Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

The New York Times y la preparación del post-castrismo

 

La campaña del The New York Times

 

Difícil escribir para publicar un lunes cuando los últimos seis lunes se ha tenido que hablar del editorial del día anterior de The New York Times en defensa de las posiciones del castrismo, que se está esmerando en lograr el sueño dorado de sus últimos tiempos: consolidado el neocastrismo, crear las condiciones necesarias para materializar el post-castrismo de una manera discreta, indolora e insípida, para que todo termine felizmente (para ellos) en una sucesión light a partir del 2018, en caso de que Raúl Castro cumpliera su palabra de no mantenerse en el poder a partir de esa fecha, algo que no se puede dar por sentado automáticamente.

 

En cuanto a esos editoriales de The New York Times, en última instancia salir abiertamente en defensa de las posiciones del castrismo sería un derecho del periódico, pero ese apoyo lo hace utilizando el lenguaje y el estilo propio del régimen y sus secuaces habituales, algo que termina resultando patético teniendo en cuenta el legendario y bien ganado prestigio del diario neoyorquino como cátedra y referente del periodismo en idioma inglés.

 

Esta situación nos crea una disyuntiva que va mucho más allá de las simples opiniones de cada uno y se coloca en un plano filosófico y ético, cuando se trata de analizar el comportamiento de un medio de prensa que está planteando posiciones que evidentemente no nos simpatizan porque las vemos como lo que son, inclinadas a las simpatías y la defensa de una tiranía que ha oprimido nuestra patria por más de medio siglo, y al mismo tiempo debemos contrastar eso con el derecho a la libertad de expresión, que no solamente proclamamos y reclamamos para nosotros mismos, sino que tenemos que hacer valer también cuando esa libertad de la prensa y los demás medios de información tiene que permitir y permite a otros que piensen diferente expresar sus puntos de vista con el mismo derecho que lo hacemos nosotros. Y ese criterio, que tal vez en Estocolmo, Brisbane o Edimburgo pueda ser visto como lo más normal del mundo, no es fácilmente asimilable o compartido en Hialeah, Kendall, Miami Beach o la Calle Ocho.

 

Indudablemente, cuando intereses más poderosos entran en juego, los prestigios de los órganos de prensa pueden tambalearse y hasta desvanecerse, si los principios que han sustentado esos prestigios anteriormente no mantienen la misma solidez que tuvieron cuando aquellos prestigios fueron ganados, con independencia de todo lo que haya costado alcanzarlos. Y a veces, para decirlo con palabras del otro Marx, Groucho, determinados principios pueden ser proclamados por algunos, pero en caso de que no gustasen o no cayesen bien, se puede recurrir a otros radicalmente diferentes en aras de obtener lo que se persigue, aunque se pierda hasta la vergüenza.

 

Los buenos y los malos

 

Sin embargo, pretender explicar las cosas de esta manera resulta demasiado fácil, sobe todo cuando algunos elementos no pueden ser identificados.

 

Porque hay que preguntarse: ¿cuáles serían esos poderosos intereses en juego capaces de lograr que una publicación seria y prestigiosa como The New York Times sea capaz de publicar seis (hasta ahora) editoriales dominicales seguidos en inglés y español sobre un mismo tema, en este caso la defensa de las posiciones de La Habana? Nunca en toda su historia The New York Times se había comportado de esa manera, ni siquiera en momentos candentes de la historia de Estados Unidos, como la Segunda Guerra Mundial, la crisis de Watergate o la guerra de Vietnam.

 

Naturalmente, las explicaciones simplistas de pretender señalar a los multimillonarios George Soros o Carlos Slim, accionistas del periódico, como la sombra siniestra detrás de las intenciones del periódico, debido a secretas simpatías por el castrismo, o al recién incorporado a la Junta Editorial, el relativamente joven Ernesto Londoño (pero no inexperto), por algunas secretas razones que no se conocen, pecan de una combinación de ingenuidad con aventurerismo que nunca podrán conducir a nada sensato en ninguna circunstancia.

