Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Raúl Castro y Cuba en el Año del Gallo Rojo de Fuego

 

A partir de la segunda luna nueva después del solsticio, el 28 de enero de 2017, comienza según el calendario chino el año del Gallo Rojo de Fuego, que durará hasta el 15 de febrero del 2018, unos días antes del supuesto y anunciado retiro de Raúl Castro de sus cargos gubernamentales y estatales, lo que ocurriría en el año del Perro; según el calendario chino, durante 2017 las cosas se mantendrán en equilibrio inestable, y se pronostican grandes discusiones y mezquindades, fenómenos autoritarios y dominantes, y una paz tensa.

 

2016 abandona Cuba con más penas que gloria, y el 2017 no augura nada bueno para el pueblo cubano; lo cual no es noticia, porque desde 1959 hasta la fecha, hace ya cincuenta y ocho años, cada 31 de diciembre los cubanos saben que cada año que termina ha sido malo y el que comienza resultará peor, producto de esa terrible maldición caída sobre nuestra nación y que todavía algunos insisten en llamar la revolución cubana.

 

En 2016 los cubanos enfrentaron una nueva realidad: la muerte de Fidel Castro. Para muchísimos compatriotas se trata de una situación inédita, puesto que durante toda su vida siempre vieron y escucharon a un único gobernante: el comandante supuestamente invicto que nunca ganó una batalla importante. Y aunque la abrumadora y embrutecedora propaganda oficial y el repugnante culto a la personalidad desarrollado por la dictadura pretendan hacer creer lo contrario a quienes no tengan más fuente de (des)información que la generada desde el poder, que es la única autorizada en el país, las evidencias van implantando la imagen de la cruda realidad por sobre la superchería y la propaganda de baja estofa desarrollada por el partido comunista.

 

Imposible convertir en leyenda a un despiadado y cruel tiranuelo tropical con las manos  manchadas de sangre y una infinita colección de fracasos y ridículos en cada una de las acciones “históricas” que emprendió durante su prolongada férula. Rey Midas a la inversa, que todo lo que tocaba era casi siempre destruido o convertido en rotundos y bochornosos fracasos. Desde la zafra de los diez millones que nunca fueron hasta el proyecto de convertir a Cuba en potencia médica mundial o la locura de la moringa para fantásticamente eliminar el hambre en el mundo, pasando por el escandaloso ridículo de la presumida inmolación de patriotas cubanos en la isla de Grenada frente a la 82 división de las fuerzas armadas de Estados Unidos o la fábula de más de 600 “atentados” contra la vida del déspota, organizados por “el imperialismo”.

 

Evidentemente, la ausencia física de Fidel Castro en el escenario cubano constituye un entorno desconocido para todos, porque tanto para gobernantes y “dirigentes” como para los opositores y el pueblo en general (los llamados cubanos de a pie), una Cuba sin el látigo permanente del Comandante intentando jugar a ser Dios él mismo y modificar la historia universal, o sin la injerencista presencia e influencia de tan nefasto personaje en todos y cada uno de los detalles de la vida de los cubanos, es algo desconocido y para lo que, aunque ni siquiera se den cuenta de ello, no estaban preparados.

 

En el aparato del poder cubano, tanto en el partido y las fuerzas armadas como en el gobierno y el Estado, todos estaban acostumbrados (y obligados) a mirar hacia el dictador en jefe a la hora de tomar decisiones: dictador que opinaba tanto sobre investigaciones de astrofísica o biotecnología (temas sobre los cuales no conocía absolutamente nada) como que explicaba a las amas de casa cubanas la mejor manera de utilizar una olla arrocera para preparar ese alimento que, como todos los demás, escasea en Cuba desde su llegada al poder.

 

Y aunque en los últimos diez años su presencia física era cada vez más remota y difusa, debido a su deterioro físico y mental, la sombra de su ilimitado poder y su cruel e inhumana autoridad atenazaba a cada “dirigente revolucionario” en todo momento y en todas y cada una de las decisiones que tuvieran que tomar, aunque en público quisieran posar de independientes o creativos y con criterios propios.

 

De manera que en cualquier balance de lo que resultó en Cuba el año 2016 que termina, la ausencia de Fidel Castro es sin lugar a dudas el elemento más significativo a señalar.

