Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

              Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Un año después del Congreso del Partido Comunista

 

El inmovilismo parece estarse convirtiendo en un mal cubano generalizado, y no solo por parte del régimen totalitario: también entre cubanos que analizan el tema Cuba en todas partes del mundo se puede notar cierta tendencia en este sentido.

 

Y, lamentablemente, cada vez que termina una de esas discusiones entre cubanos, de las que se desarrollan varias veces al día en cualquier parte del mundo, no avanzamos ni un milímetro en la comprensión, el reconocimiento o la aceptación de los criterios del otro, y muchas veces no vacilamos en lanzar “respetuosas” diatribas (en el mejor de los casos) contra quienes piensan diferente.

 

Y que quede claro que cuando hablo de “quienes piensan diferente” no me refiero ni por un instante a la gerontocracia ni a los funcionarios y los defensores -asalariados o voluntarios- del régimen, ni mucho menos a sus abusadores agrupados en turbas para dar golpes y cabillazos, o disfrazados de camilleros de la Cruz Roja, sino a los que se supone que queremos un futuro de libertad y un Estado de derecho para nuestro país.

 

Ya el Papa regresó al Vaticano hace varios días y desde allá celebró la Semana Santa para todo el mundo, pero muchos compatriotas le siguen dando vuelta a la noria de la visita papal a Cuba, lo que fue y lo que debió ser, o lo que pudo ser y no fue, o lo que no debió ser pero fue, y se siguen desgastando discutiendo si hay que beatificar, convertir en “venerable”, excomulgar o crucificar al cardenal Jaime Ortega, como si fuera lo único importante relacionado con Cuba en estos momentos.

 

Mientras tanto, parecen ni acordarse o darse cuenta de que se va a cumplir un año de la realización del Sexto Congreso del Partido Comunista y el establecimientos de los tan traídos y llevados “Lineamientos Económicos y Sociales”, y que en esta semana que comienza se desarrolla un complejo proceso de relaciones internacionales que tienen que ver con nuestra patria y su dictadura.

 

Vietnam

 

En primer lugar, este domingo llegaba a La Habana el secretario general del Partido Comunista de Vietnam, para una visita “oficial y amistosa” de cinco días. Aunque el régimen jure y perjure que busca un camino propio (¿quién sabe hacia dónde?) en su “actualización del socialismo”, y que aprende de todos pero busca la originalidad autóctona, y aunque se habla mucho por muchas personas de simpatías dentro del poder hacia “el modelo chino”, la “vía” vietnamita es lo que verdaderamente inspira a la gerontocracia y a los tecnócratas que tratan de definir los mecanismos para evitar el hundimiento del Titanic tropical.

 

No olvidemos que Vietnam cautivó el imaginario de los militares cubanos durante las décadas de los sesenta y los setenta del siglo pasado. Cuando todos los intentos guerrilleros “antiimperialistas” que fomentaron y en los que participaban fracasaban en el intento de “crear dos, tres, muchos Vietnam”, esa nación de la península indochina batía y vencía a Estados Unidos en una guerra prolongada y a un costo humano y material espantoso, (con la inestimable ayuda de grupos ultra-liberales norteamericanos librando su propia batalla contra la guerra en las calles de Estados Unidos), y posteriormente rechazaron en pocos días una invasión china. Así, los vietnamitas se convirtieron en el modelo de actuación a admirar por los todavía comandantes cubanos (los grados de general comenzarían a finales de 1976).

 

No es casual, en términos de doctrina militar, que en 1975 y durante más de una década, se pasara de la fracasada doctrina fidelista del “foco guerrillero” a la de la guerra de posiciones con cuerpos expedicionarios en África, primero en Angola y después en Etiopía, donde correspondía a la Unión Soviética colocar el armamento y todos los medios militares necesarios, mientras desde Cuba se enviaban los jefes de tropas, la oficialidad y los soldados.

 

Fidel Castro y los militares cubanos recreaban en África “el espíritu de Vietnam” frente a enemigos con menos desarrollo militar, tecnológico y económico que Estados Unidos, como Sudáfrica y Somalia, pero, comoquiera que sea, lograron lo que no pudieron lograr en la historia moderna potencias europeas como Inglaterra, Francia o Portugal: ganar dos guerras en África que se desarrollaron simultáneamente.