 

Alguien se preguntaba si esa nueva adquisición de la Junta Editorial de The New York Times habría estado de visita en Cuba en algún momento. Si nos suscribimos a la teoría de la conspiración, podría señalarse que el señor Londoño, que trabajó como corresponsal en el Pentágono y cubrió informaciones sobre Irak y Afganistán, y prestó servicios para The Washington Post, estudió su carrera de periodismo en Miami, ciudad donde, indudablemente, también podría haber sido reclutado por los servicios secretos del régimen de La Habana. Cuando ya este análisis estaba listo para ser puesto on-line, se conoció la noticia de que el señor Londoño estaba de visita en Cuba por asuntos de “trabajo”, así como se supo que la última vez que había estado allá fue hace ya once años. Así que se amplía el horizonte temporal y geográfico donde podría haber sido reclutado, en caso de que efectivamente lo hubiera sido. Pero con esa lógica casi conspirativa podría igualmente señalarse que cada uno de los miles de estudiantes de todas las instituciones universitarias de Miami-Dade y del sur de La Florida en general podría haber estado expuesto a esa misma contaminación por parte de los muchos agentes al servicio del castrismo que pululan por estas zonas, y por ese camino nos vamos acercando a pocos pasos de la paranoia.

 

Tampoco sirve de consuelo jugar a la zorra y las uvas, proclamando que están verdes si no se pueden alcanzar, para señalar que The New York Times es una publicación en decadencia que en estos momentos solamente le interesa leerla a las capas más liberales de la sociedad norteamericana, pero que no tiene ninguna trascendencia en el resto de la población. Primero, porque esa explicación no se corresponde con la realidad, y en segundo lugar, porque aunque fuera exacta tal afirmación, las capas “liberales” de la sociedad norteamericana no constituyen un puñado insignificante de personas, ni son grupos sin capacidad de análisis o poder de convocatoria, ni pueden ser neutralizadas con un par de gritos porque simplemente no les simpaticen a otros sectores de la sociedad estadounidense.

 

De manera que hay que seguir escudriñando en la información para intentar acercarnos a las causas de esta campaña propagandística de The New York Times -porque después de seis editoriales dominicales seguidos es evidente que se trata de una campaña- y es necesario saber cuáles serían los objetivos que persigue, y en interés de qué o de quienes en particular.

 

Por si fuera poco lo desarrollado hasta ahora en esta campaña estratégica de The New York Times para apuntalar el castrismo, hay que señalar la nada inocente jugada del periódico de este último viernes, donde presentó a los ex-editores de la publicación eclesiástica Espacio Laical, (que en la actualidad son promotores del proyecto Cuba Posible), Roberto Veiga y Lenier González, como dos figuras moderadas que “lideran una incipiente cultura de debate” en el país, abriendo espacios en los que comprobar “el apetito de los cubanos para encontrar una tercera vía”.

 

El diario neoyorquino considera que ambos “representan un enfoque emergente” en la política cubana, manteniendo una posición “menos beligerante” en un país donde el régimen “ha suprimido el debate durante décadas” y tanto el gobierno como los opositores “están extremadamente divididos”.

 

Según The New York Times, la posición de Veiga y González recibe críticas por parte de otros opositores que los consideran “tímidos”, pero en un significativo intento del diario por promoverlos, y sin aportar evidencia alguna, aunque no negamos que puedan existir, destaca que “sus esfuerzos obstinados” en la creación de diversos espacios de debate en la sociedad cubana les “han hecho ganar un seguimiento fuerte en la pequeña sociedad civil cubana”.

 

Asimismo, para The New York Times, en un enfoque tal vez demasiado esquemático y simplista, pero a la vez evidentemente diversionista y ¿mal intencionado? ambas personas reflejan, por una parte, “la descomposición de la política binaria de cubanos pro- y anti- Castro, que ha dominado durante décadas”, y, por la otra, “el desarrollo de un rango más diverso de opiniones, especialmente entre los cubanos más jóvenes”.

 

Y aunque al diario neoyorquino no le queda más remedio que dejar claro que Roberto Veiga y Lenier González “no abogan por la democracia” en la Isla, insiste en que promueven un diálogo que incorpora “el discernimiento de la cuestión de cómo avanzar hacia una democracia más plena”.

 

Sin negar para nada los indudables valores intelectuales, cívicos, morales y políticos de ambos compatriotas, no puede desconocerse que no son ni los primeros ni los únicos que se han movido en estos terrenos y en estas aguas turbias y han salido airosos hasta el momento. Por eso sorprende que ahora The New York Times destaque con tanto énfasis a estos dos cubanos, cuando no lo ha hecho con ninguno de todos los demás que se han enfrentado a la tiranía a la vez que “abogaban por la democracia”, y elaboraban diversas  propuestas, más o menos acertadas, y más o menos comprendidas y apoyadas, para una “democracia más plena” en nuestra patria.