 

Aunque no sea lo único significativo a señalar, porque Raúl Castro y su camarilla se las han arreglado durante los últimos diez años para hacer las cosas cada vez peor y para demostrar fehacientemente la ineptitud y pusilanimidad con que toman las decisiones y pretenden dirigir el país. Así como la interminable colección de excusas y justificaciones a las que recurren cada vez que deben explicar el porqué de sus continuos fracasos, sea en acabar de materializar la eliminación de la tergiversadora, ridícula y enajenante dualidad monetaria o en lograr finalmente echar a andar realmente la ridículamente famosa Zona de Desarrollo Especial de El Mariel. Y todo lo anteriormente señalado, por no sacar a relucir el ya casi legendario mencionado por Raúl Castro vaso de leche diario para cada cubano, hace ya nueve años, mientras la producción agropecuaria del país continúa estancada o retrocediendo, y se produce menos leche cada día.

 

De manera que los mediocres resultados obtenidos y la involución de la economía cubana no deberían sorprender a nadie que desee analizar en serio ese fenómeno todavía llamado revolución castrista, que cada vez deteriora más las condiciones de vida de los cubanos y desbarata sus perspectivas y esperanzas.

 

Aun aceptando que las estadísticas que ofrece continuamente la dictadura cubana fueran absolutamente confiables -algo muy difícil de poder demostrar por parte de los nutridos falsificadores de cifras que proliferan desde La Habana- era muy evidente que tras los anuncios del primer semestre del 2016 sobre el supuesto crecimiento del Producto Interno Bruto en el país, los resultados finales del año no mejorarían el insignificante rendimiento de la primera mitad del año, sino todo lo contrario.

 

El deterioro de la economía cubana no puede ser ocultado tras eufemismos, números casi que inventados totalmente, noticias triunfalistas en la prensa oficial -la única permitida- o declaraciones altisonantes de arcaicos e ineptos burócratas convertidos de pronto en dirigentes partidistas o económicos: como quiera que pretendan presentar las realidades, hay evidencias que no pueden ocultarse, a pesar de los tantos prestidigitadores de feria que pululan y medran dentro de los aparatos y mecanismos de la propaganda oficial.

 

Aunque el régimen haya intentado que el mayor fracaso en los últimos doce meses pasara inadvertido, terminó el año 2016 sin que se anunciara la aprobación definitiva por parte del Pleno del Comité Central del partido comunista de los bodrios resultantes del baldío séptimo congreso partidista celebrado en abril, tan pomposamente llamados, el más supuestamente profundo, filosófico e ideológico, “Conceptualización del modelo económico y social cubano de desarrollo socialista”, y el quiméricamente más específico y concreto, “Plan nacional de desarrollo económico y social hasta 2030: propuesta de visión de la nación, ejes y sectores estratégicos de Cuba”.

 

En el tan mediocre y gris séptimo congreso comunista realizado de abril del 2016 Raúl Castro había señalado:

 

El proceso de actualización del modelo económico que iniciamos desde el sexto congreso no es una tarea de uno o dos quinquenios. El rumbo ya está trazado. Proseguiremos a paso firme, sin prisas, pero sin pausas, teniendo muy presente que el ritmo dependerá del consenso que seamos capaces de forjar al interior de nuestra sociedad”.

 

Con lo que los resultados reales del año demuestran evidentemente que lo anunciado por Raúl Castro los castristas no lograron materializarlo, que no fueron capaces de “forjar” el pretendido “consenso”, y que no logran acabar de definir la “conceptualización” de eso que llaman “modelo” castrista, así como que tampoco está determinado más allá de toda duda lo que podría alcanzarse o lograrse para los próximos casi quince años, hasta 2030, suponiendo que el neocastrismo existiera hasta esa fecha.

 

De manera que la dictadura entra en el 2017 sin saber ni siquiera remotamente a dónde desea ir o cómo lograrlo, con lo que confirma la vieja máxima de que si no sabe a dónde desea ir cualquier camino podría venirle muy bien (o muy mal).

 

Lo único que tiene perfectamente claro el neocastrismo contemporáneo es el interés y la necesidad de mantenerse en el poder a toda costa para que la camarilla gobernante pueda continuar enriqueciéndose corrupta e ilimitadamente, y garantizarle a familiares y compinches condiciones de impunidad durante el post castrismo, sin importarle en lo más mínimo el permanente e indetenible deterioro de las condiciones de vida de la población o el interminable éxodo de los cubanos hacia cualquier país del mundo con tal de escapar de la trampa comunista que ha resultado la llamada “era de Raúl Castro”, sin futuro ni perspectivas elementales. Y esa situación la pandilla en el poder lo mantendrá todo el tiempo y de la misma manera, aunque para ello tuviera necesidad de masacrar o reprimir a la totalidad de la población a sangre y fuego si lo considerara necesario.

