Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

 

 

                                Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

¿PARA QUÉ SIRVE UN CONGRESO DEL PARTIDO?

 

En el imaginario leninista, un congreso del partido es la máxima expresión de democracia en la organización partidista y la reunión más importante que pueda celebrarse en un país, aunque en realidad actualmente eso solamente se considera así en el museo viviente del comunismo nostálgico, encarnado por la izquierda carnívora mundial y por unos pocos partidos que mantienen ese nombre desfasado, aunque en algunos de ellos, como en China y Vietnam, el nombre va por un lado y las políticas por otro.

 

Un análisis serio de los congresos comunistas a través de la historia en todo el mundo, con algunas excepciones, lo único que demuestra es que las decisiones importantes y verdaderamente estratégicas no se toman por las camarillas dirigentes del partido en los congresos, tras una discusión democrática, franca y abierta con los delegados al evento partidista, sino fuera de ellos, y lo que se produce generalmente en el cónclave es la santificación de decisiones previamente tomadas. Por otra parte, posteriormente al congreso, también se desechan y echan abajo medidas adoptadas en el evento partidista, para implementar decisiones que se correspondan con los criterios de la pandilla en el poder.

 

La I Internacional

 

El mal es genético y viene desde la cuna, ya desde los mismos inicios de la Internacional Comunista (Primera Internacional): Karl Marx, un miembro de la clase media alemana, único presente en el evento fundacional que no representaba a organización obrera alguna ni pronunció ningún discurso durante la reunión, quedó espantado ante las propuestas de programa presentadas.

 

Sin embargo, se las arregló para formar parte del Consejo General de veintiún miembros que se creó, y tras hábiles manipulaciones, ante la necesidad del resto de los integrantes del Consejo de regresar a sus respectivos países, donde dirigían sus organizaciones y tenían sus obligaciones, fue encargado de redactar el “Llamamiento a la Clase Obrera”, documento al que se añadió un sencillo grupo de reglas y procedimientos. A partir de entonces logró ser reelecto en cada uno de los congresos de la Internacional.

 

En 1864, al crearse la organización, Marx era solo un pensador mantenido por su burgués amigo Friedrich Engels, dedicado a la tarea de escribir lo que luego sería mundialmente conocido como “Das Kapital”, pero sin militancia en ninguna organización obrera, y muy lejos de la acción de los líderes ingleses, italianos, alemanes, franceses, estadounidenses, belgas, suizos y polacos que apoyaron la creación de la agrupación obrera.

 

En congresos posteriores Marx pretendió representar al proletariado europeo, creyéndose el dueño absoluto de la organización, y lanzó todo tipo de dardos envenenados contra los diferentes oponentes, entre ellos Prouhdon y Bakunin, quien predijo que si las posiciones marxistas se imponían sus líderes serían tan dañinos como la clase dominante que se pretendía combatir, pero Marx prevaleció hasta que en 1872 la organización tuvo que trasladar su sede a Estados Unidos, donde languideció.

 

La II Internacional

 

Posteriormente, Friedrich Engels, capitalizando el prestigio de su amistad con Marx, que ya había muerto desde 1883, participó en la fundación de la Segunda Internacional en París, en 1895, donde a lo largo de sus veinte años de existencia participaron diversos líderes como August Bebel, Karl Kautsky, Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin, Vladimir Lenin, Georgi Plejánov, León Trotski y Jean Jaurés, entre otros.

 

La Segunda Internacional fue un campo de batalla entre las diversas facciones presentes, los marxistas de Lenin y los socialistas de Kautsky, Plejánov, Jaurés, Bebel, Liebknecht, Luxemburgo y Zetkin.

 

Como Lenin y los grupos comunistas no lograron imponer su línea, lanzaron todo tipo de ataques contra la Segunda Internacional, acusando a sus líderes de renegados, traidores, revisionistas, lacayos, oportunistas, y cuanto insulto estuviera disponible.

 

El choque fue frontal y constante hasta la disolución de la organización en 1916 tras la Conferencia de Zimmerwald de 1915, donde los grupos dirigidos por Lenin atacaron a los socialdemócratas que propiciaban unirse a los frentes nacionales de sus respectivos países en el fragor de la Primera Guerra Mundial. Ningún congreso fue capaz de establecer una estrategia política unificada ante el enfrentamiento de las diferentes tendencias.

