Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

                                

 

Cuba: Navegando sin rumbo

 

En el escenario cubano predomina la incertidumbre; el régimen navega sin rumbo cierto. El saldo de medio siglo de incompetencia, irresponsabilidad e impunidad está a la vista. Los medios destruyeron el fin.  

 

El cabildo de ancianos se aferra a la represión en espera del paso del tiempo; prefieren el cementerio antes que aceptar el fracaso. No tienen ni la audacia ni el patriotismo para salvar a Cuba. Se empecinan en un pulso que - por imperativo biológico - ganará la nueva generación, aunque en el proceso el país se siga haciendo pedazos. 

 

En otros lados del espectro político, muchos cubanos creen ver la luz del alba aunque estén todavía en medio de la noche. Otros están seguros de que la pesadilla será interminable, y una pequeña minoría está convencida de que solo un esfuerzo nacional y organizado hará posible el primer paso a la construcción de una sociedad democrática.

 

En Cuba, aunque hay oportunidades para el desarrollo de la democracia, no podemos pasar por alto algunos peligros: el triunfalismo, el pesimismo, la ausencia de una opción política nacional, la estrategia estadounidense y los intereses creados.

 

El triunfalismo es creer que las cosas están muy mal y como se pondrán peor, los días del la tiranía están contados. No hay nada que hacer o hay que hacer muy poco. El pueblo se levantará y la tiranía colapsará. No se toma en cuenta que en el subconsciente colectivo existe un equilibrio paralizante. De un lado está el descontento y del otro el miedo a la  represión y el temor a un futuro incierto. El triunfalismo pasa por alto que el régimen tiene aliados exteriores y recursos.

 

Los pesimistas creen que nada se puede hacer porque el pueblo cubano no va a hacer nada: porque está acostumbrado, porque tiene miedo, por la represión, porque los cubanos de ahora no son como los de antes o, porque estamos divididos, o porque nadie nos ayuda. Esta actitud contrasta con el manifiesto temor de la tiranía ante el potencial de rebeldía de la población, que se evidencia con una constante vigilancia y una represión inmediata ante la menor señal de peligro. Se presenta así la paradoja en que los castristas tienen más “fe” en la rebeldía del pueblo que los cubanos  pesimistas.

 

Es cierto, los cubanos de ahora no son como los antes, pero ¿en qué país, qué generación actual no es muy diferente a la de medio siglo atrás?

 

En Cuba el hombre nuevo ha vivido bajo permanente vigilancia; en su propia casa le enseñaron a simular. La tiranía desconfía de un pueblo obediente  que lleva un volcán de reclamos por dentro, cuyo poder explosivo nadie conoce.  

 

Pero el pesimismo persiste porque tiene profundas raíces y justifica la falta de participación o la indiferencia.

 

La ausencia de una opción política real y organizada en todo el país es nuestro talón de Aquiles. La falta de un frente nacional contra la tiranía es el producto de una compleja trama de factores que han conspirado contra el pueblo, y en la cual la falta de experiencia y de madurez política de la dirigencia de oposición ha contribuido con su parte. 

 

Enfrentarse a un totalitarismo marxista leninista no fue nada fácil para la oposición que buscaba la libertad en los pueblos sojuzgados por el Partido Comunista. El castrismo importó las técnicas de cuatro décadas de experiencia acumuladas, desde que el polaco Feliks Dzerzhinski, fundador del aparato represivo conocido como Cheka, comenzó a exterminar a los enemigos de la dictadura del proletariado, a finales de la segunda década del siglo pasado.

 

Considerar a los cubanos cobardes o incompetentes, por no haberse liberado del comunismo, es una injusticia, y desconoce la experiencia de países que, padeciendo el mismo mal, tampoco pudieron vencerlo, aun cuando se rebelaron con heroísmo, como sucedió en Hungría en 1956.