 

Si algo han demostrado manejar a la perfección Raúl Castro y su hato de ineptos es una casi infinita y ya legendaria capacidad para desaprovechar todas las oportunidades que pudieran crear condiciones para mejorar el destino de los cubanos.

 

El acercamiento propiciado por el presidente americano Barack Obama, fueran cuales fueran las intenciones y fundamentos morales e ideológicos de su administración para tal acercamiento, y de la forma en que haya sido capaz de materializarla en función de los intereses de Estados Unidos, ofreció a los neocastristas en bandeja de plata no solo la legitimación de la vetusta dictadura, sino también posibilidades concretas de acceso a condiciones económicas favorables que se hubieran podido traducir sin demasiada demora en mejorías específicas para la economía nacional y para la población cubana, desde acceso más amplio y rápido a internet hasta posibilidades de exportar determinados productos agropecuarios hacia Estados Unidos.

 

Sin embargo, partiendo de análisis basados en la soberbia, la consuetudinaria ineptitud y el legendario temor a perder las riendas del poder, llevó a los neocastristas encabezados por Raúl Castro, y con la sombra del tenebroso hermano mayor sobre todas sus decisiones, a rechazar, dificultar, boicotear o torpedear todas y cada una de las constantes iniciativas de Washington, cuando se dieron cuenta que la visita del presidente de EEUU y su discurso en el Gran Teatro de La Habana, transmitido en vivo y con traducción simultánea a toda la isla, caló profundamente en la población cubana y puso en evidencia a la dictadura.

 

Y apresuradamente el régimen recurrió una vez más a falsos y demagógicos conceptos de soberanía nacional, rechazo a la injerencia y defensa de “los principios” de la revolución, para impedir que se pudieran realizar verdaderos acercamientos que resultarían positivos para los cubanos, aunque no para la pandilla en el poder. Y así asumieron esa absurda y cobarde actitud que recuerda aquella famosa, divertida y cínica frase marxista (pero de Groucho Marx, no de Karl) de que “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”.

 

Apostando a que el tiempo no se acabaría nunca, como si fueran inmortales, no solamente falleció el tirano mayor y el menor sigue acumulando años sobre sus huesos sin que ni su salud ni las otras cosas mejoren, y sin haber tomado decisiones inteligentes que hubieran podido ser muy convenientes para la nación y la población, sino que la continuidad con la que los castristas ilusoriamente contaban que se mantendría en Washington después de las elecciones presidenciales también se quebró en pedazos.

 

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos deja a La Habana en una situación mucho más inestable y desequilibrada que con la saliente administración Demócrata, lo cual no significa que no hubieran previsto un escenario de ese tipo, aunque no lo hubieran considerado el más probable. Sin embargo, aunque no parece que la posición del nuevo presidente frente a la dictadura vaya a ser tan radical o intransigente como sueñan y demagógicamente pronostican algunos “durísimos” de la Calle Ocho y determinados líderes de pacotilla que, después de haber estado evaporados del medio ambiente antes de las elecciones, a última hora quieren resultar más simpatizantes de Donald Trump que su propia esposa Melania o su propia hija Ivanka, parece evidente que el presidente entrante -por cualquiera de las razones que sean- será mucho menos complaciente y condescendiente frente al castrismo que como sin lugar a dudas hubiera ocurrido si la inefable y tan cuestionada Hillary Clinton hubiera alcanzado la presidencia.

 

El acercamiento de la Unión Europea hacia el régimen, expresado en el muy bochornoso abandono de la Posición Común a cambio de nada, podrá compensar sicológicamente a la dictadura, pero en el plano real nada de lo que pueda intentar Europa será más efectivo, trascendente ni sólidamente financiero que lo que pudiera aportar Estados Unidos si La Habana hubiera sido capaz de actuar inteligentemente. A fin de cuentas, y parafraseando a Winston Churchill, hay que decir que en el caso cubano la Unión Europea prefirió los negocios antes que la democracia en la isla, pero ya veremos como al final de esta triste historia no haya ni sustanciales negocios ni democracia en Cuba.

