Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ESPECIAL EN EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

Evocación-20 de mayo de 1902

 

Perla Cartaya Cotta, en Palabra Nueva 

 

Sube, sube, bandera de Cuba, y que ese girón sangriento, que ostentas como símbolo de nuestro martirio,

restañe para siempre la sangre de las heridas de la patria. 

Enrique José Varona

 

Hace algo más de cien años, hubo un tiempo “[…] en que Martí recién se había convertido en el ‘Apóstol’ y Máximo Gómez no era aún una efigie en los billetes de diez pesos […]; y Estrada Palma no era como ahora, un villano anexionista o una ausencia sobre un pedestal, sino un señor adusto, con fama de tacaño y prestigio de patriota […]”.1

 

Como bien dice Marial Iglesias Utset, era una época en la que “no se firmaba Patria o Muerte sino Patria y Libertad; cuando el 10 de octubre y el 24 de febrero “no eran para el pueblo simplemente días “no laborables”, sino verdaderas fiestas populares. El Himno de Bayamo era una melodía “tarareada o silbada en las esquinas”, y las décimas a la bandera se escuchaban por doquier.2 Como también es cierto que las barberías de nuestra ciudad comenzaron a llamarse barber shops, los comerciantes procuraban que sus empleados hablaran inglés, y los lugares para compartir y beber unas copas adoptaron el nombre de club.

 

Don Tomás en Cuba

 

Cuando le llegó a Central Valley (Estados Unidos) -donde tenía una escuela de prestigio-, el eco de su triunfo electoral, dispuso su regreso a la patria, de la cual estuvo ausente veinticinco años. El 20 de abril de 1902 arribó a Gibara donde lo recibieron con honores y alegría; en Bayamo “sepultó los restos de la madre adorada”; y en Manzanillo estrechó las manos amigas de Bartolomé Masó, en cuyo hogar fue alojado. Santiago de Cuba lo recibió con el calor humano característico de sus habitantes.

 

Las remembranzas y la emoción patriótica lo condujeron hasta las tumbas de Céspedes y de Martí… Al primero lo consideró “la fe en la Revolución” y al Apóstol “el profeta de la independencia”.3

 

El convoy presidencial fue vitoreado con júbilo durante su paso por Cienfuegos, Santa Clara, Matanzas… Al fin, el 11 de mayo llegó por mar a la capital de Cuba. Las sirenas y las campanas de las iglesias les ofrecieron un singular concierto y, como una delicada cortesía del gobernador Leonard Wood, flotó hermosa la bandera de la estrella solitaria, durante breves minutos, en lo más alto del Castillo del Morro.4

 

Don Tomás nunca olvidó (según dijo años después) dos momentos de fuerte emoción que experimentó ese día: el abrazo del generalísimo Máximo Gómez, quien lo esperaba en el muelle de Luz, y la presencia del pueblo de La Habana que acompañó a la comitiva presidencial hasta la Casa Municipal. En la parte del edificio ocupado por el Gobernador Militar, aguardó Leonard Wood, en su despacho y vestido de gala, a Estrada Palma y allí intercambiaron las primeras impresiones.

 

En su compañía, el magistrado cubano se trasladó a la sala de sesiones del ayuntamiento. El alcalde Carlos de la Torre anunció que el Cabildo había acordado que hiciese el discurso de bienvenida el concejal Alfredo Zayas. De sus palabras, selecciono este fragmento: “Hoy, que es el santo aniversario de la muerte de Ignacio Agramonte, de aquel héroe que cayó en los campos de Camagüey, tenemos la gloria de saludaros y es nuestro principal deseo que todos los hijos de Cuba, para bien y estabilidad de la República, se inspiren en el noble patriotismo del legendario héroe”.5

 

La presencia de don Tomás, era el signo de que “Cuba entraría en el goce de la soberanía internacional”, pensaba Emeterio Santovenia, por eso escribió: “Ver y saludar al Presidente era ver y saludar a la República”.6

 

Estrada Palma agradeció la acogida que le dispensaba el ayuntamiento de La Habana. Comprendió que la alegría y la unidad del pueblo ante su presencia no constituían el homenaje a su persona, sino a lo que él representaba. Ese hecho era, según su pensar, “el mejor augurio” de que la República tendría una vida “estable y próspera”.

 

Al concluir la bienvenida oficial, el Presidente fue trasladado a la residencia que le habían destinado, más tarde se entrevistó con Gómez y Wood. Su propósito contenía, según afirmó, tres aspectos a considerar: desechar las imposiciones, solucionar los posibles conflictos y mantener la más estrecha solidaridad entre todos los cubanos. Al parecer, recordaba palabras sagradas de José Martí: “Con todos y para el bien de todos”.

