Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Trapisondas de la sucesión de Raúl Castro

 

Faltan menos de treinta días para la designación de un nuevo Jefe de Estado en Cuba (decir “elección” sería una falta de respeto al idioma y a la inteligencia), y lo que en estos momentos saben los simples mortales es mucho menos de lo que no se sabe, lo cual no impide que doctos y profanos opinen profusamente y enarbolen las más variadas y hasta pintorescas hipótesis.

 

Estando en descanso forzoso quienes hacen públicos diseños de armas sónicas, ante la imposibilidad de que la testaruda realidad haga aparecer el famoso artefacto que los iluminados ya habían identificado antes que lo pudieran haber hecho más de quince agencias de inteligencia de Estados Unidos -que todavía no lo han conseguido-, los bocetos publicados o televisados no dejan de ser ensoñaciones y entretenimientos para despistados, de manera que los temas más populares en el hit parade con relación al tema cubano han pasado casi completamente a la sucesión y los candidatos.

 

Aparentemente, las versiones de un súper Alejandro, hijo de Raúl Castro, que algunos nos contaban que con grados de coronel dirigía a generales de tres y dos estrellas en los ministerios de las fuerzas armadas y del interior, ya no se repiten tanto desde que el supuesto “verdadero poder a la sombra” ni siquiera fue designado para diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, requisito formal para ocupar un cargo en el Consejo de Estado. Y mucho menos fuerza y ciclo vital tuvo la hipótesis de su preparación en secreto para ocupar el cargo de primer secretario del partido comunista para el año 2021, cuando ni siquiera es miembro del comité central en este 2018.

 

Y su hermana Mariela aparentemente tampoco suena ya mucho más allá de que vaya  a seguir en la dirección del CENESEX (Centro Nacional de Educación Sexual) y continuar organizando congas del orgullo gay por las calles de La Habana. Tal vez, ampliando el espectro, tales congas pudiera realizarlas próximamente en otras provincias y ciudades, aunque nunca coordinarse con los Comités de Defensa de la Revolución con aquello de “en cada cuadra un gay”, porque eso no sería compatible con el machismo castrista de “los históricos”, que en un momento llegarían a decir que bueno es lo bueno, pero no lo demasiado.

 

Especulaciones y entretenimientos

 

A falta de otros personajes protagónicos para la especulación sobre los sucesores -ya que se renuncia, quién sabe por qué, a reconocer al más evidente de ellos, al menos por los cargos formales que ocupa y por las escasas señales que emite el régimen- ha ganado fuerza la teoría de “la junta”. Porque ahora resulta que supuestamente Cuba es dirigida por una junta militar, que según los proponentes de tal dislate, que son varios y de diversas procedencias, estaría compuesta por entre 7 y 14 altos jefes militares, de los que sería posible suponer que algunos de ellos se habrían enterado que formaban parte de esa “junta” cuando leyeron sus nombres o sus cargos en artículos sobre el tema de marras en publicaciones dicen que especializadas sobre temas cubanos.

 

Como política de Cubanálisis-El Think-Tank desde su fundación, evitamos entrar en polémicas y tejemanejes con personas que publican sobre el tema cubano mientras se trate de personas y documentos que no defienden las posiciones de la dictadura, aunque no estemos de acuerdo con sus planteamientos, pues lo que nos interesa es exponer nuestros puntos de vista y no ganarle una polémica a alguien, porque en definitiva el único y verdadero enemigo es uno solo y está en el Palacio de la Revolución.

 

Por eso no nos sentimos obligados a responder o “aclarar” cualquier punto de vista que no coincida con los nuestros, y por eso en muchas ocasiones continuamos con nuestros propósitos editoriales sin preocuparnos de que pudiera haber perros ladrándole a la luna, y al menos por parte nuestra pueden continuar proliferando todas las teorías y “juntas militares” que deseen sus autores.

 

Si algo quisiéramos comentar sobre eso sería solicitar humildemente a los proponentes de tales teorías que, por favor, para nuestra ilustración y aprendizaje, nos explicaran cómo se define una “junta militar” y cuáles son las personas que la formarían en Cuba en función de los cargos que ocupan. Porque el hecho de que haya militares formando parte del gobierno, o incluso de altísimas posiciones en el gobierno, no significa que en el país exista una junta militar. Y de paso no vendría mal dejar claro lo que se concibe como un “militar” en Cuba, un país donde en el gobierno, desde 1959, siempre los militares han estado presentes.

