Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

Cuba: el camino de la revolución o el del compromiso ( V I )

 

En el intento por determinar cual será el camino a seguir, el de la revolución o el del compromiso, hemos andado por algunas veredas poco trilladas. Antes de intentar sacar las conclusiones de estos borradores escritos a la carrera, siempre confiando que el editor de Cubanálisis los tolere, nos faltan dos temas por tratar: El escenario internacional y el factor imprevisto.

 

El escenario internacional

 

El mundo ha cambiado, vivimos con una rapidez desconcertante. Acaban de premiar con el Nóbel de Física a tres científicos que descubrieron que el universo no se expande a un ritmo estable, sino con cada vez mayor velocidad. En 1917 cuando a Einstein su universo estático no le resultaba lógico, el científico trató de meter un gol con lo que hoy se conoce como la constante cosmológica. Parece que la constante se ha desbocado. 

 

Ahora resulta que un 75% de lo que existe es algo llamado energía oscura, más un 20% que es materia oscura y el restante 5%, somos nosotros, el universo con las galaxias que vemos y la infinidad de las que no vemos. Quizás ese 5% refleja lo que sucede en el resto del universo. De lo que sí podemos estar seguros es que todo va cada vez más rápido. 

 

Rápido es pequeño. La llegada al poder de Fidel Castro en enero de 1959 pertenece a la primera década de la segunda mitad del siglo pasado. Parece que fue ayer, pero la mayoría de la población actual cubana no había nacido, o eran muy jóvenes en ese entonces.  No recuerdan cómo era esa Cuba, y mucho menos como cómo era el mundo de entonces. 

 

En el 2005 Thomas Friedman escribió un exitoso libro: El mundo es plano, en el que describía al planeta como un lugar donde los cambios eran tan rápidos que sus “actores tienen que correr cada vez más para no quedarse atrás”. Ante tal circunstancia, a los seres humanos y sus sistemas políticos no les es fácil ajustarse de una manera estable.

 

Hace pocos días, sorprendido, Friedman admitía que cuando escribió el libro, hace solo seis años, la red social Facebook no era conocida. Hoy, con más de 700 millones de miembros Facebook transforma como se relaciona la juventud. Ni los negocios ni muchas actividades más se han escapado de su influencia.

 

¿Qué tiene que ver todo esto con Cuba? ¿O con el camino de la revolución o el compromiso?  Mucho.

 

Como planteaba Friedman, las personas y los sistemas políticos están sometidos al reto permanente del cambio para no quedarse en esquemas anticuados. Esto ha impuesto métricas exigentes y concretas sobre los resultados de casi todo y todos.

 

Aunque los planteamientos ideológicos siguen siendo parte del quehacer humano, y las teorías económicas también, importan mucho los resultados. No a largo, sino a corto y mediano plazo. Ni el capitalismo, que ha sabido adaptarse a los tiempos con bastante versatilidad, lo ha podido lograr a plenitud en esta época. Son muchas y complejas las razones.

 

En un mundo en que los cambios suceden en forma tan rápida, y tienen efectos tan drásticos y  transformadores, quien no se adapta a tiempo se vuelve obsoleto, es decir, inservible. 

 

Fidel Castro y su mensaje eran eficientes en el escenario del siglo pasado. Hoy están completamente desfasados. Antes fue demagogia persuasiva; todos los que la necesitaron se abrazaron a ella. Unos por conveniencia, otros por necesidad. 

 

El problema estriba en que Fidel Castro y su régimen ni satisficieron las expectativas ni cambiaron con el tiempo. Lo que fue popular ayer, desde hace mucho tiempo dejó de serlo. Las esperanzas se volvieron espejismos inalcanzables o insostenibles. En estos tiempos eso conlleva serias penalidades.

 

En la esfera internacional, quienes ayer cooperaron abiertamente con el “experimento cubano”, hoy tratan de mantener cierta distancia. Hay excepciones, pero no dejemos que la pasión nos ciegue. Ni Brasil, ni China, ni Rusia, están dispuestos a dar al régimen en la isla el apoyo financiero que éste necesita para un despegue, ni mucho menos para sostenerse. Están solos.

