Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

Cuba: el camino de la revolución o el del compromiso ( i V )

 

La crisis de identidad, la cohesión social y la Cuba virtual

 

En los tres capítulos anteriores hemos analizado algunos de los factores cuya dinámica propia y el efecto que tengan unos sobre otros determinarán el curso de los acontecimientos en Cuba.

 

Comentamos las circunstancias de una gerontocracia agotada por su incompetencia y su senilidad, que no puede manejar las difíciles circunstancias que afronta. Una nomenclatura arrinconada ante el fracaso; la complicidad con los atropellos del régimen y la necesidad de redimirse. Un exilio complejo, poderoso y fragmentado. Hemos insistido en tratar de comprender al cubano en su contexto multi-generacional y multicultural. 

 

Los cubanos colectivamente atravesamos lo que pudiéramos definir como una crisis de identidad. Esta analogía de un fenómeno propio de la juventud nos puede servir de ayuda y, si alguien se lo propusiera, hasta de hipótesis. El individuo en su adolescencia pasa por una crisis psicosocial. Si logra superarla, alcanza un nivel superior de confianza en sí mismo, que le permite, entre otras cosas, actuar con mayor seguridad.

 

El pueblo cubano ha estado sometido a fuerzas desintegradoras de su voluntad colectiva. Está convencido de que no puede controlar su presente y ni soñar con un futuro. No saben si son de aquí o de allá. Quieren huir de lo que se supone es “su” tierra, pero que no les pertenece. Los que emigran no dejan de añorar a Cuba, esa patria lejana y cercana, prohibida o perdida.

 

Cuba era una república muy joven, con solo medio siglo de independencia. En esa etapa de pubertad institucional y cultural, fue víctima de un régimen totalitario completamente ajeno a sus valores e idiosincrasia. Un sistema que se impuso con fanatismo y terror.

 

Reconocer toda esta problemática no nos convierte en fatalistas. El cubano sigue siendo intenso, alegre y creativo. Lo que llamamos una crisis de identidad colectiva todavía sin superar ha anulado su capacidad de una respuesta política efectiva.

 

Generalizar es fácil y cómodo, pero casi siempre conduce al error. Cada cubano es un mundo. Las generalizaciones son necesarias para describir a grandes rasgos lo que no pudiera hacerse de otra forma.

 

¿En qué consiste esa crisis? Cada uno la percibe y la experimenta de forma diferente, pero el resultado es una frágil o inexistente cohesión social, que no es lo mismo que falta de unidad. Esta última es una consecuencia de la primera.

 

La falta de cohesión no es una característica permanente de una sociedad. Depende de factores y circunstancias sobre los que hemos comentado en los artículos anteriores. Si analizamos el fenómeno cubano con este prisma, la realidad se aclara. Aparecen contrastes importantes y podemos notar su dinámica.  Hay cambios.

 

La dictadura ha luchado en forma permanente contra esa cohesión. Una sociedad de buenos y villanos es más fácil de controlar. El régimen ha dirigido la manipulación contra sus enemigos “contrarrevolucionarios” y contra los seguidores “revolucionarios”. Entre estos, el que duda o no obedece es un traidor.  Nadie escapa. Todos los cubanos -desconfiando unos de otros- difícilmente se pueden poner de acuerdo en nada. 

 

En la medida en que la dictadura se debilita por su fracaso, el poder desintegrador del régimen se debilita. La maquinaria del miedo, de la división y del engaño pierde eficacia. Si a esta circunstancia, que ha sido común en el proceso de desintegración de los regímenes comunistas, sumamos el impacto formidable de la revolución digital, el panorama es prometedor. Merece un vistazo.

 

Las nuevas tecnologías permiten a las personas comunicarse unas con otras en forma frecuente y económica. Atraviesan las barreras de la censura y las distancias. A pesar de las diferencias y el aislamiento, facilitan el flujo de información y propician el acercamiento entre los cubanos.

 

En Cuba, aunque el mundo digital está confinado a una minoría, su crecimiento es incontenible y su impacto se desborda. Es mucho más que intercambio de información. El resultado es el fortalecimiento de la cohesión social. El proceso alcanzará potencial revolucionario. Ya ha sucedido en otros países.

 

Ha nacido una Cuba virtual, no por eso menos real. Además de todas las Cubas de las que hemos hablado por razones de experiencias, traumas, generaciones cronológicas y culturales. En ella miles de cubanos interactúan sin descanso. Desde todas partes del mundo se comunican entre sí, opositores en la isla, ciudadanos que no son parte de la oposición activa, e incluso miembros de la nomenclatura disidente.

 

Esa Cuba no existía hace algunos años. La que existía estaba controlada por el régimen, o era la que proyectaba la prensa internacional, o la caricatura progresista dibujada por el mundo académico en el exterior. En el exilio era la Cuba de “El Nuevo Herald” y algunas estaciones de radio. 

