Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Trump-Cuba: Realismo, principios, sentido común, estrategia electoral

 

Después de semanas y meses de expectativas, se produjo finalmente el viernes 16 de junio el anuncio del presidente Donald Trump sobre su nueva política frente a la dictadura cubana, que se encontraba en un proceso de “revisión” prácticamente desde el momento mismo de la toma de posesión el 20 de enero del 2017.

 

En un discurso de 39 minutos en un abarrotado teatro “Manuel Artime” sin aire acondicionado, en La Pequeña Habana, zona emblemática de Miami desarrollada por los cubanos exiliados a partir de 1960, Trump declaró: “A partir de ahora, estoy cancelando completamente el acuerdo unilateral con Cuba”, dejando sin efecto las directivas políticas establecidas por su predecesor Barack Obama desde diciembre del 2014, fecha oficial del inicio del “deshielo” en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, después de un prolongado proceso de negociaciones secretas durante más de 18 meses entre ambos gobiernos, propiciadas y estimuladas por el Papa Francisco desde El Vaticano.

 

Quedaron sin efecto directivas que el entonces presidente Obama pretendía que resultaran “irreversibles”, padeciendo del mismo mal de todos los “iluminados” del mundo que consideran que después de ellos solamente es posible el diluvio. Y de esta manera quedó sin efecto la absurda estrategia del anterior Presidente, que a pesar de basarse en enfoques inteligentes y efectivos que a largo plazo hubieran sido demoledores para el castrismo, pecó de la grandísima debilidad de ofrecerlo prácticamente todo sin exigir nada a cambio, llegando hasta absurdos como el de abstenerse en una votación en la ONU propiciada por la dictadura cubana, condenando a Estados Unidos por “el bloqueo” contra la isla. ¿Hasta dónde se pueden hacer concesiones al adversario -en este caso al enemigo- cuando desde la otra parte ni siquiera dan las gracias por los gestos amistosos que ofreció Barack Obama?

 

GAESA entra en escena

 

A partir de este discurso del Presidente Trump, prácticamente todo el mundo informativo, político y académico, ha comenzado a hablar de “GAESA” (Grupo de Administración de Empresas, Sociedad Anónima), holding monopólico controlado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) castristas, y a hurgar desesperadamente en informaciones que permitan desentrañar sus detalles y sus principales características, después que el Presidente Trump dejara claro que sus medidas de recrudecimiento y aumento de los controles del embargo iban encaminadas a golpear a las organizaciones empresariales del régimen controladas por los militares: “No deseamos que dólares estadounidenses respalden a un monopolio militar que explota a los ciudadanos de Cuba y abusa de ellos.

 

Esta novísima hornada de autoproclamados “expertos” y “especialistas” sobre el tema cubano no debería pasar demasiados trabajos para encontrar la tan necesaria información fidedigna sobre el tema: bastaría con que revisaran los últimos diez años de “Cubanálisis” en su sección “Todo lo publicado en El Think-Tank” para encontrar varios documentos detallados sobre GAESA y las diversas empresas que lo conforman, sus estructuras y sus mecanismos de funcionamiento. Y, de paso, aunque es cierto que el holding militar castrista controla en Cuba casi tantas habitaciones de instalaciones turísticas como el consorcio norteamericano Disney en todo el mundo, evitarían hablar sinsentidos tales como proclamar que GAESA controla el 80% de la economía cubana.

 

Porque, de acuerdo a como se han venido desarrollando los acontecimientos alrededor del tema cubano en los últimos tiempos, ya no basta con hablar de “El Tuerto” para referirse al hijo de Raúl Castro, o de “El Cangrejo” para mencionar al nieto-escolta que siempre le acompaña en los últimos tiempos, para así poder posar como profundo conocedor de la realidad del castrismo y sus engranajes, ya sea ante las academias o los medios de prensa en Estados Unidos, Europa o América Latina.

