Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

Cuba: el camino de la revolución o el del compromiso ( i i )

 

En el capítulo anterior analizamos las posibilidades de que la oposición a la dictadura castrista pueda negociar o confrontar con una revuelta al régimen castrista. Planteamos que en estos momentos los cubanos no estamos en capacidad de tener éxito por ninguna de las dos vías.

 

Una negociación no tiene posibilidades porque la dictadura en Cuba no está interesada en concertar nada fundamental. Por el contrario, ha demostrado que su plan consiste en hacer cambios que no modifiquen la naturaleza dictatorial del régimen.

 

La vía de la revuelta o revolución tampoco tiene posibilidades. La oposición no tiene los medios. Si en algún momento los tuviera, tendría que enfrentarse no solo al castrismo, sino a la resistencia del actual gobierno estadounidense. 

 

Barack Obama está interesado en su reelección. Lo menos que quiere el actual presidente en periodo preelectoral es una revolución en Cuba. Esta es una de las razones por las que su gobierno es tan cuidadoso en su manejo del asunto cubano. Brinda un apoyo que pretende hacerlo quedar bien ante los exiliados, pero evita estimular el profundo descontento de la población en la isla.

 

Una revuelta popular en Cuba obligaría a Washington a pasarla por alto o a apoyarla. Si no le brinda respaldo, tendría que pagar un precio político entre los cubanoamericanos. Si la apoyara, podría llevar a Washington a actuar como lo ha hecho en Libia. Una opción riesgosa con elecciones en el horizonte.

 

En el capitulo anterior afirmamos que el exilio cubano está formado por un pueblo trabajador que ama a Cuba. Tiene un poder económico formidable. Su potencial político es tal que podría inclinar la balanza de los acontecimientos en Cuba. Pero el exilio no puede hacerlo por razones que ya analizamos, y por otras que expondremos oportunamente. 

 

El pueblo en la isla es la gran incógnita. Parte del problema a la hora de entender a estos cubanos estriba en tratar de enmarcar en el mismo patrón a tres generaciones. Hay abismos entre los cubanos que tienen hoy más de  70 años,  los que tienen 50 y los que tienen menos de 30, aunque tal vez esta selección de edades sea un poco arbitraria. 

 

No estamos señalando ninguna novedad. Hay diferencias marcadas entre las personas de edades semejantes en muchos países, atenuadas o acentuadas por los cambios culturales. Sin embargo, hay comportamientos y valores que pueden influir en la conducta de más de una generación.

 

Es lo que se conoce como la generación cultural, esa que trasciende las generaciones cronológicas. Por ejemplo, se llamó la “generación perdida” a quienes participaron en la Primera Guerra Mundial.

 

La cultura de quienes nacieron después de la Segunda Guerra Mundial en los Estados Unidos ha seguido influyendo hasta la actualidad. Hay una generación de la Internet (Generación I), también conocida como generación Z, cuyo impacto pudiera durar una parte de este siglo. 

 

Indagar en el tema nos ayudaría a entender al pueblo cubano.

 

Los cubanos que llevaron la revolución al poder en 1959 fueron parte de una generación cultural que había estado forjándose antes del nacimiento de la república en 1902. Fidel Castro fue una manifestación de esa corriente emancipadora y democrática de la cual José Martí es el más conocido y creativo pensador.

 

Con el triunfo de Fidel Castro comenzó la destrucción sistemática de esa cultura, para imponer otra. Castro fue quien organizó y dirigió el aniquilamiento del mundo que había hecho, quizás necesaria, pero sin dudas posible, la propia revolución.

  

La sociedad cubana se polarizó en dos bandos. El conflicto entre víctimas y victimarios fue implacable. De un lado los revolucionarios demócratas que trataron de salvar un legado histórico casi sagrado para los cubanos. Con el respaldo de una minoría de la población sabían que estaba en juego la dictadura o la democracia.

 

En el otro extremo estaba Fidel Castro. Tenía a su favor la mayor parte del pueblo que no había participado en el proceso revolucionario, pero llegó a sentir un entusiasmo delirante por su triunfo. Querían destacarse como revolucionarios. La mayoría por convencimiento, pero también muchos, los más radicales, por oportunismo.

