Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS  

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

REVOLUCIÓN, MITO Y FRACASO 

En ocasiones, los mitos perduran tanto o más que la historia. Las leyendas se conforman con partes de hechos y partes de imaginería, más que imaginación, y con el tiempo se confunde lo real y lo virtual y se aceptan ambos como fragmentos de lo sucedido, sin que nos molestemos muchas veces en verificarlo ni nos haga falta hacerlo para poder dormir tranquilos.

 

La última dictadura de Fulgencio Batista duró del 10 de marzo de 1952 al 31 de diciembre de 1958, un total de 2,321 días. Para que hubieran existido los célebres veinte mil mártires que reclama la revolución, se necesitarían 8.62 asesinatos por día, o un promedio de 258 mensuales, desde el primer día del golpe de estado hasta el de la fuga precipitada del último día de 1958.

 

Más aún, sumando todos los que hayan caído en la lucha contra la dictadura batistiana en sierras o llanos, más los fallecidos a lo largo de cincuenta años de castrismo, incluyendo las guerras de Angola, Etiopía y Nicaragua, todas las “misiones internacionalistas“, los caídos en el Escambray en los años sesenta, en la invasión de Playa Girón, la explosión de La Coubre, el atentado del avión civil de Cubana de Aviación en Barbados, durante la invasión norteamericana de Grenada, y en todos los encuentros armados que se hayan producido, más las víctimas civiles y militares de atentados terroristas, y sumando aún los accidentes por armas de fuego y en maniobras militares, en Cuba y en el extranjero, la cifra sigue estando lejos de aquellos veinte mil.

 

La cifra no tiene sentido, pero el mito sí. Como aquel de acusar a José Martí de la autoría intelectual del asalto al Cuartel Moncada, o atribuirle la justificación de la existencia de un partido único con base a la fundación del Partido Revolucionario Cubano a finales del siglo XIX para llevar a cabo la guerra por la independencia de Cuba.

 

Al momento de la “liberación” en 1959, en medio de un desbordante júbilo y apoyo popular sin posible comparación en la historia de Cuba, el país acumulaba una historia de varias elecciones democráticas interrumpida solamente con la revolución del 33, y en la etapa de 1952 a 1959. Para no equivocarse, hay que añadir que tal democracia republicana estaba plagada de inmensidad de arbitrariedades, corrupción rampante, venalidad, injusticia, latrocinio, desigualdad social, fraudes electorales, malversación,  autoritarismo “democrático” que no excluía la ingestión forzada de purgantes a los periodistas “incómodos” o el pistoletazo oportuno a quien molestara demasiado, pero donde podía funcionar la sociedad civil, existían decenas de periódicos y estaciones de radio y televisión sin censores, tribunales, habeas corpus, división de poderes, y un conjunto de libertades individuales “inalienables” garantizadas en la Constitución de 1940.

 

Aún la más deficiente de las etapas democráticas de la Cuba republicana aportó más al desarrolló de las libertades individuales de la nación que la más perfecta y “liberal” etapa del castrismo, que lo que pueda haber logrado, y no hay que decir que no ha hecho nada, lo hizo siempre a un costo social y humano imperdonable e irrecuperable.

 

La historia oficial define la lucha contra la tiranía batistiana como una etapa lineal e indivisible, durante la cual fue siempre Fidel Castro el indiscutido máximo líder, y todos los demás una comparsa. En las narraciones de los combates o de los acontecimientos históricos se mencionan solamente a los que son parte del poder en la actualidad o los que murieron del lado revolucionario, como Camilo Cienfuegos o Che Guevara (continuo fracasado fuera de Cuba). Ni una palabra o una imagen sobre los “traidores” que no quisieron continuar acompañando al caudillo a lo largo de la epopeya castrista.