 

Entonces, ¿puede considerarse “militar” al hoy Comandante de la Revolución Guillermo García, que en los años sesenta del siglo pasado fue Jefe del Ejército de Occidente? ¿O a José Ramón Machado Ventura, que recibió grados de Comandante del Ejército Rebelde? ¿O será que el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés, quien fuera dos veces ministro del Interior, debe considerarse militar, aunque haga más de treinta años que no ocupa ningún cargo militar?

 

Aparentemente, mientras “detalles” de este tipo no se diluciden convenientemente tenemos derecho a pensar que las clasificaciones sobre lo que es una “junta militar” en Cuba son extremadamente peculiares de acuerdo a determinados autores. A no ser que alguien afirme que ni Ramiro Valdés ni Machado Ventura formarían parte de esa supuesta “junta militar” que dirige actualmente en la nación cubana.

 

Tampoco parece tener sentido desgastarse comentando sobre lo obvio y verdades de Perogrullo. En esta edición de Cubanálisis reproducimos, tanto en su versión en español como en inglés, un artículo de una periodista que se especializa en temas cubanos, que explica que el próximo presidente en la Isla, tanto si fuera Díaz-Canel como cualquier otro, terminaría siendo electo con solamente el 1% de los votos.

 

Lo cual es absolutamente cierto. Y nada que objetar al artículo en sí mismo. Pero esas son las características del sistema electoral cubano impuesto por el régimen desde el mismo comienzo. Con esos mismos ridículos porcentajes -más o menos- fueron electos Fidel Castro desde 1976 hasta 2003 y su renuncia en 2006, y Raúl Castro entre 2008 y 2018. ¿Por qué destacar tanto eso ahora cuando será “electo” (designado) un no-Castro, como si fuera una diferencia significativa con relación a las “elecciones” anteriores?

 

Sin embargo, a pesar de tanto desgastarnos buscando señales borrosas y confusas, o hasta inventando algunas en ocasiones, pecado mortal de absoluta inmoralidad que algunos practican impúdicamente -y en ningún momento me refiero ahora al artículo mencionado en el párrafo anterior-, podría ser conveniente observar algunas cosas que cuando se ven con cierto detalle van a resultar hasta obvias, y que provienen, en primer lugar, desde las propias filas selectas del régimen.

 

Señales desde el régimen

 

Veamos. Al momento de anunciar que el cambio de presidente no se realizaría el 24 de febrero del 2018, como estaba anunciado desde tiempo atrás, sino el 19 de abril, con el pedestre pretexto de las afectaciones provocadas por el huracán “Irma”, Raúl Castro hizo mención a un Pleno del comité central del partido comunista que se realizaría en el mes de marzo, en el que, según dijo, “se analizará la proyección estratégica para los años venideros”. Es decir, se darían las directivas y órdenes correspondientes para organizar el funcionamiento del nuevo gobierno.

 

La importancia de un pleno del comité central es que, en teoría, es la reunión más importante que puede celebrar un partido comunista entre congresos. En el caso cubano, se debe celebrar cuando menos dos veces al año de acuerdo a los estatutos del partido. Y con una “elección” presidencial prevista para unas semanas después, la importancia de ese pleno es fundamental y no puede ser subestimada.

 

Sin embargo, hasta el día de hoy no se ha hecho publica ninguna información sobre ese pleno, ni se conoce una sola explicación o referencia con relación a tal cónclave del comité central del partido -a pesar de su importancia capital-, si se ha celebrado, o si fue suspendido, o si fue convocado para otra fecha, pues supuestamente en algún momento se había mencionado el domingo 18 de marzo como fecha para su celebración.

 

Y si algo tiene que estar absolutamente claro es que sería imposible que se celebrara una reunión del coro de focas amaestradas conocido como Asamblea Nacional del Poder Popular, y mucho más cuando se trata de “elegir” un nuevo jefe de Estado del país, sin que anteriormente se realizara un pleno del comité central del partido que definiría las “orientaciones” que recibirían los delegados, a quienes, por otra parte, ya los pusieron anteriormente a reunirse para buscar “consensos” sobre quienes serían los designados para el Consejo de Estado y, por lo tanto, para los máximos cargos formales de dirección del país.