 

El resultado era previsible. El carisma de Castro con los medios de comunicación y represión a su disposición, y el apoyo de la URSS, definieron un conflicto que fue sangriento y traumático. 

 

El fracaso de la invasión de Playa Girón fue un golpe mortal para los demócratas. La desplazada y derrotada cultura de la “república” sobrevivió en el exilio. Miles de familias cubanas la preservaron en silencio en la isla, y la dieron como herencia a sus hijos. Fueron los depositarios del mundo perdido.

 

La cultura exiliada comenzó a asimilar elementos del modo de vivir y de pensar de los estadounidenses, y a sumar en forma muy selectiva ingredientes de quienes irían llegando de Cuba durante cinco décadas. El resultado ha sido lo que pudiéramos llamar la cultura de los cubanoamericanos. 

 

Es lógico que desde el punto de vista de un cubanoamericano o de un cubano-español no sea fácil entender el comportamiento del cubano que vive en la isla. El exiliado de hoy, o nunca experimentó el miedo, porque nació en el exterior o porque salió muy joven de Cuba, o simplemente ha querido olvidar que él también se comportó de la misma manera cuando vivía en Cuba. 

 

El proceso de comunización creó un hombre nuevo. Como lo quería el caudillo y lo exigía el régimen en aquel momento. Simbolizado en uno de los estribillos populares del momento: “Si Fidel es comunista, que me pongan en la lista”. Fidel Castro pudo haber escogido cualquier otra opción política, y la gente lo habría apoyado igualmente. 

 

El nuevo sistema prometió hacerse cargo de todas las necesidades del individuo. No tenía que pensar mucho, el Estado pensaba por él, y el buen “ciudadano” repetía la consigna. No tenía que preocuparse por los resultados de su trabajo. La comida y todo lo demás estaría ahí cuando la necesitara.

 

Fidel Castro manipuló al pueblo cubano hasta que su salud personal y su desgaste mental se lo permitieron. 

 

El cubano ha sido un individuo condicionado por un sistema que lo ha mantenido siempre en permanente estado de movilización. Las marchas contra el enemigo, a favor de las metas o glorificando los logros del régimen han sido tan importantes para intimidar a los contrarios como para controlar a los militantes.   

 

El estímulo al alcoholismo del pueblo y la permisibilidad a la corrupción de la élite han sido instrumentos eficaces, aunque menos visibles.

 

La nueva cultura tuvo su clímax y comenzó su decadencia. Antes del desplome de la URSS en 1990 parte del pueblo cubano había comenzado a despertar. Después de la desintegración del imperio comunista la erosión ideológica ha sido un factor constante en las filas del castrismo.

 

El socialismo no era el paraíso prometido. Para mucha gente ha sido difícil reconocer el error. Era aceptar que los derrotados contrarrevolucionarios, de una u otra forma, siempre tuvieron la razón. 

 

La solución del castrista arrepentido ha sido hablar en un lenguaje cantinflesco, en que se culpa por el fracaso a la burocracia, a la prensa oficial, a la intolerancia del sistema, pero se exonera al socialismo, que nunca se define con claridad.

 

En Cuba todo se ha convertido en un espejismo. La “revolución”, después de haber sido glorificada en el mundo por sus logros en el orden deportivo, educativo, cultural, de salud e incluso militar, se estaba quedando al desnudo.

 

El pueblo que renunció a su soberanía, entregándola sin condiciones a un individuo, no encuentra ahora un caudillo “bueno” que lo lleve por otro camino. 

 

El pueblo, descontento como está desde hace tiempo, se encuentra en un estado de necesidad de tal magnitud, que teme arriesgar lo poco que tiene en un esfuerzo que no sabe adónde va. El conformismo, la obediencia, la dependencia y el miedo caracterizan la cultura castrista.  

 

Sería un error descartar que dentro de cada cubano hayan desaparecido para siempre los rasgos que hicieron de Cuba un pueblo pujante y valiente.   

 

Quizás heredado de los genes de generaciones anteriores o tal vez como parte de una cultura que, aunque desplazada, dejó en la que la reemplazó el virus de la rebeldía, el pueblo cubano, detrás de su conformismo, puede en determinadas condiciones darnos una sorpresa. 

 

La clave está en prever cuales son esas condiciones, y si es posible crearlas o fortalecerlas si ya existen.

 

Continuará…