Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

 

 

                                Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

TÚNEZ, HAITÍ, Y ALGUNAS ENSEÑANZAS PARA LOS CUBANOS

 

Dos acontecimientos muy recientes, separados en la geografía y la cultura, pero muy cercanos en la realpolitik y el tiempo, debían sernos muy útiles a los cubanos, para no seguir pensando en pececitos de colores: la expulsión en Túnez de un dictador con veintitrés años de antigüedad (muy lejos con ese tiempo en el poder para ser el decano, ni siquiera en África) y el sorpresivo regreso a su país, Haití, de otro dictador, Baby Doc Duvalier, tras veinticinco años de exilio, más dorado que rosado.

 

¿Por qué el análisis de ambos acontecimientos podría ser muy útil a todos los cubanos, dentro de la Isla y más allá del Malecón?

 

Pues, aunque no fuera para más nada, para evitarnos seguir ilusionados cuando consideremos el futuro de nuestro país tras la dinastía de los Castro, y nos acabemos de olvidar que todo se puede resolver con la restitución de la Constitución de 1940 y la convocatoria a elecciones libres y multipartidistas en un término de seis meses, ambas misiones imposibles.

 

Así de sencillo, aunque suene hereje, o lo sea.

 

La llamada “revolución de los jazmines”

 

Túnez obtuvo su independencia de Francia en 1956, y durante treinta años fue dirigido por el clásico patriarca africano, en este caso Habib Bourgiba, inspirado en el socialismo desturiano, amalgama ideológica que era difícil definir, incluso para él mismo.

 

Sin embargo, dentro de esa nebulosa conceptual, permitió el funcionamiento de un estado relativamente moderno, laico y afrancesado, donde las mujeres no eran reducidas a la nada como en el clásico estatus musulmán, y a pesar de la abrumadora carencia de recursos naturales del país norafricano –incluida el agua potable- funcionó una economía comparativamente próspera, donde el turismo tenía un peso fundamental, existía un relativo desarrollo de la clase media, un progresivo nivel de educación y calificación de la fuerza laboral, servicios sociales aceptables bajo los estándares tercermundistas, y un ejército relativamente profesional y calificado.

 

Bourgiba, como todo patriarca clásico, nombró a su hijo como primer ministro, potencial sucesor. Sin dejar de ser árabe y musulmán, mantuvo relaciones aceptables con el mundo occidental, y no cayó en las tentaciones del fundamentalismo religioso ni el antiimperialismo descocado. Aunque no dejara de ser un HP, ciertamente, estaba incluido en el grupo de “nuestros HP” por Occidente, ni más ni menos.

 

Cuando la senilidad dominaba al patriarca, en noviembre de 1987, mientras hablaba incoherencias en el parlamento domesticado, fuerzas especiales tunecinas lo detuvieron públicamente y lo enviaron a tratamiento psiquiátrico por el resto de sus días, asumiendo el poder quien era entonces ministro del interior, Zine el Abidine Ben Alí, devenido nuevo regente del país hasta su expulsión hace pocos días.

 

Solución no demasiado convencional, sin dudas, pero realmente efectiva. Si alguien quiere establecer cierta analogía entre las incoherencias seniles de Habib Bourgiba en Túnez y las de Fidel Castro en la Cuba de hoy, tiene todo su derecho a hacerlo.

 

Ben Alí, por su parte, desarrolló una típica sucesión africana, y convirtió a Túnez en un país con más policías que Francia, aunque la población francesa es seis veces mayor que la tunecina.

 

En los últimos tiempos se había acercado al régimen cubano. A comienzos de este año, según la Agencia de Información Nacional (AIN) de Cuba:

 

“Zine El Abidine Ben Ali, presidente de Túnez, envió a su homólogo cubano, General de Ejército Raúl Castro, un mensaje de felicitación por el aniversario 52 del triunfo de la Revolución. Ben Ali se pronunció en la misiva a favor de fortalecer aún más las relaciones de amistad y cooperación, e hizo hincapié en el deseo de llevar a cabo acciones conjuntas al servicio de los intereses de los dos pueblos amigos”.

 

Sin los atributos de patriarca de la independencia, Ben Alí mantuvo los logros esenciales de Túnez en los treinta años anteriores; el nuevo hombre fuerte resultó el mismo perro con diferente collar. Era, simplemente, otro HP, pero “nuestro HP” también.