 

La imagen del Comandante Huber Matos (cumplió veinte años de presidio) está borrada de la foto oficial de la entrada de Fidel Castro en La Habana; el nombre de Mario Chanes de Armas (cumplió treinta años de presidio), combatiente del Moncada y expedicionario del Granma, está adulterado en el monumento en Artemisa a los asaltantes del Moncada; está borrado de la historia oficial el (fusilado) Comandante Humberto Sorí Marín, autor del código penal del ejército rebelde y redactor principal de la ley de reforma agraria; la historia oficial de los combatientes cubanos en Angola y Etiopía omite al (fusilado) general Arnaldo Ochoa, jefe de ambas expediciones en los momentos en que se obtuvieron las victorias militares; no existe ni existió en la historia oficial el coronel Dariel Alarcón (“Benigno”, uno de los tres cubanos supervivientes de la guerrilla del Che en Bolivia), exiliado en Francia.

 

Mientras más pasan los años, y ya cuentan medio siglo, más claros los mitos y más borrosas las historias verdaderas. Ciertamente, se pueden mencionar determinados “logros” del castrismo en la salud pública y la educación gratuitas, algo que pueden mostrar también Costa Rica, Uruguay y Chile sin el terrible costo social de conculcar las libertades individuales o negarle el derecho a los ciudadanos a elegir libremente a sus gobernantes, sin amordazar la prensa o restringir la libertad de expresión, movimiento o creencias religiosas.

 

¿Tenía que haber sido así? Evidentemente, no. Pero esos “logros” nunca fueron un fin en sí mismos, la meta de un gobierno preocupado por el bienestar de su población, sino el pretexto que legitimara el poder vitalicio e incuestionable, so pena para los contestatarios de perder sus libertades elementales o hasta el derecho a la vida. No fueron fusilados solamente los esbirros de la tiranía culpables de horrendos crímenes, sino también generales, coroneles y comandantes del Ejército Rebelde, campesinos y ex-combatientes rebeldes capturados en los enfrentamientos armados en El Escambray en la década del sesenta, y definidos como "bandidos" sin distinciones de ningún tipo,  conspiradores anticastristas urbanos no siempre vinculados con acciones violentas, y hasta tres jóvenes de la raza negra en el 2003, infructuosos secuestradores que no provocaron víctimas, como "escarmiento" frente a los intentos de abandonar el país por la fuerza.

 

De mitos se alimentó siempre la ideología, y mucho más la propaganda castrista. No hubo reforma agraria verdadera, sino un gran circo publicitario, donde se le entregaron títulos de propiedad a una determinada cantidad de campesinos, que quedaban a merced de instituciones de acopio y trabas burocráticas; se crearon cooperativas de producción que siempre estuvieron bajo la coyunda del enfoque “leninista” de la agricultura (receta para el fracaso); y fueron forzosamente convertidos en obreros agrícolas, a través de la estatización de las tierras de los latifundios cañeros y ganaderos, una inmensa cantidad de trabajadores rurales que soñaban con su pedazo de tierra.

 

El pretexto de eliminar tanto el latifundio como el minifundio creó un latifundismo estatal oficial que, medio siglo después de creado, solamente puede mostrar una inmensa cantidad de tierras ociosas y el marabú como el rey de los campos cubanos, mientras es necesario importar casi el 80% de los alimentos que consume el país, incluyendo azúcar, aunque la jerarquía partidista insiste en la superioridad de la agricultura socialista, y una buena parte de las verduras y vegetales que se consumen en las instalaciones para el turismo ha habido que importarla en ocasiones, con el pretexto de no permitir que los campesinos cubanos las produzcan y se pudieran “enriquecer” y crear “desigualdades”: siempre se vio preferible gastar los dólares en el extranjero que pagarle a los productores cubanos por productos más frescos de similar o superior calidad.