 

El tempo del castrismo y todos sus fracasos

 

Entonces, con todos estos elementos, es legítimo volver a preguntarnos: ¿por qué precisamente ahora esta campaña estratégica de The New York Times? ¿Qué busca y qué pretende? ¿Quién o quienes, si alguien, está detrás de estas campañas? ¿Cuáles son los intereses que defiende The New York Times, y por qué?

 

Hay que señalar, de una parte, que poco a poco se han ido esfumando los espejismos que veían soluciones mágicas para la crisis económica permanente de la economía castrista en prácticamente cualquier coyuntura o sector económico que pareciera aunque solamente fuera parcialmente promisorio.

 

En este sentido fueron desvaneciéndose primero los proyectos más antiguos, algunos que provienen desde los tiempos de el Comandante en el poder, donde el voluntarismo se mezclaba con aparentes oportunidades en proyectos faraónicos y oníricos, y entonces se hablaba de un futuro que sería tan brillante que cegaba desde el presente, y que como era de esperar, ninguno de esos proyectos daba los resultados que se anunciaban y se proclamaban como algo a la vuelta de la esquina.

 

Entre esos publicitados proyectos se incluyeron, en su momento, la producción de níquel en colaboración con los canadienses, actividad que fue perdiendo fuerza cuando los precios del mineral comenzaron a deprimirse y simultáneamente aparecieron fenómenos de corrupción y malversación entre los equipos de dirección cubanos, tanto a nivel empresarial como ministerial, que terminaron con severas penas de cárcel en algunos casos.

 

Posteriormente las aguas fueron tomando su nivel en las producciones farmacéuticas y  biotecnológicas, donde, a pesar de innegables resultados en algunos renglones específicos muy contados, no ha sido posible la explosión productiva delirada por Fidel Castro desde los comienzos de esos proyectos, por la sencilla razón de que los productos cubanos no acumulan suficientes experiencias ni recursos de marketing para competir en el mercado internacional con productores ampliamente reconocidos por su calidad y prestigio técnico que ya se encontraban en el mercado mucho antes de que en La Habana comenzaran a soñar con estos proyectos.

 

Propio de la era de Raúl Castro es el rotundo fracaso de la producción agropecuaria, a pesar de haber sido declarada como un asunto de “seguridad nacional”. Las entregas de tierras ociosas en usufructo, con todas las amarras burocráticas y políticas que conlleva, no ha logrado multiplicar la producción como se esperaba.

 

La supuesta reorganización de las actividades estatales en la agricultura tampoco ha funcionado, Se acaba de conocer que fueron disueltas por ineficiencia absoluta y deudas acumuladas 298 Unidades Básicas de Producción Cooperativa, un invento castrista con la intención de hacer pasar como “cooperativas” formas disfrazadas de propiedad estatal, pero que no tienen nada que ver con la verdadera producción cooperativa.

 

La producción de arroz, viandas y vegetales, aunque crece según la información estadística oficial, no crece en las tarimas de los mercados donde se pone a la venta, y sus precios, lejos de descender como debería ser al aumentar la oferta, tienden a elevarse continuamente, haciendo cada vez más difícil y costoso para la población obtener los productos más elementales para la subsistencia. La ganadería no corre mejor suerte. La vacuna está en sus peores momentos, y continuamente mueren miles de cabezas de ganado por falta de alimentación y de agua. La porcina no logra despegar, y no debería haber razones aparentemente para ese estancamiento.

 

La producción lechera no se acerca ni en sueños a la promesa del general de oficinas de un vaso de leche diario para cada cubano. Solamente los huevos constituyen una fuente de proteínas más estable para los cubanos de a pie, aunque con una producción muy lejana a la de décadas anteriores. Y los productos del mar, en una isla rodeada de agua por todas partes, son escasos, caros y de mala calidad. La “economía del postre” (azúcar, café y tabaco) no logra recuperarse, y a duras penas se mantiene en niveles similares, o hasta desciendo en algunos casos, el más grave de ellos en la producción de café.

