Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

Cuba: el camino de la revolución o el del compromiso ( i i I )

 

El pueblo: conclusiones

 

En los dos capítulos anteriores hemos descrito algunas características del pueblo cubano.  El del exilio y el de la isla. Hicimos énfasis en el tema de la diversidad, asunto que puede ser una ventaja en otros contextos, pero que en nuestra actual situación política en lugar de enriquecernos nos debilita.

 

En momentos de crisis, cuando hay necesidad de definiciones y de tomar un nuevo rumbo, las condiciones que propician el consenso en una sociedad son una ventaja. Los cubanos no nos entendemos entre nosotros. Los simplismos prevalecen.

 

Esto tiene su explicación. Somos el resultado de varias generaciones golpeadas por el totalitarismo comunista. Ha sido un fenómeno desintegrador de nuestra familia, nuestra cultura y nuestra nación.

 

Por más de medio siglo tres generaciones de cubanos han experimentado traumas diferentes. Si eso no fuera suficiente, el choque entre las generaciones culturales -las que trascienden a las cronológicas- ha complicado la problemática.

 

Hasta 1959 Cuba vivía en una cultura republicana, cuyas raíces se forjaron mucho antes de que se proclamara la independencia en 1902. Tan pronto llegó al poder, el castrismo comenzó a destruirla en forma sistemática. Esta cultura fue transportada al exilio por quienes huyeron de la tiranía comunista, aunque una versión de ella sobrevivió en el círculo familiar de muchos cubanos que quedaron en la isla.

 

No se perdió en el exilio la cultura republicana. Algunos de sus valores integraron lo que se ha convertido en la cultura de los cubanoamericanos. Hoy las dos conviven en la misma comunidad. En ocasiones en conflicto, siempre alimentándose la una de la otra.

 

En la isla el castrismo creyó haber creado la suya propia. El proceso fue más complejo.  Allí nació una nueva forma de pensar y de actuar. En el castrismo predominan los vicios del ayer -el caudillismo, el racismo etc.- con la intransigencia y la violencia propias del totalitarismo. Hay una propensión generalizada a la corrupción y a la doble moral. La supervivencia se impuso como conducta. Prevalece el oportunismo.

 

Esta diversidad de culturas y generaciones ha recibido la influencia de factores externos.  En el caso de los demócratas cubanos, la ausencia de solidaridad -y en muchos casos por la hostilidad- de la comunidad internacional prevaleciente durante todo el pasado medio siglo. Y la siempre presente y poderosa influencia de Washington.

 

En el caso de los castristas han sido la ayuda económica y el apoyo político exterior. En ambos casos ha sido negativo a largo plazo. Durante las primeras tres décadas la tiranía recibió una subvención tan importante de la URSS que el pueblo cubano y el gobierno llegaron a creerse que los logros eran un resultado del sistema y de la capacidad “Máximo Líder”. 

 

Fidel Castro y sus subalternos se acostumbraron a gastar, no a producir. Desde entonces este hábito se convirtió en parte del ADN del régimen. La “revolución” y los “revolucionarios” se creyeron sus propias mentiras. En realidad han vivido siempre de la ayuda exterior.

 

En el aspecto político la “revolución” fue depositaria de todo el sentimiento anti-estadounidense del mundo. El justificado y el absurdo. El comunismo en Cuba le sirvió a la ya decadente Unión Soviética como un estímulo. Creyeron que con Cuba habían logrado un éxito indiscutible en la Guerra Fría. Por eso lo apoyaron “a bolsillo abierto”.

 

Además del apoyo de la URSS y el del mundo “anti yanqui”, el castrismo contó con el de los románticos de la izquierda y la contribución incondicional de la prensa mundial. A ninguno de ellos les importó que en Cuba existiera una dictadura.

 

El resultado es que el “castrismo”, equívocamente, se convenció de que era el ombligo del mundo”. Un síndrome que ha sido fatal en la nueva realidad mundial.

 

Por todo lo anterior y mucho más, entender el caso cubano y a los cubanos requiere paciencia, comprensión y conocimiento. Características poco comunes entre nosotros, gente rápida, de criterios tajantes y dispuestos a dar nuestra opinión acerca de cualquier tema.  