 

Errores propios los hay, la represión nos ha hecho creer que el desafío de un grupo de individuos pensantes,  un puñado de valientes, o una apropiada declaración, nos eleva automáticamente al status de un movimiento o un partido político de oposición, que merece el apoyo de todos los cubanos demócratas y la solidaridad internacional.

 

Esta actitud  demuestra nuestra falta de sentido de la proporción. Parecemos no tener idea de cómo se alcanza y se mantiene un liderazgo, ni de los recursos necesarios para enfrentar a una tiranía totalitaria.

 

La multiplicidad de ideas, de programas, de organizaciones, no sería tan debilitante si por lo menos cada una reconociera el limitado poder de convocatoria que tiene y los limitados recursos materiales con que cuenta.

 

El resultado es que aun a estas alturas, ante una tiranía en la quiebra ideológica y material, no existe una organización de oposición nacional con la que la población en la Isla y en el exilio,  puedan identificarse.

 

El protagonismo personal se ha convertido en un deporte nacional. No es el caso de Yoani Sánchez, quien ha aclarado que es una simple persona exponiendo sus ideas, con lo que ha demostrado su sentido de proporción, sin pretensiones de liderazgo.

 

Ante este panorama, con razón o por conveniencia, hay gobiernos que discuten arreglos con Cuba en los que la oposición democrática se ignora completamente, o se margina.  La consideran diluida en una competencia de facciones y con un potencial de perturbación, que según ellos hay que evitar en un periodo de transición, en que la estabilidad es muy importante. 

 

La forma en que se ha comportado el gobierno español es una muestra de que no tiene el menor respeto por la oposición democrática cubana; esto contrasta con la actitud de las administraciones estadounidenses, que a la hora de formular la política hacia Cuba tienen muy en cuenta al exilio cubano. Es el poder del voto cubano-americano en los Estados Unidos, comparado con la ausencia de una política de los cubanos demócratas que penalice las acciones pro-castristas de  España.

 

 La estrategia estadounidense es la estrategia de los pasitos de la administración de Obama. Se fundamenta en premisas de una hipotética y eventual conducta del castrismo.  Pretende complacer a la izquierda y los capitalistas estadounidenses, a los simpatizantes -abiertos y encubiertos- del castrismo en el mundo, a los intereses creados de España, Canadá, Brasil, etc. Al mismo tiempo que tratan de quedar bien con quienes aspiran a una verdadera democracia en Cuba.

 

Con tan compleja y contradictoria gama de intereses, y ante una crisis inesperada en Cuba, los Estados Unidos podrían replicar una variante de su errático enfoque en Honduras: donde fue la providencia, la habilidad y unidad de los actores (Micheletti, Congreso, Corte Suprema, Tribunal Electoral, Ejército y el pueblo hondureño) quienes evitaron que el proceso desembocara en una dictadura militar, o en una toma del poder por parte de Zelaya y sus huestes populistas.

 

Para  el gobierno estadounidense  Cuba es una fuente de problemas que se deben evitar a toda costa. Estados Unidos tiene otras prioridades estratégicas: la guerra en Afganistán y el posible desarrollo de armas atómicas en Irán. Situaciones de difícil solución en el corto y mediano plazo.

 

Si a esto se le suman las dificultades que acompañan la cola de la recesión económica, el conflicto relacionado con el sistema de salud pública, y el preocupante reto de la re-elección de Obama, lo menos que desea la Casa Blanca es una crisis en Cuba, que desataría sin duda otra en la Venezuela de Chávez, y puede volatilizar a toda la región.

 

El Departamento de Estado y el Pentágono no pueden dejarse sorprender. En cualquier escenario de inestabilidad en Cuba, los Estados Unidos tiene que tener a mano una estrategia. Esto implica recursos económicos y fuerzas militares.  

 

Por todas estas razones y otras, para la administración Obama, la oposición democrática cubana –dentro y fuera de Cuba- debe estar controlada y contenida al máximo, con el fin de evitar que pueda desestabilizar al castrismo.

