Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Temporada invernal del circo de los hermanos Castro

 

Cada mes de diciembre, como es habitual en Cuba desde el triunfo de “la revolución”, y a diferencia de muchísimos otros países en el mundo, la dictadura castrista no ofrece buenas noticias sobre el año que termina ni desea felicidades a los cubanos con motivo de las fiestas navideñas y el año nuevo: el alacrán no puede dejar de clavar su aguijón, porque si lo hiciera dejaría de ser alacrán.

 

Y el año 2017 no podía ser la excepción. Por eso el régimen organiza la sesión final de la llamada Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP), inocua congregación castrista que aunque tal vez pueda ser una asamblea, y tener un discutible carácter nacional, en realidad no detenta ningún poder ni mucho menos es popular.

 

Porque en realidad desde hace ya más de cuarenta años constituye una especie de circo bi-anual que realiza el castrismo, para dar la apariencia de “institucionalidad” y orden en esa finca privada de la que disfrutan los hermanos Fidel y Raúl Castro desde 1959 y que se conoce internacionalmente como República de Cuba.

 

Una vez más, entonces, se acaban de realizar las funciones invernales del 2017 en el circo de los hermanos Castro, esta vez aderezadas, para la función estelar del espectáculo, con las expectativas del anuncio de la inminente salida del gobierno de Raúl Castro -salida de los cargos de gobierno y estado, pero nunca del poder, aunque muchos se resisten a plantearlo de esta manera- y el traspaso de esos cargos formales al sucesor designado.

 

Como quiera que sea, el circo tenía que celebrarse a fin de año y así se hizo, y en las funciones, naturalmente, se incluyeron las acostumbradas presentaciones de payasos, prestidigitadores, equilibristas, trapecistas, malabaristas, adivinadores, enanos (mentales) y muchas otras especialidades circenses, en este caso presentados no con los nombres habituales como son conocidos en la profesión dentro del sector en todo el mundo, sino bajo rimbombantes cargos de ministros, diputados, presidentes de instituciones sin importancia, viceministros, directores, jefes de comisiones de cualquier cosa, o dirigentes de supuestas “organizaciones de masas” que ni representan ni tienen nada que ver con la ciudadanía.

 

Todo el espectáculo, de inicio a fin, tiene una cobertura abrumadora de la llamada prensa oficialista, que en realidad es una maquinaria absoluta de propaganda y embrutecimiento de la población, y que dedicaba todas sus páginas o espacios digitales y horas de televisión y radio, a exaltar la “profundidad” de los análisis y las importantísimas “discusiones” de los temas tanto en las comisiones como en las sesiones plenarias.

 

Todo ello condimentado, para mucha más estulticia, con la entusiasta colaboración de la prensa extranjera acreditada en La Habana, que aunque ni siquiera le permiten participar directamente en las sesiones “públicas” del aquelarre, se conforman con la información oficial de la prensa y la consulta a sus propias “fuentes” dentro del país para designar supuestos “zares” de la economía o de las reformas, y elaborar sesudas y festinadas informaciones que, fechadas en La Habana, darán la vuelta al mundo para divulgar los “cambios” y las “reformas” del régimen encabezado por el general sin batallas y presidente sin haber sido electo, Raúl Castro.

 

El fantasioso discurso del ministro de economía del régimen

 

Si fuéramos a realizar un resumen detallado de toda la payasada e infamia manifestada en  ese espectáculo circense no alcanzaría incluso la infinitud del espacio digital. De manera que puede bastar entonces una pequeña muestra de lo que ocurrió. Veamos qué sucedió en uno de los shows más aplaudidos de la función, a cargo de un destacadísimo prestidigitador y malabarista con experiencia internacional, como es el inefable ministro de economía y vicepresidente del consejo de ministros, para que pueda constatarse el nivel de falta de respeto a la inteligencia ajena y de superficialidad mezclada con ineptitud que caracteriza a los así llamados “cuadros” del régimen.

 

Según el sublime ministro, la economía cubana en el año 2017 que termina se estima que crecería en un 1.6%. Y esa mágica cifra se habría logrado a pesar de que el año anterior el Producto Interno Bruto de la economía nacional había retrocedido en un 0.9%, y que durante el primer semestre del 2017 solamente habría crecido, según cifras oficiales aportadas por el régimen, sus mecanismos estadísticos, y ese mismo ministro, un 0.6%.

