Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

 Elecciones, democracia y guaguancó: De Pericles en atenas a Ricardo Alarcón


Si Ricardo Alarcón hubiera sido un "cuadro" de Napoleón Bonaparte la historia de Europa y el mundo no serían hoy nada diferentes, pero muchas menos personas sobre el planeta conocerían lo que sucedió en Waterloo, o incluso si hubo tal batalla alguna vez.
 

En su peculiar versión de la democracia, veinticinco siglos de historia son nada, pues todo modelo democrático conocido por la humanidad, desde la antigüedad a nuestros días, es solamente "utopía". Utopía que supera la muy excelsa democracia castrista, que ha sido capaz de generar un sistema electoral donde los resultados se conocen antes de comenzar las votaciones, el máximo líder se reelige de forma vitalicia, y el “Parlamento” tiene el record Guiness de haber votado unánimemente todas las propuestas presentadas, durante treinta años. Para completar la perfección, la “estrategia del voto unido” establece la unanimidad hasta el aburrimiento.

 

Durante el supuesto “debate” de los problemas del país, donde se conjeturaba que se cambiaría “lo que deba ser cambiado”, los “rebeldes” oficiales de la inteligentsia criticaron la falsa y supuesta unanimidad forzada como una de las causas de los males que han asolado al país por casi medio siglo: sin embargo, dando tres tazas a quienes no quieran caldo unánime, el voto unido, reclamado por Fidel Castro y repetido por toda la maquinaria castrista, es precisamente, ni más ni menos, la unanimidad en la votación, meter en el mismo saco al “histórico” de cien batallas junto al oportunista de antier después del aguacero y el burócrata de siempre.

 

Según el oficialismo, no hay democracia superior a la cubana, ni siquiera la chavista. Y la historia de la humanidad es la historia de la falsa participación de las personas en la elección de los liderazgos nacionales y locales, desde los antiguos griegos y romanos hasta los modernos ingleses y escandinavos: todos pobres diablos que no tuvieron o no tienen la fortuna de vivir en la Cuba contemporánea, bajo la sabia dirección del Comandante en Cama.

 

La indigencia ideológica del castrismo daría risa de no estar de por medio la tragedia de la nación cubana: ni “dirigentes” ni “intelectuales” oficiales dan muestra de la más mínima formación conceptual en el campo de la política y la ideología: ninguno va más allá de repetir como amaestrado papagayo consignas sin elaborar o lugares comunes que son la más fehaciente demostración del vacío absoluto; ninguno, mucho menos, sería capaz de sostener un debate serio y respetuoso sobre el tema, sin pasar a descalificaciones e insultos.

 

Queriendo a la vez ser virgen y hacer el amor, el castrismo dice que se sustenta en la dictadura del proletariado, en el poder de los trabajadores, y que por ello es no solamente una democracia, sino la mejor de las democracias posibles.

 

Contradictio in abjecto”, hubiera dicho Karl Marx a tal aberración: el poder de una supuesta clase, en este caso ese ente abstracto definido como “los trabajadores”, aunque no esté claro quienes son y quienes no lo son, ese poder no puede ser nunca una democracia, un “gobierno del pueblo”, pues una parte del pueblo, los que no integran el grupo de “los trabajadores”, están excluidos.

 

De ser consecuente con la ideología que aparenta profesar, el castrismo no reclamaría para sí la definición de “democracia”, creación de los esclavistas griegos y las burguesías nacionales occidentales, sino la de “dictadura revolucionaria”, al estilo de los jacobinos y los bolcheviques.

 

Pero eso sería pedirle demasiado a sus sicofantes que posan de teóricos, capaces de poner sobre el mismo plato a Noam Chomski y Hegel, Lenin y Mariátegui, Marx y Martí, posiblemente sin haberse leído, mucho menos estudiado seriamente, a muchos de ellos.

 

Quiera Ricardo Alarcón o no, la única democracia universalmente reconocida, como categoría de las ciencias políticas y de la historia, se basa en la libre y periódica elección de los gobernantes, la separación de poderes del estado para poder balancear el poder de tales gobernantes, y la existencia de un estado de derecho (“rule of law”) donde nadie puede estar por encima de las leyes: el resto es paisaje, y de colores tenues.

 

En aras de esos principios rodaron por el piso cabezas de monarcas europeos y en América del Norte se llevó a cabo una guerra revolucionaria de independencia, donde a los principios democráticos fundados por griegos y romanos se añadieron las bases del estado de derecho y la separación de poderes.