 

Aunque ya sabemos desde hace muchísimos años, por Lev Trotsky, que en la práctica diaria de la toma de decisiones el comité central sustituye al congreso del partido, que el buró político (que en Cuba está supuesto que se reúna semanalmente) sustituye al comité central, y que en última  instancia el primer secretario sustituye al buró político.

 

En otras palabras, que la supuesta democracia en un partido comunista se resume a que la organización tiene que hacer lo que al primer secretario le de la gana en cada momento que él lo decida, y todo lo demás queda como simple paisaje y escenografía. Pero aunque sea para guardar las formas, la realización de ese pleno sería la hoja de parra que necesita la “democracia partidista” para justificar su “centralismo democrático”, a la vez que se garantiza el funcionamiento de la democracia más completa y perfecta del mundo, según la propaganda castrista.

 

De manera que la importancia del mencionado pleno anunciado por Raúl Castro estriba en que en él se darían las instrucciones finales para las “elecciones” del 19 de abril, y las definiciones que sería necesario establecer, y esas cosas no pueden quedar al azar en ninguna circunstancia.

 

Cuestiones concretas a definir

 

Por ejemplo, ¿se continuaría manteniendo en una sola persona los cargos de Presidente del Consejo de Estado y Presidente del Consejo de Ministros, como estableció la espuria constitución socialista cubana desde sus inicios para glorificar y engrandecer la figura de Fidel Castro -privilegio que continuó utilizando Raúl Castro en su momento-, o se realizaría a última hora una modificación constitucional para que se separaran ambas responsabilidades y fueran dos personas diferentes las que ocuparan esos cargos? Se trata de algo que debía haberse definido hace tiempo, pero que como muchas cosas en la Cuba castrista va quedando y quedando para después y todavía no se conoce que se haya decidido algo al respecto.

 

¿Qué eso implicaría una modificación apresurada e irresponsable de la constitución del país? ¿Y qué? Eso no sería un problema. En el Macondo de Cien Años de Soledad y en la Cuba de los hermanos Castro puede suceder cualquier cosa: que Remedios La Bella suba al cielo delante de todo el mundo, o que la constitución cubana se modifique en media hora, y mediante votación unánime por parte de los diputados a la Asamblea Nacional. ¡Faltaría más!

 

No está claro si este tema de mantener ambos cargos en una sola persona o distribuirlo entre dos ya se ha dilucidado o no por el pequeño grupo que es quien finalmente toma las decisiones, (y que constituye el verdadero poder alrededor de Raúl Castro sin necesidad de considerarse una “junta”). O si tal vez se buscará una solución que ellos llamarían “salomónica” pero que en realidad será muy timorata, planteando que de momento se mantengan las cosas tal como están y que se estudie la posibilidad de realizar la modificación en una fecha posterior, con lo cual una vez más se posterga el problema sin un compromiso específico de solución, como se ha venido haciendo hasta ahora.

 

Pero mientras se continúa hablando en la prensa fuera de Cuba -y en los corrillos entre cubanos dentro de la isla, exista por el medio una mesa de trabajo, un tablero de dominó, una cama o una botella de ron, o varias de tales cosas a la vez, que también es posible- sobre rumores de presuntas facciones o grupos de presión dentro del régimen favorables a ascender al estrellato al Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros (Miguel Díaz-Canel), o al Ministro de Relaciones Exteriores (Bruno Rodríguez Parrilla) no sería descabellado pensar en otras posibilidades.

 

Como en la de que uno de los factores que tal vez haya podido haber demorado tanto la definición de las posibilidades de ambos mencionados como la de cualquier otro “gallo tapado” (personaje inesperado y sorpresivo), -sin olvidar el eterno e incurable secretismo castrista- es la falta de claridad sobre la manera en que quedarán concebidos esos dos cargos, que en realidad son los dos más importantes dentro de la jerarquía administrativa cubana, aunque no sean los mayores exponentes del poder, que como se sabe es el cargo de primer secretario del partido comunista y -por derivación, y exclusivamente en Cuba- también el de segundo secretario.

 

De cualquier forma, entre los miembros del buró político de mayor aceptación entre los militantes del partido están tanto Díaz-Canel como Bruno Rodríguez, si se tiene en cuenta que no se estarían considerando para esos cargos, por su avanzada edad, los carcamales del buró político. Porque de los no ancianos, Marino Murillo es visto como culpable de los problemas de la economía, aunque en realidad no sea el verdadero culpable y las decisiones estratégicas y trascendentes no sean unipersonales suyas ni mucho menos. Y el resto de los miembros del buró político en ocasiones no son ni demasiado conocidos por los cubanos -como son los casos del ministro de Salud Pública o los “líderes” de la Central de Trabajadores (sindicato único) o la Federación de Mujeres- ni alcanzan las menores simpatías.