 

Y así como Donald Trump planteó una “nueva” política hacia Cuba que mantiene muchos elementos de la de su antecesor, pero que fue “cancelada” a partir del “Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional”, introdujo determinados aspectos que van mucho más allá de lo simbólico, y que en ningún caso pueden verse solamente como que  el Presidente “le está tirando un hueso a los cubanos del exilio para que se entretengan”, como señaló un académico en Miami tras el discurso de Trump.

 

Llamando las cosas por su nombre

 

De entrada, el hecho de referirse al gobierno cubano como lo que es, una brutal dictadura que oprime y martiriza a su pueblo desde hace casi sesenta años, es completamente diferente al enfoque inconsistente del Presidente Obama, absolutamente incapaz de llamar dictadura al régimen castrista.

 

Durante seis décadas el pueblo cubano ha sufrido bajo el dominio comunista. Hasta el día de hoy los cubanos son gobernados por los mismos que dieron muerte a decenas de miles de sus ciudadanos y que intentaron propagar su ideología represiva y fracasada por todo el hemisferio, y que una vez emplazaron armas nucleares enemigas a 90 millas de nuestras costas. El régimen de Castro ha enviado armas a Corea del Norte y sembrado el caos en Venezuela. Mientras encarcelaba a personas inocentes, albergaba a asesinos de policías, secuestradores y terroristas. Ha apoyado el tráfico humano, los trabajos forzados y la explotación alrededor del mundo entero. Esta es la cruda verdad del régimen de Castro. Mi gobierno no la esconderá, no la excusará ni la hará glamorosa, y nunca, nunca, nos haremos los que no la vemos. Sabemos lo que está pasando y recordamos lo que pasó”.

 

En segundo lugar, identificar a las estructuras militares del régimen -y no solamente a GAESA- como los oportunistas beneficiarios de las relaciones económicas con Estados Unidos, y designarlas como los objetivos a golpear con las nuevas medidas, modifica  sustancialmente no solamente la retórica, sino también la forma de pensar y actuar de la administración Trump con respecto a los enfoques en tiempos de Barack Obama.

 

Y en tercer lugar, y no por eso menos importante, declarar claramente que se mantienen todos los elementos de la anterior política que puedan beneficiar a los negocios privados y la población en general, pero no a la dictadura, es otra muestra más de los cambos estratégicos y tácticos que supone la nueva política hacia el régimen por parte del Presidente Trump.

 

Se podrá estar de acuerdo o no con las más recientes decisiones presidenciales, y se podrá pretender clasificarlas como realismo basado en principios o jugarretas electorales para la galería de Miami, pero lo que no cabe duda es que, aunque tengan un gran peso simbólico dentro del escenario geopolítico en general, y se relacionen con medidas prácticas de mayor o menor alcance como las que fueron anunciadas por Trump, van mucho más allá de simplemente lanzarle “un hueso a los cubanos del exilio para que se entretengan”.

 

Resulta muy interesante que el análisis de este discurso del Presidente, en muchas ocasiones, se base más en las simpatías preliminares de los “analistas” hacia las políticas y la figura de Donald Trump que en los elementos objetivos y concretos expresados en la alocución en La Pequeña Habana. De manera que quienes ya rechazaban al presidente prácticamente en todo lo que hiciera o dijera, ahora rechazan también su política hacia Cuba recientemente proclamada, en ocasiones sin haberla analizado o siquiera leído con seriedad y profundidad, aunque a veces eso implique -deseándolo o no, ¿quién sabe?- ponerse del mismo lado del espectro político que La Habana, repitiendo argumentos y temas que ya cansan por lo gastado y lo falseado de los razonamientos.

 

Sin embargo, por otra parte, porque arcángeles no sobran en estos temas, quienes ya venían apoyando al presidente prácticamente en todo lo que hiciera o dijera sobre cualquier tema, han salido a apoyar abiertamente el reciente discurso presidencial, en ocasiones sin haberlo leído o escuchado y analizado con seriedad y profundidad, aunque a veces eso implique ponerse del lado del espectro político más “duro” y recalcitrante de la Calle Ocho y el Parque del Dominó, repitiendo argumentos y temas que ya cansan por lo gastado y lo falseado de los guiones.