 

Y, contrario a las falsedades del flamante “presidente del parlamento” cubano, en aras de esos principios se desarrollaron las asambleas constituyentes cubanas de la República en Armas en Guáimaro, Jimaguayú, y La Yaya.

 

Carlos Manuel de Céspedes se proclamó Capitán General de la nación cubana al lanzar el grito de la Demajagua el 10 de Octubre de 1868, pero solamente se legitimó cuando la Asamblea Constituyente de Guáimaro lo proclamó Presidente de la República en Armas. Eso no le resta méritos históricos ni grandeza, pero demuestra que en la historia de Cuba el poder de facto no bastaba para que la autoridad fuera reconocida.

 

Cuando en 1895 un soldado llama “Presidente” a José Martí, el generalísimo Máximo Gómez le dice al soldado que debe llamarlo “general”, “no presidente”. José Martí, nuestro héroe nacional, que entiende esa realidad, no vacila en lanzarse, vestido de negro sobre un caballo blanco, al fragor de un combate de desenlace fatal casi obligado, en aras de legitimar su condición de líder, sabedor de que para estar junto a gigantes necesita algo más que su verbo encendido y su grandeza moral.

 

Ni Máximo Gómez ni Antonio Maceo reclamaron para sí una “presidencia” que no les correspondía, a pesar del enorme liderazgo moral que disfrutaban, ganado a punta de machete e inigualable valor en innumerables combates durante muchos años: sabían que no habían sido elegidos para esa tarea, y cumplían las que les correspondían con honor y sacrificio, sin delirios de grandeza.

 

Gómez hubiera podido ser el primer presidente cubano de la nueva República, de haberlo deseado. Los constituyentes de 1901 habían facilitado el camino para que lo fuera, y los cubanos lo idolatraban por su extraordinaria hoja de servicios desinteresados a la nación; pero el generalísimo no estaba interesado: sabía que ese no era su papel y su lugar, y fue capaz de dejar el paso a otros, tal vez no tan heroicos pero sin duda más capaces para dirigir la paz, algo muy diferente a dirigir la guerra.

 

En 1939, tras derrocar la dictadura de Machado y desarrollar “la revolución del 33”, que al decir de Raúl Roa “se fue a bolina”, los cubanos intentaron nuevamente un proceso democrático ejemplar, multipartidista y libérrimo, eligiendo una Asamblea Constituyente que culminó con la Constitución de 1940, que a pesar de su extremo detalle y oficialización de la injerencia estatal en infinidad de aspectos, es un orgullo político de los cubanos y un documento tan avanzado que pudo y podría todavía servir de modelo conceptual para muchos países de América Latina, por no decir, todos. (Fragmentos de esa Constitución aparecen en esta misma edición).

 

En esa asamblea se reunieron “burgueses y proletarios”, comunistas y liberales, generales y doctores, genuinos representantes del pueblo y no solamente de una clase, para dotar a la nación cubana de un instrumento jurídico ejemplar y contundente, que sentó las bases para la modernización y el desarrollo del país.

 

Que el mismo promotor de esa asamblea constituyente haya auto-pisoteado su positiva iniciativa doce años después con un incruento, indecente e innecesario golpe de estado, que en definitiva ha sido el hilo que nos condujo a la tragedia actual que suma cincuenta y seis años, no resta un ápice de mérito al pensamiento político cubano capaz de concebir la Constitución de 1940.

 

Uno de esos constituyentes, electo en representación de Manzanillo, Oriente, que entonces declaraba cínicamente que en la Unión Soviética se podía discrepar libremente del gobierno (a lo que Orestes Ferrara respondió: Sí, pero una sola vez en la vida”) o que la bandera batistiana del 4 de septiembre era “la bandera de la revolución” (aseveración que Eduardo Chibás se encargó de pulverizar) fue el encargado por Fidel Castro de elaborar el engendro constitucional de 1976, que entre sus aseveraciones “independentistas” proclamaba la eterna hermandad con la Unión Soviética, y “garantizaba” la libertad de expresión si no era para “atacar” a la revolución, es decir, la libertad de expresión era válida solamente para defender la revolución, vale decir, al Comandante.

 

En sus inicios, esa flamante constitución democrática, la más perfecta del mundo en toda su historia, según el régimen, determinaba que los diputados a la Asamblea Nacional, encargados de elegir el Jefe de Estado y Gobierno, eran “electos” por las asambleas municipales.

