Cubanálisis  El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

Huber Matos Araluce, San José, Costa Rica

 

 

                               

 

 

                                

 

Cuba: el camino de la revolución o el del compromiso

 

El fracaso económico de la versión castrista del comunismo en Cuba está a la vista.  Nadie puede negarlo. Hasta el régimen se ha dedicado a buscar culpables. En todo el mundo ya se acepta que el “paraíso socialista” en Cuba fue una utopía y un timo. En la Isla el pueblo detesta a Raúl Castro porque ha resultado un fraude. El heredero no tuvo los pantalones para afrontar el reto y darle solución. Ante lo que considera un inminente colapso, la oposición dentro y fuera del país se debate en una polémica sobre el camino a seguir: la negociación o la revolución. 

 

La verdad es que no tenemos la posibilidad en estos momentos de proceder por ninguna de las dos avenidas. Si lo decidiéramos, no podemos sentarnos a conversar con un régimen que no quiere negociar con nosotros. Tampoco podemos derrocarlo con una revolución porque en estos momentos no hay las condiciones ni tenemos los medios para hacerla.  

 

Estas circunstancias no invalidan en forma permanente la posibilidad de negociar o la de tomar la vía del enfrentamiento. Simplemente son escenarios hipotéticos. Cuando se analizan estrategias, es aconsejable estudiar el panorama con la mayor objetividad posible. Ahora no, pero pudieran ser opciones reales en algún momento.  

 

El problema cubano es sin duda complejo. Es un sistema de fuerzas, presiones, temores y esperanzas. Lo que pase en Cuba dependerá de actores claramente inidentificables: el pueblo, el régimen, la oposición y la comunidad internacional. Será el resultado de la acción o inacción de cada uno de ellos. Lo que hagan o dejen de hacer influirá en todos los demás y en el resultado final.  

 

El futuro de Cuba dependerá también de lo imprevisible. Del suceso que nadie esperaba.  Del hecho aislado o de la cadena de acontecimientos que este puede provocar. El asesinato de Orlando Zapata Tamayo fue un ejemplo. La conducta heroica de un humilde opositor y la estupidez del régimen condujo a una protesta de las Damas de Blanco. Ésta pudo haber tenido menor importancia si no es porque el régimen las reprimió y exhibió en televisión el atropello como una especie de escarmiento. Las imágenes indignaron a la gente y a parte de la Nomenclatura.  La valiente reacción de Reina Luisa Zapata Tamayo fue clave en esa cadena de acontecimientos. 

 

Que un suceso no esperado pueda convertirse en un factor detonante o propulsor de una crisis nacional nos obliga a incluirlo en la ecuación cubana con igual importancia que: 1) el pueblo, 2) el régimen, 3) la oposición, 4) la comunidad internacional. 

 

De los cinco factores en juego tratemos de describir al pueblo. El que vive en el exilio y el que está en Cuba.

 

El pueblo

 

Cuba es en primera instancia su pueblo, la suma de sus vivencias en un entorno geográfico. Cada cubano es una pequeña parte de la nación. Cada uno es también un microcosmos del problema y de la solución. Una muestra que llevada al laboratorio nos puede arrojar sus fortalezas y sus debilidades.  

 

Los cubanos somos el producto de nuestra insularidad y nuestra historia. Los cubanos de hoy día -en buena parte como resultado del último medio siglo de dictadura totalitaria- somos varios pueblos que hablamos diferentes lenguas. Nos cuesta entendernos.  

 

Los cubanos son gente inquieta, imaginativa, intensa y emprendedora. Éramos un pueblo romántico y muy crédulo. El comunismo nos convirtió en gente práctica y desconfiada.  Para sobrevivir hemos aprendido a dudar hasta de nuestra sombra. 

 

Además, cinco décadas de dictadura han aumentado nuestra inclinación a creer que siempre sabemos con certeza “donde estamos parados”. A tener opiniones muy precisas y contundentes sobre la mayoría de las cosas. Esto nos ayuda a tomar decisiones rápidas y seguras en el plano individual, aunque es un impedimento a la hora de ponernos de acuerdo en decisiones colectivas. Somos un pueblo políticamente inmaduro.