 

A partir de las diversas corrientes de “renegados” en la Segunda Internacional surgieron los partidos socialistas modernos que perduran hasta nuestros días, abrazados a las ideas de la democracia, la economía de mercado, la justicia social y el Estado de Derecho, entre los que pueden señalarse los partidos italiano, francés, alemán, español, inglés, austriaco y los de los países escandinavos, entre otros, así como muchos partidos socialdemócratas de América Latina y África actualmente afiliados a la Internacional Socialista.

 

Sin embargo, tampoco deben desconocerse algunas manchas en la organización, como es el hecho de que los partidos de dos recientemente derrocados dictadores africanos, el tunecino Ben Alí y el egipcio Hosni Mubarak, pertenecían a la Internacional Socialista hasta su reciente expulsión, al fragor de los acontecimientos de la primavera árabe. De igual forma, pertenece con dudoso derecho el Frente Sandinista de Liberación Nacional de la Nicaragua de Daniel Ortega.

 

La III Internacional

 

Tras el triunfo de la revolución bolchevique en 1917 Lenin fomentó la creación de la Tercera Internacional (Comunista), conocida también como Comintern, con su sede en Moscú, que agrupó diversas facciones “marxista-leninistas” de la Segunda Internacional, de las cuales surgieron los partidos comunistas que terminarían adueñándose del poder, además de haberlo hecho ya en Rusia en 1917, en Mongolia en 1922, y Europa del Este, China, Vietnam del Norte y Corea del Norte tras la Segunda Guerra Mundial, aunque la Internacional Comunista había sido disuelta en 1943.

 

En su congreso fundacional participaron delegados de 34 países representando a diversas organizaciones, muchas de ellas europeas, pero también a China, Corea, Estados Unidos, Japón, Turquía, Persia, Australia y otras regiones.

 

Siete Congresos realizó la Internacional Comunista entre 1919 y 1935, así como trece Plenos Ampliados de su Comité Ejecutivo, que fue dirigido hasta 1926 por el soviético Grigori Zinoviev, pero siempre bajo la tutela de Lenin y, tras su muerte, de Stalin.  

 

Su segundo congreso, en 1920, fue utilizado para imponer las tesis de Lenin sobre la revolución proletaria mundial y propiciar la separación de los grupos comunistas de los partidos socialdemócratas de la Segunda Internacional, que pronto comenzaron a surgir como Partidos Comunistas en cada país, a veces con el nombre de Sección de ese país de la Internacional Comunista.

 

Desde entonces, y hasta la muerte de Lenin en 1924, la Tercera Internacional propició la revolución comunista en toda Europa, pero en la medida que Stalin adquiría mayor poder y desplazaba a Trotski, la misión fundamental de la Internacional se transformó en la defensa de la Unión Soviética, basada en la teoría de la construcción del socialismo en un solo país, ante el fracaso evidente de la “revolución mundial”.

 

Stalin “tronó” a Zinoviev en 1926, y designó a Bujarin presidente del Comité Ejecutivo, pero dos años más tarde Bujarin también caería en crisis frente al caudillo soviético, por lo que fue designado el obediente búlgaro Giorgi Dimitrov, quien a partir de 1935 dirigió las estrategias de “frentes nacionales” para que los comunistas se unieran a los gobiernos y diferentes fuerzas políticas de sus respectivos países frente al avance del nazi-fascismo.

 

Sin embargo, sin sonrojarse siquiera, Dimitrov se mantuvo en el cargo también durante el bochornoso pacto Ribbentrop-Molotov entre los nazis y la URSS en 1939, y permaneció en su posición ejecutiva hasta la disolución de la organización en 1943.

 

Bajo la dirección de Stalin, a través de sus testaferros Zinoviev, Bujarin y Dimitrov, diversos líderes comunistas y prestigiosos intelectuales marxistas de muchos países fueron demonizados y expulsados cuando sus posiciones no satisfacían los intereses del caudillo soviético, y se fomentaron grupos contestatarios en esos partidos “herejes”, pretendiendo la sustitución de tales líderes.