 

Sin conocer esta telaraña no es fácil que podamos desprendernos de ella. Todos somos cubanos, pero como venimos de diferentes mundos hablamos muchas lenguas, y por eso no nos entendemos. 

 

El resultado es que una parte del pueblo que vive en el exilio ha desarrollado una actitud escéptica sobre todo lo que se haga o se proponga sobre Cuba. Esperan que los cubanos de la isla se lancen a las calles sin ninguna ayuda, a triunfar o a morir por una libertad que no entienden muy bien, y por un futuro incierto.

 

Para la mayoría de los exiliados los cubanos no se rebelan porque son unos cobardes.  Eso es un error; el asunto es más complejo. Estos exilados ya olvidaron que ellos o sus padres huyeron de allí por el mismo miedo que hoy consideran indigno.

 

También olvidan que otros cubanos tuvieron el valor de quedarse en Cuba y de luchar contra el régimen. Por esos patriotas, que pagaron en el paredón o en la cárcel sus principios y su audacia, la lucha por la libertad ha sobrevivido hasta nuestros días.

 

En Cuba el conformismo, la obediencia, la dependencia y el miedo caracterizan la cultura “castrista”. Es en la que nacieron, crecieron y viven la mayoría de los cubanos en la isla. El pueblo está descontento y frustrado, pero teme arriesgar lo poco que tiene en un esfuerzo que no sabe adónde va.

 

En conclusión, los cubanos en la isla y los cubanos en el exilio son un pueblo con temores. Teme el que está afuera y teme el que está adentro. Cada uno con sus fantasmas, y estos los paralizan a todos. En este sentido, el castrismo ha triunfado hasta ahora. Pero un pueblo con miedo no es lo mismo que un pueblo cobarde. 

 

El día en que un grupo importante de cubanos de los que viven en el exilio, y otro de los que viven en Cuba, dejen de temer, comenzará el nuevo amanecer. Cuando tengan fe en ellos y en su patria estaremos a corta distancia de la libertad. Eso puede suceder. Entonces ni Washington ni la dictadura podrán controlar a los cubanos. 

 

El régimen

 

La nomenclatura

 

El castrismo está derrotado y nadie mejor que su gerontocracia lo sabe. Las implicaciones de un fracaso ideológico son graves. No solo han perdido legitimidad ante el pueblo, sino que también han perdido credibilidad entre quienes manejan el hipertrofiado aparato estatal.

 

Hay una profunda frustración entre centenares de miles de “revolucionarios” sobre cuyos hombros ha estado la ejecución de las directrices oficiales. Las que han conducido al país a la quiebra económica y a el caos social. Los llamo la Nomenclatura disidente.

 

Los mandos medios no solo se saben co-responsables del desastre, sino que también son sus víctimas. Están convencidos de que tendrán que vivir el resto de sus vidas con salarios y luego pensiones que los condenan, en la práctica, a la pobreza.

 

La única salida que tiene esta nomenclatura es propiciar un cambio que los redima ante el pueblo, ante sus familias y ante sus conciencias. Raúl Castro, con sus críticas al sistema y sus promesas de cambios, les dio esperanza hace algunos años. Luego se las quitó y ha procedido con una cautela desmedida.

 

La nomenclatura está consciente de que la cúpula del poder no quiere tomar decisiones que puedan poner en peligro su control del país. Mientras tanto, el tiempo pasa y las cosas empeoran. 

 

Como ni los Estados Unidos ni la Unión Europea penalizan al régimen por su represión y por no dar inicio a una transición democrática en Cuba, la nomenclatura disidente carece de argumentos para insistir en cambios profundos.

 

Una presión internacional fuerte podría darle la oportunidad a la nomenclatura de cohesionarse alrededor de algunas propuestas de cambio. Sin esto, están a merced de la gerontocracia.

 

Hay otras variables que seguramente gravitan en el pensamiento de la nomenclatura, como el futuro de Chávez. Si el autócrata venezolano muere y su sustituto suspende la subvención que sostiene al régimen en Cuba, la crisis resultante puede tener un potencial revolucionario peligroso. 

 

Si Obama pierde la reelección, un presidente republicano puede decidirse por una política más activa, y la situación puede empeorar en la isla. Si Fidel Castro muere, la nomenclatura sabe que algo morirá con él, aunque ya él no cuente mucho en el consciente popular de los cubanos. Raúl Castro no está bien ni de salud ni de sus nervios.

