Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

Cuba en el siglo XXI

 

Cuba es hoy todo lo que no debe ser una nación en el primer siglo de la era digital. Cuba es importante para nosotros porque es nuestra patria, pero en el contexto de la política y la economía mundial tiene poca relevancia.

 

En la isla prevalece una economía obsoleta y estatizada, dependiente de la subvención extranjera y del pago de salarios a nivel de miseria.

 

La Internet, una computadora y el poder de los modernos lenguajes de programación son sueños inaccesibles para la mayoría de la juventud cubana. La población está agotada y sin fe.

 

Pese a esta situación, y en buena parte por ella, los cubanos pensamos que lo que sucede en nuestro país debía ser de gran interés para cualquiera en el planeta. 

 

En alguna oportunidad bauticé este fenómeno de presunción exagerada como “el síndrome del ombligo del mundo”; algo que padecemos todos, pero que lo manifiesta en forma crónica el reducido grupo de procastristas que todavía defiende al sistema.

 

No hay nada más absurdo que leer a los blogueros del régimen reiterando los errores y las injusticias que suceden en el mundo, como si ellos vivieran en una sociedad superior por la gracia de Fidel Castro.

 

Que los demócratas cubanos creamos que nuestros problemas requieren la atención del mundo, no es descabellado, siempre y cuando actuemos con diplomacia y, aunque parezca algo contradictorio, con realismo.

  

El origen de este síndrome comenzó con Cristóbal Colon el 28 de octubre de 1492, quien al llegar a Juana (Cuba) dijo que estaba ante “la tierra más bella”.

 

Se acentuó en extremo cuando por iniciativa del tirano Fidel Castro nuestro país se convirtió en un instrumento de la URSS en su conflicto con los Estados Unidos.

 

Los castristas no lo vieron así. Ellos quisieron creerse que eran la avanzada mundial en el combate contra el “imperialismo yanqui”. Ante la desintegración de la URSS, debía haberse impuesto la realidad, pero no sucedió.

 

La tiranía castrista se había quedado sin el escudo militar soviético, sin su escatología postcapitalista y, aun peor, sin la subvención que la mantenía a flote, Pero el síndrome se impuso.

 

En lugar de adaptarse al nuevo mundo, Fidel Castro -el único que tenía derecho a pensar y a decidir- siguió creyendo que él (Cuba) seguía siendo el ombligo del mundo.

  

Por esta razón sus incondicionales necesitaron más de dos décadas, la ruina nacional y la decrepitud del tirano, para empezar a darse cuenta de que el experimento era un fracaso total y que el poder que tenían peligraba.

 

Finalmente llegaron a la conclusión de que para sobrevivir necesitan una relación política y económica normal con su vecino del norte, fuente de turismo, un mercado e inversiones importantes. A pesar de esto no acaban de darse cuenta de que el exilio cubano es parte integral de los Estados Unidos.

 

Sin embargo, todavía creen que pueden obligar al gobierno en Washington a negociar la libertad de un infeliz ingeniero estadounidense (Alan Gross), condenado a quince años de cárcel por tratar de facilitar a los miembros de la oposición en la isla el acceso a la Internet.

 

Los demócratas cubanos no estamos tan desubicados. Nuestro síndrome es menos crónico. Quisiéramos convencer a todos que de la libertad de Cuba -Venezuela incluida- depende la seguridad del Continente. No es así.

 

No queremos aceptar que el antiyanquismo siempre ha existido con otros nombres. El castrismo lo practicó por medio siglo, pero existía desde mucho antes. Cuando Chávez desaparezca, tarde o temprano otro “iluminado” tomará esa bandera o lo que va quedando de ella.

 

En cierta forma vivimos del pasado. Es como si ya no tuviéramos ni retos, ni ilusiones, ni proyectos importantes por delante. Nos conformamos con ser demócratas, anticastristas y anticomunistas.