 

El Comintern en Moscú conoció de cerca y en carne propia la brutalidad de las purgas y asesinatos del estalinismo, eso que eufemísticamente algunos llaman “errores”, y que no se limitaron a los ciudadanos soviéticos: más del 25% de los dirigentes y funcionarios de la Internacional radicados en la Unión Soviética fueron detenidos y ejecutados durante las tristemente célebres purgas estalinistas de los años treinta del siglo pasado, otros fueron deportados a Siberia, y centenares murieron como “enemigos” en los múltiples campos de concentración del gulag.

 

Como puede verse, Lenin y Stalin dirigieron a su antojo el Comintern todo el tiempo, con mano de hierro, imponiendo sus criterios en los diferentes congresos realizados por la organización, en dependencia de los intereses de grupos de poder en la Unión Soviética en cada momento. La única función de los congresos era “santificar” los lineamientos políticos que convenía llevar a cabo en esos períodos.

 

Al disolverse el Comintern en 1943 fue creado el Departamento Internacional del Partido Comunista de la Unión Soviética, pues supuestamente cada partido comunista nacional  era y debía ser “independiente” en su funcionamiento, y se creó también el llamado Cominform, Buró Comunista de Información, que en cierto sentido solapó las tareas del Comintern hasta su disolución en 1956, tras la muerte de Stalin, que siempre consideró como suyos y bajo sus órdenes los diversos partidos comunistas de todo el mundo, como mismo consideraba al PCUS. La “independencia” de los partidos comunistas era una gran fantasía, como se ha podido conocer posteriormente.

 

La Tercera Internacional reflejó en el plano internacional el estilo de dirección y todas las arbitrariedades de la camarilla dirigente soviética, similar a la que funcionó durante todo el tiempo en el Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR), más tarde Partido Comunista, tanto bajo la dirección de Lenin como de Stalin, y posteriormente de Jrushov, Brezhnev, Andropov y Chernenko. Cuando Gorbachov intentó modificar el estilo clásico del PCUS a partir de 1986, terminó renunciando a su militancia tras el golpe de estado en su contra, y poco después se disolvía la URSS en 1991.

 

Los congresos del partido en Rusia y la Unión Soviética

 

El Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, fundado en 1898, celebró seis congresos antes de tomar el poder, cuatro de ellos fuera de Rusia. En 1905, año de la primera revolución rusa y también del tercer congreso, se produjo la escisión entre bolcheviques, el grupo de Lenin, y mencheviques, que ya sería definitiva e irreversible. El sexto congreso terminó en agosto de 1917, pocas semanas antes de la revolución. Seis congresos más se llevaron a cabo celebraron desde ese momento hasta la muerte de Lenin.

 

Desde 1917, con la toma del poder por los bolcheviques, la única función, misión y razón de ser de un partido comunista en el poder es justificar su existencia y mantenerse en el poder a toda costa con el pretexto de la “dictadura del proletariado”. Nada más. Dígase lo que se diga, y escríbase lo que se escriba, esa es la realidad. Lo demás, el resto, todo, es paisaje y nada más que paisaje.

 

Los congresos del POSDR (bolchevique), Partido Comunista Ruso, o Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), diferentes nombres de la organización tras la revolución de 1917, imponían las políticas de la camarilla en el poder, y su periodicidad era relativa: cuando convenía se realizaban seguidos o cada cierto tiempo, pero cuando no convenía podía transcurrir mucho tiempo entre uno y otro: mientras de 1918 a 1925 se celebraron ocho congresos, entre 1927 y 1939 fueron cuatro los realizados.

 

Lenin impuso la llamada Nueva Política Económica (NEP) en el 10º Congreso en 1921, a causa del fracaso del “comunismo de guerra”, pero posteriormente Stalin la echó abajo en poco tiempo sin preocuparse demasiado de lo que se decía en los congresos, que cada vez fueron más espaciados, al imponer el “socialismo en un solo país”, la industrialización acelerada, la colectivización forzosa, las purgas, el gulag, desterrar a Trotski, liquidar la “oposición” de Kámenev, Zinóviev y Bujarin, y asesinar a Ríkov, para hablar solamente de los principales dirigentes cercanos a Stalin que terminaron pagando con sus vidas el caer en desgracia con el “padrecito”. (Trotski fundaría en París la Cuarta Internacional en 1938, que se mantuvo formalmente hasta 1963).