 

El cuentapropismo, truco o fraude, no puede resolver la necesidad imperiosa de crear riqueza. La inestable situación de la economía mundial no es buen clima para que las empresas transnacionales que podrían ir a Cuba se decidan a hacer inversiones. La nomenclatura sabe que el futuro de Cuba, y el de ellos, está saturado de incertidumbre.

 

La nomenclatura teme al exilio, a su revancha, a su poder económico y político. Los pocos capitalistas exiliados cubanos que han tenido la tentación de negociar un acomodo político con el régimen han tenido que dar marcha atrás. Han provocado el rechazo de una buena parte del exilio cubano, y no han logrado apoyo en Washington.

 

La gerontocracia

 

La gerontocracia no puede ofrecer un cambio verdadero. No tiene los recursos materiales ni el capital humano para intentarlo. Para obtener los recursos tendrían que proceder a una transformación estructural del sistema. Ellos temen a medidas que crearían inestabilidad y dinamismo político.

 

Si la gerontocracia quisiera hacer en Cuba lo que hizo China, están mal informados. En la transformación de la economía china el capital de los chinos emigrados fue determinante.  Los capitalistas cubanos exiliados no estarían de acuerdo con invertir en la isla sin una transición hacia la democracia.

 

La gerontocracia puede estar apuntando a una apertura que sea una mezcla de lo que ha sucedido en Rusia y China. Parecen no darse cuenta que lo que fue posible hace más de veinte años atrás hoy, en un contexto geopolítico diferente, quizás encuentre obstáculos insalvables.

 

El gran problema de la gerontocracia es que padecen el síndrome que mencionamos. Se creen que son el obligo del mundo. Piensan que la palabra “revolución” todavía produce el sortilegio mágico de otros tiempos.

 

Ahora los revolucionarios son los hombres y mujeres de la Primavera Árabe. Los que luchan por la democracia “hecha” en el Occidente. Los que usan el Internet y los teléfonos celulares para conspirar contra regímenes opresores. También se lanzan a las calles a jugarse la vida.

 

Fidel Castro, el personaje estrella de la gerontocracia, ya no es para la prensa mundial la “celebridad” que antes fue. Su físico va de lo deprimente a lo desagradable, y sus declaraciones son con frecuencia verdaderos disparates. Raúl Castro no inspira ni a los que lo rodean. 

 

Este grupo perdió la cándida oportunidad que le brindó Obama, al llegar a la Casa Blanca, de forjar un acuerdo que pudo haberles asegurado el poder en Cuba quien sabe por cuánto tiempo.  El síndrome del “ombligo del mundo” les hizo creer que ellos iban a dictar los términos del arreglo al presidente estadounidense.  Se equivocaron. 

 

Conclusiones

 

En Cuba la gerontocracia no tiene la vitalidad, imaginación, capacidad y audacia para afrontar la situación. La nomenclatura esta acorralada entre esta gerontocracia inmóvil y un futuro desconocido. También carece de la necesaria presión internacional que le podría servir de respaldo.

 

En la mayoría de los casos las dictaduras se niegan a negociar los cambios reales que son su único escape. Prefieren recurrir a la represión que antes les dio resultado. Los recientes ejemplos de Mubarak en Egipto y de Gadafi en Libia son ilustrativos. 

 

El régimen es la parte de la ecuación que se ha impuesto por más de medio siglo y ha fracasado. Como hemos visto, está dividido, de un lado la cúpula en el poder, del otro la nomenclatura. Esta última, a pesar de sus temores, quiere un cambio que la redima. 

 

Si los dos únicos factores de esta ecuación fueran el pueblo y el régimen, es el pueblo el que tiene las posibilidades de triunfar. Los cubanos son inquietos, creativos y trabajadores. Las diferencias los paralizan, pero la pasión que los une a todos -Cuba- es demasiado poderosa. En un momento determinado los cubanos se pueden fundir en una sola acción, y lo que queda del castrismo durará 48 horas.

 

Pero no hemos terminado este atropellado ejercicio de entendernos y que nos entiendan. Nos falta tratar el tema de la oposición, la comunidad internacional y el factor imprevisible.

 

Continuará…