 

Es un gran error. Lo mejor de Cuba no quedó en el ayer, ni será necesariamente lo que vive el mundo de hoy. Lo mejor de Cuba está por hacer, y le corresponde decidirlo a las generaciones que lo construirán con su esfuerzo.

 

Es cierto, Cuba fue famosa y útil para un sector de latinoamericanos que necesitaban recriminar a los Estados Unidos. También para europeos en similar entretenimiento, y para muchos politólogos, intelectuales y periodistas que disertaron sobre la magia de Fidel y la liturgia del socialismo cubano.

 

Nunca una dictadura ha sido tan defendida como el castrismo. Todos inflaban el globo porque les convenía, hasta que el globo explotó. Quedan rezagos y rezagados, pero en general el tema está pasado de moda.

 

Antes de toda esta soberana tomadura de pelo, nuestra Isla ya era conocida. Cuba tuvo el privilegio de tener en José Martí un hombre de talla universal.

 

Otros cubanos menos conocidos en el mundo contribuyeron con heroísmo, creatividad y originalidad a forjar nuestra identidad y nuestra historia. Lo siguen haciendo.

 

Entre todo lo que tiene que ver con nuestra patria hay algo que no siempre valoramos.  Hay millones de personas en todo el mundo que no nacieron en Cuba pero la llevan en su corazón. Desean para nuestro país lo mejor. Quien pueda movilizar esos sentimientos habrá encontrado la piedra filosofal.

 

El hecho es que nos encontramos en el comienzo de la segunda década de un nuevo siglo, que no es un siglo cualquiera.  Es el siglo en que se está forjando una nueva civilización.

 

Los cubanos necesitamos una buena dosis de realismo y entusiasmo para sacar a nuestro país del atolladero en que se encuentra y ayudar a la juventud cubana a que se lance a conquistar un futuro mejor.

 

Con tal propósito debemos afinar nuestra percepción para actuar con una visión muy clara del momento en que vivimos y lo que está por venir.

 

Preguntémonos:

 

¿Ha sucedido algo perturbador en el mundo que tengamos que tener en cuenta?

 

Sin dudas: el desplome de la URSS, la supremacía de los Estados Unidos, el extremismo islámico, la Revolución Digital,  la Primavera Árabe y la crisis económica mundial.

 

¿La URSS?  ¿Pero acaso eso no es historia?

 

Aunque parezca lejano, el desplome soviético continúa gravitando sobre los acontecimientos actuales. Sus consecuencias no han concluido y en este siglo las seguiremos viviendo.

 

Cuando en 1989 Francis Fukuyama escribió su ensayo sobre el fin de la historia, quizá no estaba tan equivocado como entonces se pensó.

 

Su argumento radicó en que el fracaso de la URSS invalidaba las predicciones del marxismo sobre la inevitabilidad del comunismo.

 

En realidad la historia no había concluido con el triunfo de la democracia liberal sobre el marxismo-leninismo. Se había iniciado una etapa aun más compleja que nadie pudo imaginar.

 

Al desaparecer el comunismo la práctica de la democracia liberal y del capitalismo pasaron a la picota.

 

¿Cuán verdadera es la representatividad en el pluripartidismo democrático y cuán justo es el capitalismo en la democracia?

 

El tema es de suma importancia porque de sus respuestas nacerán las proposiciones que guiaran a las sociedades.

 

Para muchos demócratas la versión norteamericana de la democracia y del capitalismo no parece tan auténtica ni tan justa como se pensaba; ni la versión europea podría ser insostenible a largo plazo.

 

El aparato estatal no resuelve ni prevé problemas fundamentales. La mayoría de los políticos pierden la confianza del electorado.

 

En nuestras sociedades la violencia se ha vuelto un mal endémico y el consumo de drogas y la infelicidad no corresponden con el ideal que debía ser el resultado de la democracia y del capitalismo.

 

Algunos de los padres fundadores de los Estados Unidos tuvieron la visión de que algo así podría suceder y expresaron su preocupación de un mundo en que cada uno estaría nada más que interesado en su propio beneficio.