 

El castrismo, por supuesto, preocupado por su aislamiento internacional y las implicaciones políticas y económicas que esto tiene fuera y dentro de Cuba, trata de hacer creer que cuenta con el respaldo de China, de Rusia y de Brasil. Eso es propaganda.

 

Incluso en el caso de España ya “la revolución” no tiene ni remotamente la popularidad que tuvo hasta hace tan solo algunos años. La amistad con el gobierno cubano, que por mucho tiempo sirvió al partido socialista, se ha convertido en un lastre político. El actual gobierno español, por mucho que ha intentado modificar la Posición Común de la Unión Europea para facilitarle la supervivencia a la dictadura en la isla, no ha podido lograrlo.

 

En la ONU, y con relación al embargo de los Estados Unidos, sobrevive una permanente oposición de la mayoría.  Realmente no es apoyo al sistema que impera en Cuba. Muchos gobiernos representados en ese parlamento están contra el embargo porque les conviene a ellos, no por el castrismo.

 

Pero incluso en la ONU los tiempos no son los mismos. Este 4 de octubre, en el Consejo de Seguridad, nueve naciones condenaron la violencia del gobierno sirio contra su pueblo. Rusia y China vetaron la resolución. Brasil, India, Sur África y Líbano se abstuvieron. 

 

Susan Rice, la valiente y talentosa embajadora de los Estados Unidos, no perdió tiempo en denunciar a quienes apoyan a los dictadores crueles. El embajador francés, Gerard Araud, consideró que esa actitud era “un desprecio al pueblo sirio”, y advirtió que “la derrota de la resolución no debe considerarse un cheque en blanco para Damasco”.

 

Ahora ha resultado que los reaccionarios apoyan a los revolucionarios y los presuntamente revolucionarios apoyan a las dictaduras.  Los tiempos han cambiado tanto y tan rápido que no hace mucho tiempo Gadafi era amigo y aliado de los Estados Unidos.  El dictador sirio Bashar al-Assad era considerado un reformador en Washington, y Mubarak era otro aliado estratégico irremplazable.  Sin él no se podía mantener en la raya a Irán. 

 

Ninguno de los gobiernos occidentales se dio cuenta de lo que se gestaba en los pueblos árabes. Una verdadera revolución por la democracia en países que, según la prensa occidental, estaban habitados por millones de árabes que odiaban a Occidente. Vivíamos creyendo que en cualquier momento se convertirían al terrorismo.

 

Tal vez el tiempo siga cambiando al mismo ritmo, o se aceleren los cambios. Ya en la Unión Europea el romance con el socialismo cubano se acabó. Aquella posición de cooperación y tolerancia se ha convertido en una de crítica y presión.

 

En los Estados Unidos los medios de comunicación decidieron que el castrismo no se podía defender. Ahora lo critican. El idilio estadounidense con Fidel Castro murió, y los rezagos que quedan cada vez tienen menos importancia. No obstante, hay que estar alertas.

 

El gobierno de Obama hace tres años estaba seguro de que podía llegar a un arreglo con los Castro. Se ha dado cuenta de que no es tan fácil. Al exilio le toca insistir con Washington en una política realista respecto a Cuba. El exilio puede hacerlo, y tiene muchos recursos.

 

En Latinoamérica el problema es más complejo y no nos debe sorprender. El respaldo a la oposición democrática cubana es hasta ahora limitado. Los cubanos del exilio se perciben como demasiado vinculados con los Estados Unidos y con posiciones de derecha.

 

El oportunismo y la cobardía de muchos líderes latinoamericanos juegan también un papel importante.  El ex presidente colombiano Álvaro Uribe acaba de expresar su gran decepción por la falta de solidaridad de la dirigencia democrática en Latinoamérica con quienes luchan contra el terrorismo y las dictaduras.  La demagogia y los dólares de Hugo Chávez han comprado a mucha gente. Antes de Hugo los compraba Fidel.