 

A ello hay que sumar la interminable trabazón e ineficiencia en los mecanismos de acopio y comercialización de los productos, que a pesar de más de medio siglo de ineficiencia y desorden siguen siendo la apuesta del régimen para estas actividades, a causa del pánico que le siguen teniendo a la gestión privada y cooperativa, a pesar de que han demostrado, año tras año, ser muy superiores y mucho más eficientes que las actividades estatales. Entonces, el resultado final de la producción  agropecuaria en el país sigue siendo el mismo año tras año: es necesario importar anualmente alrededor de mil ochocientos millones de dólares en alimentos para el consumo de la población, pero no para un consumo abundante y saludable, sino escasamente para un consumo limitado y de baja calidad.

 

La varita mágica que no funciona

 

Tampoco creció como se esperaba el turismo internacional. A pesar de que la oferta de sol y playa depende de la naturaleza y no del gobierno, y se mantienen como de costumbre, los fallos en el funcionamiento de las instalaciones turísticas, la baja calidad del servicio que se ofrece a los turistas, la poca variedad de las ofertas, -tanto en las “a la carta” como en las del “todo incluido”-, los “desvíos” de productos que sustraen los trabajadores de las instalaciones para resolver sus necesidades personales, la competencia de los cuentapropistas en servicios de alimentación y hasta de transportación y hospedaje, las imprecisiones con el transporte, y la poca capacidad profesional para la gestión administrativa de las instalaciones y la venta de los productos turísticos. Todo ello actuando de conjunto, se ha convertido en un tope virtual contra los planes de crecimiento de la llegada de turistas al país, y aunque se sigue insistiendo en una meta de tres millones de visitantes anuales, que aun no se ha logrado aunque se esté cerca, parece una cifra de broma cuando se conocen las cantidades de turistas que visitan países del área más pequeños en territorio que Cuba, como República Dominicana, Puerto Rico, Costa Rica, Panamá, Bahamas y las Antillas Menores.  

 

Las ilusiones de encontrar soluciones mágicas con el descubrimiento y producción en gran escala de petróleo en la cuenca submarina, fundamentalmente en los famosos 59 “bloques” en que fue dividida la zona noroccidental de los mares de la Isla para ofrecer a los potenciales inversionistas territorios para prospección, se fueron desvaneciendo en la medida en que, aun con la aparente certeza de la presencia del hidrocarburo en la zona, las profundidades a que se encontraría y las dificultades geológicas para extraerlo, hacen poca atractiva la perspectiva para las grandes compañías perforadoras, sobre todo cuando recientemente se han descubierto yacimientos tan grandes o mayores en otros territorios que posibilitan su explotación rentable.

 

Como alternativa, el régimen ha lanzado un programa de recuperación petrolera en los pozos e instalaciones ya existentes, convencido de que las ilusiones de los grandes pozos en el mar, aunque no sea necesario dejarlas sin efecto absolutamente, ni tendrán que ser aplazadas para un futuro nada cercano, lo que para un gobierno como el castrista, siempre viviendo en el filo de la navaja financiera y económica, es una noticia no solamente desalentadora, sino también catastrófica.

 

La otra apuesta cargada de ilusiones, con el mega-puerto de El Mariel, parece seguir estando más en las mentes de los jerarcas del régimen que en la mesa de negociaciones. A pesar de los anuncios triunfalistas -como siempre- del periódico Granma sobre todo lo promisorio de esta gigantesca (para los estándares cubanos) inversión para la creación de una zona de desarrollo económico que debería convertirse en motor para el resto de la economía, las imprecisiones en la ley de inversiones, la debilidad de la economía cubana, y las sanciones y prisiones contra inversionistas extranjeros acusados de delitos que parecen ser más temas de ciencia ficción que de jurisprudencia y derecho, no son elementos que motiven demasiado a potenciales inversionistas.

 

A pesar del bombo y fanfarria con que hace ya casi un año fue inaugurado el puerto, con la presencia junto a Raúl Castro de la presidenta brasileña, nación que ha financiado el proyecto con una visión muy difusa de un futuro sin embargo norteamericano contra el régimen, la noticia más importante que ha surgido de ese enclave en todos estos meses fue que el primer buque cargado de mercancías que atracó y descargó en El Mariel fue uno norteamericano cargado de contenedores de pollos congelados, provenientes de Estados Unidos. Ejemplo muy elocuente para desmentir al régimen cuando se llena la boca para hablar del “bloqueo imperialista” y pretender justificar los desastres de la economía cubana acusando a Washington como causante de todos los problemas.