 

Lo novedoso a partir de ahora

 

En realidad, el “Memorándum Presidencial de Seguridad Nacional”, que con efecto inmediato eliminó “el trato completamente unilateral de la administración previa con Cuba”, contiene básicamente dos elementos nuevos, que en realidad pueden afectar muy seriamente los ingresos monetarios del régimen, pero al mismo tiempo mantiene casi intactas muchas de las regulaciones anteriores establecidas por la administración Obama, sutilmente encaminadas a debilitar las estructuras del régimen.

 

Las novedades fundamentales en la nueva directiva presidencial proclamada por Donald Trump son:

 

1) restringir muy fuertemente las posibilidades de que pueda circular el flujo de dinero de Estados Unidos hacia instituciones controladas por las fuerzas armadas castristas, y

 

2) establecer restricciones específicas al relajo del turismo americano hacia la isla bajo el disfraz de programas educativos “pueblo-a-pueblo”, que en realidad eran el pretexto de muchos americanos para irse de vacaciones a la isla prohibida sin violar las disposiciones establecidas, gracias a la laxitud implantada por el anterior presidente al autorizar 12 categorías de supuestas justificaciones para materializar viajes de “pueblo-a-pueblo”.

 

Con excepción de estas dos disposiciones que pueden dañar las arcas castristas mientras en La Habana no se adapten a las nuevas realidades -y posteriormente comentaremos sobre esto- , muchísimas de las anteriores se mantienen tal y como fueron dictadas durante la era Obama, no solamente por su eventual utilidad estratégica a favor del pueblo cubano, sino además porque su eliminación o cancelación provocarían infinidad de problemas legales y reclamaciones contra Washington por parte de compañías de Estados Unidos que ya funcionan bajo autorización de licencias aprobadas por la política del anterior presidente.

 

Y aunque a partir de ahora ya no sea prácticamente posible emprender nuevas aventuras en esas direcciones ya establecidas, las existentes serán respetadas y no serán motivo de ninguna penalización o represalias bajo las nuevas directivas, ni siquiera aquellos emprendimientos que se basan en relaciones comerciales o de colaboración, o en acuerdos, con las fuerzas armadas y los organismos represivos del castrismo.

 

A favor y en contra

 

Llaman la atención algunos de los argumentos que se han manejado a favor o en contra de la nueva política hacia Cuba y su gobierno presentada por el Presidente. Uno de los más significativos ha sido el manejado por infinidad de los llamados “cuentapropistas” o “emprendedores” en la isla, que señalan amargamente que tales medidas restrictivas contra el turismo americano indiscriminado hacia la isla les afectarán en sus negocios, ya sea que se trate de restaurantes privados (los famosos “paladares”), alojamientos en “casas particulares”, o servicios de transporte en los celebérrimos “almendrones”, autos americanos de las décadas del cuarenta, cincuenta y sesenta de siglo pasado, que son los preferidos de los turistas americanos, sobre todo en La Habana, que es donde más abundan, para montarse en una peculiar máquina del tiempo y disfrutar ampliamente de su experiencia “pueblo-a-pueblo”.

 

No hay nada malo ni inmoral en esas quejas: quienes establecen un negocio pretenden ganar dinero, es lo más natural, y cuando consideran que determinadas medidas, vengan de donde vengan, les pueden afectar esa posibilidad, naturalmente las rechazan, ya se trate de quienes alquilan una habitación de su propia casa o de una gigantesca compañía de cruceros internacionales.

 

Pero lo que sí resulta improcedente, y hasta obsceno, es pretender justificar el absoluto rechazo a esas medidas no por las eventuales afectaciones económicas al negocio, sino bajo el pretexto de que eso daña a “los cubanos” en general, cuando en realidad la verdadera preocupación de casi totalidad de todos esos negociantes afectados son sus emprendimientos y sus recursos que puedan ponerse en peligro.