 

El secretismo y la exclusión de (casi) todos

 

Para darse cuenta del extremo a que han llegado las cosas hay que considerar que alrededor del día 11 de marzo, cuando se estaban celebrando las supuestas “elecciones” de los diputados a la Asamblea Nacional -605 candidatos para 605 cargos- hubo conocimiento de innumerables quejas de militantes del partido, que manifestaban que a poco más de un mes para la “elección” del presidente -cuando en Cuba “casi” todo se sabe de una manera o la otra- ni siquiera entre los propios militantes se conocía quién o quienes eran los posibles candidatos para ocupar el cargo.

 

Además de continuas protestas muy claras y precisas de militantes y población en general en la prensa, señalando -aunque haya sido anónimamente- su desacuerdo con el método de la elección indirecta del “presidente”, y el cada vez mayor reclamo de que se pudiera votar directamente por el candidato a ese cargo. Y otros incluso reclamaban la necesidad de la existencia de más de un candidato en las listas, para verdaderamente poder elegir entre diferentes posibilidades, de manera que el procedimiento resultara realmente una “elección”.

 

Es lógico pensar que en las altas instancias del partido todos no piensan igual, y que cada quien tiene sus criterios sobre la persona que debería recibir el cargo -que como están las cosas en Cuba y todas las crisis que consumen al país, más que un premio parecería una condena- y no debería sorprender a nadie que haya criterios diferentes e intercambio de opiniones.

 

Pero de ahí a considerar que haya facciones diferentes que se bloqueen unas a otras y entorpezcan o dificulten llegar a tomar decisiones -cuando el estilo de dirección que prevalece en los más altos niveles es el aprendido en los mandos militares- es darle a esas diferencias de opiniones una categoría de enfrentamiento político democrático que puede resultar muy lógica y saludable en un Estado de derecho, pero ese no es el caso cubano.

 

No parece que sea necesario romperse demasiado la cabeza dándole vueltas al mismo tema continuamente. Ni tampoco hacerse la idea de que Raúl Castro le está haciendo un favor a alguien al no volver a reelegirse como Presidente del Consejo de Estado y Presidente del Consejo de Ministros. Lo hace porque sabe que él y su camarilla son incapaces de sacar a Cuba del abismo donde la han sumido, y pretenden que sean otros quienes intenten resolver el problema.

 

Hace tiempo que el verdadero poder en Cuba, encabezado por el general sin batallas, Raúl Castro, decidió acomodarse en las estructuras esotéricas del partido comunista, controlando todos los verdaderos mecanismos del poder real desde las tinieblas, y dejarle todos los dolores de cabeza, la representatividad formal oficial y pública, y los problemas administrativos, a “los muchachos” más jóvenes, que a fin de cuentas podrían hasta ser acusados por la responsabilidad de cualquier nuevo desastre que se pueda producir cuando sean esos “jovenzuelos” los que aparezcan en la parte central de las tribunas cuando se publiquen las fotografías.

 

Problemas concretos que debe enfrentar el nuevo Presidente del Consejo de Estado

 

Independientemente de quien sea el designado y cuáles fueran sus opiniones, hay tareas inevitables que tendría que abordar desde el primer momento, entre las que se encuentran la dificilísima situación de la economía nacional, lastrada por su baja productividad, la terrible descapitalización, la falta de infraestructuras, la asfixiante -a pesar de haber sido renegociada- deuda externa, la ausencia de inversiones extranjeras significativas para poder lograr un despegue que lleva varias décadas de retraso, y la retrógrada, torpe, escandalosa e ineficiente dualidad monetaria.

 

Y no puede olvidarse algo determinante ante esta situación: en las negociaciones con los malditos “capitalistas extranjeros” que son quienes pueden ofrecer o negarse a dar respiro en relación con la deuda externa, y los que deciden si invertir su dinero o no en la finca de los hermanos Castro, la opinión y las “orientaciones” del partido comunista -es decir, de Raúl Castro y sus secuaces- podrán tener validez internamente y hasta el muro del Malecón habanero, pero “los imperialistas” no negocian con partidos, sino con gobiernos y empresas, y por lo tanto quienes tienen que dar la cara todo el tiempo para realizar esas negociaciones son las autoridades estatales y gubernamentales cubanas, no las partidistas, aunque estas últimas se mantengan siempre detrás del telón.

