

 

Radio Martí es una emisora del gobierno estadounidense. Cuando se creyó que Fidel Castro había fallecido, la política de la emisora fue en extremo cuidadosa, se reunió a su personal y se le advirtió que no debía fomentar el descontento en Cuba. 

 

Hace unas semanas Huber Matos, Ángel Defana y Orlando Gutiérrez dejaron de escucharse por Radio Martí. El argumento fue problemas de presupuesto. En el caso de una revuelta en Cuba, Radio Martí puede desalentarla o no darle la cobertura que necesita. Sus transmisiones seguirán las directrices del gobierno de los Estados Unidos. 

 

Una revuelta espontánea de la población es siempre impactante pero no siempre exitosa. El resultado depende de factores y circunstancias muy propias de cada país y de cada momento.  Túnez, Yemen, Egipto y Cuba son países con condiciones muy particulares cada uno.

 

A pesar de las diferencias, como un tsunami el efecto tunecino se ha hecho sentir en todas partes. Hugo Chávez en Venezuela apareció nervioso y consternado por los acontecimientos en Egipto.  Cuba no es una excepción.

 

Independiente de las factores socioeconómicos, del impacto de los medios digitales y del respaldo decisivo de Al Jazeera,  no podemos ignorar el factor internacional.

 

Si los líderes europeos, como Ángela Merkel y el gobierno de los Estados Unidos no hubieran presionado en público y en privado a Mubarak para que evitara el uso de la fuerza contra los manifestantes, es muy probable que la policía hubiera disparado sin piedad contra una población desarmada y sin organización.

 

Una agresión desmedida de la policía egipcia habría profundizado el abismo entre el pueblo y el régimen egipcio y habría escandalizado al mundo por unas semanas, pero la revuelta habría fracasado. Este fue el caso de Irán en el 2009, donde quienes protestaban contra el régimen teocrático estaban más organizados que en Egipto, y fueron aplastados. Nadie en el mundo recuerda los muertos, ni los hombres y mujeres violados en las cárceles iraníes.

 

Hasta el momento la revuelta en Egipto ha logrado respaldo mundial, especialmente en el gobierno de los Estados Unidos. Washington ha sido cauto, pero ha expresado su preferencia por una transición democrática, respaldando las peticiones de los jóvenes y exigiendo a Mubarack que haga real sus promesas de cambio.

 

Si esta solución es la que prospera, el gobierno egipcio estará obligado a respetar nuevas reglas de juego en las próximas elecciones de septiembre. Mubarak debe renunciar o no puede reelegirse. Existe la posibilidad de un gobierno provisional en que la oposición participe. Si se permite la presencia y escrutinio de observadores internacionales, la democracia puede dar el primer paso firme en Egipto desde 1952.

 

En contraste con la situación en Egipto, en el caso cubano el gobierno de Obama parece más interesado en que el castrismo continúe en el poder y dicte los términos y el tiempo de una transición.

 

La semana pasada la congresista Ileana Ros-Lehtinen dijo en CNN que Obama era una buena persona y quería la libertad de Cuba pero que era “inocente” a la hora de lidiar con ese régimen.

 

Sin un apoyo decidido y definido de parte de los Estados Unidos, los cubanos debemos meditar sobre las posibles consecuencias. El escenario de una revuelta popular en Cuba sin contar con el respaldo de los Estados Unidos y la Unión Europea es sumamente riesgoso.

 

Ni Europa ni los Estados Unidos tienen en Cuba la influencia con el régimen y el ejército que tienen en el caso de Egipto. Si el pueblo cubano se lanza a las calles, la dictadura castrista pudiera ordenar la represión brutal contra los manifestantes, y la revuelta puede ser ahogada en sangre.

 

La tiranía tiene posibilidad de aplastar una rebelión que no implique una explosión simultánea y masiva en toda Cuba. Algo improbable en un país con todos los medios de comunicación controlados por la tiranía. En Cuba no hay Al Jazeera, ni Internet, ni teléfonos celulares en una proporción remotamente comparable con Egipto.