 

Y en muchísimos casos, si tales emprendimientos y recursos no fueran afectados por las nuevas políticas que se proyectan o que ya se implementan, esos emprendedores quizás no se preocuparían demasiado por “los cubanos” en general, a quienes ahora mencionan de forma plañidera para poder defender sus propios intereses comerciales.

 

Parecería como si no les preocupa en lo más mínimo a esos cuentapropistas alarmados porque les afecten las medidas que ha dictado el Presidente Trump, hasta dónde se pueden dañar “los cubanos” no cuentapropistas, todos esos que trabajan o trabajaron para el Estado y actualmente reciben un mísero salario o una magra pensión que no les alcanza ni para cubrir las necesidades más elementales de ellos mismos y sus familiares, por las contramedidas que con toda seguridad aplicará el régimen contra tales compatriotas. ¿Es que ya algunos aceptan abiertamente y sin tapujos la existencia actual de dos categorías de cubanos, los de primera y los de segunda clase, los jerarcas del régimen y negociantes exitosos por una parte, y el simple y mortal “proletariado” por la otra?

 

Y repito, lo malo no es que los “cuentapropistas” deseen defender sus intereses y sus inversiones, que para eso se han arriesgado y establecido negocios, sino que pretendan justificar sus posiciones alegando las eventuales miserias y vicisitudes de “los cubanos” en general, como si las actuales que padecen desde hace mucho tiempo no fueran reales o no tuvieran importancia manifiesta.

 

Y eso es muy significativo, porque una buena parte de los argumentos a favor de las políticas frente al castrismo del presidente Obama, esas que se establecieron sin exigir nada a cambio, se han basado todo el tiempo en que el desarrollo de “negocios privados” garantizaría a medio y largo plazo un resurgimiento de la democracia en Cuba, porque cuando tales negociantes prosperaran ya no estarían muy interesados en la dependencia de “Papá-Estado”, y eso abriría el camino hacia una nueva y dinámica sociedad civil cubana.

 

Sin embargo, lo visto hasta ahora es que a tales emprendedores les preocupa mucho más la suerte de sus propios negocios que la de “los cubanos” en general. De manera que no debe resultar muy fácil comprender hasta donde estarían dispuestos esos negociantes -sea ahora o en un futuro- a arriesgar lo que hayan logrado hasta ese momento o lo que tengan en aras de un futuro democrático y feliz, aunque bajo la actual y previsiblemente cada vez más estricta férula autoritaria-militar, sus negocios puedan prosperar solamente de forma  limitada, porque no se les permite ni se les permitiría, según establecen los documentos programáticos puestos en vigor y continuamente reiterados ad nauseam, la “acumulación de propiedades o riquezas”.

 

A manera de comparación, aunque pueda alegarse que se trata de culturas marcadamente diferentes, como realmente lo son, hace pocos años cuando los ciudadanos de Hong Kong salieron a las calles a protestar exigiendo libertades, en lo que llegó a ser conocido como “la revolución de los paraguas”, ninguno de los muchos “cuentapropistas” que abarrotan las calles de esa ciudad-enclave abandonó sus negocios ni salió a las calles para apoyar a quienes protestaban, y mucho menos a protestar ellos mismos exigiendo sus derechos y libertades democráticas. Podría proclamarse optimista o ingenuamente que en Cuba sería o podría ser diferente, pero eso estaría por ver y de momento no hay por qué tener que admitirlo como axiomático.

 

Una falacia constante

 

Otro de los elementos que más se ha esgrimido en contra del endurecimiento de la política de Estados Unidos frente al castrismo es que eso daría pretextos al sector más cerrado y reaccionario de la dictadura para “atrincherarse”, lo que dificultaría las posibilidades de acción y avance de los sectores “moderados” del castrismo.

 

Ante tal inmoral falacia, sería muy conveniente invitar a los apologistas de esos criterios a que elaboráramos de conjunto una pancarta, tablilla o pizarra con dos columnas: en una de ellas podríamos escribir los nombres de los castristas más reaccionarios que estarían a favor de atrincherarse, como Machado Ventura, Ramiro Valdés, Esteban Lazo, Marino Murillo, Bruno Rodríguez, y los generales Cintras Frías, López Miera o Espinosa Martín.