 

En definitiva, los únicos ingresos relativamente estables del régimen en estos tiempos se basan en la explotación cuasi esclava de profesionales de la salud trabajando en el exterior -en franco proceso de disminución- , así como las remesas de dinero y envíos de productos desde el exterior por parte de “la gusanera” que abandonó el paraíso de los proletarios cubanos y envía ayuda a sus familiares y amigos dentro de la isla. En cuanto a Venezuela, en absoluta crisis económica, humanitaria, política y moral, la estabilidad de lo que proceda de esa destruida nación es siempre una incógnita en estos tiempos, y a pesar de todos los esfuerzos del régimen por apuntalar a su procónsul en Caracas, el cada vez más significativo repudio popular y rechazo internacional a la pandilla de Nicolás Maduro dibujan un gran signo de interrogación sobre el futuro de la “colaboración” del gobierno venezolano con la dictadura cubana.

 

Junto a ello, la crítica situación de la baja productividad de la economía, la legendaria ineficiencia en todas las actividades estatales, la corrupción y el desvío de recursos, la falta de estimulación y motivación a través de los salarios, la inversión de una pirámide social ajena a los méritos y las capacidades, y el derroche permanente de recursos en casi todas las actividades productivas y de servicios, por lo que los ingresos que se obtienen, aunque sean en moneda dura, no bastan para cubrir los gastos en que se incurre, o logran niveles irrisorios de retorno de inversión, como en el caso del turismo, a pesar de toda la algarabía castrista sobre los millones de visitantes extranjeros.

 

Otro serio problema a enfrentar por el nuevo gobierno es el de las desigualdades sociales existentes en el país producto de las absurdas políticas económicas y la ya tan gastada demagogia populista sobre educación y salud pública gratuitas, mientras las condiciones de vida se deterioran continuamente, los salarios y las pensiones no alcanzan para poder subsistir de manera decorosa, los valores morales y cívicos desaparecen entre penurias y comportamientos marginales, y el paradigma que encandila a los más jóvenes cubanos es el de emigrar, hacia cualquier país, para buscar oportunidades con las que en Cuba no pueden ni soñar.

 

Y todos estos problemas señalados en los párrafos anteriores sí son problemas que atañen directamente al partido comunista y por los que debe dar la cara, pero no lo hará: con el pretexto de que son las nuevas autoridades quienes deben solucionar tales problemas, la camarilla raulista en el partido se desentenderá de sus responsabilidades específicas y colocará a los nuevos “dirigentes” en la picota pública para la solución de problemas que llevan más de medio siglo agobiando a los cubanos y que han sido creados por la propia “revolución”, como escasez de alimentos, vestuario  y viviendas, carencias del transporte, deficiencias en el suministro de agua potable, proliferación de aguas albañales y varias epidemias, insalubridad, infraestructuras destruidas a lo largo y ancho del país, inseguridad ciudadana, delincuencia, prostitución y acoso a los turistas.

 

La herencia maldita

 

Y no por no haberlo mencionado en párrafos anteriores quiere decir que no tenga importancia, sino todo lo contrario, está el diferendo con Estados Unidos que el castrismo ha mantenido en pie desde 1959 y que ha utilizado como justificación y pretexto para todos sus fracasos y desmanes. Guste o no guste a los nuevos “dirigentes”, Cuba no puede vivir de espaldas a Estados Unidos y atacándolo continuamente y tratando de hacerle daño constantemente, y a la vez pretender algún tipo de avance en algo.

 

Cuando Barack Obama ofreció al castrismo -demasiado generosamente- una posibilidad para enterrar el hacha de la guerra, en La Habana lo vieron como debilidad “imperialista” y exigieron más y más a cambio de nada, convencidos de la justeza de “la revolución” y de que, con Obama y su sucesora en 2016 Hillary Clinton lograrían “arrancarle” al “imperio” cuanta concesión quisieran, incluido el levantamiento del embargo y la devolución de la Base Naval de Guantánamo.