 

Si aparecías en el “Herald”, existías como te describieran, si te mencionaba esta o aquella estación de radio, también. Esa Cuba virtual crece cada día más y contribuye a fortalecer una sensación de identidad y destino común. Factores que propician un cambio democrático en Cuba.

 

No puedo dejar de mencionar a Radio Martí que, a pesar de su ineficacia para influir en el pasado en la formación de un estado de opinión en la isla, hoy es el escudo protector de los disidentes y opositores en Cuba. Lamentablemente, no está en el aire la Voz del CID, que como en su momento hoy cumpliría un papel indispensable de persuasión política.

 

Así descrita la problemática y la presente situación, aventurémonos a resumir qué piensa y siente el pueblo dentro y fuera de Cuba.

 

La mayoría del exilio está a la expectativa. ¿Habrá llegado la hora de la redención nacional? La respuesta es un arco iris de opiniones, pero en resumen se podría decir que tal vez sí, tal vez no. Depende de esto o aquello. En conclusión, expectativa y parálisis, salvo en los grupos de activistas.

 

La población en la isla padece similares síntomas. Sabe que algo está sucediendo, lo experimenta y lo ve, pero no se atreve a pensar que algo sustancial pueda pasar. Sin embargo, aceptan que el sistema está agotado, que la represión es lo único que queda en pie, y que aun ésta tiene sus límites.

 

¿Pero la oposición qué?

 

En el caso del exilio tenemos dos niveles de oposición al castrismo. Uno es el de los cubanoamericanos representantes políticos en Washington. Tema que ya hemos tratado y nos vemos obligado a repasarlo. El otro es el de los grupos activistas de oposición en el exilio.

 

El exilio se ha convertido en una pequeña Cuba que, como consecuencia de haberse insertado tan exitosamente en la vida política de los Estados Unidos, ha enviado a sus políticos a Washington. Los representantes cubanoamericanos en el Congreso de los Estados Unidos han apoyado las políticas hacia Cuba en la que creen sus electores. 

 

El régimen castrista ha tratado de neutralizar esa oposición en el Congreso, a veces con más, a veces con menos éxito. La tarea de los políticos cubanoamericanos no ha sido fácil.  Han tenido que enfrentarse a la poderosa presión de intereses económicos en los Estados Unidos, que han insistido una y otra vez en que se restablezcan relaciones comerciales plenas con el régimen de la isla.

 

También han tenido que contrarrestar presiones políticas y la recriminación permanente, ahora no tan intensa, de una buena parte de la academia y los medios de comunicación de los Estados Unidos.

 

La manzana de la discordia ha sido el embargo, con toda la argumentación a favor y en contra sobre este asunto. Los políticos cubanoamericanos han tenido que ceder en algunos aspectos, pero se ha podido mantener el embargo.

 

Independiente de quienes señalaron por años que esa medida le daba argumentos a la tiranía castrista para justificar las privaciones en Cuba y para poder encasillar a los Estados Unidos como un enemigo, el hecho es que el embargo ha seguido en pie.

 

Hoy es cada vez más numeroso el número de cubanos en la isla que está convencido de que la terrible situación económica que sufren no es consecuencia del embargo. Hasta el propio dictador de turno ha acusado del desastre al pueblo, a la burocracia y al propio sistema.

 

El embargo ya no puede utilizarse como excusa para justificar el fracaso del comunismo en Cuba. Ni mucho menos afirmar que es el pueblo cubano el que sufre las consecuencias y no el gobierno. Quien lo haga se arriesga hoy a quedar en el ridículo, aunque lo diga desde una universidad. 

 

Ahora se ataca con otras falacias, como que Estados Unidos no puede imponer condiciones al sistema político de otro país.

 

La eliminación del embargo y las políticas afines, como la prohibición de los ciudadanos estadounidense de viajar a Cuba, le daría un respiro y alargaría la vida del castrismo.  Aunque hay una tendencia que quiere hacer de los turistas americanos “embajadores de la libertad”.

 

A la hora de valorar la oposición exiliada, hay que reconocerle el mérito de haber bloqueado las iniciativas de algunos gobiernos estadounidenses para restablecer relaciones normales con la dictadura castrista.

 

La importancia estratégica de mantener el embargo como una sanción moral y una presión permanente que obligue a democratizar, puede valorarse comparándola con la nueva actitud de los Estados Unidos hacia los países árabes.

 

Ya los dictadores de la región no son aliados o amigos de los Estados Unidos. Incluso el déspota sirio Bashar al-Assad ya dejó de considerarse un reformador en potencia. Nunca lo fue, pero el tema estaba de moda en Washington, como ha sido el caso con Raúl Castro por parte del gobierno de Obama.