 

No es que se exija que el ideal de la democracia deba ser la realidad democrática, sino que hay demasiado espacio entre el uno y la otra. Hay que acortar la distancia.

 

Parejo a estos grandes problemas que son manifestación de una psiquis social en crisis, el mundo ha cambiado y sigue haciéndolo a una velocidad desafiante.

 

Si la desaparición de la URSS ha sometido a la democracia y al capitalismo al escrutinio como nunca antes, la actual crisis económica ha expuesto otras debilidades del sistema a la vista de todos.

 

El debate de cómo se deben arreglar los problemas ha cobrado fuerza. Algo que no pudo haber sucedido con tal intensidad antes ni durante la era de Allan Greenspan. Desde el fin de su época de “exuberancia irracional” han quedado en tela de juicio los errores conceptuales y las prácticas de la izquierda, como las de la derecha, en las democracias.

 

El socialismo es un concepto tan explotado, impreciso y desprestigiado que en lugar de aclarar, confunde.

 

Esto apunta a una nueva definición de la sociedad. Por ejemplo, los mismos principios que antes se defendían desde un punto de vista ideológico o moral hoy son condiciones fundamentales del progreso:

 

Sin libertad individual, sin respeto a los derechos humanos y a la propiedad, sin educación, sin salud y sin un nivel razonable de equidad, las sociedades del presente y del futuro no estarán capacitadas para generar riqueza en forma sostenida.

 

En otras palabras, lo que es justo no es solo moralmente correcto sino es necesario en el campo de la productividad, la creatividad y la competitividad.

Por estas razones, entre otras, tampoco el modelo chino es el camino a seguir. El espejismo creado por el espectacular crecimiento de China no puede justificar los grandes problemas que ese esquema tiránico ha creado.

 

Tampoco los conflictos y abusos que esconde detrás de sus cifras tan impresionantes como selectivas. Quizá Deng Xioaping no fue ajeno a esta situación cuando predijo una futura segunda etapa.

 

Ante todo este panorama los cubanos tenemos que aprender de los demás. No podemos aferrarnos a esquemas que otros países cuestionan o van descartando. Necesitamos construir una sociedad con una gran capacidad de libertad, de cambio y de oportunidades.

Una sociedad que pueda generar justicia, felicidad y progreso para sus ciudadanos, al mismo tiempo que premia la creatividad y el trabajo individual y empresarial.

 

En su reciente gira por Europa la dirigente democrática de Birmania, Aung San Suu Kyi, planteó que su país no debía cometer los errores que habían superado otros, y que necesitaban ayuda para evitarlos. Esto les permitiría a ellos acelerar el progreso y consolidar la democracia.

 

Parte de la solución estará en el éxito que tenga Cuba democrática durante este siglo, en llevar adelante una estrategia en la que sus objetivos de desarrollo interno -desarrollo en todos los órdenes- refuercen su esfuerzo y eficacia global.

 

No podemos vivir presos del pasado ni limitados por el presente. Cuba seguirá siendo una isla a noventa millas de los Estados Unidos, pero tiene que concebirse y actuar como parte de cualquiera y de todos los continentes.

 

En conclusión, el mundo se debate y se dirige a nuevas formas de organización que le permitirán a cada sociedad, en un marco de libertad y participación nunca antes visto, potenciar sus capacidades.

 

Cuba debe aprender de los demás tanto como de sus propias experiencias, y dar un salto hacia adelante.

 

Hemos señalado que como consecuencia del fracaso de la URSS, Estados Unidos quedó sin enemigo estratégico. Desde entonces hasta hoy, a pesar de todas sus limitaciones, sus errores y todo lo que se dice y se escribe, Washington pasó a ser el imperio supremo, y lo será por una buena parte de este siglo.

 

No habría sido tan fácil para Estados Unidos la primera guerra contra Irak en 1990 (la Guerra del Golfo) si la URSS hubiera existido como potencia mundial.