 

En la otra columna se escribirían los nombres de los eventuales reformistas, aperturistas o “moderados” que se verían afectados si se produjera tal “atrincheramiento”. Y como se trataría de un ejercicio de análisis serio, en tal columna no deberían ponerse los nombres de Mariela Castro, Silvio Rodríguez o Leonardo Padura como ejemplo de eventuales reformadores. Porque se trata de identificar personajes con poder real para influir en un verdadero cambio político, económico o social en la isla, como podrían ser quizá algunos miembros del Buró Político o del Comité Central del partido comunista, ministros del gobierno, personalidades públicas muy bien conocidas, o dirigentes de organizaciones sociales o algunas instituciones partidistas, gubernamentales o militares provinciales con verdadero arraigo popular y liderazgo de alcance nacional, además de que deberían contar con recursos para poder materializar un cambio real.

 

Aparentemente, para infortunio de quienes alimentan la falacia favorable al así tan mal llamado “atrincheramiento”, no serían muchos los nombres de los “reformistas” o “aperturistas” con poder real que podrían incluirse en esa columna que le interesaría tanto a quienes fomentan ilusiones, ya sea por ingenuidad o por malas intenciones, que eso nunca se sabe.

 

Y si dije varios párrafos más arriba que se trataría de “invitar” a este ejercicio de análisis a quienes fomentan tal embuste, lo hice por cortesía, porque más que “invitar” se trata de  retarlos a que demuestren sus fantasías de una manera muy clara y precisa, con nombres y apellidos. Y es evidente que no podrán hacerlo, porque tales sectores del castrismo simplemente no se atreverían a manifestarse, si es que acaso existen, al menos mientras quede un Castro que respire.

 

Del otro lado

 

Sin embargo, del otro lado del espectro político, entre los que apoyan decididamente al presidente Donald Trump y la nueva política hacia Cuba, tampoco abundan demasiados realistas, pensadores en términos de realpolitik, ni estrategas verdaderamente serios, que vayan más allá de muchas conversaciones sobre el tema compartiendo una humeante taza de café cubano en la sala de su casa, en cualquiera de las múltiples organizaciones que se definen como “anticastristas”, o simplemente en el mostrador de una cafetería del barrio.

 

Porque tampoco es serio el razonamiento inverso de estar proclamando que “ahora sí” se va a caer rápidamente el castrismo, o que “la libertad de Cuba” ya está a la vuelta de la esquina, como si las cosas en la vida real y en la geopolítica fueran tan sencillas y tan fáciles de materializar.

 

Como nunca tampoco fueron serios algunos ilustres despistados en Estados Unidos que consideraban la posibilidad de que se restituyera el decreto “pies secos/pies mojados” eliminado por Obama en los días finales de su mandato, que otorgaba acceso inmediato al país y status legal inmediato a los cubanos que pisaran territorio americano en cualquier lugar y sin ni siquiera tener que justificar temor de persecución.

 

Que los cubanos dentro de la isla, que sufren de tanta desinformación porque el régimen les bloquea el acceso a noticias y documentación seria y responsable, o los que quedaron varados (y desesperados) en la terrible odisea terrestre desde Guyana o Colombia hasta la frontera sur de Estados Unidos tras la eliminación de ese decreto, se aferraran hasta con las uñas a esa ilusión, sería comprensible. Pero que personas que viven en Estados Unidos, algunos de los cuales hasta se consideran periodistas o académicos, hayan podido creer en esa posibilidad, y divulgarla, demuestran que ni comprenden las realidades de la política de Estados Unidos, ni tampoco las de la isla esclava.

