Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Un año sin (pero con) Fidel Castro

 

Ha pasado ya un año de la muerte de Fidel Castro, y muchísimas expectativas han cambiado desde entonces dentro y fuera de la isla, desde aquella ilusión de “no Castro no problem” hasta la de que una sucesión en La Habana podría convertirse en transición a la democracia, o al menos hacia algún tipo de célebre “modelo” asiático, debido a las “reformas” raulistas que aparentemente se habrían puesto en marcha mucho antes.

 

Sin embargo, la testaruda realidad ha demostrado otras cosas: ni la muerte del tirano fue el inicio del resquebrajamiento del régimen totalitario, ni la oposición interna ni el exilio tienen estrategias sólidas y creíbles para erigirse en alternativas verdaderas al capitalismo monopolista de estado en su versión más tercermundista que se está aplicando en la isla, donde ni aquellos que dirigen tienen la más mínima noción de hacia dónde van y qué pasos hay que dar para llegar a donde se quiere, porque a ciencia cierta ni siquiera se sabe lo que se quiere, más allá de mantenerse en el poder y continuar enriqueciéndose.

 

Cuba entera ha girado por casi sesenta años alrededor de la figura del “Comandante en Jefe” totalitarista, quien lo mismo definía el nivel de la deuda externa que podría alcanzar el país un año determinado o la cantidad de caramelos que deberían mandarse para avituallar a las tropas cubanas del cuerpo expedicionario en Angola, que la cantidad de viviendas que deberían fabricarse cada año, aunque más bien habría que decir la cantidad a planificar construir cada año, porque el plan nunca se cumplía.

 

Y, tras su muerte, ni siquiera quienes le han sucedido en el poder han sido capaces de diseñar maneras aceptables de gobernar para mantener a flote la isla-finca, al menos en condiciones propias del siglo 21 y de un país occidental: compararse con Papua-Nueva Guinea, Níger, Honduras o Haití, para decir desde La Habana que en Cuba las cosas están mejor, es solamente consuelo de tontos evocando el mal de muchos.

 

Vivir rememorando un pasado que nunca fue como cuenta la narrativa oficial para utilizarla como sustento de la actual propaganda de la dictadura lo único que demuestra es que el régimen, que anteriormente renegó del pasado de la nación cubana durante muchísimos años, ahora tampoco tiene ni presente ni futuro. Y por eso necesita tratar de convertir en Dios a Fidel Castro: si el tirano no hubiera existido haciéndole daño al país durante casi deis décadas, la actual mediocre gerontocracia cubana hubiera tenido que inventarlo, porque no tienen otra cosa que ofrecer a los cubanos.

 

Porque a la dictadura y lo único que verdaderamente le queda es continuar dándole vueltas y más vueltas a la noria castrista con la ya sexagenaria cantaleta de lo mal que estaban las cosas antes de “la revolución” y lo promisorio que resulta el futuro bajo la fusta militarista en la finca administrada por los mayorales de Birán, aunque en realidad el país se esté cayendo a pedazos y lo único que tengan persistencia y futuro son la frustración y la desesperanza.

 

El régimen impone el terror, más que nada, porque él mismo está aterrorizado, porque sabe que el pueblo cubano lo rechaza, y su mejor opción para sobrevivir es apoyándose en la represión y la demagogia.

 

Su conducta ante la farsa electoral para elegir funcionarios municipales, amañado proceso que culminaría con un gigantesco circo demagógico el pasado 26 de noviembre, donde los represores impidieron por todos los medios posibles -y todos absolutamente carentes de legalidad y hasta de moral- la nominación de candidatos independientes, lo que no debería sorprender a nadie, puesto que ya había sido anunciado por el aparente delfín de la dictadura en un video sospechosamente “filtrado”, demuestra a las claras el absoluto pánico gubernamental ante cualquier pensamiento independiente o cualquier alternativa medianamente decente frente a su fracasada ideología, y su desprecio por la legalidad y el respeto a los cubanos.

 

Defender hoy un marxismo-leninismo centenariamente fracasado y rechazado por todo el mundo, como hace la tiranía actualmente, lo único que demuestra es la falta absoluta de una alternativa ideológica mínimamente aceptable y coherentemente moral y decente.

 

Llamarse a sí mismos martianos cuando ni siquiera han leído una pequeña parte de sus obras ni conocen al menos superficialmente su pensamiento, más allá de un par de frases trilladas y repetidas ad nauseam, deformando su concepto y su contexto, puede brindar algunos titulares aburridamente sensacionalistas en la prensa oficialista, pero no resolverá ningún problema concreto del país ni contribuirá a ningún progreso específico.

 

La aburrida prensa oficialista cubana es una de las pocas en el mundo que en vez de hablar sobre lo que acaba de suceder, lo que está sucediendo y lo que se pronostica que sucederá, se refiere continuamente a lo que sucedió hace décadas, o más exactamente a esa versión tergiversada de lo que sucedió hace décadas narrada por el departamento ideológico del partido comunista, que, como es natural, ni se ajusta a la verdad ni tiene la más mínima aplicación práctica ante los problemas cotidianos de la población.

 

La versión palaciega sobre la supuesta extraordinaria “visión” del “Comandante en Jefe” durante la crisis de los misiles o en el desarrollo de la moringa como fuente mágica de alimentación, no contribuye a mejorar las mesas de los cubanos a la hora de la cena ni a reparar los techos y paredes de sus viviendas, ni a mejorar las condiciones de transporte o higiene y salud de las comunidades. Pero hay que recurrir a esas fantasías porque no hay nada concreto que mostrar a los cubanos, y por eso siguen fabricando a plazos un Dios castrista sin paraíso ni purgatorio, donde solamente el infierno es lo que viven diariamente los cubanos.