 

Aunque fue una guerra provocada por la invasión irakí de Kuwait y tuvo el respaldo de la ONU, la URSS habría aprovechado la oportunidad para sacar partido de su estrecha relación con Irak.

 

Ni le habría sido fácil a Washington tomar la decisión de lanzar una segunda guerra contra Irak en 2003 si la URSS o cualquier otra potencia de su calibre se hubiera opuesto.

 

Lo mismo pudiéramos decir de la reciente intervención en Libia o el actual apoyo a la resistencia en Siria. La desaparición del poder de la URSS ha dejado a los Estados Unidos la opción de intervenir o no intervenir en cualquier país del mundo.

 

Ante esta supremacía, Estados Unidos ha optado por legitimar su participación con coaliciones o evitarla cuando no lo considera un beneficio.

 

Ha tomado relevancia lo que en 1990 Joseph Nye acuñó como el poder suave, un complemento al poder militar que le facilitaría a los Estados Unidos su liderazgo en el mundo.

 

El hecho es que la superioridad militar de Estados Unidos es indiscutible. Primero por la desaparición de la URSS, y luego por la amenaza islámica. De este último tema trataremos en otra oportunidad.

 

Esta supremacía propició las dos intervenciones de Estados Unidos en Irak y la caída de Saddam Hussein. A su vez, los cambios en Irak han tenido repercusiones que sobrepasan las fronteras de este país.

 

Se le ha prestado poca atención a que la mayoría de los irakíes no quieren volver a vivir bajo un régimen dictatorial, porque el interés periodístico ha estado concentrado en la violencia y en la presencia de las tropas norteamericanas.

 

Los irakíes están insatisfechos con el nivel de democracia y estabilidad que tienen porque quieren más democracia y más estabilidad, no porque la rechacen.

 

La caída de Saddam Hussein fue un terremoto político. No se han medido las consecuencias en los pueblos vecinos del hecho de que uno de los más despreciables tiranos de la zona terminó derrocado y ajusticiado.

 

¿Habría sido posible la derrota de Gadafi sin el precedente de la caída y ajusticiamiento de Saddam Hussein?

 

¿Habría sido posible este suceso en Irak sin el desplome de la URSS?

 

No estamos planteando una tesis determinista, sino todo lo contrario. La URSS pudo haber extendido su guerra en Afganistán y Mijail Gorbachov pudo haber sido un dogmático en lugar de un reformador.

 

Pero una vez sucedido el imponderable, el accidente histórico, las consecuencias no pueden ignorarse. Pero en el tema hasta aquí llegamos.

 

En el caso cubano, la supremacía de un Estados Unidos post soviético es de vital importancia. No hay poder militar en el mundo que pueda evitar una intervención militar en Cuba si Washington lo considerara apropiado, conveniente o inevitable.

 

¿Permitiría Estados Unidos una masacre contra el pueblo cubano si éste se lanza a la calle a reclamar sus derechos? Los cubanos en la Isla y los exiliados que plantean la tesis de la revuelta popular deberían considerar esta opción y hacer planes de contingencia al respecto.

 

En conclusión, hemos comentado cómo el fin del comunismo abrió las puertas al cuestionamiento de la eficacia de la democracia liberal y del capitalismo. El tema tomó fuerza con la crisis económica que se manifestó en 2008 en Estados Unidos y ha ido contagiándose a otros países.

 

El fin del comunismo también convirtió a Estados Unidos en el poder militar sin rival en el planeta. Esto le permitió intervenir sin ninguna oposición estratégica en dos guerras en Irak. El Irak democrático resultante se ha convertido a su vez en un factor de influencia en el mundo árabe.

 

Nos falta incluir el extremismo islámico como resultado del desplome soviético y la guerra de Estados Unidos en Afganistán; la Primavera Árabe y la revolución digital como promotor, facilitador y acelerador de cambios en el mundo actual.

 

Al analizar la coyuntura histórica sin precedentes que vivimos, podemos sintonizarnos con las fuerzas de cambio.

 

(Continuará…)