 

Y que nadie se confunda: en el plano estrictamente militar, ambas guerras las ganaron los cubanos, aunque el desarrollo posterior de los acontecimientos permita preguntarse, con más razón todavía que entonces, por qué debía una pequeña y lejana isla de Caribe sufrir miles de bajas al involucrarse en aquellos conflictos en el continente africano. Pero ese es otro problema, que tiene que ver con el desmesurado ego y el delirio de grandeza de Fidel Castro.

 

Eso sucedió hace ya más de treinta y cinco años. Entonces esos militares estaban en su plena madurez, pero muchos de los cubanos de hoy o no habían nacido o eran demasiado jóvenes cuando esa historia se materializó, y la propaganda controlada cuenta solamente lo que le interesa al poder, y suprime convenientemente lo que no le interesa. En aquellos tiempos, el hoy secretario general del partido comunista vietnamita, que en estos días cumplirá 68 años, ni siquiera ocupaba un cargo relevante en el comité central del único partido existente en la nación indochina.

 

Pero aquellos comandantes y capitanes cubanos hoy son generales y coroneles, ministros y gerentes, y entonces, no olvidemos, escuchaban a los hermanos Castro, Fidel y Raúl, alabar a los vietnamitas (“por Vietnam estamos dispuestos a dar hasta nuestra propia sangre”), mientras que con relación a los hoy tan “amigos chinos” se referían entonces como “los mandarines de Pekín” y se burlaban de Mao, el “gran timonel”. Y se comentaba en los estados mayores cubanos que mientras los vietnamitas no claudicaban ante la guerra y las presiones norteamericanas, los chinos “se aflojaban”. Quien dude lo que aquí se señala, que busque en las revistas “Verde Olivo” y los periódicos “Granma” de esas fechas.

 

Esas victorias de los militares cubanos en África durante más de una década a partir de 1975, muy bien condimentadas por la maquinaria propagandística del régimen y los mecanismos de “educación política” de las fuerzas armadas, reforzaron la admiración emocional y sicológica de los militares cubanos por los vietnamitas y su espíritu guerrero. Y fue natural que posteriormente se hayan impresionado también con los sorprendentes avances económicos de Vietnam con su proceso de reformas conocido como “Doi Moi” (renovación, palabra cercana a “actualización”). Su desarrollo ha llegado al extremo de que los asiáticos, que aprendieron a cultivar café con los cubanos, sean ahora grandes productores que venden ese grano a la Isla, mientras que en Cuba la cosecha de café, como la de azúcar y tantas otras cosas, continúa “cuesta abajo en su rodada”, como dice el tango.

 

¿Tiene algo de extraño entonces que cuando esos generales, que ahora desde el poder tienen un control absoluto de la economía y necesitan enderezar el país de alguna manera para evitar el caos total y el estallido social en el país, al mirar a su alrededor para buscar experiencias que demuestren resultados concretos, se inclinen más hacia Vietnam que a cualquier otro país?

 

Raúl Castro no podrá declararlo directamente, o tal vez no le convendría hacerlo, y lo que pueda decir el señor Marino Murillo en este sentido es de relativa importancia, pues al baile de los militares no pueden entrar los civiles. En realidad, desde el punto de vista de predisposición emocional, todos esos hoy veteranos militares cubanos soñaron o sueñan con parecerse al general Vo Nguyen Giap, que lo mismo dirigía una “ofensiva del Tet” que una columna blindada por la “ruta Ho Chi Minh” o un ataque de morteros contra la base de Da Nang, y daba su visto bueno a un proceso de renovación que garantizaría, sin perder el poder, mejoras en las condiciones de vida de la población y crecimiento económico del país.

 

Y a todos los menores de cincuenta años (qué son un importante porcentaje de la población que reside en Cuba en estos momentos) que habrán leído en el párrafo anterior nombres que no entienden o no conocen su significado, no les será demasiado sencillo entender esta predisposición de los generales de la gerontocracia hacia los vietnamitas, pero es así: para la cúpula neocastrista, de los chinos, bienvenido el arroz frito, los autos Geely y sus enormes recursos financieros y su comercio, pero si de “modelos” y “actualizaciones” se trata, les interesan más los vietnamitas.

 

Eso explica que el secretario general del Partido Comunista de Vietnam realice en estos momentos una visita de ¡cinco días! a Cuba, que sumando viaje de ida y vuelta requiere casi una semana completa fuera de su país y de sus tareas.

 

Tal vez la información pública que pueda conocerse sobre los resultados de esta visita resulte limitada y no mencione determinados aspectos, pero siguiendo este periplo de cerca podrían encontrarse pistas interesantes sobre los próximos pasos del régimen en su “actualización del modelo”.