 

En el 19º Congreso, llamado de los Vencedores, realizado en 1952 tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, y tras trece años sin congresos desde 1939, faltaba el 80% de los delegados al congreso anterior, algunos muertos en la guerra, pero muchos purgados o asesinados por Stalin.

 

El 20º Congreso en 1956, tres años después de la muerte de Stalin, conoció del “informe secreto” de Jrushov y la denuncia del “culto a la personalidad” de Stalin. En sus fantasías, Jrushov logró posteriormente que el 22º Congreso en 1961 proclamara que “la presente generación vivirá en el comunismo”, pero en el siguiente Congreso, el 23º, en 1966, tras haber sido sustituido Jrushov, se dio marcha atrás y se comenzó a proclamar la política de “coexistencia pacífica” y a apoyar las reformas económicas de 1965, aupando a Leonid Brezhnev como el nuevo patrón de turno para un período que resultó de absoluto inmovilismo, congreso tras congreso, y que duraría hasta más allá de su muerte en 1982.

 

Con Yuri Andropov y Konstantín Chernenko, ambos en muy delicado estado de salud, nada cambió básicamente en el partido con relación a la era de Brezhnev, ni se celebraron congresos. Fue solamente con el ascenso de Mijail Gorbachov a la máxima jefatura del partido comunista en 1985 que se dio inicio a un proceso de cambios que resultó telúrico y, finalmente, irreversible.

 

En el 27º Congreso en 1986, ya bajo la dirección y el influjo de Gorbachov, se lanzaron las políticas de perestroika (reestructuración), glasnot (transparencia), democratización, y aceleración del desarrollo como tareas estratégicas del partido. Pero posteriormente bastó con que el proceso de reformas eliminara en 1989 la clásica coyunda constitucional que representa establecer el “papel rector” del partido comunista para toda la sociedad, para que los acontecimientos se precipitaran.

 

En el 28º Congreso, cuando ya no era aceptado por nadie como “rector de la sociedad”, el Partido Comunista no tenía nada significativo que hacer ni que decir; aunque Gorbachov fue reelecto secretario general, el cargo era más que nada simbólico, pues el país ya en esos momentos se dirigía desde el gobierno, del cual el mismo Gorbachov era Presidente.

 

Tras el artero golpe de estado de 1991 que Gorbachov pudo sobrepasar gracias a la actuación de Boris Yeltsin (donde altos cargos del partido fueron cómplices y ejecutores), renunció a su cargo de secretario general y a su militancia comunista, y poco después, a finales del 1991, la Unión Soviética desapareció.

 

Los “partidos hermanos”

 

El Partido Comunista de Mongolia, que desde 1922 funcionaba como sucursal provincial de los soviéticos, copió al carbón la historia de su “madre patria” hasta los años noventa, cuando al desaparecer la URSS desapareció también como partido, y Mongolia volvió a ser lo que siempre había sido después de las glorias y declive de Gengis Khan: un país de gran extensión, escasa población, y una participación casi nula, nunca independiente, en la política mundial.

 

Nada fue muy diferente en los “partidos hermanos” de Europa del Este, que copiaban en detalle el funcionamiento del PCUS. Tras las dirigencias estalinistas implantadas al tomar el poder bajo los auspicios del Ejército Rojo al finalizar la Segunda Guerra Mundial, de la que solamente sobrevivió por unos años Gomulka en Polonia hasta 1970, y Enver Hoxha en Albania hasta 1989, se impusieron los inmovilistas en los años sesenta y siguientes hasta la debacle de 1989, todos a la sombra de Brezhnev y su camarilla: Honnecker, Yívkov, Kadar, Ceasescu, Husak. Congresos comunistas nunca faltaron en casi medio siglo, pero cambios y soluciones reales a los acuciantes problemas de la sociedad nunca aparecieron.

 

La versión asiática de la historia no fue muy diferente, solo que los patriarcas comunistas del Lejano Oriente mantuvieron el poder desde que lo alcanzaron hasta la muerte: Mao Zedong, Ho Chi Minh y Kim Il Sung. Congresos tampoco faltaron en estos países, pero las verdaderas decisiones y cambios importantes en China y Vietnam se produjeron fuera de los congresos, mientras Corea del Norte sigue viviendo el feudalismo dinástico hasta nuestros días.