 

Todo el montaje del performance para el anuncio de la nueva política frente al régimen en el corazón de Little Havana no fue casual ni improvisado, y pretendía, además, elevar las bazas del Partido Republicano sobre el Demócrata, y no solamente entre los cubanos del sur de Florida sino entre toda la población de Estados Unidos en general. Con relación ala comunidad cubanoamericana se trataba de sacudir las fibras más emocionales del llamado exilio histórico y presentar el cumplimiento de una clara promesa electoral ante un auditorio que, sin dudas, recibiría tales anuncios con los brazos y los corazones abiertos y aplaudiría a rabiar, sin detenerse demasiado, al menos en esos momentos, en analizar los detalles de tal política que, aunque en principio esté realmente enfocada -como lo está- contra la dictadura y su maquinaria económico-militar, también está acotada y delineada por imprescindibles requerimientos de realismo político y de sentido común. De ahí la frase presidencial de “Nuestra nueva política comienza con hacer cumplir estrictamente las leyes de EEUU”.

 

En la práctica, tanto las posiciones del senador Marco Rubio como las del representante Mario Díaz-Balart salieron fortalecidas ante el “núcleo duro” del exilio cubano, por su papel real o percibido en la concepción y configuración de la nueva política presidencial frente al castrismo. No sucedió lo mismo con los representantes Carlos Curbelo, en un lejanísimo segundo plano durante el evento de La Pequeña Habana, ni con Ileana Ros-Lethinen, totalmente preterida durante esta ocasión, al extremo que no fue destacada en ningún momento durante la transmisión del evento por televisión.

 

Son tantos años sin poder lograr resultados concretos de debilitamiento o derrocamiento de la dictadura que demasiadas veces ya tanto el exilio anticastrista como quienes son sus líderes políticos o sus representantes y senadores federales ante el Congreso de Estados Unidos en Washington, tienen que conformarse con ilusiones y proyectos, porque a fin de cuentas los resultados específicos no se logran materializar, y ya van casi sesenta años de proyectos y programas, pero nada más. No vendría mal preguntarse hasta dónde tales proyectos y programas son los más acertados o si merecerían un replanteamiento mucho más estratégico y realista ante las nuevas realidades.

 

De haberse pretendido con la nueva política anunciada un verdadero apretón de tuercas hasta el final contra la dictadura, chocando incluso con todos los poderosos intereses agrícolas e industriales que están a favor del levantamiento del embargo y el acceso al mercado cubano, no había nada que inventar: ahí está desde hace más de veinte años la célebre Ley Helms-Burton, con su tan famoso y tan temido Capítulo 3, que ni Bill Clinton, ni George W Bush, ni Barack Obama durante sus presidencias, y ahora tampoco Donald Trump, se decidieron nunca a firmar, por todos los problemas que generaría a Estados Unidos en el ámbito internacional. Lo que, en cierto sentido, convierte a esa Ley, a la vez que en una referencia moral significativa para la libertad de Cuba, al mismo tiempo en una herramienta inútil para contribuir a provocar cambios reales en el régimen.

 

Eventuales contramedidas del gobierno cubano

 

Olvidemos de momento las arengas de la prensa controlada por el régimen, tanto escrita como radial, televisiva y digital, y todo el alboroto con relación a la “soberanía” y la “dignidad”, tan habitual para desarrollar los mecanismos de “agitación y propaganda” de la dictadura. 

 

Y olvidemos también las tonterías por cuenta propia de algunos emprendedores cubanos que se las pretenden dar de demasiado inteligentes o “guapos” ante las nuevas políticas, y declaran maravillas dialécticas como la siguiente, recientemente pronunciada por un chofer de “almendrón”: “Si no vienen los estadounidenses, vendrán los costarricenses, los mexicanos. El mundo no es Estados Unidos”. Lo cual es geográficamente correcto, pero no responde una pregunta elemental: ¿cuántos mexicanos o costarricenses son necesarios para gastar lo que gasta un turista americano o para que le dejen de propinas lo que dejan los turistas americanos?

 

Entonces, ¿qué puede hacer realmente el régimen para enfrentar o esquivar las nuevas políticas establecidas por el Presidente Trump?

 

Antes que todo, analizarán en detalles no solamente el discurso presidencial del 16 de junio, sino mucho más aún la implementación de las directivas que los Departamentos del Tesoro y de Comercio deberán dictar conteniendo las nuevas regulaciones a partir de las anunciadas decisiones presidenciales.