 

Cartagena de Indias

 

Mientras que tantos compatriotas siguen desgastándose y discutiendo apasionadamente las eventuales culpas del Cardenal y carencias del Papa, también esta semana, en Cartagena de Indias, Colombia, se llevará a cabo la Sexta Cumbre de Las Américas, donde el régimen cubano no podrá participar y estará físicamente ausente.

 

Sin embargo, en realidad se expresará “como presente”, porque algunos de los países que apuestan a los extremos quieren convertir el debate de la participación de los hermanos Castro en la Cumbre de Las Américas en el centro de la atención, obviando o subestimando otros temas de interés continental que se encuentran en agenda.

 

El aspecto público del asalto contra la Cumbre de Cartagena comenzó a inicios del año, en la reunión del ALBA en Caracas, cuando el presidente ecuatoriano Rafael Correa, quizás buscando rellenar el vacío de liderazgo que él supone que indefectiblemente se producirá con la enfermedad de Hugo Chávez, propuso boicotear la Cumbre de Las Américas que se desarrollará en Cartagena de Indias, Colombia.

 

Desesperadamente necesitado de un reconocimiento internacional que no logra, sobre todo después de su burda actuación contra el poder judicial y la libertad de prensa en su país, Correa planteó que los países de esa organización no deberían asistir a la Cumbre si el gobierno cubano no era invitado, creando una delicada situación diplomática al país anfitrión, aunque posteriormente se justificó señalando que “Nuestro ánimo no es ser protagonistas de nada, no llamar la atención de nadie, peor causarle un problema a Colombia en la organización de la Cumbre”.

 

Estados Unidos, como resulta costumbre en su política exterior, y con el apoyo de Canadá, se mantuvo en el plano racional, declarando sencillamente que las Cumbres de Las Américas son cónclaves de gobernantes democráticamente electos en el continente americano, por lo que la presencia del gobierno cubano estaba descartada.

 

Con relación a las amenazas del presidente ecuatoriano de no participar, la posición oficial de los norteamericanos fue escueta, pero firme: “Es la decisión del señor Correa”, fue todo lo que dijo el Departamento de Estado. “Nos gustaría que la cumbre tuviera la mayor asistencia posible, pero si el señor Correa no quiere ir, está en todo su derecho”, añadió otro vocero oficial.

 

Sin embargo, al ambos países subestimar el plano emocional del asunto, plano donde son tan destacados los gobiernos latinoamericanos -quizás precisamente, entre otras cosas, por sus debilidades en el plano racional- no se pudo evitar que el alboroto generalizado en “Nuestra América” se extendiera, y aunque no se pudo lograr el “consenso” para invitar al régimen de La Habana, es un tema que ha quedado latente, y que de todas maneras aflorará en Cartagena.

 

Baste decir que, aunque ni siquiera los propios “bolivarianos” del ALBA secundaron al presidente de Ecuador en su amenaza de boicot y no asistencia a la Cumbre -Rafael Correa se quedó aislado en este sentido- ningún país latinoamericano o del Caribe ha declarado abiertamente su oposición a la participación de la dictadura cubana en este tipo de reuniones, por lo que es de esperar que serán enormes las presiones para lograr la inclusión de la camarilla de La Habana en la siguiente Cumbre.

 

Y si no bastara con el tema Cuba para crear dificultades, ha surgido también el de las Islas Malvinas (Falklands) y las populistas reclamaciones del gobierno de Argentina, también necesitado de desviar la atención de problemas internos de su economía. Ya también lo que dijo el presidente Correa anticipa que el tema sonará en la Cumbre: “Tenemos que pararnos firmes para cambiar cosas intolerables, como la exclusión de Cuba de la Cumbre de las Américas”, o “la colonia inglesa que tenemos en nuestras narices”.

 

América Latina le reprocha a Estados Unidos su alineación con la Inglaterra de Margaret Thatcher en el conflicto armado de 1982, aunque todos saben que la dictadura argentina jugó la carta de las Malvinas tratando de desviar la atención de los enormes problemas internos, la brutal represión, y falta de popularidad que enfrentaba en esos momentos. Por muy repugnante que haya sido esa dictadura argentina, siempre el “antiimperialismo” innato de los latinoamericanos se impone por sobre los demás sentimientos, y mucho más por sobre todas las razones.