 

El pretexto de la industrialización y la diversificación de exportaciones destruyó de manera sistemática la industria azucarera hasta nuestros días y la base industrial nacional que había comenzado su despegue después de la Segunda Guerra Mundial, importando fábricas innecesarias, obsoletas e ineficientes que nunca, nunca, pudieron superar en resultados o eficiencia las existentes en tiempos de la llamada “pseudo-república”.

 

Y este concepto de “pseudo-república” ha sido otro de los mitos mejor alimentados y más ampliamente consumidos por la población cubana sin más fuentes de referencia que las oficiales, pero también por una izquierda continental y europea que con la más absoluta ignorancia de las realidades y la historia repite como papagayos lo que escuchan en la propaganda oficial, sin ni siquiera molestarse en confirmarlo. Había que desacreditar toda la historia anterior, adulterarla o borrarla para después referirse a ella comparativa o despectivamente y exaltar el presente revolucionario argumentando que cualquier tiempo pasado fue peor, pero en base a la fe, porque lo dice la revolución, no a verdaderas demostraciones.

 

La alfabetización partió del mito humanista y verdaderas necesidades de aprendizaje en la población para extender la ideología en todo el país, y la “prueba” de que cada campesino había sido alfabetizado era escribirle una carta a Fidel Castro agradeciéndole por ese resultado. Cuando se acercaba el fin del año 1961 y había que mostrar el cumplimiento de la meta que se había anunciado al mundo, y proclamar a Cuba como “territorio libre de analfabetismo”, fueron los mismos brigadistas alfabetizadores y maestros quienes debieron redactar y escribir muchas de tales cartas, porque lo importante no era realmente alfabetizar a los cubanos, sino afianzar otro de los mitos que sustentarían la ideología y contribuirían a adaptar la verdad y la historia a los requerimientos del poder.

 

Requerimientos del poder que apelaron al socialismo y al marxismo-leninismo cuando fue necesario consolidar un caudillismo antidemocrático y vitalicio, pero que nunca tuvo que ver realmente con la fundamentación de una doctrina euroasiática que no tenía cabida ni sentido en una nación caribeña, occidental y mestiza.

 

La gran masa de campesinos semianalfabetos que integraron la gran mayoría del Ejército Rebelde no tenían nociones de marxismo ni de socialismo de ningún tipo: tomaron las armas y “se alzaron” para deshacerse de una dictadura que se había apropiado del poder por la fuerza y por la fuerza debía ser desplazada, pero siempre con la idea de, una vez cumplida la tarea, regresar a la normalidad democrática y la vida cotidiana: nada tenían que ver con la Gran Guerra Patria soviética, la instalación de misiles nucleares en Cuba, los corruptos aventureros congoleños que llamaron a la correría africana a Che Guevara, o las ambiciones de poder del MPLA en Angola, Mengistu Haile Mariam en Etiopía, y los hermanos Ortega en Nicaragua.

 

Los luchadores clandestinos que enfrentaron la represión, la tortura y los asesinatos de los esbirros batistianos querían una nación democrática y próspera, aunque fuera imperfecta, y en nada coincidían con la ideología de quienes masacraron rusos, armenios y ucranianos, impusieron el comunismo por la fuerza en Europa del Este, aplastaron bajo los tanques a los insurrectos de Budapest en 1956, y mantenían una férrea dictadura, impuesta a sangre y fuego en el país más extenso del planeta, compuesto de un conjunto de naciones conquistadas y cautivas.

 

El marxismo-leninismo y la “indestructible amistad cubano-soviética” no fueron nunca los fundamentos ideológicos de nada, sino el mito que sostendría el pretexto de la plaza sitiada y aferrarse para siempre en el poder sin libertades individuales ni prosperidad para los cubanos.

