Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

CUBA: EL PRESIDENTE RAJOY TIENE LA OPORTUNIDAD

El resultado de las elecciones en España enfrenta al Partido Popular con importantes retos en el orden interno y externo. La oportunidad es única. En el marco nacional, la crisis por la que atraviesa la Unión Europea ha puesto al descubierto las graves deficiencias estructurales de la economía española. Mariano Rajoy podrá manejar el asunto como un estadista o como un político más. Veremos.

En el orden internacional, España puede continuar con una política subordinada a los intereses económicos de sus empresarios, o puede poner en vigor una política exterior fundamentada en los mismos principios que practica en su territorio. Incluyendo los acuerdos sobre derechos humanos aprobados por todos los miembros de la Unión Europea.

En un mundo que es víctima reciente de la avaricia desmedida de un grupo importante de sus propios capitalistas, el nuevo líder de España se arriesga a perder influencia si sigue los pasos de la política exterior de los gobiernos socialistas. En este terreno Rajoy puede hacer la diferencia. También veremos.

Estamos ante un hecho histórico trascendental. Por primera vez en mucho tiempo los países desarrollados padecen las consecuencias del principio de que las ganancias están por encima de cualquier consideración moral. Ciudadanos y empresarios han perdido una buena parte de un patrimonio ganado con esfuerzo y honestidad.

Hasta ahora el primer mundo había cerrado sus ojos. En la mayoría de los casos ha apoyado el hecho de que sus empresarios han estado enriqueciéndose en tratos con déspotas asesinos y dictadores ladrones de otros países.

Los recientes acontecimientos en el mundo árabe han puesto en clara evidencia esa contradicción. Las democracias occidentales, en su afán de apoyar a sus empresarios, han sido aliadas tácitas de regímenes tiránicos.

Por lo visto, también para el capitalismo salvaje el fin justifica los medios. El saldo de esa práctica puede llegar a millones de víctimas. Patrimonios nacionales se convirtieron en botín de los tiranos y sus aliados.

La primavera árabe ha puesto en evidencia el daño acumulado causado por el apoyo de los países democráticos a regímenes que violan los derechos humanos.

Si alguna vez se lograran estadísticas de las atrocidades cometidas por los aliados del occidente democrático en esa región, los datos harían palidecer de vergüenza a más de un abanderado de la democracia.

Los hechos recientes demuestran una vez más que la política de amistad y negocios con las dictaduras árabes sirvió para consolidar a los tiranos, empobrecer a los pueblos, y enriquecer a las empresas extranjeras.

En los casos en que se trató de racionalizar esta política siempre hubo excusas; a veces fueron argumentos de seguridad nacional. En muchos ni se intentó una justificación.

El caso cubano es uno de ellos. Durante más de medio siglo España ha sido uno de los socios comerciales más importantes de la tiranía castrista. Esta relación no solo ha beneficiado a la dictadura en el campo económico, sino que también le ha brindado un manto de legitimidad política.

El régimen castrista ha utilizado esto para insistir ante la población que es el representante genuino del pueblo y quienes se le oponen -los demócratas- son terroristas, mercenarios, parias y traidores. En una sociedad totalitaria, donde el Estado tiene que controlar lo que piensan los individuos, el tema de la legitimidad es importante. Es parte del esquema represivo.

La defensa de esa estrecha relación comercial y política entre gobiernos democráticos españoles y la dictadura totalitaria en Cuba ha consistido en señalar el supuesto fracaso del embargo estadounidense.

Se ha argumentado que el embargo no había logrado el respeto de los derechos humanos en Cuba; perjudicaba a la población cubana; le daba una justificación al régimen para reprimir; y no propiciaba una relación que permitiera influenciar al castrismo para que respetara los derechos humanos.

Esta argumentación conducía a una política diametralmente opuesta a la del embargo. Una que lograría concesiones que conducirían al respeto de los derechos humanos en Cuba.

La realidad ha sido diferente. Los países que, como España, por medio siglo han practicado una política de amistad y negocios con el castrismo, nunca han podido demostrar que lograron avanzar la causa de los derechos humanos en Cuba.

Sin embargo, se ha continuado insistiendo en el sofisma de que las buenas relaciones comerciales entre una democracia y una dictadura conducirían a un eventual buen comportamiento en el campo de las libertades en el país donde no se respetan.

Premisas y conclusiones que siempre han sido máscaras detrás de la cual se esconden el lucro y los intereses políticos particulares, ambos desprovistos de cualquier indicio de solidaridad humana. La ganancia a toda costa, de la mano del oportunismo político.

La dictadura castrista, conciente de la contradicción ética de un gobierno democrático que apoya a uno tiránico, siempre ha sabido ayudar a justificar la conducta española con algunas concesiones. Por ejemplo, la liberación de presos políticos.