 

En Egipto, Obama le frenó las manos a Hosni Mubarak y al ejército; esto fue clave en facilitar el inicio de una transición en ese país. Su gobierno ayudó a los libios en la lucha contra Gadafi. Washington ha sido clave en fomentar con éxito medidas de aislamiento y castigo contra Bashar al-Assad.

 

Ante estos hechos, una política de acercamiento incondicional hacia el castrismo debilitaría a la oposición democrática y fortalecería a la dictadura. Hasta ahora la política de Obama hacia la dictadura ha sido tan ineficaz que no ha podido lograr ni la liberación de Alan Gross, un ciudadano estadounidense literalmente secuestrado por el régimen.

 

Por mucho que insista la prensa internacional y unos cuantos gobiernos en Latinoamérica en el tema, el enfrentamiento entre Washington y La Habana ha sido y es en realidad una confrontación entre el castrismo y el exilio. Washington ha sido el campo de batalla. Los exiliados no han ganado todo lo que han querido, pero no han dejado que la dictadura alcance su objetivo más preciado.

 

Vale la pena traer al presente que en la lucha por la independencia de Cuba los exiliados cubanos de aquellos tiempos lograron que la prensa estadounidense se volcara a su favor contra España, y que algunos políticos estadounidenses, que fueron decisivos en la independencia de Cuba, llegaran a simpatizar auténticamente con la causa de la independencia de los cubanos.

 

En conclusión, hasta ahora la oposición activa del exilio cubano ha logrado una victoria en Washington de gran importancia para la democracia en Cuba.

 

Hay otro nivel de oposición en el exilio que corresponde a los grupos políticos, la mayoría de los cuales cuenta con un número muy limitado de activistas y simpatizantes. Situación que es producto del escepticismo de la población exiliada a sus propuestas y liderazgo.

 

Si no tenemos en cuenta la débil cohesión social que hemos comentado pudiera parecer que estos grupos no tienen ningún mérito. No es así. Hay gente idealista y luchadora que ha pasado una buena parte de su vida dedicada a una causa que parecía perdida. Son grupos que aspiran a contribuir porque tienen mucho kilometraje andado en la lucha por la libertad. 

 

Hay otros que por mucho tiempo han aspirado al poder político en Cuba creyendo que esto dependería de sus relaciones con Washington. Están despertando a la nueva realidad.  Ahora tienen que justificar con activismo interno el dinero que reciben de Washington.  Hay que hacer una excepción: Frank Calzón, un cubano que desde su juventud ha dedicado inagotables esfuerzos en la capital estadounidense a la lucha por la libertad de Cuba.

 

El hecho es que los grupos en el exterior hacen un esfuerzo por participar en el cambio dentro de la isla. No quieren quedarse ausentes de lo que cada vez se perfila más como un proceso interno. Son positivos este reenfoque y la urgencia. 

 

Ya quedaron atrás los tiempos en que los grupos exiliados creyeron que la libertad de Cuba dependía de ellos. Aceptar esta realidad los obliga a tomar un papel secundario, no por eso menos importante. Sin embargo, ha habido recientes reclamos de organizaciones en la isla sobre intentos por manejarlos desde el exterior.

 

No todo el mundo en el exilio ha comprendido que el derrumbe del comunismo en Cuba comienza y termina con una implosión del sistema. En este fenómeno la nomenclatura disidente tiene un papel determinante e importante.

 

 Los grupos exiliados que no entienden cómo un régimen comunista se desintegra, difícilmente podrán contribuir a acelerar este proceso. Al contrario, más bien pueden frenarlo.

 

El caso escenificado contra el cantautor Pablo Milanés por su presencia en Miami, es su paradigma. Es como si los rusos pro-derechos humanos durante el régimen soviético se hubieran dedicado a atacar a Gorbachov cuando éste propuso el Glasnost y la Perestroika para reformar el socialismo.

 

El grupo que quiera movilizar al exilio no solo tiene que tener un diagnóstico razonable y una propuesta acorde al problema, también tiene que tener la capacidad y el historial que puedan convencer a los cubanos de brindarles su apoyo.

 

Hay en el exilio varios centenares de presos políticos que sacrificaron parte de su vida en prisión. Tienen un historial patriótico intachable. Si logran articular una propuesta persuasiva, o si se integran a quien la tenga, pueden hacer una valiosa contribución. Si no lo hacen, su valiosa credibilidad quedará anulada.

 

El problema común a los grupos exiliados es que, aunque no lo admitan, no se tienen confianza entre sí. Siempre hay una razón para objetar del otro. Nuestro nivel de madurez política no nos ha permitido entender que todos los que estamos del lado de la democracia tenemos más, que menos, en común.

 

A fin de cuentas en La Habana todos tendrán que ponerse de acuerdo para que la democracia cubana funcione. Sería mucho más razonable que se acordara ahora.

 

El tema nos obliga a aterrizar en el asunto de la unidad. Por lo menos… la unidad del exilio cubano.

 

Continuará…