 

Para el gobierno estadounidense su principal preocupación es ganar la próxima elección presidencial, y para sus funcionarios, la de no cometer errores que puedan poner en juego ese triunfo. Esta prioridad de la Casa Blanca ha quedado demostrada en la reciente decisión sobre el aumento de tropas en Afganistán, en la que, para no perder votos, se ha comprometido simultáneamente, a iniciar el retiro de las mismas dentro de 18 meses, una decisión de política electoral.

 

Los intereses creados son muchos, y todos tienden a consolidar sus posiciones y a controlar las que no tienen. El primero por supuesto, es el de la Nomenclatura, en la que existe un segmento que teme a una transición tan radical que los devore en el proceso; estos se sumarían eventualmente a una alternativa en que tuvieran garantías y participación.

 

Otro sector está simplemente interesado en mantener sus privilegios económicos y hacerse dueños de las empresas que hoy manejan, al amparo del estado totalitario. Hay una pequeña minoría en la cúpula del poder, que teme a todo lo que represente una rendición de cuentas ante el pueblo y el mundo. 

 

Están los actores internacionales como España, que no está dispuesta a dejarse arrebatar la industria turística en Cuba, ni la influencia en la región que representa su estrecha vinculación con el castro/chavismo. Canadá, aunque menos contenta con su experiencia, tiene en Cuba su parte que proteger. 

 

Hugo Chávez que depende del castrismo tanto como este de él, una relación simbiótica en la que la existencia de uno depende de la permanencia en el poder del otro. Brasil, lo ha dicho Lula, quiere ser el principal socio comercial de la Cuba castrista. En los países latinoamericanos, Chávez ha podido neutralizar o inclinar a favor de las sucesión castrista  a casi todos los gobiernos de la región.

 

No podemos pasar por alto la posición anti-estadounidense en todas partes, que ha usado al castrismo como un ejemplo de independencia tercermundista y un látigo al “imperio”.  Un lugar donde el socialismo comunista finalmente se construyó con rostro humano, como expuso en su momento y en forma brillante el escritor venezolano Carlos Rangel en “Del buen salvaje al buen revolucionario”. 

 

Todos estos ilusos, aun conscientes de que el castrismo en Cuba ha sido un gran fraude que de una u otra forma apoyaron, se resisten a reconocerlo públicamente, y mucho menos a juzgarlo y condenarlo.

 

Los capitalistas estadounidenses acechan a Cuba como un buitre a una presa moribunda. Nada más que necesitan un banderazo y caerán sobre la isla a vender sus productos y a comprar barato sus activos. 

 

No será la inversión extranjera necesaria para el desarrollo de cualquier economía, que se canaliza dentro de las reglas de un Estado de Derecho, sino la que llega al amparo del poder, como la hizo la cadena hotelera Meliá o la empresa Telecom Italia, capitales extranjeros que comparten con el estado castrista el monopolio del la hotelería -la primera - y la telefonía y el Internet  en  Cuba la segunda.

 

Los intereses creados estarían a favor de un cambio en Cuba que los beneficie, y esto implica, sobre todas las cosas, evitar un periodo de inestabilidad. Por esta razón la continuidad de Raúl Castro es tan atractiva, incluso para el capital estadounidense que todavía no tiene una presencia importante en la isla.

 

Conclusión: Este bosquejo de los peligros que acechan una  transición democrática en Cuba no pretende ser exhaustivo, ni excluyente de otros factores, externos e internos, que conspiran o representen un reto al desarrollo de una transición democrática en Cuba. 

 

Hay factores que inclinan la balanza a un cambio democrático en Cuba, y esta exposición sobre los peligros no debe dejar la impresión de que la transición democrática es un imposible; por el contrario, como señalamos al principio, el régimen castrista está en la bancarrota ideológica y económica. 

 

En el siglo de la información, un pueblo inteligente como el cubano, con ansias de recuperar el tiempo perdido, tiene razones y energías suficientes para tomar las riendas y encaminar su destino. 

 

Cuba: ¿Qué hacer?