 

Sin embargo, el sorprendente triunfo de Donald Trump y su ascenso a la presidencia de Estados Unidos estableció un escenario geopolítico diferente, donde los métodos de sesenta años de castrismo “antiimperialista” implementados desde La Habana no dan resultado, y aparentemente la camarilla raulista no tiene alternativas realistas preparadas para esta situación más que volver a los alborotos de siempre.

 

Para enfrentar todos estos problemas, y muchos más, y la agudización de los actuales, los nuevos “dirigentes” no podrán llamar a la épica de la lucha guerrillera, como siempre han hecho los hermanos Castro y “los históricos” y sus compinches, pues los nuevos “líderes” de pacotilla no fueron guerrilleros ni combatientes de Playa Girón ni contra las guerrillas del Escambray. Si acaso, por cuestiones y limitaciones de edad, si tuvieron algún tipo de participación en las epopeyas africanas habrá sido desde posiciones y grados inferiores y sin leyendas combativas que enarbolar.

 

De manera que una “legitimidad de origen” que pretender ante la población está vedada a esos próximos nuevos cabecillas “revolucionarios”, porque tampoco son producto de ningún proceso electoral verdaderamente democrático, libre, transparente, equitativo y multipartidista, donde los cubanos hayan podido realmente “elegir” a sus gobernantes. Son producto de una designación arbitraria por parte de Raúl Castro y su pandilla, impuesta a los cubanos mediante mecanismos elitistas y controlados, designaciones voluntaristas, criterios viles y corruptos, y buscando siempre asegurar la preservación del poder y los privilegios para la caterva raulista y todos sus familiares y compinches, nunca pensando en la libertad y el bienestar de los cubanos.

 

Corresponderá a los nuevos cabecillas ganarse, si pueden, una “legitimidad de ejercicio” que les resultaría muy difícil de alcanzar y más difícil aun de mantener, porque sin bases populares de apoyo y simpatía necesitarían resultados concretos y específicos en muy poco tiempo para poder mostrar a los cubanos que valdría la pena darles una oportunidad.

 

Para ellos entonces no valdrá llamar a “marchas del pueblo combatiente” ni a “convertir el revés en victoria”, de manera que necesitarán algo nuevo y diferente a las cantaletas de siempre, y no podrán demorarse demasiado para mostrarlo. Ni tampoco sacar los tanques a las calles podría ser una alternativa factible para ellos, si estuvieran dispuestos a hacerlo, porque también habría que preguntarse hasta qué punto esos tanquistas a los que ordenarían salir a las calles estarían dispuestos a hacerlo, siguiendo a quién y para lograr qué.

 

Así que como para poder sacar al país del marasmo y comenzar a moverlo hacia adelante sería necesario renegar y liberarse de las trabas y coyundas impuestas por las políticas absurdas, necias e ineficaces del partido comunista, la única manera de lograrlo sería convirtiéndose en herejes y rechazar la herencia maldita que pesa sobre ellos. Pero para eso, además de hormonas, se necesitan neuronas, dos productos de los cuales habría que ver si alguno de los futuros cabecillas podría hacer gala de ellos simultáneamente.

 

¿Presidente o “cucharita”?

 

Y no sigamos pensando, tampoco, que sea quien sea, aunque yo personalmente sigo considerando que quien más posibilidades parece tener hasta este momento sigue siendo Miguel Díaz-Canel, que el próximo Presidente del Consejo de Estado cubano será  simple y solamente una marioneta, un infeliz títere amaestrado, la típica “cucharita” cubana que ni pincha ni corta.

 

Naturalmente, estará enmarcado no solamente por los lineamientos estratégicos generales del partido comunista, según los define operativa y continuamente el buró político, y por lo tanto el primer secretario, y cualquier veleidad no prevista, o si se le ocurre salirse del trillo trazado por “la máxima dirección del país”, recibiría de manera inmediata y brutal  el correspondiente correctivo por parte de Raúl Castro, que podría alcanzar hasta la destitución del flamante “presidente” en caso de ser considerado necesario.

 

Sin embargo, ese nuevo Presidente del Consejo de Estado, sea quien sea, también tendrá que aportar su impronta personal, poner algo de su parte en su forma de tomar decisiones y de actuar, aunque solamente fuera por un mínimo de orgullo y su propio ego. Aunque solamente fuera con su estilo propio de actuar y comportarse, que no tiene por qué repetir o parecerse al estilo de Raúl Castro, de la misma manera que Raúl Castro aportó el suyo, diferente al de su hermano el Comandante. No era ni más democrático ni tampoco menos totalitario que el de Fidel Castro, pero era diferente, propio. Y eso mismo puede suceder con el nuevo Presidente del Consejo de Estado que será designado el 19 de abril de 2018.