 

La megalomanía castrista rompió con todos y cada uno de los partidos comunistas más tradicionales en América Latina y el Caribe, aliados de Moscú, para fomentar los más diversos movimientos de izquierda radical y violenta, plagados todos de farsantes, aventureros, irresponsables y oportunistas, y muchas veces cobardes, presentados como alternativa al inmovilismo tradicional de los partidos fieles a la Internacional Comunista, a la vez que se rompía drástica y definitivamente en todo el continente con muchos políticos democráticos de reconocida honestidad, prestigio y capacidad demostrada. Se trataba de subvertir los valores tradicionales latinoamericanos, desde la democracia al populismo y el comunismo clásico, para establecer el castrismo como ideología preponderante, con la Segunda Declaración de La Habana, la “revolución en la revolución”, y “la larga marcha de América Latina”.

 

En nombre del internacionalismo hubo alianzas en África, Europa y Medio Oriente con  diferentes gobernantes corruptos y desvergonzados, delincuentes y criminales, “movimientos de liberación nacional” afines al terrorismo y la violencia indiscriminada, y grupos, partidos o naciones dirigidos por alcohólicos y ladrones que se enriquecían descaradamente con dineros cubanos en nombre de una posición tercermundista militante.

 

En aras de un liderazgo y preponderancia a toda costa, después de ignorarlo al momento de su fundación por reconocidos líderes afroasiáticos en 1961, se pretendió la hegemonía en el Movimiento No Alineado y subordinarlo a los intereses imperiales soviéticos, y se expresó un vergonzoso apoyo a la invasión soviética en Afganistán, como se había hecho en 1968 apoyando otra invasión soviética, la de Checoslovaquia, y después de haber comprometido más de cincuenta mil combatientes en Angola desde fines de 1975: el mito del “internacionalismo”, el “antiimperialismo” y el “anticolonialismo” para explotar las frustraciones nacionalistas y tercermundistas en función y favor de alimentar y expandir las ansias soviéticas de dominación mundial.

 

Se acometió la “construcción socialista y comunista simultánea”, irresponsable y hereje, con la locura mayor de pretender una zafra de diez millones de toneladas aún paralizando el país, con un enfoque que despreció, inclusive dentro de la legendaria ineficiencia comunista, la racionalidad económica y los controles, y se burlaba del “campo socialista” mientras no se tratara de subsidios, armamento y favores a recibir, con una demagogia que puso al supuesto partido comunista cubano en función de las ambiciones personales del caudillo, castró su eventual e hipotética potencial combatividad, y eliminó a los discrepantes bajo los pretextos de micro-fraccionalismo, blandenguería, “dolce vita”, o apatía, a la vez que  encasillaba a la población en “organizaciones de masas”, fueran simpatizantes del proceso o “no-personas”.

 

El mito de la eliminación del desempleo no se basó en el desarrollo sostenido de la economía, sino en la falta generalizada de productividad. Se “inflaron” las plantillas de los ministerios, las empresas, las unidades presupuestadas y las organizaciones políticas y de masas, para darle cabida a cientos de miles de personas que, en condiciones de una real eficiencia, no tendrían lugar en esas actividades. Se inventaron las categorías de “excedentes”, se establecieron subsidios sin contrapartidas productivas, y supuestos procesos de recalificación para esconder el verdadero desempleo. Lo importante eran las cifras que se mostraban en las estadísticas, para alimentar otro mito más.

 

Hubo que falsificar la historia y las ciencias sociales en todos los sistemas de enseñanza para conformar un pensamiento carneril y una “cultura universal” donde los prisioneros de conciencia son simples mercenarios o no existen, y los espías confesos a favor del régimen se consideran “héroes prisioneros del imperio” y se gastan enormes sumas de dinero en campañas internacionales pretendiendo quebrantar el sólido sistema judicial norteamericano, mientras muchos graduados universitarios exhiben faltas de ortografía colosales,  y no tienen la menor idea de quienes fueron Francisco de Arango y Parreño, Domingo del Monte, Rafael Montoro, Jorge Mañach o Leví Marrero, para mencionar solamente algunos destacados intelectuales de las épocas anteriores al proceso.