 

Sin embargo, el presidente ecuatoriano tuvo que conformarse con apelar a lo abstracto y etéreo para tratar de justificar su aislamiento: tuvo que reconocer que con su ausencia en Cartagena de Indias se privaría de una oportunidad para conversar con sus homólogos de la región, pero quiso justificarse a sí mismo al decir: “Más grande es la firmeza de nuestras convicciones”. Lenguaje típico de Fidel Castro para justificar un sinsentido.

 

De seguro que en el tema de las Malvinas América Latina y el Caribe se unirán en bloque a la presión contra Inglaterra, en una posición “anticolonialista” que siempre resultará popular y fácil de adoptar, y tanto Estados Unidos como Canadá tendrán que maniobrar para aceptar una propuesta no demasiado incendiaria, que les permita quedar bien con sus colegas del sur, aunque sin dañar con ello sus privilegiadas relaciones con Gran Bretaña.

 

Sin embargo, ambas naciones deberán demostrar una posición muy firme en el tema de la admisión del régimen de La Habana en las Cumbres, porque aceptar a la dictadura cubana en esos cónclaves sería ceder a las burdas presiones “antiimperialistas” de algunos gobernantes latinoamericanos, que cuentan con la complicidad silenciosa del resto de sus pares del continente y los caribeños. Algunos de ellos por calladas simpatías hacia el gobierno de la Isla que se enfrenta al país que envidian, pero temen, y otros porque tienen intereses muy específicos en sus relaciones con Cuba y les importa muy poco el destino del pueblo cubano y de sus libertades fundamentales. Si por envidia o conveniencia se logra ese propósito, se desvirtuaría definitivamente el sentido de estas Cumbres creadas a partir de 1994.

 

Con la campaña de las elecciones presidenciales varios meses por delante, diversas fuentes diplomáticas consideran que el presidente Obama estaría interesado en que las discusiones se concentraran en problemas de comercio y seguridad y que no se diera demasiada importancia a tantos temas candentes y espinosos, porque con la campaña presidencial ya de hecho comenzada y las elecciones de noviembre a la vuelta de la esquina, el presidente norteamericano preferiría una cumbre tranquila y sin sobresaltos, y que “si con algo no querrá tropezar en ese camino, eso es justamente, América latina”.

 

Por consiguiente, parece que lo que se debería esperar realistamente al final de esta Cumbre sería mucho más una bella declaración de consenso y buenos deseos sobre todos los temas traídos a debate, pero como enunciados de intenciones y de ninguna manera como compromisos concretos. Lo que en cierto sentido daría la razón a quienes insisten en la futilidad de estas reuniones cumbres latinoamericanas, a la cabeza de los cuales se encuentra el enfant terrible ecuatoriano Rafael Correa.

 

Todo este circo que se viene montando en los últimos tres meses alrededor de la participación del régimen de La Habana en una reunión cumbre de gobernantes democráticamente electos en cada uno de sus países (aun con las manchas de algunos de ellos dudosamente “electos”), desviará la atención de graves e ingentes problemas que los países de América Latina y el Caribe deberían analizar muy seriamente con Estados Unidos y Canadá.

 

No porque sean “lacayos del Imperio”, como dicen tantos idiotas, sino porque son las únicas naciones de este continente que cuentan de verdad con tecnologías y recursos suficientes, además de con la voluntad necesaria, para enfrentar los males y lacras que destruyen a nuestros países.

 

Narcotráfico, terrorismo, insurgencia, inmigración ilegal, lavado de dinero, inseguridad ciudadana, corrupción, venalidad, pobreza, derechos humanos, discriminación étnica y racial, contrabando, tráfico de armas, tráfico humano, militarismo, carrera armamentista, falta de competitividad, limitados presupuestos de educación, investigación y desarrollo, dependencia energética o seguridad alimentaria, entre muchos otros problemas, son temas que ameritan la atención y las decisiones de los gobiernos del continente americano, y que para poder encontrar soluciones viables necesitan de la cooperación, la experiencia y los recursos materiales y financieros que pueden aportar Estados Unidos y Canadá.

 

La posición oficial de los anfitriones colombianos no está a favor de la confrontación, sino de la búsqueda de soluciones aceptables. “Nuestro gobierno se fijó como reto hacer de la VI Cumbre de las Américas una cita con resultados concretos en materia social e integración, en la que además se pongan sobre la mesa asuntos espinosos como Cuba, Malvinas y políticas antidrogas”, dijo recientemente la canciller colombiana, María Ángela Holguín. El hecho de mencionar que “además” de resultados concretos en material social e integración se discutan otros temas, no deja dudas de la importancia menor que se le pretende conceder a esas polémicas altamente politizadas.