 

La caída de los precios del petróleo

 

Un problema mucho más serio se le está presentando a La Habana con la disminución mundial de los precios del petróleo. En condiciones normales, la baja de los precios del petróleo es una buena noticia para los países no productores, porque representa una posibilidad muy real de disminuir el monto de su factura petrolera. Sin embargo, sabemos que la Cuba de los Castro es incapaz de vivir en condiciones normales, porque la propia “revolución” es un evento anormal en la sociedad cubana, que ha invertido todos los valores de la nación, dispersado a su población por el mundo, aniquilado todas las esperanzas y proyectos personales, e hipotecado moral y materialmente a la nación.

 

Entonces, la baja en el precio del petróleo representa menos ingresos para el régimen, que exporta algunas cantidades de petróleo, porque para sus necesidades en el país, que limita artificialmente, cuenta con la producción  nacional de petróleo y gas, y además recibe un generoso suministro diario desde Venezuela a precios subsidiados -en caso de que los pagara- lo que le posibilita obtener determinados ingresos vendiendo a nombre de Cuba parte del petróleo que el gobierno venezolano prácticamente regala al régimen de La Habana.

 

Por si fuera poco esa complicación, la otra proviene de las limitaciones materiales y la profunda crisis productiva y económica, además de la política y social, que enfrenta Venezuela. Aunque primero Hugo Chávez, y ahora Nicolás Maduro, nunca han tenido inconveniente en regalar a los castristas la riqueza nacional, el hecho cierto es que ahora, cada vez más, los recursos de que puede disponer el gobierno venezolano no bastan para mantener la estabilidad en su propio país, ayudar a La Habana con petróleo subsidiado y muy difícil de cobrar algún día, y mantener su política de hegemonía caribeña a través de vender petróleo venezolano a naciones del área, para comprar y controlar voluntades, a través de precios preferenciales del hidrocarburo, razón por la cual han podido quedar diferidas numerosas crisis sociales y económicas en todas esas naciones, que de no tener a su disposición el generoso subsidio chavista-madurista nadie puede saber a ciencia cierta qué fenómenos podrían haber ocurrido en esas sociedades. En la semana recién finalizada el precio del barril de petróleo venezolano descendió hasta $68.97. Para que se tenga una idea de la debacle que esto significa, téngase en cuenta que los economistas calculan que por cada dólar que cae el petróleo venezolano la nación deja de ingresar unos 700 millones de dólares anuales.

 

De manera que el peligro para La Habana no es que desde Caracas no quieran, sino que no puedan continuar con sus dádivas incontroladas, que son en buena medida las que mantienen la “revolución” a flote. Porque si bien el petróleo es el elemento más visible y comentado del proxenetismo castrista sobre Venezuela, son incontables la cantidad de convenios, acuerdos, contratos y dudosos arreglos entre ambos países en que La Habana se beneficia escandalosamente, recibiendo extraordinarios y constantes beneficios a costa de las riquezas del pueblo venezolano que el gobierno de Caracas regala inconsultamente al castrismo.

 

No es casual, entonces, que mientras todos estos factores mencionados están incidiendo sobre la llamada revolución cubana, y cada vez se le aprieta más el zapato a Raúl Castro, surja de repente The New York Times al rescate del castrismo, porque si bien ese periódico nunca fue de los más agresivos contra el gobierno cubano, tampoco tiene historia de lanzarse tan a fondo en defensa de una causa, como ha ocurrido con los seis editoriales publicados en apoyo al castrismo, y sin poder saberse, ahora que se escriben estas líneas, si el próximo lunes aparecerá un séptimo, váyase a saber sobre qué tema o con qué objetivos.

 

En la práctica, entonces, las mayores entradas de dinero fuerte para el régimen son las remesas de dinero, envío de mercancías y viajes a la Isla de cubanos que residen en el exterior, sean “asilados” o  simplemente “emigrantes” o como se les quiera llamar. Es decir, el régimen, para sobrevivir, necesita de esos dólares que provienen de aquellos “gusanos” que tantas veces ha estigmatizado en el pasado y que ahora, por estrictas necesidades de supervivencia y el más vil oportunismo, intentan presentar con otros rostros y otros colores más aceptables, para poder seguirlos explotando cada vez más.

 

Los cubanos de a pie, mientras tanto, han dejado de creer definitivamente en los cantos de sirena de la tiranía y no acaban de ver soluciones para sus problemas cotidianos y de largo plazo. Impedidos de cambiar pacíficamente a sus gobernantes, porque el sistema les niega la posibilidad de participar en elecciones realmente libres y competitivas, cada vez más siguen optando por votar con los pies, y tratar de salir del país por cualquier vía, y hacia cualquier destino, convencidos de que en cualquier lugar del mundo, aunque las cosas no les salgan maravillosamente bien, podrán tener mejores perspectivas y muchas más posibilidades de futuro que las que el régimen les pueda brindar en la Isla.