 

En esta parte del mundo el chavismo y sus apéndices son lo único que le queda como sostén a la dictadura en Cuba. Pero el chavismo es un factor en decadencia en Latinoamérica.

 

Aunque en Venezuela el chavismo es una fuerza que se debilita en forma gradual, no desaparecerá ni con la muerte de Chávez. Siempre tendrá un porcentaje del electorado que no podrá descartarse. Sin embargo, es difícil imaginar que Venezuela sostendrá en forma indefinida el nivel de subvención con que apuntala a la tiranía en la isla.

 

El hecho es que el castrismo ya está desfasado en el campo internacional. Ya no tiene nada que ofrecer ni prometer. Todos saben que es un régimen en busca de alguien que le financie su fracaso.

 

La única alternativa que tiene la tiranía es vender a Cuba en pedazos. Como está tratando de hacer con los brasileños en el campo del azúcar. Con la asistencia de la empresa Repsol espera encontrar y negociar el petróleo. Ya lo ha hecho con la minería y con el turismo. 

 

Hoy hay una gran incertidumbre en el mundo de los negocios. Hasta en esto se les pasó el momento a los hermanos Castro. No vendieron en los tiempos de la bonanza. Esto es otra muestra de que estos dos octogenarios tienen un problema de adaptación a un medio para el que no están preparados.

 

Hace algunos años el presidente costarricense Oscar Arias dijo que Fidel Castro seguía viviendo en la Sierra Maestra. Ha sido uno de los juicios más acertados que se han hecho sobre el dictador cubano.

 

Es ahora que a la oposición democrática cubana le toca ganarse el vacío dejado por el régimen. Si cree que se lo merece porque el fidelismo fracasó, está equivocada. Tiene que trabajar muy duro, muy inteligentemente y por mucho tiempo para ser reconocida como auténtica.

 

Si tuviera que resumir en pocas palabras el escenario internacional voy a decir lo que todo el mundo sabe: El castrismo está desprestigiado. Y a repetir lo que tal vez no agrade: la oposición no está legitimada. Es nuestro reto y tenemos que hacerlo solos, no de la mano de los Estados Unidos. La revolución o el compromiso dependerán mucho de lo que logremos en ese terreno.

 

El factor imprevisible

 

Las guerras y las revoluciones se desatan por muchas razones. Una de ellas puede ser un suceso inesperado que provoque una reacción en cadena.

 

El acontecimiento puede elevar el grado de oposición o tendencia a la violencia, a un nivel superior, en el cuál otros factores u otro acontecimiento inesperado provoquen mayor descontento o la propensión a la acción.

 

El suceso inesperado más famoso de la historia fue el asesinato del Archiduque Franz Ferdinad, el día 28 de junio de 1914, en Austria, por un nacionalista yugoslavo. Esto desató las ambiciones imperialistas de las potencias europeas. La Primera Guerra Mundial ha sido una de las experiencias más terribles de la historia moderna.

 

En Túnez, el 17 de diciembre de 2010, el joven universitario Mohamed Bouazizi se prendió fuego como protesta porque la policía le había confiscado su puesto de venta de frutas, dejándolo sin trabajo. Lo menos que se imaginaban Hosni Mubarak en Egipto y Moammar Gadafi en Libia era que, en menos de un año la muerte de Bouazizi cambiaría el mundo árabe.

 

El pasado 7 de octubre fue asesinado en Qamishli, una ciudad en el noreste de Siria, el dirigente de oposición kurdo Mashaal Tammo. Un día después, cincuenta mil personas asistieron a su funeral. Cinco kurdos fueron asesinados durante el entierro. Hasta este momento la minoría kurda, que forma el 10% de la población de Siria, se había mantenido relativamente fuera de la lucha contra Bashar al-Assad. 

 

El mismo día, otro disidente y ex preso político, Riad Seif, fue salvajemente golpeado en Damasco y tuvo que ser hospitalizado. Tanto Riad Seif como Mashaal Tammo eran miembros del Consejo Nacional Sirio, un frente de oposición que acaba de formarse. La Unión Europea ha protestado en ambos casos. Estos sucesos inesperados ya tienen consecuencias serias.