 

Dedicarse a buscar soluciones a los graves problemas que afectan a todo el continente americano sería mucho más importante, interesante y útil que pretender entrar en discusiones bizantinas sobre algo tan elemental como si en una reunión de gobernantes democráticamente electos deberían participar gobernantes que no han sido electos en las normas de la democracia que se reconocen como válidas en el hemisferio occidental, y que en realidad deben ser considerados como lo que son: dictadores puros y duros.

 

Sin embargo, además de los más “militantes antiimperialistas” del continente, que serán encabezados por Hugo Chávez, Evo Morales y Daniel Ortega, -Correa estará ausente- es de esperar que la argentina Cristina Fernández, el paraguayo Fernando Lugo, el boliviano José Mujica, el peruano Ollanta Humala, el mexicano Felipe Calderón y el salvadoreño Mauricio Funes apoyarán, por convicciones “progresistas” y antiestadounidenses, y también para complacer a sus respectivas izquierdas locales, a veces no muy significativas pero si demasiado bullangueras, la entrada del régimen cubano al exclusivo club de los gobernantes democráticamente electos.

 

Otros gobiernos latinoamericanos del continente, independientemente de sus convicciones ideológicas, tienen demasiado interés en mantener buenas relaciones con el régimen cubano en estos momentos para arriesgarse a enfrentamientos abiertos con La Habana: son los casos del país anfitrión, Colombia, que desea la cooperación de La Habana para terminar con el cáncer de la narcoguerrilla que desangra al país, y de Brasil, que está apostando al futuro de una transición al capitalismo de estado y la apertura a la inversión extranjera, y que se está posicionando con millonarias inversiones en Cuba para en un futuro disputar la supremacía sobre la Isla a Estados Unidos.

 

Quedarían entonces el gobierno de Chile, con suficientes problemas locales en estos momentos y bastantes presiones de la izquierda, y naciones más pequeñas en sus economías, como Costa Rica, Haití, República Dominicana, Guatemala, Honduras, Panamá, Belice, y las pequeñas naciones isleñas caribeñas, que pueden buscar desarrollar relaciones comerciales y de cooperación con el régimen que resulten convenientes para sus propios países, o que al menos no ganarían nada en un enfrentamiento con la dictadura de los hermanos Castro.

 

Si Estados Unidos, con el apoyo de Canadá, se mantiene firme, la entrada del gobierno cubano en ese cónclave sería imposible, pero las dos naciones norteñas tendrían que arriesgar sus relaciones con todos los países latinoamericanos y caribeños, y hasta el futuro de las mismas cumbres, porque sin dudas los más “duros” de la región se sentirían felices dinamitando las Cumbres de las Américas y sustituyéndolas por las de la Comunidad Económica de América Latina y el Caribe (CELAC), donde están excluidas las dos grandes democracias anglosajonas del continente americano.

 

Estados Unidos y Canadá tienen interés en mantener buenas relaciones políticas y comerciales con todos sus vecinos del continente, pero habría que ver hasta que punto ese interés debería y podría forzarles hasta ceder en un punto que resulta definitorio, y que no puede decidirse por argumentos emocionales, puesto que de imponerse los criterios “antiimperialistas” se reducirían hasta la insignificancia las Cumbres de Las Américas, y se debilitarían grandemente la influencia y hasta el prestigio mismo de ambas naciones en el continente.

 

No habrá que esperar demasiado para conocer el resultado de esta puja y el destino de estas Cumbres para los próximos años: en pocos días sabremos como se desarrolló y terminó todo, y cuales serán los pasos a esperar en el futuro.

 

La “actualización del modelo” y las reformas que avanzan demasiado lentas

 

Finalmente, entre los asuntos que tienen que ver con la realidad cubana y a los que no se les ha dedicado mucho tiempo ni análisis últimamente, opacado todo por las polémicas alrededor de la visita papal y la actuación de la Iglesia en Cuba, hay que destacar que se cumple un año de la celebración del sexto congreso del Partido Comunista cubano y la aprobación de los tan llevados y traídos “Lineamientos económicos y sociales” que sentarían la pauta del proceso de transformaciones y reformas que el régimen se empeña en llamar “actualización del modelo económico”, que tantas interpretaciones absurdas han provocado, y que sin dudas ofrece hasta ahora más discusiones que resultados.