 

De ahí las crecientes cifras de salidas del país por cualquier vía, en lo que ya se considera un éxodo masivo, aunque discreto, silencioso y sin aspavientos, pero que suma decenas de miles de cubanos cada año, si se observan de conjunto todas las salidas ilegales por cualquier vía con las salidas regulares a través de obtención de visados para residir en otro país y los que se

“quedan” y deciden no regresar a su país después de haber salido con visas de turistas o para visitas familiares.

 

Los más recientes intentos de La Habana y la batalla del embargo

 

No es casual tampoco, y que los enamorados quieran creer en casualidades es válido, pero los profesionales no podemos cometer ese pecado, que esta campaña surja cuando La Habana está desesperada a la búsqueda de recursos para subsistir, entre ellos muchas inversiones extranjeras que puedan hacer funcionar su maltrecha y totalmente ineficiente economía.

 

Para lograr este tenebroso objetivo del régimen los esfuerzos se lanzan en dos frentes diferentes. En el plano internacional se hacen ingentes esfuerzos por el régimen y sus acólitos por sacar a Cuba, o más exactamente al gobierno cubano, de la lista de países patrocinadores del terrorismo, en la que ocupa un bochornoso lugar junto a repudiados forajidos internacionales como Siria, Irán y Sudán. En el plano bilateral Cuba-EEUU, la ofensiva por aliviar al menos algunas de las restricciones establecidas por el embargo sería el objetivo fundamental, y es donde aparentemente está más activo el papel de The New York Times en esta batalla.

 

Recientemente fue lanzada por el régimen la llamada Cartera de Oportunidades para la inversión extranjera, presentada hace pocas semanas en la Feria Internacional de la Habana FIHAV 2014, donde se ofrecieron 246 proyectos prácticamente en todas las ramas de la economía y en todos los territorios del país, que en total alcanzarían un monto, según cálculos de las eminencias económicas del régimen, de 8,710 millones de dólares. Pero, de lo que se ha podido saber hasta ahora, no se pudo concretar ni uno solo de esos proyectos en FIHAV 2014, y por el momento los inversores desesperados por arriesgar su dinero en el paraíso socialista del Caribe existen solamente en las páginas de los periódicos Granma y Juventud Rebelde y en las palabras de los locutores del Noticiero Nacional de Televisión.

 

Por eso también la búsqueda, casi súplica, de la autorización de Washington para que el turismo americano pueda visitar la Isla. Aunque el régimen y sus voceros no lo declaren públicamente, ellos saben que el levantamiento del embargo, independientemente de las intenciones y deseos de cualquier persona que sea la que esté ejerciendo el cargo de presidente de Estados Unidos, es algo que no se puede realizar de espaldas al congreso, y que conlleva el riesgo de grandísimas tensiones entre la rama ejecutiva y la legislativa, algo que no conviene a ningún presidente cuando ambas cámaras del congreso, el Senado y la Cámara de Representantes, están en manos del partido contrario al del presidente, como ocurre en estos momentos, o más exactamente, como ocurrirá a partir del primero de enero del 2015.

 

Por eso aparentemente lo que se está pretendiendo es algo extraño y sinuoso, algo así como un pseudo-mantenimiento del embargo -para calmar a las fieras- pero permitiendo determinadas fisuras en el mismo que posibilite, por ejemplo, los viajes turísticos de los ciudadanos de Estados Unidos a la Isla, y si fuera posible que eso sucediera a la vez que se lograra la eliminación de los límites de dinero que podrían gastar los turistas en esos viajes, cantidades que ahora están limitadas para los viajes de estadounidenses a Cuba.

 

Podría parecer, visto desde afuera, o desde lejos, que se trata de peccata minuta lo que se pretende, pero según los cálculos que se manejan, durante los primeros años en que se produzca la autorización, luego de casi medio siglo de prohibición, la avalancha de turistas de Estados Unidos a Cuba, y el nivel promedio habitual de gastos de los turistas americanos en sus viajes al exterior, permiten plantear que el turismo procedente de Estados Unidos superaría en volumen de ingresos para el régimen al volumen de ingresos de todo el turismo del resto del mundo que viaje a la Isla en esos mismos años.