 

Tampoco podemos estar seguros del que el ejército cubano saldrá en defensa del pueblo en las calles, como lo ha hecho tácitamente el ejército egipcio. La casi totalidad de los oficiales egipcios han sido entrenados en los Estados Unidos, saben lo que es una democracia y deben respeto a un gobierno del que reciben miles de millones de dólares.

 

Sin embargo, la Unión Europea y los Estados Unidos pudieran tener un poder de influencia determinante con el régimen castrista y especialmente con el ejército cubano. Si se decidieran, podrían lograrlo.

 

Esto exige que se defina con anticipación una estrategia - tanto en los Estados Unidos como en la Unión Europea - de fomentar activamente una transición democrática en Cuba y de defenderla hasta las últimas consecuencias.

 

El pueblo cubano y la tiranía deben conocer cuáles serían las medidas que Washington y Bruselas pudieran tomar en defensa de la población cubana en el caso de una eventual revuelta popular.

 

Es necesario que la Unión Europea vaya mas allá de la Posición Común, que es una política de espera a lo que haga o deje de hacer la tiranía en Cuba.

 

La UE debe planear una estrategia y ponerla en práctica. Esta debe obligar al régimen castrista hacia una transición auténtica. La oposición democrática cubana debe contar con recursos para presionar por una transición pacífica en la isla.  

 

Analizados todos estos aspectos, parece que la visión que tenemos actualmente los cubanos sobre el futuro de Cuba no tiene en cuenta factores que decidirían el éxito o el fracaso de una revuelta popular.

 

Un considerable porcentaje de cubanos en el exterior opinan que una revuelta popular en la isla es cuestión de tiempo. Alegan que el pueblo está descontento y que ya no tiene el temor de antes.

 

Creen que en determinadas circunstancias un imponderable será suficiente para hacer explotar el resentimiento popular contra el régimen. En Túnez, el suicidio de un “cuentapropista” de 26 años de edad, frustrado por las arbitrariedades oficiales, fue el evento que desató el hasta ahora exitoso movimiento popular.

 

En Cuba el asesinato de Orlando Zapata fue una chispa que tuvo repercusiones que nadie esperaba: ni el pueblo, ni el exilio, ni mucho menos el régimen. Su muerte no provocó una revuelta en las calles, pero puede haber iniciado un proceso irreversible en esa dirección.

En la isla hay un cambio en la percepción de la realidad.  El martirologio de Zapata aceleró esa transformación. Dependiendo de la intensidad de ese proceso y del empeoramiento de las condiciones socioeconómicas el pueblo cubano puede llegar a protestar masivamente.

 

La tiranía ha sido rápida en entender que una vez perdida la batalla ideológica, la política y la moral, lo único que no puede perder son las calles. Por eso muy temprano en la contienda comenzaron a hacerle corear a sus turbas: “esta calle es de Fidel”.

 

Esto no quiere decir que el castrismo esté consciente de la metamorfosis que atraviesa el pueblo cubano. Saben que la gente está descontenta. Por esta razón miden el nivel de represión que aplican, pero las dictaduras por lo general no saben manejar sus finales, aunque lo tengan delante de los ojos.

 

El 2011 es crítico para la oposición democrática cubana. No es que hay que ganar las calles en este año, es que no se puede perder la oportunidad de aumentar la disposición a tomarlas. Aun más importante, hay que preparar las condiciones internas y externas.

 

Ante lo expuesto en el caso de la situación en Egipto y su comparación con Cuba, sería una irresponsabilidad dejar la suerte de Cuba a una revuelta popular espontánea sin debido respaldo internacional, que incluya acciones concretas para proteger al pueblo desarmado en las calles.

 

El efecto tunecino ya es de conocimiento de muchos militares cubanos y de parte del pueblo, pero lo más importante está por concebirse y hacerse. Las protestas en Cuba deben ser el producto de planes muy definidos y de una organización y previsión impecables. La improvisación no sustituye el trabajo precavido y sagaz.

 

La hora del pueblo cubano se acerca, no es cuestión de meses, puede demorar más de lo que pensamos y queremos.

 

Después de medio siglo de lucha y sacrificios heroicos, la oportunidad no debe malograrse con un entusiasmo y un optimismo sinceros que nos puede conducir por un camino irresponsable hacia el fracaso.