 

En el terreno político es común escuchar o leer con toda autoridad expresiones que son la consecuencia del cubano y de su trauma:

 

“El problema es la unidad; mientras no haya unidad no hay nada que hacer”. “La culpa la tienen los americanos”. “El problema es el embargo”. “Los americanos lo que tienen que hacer es decir hasta aquí y dejarse de boberías”. “No hay solución porque el pueblo cubano no es el mismo; el de ahora tiene miedo y no hay nada que hacer”. “El exilio es reaccionario y no entiende lo que está pasando en Cuba”. La lista es extensa. 

 

Sin que el tema se nos convierta en una disertación de psicología nacional por alguien que no está preparado para darla, debemos aclarar que por muchas cosas que dividan a los cubanos hay una pasión que los une: el amor a Cuba. Desde cualquier posición del espectro político y en cualquier lugar donde se encuentre, dentro o fuera de Cuba, el cubano ama a su país con intensidad.

 

El pueblo en el exilio

 

El cubano es el resultado de su entorno geográfico y sus vivencias. Hay más de dos millones de personas fuera de Cuba y algo más de once millones de habitantes en la isla.  Pero hay muchos exilios. El cubano que vive en Ecuador es diferente al del que vive en Miami y éste del que vive en Suecia o en España. De cada lugar ha integrado ideas y hasta formas de comportamiento. 

 

La complejidad aumenta porque al exilio han llegado cubanos de todos los estratos, edades y tonalidades ideológicas. Están vivos aun algunos de los que apoyaron a Batista. Muchos de sus descendientes insisten en que sus padres o abuelos fueron los que siempre tuvieron la razón respecto al castrismo. 

 

Al exilio llegaron en los años sesenta miles de cubanos que habían apoyado a Castro en una u otra forma durante la lucha guerrillera y en sus primeros meses de gobierno en 1959. Fueron bautizados por los batistianos como “fidelistas arrepentidos”. La distancia entre ellos se ha acortado pero se mantiene.

 

Después de estos han llegado al exilio centenares de miles de cubanos que en una u otra forma estuvieron integrados al proceso de comunización del país. Cada uno participó con diferente nivel de lealtad, complicidad, simulación o disidencia en el proceso “revolucionario”. La mayoría de ellos salieron de Cuba profundamente frustrados de haber perdido parte de sus vidas en un proyecto que llevó al país a la ruina. 

 

En el exilio también están los que llegaron niños o muy jóvenes. Muchos de ellos han tenido éxito en el mundo cultural, el de negocios o el académico. Sus hijos se sienten cubanos en alguna forma y tienen perspectivas muy particulares sobre el presente y futuro de Cuba.

 

En el exilio hay gente que está más interesada en su bienestar económico que en participar en nada que tenga que ver con la libertad y la democracia en Cuba. Algunos porque después de tanto tiempo quieren evitar otro desengaño. Otros se aíslan políticamente para evitar sufrimiento. También están los que no creen en otra cosa que en ellos mismos.

 

Independientemente de su procedencia, actividad, indiferencia o propuesta de cómo resolver el problema cubano, la inmensa mayoría de los exiliados y emigrados económicos aman a su nación y la quisieran ver libre.

 

No podemos pasar por alto a los espías e infiltrados por el régimen castrista durante estas cinco décadas. Es una pequeñísima -tal vez algunos centenares- pero influyente minoría que debe haber sido ubicada estratégicamente para favorecer a la dictadura. 

 

Estos más de dos millones de cubanos son el exilio, una población heterogénea con un poder económico inmenso y unos recursos humanos formidables. Hasta ahora los cubanoamericanos, es decir, los cubanos que viven en Estados Unidos y tienen derecho al voto, han logrado un poder político sustancial. Ellos influyen acerca de cuál debe ser la política de Washington respecto a Cuba.  