 

Lo cual no es poca cosa, ni mucho menos. Y cuando el régimen se encuentra con el agua al cuello, y sin perspectivas realistas de que por otras vías puedan aumentar los ingresos, la autorización del turismo norteamericano a la Isla resulta un objetivo altamente prioritario.

 

Por otra parte, no podría descartarse, porque el alacrán nunca puede dejar de enterrar su aguijón, que si esa liberalización del turismo americano a Cuba se lograra materializar, que el régimen aplique mayores restricciones o prohibiciones, o mayores requisitos impositivos y costos más elevados de pasajes, estancias y trámites consulares para los cubanos que deseen viajar a la Isla. Podrá decirse que tal comportamiento resultaría irracional, y verdaderamente lo sería, pero no tenemos razones para pensar, después de más de cincuenta y cinco años viendo lo contrario, que el régimen no adoptaría alguna medida absolutamente racional si considerar que es necesario para afianzan o mantener su poder y su control político sobre la población.

 

Junto con la ofensiva por los viajes de turistas americanos a la Isla se mantiene otra con un objetivo más difícil y complejo, pero que no ha desanimado al régimen hasta ahora: la lucha por un levantamiento total o parcial del embargo a través de algún tipo de decisión presidencial, sin tener que pasar por los tamices del congreso, donde tal medida no prosperaría. No resultaría nada fácil, pero el régimen ha volcado todos los recursos de su propaganda en esa dirección, porque lo necesita imperativamente.

 

No por la compra de productos fabricados en Estados Unidos, a muchos de los cuales puede acceder ya en estos momentos, si son alimenticios o medicinales, gracias a las autorizaciones de relajamiento del embargo que ofreció durante su presidencia George W Bush, a condición de que tales productos fueran pagados en efectivo y por adelantado. Pero eso no es lo que le ha interesado nunca a La Habana, aunque haya tenido que utilizar esos mecanismos en función de ampliar y profundizar su lobby en función del objetivo estratégico.

 

Ese objetivo estratégico es, y siempre ha sido, obtener el acceso a los créditos de los organismos financieros internacionales, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, donde Estados Unidos tiene un papel dominante e impide el otorgamiento al gobierno cubano de tales fondos, así como créditos de bancos privados en Estados Unidos para importar productos y maquinarias a Cuba.

 

En última instancia esos créditos serían asegurados por el gobierno de Estados Unidos -es decir, por los que pagamos impuestos, porque el único dinero del que puede disponer el gobierno es el que proviene de los así llamados “taxpayers”, aún si primero lo solicitó a préstamo- si se volviera a producir el fenómeno, que resultaba casi habitual y consuetudinario en tiempos del Comandante, de que el gobierno cubano no cumpliera con las obligaciones económicas con sus acreedores, aunque hay que señalar que esta conducta ha sido diferente bajo la férula de Raúl Castro, que ha realizado serios esfuerzos para intentar cumplir hasta donde ha podido los compromisos financieros del régimen con los prestamistas extranjeros.

 

Si se lograra este último súper-objetivo sería una colosal victoria política para el régimen totalitario, que lo presentaría como que doblegó al imperialismo a partir de la resistencia heroica de los cubanos y el apoyo de todas las naciones del mundo. Y comenzaría entonces la siguiente batalla “antiimperialista”, pretendiendo obligar a Estados Unidos a resarcir al régimen por la increíble multimillonaria cifra que el régimen alega que le ha costado el embargo de Estados Unidos durante cincuenta años, aun cuando ese mismo régimen es incapaz de contar creíble y adecuadamente las toneladas de papas o las cantidades de huevo que produce durante un año, y mucho menos lo que le cuesta producirlas.

 

Como nubarrón de ventisca debe haber visto el régimen las recientes declaraciones de Anthony Blinken, asesor adjunto de seguridad nacional del Presidente Obama y propuesto para convertirse en el “número dos” del Departamento de Estado, quien dijo claramente en una audiencia del Senado de Estados Unidos, al ser preguntado sobre “rumores” de que Barack Obama podría flexibilizar algunas restricciones del embargo, que “a no ser que Cuba sea capaz de demostrar que está dando pasos significativos, no se cómo podríamos avanzar”, aclarando que se refería a pasos “no solo económicos, sino democráticos” también.