La última de estas maniobras, y la más famosa, fue orquestada con la ayuda de la Iglesia católica cubana. La tiranía dio la libertad a los presos políticos conocidos como el grupo de los 75 que todavía se encontraban en prisión. La realidad es que estos hombres están libres como consecuencia de una crisis provocada por el asesinato del preso político Orlando Zapata Tamayo.

El hecho es que la política de amistad y negocios de gobiernos españoles con la dictadura castrista debe ser repudiado, porque favorece a la tiranía y debilita a quienes luchan por la democracia. En este sentido, España tiene una deuda con el pueblo cubano, que puede ignorarse, aumentarse o comenzar a saldarse.

El triunfo del Partido Popular en España representa una oportunidad para rehacer las relaciones entre demócratas cubanos y españoles. En este esfuerzo, el prerrequisito indispensable es la sinceridad. Los cubanos debemos plantear con franqueza nuestro punto de vista.

El nuevo gobierno español puede tratar de manejar esta situación con dosis de retórica en defensa de los derechos humanos en Cuba, acompañada de algunas acciones que demuestren que no está repitiendo la hipócrita política de los gobiernos que le precedieron. Al mismo tiempo puede continuar apoyando los negocios con Cuba.

O el Presidente Rajoy puede convertirse en el artífice de una estrategia que efectivamente ayude a la oposición democrática y al pueblo cubano a deshacerse de la dictadura y dar los primero pasos hacia la consolidación de una democracia en la Isla.

¿Qué hacer?

Los hechos demuestran que es muy difícil para una tiranía mantenerse en el poder si el mundo democrático está dispuesto a presionarla, aislarla y a castigarla por sus abusos. Los ejemplos sobran y están a la vista.

La ausencia de una presión internacional permanente sobre los militares en Egipto después de la salida de Hosni Mubarak ha provocado una nueva ola de protestas y víctimas que pone en peligro la esperanza de que este país tome un camino democrático, evitando el radicalismo y la violencia.

La caída del régimen de Gadafi no hubiera sido posible sin el apoyo internacional. El futuro de Libia depende del apoyo y la presión que ejerzan las democracias en estos años de tanteo o amanecer democrático.

En el caso de Siria puede verse claramente la necesidad de que las democracias, todas las democracias, e incluso los demás países árabes, tengan, como hasta ahora parecen tener, una estrategia común de presión contra el régimen sirio.

Jugaría a favor de Assad que la Unión Europea practicara una política de amistad y negocios con su tiranía, mientras los Estados Unidos y la Liga Árabe sancionan al gobierno de Damasco.

Algo parecido a lo que ha sucedido en el caso cubano. Los Estados Unidos con una política y Europa con acciones completamente contrarias. La primera estaba destinada al fracaso en razón de la segunda, que como hemos visto fracasó por equivocada.

En el caso cubano, los Estados Unidos y la Unión Europea deben tener una política coherente y coordinada hacia el régimen castrista. España puede ser clave en su formulación.

El papel de España es doblemente importante, porque la casi totalidad de los países latinoamericanos, en un deseo de demostrar su independencia de los Estados Unidos, se niegan a criticar la violación de los derechos humanos en Cuba; a los latinoamericanos esto les ha quedado muy cómodo, por la postura amistosa de sus gobiernos socialistas respecto al castrismo.

Al mismo tiempo, el gobierno de Obama, en su deseo de no provocar las críticas de los gobiernos latinoamericanos, ha tratado de no presionar al castrismo como podría hacerlo.

A tal punto, que a pesar de la retórica que usa para aplacar las preocupaciones del exilio cubano, en realidad se ha dedicado a hacerle concesiones a la dictadura de la Isla sin lograr nada a cambio.

En conclusión:

España está en una posición privilegiada para articular una política que presione el régimen castrista a ceder en el respeto a los derechos humanos, o a perder el poder ante una oposición respaldad por las democracias occidentales.

Esto implica ayudar a formular y coordinar una estrategia común entre Estados Unidos y la Unión Europea que haga pagar al régimen castrista por las violaciones de los derechos humanos, con mayor aislamiento, denuncias, y pérdida de negocios.

Implica necesariamente el reconocimiento a la oposición democrática cubana y su ayuda material sustancial.

Sería un error y una injusticia contra los demócratas cubanos y el pueblo cubano que el nuevo gobierno español cayera en la trampa del régimen castrista. Este trata de hacer creer al mundo que lleva a cabo cambios en Cuba que, eventualmente, podrían conducir a un régimen democrático.

En realidad sus acciones están encaminadas a hacer de Cuba una mezcla de lo peor de Rusia, China, Nicaragua y Venezuela.

El presidente Rajoy tiene la oportunidad.