 

No es que su estilo vaya a cambiar el carácter totalitario del régimen o las injusticias que conlleva, ni que le vaya a dar paso a la libertad, democracia y verdadera justicia social en Cuba. Ni que se trate de un Mijail Gorbachev o un Deng Xiaoping agazapado en el buró político cubano, que desatará una perestroika tropical o reformas de mercado tan pronto se haga cargo de la tarea presidencial, porque en Cuba se asumen los cargos de inmediato pero sin realizan los juramentos de rigor como en cualquier país medianamente serio.

 

Sin embargo, en el caso de Miguel Díaz-Canel, aunque no tengamos a un reformista en cuclillas esperando su oportunidad, podemos decir con determinada seguridad que hay detalles en su estilo de dirección que lo diferenciarán de lo que han vivido los cubanos durante los sesenta años anteriores.

 

Así tenemos, por ejemplo, que mientras Raúl Castro y Machado Ventura llegaron a sus respectivos colegios electorales a votar, y entraron desconociendo a los que esperaban su turno, o “la seguridad” se había encargado ya de despejar el lugar para la llegada de “los dirigentes” -como se hacía cuando Fidel Castro acudía a votar- , Díaz-Canel, acompañado por su esposa -cuando habitualmente los jerarcas castristas, como puros machistas, se comportan como fundamentalistas musulmanes y esconden a sus esposas o concubinas de toda actividad pública oficial-, llegó a su colegio electoral y “marcó en la cola” para entrar a votar (para que los no cubanos entiendan: se puso en su turno en la fila, como cualquier hijo de vecino, hasta que le tocara entrar a votar).

 

Podremos preguntarnos que qué importancia puede tener eso. Y podríamos responder que casi ninguna, como tampoco el hecho de que cuando era primer secretario del partido comunista en Villaclara también “marcaba en la cola” de la pizzería esperando su turno para comerse aquel pedazo de pan entomatado y queso adulterado que se vendía como “pizza” en los establecimientos estatales en los peores momentos del “periodo especial”.

 

O el simple hecho de que cuando fue nombrado ministro de Educación Superior una de sus primeras acciones al llegar al ministerio fue eliminar el “comedor del ministro”, espacio de privilegio que normalmente utilizan para alimentarse los ministros y viceministros de los organismos ministeriales castristas, del que su antecesor como ministro había disfrutado durante casi tres décadas, como hacen habitualmente todos los ministros castristas en el país.

 

Detalles todos los mencionados, si se quiere, pero que resultan llamativos para el cubano de a pie, acostumbrado a conocer, aunque sea a retazos y en voz baja, sobre la vida de privilegios de todos esos “dirigentazos” que continuamente le están pidiendo sacrificios.

 

Como detalle es también el hecho de que cuando el señor Díaz-Canel vivía en el Reparto Náutico, en La Habana, donde le habían “asignado” una vivienda cuando fue nombrado ministro de Educación Superior y trasladado desde Holguín a La Habana, se le podía ver los domingos lavando personalmente su automóvil (oficial) en la puerta de su casa.

 

Habría que ver si lo sigue haciendo ahora que lo mudaron al complejo habitacional de Punto Cero, por razones de “seguridad personal”.

 

Complejo habitacional que fuera de Fidel Castro, su familia y su pandilla, y a donde, por cierto, también mudaron recientemente desde el mismo mencionado Reparto Náutico a la compañera Lázara Mercedes López Acea, todavía Vicepresidente del Consejo de Estado, miembro del buró político, y primera secretaria del partido comunista en La Habana.

 

Que aunque no se menciona demasiado en las quinielas de los adivinos y especuladores, hace ya más de un mes escribí aquí en Cubanálisis que en el entorno en que se están moviendo las cosas en la Cuba de Raúl Castro en estos tiempos, en mi opinión ella podría en las próximas “elecciones” recibir un cargo más importante todavía que el que ostenta actualmente. Es decir, muy cerca de la cima.

 

Cuestión de esperar menos de un mes para tener respuesta a todas estas interrogantes y otras que ni siquiera nos imaginamos en estos momentos.