 

Añadió que  el presidente “tiene ideas sobre cómo ayudar a impulsar a Cuba” por un camino democrático, y que “si tiene una oportunidad para avanzar en ello, es posible que la aproveche”. Sin embargo, insistió muy claramente enfatizando: “pero eso depende de Cuba y de las medidas que tome”, a la vez que precisó que el “injusto encarcelamiento” del contratista americano  Alan P Gross continúa siendo un obstáculo para cualquier intento de normalización de las relaciones.

 

Con todas estas cartas sobre la mesa, la suerte puede estar echada. No son pocos los cubanos decentes, en Cuba y fuera de Cuba, que se oponen a un levantamiento unilateral del embargo, sin que la dictadura tenga que entregar algo a cambio, lo que en el más elemental texto de relaciones internacionales se explica claramente que eso sería un intercambio no desigual, sino desastroso. Ya no son tantos los cubanos, aunque los sigue habiendo, que solamente aceptarían el levantamiento del embargo cuando lograra el objetivo de hacer claudicar a la dictadura, y no quieren ni ver la posibilidad de utilizarlo como elemento de negociación con el régimen para lograr otros objetivos políticos importantes que pudieran ser puestos sobre la mesa de negociaciones.

 

Peligros en el horizonte

 

No obstante, hay dos puntos que no deben dejarse de tener en cuenta: el primero es muy significativo. Sabemos que, a pesar del pataleo oficial, en realidad a Fidel Castro nunca le interesó seriamente el levantamiento del embargo, no solamente para justificar todos y cada uno de los desastres de la economía cubana, sino para fundamentar su política de plaza sitiada con la que justificaba la represión, las medidas draconianas y todas las arbitrariedades que imponía a los cubanos, desde el Cordón de La Habana o la vaca Ubre Blanca hasta la construcción de túneles para protegerse en caso de que al fin llegara “la invasión americana” o el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” que inventó para torpedear cualquier intento de perestroika en la Isla.

 

Sabiéndose, como sabemos, que Raúl Castro sigue dependiendo emocionalmente de su hermano mayor, habría que preguntarse por qué esta insistencia ahora en conseguir el levantamiento del embargo, algo que nunca interesaba de verdad al Comandante. ¿Aceptó finalmente Fidel Castro la realidad de que la economía ya no solamente está al borde del abismo, sino que se está hundiendo indefectiblemente? ¿O será acaso que la salud física o mental de Fidel Castro no le permite, al menos por el momento, tener conocimiento pleno de lo que pueda estar sucediendo en el país y en las relaciones con Estados Unidos?

 

El otro es un peligro inminente del que no podemos descuidarnos ni por un solo instante.

 

Evidentemente, un levantamiento unilateral del embargo sería contraproducente y a la larga significaría una extraordinaria victoria política para la tiranía totalitaria.

 

Sin embargo, existe un escenario aún peor: que se mantuviera un “embargo virtual” sin que en realidad funcionaran las restricciones. Es decir, que siguiéramos creyendo que el embargo se mantiene vigente, porque el congreso no ha decidido levantarlo de acuerdo a las condiciones establecidas en la ley Helms-Burton, mientras diferentes “adecuaciones” ejecutivas permiten al régimen totalitario de La Habana recibir no solamente a turistas de Estados Unidos bajo el pretexto de la libertad de viajes para los ciudadanos americanos, sino además créditos de bancos estadounidenses y del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, bajo los supuestos de que las acciones ejecutivas que se tomaran no modifican los preceptos fundamentales de la ley, que es una prerrogativa exclusiva del poder legislativo y no del ejecutivo.

 

¿Parece ciencia ficción? Pues no lo es. Como también parecía ciencia ficción considerar que existiera un país comunista a 90 millas de Estados Unidos, que el presidente Richard Nixon podría visitar a Mao Zedong en China para comenzar a normalizar las relaciones entre ambos países, que el Muro de Berlín sería derribado y Alemania re-unificada sin un solo disparo ni una gota de sangre, que la Unión Soviética y el “campo socialista” desaparecerían “desmerengados” en medio de una perestroika, que China se convertiría en una potencia mundial de primer orden, o que la “revolución” cubana dependería de “la gusanera” y “el imperialismo” para subsistir.

 

El poeta Manuel Navarro Luna dijo una vez: “no os asombréis de nada, que es Santiago de Cuba”. A lo que podríamos añadir en estos momentos:

 

“No os asombréis de nada, que es la Cuba de los Castro, preparando la transición al post-castrismo”