 

Ante tamaño escándalo, en otro proceso de “debate” alrededor de un Congreso del Partido Comunista de Cuba, se reclamó por la población y los militantes la elección directa de los diputados, y eliminar su elección a través de las asambleas municipales.

 

El muy democrático Comandante en Jefe, entonces todavía no en cama, después de castrar la mayoría de las propuestas de cambios y reformas presentadas entonces por los cubanos, admitió a regañadientes la elección de diputados por el voto directo de la población.

 

Para al año siguiente lanzar la “estrategia del voto unido”, temeroso de la posibilidad de que algún mortal pudiera obtener más votos que él mismo, lo que sería algo así como nacionalizar a Dios en la Tierra.

 

Y de entonces a la fecha, la “estrategia del voto unido”, es decir, la “unanimidad” en la “elección” de los dirigentes, ha sido la constante del maravilloso y perfecto sistema electoral cubano, tan avanzado y tan revolucionario que permite conocer los resultados de las “elecciones” antes de comenzar la votación. No estando tranquilo ni jugando al seguro, cuando postula 614 candidatos para igual cantidad de cargos, el régimen necesita además el voto unánime y sin réplica para poder dormir. Y hasta "Granma", que los domingos permanece más inmóvil que el Comandante en Cama, ha tenido que trabajar este domingo para "informar" sobre la fiesta democrática totalitaria.

 

La semana anterior en otro análisis sobre el tema Cubanálisis-El Think-Tank anticipó: “…la ley cubana autoriza que a las personas imposibilitadas de asistir a votar por problemas de salud se les lleve la boleta hasta el sitio de convalecencia. Y, tercero, en el caso de Fidel Castro le llevarían la boleta hasta el mismo infierno, aunque no lo previera la ley, para dar la noticia de que el Comandante ejerció su derecho al voto”.

 

Ayer, domingo 20 de enero de 2008, Fidel Castro, después de casi 18 meses “provisionalmente” retirado del poder y en “recuperación” permanente, quien según su hermano el Sucesor “se encuentra saludable sobre todo su mente”, (eufemismo para encubrir que físicamente no anda nada bien), se atreve a escribir (ya reconoció que no está en condiciones de hablar) incoherencias como ésta, que la prensa oficial reproduce de inmediato, incluyendo una versión en inglés y un video, no del votante sino del heraldo que anuncia la buena nueva:

 

Vientos fríos procedentes del norte, acompañados de lloviznas y lluvias en la región occidental del país, pretenden conspirar contra nuestras elecciones. He cumplido ya, pero no me mojé, tuve el privilegio de que un miembro de la mesa electoral de mi colegio me visitó, al igual que a otros en mi caso. Hice uso del voto unido por cuestión de conciencia, a pesar del tiempo ya a las 8:15 de la mañana, en la región habían votado, según se informa, más del 25% de los electores.

 

Los resultados del circo electoral se conocen de antemano. La prensa digital obsesionada con la grandeza del Comandante pasará varios días o semanas destacando la extraordinaria victoria de la democracia más perfecta del mundo.

 

Y comenzarán las especulaciones hasta el 24 de febrero, fecha de la primera sesión parlamentaria. Los "pitonisos" se repartirán a partes iguales entre farsantes del análisis y quienes ven el drama cubano con mentalidad de revista del corazón. Solamente los analistas más serios serán cautelosos y moverán diferentes hipótesis y escenarios posibles, mientras los servicios de inteligencia tratarán inútilmente de buscar señales imposibles de encontrar: la élite, la de verdad, es muy reducida y no habla.

 

Allá quienes se guíen por Mariela Castro o cualquier otro personaje del folklore sucesional cubano para tratar de entender.

 

Mientras tanto, Ricardo Alarcón seguirá hablando de las maravillas democráticas cubanas: porque además de que le gusta mucho hablar y escucharse a sí mismo, y miente sin sonrojarse, no hay muchos “dirigentes” castristas a quienes se les pueda ordenar “reflexionar” en público sin barbarizar. Imaginemos a Felipe Pérez Roque, supuesto “delfín”, o a Hassan Pérez, teorizando sobre el tema de la democracia en Cuba..

 

Hay muchas cosas que escasean en Cuba: una de las más significativas es el talento y la vergüenza de sus dirigentes “democráticamente” electos, que hasta ahora se las han arreglado para engañar a una parte del pueblo todo el tiempo, o a todo el pueblo una parte del tiempo.

 

¿Hasta cuando?