 

Mucho menos sirve el deificación del invicto sin victorias para interesar y atraer a inversionistas extranjeros dispuestos a arriesgar su dinero en un país sin garantías jurídicas ni transparencia informativa, donde el Estado de derecho ni siquiera es una caricatura de lo que debería ser en un país decente, y donde la consistencia de las inversiones o la propia libertad de los inversionistas depende de los siempre cambiantes humores del régimen o de sus intereses específicos del momento, que cambian como veletas al viento.

 

Repetir en el vacío aquello de que “viví en el monstruo y le conozco las entrañas” no le sirve ni le basta al régimen para evitar, o al menos desestimular, todos los intentos de la población cubana, básicamente la más joven y la más calificada, de irse a vivir a ese “monstruo”, o a cualquier lugar del mundo, para escapar del desierto conceptual y la falta de perspectivas prácticas de una dictadura “antiimperialista” que lo único que sabe hacer, además de reprimir a los cubanos de a pie y “preocuparse” demasiado para evitar que se enriquezcan, es precisamente enriquecer continuamente a sus sostenedores, jenízaros y beneficiarios directos, mientras hipotecan cada vez más el futuro de un país que cada minuto que transcurre resulta más lúgubre y estéril que los anteriores.

 

Victorias pírricas del régimen, como la timorata conducta de la vacilante Unión Europea justificando la dictadura castrista como “democracia de partido único”, o la inmoral conducta latinoamericana y caribeña de olvidar las injerencias y crímenes castristas en sus respectivos países a cambio de médicos y consuelos “antiimperialistas” para tranquilizar a las izquierdas carniceras continentales, sirven de muy poco para hacer no ya avanzar, sino al menos funcionar, a un país en crisis permanente y estructural.

 

Independientemente de que las medidas tomadas por el presidente Trump contra el régimen puedan resultar más o menos trascendentes, o de que en la tan inefectiva y corrupta Organización de Naciones Unidas se vote abrumadoramente cada año “contra el bloqueo”, en un espectáculo que la representante de Estados Unidos calificó justamente como “teatro político” (aunque mejor podría haberlo calificado como “circo” de barrio), no ofrece legitimidad moral a una dictadura que, en el plano internacional, solamente cuenta con amigos tan dilectos y prestigiosos como Nicolás Maduro y Evo Morales, ambos con sus narcotraficantes que los secundan en sus gobiernos, así como el irresponsable pendenciero Kim Jong-un, el carnicero Bashir al Assad, los ayatolas patrocinadores del terrorismo internacional, o el ahora defenestrado Robert Mugabe.

 

El hecho de que unos pocos “periodistas” en el plano internacional, fundamentalmente de la agencia española EFE, la francesa France Presse y la americana Associated Press acreditados en La Habana, así como periódicos de Estados Unidos, Europa y “Nuestra América”, que festinadamente “analizan” la realidad cubana y como regla consultan habitualmente las mismas “fuentes”, básicamente personeros del aparato de inteligencia con ropajes diplomáticos o académicos, que inevitablemente ofrecerán una versión edulcorada del régimen y sus perspectivas, no puede cambiar la realidad de una nación en crisis y sin un futuro claro.

 

Ningún gobernante decente apoya realmente a la dictadura cubana, y si alguno debe convivir con ella, o al menos aparentar determinadas relaciones civilizadas, es más bien por necesidades de Estado o, peor aun, por puro oportunismo económico para proteger intereses de sus empresarios establecidos o deseosos de establecerse en Cuba, o para lograr a cambio la presencia de brigadas médicas y otros “colaboradores” en sus países, que representen para esos gobernantes, ante todo, réditos políticos.

 

Por eso, tras un año sin (pero con) Fidel Castro, la dictadura castrista tiene  que seguir atiborrando a los cubanos con las reiteradas e interminables leyendas y delirios sobre el difunto, algunas que rozan o se insertan en lo más profundo de la ridiculez y la cursilería, porque no tiene nada concreto que ofrecer a los cubanos más allá del más de lo mismo y una represión despiadada y sin hojas de parra, “elecciones” inútiles y fraudulentas, falsas promesas, como de costumbre, y las ilusiones de una “transición” para nada democrática que colocaría en cargos de gobierno, no en el poder que mantendrán los “históricos” a través de sus cargos partidistas, a inmorales sicarios de segunda categoría, sin historia “revolucionaria” ni mucho menos talento, más allá de la sumisión oportunista, la falta de imaginación y creatividad, y las ambiciones personales desmedidas e inmerecidas. Nada más.

 

Porque además de la completa falta de voluntad para hacer algo diferente y que fuera realmente favorable para la nación cubana y para todos los cubanos, lo que es evidente que no les interesa para nada, está también el fenómeno de la absoluta indigencia intelectual y conceptual de esos tullidos morales de la tiranía que se proponen constituir el relevo de una generación “histórica” que cada vez resulta más “histérica” e inmoral. Y que lo único que realmente ha demostrado con creces es ser buena para nada.

 

Que se pretende que sea reemplazada por una pandilla de mediocres que no solamente no quiere, sino que tampoco puede hacer algo decente, no solamente por falta de hormonas, sino también de neuronas.

 

¡Triste destino de los cubanos después de casi sesenta años de “revolución”!

 

Tener que depender del “legado” de Fidel Castro, y muy pronto también del de su hermano Raúl Castro.

 

Que en realidad no ha sido nunca ni podrá ser un legado, sino más ninguna otra cosa que un “legrado”.