 

Multiplicó más que con creces la corrupción en el país, mucho más aún después de su segundo matrimonio en 1996. Con su actual esposa y las cuatro hijas de su primer matrimonio, la familia en el poder creó un extenso imperio económico basado en la corrupción, con diferentes sectores controlados por cada familiar, donde era imposible participar en negocios si antes no se “tocaba” convenientemente a los protegidos del dictador con jugosas sumas de dinero.

 

Como ocurre tantas veces, y podría ocurrir en cualquier lugar del mundo, en diciembre del 2010 un hecho inesperado desató la Caja de Pandora en el país, cuando en una pequeña ciudad un joven de veintiseis años, graduado universitario en informática, desempleado y devenido vendedor ambulante de verduras y frutas por necesidad, un “cuentapropista” sin licencia se diría en Cuba, se inmoló dándose candela a sí mismo cuando la policía le confiscó arbitrariamente la mercancía de la carretilla con la que trataba de subsistir malamente.

 

La historia es muy reciente y se conoce: se sucedieron las protestas por todo el país, hasta que el dictador y su familia pusieron pies en polvorosa y huyeron a Arabia Saudita, se dice que con una tonelada de oro en el avión.

 

Fue nombrado un gobierno provisional, que intenta normalizar la situación en el país con promesas de democratización y enfrentar la corrupción y el desempleo, liberación de presos políticos y respeto a las libertades individuales, pero que enfrenta grandes retos en estos momentos, mientras tiene ante sí una tarea muy compleja.

 

Y no olvidemos esto de la complejidad de la tarea cuando analicemos más adelante algunas enseñanzas para la situación cubana con relación a la democratización de un país después de una larga dictadura.

 

Sin embargo, hay algo que hasta ahora parece que no se ha analizado suficientemente con relación al proceso tunecino: el papel del ejército.

 

Tanto en la destitución forzada de Habib Bourgiba en 1987 como en la actual “revolución de los jazmines”, las fuerzas armadas se mantuvieron al margen de los acontecimientos y no apoyaron a los dictadores: la destitución del patriarca en 1987 fue llevada a cabo por el ministerio del interior, y en los recientes acontecimientos la brutal represión estuvo a cargo de la policía.

 

La presencia de las fuerzas armadas en las calles de Túnez cuando las manifestaciones estaban en su apogeo fue saludada alegremente por los manifestantes, que comprendieron que sería un freno para los desmanes de la policía. No hubo ni un solo disparo de las fuerzas militares contra los manifestantes.

 

Y esto apunta a una realidad del Tercer Mundo: la sociedad civil, los partidos políticos, los sindicatos, la clase media y la intelectualidad, no pueden decidir nada frente a dictadores y caudillos sin el apoyo, o al menos sin la neutralidad, de las fuerzas armadas, que son los verdaderos agentes de cambio, para bien o para mal, en nuestras naciones. Tan sencillo como eso.

 

Cuba no es diferente a Túnez en cuanto al papel potencial de las fuerzas armadas, y en ambos países solamente dos personas han estado al frente del país por más de medio siglo. Sin embargo, los que se precipitan hablando del llamado efecto contagio, que hasta el momento ni siquiera es evidente en el Maghreb, mucho menos fuera de la región, deben recordar que en Cuba no existe ni una clase media como la tunecina, ni sindicatos independientes poderosos, ni un nivel de independencia individual y de información de la población como se disfrutaba en la nación nor-africana aún en los peores tiempos de Ben Alí, que a pesar de su mano de hierro no llegó nunca a los niveles del totalitarismo tropical.

 

Si no ocurren acontecimientos inesperados, todo parece indicar que prevalecerá la solución biológica al drama nacional de los cubanos. Los pocos avances que se pueden vislumbrar con relación a reformas en la economía en estos momentos están signados por los militares a cargo de las actividades económicas y políticas, aunque algunos visten de civil.

 

Lo que ocurra después de los Grandes Funerales dependerá en buena medida de la actitud que adopten las fuerzas armadas cubanas entonces: santificar una sucesión dinástica o de pura escenografía, según el diseño neocastrista ya elaborado, o presionar hacia la apertura política y el regreso de Cuba a la modernidad y el mundo occidental.

 

Ante esta disyuntiva, si alguien puede proponer una variante más evidente que no somos capaces de vislumbrar en estos momentos, tiene a su disposición desde ahora mismo las páginas de Cubanálisis-El Think-Tank para darla a conocer.