 

Las reformas chinas fueron impulsadas por Deng Xiaoping, que había sido “tronado” dos veces y “resucitado” las dos, y que nunca fue Secretario General del Partido Comunista Chino ni jefe de gobierno. Pero bajo su liderazgo real el gobierno, el partido y la política china experimentaron profundas transformaciones y se llevó a cabo la reforma más vasta y significativa de un régimen comunista sin tener que desmantelarlo.

 

Ni el Gran Salto Hacia Delante, ni la Revolución Cultural, ambos proyectos de Mao, ni posteriormente las reformas para el socialismo de mercado al estilo chino, propulsadas por Deng, fueron producto de discusiones y decisiones de un congreso del partido, sino de las ideas personales de los líderes. Eso de “discusión colectiva” queda para el bonito imaginario leninista que todavía subsiste entre muchos trasnochados.

 

Los vietnamitas, por su parte, tuvieron que esperar a la muerte del caudillo, “el tío Ho”, para poder comenzar y acometer el programa de reformas conocido como “Doi Moi” (renovación), de alcance más limitado que las reformas chinas, pero que también ha transformado de manera muy significativa la sociedad vietnamita, y fundamentalmente su economía.

 

Lo interesante y significativo, para los efectos de este análisis, es que en ningún caso fue en los congresos del partido donde se tomaron las decisiones que condujeron a profundas transformaciones en sus respectivas sociedades y que enrumbaron a sus naciones por un camino de modernidad y prosperidad nunca conocido antes en la historia por ningún país “socialista” en ningún lugar del mundo.

 

Las decisiones, siempre, se tomaron con independencia del congreso del partido, y eran llevadas después al cónclave partidista para su “santificación”, apoyo por unanimidad, y “alegría” de la población.

 

Cuba

 

Queda el caso cubano.

 

Solamente cuatro partidos comunistas en el mundo hicieron una revolución para tomar el poder: el ruso, el chino, el vietnamita y el yugoslavo. En el resto de Europa del Este y Mongolia el Ejército Rojo impuso a los comunistas en el poder, y en Corea del Norte alcanzaron el poder tras la destrucción de los ejércitos japoneses por los estadounidenses y los soviéticos.

 

En Cuba ningún partido comunista hizo la revolución; por el contrario, fue la revolución, y Fidel Castro personalmente, quienes hicieron al partido comunista, aunque lo que había prometido era la restauración de la democracia en el país.

 

Primero fue la unificación en 1961 del Movimiento Revolucionario 26 de Julio, el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, y el Partido Socialista Popular (Comunista), en las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI), de corta vida, que posteriormente dieron paso al PURSC, Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba en 1962, hasta la creación del Partido Comunista de Cuba (PCC) en octubre de 1965.

 

En todos los casos, Fidel Castro fue el máximo dirigente y Raúl Castro el segundo al mando, y la participación de guerrilleros en las organizaciones y órganos de dirección era abrumadora. En el primer Comité Central en 1965 más de la mitad de sus integrantes eran veteranos de la lucha guerrillera, y el Buró Político lo integraban ocho personas, seis de ellas guerrilleros con el grado de Comandante del Ejército Rebelde, el máximo en esos momentos, y dos “civiles” con historia de lucha clandestina. Solamente en el Secretariado se permitió un “no-guerrillero”, de manera más oportunista y simbólica que efectiva.

 

Sin embargo, el primer congreso del PCC solamente se celebró a finales de 1975, diez años después, bajo enorme presión de la Unión Soviética tras los descalabros de la “Zafra de los Diez Millones” que nunca se lograron y la brutal crisis económica provocada por ese monumental fracaso y todos los planes faraónicos de esa etapa.

 

En el primer congreso del PCC en 1975 se prometió, una vez más, el paraíso en la Tierra, y se impuso, aunque a regañadientes por Fidel Castro porque no tenía otra opción si quería recibir el subsidio soviético, un proyecto de institucionalización, una reforma económica estilo soviético, y una nueva división político-administrativa del país. Los delegados a ese congreso, así como la población, solamente se enteraron en ese momento de las nuevas propuestas, y las “aprobaron” unánimemente.