 

Nunca el castrismo ha admitido la existencia de adversarios decentes: gusanos, apátridas, bandidos, mercenarios, piratas, terroristas, grupúsculos, traidores, lamebotas, escoria, han sido algunos de los muchos adjetivos continuamente buscados y utilizados para intentar descalificar al adversario, desde los que se enfrentaron con las armas en la mano hasta los que simplemente deseaban emigrar: deplorables y muy repugnantes acciones como el asesinato de maestros o la voladura de un avión civil en pleno vuelo se han utilizado para generalizar y absolutizar la catadura moral de todo adversario o no simpatizante durante medio siglo y en todas las latitudes, independientemente de las condiciones morales y personales de cada individuo.

 

Aportes fundamentales del castrismo a la infamia humana han sido tanto los mítines de repudio como los comités de defensa de la revolución o las brigadas de respuesta rápida, expresadas en golpizas a opositores pacíficos, amenazas, penas de prisión como colofón de juicios amañados, ubicación de prisioneros de conciencia muy lejos de sus viviendas, vulgares chantajes y amedrentamiento continuo, represalias contra familiares e hijos menores de opositores, o la propagación de falsedades y bajezas para desacreditar a todo adversario.

 

Cuando durante casi medio siglo diversas administraciones norteamericanas intentaron buscar soluciones al agrio e innecesario diferendo con el belicoso vecino, siempre surgían iniciativas castristas para impedir cualquier progreso, desde negativas rotundas alegando la absoluta falta de confianza en la presidencia estadounidense (con Lyndon Johnson), respondiendo agresivamente con el éxodo masivo e indiscriminado del Mariel (con Jimmy Carter), pretendiendo provocar un sangriento conflicto cargado de víctimas cubanas en Grenada (con Ronald Reagan), hasta derribando dos avionetas civiles en aguas internacionales (con Bill Clinton) para imposibilitar cualquier arreglo pacífico: Había que alimentar continuamente el mito de David frente a Goliat y el antiimperialismo consecuente.

 

Porque se trata del vengador justiciero, a quien el infame enemigo pretende eliminar a toda costa para que no siga esparciendo su ejemplo y la justicia por el mundo, y por eso  habrían organizado más de seiscientos atentados contra su vida, lo que en cincuenta años promedia uno mensual durante medio siglo, aunque no se puedan documentar más de unos pocos, algunos de ellos de concepción tan ridícula y risible que era imposible que ni siquiera se pudieran intentar. Afortunadamente, se dice, un impecable aparato de protección personal ha salvaguardado más de seiscientas veces la vida del campeón, quien ha podido continuar haciendo el bien a pesar de la maldad del enemigo.

 

Cuando decenas de demócratas latinoamericanos y europeos de innegable prestigio, en ejercicio del poder o fuera de él, recomendaron a Fidel Castro, tras el contundente fracaso del comunismo a escala planetaria, realizar una apertura que posibilitara el desarrollo democrático y la prosperidad de los cubanos, recibieron siempre una rotunda negativa, una burlona respuesta evasiva, o un despectivo silencio o falta de atención, tanto en el país como en el extranjero, en foros internacionales o reuniones bilaterales.

 

La “plaza sitiada” que solo existe en la mente del castrismo como pretexto para la dictadura y conculcar la libertad y la prosperidad de los cubanos, no podría abrirse a la razón y la justicia, porque una verdadera democracia supone periódica renovación de los gobernantes, y Fidel Castro, ni en un lecho de enfermo por ya casi dos años y medio, ha estado nunca dispuesto a ceder ni un ápice de un poder que considera que le pertenece por derecho natural y divino, aunque siempre lo justifique, otro mito más, como desprendido sacrificio que lleva a cabo por cumplir el mandato revolucionario popular.