 

Por las anteriores consideraciones, hablar del exilio cubano como una entidad es un error. Equivocación que se comete con frecuencia por los propios cubanos y que conduce a un sentimiento de impotencia o fracaso colectivo. No se tiene en cuenta la diversidad que hemos mencionado superficialmente.  

 

Tampoco cuando se habla del exilio como una unidad se tiene en cuenta los profundos traumas que ese exilio ha sufrido durante más de medio siglo debido al apoyo formidable que la URSS dio al castrismo durante tres décadas. Sumado al posterior respaldo con que Hugo Chávez ha sostenido al régimen castrista por una década.

 

A todo esto hay que agregar la manipulación del problema cubano por parte de los gobiernos estadounidenses. Los errores de Washington, como fue el caso de Playa Girón.  Los errores de dirigentes políticos cubanos exiliados sin visión ni responsabilidad.

 

Traumática ha sido también para los exiliados la complicidad de muchos gobiernos democráticos con el castrismo, la forma en que el mundo académico y los medios de comunicación internacionales aplaudieron por demasiado tiempo a la dictadura en Cuba y pasaron por alto sus crímenes y abusos.

 

Ante tal complejidad, hablar de la unidad del exilio cubano respecto a una acción contra el castrismo, sea esta por la vía de la negociación o incluso del respaldo al enfrentamiento popular contra el régimen, es un proyecto difícil y complejo.  

 

Si fuera por la vía de la negociación con la dictadura, hay un sector muy poderoso del exilio que se opondrá a menos que esté claramente condicionado a una transición hacia la democracia. Si no es así no se podrá logra la unidad en esa dirección. Es una realidad objetiva, y considerar a este grupo como oportunista, retrogrado o cualquier otro calificativo despectivo es injusto y errado. La política es el arte de lo posible, proponer lo irrealizable es demagógico o insensato.

 

Si fuera por la vía de un apoyo del exilio al pueblo cubano para que cuente con los recursos y pueda provocar una revuelta popular, el primero que se opondrá con todos sus medios será el gobierno de los Estados Unidos. Washington quiere controlar la actividad de los exiliados para que estos no se salgan de las prioridades de la política global estadounidense.

 

En estos momentos Barack Obama está en busca de su reelección, y un levantamiento popular en Cuba sería un gran problema para él. Un exilio disperso, que por las razones mencionadas lo está, es más conveniente a Washington que un exilio unido. Esa unidad se convertiría en un dolor de cabeza para cualquier presidente en la Casa Blanca, demócrata o republicano.

 

Si alguien tiene alguna duda sobre estas afirmaciones, podíamos sugerirle que medite por qué razón durante meses ha habido un gran debate en la capital estadounidense para poner a disposición 20 millones de dólares para apoyar proyectos de “democratización” de Cuba. En el mismo tiempo Washington ha gastado más de mil millones de dólares en apoyo a los rebeldes que luchan contra Gadafi en Libia.

 

Pero aun cuando estos 20 millones de dólares fueron finalmente aprobados con el fin indicado, ya sabemos que una fracción de ellos llegará a quienes realmente los necesitan en Cuba. La mayoría de los fondos serán manejados en el exilio por quienes le garantizan a Washington una conducta acorde a los intereses estratégicos de los Estados Unidos.

 

A modo de conclusión sobre el tema del exilio cubano, o más bien la parte del pueblo cubano que se encuentra en el exterior, podemos decir que, a pesar de que este ama a su país y desea su democracia, no tiene un papel en la solución del problema acorde con su potencial, debido a razones complejas que no tienen nada que ver con falta de patriotismo. 

 

Esta circunstancia no es permanente y pudiera cambiar, en cuyo caso el exilio puede convertirse en un factor con un protagonismo importante en el desarrollo de los acontecimientos en Cuba. Es un tema que trataremos en su conjunto cuando, después de analizar los demás factores, entre ellos el pueblo cubano en la isla.

 

Continuará…