 

Y a pesar también de la crisis galopante en Venezuela que afecta todos los suministros y la “colaboración” de la colonia suramericana con su metrópoli isleña, hasta el extremo de que Venezuela no pudo mantener su participación en la sociedad cubano-venezolana para la explotación de la refinería de Cienfuegos; de una sequía que el régimen alega que se encuentra entre las más inclementes en los últimos 110 años; de la aplicación y recrudecimiento de nuevas medidas económicas del gobierno de Estados Unidos contra la dictadura castrista; y del paso devastador del huracán “Irma” durante el mes de septiembre, evento que según el propio régimen provocó daños materiales por un valor total de 13,000 millones de dólares.

 

Según el documentado y prestigioso compendio titulado The World Factbook, que elabora y actualiza permanentemente la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos y brinda informaciones sobre todos los países del mundo, durante el año 2016 el Producto Interno Bruto de Cuba, expresado en Paridad de Poder de Compra, alcanzó un estimado de 132,900 millones de dólares. Y expresado en Tasas de Cambio Oficiales del régimen, un estimado de 81,560 millones de dólares en el 2013. Y habría que tener en cuenta que esa Tasa de Cambio Oficial considera que un peso cubano (CUP) equivale a un dólar de Estados Unidos, lo cual es evidente y escandalosamente falso.

 

Utilizando entonces los únicos datos serios disponibles sobre la economía cubana, habría que señalar que los daños de 13,000 millones de dólares -régimen dixit- provocados por el huracán “Irma” equivaldrían al 10% del Producto Interno Bruto del país estimado para el año 2016 expresado en Paridad de Poder de Compra, o casi el 16% del PIB estimado para el año 2013 (última cifra disponible en The World Factbook) según las Tasas de Cambio oficiales que utiliza la dictadura.

 

Sin embargo, a pesar de esa colosal destrucción provocada por el meteoro, más todos los problemas del “bloqueo”, la sequía, la crisis venezolana, la contracción o desaparición de exportaciones más o menos tradicionales, y el descenso de la producción petrolera en el país, se insiste en que, y se repite, la economía habría crecido en un 1.6% en el año que termina, ¿Cómo sería posible eso? Según el ministro, ese fascinante crecimiento estaría propiciado por “la dinámica de las actividades del turismo (4.4%); transporte y comunicaciones (3.0%); agricultura (3.0%) y la construcción (2.8%), fundamentalmente”.

 

Y eso se dice en un país donde el transporte de pasajeros y carga, urbano, intermunicipal e interprovincial, por ómnibus, camiones, ferrocarriles y barcos, se caracteriza por ser un desastre de ineficiencia e incumplimientos, y donde el transporte aéreo nacional no es capaz desde hace muchísimos años de garantizar la atención y solución de las principales necesidades de la población.

 

Donde la agricultura y la producción y distribución de productos alimenticios es cada vez más deficitaria, y los precios de venta a la población son cada vez más elevados, todo lo que se puede comprobar simplemente mirando las mesas de los cubanos a la hora de almorzar o comer o las tarimas de los mercados encargados del expendio de productos alimenticios para la población. Y esto es así aunque los precios se utilicen en pesos cubanos (CUP), esa devaluada moneda nacional con que se paga a la inmensa mayoría de los trabajadores del país, o en pesos convertibles (CUC), la moneda artificial inventada por la dictadura, supuestamente equivalente al dólar de los Estados Unidos, pero que en la práctica solamente vale en Cuba, y de la que solamente dispone una pequeña parte de los trabajadores en pocas y determinadas actividades económicas en el país, además de los cubanos que pueden tener acceso a esos pesos convertibles, por pagos en moneda fuerte fuera del país o porque reciben remesas de sus familiares y amigos residentes en el exterior.

 

Cuba hoy es un país en el que la construcción no logra culminar ninguna edificación importante en los plazos establecidos y a los costos imprescindibles para no dar pérdidas, y donde el mismo régimen acaba de reconocer que existen más de 230,000 viviendas por reparar, dañadas por los huracanes que han golpeado el país desde el año 2012 a la fecha, y eso sin contar todas las viviendas descalabradas por huracanes antes de esa fecha o todas las que están deterioradas o que se han derrumbado por falta de mantenimiento y reparaciones.

 

Y donde el turismo, que efectivamente ha logrado crecer en cantidad de visitantes en el presente año -al priorizarse esa actividad por sobre la atención y solución de todas las necesidades reales de los cubanos- y donde cada turista en Cuba posibilita el ingreso al país de 655 dólares como promedio. Cifra que queda muy por debajo de Puerto Rico, Jamaica y República Dominicana, donde en este último país los ingresos por viajeros alcanzan $1,025, mientras el promedio para la zona caribeña llega a $1,198, y países como Barbados, con muchos menos visitantes, obtienen ingresos promedio de $1,748 por cada turista.