 

En los días siguientes, fueron celebrados homenajes de otros matices: el 16 de mayo el Teatro Nacional se vistió de gala debido al banquete de despedida al ejército norteamericano, el cual fue presidido por Máximo Gómez, Leonard Wood y el presidente Estrada Palma. El día 18 hubo una manifestación popular para despedir cortésmente al general Wood, a quien realmente había que censurarle muchos “errores” y agradecerle, según mi criterio, ciertos aciertos como, por ejemplo, la conversión de algunos cuarteles en escuelas y la construcción de planteles, la primera formación emergente de maestros, de la cual surgieron profesores como Ramiro Guerra y Arturo Montori, entre otros; y la higienización del país (aunque fuese una necesidad de las tropas norteamericanas destacadas en Cuba), porque con ellos ganó Cuba.

 

Un día inolvidable

 

El amanecer del 20 de mayo de 1902, sorprendió a los habaneros en las calles. Un periodista extranjero con el encargo de “tomar el pulso” al pueblo cubano, expresó que las calles aledañas al Palacio de Gobierno parecían una alfombra humana.

 

A las doce horas del día, se llevó a cabo en el otrora Palacio de los Capitanes Generales, frente a la Plaza de Armas, el acto legal tan ansiado por los cubanos. Una imponente solemnidad caracterizó el cambio de poderes, efectuado en el majestuoso “salón del trono”. Fueron testigos de ese notable hecho histórico, cónsules, magistrados, catedráticos, funcionarios públicos, autoridades militares y representantes de todas las sociedades culturales y corporaciones mercantiles que se desenvolvían en el país.

 

El general Wood, ataviado con el uniforme de gran gala, y el presidente don Tomás Estrada Palma, vestido de rigurosa etiqueta apropiada a la hora, estaban, simbólicamente, frente a frente. El primero, gobernador militar de la Isla, en representación de su país, hasta aquel momento, leyó dos documentos: uno firmado por Theodore Roosevelt, presidente de los Estados Unidos, y otro suscrito por él, acorde con el alto cargo que había desempeñado en Cuba. Ambos estaban dirigidos al Presidente y al Congreso de la República de Cuba. “El de Roosevelt expresó sus votos por el buen éxito del nuevo Gobierno y por el mantenimiento de la amistad entre los Estados Unidos y Cuba. El de Wood, más extenso, entró en consideraciones acerca de la administración que cesaba y declaró terminados la ocupación y el gobierno de la Isla por la Unión”.7

 

El Presidente cubano, por su parte, leyó una breve exposición dirigida a Wood, por la cual se dio por enterado oficialmente de lo dicho por Roosevelt y Wood y admitió que Isla de Pinos, como acababa de manifestar el Gobernador, quedaba bajo la jurisdicción de Cuba, “a reserva de lo que sobre su situación jurídica definitiva acordasen los gobiernos de Washington y La Habana”.8

 

El cambio de banderas se efectuó en los mismos momentos en que se producía en el Palacio la ceremonia del cambio de poderes. A los acordes del Himno Nacional americano, fue arriada la bandera de las barras y las estrellas. Erróneamente, afirma Alberto Acosta, “se ha difundido que tal honor correspondió a los generales Gómez y Estrada Palma”, y lo asevera porque, de acuerdo con las indagaciones del periodista Rafael Soto Paz, la operación (que duró un minuto y siete segundos) “fue ejecutada por dos sargentos norteamericanos pertenecientes a la compañía E del 7mo. Regimiento de Caballería, nombrados E. J. Kelly y Frank Vondrak, ayudados por los tenientes Carpenter y Mc Coy”. Y cuando Wood ordenó izar la bandera de Cuba, “los mismos sargentos” cumplieron el mandato que ponía fin a la intervención americana.9

 

Aun cuando la bandera cubana -que el viento movía alegremente- representaba oficialmente el cese de la ocupación norteamericana en Cuba (que duró más de la cuenta), el pueblo concedió mayor trascendencia a la ceremonia realizada en la secular fortaleza cuyas piedras presenciaron la valentía de don Luis de Velasco, comandante del Castillo del Morro y héroe de su defensa en 1762.

 

Desde horas tempranas, una expectante multitud aguardaba en el litoral. Y cuando “las agujas de los cronómetros se unieron en aquel mediodía inolvidable”, todas las voces se alzaron en patriótico grito, en todas las manos se agitaron sombreros y pañuelos, y hombres y mujeres, olvidando sus propias angustias y tal vez el dolor por los deudos y amigos caídos en la guerra, se confundieron en un abrazo espontáneo y conmovedor, bendecido seguramente por Nuestra Señora de la Caridad, la Virgen Mambisa, “símbolo de cubanía”, con palabras de la doctora Olga Portuondo Zúñiga.