 

UN “DOC” HAITIANO QUE YA NO ES TAN “BABY”

 

Y esto lleva a otro aspecto, relacionado con el regreso de Baby Doc Duvalier y el caso de Haití, más cercano que Túnez en nuestra geografía y cultura.

 

Después de un cuarto de siglo de exilio en Francia y Suiza, disfrutando los millones robados a la nación haitiana, y sin que pesaran sobre su conciencia los miles de asesinatos de los Ton Ton Macutes y Les Leopards (¿nadie en la prensa seria recuerda a estos últimos?), Jean Claude Duvalier regresó al país después de salir tranquilamente de Francia con un pasaporte diplomático vencido (se dice que tenía derecho a tal pasaporte por tratarse de un ex-presidente) y se alojó muy plácidamente en un hotel de Port-au-Prince, la capital.

 

Solamente al día siguiente, y casi con honores y hasta pidiéndole disculpas, fue llevado a un cálido interrogatorio ante la justicia haitiana durante cuatro horas, para posteriormente regresar a su hotel a seguir disfrutando la vida, y al día siguiente mudarse a una lujosa mansión en la capital que, como casi siempre sucede en nuestro continente, está ubicada en una barriada donde los efectos del terremoto hicieron mucho menos daño que en los barrios pobres.

 

Jean Claude Duvalier no es tonto, ni debe ser subestimado. Tras la muerte de su padre, Francois Duvalier, asumió todos los poderes absolutos en su país en 1971, con diecinueve años de edad, y logró mantenerse con mano de hierro hasta 1986, cuando la situación se hizo insostenible y debió partir hacia un cómodo exilio en Francia, tras haber sustraído cientos de millones de dólares de la nación haitiana.

 

En una astuta jugada tras su regreso, Duvalier está solicitando ahora a través de un abogado que $5.7 millones de dólares de una cuenta a nombre de una fundación de su familia, que se encuentra congelada en un banco suizo desde hace años, por orden judicial, sea liberada, y que todo ese dinero sea canalizado a través de Estados Unidos para destinarlo a la reconstrucción de Haití.

 

Algo que era muy probable que pudiera suceder a través de las cortes, y a la vez tratándose de dinero que era prácticamente imposible que llegara a manos del ex-dictador algún día, lo presenta ahora Duvalier como acto generoso hacia sus compatriotas en desgracia, lo que contribuye a mejorar su imagen ante los haitianos y, quien sabe hasta donde, ante la opinión internacional, generalmente poco informada ante las realidades tercermundistas. ¿Y vamos a seguir pensando que es un baby este señor?

 

Si decidió regresar al país ahora, y si pretende, como dice, limpiar su nombre ante la justicia, es por varias razones:

 

En primer lugar, porque sabe que en Haití en estos momentos lo que menos se desea es la extraordinaria presión y complicación que representaría un juicio contra Baby Doc, quien cuenta todavía con miles de seguidores, y donde existe una masa de población muy desencantada con sus sucesores.

 

Sabe, además, que en Haití existe un enorme vacío de poder en estos momentos, que pudiera ser llenado por la leyenda de orden y disciplina impuesta –a sangre y fuego- por los Duvalier. No puede olvidarse que el 70% de la población haitiana nació después de la fuga del Baby Doc, y el hambre, la miseria, la incultura y la desesperación no son las mejores consejeras para la memoria colectiva de un país. Desde su llegada ha estado rodeado de manifestantes que gritan en su apoyo, a los cuales se dice que se les paga 50 gourdes por día de “apoyo”, aproximadamente $1.25 dólares.

 

Por otra parte, razones debe tener el ex-dictador para suponer que pasaría incólume a través de un proceso judicial en su país. Qué cantidad de millones de “razones” podría disponer para ello, y qué promesas habrá hecho de beneficios futuros para la “justicia” haitiana si regresa al poder, es algo que no podemos saber en estos momentos, pero de seguro las cuentas han sido sacadas con tiempo suficiente, y los beneficiarios deben conocerlas.

 

Sin embargo, puede haber también margen para un error de cálculo por parte del ex-dictador, como sucedió también en el caso del ex-presidente Alberto Fujimori en el Perú, que en este momento cumple condena tras las rejas en su país. Hay que esperar por el desarrollo de los acontecimientos para comprender mejor las jugadas de cada parte, incluido también otro ex-mandatario haitiano, Jean Bertrand Aristide, quien ha declarado su intención de regresar al país desde su exilio en África del Sur.

 

¿Cómo pueden ocurrir cosas como estas?