 

Está el mito del pueblo uniformado, “democracia es ésta que le entrega un fusil al obrero, al campesino”, pero solamente para combatir al adversario o llevar a cabo aventuras innecesarias e irresponsables en el extranjero, porque mientras tanto las mantiene a buen recaudo,  bien cerradas y selladas, para un hipotético uso en caso de una eventual invasión imperialista anunciada por casi medio siglo pero cada vez con mucha menos probabilidad de concretarse. Por eso el arsenal de armas supuestamente del pueblo se mantiene bajo la perenne atención de “los compañeros de la seguridad”, que ven en cada cubano un enemigo potencial, que aunque sea del régimen es sometido al paranoico criterio de “confía, pero comprueba”.

 

¿Para qué ha servido el sacrificio individual, las carencias y calamidades, la supuesta “dignidad” como un concepto muy abstracto y vacío, la separación de las familias, la sangre, el sudor y las lágrimas de todos los cubanos durante medio siglo?       

Concretamente, para nada más que para apretar las clavijas de la represión y garantizar la permanencia de la camarilla en el poder, con el mismo caudillo al frente, con salud o en “recuperación” durante más de dos años, sin progreso ni esperanzas, demandando continuamente más y más esfuerzo y sacrificio en aras de un futuro luminoso cada vez más lejano y difuso.

 

¿Cuántos cubanos pueden yacer bajo las aguas del Estrecho de La Florida y otros mares del mundo simplemente porque al no ver un futuro razonable ni un presente resistible no encontraron más alternativa que lanzarse al mar en una peligrosa aventura, con la ilusión de labrarse un futuro y vivir en libertad, cuando el gobierno proclama que "elecciones para qué", y cuando las realiza, con partido y candidatos únicos, defiende una supuesta "estrategia" de voto unido que deja sin opciones a la población?

 

En el orden económico, ni siquiera con la burda manipulación de cifras y metodología creada para mostrar indicadores económicos sobresalientes, final e inexplicablemente aceptada por organismos internacionales, las cifras del castrismo son impresionantes, con excepción de valores absolutos que son automáticos por el desarrollo poblacional durante medio siglo.

 

Las cifras de graduados y estudiantes universitarios en nuestros días, por ejemplo, tienen que ser inmensamente superiores a las de 1958, aunque solo sea por el hecho de que la población cubana se ha más que duplicado durante medio siglo, más aún si se consideran cubanos, como debe ser, a los que han decidido probar suerte y destino lejos del paraíso castrista.

 

Con el desarrollo de la ciencia, la técnica y la tecnología durante cincuenta años, la necesidad de graduados de nivel superior es imprescindible en todas partes del mundo. Pero, sin embargo, ¿de que sirven tantos ingenieros electrónicos del tiempo de los transistores, o ingenieros mecánicos de la época de los camiones GAZ y las cortadoras de caña KTP-1, sin la correspondiente e imprescindible recalificación y entrenamiento?

 

¿Cómo será posible desarrollar un país que se ha quedado sin profesores de enseñanza elemental y media por políticas educacionales absurdas y desprecio a la capacidad, la experiencia y la calificación de los profesores, recargados de requerimientos burocráticos, exigencias ideológicas y propagandísticas, y trabajo agrícola con sus alumnos, mientras reciben un salario equivalente en ocasiones a las propinas de un día de un camarero en un restaurante para turistas? En 1961 el gobierno proclamó al mundo que ya en Cuba no había analfabetos, pero en 2008 tuvo que reconocer públicamente que no alcanzaban los maestros para las escuelas del país. ¿Una fábrica de analfabetos?

 

¿Como será posible reorientar la moribunda economía hacia la modernidad y la eficiencia en pleno siglo XXI, cuando se persigue en plena calle a quienes venden aretes plásticos de fabricación artesanal, o ajos producidos en un patio casero, y para poderlos reprimir se les define despectivamente como “merolicos”?