 

Por otra parte, la crisis venezolana continúa golpeando a la nación suramericana, creando más dificultades al chavismo y sus narcomilitares, y si esa caterva de ineptos e ignorantes encabezada por un avieso personaje como Nicolás Maduro y un desvergonzado delincuente como Diosdado Cabello ha logrado mantenerse en el poder a pesar de tantos problemas y dificultades por las que atraviesa el país, problemas y dificultades que ellos mismos han creado con su ineptitud y corrupción, se debe fundamentalmente a las vacilaciones, comportamiento timorato, falta de liderazgo, y desavenencias internas de una parte de la oposición venezolana, que a pesar de haber logrado mayoría aplastante en las elecciones parlamentarias permitió que los defensores de la democracia en Venezuela tuvieran el control de la Asamblea Nacional desde enero del 2016, no han logrado materializar esa ventaja en resultados prácticos frente a la tiranía chavista.

 

Totalmente neutralizados como poder legislativo a causa de las triquiñuelas del chavismo asesorado por La Habana, sin poder materializar ni una sola iniciativa parlamentaria, ni tampoco el referendo revocatorio demandado por la inmensa mayoría de los venezolanos, y en peligro de que al inicio del 2017 pierdan mayor legitimidad aun debido a nuevas e inmorales maniobras “legales” del castro-chavismo, que pretende ningunearlos absolutamente con el respaldo “jurídico” del desvergonzado Tribunal Supremo al servicio del chavismo, todo parece indicar que los corruptos gobernantes que se apoderaron de Venezuela hace ya más de quince años van a poder mantenerse en el poder, al menos en el corto-medio plazo.

 

Lo cual alivia tal vez un poco, pero no resuelve el verdadero problema de Raúl Castro, que es el de la ayuda material y financiera que Caracas envía continuamente hacia La Habana, y que más que un caso de colaboración internacional en tiempos modernos recuerda una extorsión colonial de la metrópoli habanera sobre el virreinato chavista de Caracas.

 

Aunque el neocastrismo lo quiso mantener oculto, se sabe perfectamente que los envíos petroleros de Caracas a La Habana disminuyeron desde un promedio de 115,000 barriles diarios hasta alrededor de 50,000 diarios durante 2016, al extremo incluso de que la refinería de Cienfuegos tuvo que ser paralizada por falta de productos para procesar, y las perspectivas de hidrocarburos para el régimen en el 2017 no son más halagüeñas, pues la economía venezolana, lejos de dar síntomas de mejoría, continúa deteriorándose.

 

Las inversiones extranjeras, tan sublimadas por la dictadura y sus acólitos nacionales y extranjeros hace casi tres años al dictarse una nueva ley de inversión extranjera por parte del castrismo, y tan cacareadas en la propaganda oficial como la gran panacea durante todo este tiempo, solamente existen masiva y promisoriamente en el noticiero nacional de la televisión castrista y en sus periódicos-libelos, porque en la realidad cotidiana han sido muy pocas las aprobadas o las que están funcionando, y en general han resultado de poca monta y trascendencia para la economía, porque los eventuales inversionistas no parecen demasiado dispuestos a arriesgar su dinero y su prestigio en un país donde la legislación no resulta nada clara, donde no existen tribunales independientes donde dirimir posibles eventuales conflictos e interpretaciones comerciales, y donde no tienen posibilidad de seleccionar directamente y compensar adecuadamente la fuerza de trabajo que requieran para sus actividades.

 

Una inversión aparentemente muy prometedora, más que nada por su simbolismo, era la instalación en Cuba de una fábrica de tractores por parte de inversionistas de Estados Unidos, uno de ellos nacido en Cuba, pero cuando parecía que todo podría marchar sobre ruedas para materializarse, de pronto el régimen dio marcha atrás y no dio su aprobación final al proyecto, utilizando pretextos incoherentes y poco convincentes.

 

Por ese calamitoso camino, los tan anunciados entre 2,000 y 2,500 millones de dólares anuales de inversiones extranjeras supuestamente requeridos para poder garantizar el crecimiento de la economía cubana distan mucho de poderse materializar. Al extremo de que en el caricaturesco, ridículo y quimérico plan de la economía nacional para 2017 se calcula que las inversiones extranjeras constituirán solamente el 6.5% de las inversiones.