 

En primer lugar, porque tras la destitución de Baby Doc en 1986, lo único diferente que pueden mostrar todos los gobiernos haitianos que le sucedieron hasta el día de hoy es la no existencia de asesinatos y acciones represivas en gran escala que caracterizaron a la dinastía Duvalier (padre e hijo), pero nada más.

 

La corrupción rampante, la falta de oportunidades para la población, el desinterés por el desarrollo del país, la despreocupación por las necesidades sanitarias y educacionales de los haitianos, la carencia de una infraestructura elemental, la demagogia, la malversación y el robo de los recursos de la nación, no han mejorado sustancialmente en veinticinco años de “democracia” haitiana posterior a los Duvalier. 

 

En estos mismos momentos, hay una crisis política en el país, provocada por el fraude orquestado por el propio presidente en ejercicio, desconociendo el resultado de la primera vuelta de las recientes elecciones para imponer al candidato oficialista, su yerno, mientras el país se debate entre los desastres y miserias provocados por el terrible terremoto del pasado año, la epidemia de cólera, la ineficiencia generalizada, la deshonestidad de su burocracia, y el escandaloso desvío de recursos.

 

No hay por que sorprenderse de que estas cosas sucedan en América Latina y en todo el Tercer Mundo. No hay que hablar de Zimbabwe, Uganda, o Pakistán para comprenderlo, y tenemos ejemplos mucho más cercanos.

 

El dictador argentino Juan Domingo Perón regresó a su país entre vítores y honores y ganó muy cómodamente la presidencia; el ex–presidente nicaragüense Arnoldo Alemán disfruta de libertad con los millones de dólares malversados al tesoro de su país, y participando activamente en la política nacional, gracias a la venalidad del sistema judicial de Nicaragua; y Daniel Ortega se encamina a otra reelección en esa misma Nicaragua a través de diversos subterfugios “legales”.

 

Porque por muy abominable que haya sido un régimen anterior –en Túnez, Haití, o en cualquier lugar- si quienes lo suceden en el poder no son capaces de crear o restablecer un verdadero Estado de Derecho y asegurar las vías para un real desarrollo y caminos de prosperidad para todos sus pobladores, el fantasma de un regreso del ancien regime o de un defenestrado dictador siempre rondará, porque muchas veces el remedio para una dictadura ha resultado peor que la enfermedad.

 

ENSEÑANZAS Y RETOS PARA LOS CUBANOS

 

Los cubanos nos sacudimos de la dictadura de Gerardo Machado en 1933 y logramos establecer siete años después una avanzada Constitución democrática en 1940, pero que no duró más de doce años. Posteriormente, nos desembarazamos de la dictadura batistiana que existió por menos de siete años, hasta el último día de diciembre de 1958, pero que fue sustituida por una dictadura -a nombre- del proletariado que se ha mantenido en el poder por más de medio siglo.

 

En la actualidad, para superar más de cincuenta años de castrismo, la única opción aceptable para la nación cubana tiene que ser una alternativa nacional que garantice que una dictadura, cualquiera que sea, nunca más, por ninguna razón, podrá tener cabida en nuestro país. De lo contrario, podríamos regresar al desastre en cualquier momento.

 

Y el desmontaje total, absoluto y completo –en lo material y en lo socio-psicológico- de la maquinaria totalitaria cubana que ha funcionado en Cuba por más de cincuenta años, es un proceso complejo y complicado, que no se puede materializar fácilmente ni se podrá lograr nunca si se pretende construir a la carrera, y sin pensar demasiado, una democracia estilo sueco, canadiense, norteamericana, o inglesa. Ni siquiera si se pretende un modelo de democracia más joven, estilo costarricense o uruguaya.

 

Tenemos condiciones para lograrlo, pero sin precipitarnos.

 

Aunque parezca una contradicción, para llegar a ese estatus maravilloso de la democracia donde no pueda tener ningún espacio una dictadura, después de más de medio siglo de totalitarismo tropical y caudillista, habrá que transitar primero, necesariamente, por una “dictablanda”, inequívocamente enfocada hacia el objetivo de la democracia y el Estado de Derecho, y respetando los derechos humanos y las libertades individuales, pero que también tendrá que recurrir a métodos autoritarios y alguna mano fuerte para impedir que el anarquía y el caos puedan imperar en el país.