 

No será por falta de talento o iniciativa que la economía cubana languidece, pues decenas de miles cubanos continuamente demuestran su carácter emprendedor, sus energías y sus éxitos cuando pueden desarrollar su iniciativa libre y legalmente en cualquier lugar del mundo. Miami, a quien el régimen solamente identifica despectivamente como capital de una mafia anticubana, ha sido y es el mejor ejemplo de éxito empresarial de los cubanos libres, dada la gran concentración de éstos, pero en cualquier parte del mundo ese éxito es palpable

 

La supuesta superioridad del socialismo castrista como sistema económico y social existe sólo en los discursos oficiales: la producción de níquel, primera línea de exportación del país en la actualidad, se ha desarrollado con el capital, la tecnología y el management canadiense (que es casi lo mismo que decir con el know-how norteamericano), y el turismo ha dependido en gran parte del capital y la gerencia española. Con capitales conjuntos y experiencias de marketing extranjero se han logrado con los años modestos resultados en la exportación de productos de farmacia y biotecnología. Las potencialidades de explotación y comercialización del petróleo submarino existente en aguas de la zona económica exclusiva cubana será posible solamente con capitales y tecnologías extranjeras, de ese mundo capitalista que se quiere odiar y del cual se desprecian las ayudas humanitarias que no necesita la nomenklatura, pero del que hay que depender para no sucumbir. La gestión socialista en Cuba, en medio siglo, ha destruido la economía y sus posibilidades de recuperación, aunque la propaganda oficial insista que es culpa del "criminal bloqueo imperialista".

 

Pero nada se habla en ningún momento de leche condensada, mangos, zapatos para la población, vestuario, pasta de dientes, construcción de viviendas, aspirinas o almohadillas sanitarias, y las pocas veces que se hace desde la perspectiva oficial es para repetir tonterías y palabras huecas como “incrementar el ahorro” y “trabajar más y mejor”, o pretender resucitar mecanismos obsoletos y fracasados como los contingentes laborales, las microbrigadas o las “tareas de choque”..

 

Con criterios como estos y decisiones como las actuales, el régimen podría pretender reproducir su ideología sin resultados concretos por otro medio siglo, siempre que disponga de “padrinos” para subsidiarlo, como fueron los soviéticos durante treinta años y ahora la Venezuela de Hugo Chávez por más de diez ya a estas alturas, a quien hay que apoyar hasta la implantación absoluta de la dictadura, porque si dependiera de la propia capacidad de producción y creación de riquezas el régimen hace mucho rato que estaría en bancarrota, aunque se desgañite gritando para culpar al clima, los desastres naturales o al  “criminal bloqueo imperialista” de la falta de calabazas o “ganchitos” para el pelo en el país. En la noche del 27 de diciembre del 2008 el general-presidente clausuró la sesión de la siempre fiel y unánime Asamblea Nacional del Poder Popular deseando a los diputados para el 2009 "salud y mucha energía. Vamos a necesitar de ambas". Lo de siempre, porque hay dos palabras que no forman parte nunca del vocabulario del régimen: "felicidades" y "prosperidad".

 

Por eso otro de los mitos ha sido el lenguaje del eufemismo y la tremenda desinformación lingüística, donde no hay prostitutas sino “jineteras”, no falta de controles sino “contabilidad no confiable”, no malversadores sino “desvío de recursos”, no robos sino “faltantes”, no privilegios sino “asignaciones” para la nomenklatura, no segregación por estatus, sino “zonas congeladas”, no criadas domésticas sino “compañeras que ayudan en la casa”, no represión pura y dura sino “respuesta del pueblo enardecido”.

 

Por eso nunca se dirá que muchas cosas van de mal en peor, sino que “no han avanzado todo lo que nuestro pueblo podía esperar”, los desastres organizativos entran en una difusa etapa de “perfeccionamiento”, la catástrofe económica y la supuesta y ridícula teoría que pretende explicarla se definen como “perfeccionables”, o se inventan términos absurdos como “planificidad”, “voto unido” o “reinventar el socialismo”.