 

¿Cómo es posible, con esas estadísticas, y a pesar de todas las calamidades que el régimen dice que ha tenido que enfrentar la economía castrista, más los antecedentes del año anterior y el primer semestre del 2017, que se pueda decir tranquilamente que la economía cubana crecerá en el 2017 en 1.6%?

 

Evidentemente, esto solamente es posible en un país donde no exista transparencia ni libertad de información y prensa, y haya que depender exclusivamente de las cifras que ofrece la dictadura, cuando le convenga hacerlo, y solamente con los datos que le interese divulgar.

 

Por tanto, no vale la pena dedicar más tiempo al trabajo de la sesiones del circo castrista, pues el número principal del show, a cargo del ministro de economía, ha resultado un engaño colosal para cualquier analista sensato de ese tema que supuestamente debería ser el más importante de todos los que se han discutido en esta temporada del Gran Circo Castrista de La Habana.

 

La salida de Raúl Castro: sin prisa pero con pausa

 

Fuera de eso, sin dudas lo que más concentró la atención de tirios y troyanos durante esos espectáculos circenses de diciembre era el tan esperado anuncio de la definición de la forma y el cómo de la salida de Raúl Castro de sus cargos estatales y gubernamentales -no de los partidistas-, y lo que eso implica con relación a quién sería el próximo “gobernante” del país, al menos en los planos formales.

 

Aparentemente el mediocre y poco carismático Miguel Díaz-Canel Bermúdez, Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros (formalmente el “segundo al mando” de Raúl Castro en esos cargos) debería ser el sucesor, de acuerdo a como se han comportado los eventos desde febrero del 2013, cuando fue ascendido -nunca electo- a tales cargos.

 

Aunque algunos iluminados se empecinan en continuar proclamando que el poder lo heredará alguno de los hijos del tirano, ya sea el anodino Alejandro Castro Espín o su pelmaza hermana Mariela, y uno que otro brujo de tribu ha comenzado a señalar recientemente que Díaz-Canel habría caído en crisis, como se dice en los pasillos del poder castrista, por no ser suficientemente “duro”, o que no disfruta de la simpatía de algunos sectores del poder -como si en Cuba hubiera “sectores” de poder independientemente del poder raulista-, y entonces ya no sería el delfín premiado con la sucesión.

 

Al prolongarse el cambio por dos meses otros auguran que el sucesor podría ser el gris canciller cubano Bruno Rodríguez, que sería preferido por los familiares de los hermanos Castro por encima de Díaz-Canel, mientras algún que otro cartomántico sin trabajo (más trasnochado aun) incluye ahora al Comandante de la Revolución Ramiro Valdés en la quiniela ganadora. Sin faltar los que proclaman, a gritos y sin sonrojarse, que todo no es más que un show propagandístico y que en realidad el general sin batallas nunca dejará sus cargos mientras viva. O un otro taumaturgo en paro que asegura que Raúl Castro “ya no gobierna” desde hace tiempo, y el poder lo ejercen tras bambalinas quién sabe quienes. Hay de todo en la viña del señor y también en la finca de los hermanos Castro, donde el realismo mágico de Macondo parece un cuento infantil comparado con la realidad cotidiana durante los tiempos del raulismo moribundo.

 

Incluso hay quien dice que, a pesar del anuncio reiterado de Raúl Castro de que se retira de sus cargos de estado y gobierno en abril del 2018, y de que Cuba tendrá “un nuevo presidente” el 21 de abril del próximo año, todo se trata de una trampa para cazar bobos, y que será el ahora anunciado pleno del comité central del partido en marzo del 2018 quien decidirá quién y cómo se queda en el poder, que podría ser hasta el mismísimo Raúl Castro. Pero bueno, ya se sabe que aunque en estos temas cubanos todos los seres humanos son iguales, algunos son más iguales que otros, y que también hay unos cuantos más que son evidentemente superiores al resto de los simples e infelices mortales.

 

De manera que no sería necesario especular más por ahora sobre estas posibilidades y eventuales variantes. Si al fin y al cabo llevamos 58 años esperando por un desenlace no castrista, unas cuantas semanas más de espera no van a cambiar lo sustancial de esa realidad. Porque, como decían nuestros abuelos: ¡De Jodido pa´lante no hay más pueblo!

 

Y más que dedicarnos a especular en estos días, como quisiera la dictadura, podremos dedicar un poco de tiempo a  celebrar las Navidades y todas las fiestas de la temporada con nuestros familiares y amigos, y a esperar el próximo año pensando en todas las cosas buenas que podría traernos, y no solamente en las desgracias que ha significado el castrismo para nuestra patria y nuestras vidas.