 

Lo dicho por parte de Raúl Castro en la última sesión de la Asamblea Nacional de Focas Amaestradas (conocida también como Asamblea Nacional del Poder Popular) de que “en medio de las dificultades, continuaremos ejecutando los programas de inversiones en función del desarrollo sostenible de la economía nacional. Concedemos gran importancia a la necesidad de dinamizar la inversión extranjera en Cuba”, que fue todo lo que mencionó sobre el tema en un discurso de casi 2,200 palabras, ilustran claramente que ni el régimen domina verdaderamente el tema de la inversión extranjera tan necesaria para el país, ni sabe como enfocar esa tarea, ni se tomarán medidas específicas para romper el anquilosado carapacho reaccionario y contrarrevolucionario con que los jerarcas del castrismo enfocan y evitan a toda costa la inversión extranjera, con su paranoico temor al capital extranjero. Continúan estancados en los manuales soviéticos de economía política de los años 1930, donde las cosas se definían según el iletrado y caprichoso criterio del carnicero José Stalin, y que la práctica y la vida han demostrado de manera fehaciente que eran erróneos y solamente conducían al estancamiento y el retroceso de la economía y del país.

 

Porque ante la profundísima crisis que el régimen tiene por delante declarar simplemente que “concedemos gran importancia a la necesidad de dinamizar la inversión extranjera en Cuba” es un eufemismo para que parezca que se desea resolver algo, pero que en lo más íntimo se sabe que nada se resolverá de esa manera, pues no se plantea ni como tarea prioritaria ni como necesidad inmediata. Es evidente que mucho más le interesa a la dictadura destacar el supuesto “legado” y “la obra” del fallecido Comandante en Jefe, lo que de ninguna manera sirve para mejorar la economía (ni para mejorar nada), que resolver el problema de la inexistencia y débil flujo de inversiones extranjeras significativas para poder contribuir al desarrollo económico del país.

 

Con los ingresos por el cínico alquiler a gobiernos extranjeros de profesionales de la salud pública en condiciones de semiesclavitud, que han disminuido significativamente desde Venezuela y Brasil, las dos mayores fuentes monetarias por esos conceptos, a causa de la crisis económica en Caracas, y las defenestraciones, procesos y escándalos de corrupción en Brasilia, y un turismo que crece numéricamente en visitantes, pero no en eficiencia ni en ingresos netos, y un nivel de gastos y despilfarro típico de las economías comunistas, y mucho más aun de la castrista, las perspectivas económicas para 2017 en Cuba no auguran nada bueno para el gobierno, y mucho menos para la población.

 

Solamente las remesas de cubanos residentes en el exterior podrían considerarse un ingreso que podría resultar relativamente estable para el país, pero como quiera que sea esa fuente de divisas para el país dependerá de las autorizaciones o prohibiciones que el presidente Donald Trump establezca sobre esas remesas, en un abanico de opciones que puede extenderse desde la apertura casi absoluta proclamada por Obama hasta el cierre casi total de remesas establecido por George W Bush durante su administración para complacer a los “duros” del exilio cubano.

 

El actual dictador Raúl Castro ha anunciado que en febrero del 2018 se retirará de sus cargos en el Estado y el gobierno, en lo que sería el año del Perro en el calendario chino. Lo que no significa que se retirará del poder, porque de mantener el cargo de primer secretario del partido comunista (el actual mandato dura hasta el octavo congreso, en 2021), seguirá siendo quien mande en el país aunque abandone sus cargos estatales y gubernamentales.

 

Sea de una manera o la otra, ya le quedan al octogenario dictador menos de catorce meses para intentar resolver algunos de los entuertos dejados por su hermano mayor desde que tuvo que renunciar a sus cargos en el 2006, y que él ha sido incapaz de solventar, más los creados, ampliados o mantenidos por él mismo con sus vacilaciones y temores durante ya más de diez años.

 

Si realmente le interesara, podría intentar hacer muchas cosas a favor de Cuba y los cubanos. A pesar del daño que él y su hermano han provocado a la nación cubana durante más de medio siglo, todavía podría facilitar las cosas para que las vidas de los cubanos mejoren: eso no le garantizaría la absolución por parte de la historia, pero al menos la tranquilidad moral de que fue capaz de hacer algo positivo por su propio país. Sin embargo, no parece que estuviera dispuesto a dar pasos de esa magnitud y trascendencia.

 

Diez años en el poder es tiempo más que suficiente en cualquier país serio del mundo para que los gobernantes decentes puedan mostrar resultados. Pero no está comprobado ni remotamente que la Cuba castrista en versión Macondo pueda ser considerada un país serio, ni Raúl Castro un gobernante decente.

 

2017 es el año del Gallo Rojo de Fuego en el calendario chino. Sin embargo, con el futuro que se perfilan las cosas en Cuba, es posible que 2017 resulte más bien, para Raúl Castro y la vetusta dictadura de mediocres e ineptos corruptos que encabeza, un año de Gallina Rosada pasada por Agua.

 

En el mejor de los casos.