 

El asesinato de Orlando Zapata Tamayo en mayo de 2010 es un caso relativamente reciente. Los presos conocidos como los “75” posiblemente estarían en la cárcel, todavía, si el régimen no le hubiera quitado el agua a Orlando para provocar su muerte. Luego de este primer error, la dictadura cometió dos adicionales.

 

1) Acusó a Zapata de ser un delincuente común. La acusación, además de falsa, tenía una connotación claramente racista. La mayoría de los presos comunes en Cuba son negros.

 

2) Las Damas de Blanco protestaron por la muerte de Zapata y el régimen reaccionó con represión. La tiranía, creyendo que daba un escarmiento, transmitió por televisión la forma violenta en que trató de neutralizarlas. La población no vio con agrado la agresión contra estas mujeres cubanas, una de las cuales era la madre de la víctima.

 

Anteriormente, y debido a la estricta censura, las marchas de las Damas de Blanco no eran tema de conocimiento de toda la población. Para quienes las conocían, no eran algo dramático: noticias esporádicas de mujeres que marchaban en paz pidiendo la libertad de sus familiares presos. El gobierno, por su propio error, se encargó de que todo el pueblo fuera testigo de sus atropellos.

 

El rechazo internacional no se hizo esperar, incluso de parte de personas y agrupaciones que habían sido defensoras o simpatizantes del socialismo castrista. La muerte de Orlando Zapata le brindó a muchos la oportunidad de declarar su distancia de lo que estaba sucediendo en Cuba.

 

La muerte más reciente de Juan Wilfredo Soto este pasado mayo en Santa Clara, es otro caso. No alcanzó el nivel de publicidad que el de Zapata Tamayo, pero abrió de nuevo la herida. Estos acontecimientos sirven a la oposición: da acicate y la nutren de reclutas. El impacto de este asesinato en la población es desconocido, pero lejos de intimidar es más probable que haya aumentado el desprecio del pueblo contra el régimen. 

 

Estos hechos son lo que son: imprevisibles en tiempo y forma. El régimen lo sabe, pero difícilmente puede evitarlos. Cuando se gobierna a base de la violencia es muy difícil controlar a todos los esbirros en todas las circunstancias.

 

En conclusión

 

Comenzamos la serie “Cuba: el camino de la revolución o del compromiso” con la intención de indagar cuál de estas avenidas era posible o cuál la más razonable. En los cinco capítulos anteriores no hemos dado respuesta al dilema. Hemos explorado la problemática cubana desde diferentes ángulos. Ojalá hayamos contribuido en alguna forma a entender su complejidad.  

 

Cualquiera que pareciera el camino posible, más por factible que porque fuera el aconsejable, este sería hipotético.  La posible solución dependerá siempre de un escenario particular.

 

Aunque parezca paradójico, en la medida que Cuba se acerque a una situación revolucionaria, el camino del compromiso es la alternativa que puede tener mayores posibilidades. 

 

Los dos mayores polos de oposición, el sector democrático y la nomenclatura disidente, quieren un compromiso. Se opone un pequeño grupo controlado por la cleptocracia.

 

El sector mayoritario de la nomenclatura quiere un cambio por convencimiento y por supervivencia. El sector minoritario se opone y lo retrasa. La nomenclatura disidente no actuará hasta que vea en peligro su propia existencia. Es decir, hasta cuando perciba que la población puede lanzarse a las calles y tomarlas. 

 

Aunque parezca una proposición radical, mientras vivan los Castro el camino de la revolución es el que tiene más posibilidades. Negociar con cualquiera de ellos dos es utópico.

 

Fidel Castro por sus desvaríos mentales y su total falta de credibilidad ya no es un actor que pueda propiciar un compromiso funcional. Y su hermano Raúl, aunque ha hablado y prometido cambios, carece de la audacia necesaria para hacerle un planteamiento a la oposición y al pueblo que lo haga depositario de algún nivel razonable de confianza.