 

En la misma clausura de ese congreso Fidel Castro hizo caso omiso de los acuerdos que se adoptaron y se dedicó a exaltar la masiva participación “internacionalista” cubana en la guerra de Angola, que echaría por el piso los débiles intentos de hacer funcionar los planes de la economía y organizar el país.

 

El segundo congreso del PCC en 1980 fue más de lo mismo, sin que la militancia contara para nada. Militancia que ya se había enterado antes del congreso, por ejemplo, que los “gusanos” dejaban de serlo para convertirse en “comunidad cubana en el exterior”, y que las tropas “internacionalistas” cubanas estaban combatiendo ahora en Etiopía, al mismo tiempo que en Angola. Está de más decir que ambas decisiones del Comandante fueron aprobadas por absoluta unanimidad, entre clamorosos y prolongados aplausos.

 

En 1986, tres meses después del tercer congreso, sin encomendarse ni avisarle a nadie, Fidel Castro declaró que ese proyecto de reformas económicas conocido como Nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía (que se venía aplicando desde 1976 frente a la resistencia del mismísimo Comandante y la burocracia partidista, y que había sido ratificado en el tercer congreso) era obra de “tecnócratas” que no tomaban para nada en consideración los intereses “del pueblo” ni la “educación política”.

 

Lanzó entonces el llamado “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” para echar abajo los proyectos de tímidas reformas que se experimentaban, aseguró que se transitaría “por el camino correcto”, y proclamó posteriormente una frase que nunca podrán olvidar los cubanos, y fundamentalmente los militantes del partido: “Ahora sí vamos a construir el socialismo”. Porque tanto los militantes como los no militantes se preguntaron: “¿y qué se ha estado haciendo hasta ahora?”

 

A partir de la “rectificación” la economía entró en declive permanente y se incrementaron la escasez y las colas; tras la debacle de la Unión Soviética y los “países hermanos”, vista como “traición” por el partido cubano, fue necesario sacar a flote nuevamente la denuncia constante contra “el criminal bloqueo imperialista”, causa de todos los males del país.

 

Los congresos cuarto (1991) y quinto (1997), ya sin ideología definida, tuvieron como objetivo fundamental, frente a la ola de cambios que había sacudido al “campo socialista”, decapitar y castrar las propuestas reformistas de la militancia y la población, y consolidar el “fidelismo” como política reaccionaria y conservadora del partido y el gobierno, aunque todavía llamada “revolucionaria”.

 

Catorce años después, con un Partido Comunista huérfano de ideología, programas e ideas frescas, llega ahora el Sexto Congreso, en medio de un escenario signado por situaciones absolutamente nuevas y desconocidas en la historia revolucionaria:

 

  • Fidel Castro está definitivamente apartado de todos los poderes por enfermedad

 

  • Raúl Castro y los principales máximos dirigentes han sobrepasado desde hace mucho tiempo la edad recomendable para el retiro

 

  • El “modelo” de dirección establecido por el fidelismo, y los “cuadros” encargados de su aplicación, están absolutamente fracasados, y ya no tienen ni una ideología definida ni el más mínimo prestigio

 

  • El país está “al borde del abismo” y atraviesa por la crisis económica, productiva, moral y sicológica más grave, profunda, compleja y prolongada de su historia, y sus arcas están vacías

 

  • La población cubana se encuentra totalmente privada de elementales libertades y derechos, y en un estado de carencias materiales y monetarias, desencanto y desesperación, que incluso los más “revolucionarios” saben perfectamente que es imprescindible no solamente un cambio, sino un cambio que comience a ofrecer resultados positivos de inmediato.

 

Esos son los problemas que tiene ante sí el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba para tomar decisiones y definir soluciones, mientras su única base conceptual para intentarlo es el Proyecto de Lineamientos Económicos y Sociales, del que no es necesario hablar más en este momento, pero que se sabe que ya está aprobado desde hace mucho tiempo, y el congreso solamente le someterá modificaciones de menor importancia.

 

Conclusiones

 

Todo análisis serio requiere conclusiones.

 

En este caso, serán muy breves, brevísimas, porque el lector puede completarlas.

 

Para ello, basta repetir la misma pregunta que da título a este análisis, y responderla:

 

¿Para qué sirve un congreso del Partido?