 

Porque no se trata de resolver los problemas, algo que nunca se ha intentado seriamente, sino de alimentar los mitos de la invencibilidad de los vencidos, la sabiduría de los ineptos, la dedicación y el esfuerzo de los indolentes, el sacrificio de los sibaritas de la nomenklatura, la dialéctica de los indolentes, la maldad del imperialismo, el carácter asesino de la ley de ajuste cubano de Estados Unidos, la modestia de Fidel Castro, la imposibilidad de permitir la libertad de viajar al extranjero para evitar la congestión de los cielos del mundo, o hasta a disposición de Cuba a renunciar a su soberanía para entregársela a Hugo Chávez, y que el actual general-presidente, que ya de por sí se subordina por voluntad propia al Convaleciente en Jefe, se subordinara también al teniente-coronel de Sabaneta.

 

Del otro lado, lamentablemente, también pululan y perduran los mitos. Hace tres meses, solamente tres meses, nos aseguraban que tras los tres potentes huracanes que asolaron Cuba el régimen se desplomaba irremediablemente en cuestión de días. Un poco antes aseveraban que era imposible que el tirano estuviera vivo y escribiera "reflexiones", y todavía muchos lo creen así. Y demasiados aún se alimentan con el mito de que tras la muerte del caudillo, que algún día tiene que llegar, todo se irá al piso como castillo de naipes. Lamentablemente, los mitos parecen acompañar a los cubanos de la cuna a la tumba, como parte de nuestro carácter nacional o nuestra idiosincrasia.

 

Queda un solo mito, el más patético, público y más oculto a la vez, protegido como secreto de estado y simultáneamente parcialmente develado, cada cierto tiempo, dosificadamente y según las conveniencias: la salud del caudillo, su presunta recuperación, la posibilidad del regreso imposible.

 

Su megalomanía es colosal e inalcanzable. ¿Dejará pasar la oportunidad de ser, una vez más, el centro del espectáculo, sin aparecer ni siquiera en video-tape en las celebraciones del medio siglo de la más prolongada y férrea dictadura en la historia de América Latina? ¿O será capaz de aparecer, aunque fuera unos minutos, para demostrar no solo que está vivo, sino que está a cargo de las cosas? Imposible saberlo ni pronosticarlo: simplemente, hay que esperar para ver y poder saber. Todo lo demás sería especulación. De no aparecer en una oportunidad como esta, no harán falta partes médicos: está muy mal.

 

Tras medio siglo de ideología, propaganda, mitos y realidades, la verdadera obra y los resultados reales  de una revolución que cada vez lo es menos se van esfumando poco a poco, como se escapa el agua entre las manos, y los todos los recuerdos son cada vez más borrosos. Quedan solamente los mitos.

 

Ni una sola vez, en medio siglo, el gobierno ha podido anunciar seriamente a los cubanos que el año siguiente debe traer mejores resultados o podrá ser mejor. Raúl Castro ha cerrado este año 2008 diciendo que  "Los revolucionarios cubanos podemos mirar hacia el pasado con la frente en alto y al futuro además con la misma confianza en nuestra fuerza y capacidad de resistir". De ilusiones, aliento, esperanza, resultados concretos, prosperidad y progreso, nada, solo mitos.

 

El resto, todo, no es más que la narración oficial de un largo y tortuoso camino, avanzando continuamente hacia ninguna parte, dando pasos adelante solamente cuando se está al borde del abismo.

 

Quedan solamente los mitos porque ya todo lo demás, en todos los órdenes, y a pesar de los abundantes corifeos y apologistas nacionales y extranjeros que inundan el espacio y el ciberespacio, es parte sustancial, perenne e indivisible, después de medio siglo donde, a pesar de aspectos positivos, queda un balance terrible para los cubanos, de lo que el viento se llevó.

 

Para siempre.