 

Si la nomenclatura disidente en Cuba quiere evitar una revolución y negociar un compromiso tiene que deshacerse de ellos. Si espera su muerte natural es probable que el descontento haya llegado a tal nivel que esa nomenclatura no tenga mucho poder de negociación. Aun en ese caso, la revolución no tiene que ser necesariamente violenta ni sangrienta, pero será una revolución con el pueblo en las calles, y éste no va a negociar su victoria.

 

Una propuesta de la oposición que no excluya a los hermanos Castro es un error. Le puede hacer creer a la nomenclatura que los Castro siguen siendo actores válidos.  También la exonera de la responsabilidad de fomentar la solución del verdadero problema: la presencia de ambos hermanos en el poder. Esa propuesta también representa un factor de división en la oposición democrática. 

 

Fidel y Raúl Castro han llegado al mismo punto de no regreso que atravesaron Hosni Mubarak en Egipto y Moammar Gadafi en Libia. Pudieron haber negociado un acuerdo a tiempo, y por terquedad no lo hicieron. Es la misma raya que parece haber pasado ya al-Assad en Siria. Lejos de ser posibles factores en una solución, los Castro son el principal obstáculo.

 

Después de haber analizado la verdadera tragedia del pueblo cubano, descrita aquí como una pérdida de identidad por múltiples y claras razones, y en consecuencia una débil cohesión social, reducir el problema cubano a si el pueblo tiene o no tiene miedo es un acto de soberana ignorancia y una verdadera crueldad.

 

Quienes describen a una población reprimida como a una fotografía, se engañan.  Segundos, minutos, horas, días, meses o años después, esa colectividad puede manifestarse en forma muy diferente. El subconsciente de los pueblos es una realidad, y la conducta colectiva es un tema de estudio en las ciencias sociales.

 

Cuando el 10 de febrero pasado un grupo de jóvenes egipcios invitó a los activistas del CID en Costa Rica a celebrar el triunfo de su revolución, todos admitieron con franqueza que semanas atrás jamás hubieran imaginado que su pueblo estuviera listo para tal nivel de rebeldía.

 

Como hemos analizado en los capítulos anteriores, el pueblo cubano está fragmentado por diferentes generaciones cronológicas y generaciones culturales, más traumas de todo tipo, cuyo origen ha sido la terrible experiencia de más de medio siglo de castrismo. Es una verdadera tragedia nacional, pero no todo es negativo.

 

Los cubanos son gente inquieta, inteligente y alegre. Hoy no sueñan porque les es prohibido soñar. Además, soñar duele, y por eso lo evitan. El día que vislumbren que tienen verdaderas posibilidades de una vida mejor, correrán riesgos por alcanzarla. Así han muerto miles en el estrecho de la Florida. Así lo harán en las calles de Cuba.

 

Además de ser un pueblo inquieto e inteligente hay otro factor de mucha importancia. El cubano ama a Cuba y no puede evitar andar con su patria por dentro. Puede ser rico, pobre, negro, blanco, joven, viejo, mujer u hombre.  En todos hay una pasión por Cuba.

 

La comprensión de ese profundo sentimiento puede ser también un acontecimiento inesperado. ¿Tal vez lo estamos presenciando? Quizás sea la clave para elevar el nivel de cohesión social a un punto en que haga posible un esfuerzo común en la lucha por la libertad.

 

No hubiera querido terminar este capítulo con una apología al amor patriótico, pero no puedo relegar su importancia. Para atenuarla o complementarla les comento esta anécdota: Hace algunos años, en la casa rodante que me servía de oficina, discutíamos sobre la programación de La Voz del CID.

 

Alguien en forma intempestiva preguntó: ¿cuándo se va a resolver el problema de Cuba?  Pablo, el chofer, que por respeto no estaba participando de la discusión, desde su asiento se viró hacia nosotros y nos dijo: ¿Ustedes saben cuándo se va a resolver el problema de Cuba? Cuando todos nos volvamos locos. Me di cuenta de que había escuchado verdadera sabiduría. Nunca lo olvidé.

 

Vean a los sirios y saquen ustedes sus propias conclusiones. Tal vez es hora de hacer un elogio al amor y a la locura.