 

Y cuando sea necesario o lo consideren apropiado, para el régimen será cuestión de coser y cantar disolver jurídicamente GAESA como entidad subordinada a las fuerzas armadas castristas, y convertir ese holding en algo que podría llamarse, digamos por decir algo, “Sociedad Cubana Financiera y Mercantil para la Importación y Exportación”, que podría ser eventualmente subordinado al Ministerio de Comercio Exterior, al de Turismo o al de Finanzas, o incluso al Consejo de Estado. Si por el régimen fuera, serían capaces de subordinar en el plano teórico a ese nuevo conglomerado lo mismo a la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) que al Ministerio de Cultura o hasta al equipo de beisbol “Industriales”: en Cuba-Macondo puede suceder cualquier cosa, mucho más cuando se trata de asegurar el poder y los privilegios que vienen aparejados con ese poder.

 

Resulta risible la consideración de algunos “expertos” de que ese cambio organizativo y estructural sería “casi imposible” por los requerimientos de “transparencia” que tendrían  las instituciones civiles castristas, requisitos a los que no están sujetos en estos momentos las entidades militares. Como si alguien se atreviera a asegurar, si se trata de hablar con seriedad, que las informaciones estadísticas y contables que cotidianamente ofrece el régimen públicamente sobre sus instituciones “civiles” sean verídicas y confiables, o que no puedan ser “maquilladas” según los intereses de la dictadura. Quienes crean eso, es evidente que no saben cómo funciona el régimen cubano ni cómo ha funcionado durante ya casi sesenta años.

 

Igualmente sencillo sería pasar a la reserva o licenciar definitivamente a los militares que actualmente están al frente del holding y de sus empresas componentes, convertirlos en “civiles” de la noche a la mañana, o designar al frente de esas instituciones a nuevos personajes que nunca han aparecido como militares o “segurosos”, pero que en realidad también son parte del aparato represivo castrista y funcionarios absolutamente confiables para la dictadura.

 

Es decir, con relativa facilidad el régimen podría embellecer sus empresas integrantes de GAESA, el conglomerado militar señalado por Washington como institución a bloquear, para hacerlas aparecer como instituciones “civiles”, y al mismo tiempo designar nuevos dirigentes de las mismas que no puedan ser fácilmente sindicados como militares en activo.

 

Y si algo es absolutamente seguro es que las agencias estadounidenses encargadas de identificar y denunciar las instituciones cubanas subordinadas a las fuerzas armadas o los aparatos de seguridad, y que deben recibir sobre sí las sanciones establecidas por la nueva política, tendrán una de las tareas más difíciles que se les hayan asignado nunca, porque la dictadura cubana sin lugar a dudas creará un laberinto de instituciones, mecanismos e interacciones que serán más difíciles de detectar y neutralizar que lo que fuera matar al Minotauro en el laberinto y lograr salir de él.

 

Por otra parte, el gobierno cubano no se va a quedar cruzado de brazos si se incrementa el flujo monetario hacia los trabajadores privados y la población en general a costa de que se recorten los ingresos de las instituciones estatales. Le resultará relativamente sencillo incrementar los impuestos que aplican a los “cuentapropistas”, usufructuarios de tierras, campesinos y cooperativistas, para que al final del camino parte de ese dinero que no entra directamente a las arcas gubernamentales ingrese a través de los mecanismos fiscales, en una jugada que será difícil declarar de ilegal -aunque sea inmoral- pues en todos los países del mundo se cobran impuestos a los negociantes, aunque en algunos más que otros.

 

También quedará la opción de establecer tasas de cambio diferentes con relación a la moneda del país, se trate de los absurdos pesos convertibles o de los pesos cubanos, de manera que, al cambiar los dólares por pesos convertibles o pesos cubanos -aun si se produjera la cada vez más demorada unificación monetaria- la población obtenga menos dinero y se vea obligada a necesitar más dólares para realizar transacciones comerciales de negocios o simplemente para poder comprar en las instituciones estatales.