 

Quienes piensen que basta con abolir la Constitución Socialista y restablecer la de 1940 se han quedado mentalmente en el primero de enero de 1959: siete años de dictadura autoritaria no destruyeron la sociedad civil cubana ni las instituciones de la nación, ni lanzaron a la diáspora a más de dos millones de cubanos, y la Constitución de 1940 hubiera podido ser restablecida, como se prometió, aunque no lo quiso nunca hacer la nueva dictadura.

 

Pero más de medio siglo de tiranía castrista y neocastrista han dejado tabla rasa tras de sí en casi todos los componentes de la nación cubana, y prácticamente obligan a comenzar desde cero la reconstrucción. Y no solamente la material, sino más importante aún, la moral, la psicológica, la sociológica, la cultural, la tecnológica, la ética.

 

¿Qué historia, por ejemplo, conoce la mayoría de los cubanos, y no sólo dentro de la Isla, sino también en el exilio? ¿La real, la oficial, o la truncada?

 

¿Cuánto tiempo necesitaría una nueva Cuba para que los cubanos dentro de la Isla destierren de su mente las palabras “imperialismo” o “bloqueo” para tratar de explicar la inepcia y la estulticia? ¿O para dejar de referirse a la Brigada 2506 de Bahía de Cochinos-Playa Girón como “mercenarios”, o a todos los guerrilleros que retaron al régimen en el Escambay en la década del sesenta como “bandidos”?

 

¿O para tantos cubanos fuera de Cuba desde hace muchos años dejar de creerse que todos dentro de la Isla son ladrones, farsantes o jineteras? ¿O que Dalia Soto del Valle, la esposa de Fidel Castro, tiene atribuciones para ordenar el fusilamiento de cualquiera? ¿O no poder comprender que no se puede ser revolucionario, inteligente y honesto a la vez, pero se puede ser dos de esas condiciones al mismo tiempo? ¿No existen revolucionarios inteligentes, ni revolucionarios honestos?

 

¿Para que entendamos que a los jóvenes que hoy cuentan con menos de veinticinco años no les interesan en lo más mínimo ni las acciones de los históricos del régimen en las guerrillas, ni las de los “duros” que enfrentaron al castrismo con las armas en la mano y terminaron muchas veces en el paredón, las prisiones o el interminable exilio, de la misma manera que los que hoy somos ya mayores veíamos cuando éramos niños a los veteranos de la Guerra de Independencia como algo folklórico, lejano, relegado a conmemoraciones patrias o graduaciones escolares?

 

¿O para que todos los cubanos aprendan a vivir libremente de verdad, sin tener que dar continuamente explicaciones o justificaciones sobre todo lo que hacen, o a no necesitar bajar la voz para expresar sus opiniones? Dentro de Cuba… y fuera de Cuba.

 

¿Qué tiempo nos hace falta para desmontar las leyes más importantes del totalitarismo, esas que impiden el funcionamiento democrático de la sociedad? Pero para desmontarlas racionalmente, no a lo talibán. ¿Y con qué las vamos a sustituir? ¿Con proyectos diseñados entre café cubano en la Calle Ocho, entre vino tinto en la Gran Vía, o entre cerveza y chispa’etrén en El Vedado o Guanabacoa?

 

Para liberar a los prisioneros políticos basta dar una orden, y para eliminar el aberrado concepto de “peligrosidad” bastaría un decreto, pero para elaborar un nuevo código penal hace falta más tiempo y mucho análisis. ¿O pretenderemos restablecer por decreto los códigos anteriores al periodo revolucionario, algunos de los cuales databan de tiempos de la colonia?

 

¿Y qué va a pasar no solamente con los generales y altos oficiales del régimen que no estén involucrados en acciones de sangre o la represión directa de los ciudadanos? ¿Y con los oficiales del Ministerio del Interior?

 

¿Qué va a pasar con los cientos de miles de militantes del Partido y de la Unión de Jóvenes Comunistas? ¿Con los presidentes de Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y con todos los “cederistas”? ¿Con los secretarios generales de las secciones sindicales y las de los bloques de la Federación de Mujeres Cubanas? ¿Con los policías palestinos venidos de las provincias orientales a La Habana?

 

¿Todos esos cubanos son victimarios o víctimas? ¿Son víctimas o supervivientes?

 

¿Qué tiempo necesitamos para una verdadera transición a la democracia?

 

No nos equivoquemos, que el camino será largo y doloroso: esa Cuba maravillosa que no solamente pretendemos, sin que también merecemos, no se puede lograr de la noche a la mañana… ni en seis meses.