 

Hay quienes aseguran que se trata de la inauguración de una perestroika cubana, a pesar de que los funcionarios del régimen insisten claramente en que no habrá reformas de carácter político de ningún tipo. Otros juran que ninguna de esas decisiones sirven para nada (algunos de ellos lo hacen y declaran sin siquiera haberse leído los documentos del congreso). También están quienes llaman a invertir capitales en ese extraño experimento que no tiene definido ni plazos, ni rumbos, ni objetivos específicos.

 

E incluso hay cubanos que viven en el exterior, clasificables como fundamentalmente “respetuosos” de la dictadura de más de medio siglo, que se aprestan a conversar con los funcionarios de la gerontocracia para enterarse de lo que piden, exigen, desean, piensan y hasta lo que les ordenan, aunque a ellos mismos -a los “respetuosos”- no los dejen ni hablar.

 

Están también quienes se desgastan argumentando y contra-argumentando si el caso de los cubanos que vive fuera de Cuba se trata de exiliados o de emigrantes, como si se discutiera de galgos o podencos. Y por otra parte, están quienes siguen buscando soluciones radicales y de fondo, mediante un enfrentamiento infinito y sin la más mínima posibilidad de arreglo, posición que puede resultar respetable, pero que al no poder contar con portaaviones norteamericanos, misiles crucero, y marines o tropas especiales, no tiene posibilidades de materializarse. Si consideramos la política como el arte de lo posible, esas posiciones extremas que se aferran a lo imposible políticas resultan absolutamente desfasadas en nuestros tiempos.

 

Con independencia de los criterios e interpretaciones de cada persona o agrupación, parecería haber toda una serie de realidades que no se deberían desconocer: en primer lugar, ya debería estar muy claro que el “fidelismo” tradicional ha desaparecido, dando paso a un “neocastrismo” raulista que todavía no todos logran percibir, comprender, y mucho menos aceptar.

 

En el país existen aproximadamente unos 370,000 cuentapropistas registrados (y quién sabe cuantos miles que nunca se han registrado ni se registrarán, en la verdadera “economía informal”). Si se les suma quienes han recibido tierras en usufructo, más de 600,000 compatriotas trabajan hoy sin estar directamente sometidos a las coyundas del Estado empleador.

 

Y también están los acuerdos de los Consejos de Ministros ampliados modificando la estructura de la Administración Central del estado y sus órganos locales, así como sobre “experimentos” que tienen que ver con la economía, tales como el establecimiento de cooperativas de servicios fuera del área estatal, lo que es otro golpe mortal al absoluto estatismo empresarial establecido por Fidel Castro desde los años sesenta.

 

Y no olvidemos, aunque todavía hay muchos que tampoco lo acaban de entender, que todos estos procesos reorganizativos y “experimentales” no se desarrollan en el cielo ni en los predios de “la burocracia” en abstracto, palabrita que tanto se repite en estos tiempos, sino que son coordinados, ejecutados y controlados por el general de división que es a la vez el segundo jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y que también tiene a su cargo la preparación y organización de los ejercicios estratégicos “Bastión”, donde el poder se entrena para los casos en que haya que enfrentar sublevaciones populares o situaciones de crisis sociales masivas en el país.

 

¿Casualidad? Allá quienes quieran creer en casualidades: están en todo su derecho.

 

Este primer aniversario del congreso partidista y del ascenso oficial de Raúl Castro al cargo de Primer Secretario, con todas sus promesas de “actualización” y declaraciones altisonantes, y con todas sus acciones, muchas veces primero ejecutadas y posteriormente anunciadas, pero a la vez con una lentitud propia de quienes nadan en una piscina de leche condensada, se celebra en la misma fecha -no por casualidad, tampoco esto es casualidad- que otro aniversario de la invasión de Bahía de Cochinos y los combates que terminaron con la debacle en Playa Girón.

 

Esperemos que este año, aun si no se logra un poco más de objetividad en el análisis de las realidades políticas, económicas y sociales cubanas, al menos no se llegue a ridículos históricos extremos como los del año anterior, al conmemorarse los cincuenta años de la invasión y los combates de Bahía de Cochinos, cuando algunos “periodistas” e “investigadores”, ignorando y despreciando la historia y las evidencias, hablaron hasta de un combate, uno solo de los diferentes que hubo, en el que se ocasionaron más de tres mil muertos entre las tropas del castrismo, a pesar de que las bajas totales rigurosamente documentadas, considerando tanto a los invasores como defensores en la Isla, no sobrepasa el medio millar en todas aquellas acciones combativas.