 

Cuarenta y cinco cañonazos retumbaron entre los muros del viejo Castillo, mientras descendía del palo mayor del Morro, lentamente, a los acordes del Himno americano, la bandera de los Estados Unidos, recogida respetuosamente por las manos de veteranos cubanos… Después, entre el fuerte estampido de los cañonazos, el silbido de las sirenas, las notas del Himno bayamés y la exclamación unánime del pueblo presente, las manos del general Emilio Núñez (presidente del Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia), auxiliado por sus compañeros: coronel José C. Vivanco, coronel Enrique Núñez, coronel Miguel Iribarren, coronel Orencio Nodarse, teniente coronel Rafael Izquierdo, coronel Manuel María Coronado, teniente coronel Joaquín Navena, comandante Antonio V. Ziscay, teniente Narciso López y el teniente del ejército norteamericano E. A. Stuart, “alzaron al beso de los vientos la gloriosa bandera nacional”.10

 

Mientras tanto, a las doce y veinte minutos, el presidente Estrada Palma, con su vicepresidente, el doctor Luis Estévez y Romero, prestó juramento del cargo ante el Lic. Rafael Cruz Pérez, presidente del Tribunal Supremo. El general Leonard Wood abandonó el Palacio seguido de su Estado Mayor. Momentos después, de pie, sobre la cubierta del acorazado Brooklyn, contestaba con un gesto a las ovaciones de los habaneros que lo despedían generosos, mientras la banda de a bordo se despedía de Cuba lanzando a los aires el Himno de Bayamo […] y la bandera de la estrella solitaria se columpiaba desde el mástil, feliz y llena de esperanzas […]11 La hermosa visión inspiró la poética ofrenda de Aurelia Castillo de González, sobre quien escribí hace años:

 

¡La bandera en el Morro! ¿No es un sueño?

¡La bandera en Palacio! ¿No es un delirio?

¿Cesó del corazón el cruel martirio?

¿Realizóse por fin el arduo empeño?

(Fragmento de “Victoriosa”)

 

Epílogo

 

El hecho de que en los edificios públicos ondease la bandera de la estrella solitaria simbolizaba mucho más que una transmisión de poderes: significaba el derecho de los cubanos a ser libres, a gobernarse por sí mismos, a pesar de la afrenta sin nombre que significó la llamada Enmienda Platt. La libertad -lo escribió José Martí en La Edad de Oro- implica otras cosas. Y nosotros lo sabemos.

 

La euforia colectiva, lamentablemente, duró poco. Pronto reaparecieron entre los patricios cubanos males del pasado, los cuales -en esta ocasión- hicieron naufragar a la Asamblea del Cerro. Recordemos las rencillas y rencores de antaño, las ambiciones personales, el caudillismo; y el hecho de ignorar los innumerables méritos patrióticos y humanos del generalísimo Máximo Gómez. Así como la carencia, al parecer, en la mayoría de los asambleístas, también es Gómez, la necesaria “luz larga” política.11 Entonces, perdió Cuba: el general Leonard Wood, supo aprovecharse de esas circunstancias.

 

El 20 de mayo de 1902 abrió una nueva era para la patria, a pesar de los pesares. No me parece justo (sobre todo por las nuevas generaciones) que esa fecha pase inadvertida –o mal recordada– en Cuba.Aunque en el propio gobierno de don Tomás apareció el temible síndrome de la reelección, causa de tantos males; creo que no debemos olvidar que desde su gobierno, pese a sus indudables sombras, continuó la tradición cultural de los cubanos en todas las ramas del saber.

 

La relación de nombres y hechos prominentes de la cultura cubana durante la República, que nació en esa fecha, sería interminable. Muchos de ellos han desfilado por esta sección durante sus casi veintisiete años de existencia; y, por supuesto, también en otras secciones de esta revista.

 

La República de Cuba siempre contó –también ahora– con hombres y mujeres probos de diferentes posiciones y tendencias ideológicas. Asaltan mi memoria líderes obreros como Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias y Alfredo López; líderes estudiantiles como Julio A. Mella, Rubén Martínez Villena, Rafael Trejo, José Antonio Echevarría y políticos cultos y honestos como Cosme de la Torriente, Manuel Bisbé, Carlos Márquez Sterling, Manuel Supervielle, Pelayo Cuervo Navarro y Eduardo Chibás. Recordamos, además, a catedráticos y escritores como Mercedes García Tudurí, Mirta Aguirre, Vicentina Antuña, Dulce María Loynaz, Gastón Baquero y José Mañach. Honor a quien honor merece, digo con José Martí.

 

Notas

 

1 Marial Iglesias Utset: Las metáforas del cambio en la vida cotidiana: Cuba 1898-1902, Ediciones Unión, Premio UNEAC de ensayo 2002 Enrique José Varona, La Habana, 2010, p. 13.

2 Ibídem.

3 Alberto Acosta: Reliquia histórica (Historia de una bandera), La Habana, 1953, p. 125.

4 Ibídem.

5 Emeterio Santovenia: Un día como hoy, Editorial Trópico, La Habana, 1946, p. 269.

6 Ibídem, p. 270.

7 Ibídem, p. 287.

8 Ibídem, p. 288.

9 Alberto Acosta: ob. cit., pp. 127, 128. En estas páginas hay otros datos que pueden interesar al lector.

10 Ibídem, pp. 128, 129.

11 Recuerdo a los lectores: “Tiempo de expectativas” (Palabra Nueva, no. 159, enero de 2007), “El eclipse de la República” (Palabra Nueva, no. 155, septiembre de 2006), y “Probidad vs corrupción” (Palabra Nueva, no. 171, febrero de 2008), entre otros escritos sobre este tema.