 

Naturalmente, en un país donde la economía funcione en serio esto sería imposible de acometerse sin provocar crisis y protestas masivas, pero en Cuba ni la economía funciona seriamente ni el propio país en sí mismo puede considerarse un país serio en estos momentos. De manera que todas las opciones mencionadas podrían ser asumidas por el régimen en el momento que lo consideren oportuno para enfrentar la nueva política presidencial.

 

¿Avance o retroceso?

 

Se ha comenzado a hablar ahora de un regreso a la retórica de la llamada guerra fría. Es de suponer que cuando se menciona eso se esté pensando en la posición asumida por Estados Unidos frente al régimen, porque para el gobierno cubano es absolutamente imposible “regresar” a la retórica de la guerra fría, ya que nunca ha abandonado tal lenguaje.

 

Sin embargo, más que un “regreso” por parte de Washington al lenguaje confrontacional puro y duro, como había sucedido en administraciones republicanas anteriores, ahora parece tratarse de una nueva narrativa para enfrentar el problema, donde sin dudas se enarbola el garrote en su versión más letal y trascendente, pero simultáneamente se dejan las puertas abiertas para que el régimen se siente a negociar si es que de verdad le interesa. De ahí pronunciamientos tales como

 

Retamos a Cuba a que venga a la mesa con un nuevo acuerdo que contemple los mejores intereses tanto de su pueblo como del nuestro, y también de los cubano-estadounidenses”, o “Cuando Cuba esté lista a dar pasos concretos hacia estos fines, nosotros vamos a estar listos, dispuestos y en capacidad de sentarnos a la mesa a negociar ese acuerdo mucho mejor para los cubanos, para los estadounidenses, un acuerdo que sea justo y que tenga sentido”.

 

En tiempos de las presidencias republicanas de Eisenhower, Nixon, Ford, Reagan, Bush padre y Bush hijo, nunca se invitó abiertamente a la negociación con la dictadura, aunque tras bambalinas se hicieron intentos por parte de Washington para conversar seriamente con la dictadura castrista y buscar soluciones serias al permanente diferido entre ambos gobiernos. Ahora, por primera vez, junto al garrote y las sanciones se habla abiertamente de sentarse a negociar cuando la dictadura “esté lista a dar pasos concretos”.

 

Lo que implica que tampoco habría negociaciones por el simple placer de negociar y sin lograr avances concretos al no estar definidos objetivos específicos a alcanzar, como sucedió durante diferentes reuniones del gobierno cubano con EEUU en tiempos del “deshielo” de la administración Obama.

 

Es significativo el enfoque cauteloso y sin alardes con que ha comenzado a responder la dictadura al discurso de Donald Trump. Aparentemente, entienden perfectamente que con independencia del tejemaneje político para la política interna americana, en las palabras del Presidente se definen acciones concretas y específicas que pueden afectar con mayor o menor fuerza los intereses económicos y políticos de la dictadura, pero que sin dudas fueron planteadas de manera inteligente, por lo que La Habana tienen que ser cuidadosa en extremo en sus respuestas, sobre todo cuando enfrenta una situación internacional que no precisamente les favorece, y las realidades económicas en la isla son sombrías, cuando en Washington les están ofreciendo diversas alternativas, pero todas sin la complacencia y “comprensión” mostrada por el gobierno de Obama.

 

Quedó muy claro en el discurso del Presidente el 16 de junio en La Pequeña Habana: “Es difícil pensar en una política que tenga menos sentido que la terrible y errática de la anterior administración hacia el régimen de Castro. Hicieron un pacto con un régimen que propaga la violencia y la inestabilidad en la región y no obtuvieron nada. Ellos peleaban por todo y nosotros no peleamos lo suficiente”.

 

Y parece que ha quedado demasiado claro cual será el enfoque que propicia y defiende la nueva política del Presidente Trump:

 

pero ahora esos días han terminado. Ahora nosotros tenemos las cartas en la mano”.

 

La bola está ahora en el terrero del régimen. Veremos cómo actúa.