Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

OPCIONES del presidente DONALD Trump frente al castrismo sin Fidel Castro

 

Evidentemente, Cuba no será una prioridad para la política exterior del nuevo Presidente de Estados Unidos, y ni siquiera el hecho del reciente fallecimiento de Fidel Castro debe modificar esa realidad.

 

Aunque la ausencia del vetusto dictador crea un escenario nuevo y desconocido para el régimen, a lo que se une la próxima asunción del poder en Estados Unidos de un presidente peculiar, absolutamente alejado de las políticas y actuaciones tradicionales del establishment, y en ese sentido una compleja incógnita tanto para La Habana como para Washington, eso no altera el hecho de que, ante las actuales realidades geopolíticas y estratégicas de la única superpotencia mundial, la pequeña y empobrecida isla del Caribe sigue siendo un actor secundario o tal vez hasta un extra, independientemente de que en ocasiones pueda resultar una piedra en el zapato.

 

Donald Trump tendrá que lidiar desde el mismo momento en que asuma el cargo el 20 de enero del 2017, entre otros temas de vital importancia, con los ataques del Estado Islámico y otras fuerzas del terrorismo jihadista, la guerra en Siria, el peligro nuclear desde Corea del Norte, el eventual desarrollo de un arsenal nuclear en Irán, las relaciones con Rusia, el expansionismo territorial y comercial chino, la inestabilidad de la OTAN, el balance de poder en el Océano Pacífico, o la crisis migratoria en Europa.

 

Como puede verse fácilmente, ante tal cúmulo de problemas y desafíos estratégicos, América Latina no aparece entre las incuestionables prioridades que recibirían atención inmediata del presidente Donald Trump. Y cuando llegara el momento de nuestro continente en el escalafón de tareas del nuevo gobernante, las miradas atentas y las primeras preocupaciones deberían centrarse en México, Brasil y Argentina, por el evidente peso económico, territorial y poblacional de esas tres naciones y sus relaciones con Washington.

 

Aparecerían además Colombia y Venezuela, la primera por las tensiones que están manifestándose en ese país tras la imposición de un acuerdo de “paz” del gobierno colombiano con las narcoguerrillas, que no ha contado con la aprobación de buena parte de la población que considera que se lo han impuesto a la fuerza. Venezuela, porque allí se han recrudecido las tensiones sociales y las crisis económicas y humanitarias que atenazan al país y a la población por la ineptitud y corrupción del gobierno, y donde está al borde del fracaso un espinoso “diálogo” entre el gobierno y la oposición, porque esa delicada mediación está a cargo de personajes dudosamente imparciales, desde ex jefes de gobierno con evidentes simpatías hacia el régimen de Maduro hasta un Vaticano al que la Teología de la Liberación y las luchas a nombre de “los pobres” no le son ajenas.

 

Habría que sumar también otro espinoso problema estratégico para Estados Unidos, el de la inmigración ilegal por la frontera sur, que no se limita a personas de nacionalidad mexicana, sino abarca también a los ciudadanos del llamado “Triángulo Norte” de América Central, formado por Guatemala, El Salvador y Honduras, donde la pobreza y la violencia fomentan la huida masiva de la población en busca de una vida mejor.

 

En medio de todos estos escenarios latinoamericanos (y caribeños) debería aparecer el tema “Cuba”, y habría que definir la política de la nueva administración americana frente al castrismo, en base, naturalmente, a los objetivos e instrucciones estratégicas que emita el Presidente Trump en esta dirección. Se comenta que existen muchas posibilidades que el nuevo presidente, una vez que decida los lineamientos generales de la política frente al castrismo, asigne la tarea de llevar el día a día de este tema a su vicepresidente electo, Mike Pence, quien, naturalmente, debería desarrollar toda su actuación en base a los lineamientos que hayan sido establecidos por el Presidente.

 

Tales objetivos e instrucciones podrían teóricamente cubrir desde la anulación absoluta y total de todas las acciones y directivas de la administración Obama hacia La Habana, como aseguran algunos, y que podrían reforzarse incluso con un recrudecimiento del embargo y otras medidas punitivas, hasta la prolongación de lo que pudiéramos llamar “la doctrina Obama”, con todas las concesiones y facilidades que se le ofrecieron al castrismo sin recibir nada a cambio y, peor aun, sin exigir nada a cambio. Ambos extremos serían los límites teóricos en que podrían moverse las decisiones del nuevo presidente de Estados Unidos en el caso Cuba, aunque en la práctica sería más sensato pensar en posiciones intermedias entre ambos extremos, en lo que se podría definir, hablando como los cubanos, en un “ni muy muy, ni tan tan”.

 

Examinemos esto en detalle, tratando de entender la mayor cantidad de aristas posibles y haciendo un intento para definir eventuales escenarios que deberán materializarse en las próximas semanas o meses con relación a la política de la venidera administración Trump frente al castrismo.

 

Dos posiciones extremas-límite que se proponen frente al castrismo

 

Con relación a Cuba y el castrismo hay dos posiciones perfectamente definidas, defendidas férreamente por dos grupos diferentes de presión e intereses, posiciones que resultan antípodas una de la otra, y que en la práctica no tienen nada en común o, en el mejor de los casos, muy poco.

 

Una de ellas es la que expresan los grupos más “duros” del exilio cubano, partidarios de la tabla rasa frente al castrismo y, en último extremo, volver a las políticas de George W Bush frente a la dictadura cubana, incluso a la de limitar los viajes de los cubanos en Estados Unidos para visitar a sus familiares en la isla, y a la de limitar también la cantidad de dinero que se podría enviar como remesas a familiares muy específicos, según fueron definidos en aquellos años. Incluso hablan de volver a incluir a Cuba y su gobierno en la lista de países promotores del terrorismo. Los que defienden esta posición se suscriben a la aplicación de tales políticas aunque no hayan dado resultado entonces y además hayan afectado bastante los intereses de la mayor parte de la población cubana en la isla y el exilio.

 

En este grupo aparecen, aunque no se hayan mostrado demasiado públicamente, no porque sean clandestinos, sino porque todavía las cosas están a nivel de primeras exploraciones y aproximaciones, muchos cubanoamericanos que en algún momento, y en diferentes cargos, trabajaron para el gobierno durante la presidencia del 43º presidente,  George W Bush (2001-2009). Dicho con todo respeto, algunas de tales posiciones podrían recordar aquello de intentar hacer lo mismo una y otra vez pretendiendo que en algún momento ocurra algo diferente a lo ocurrido en todas las ocasiones anteriores.

 

Esta posición tuvo su sustrato público, de inicio, en el apoyo electoral que la asociación de veteranos de la Brigada 2506 Bahía de Cochinos ofreció a Donald Trump cuando casi a finales de la campaña el candidato manifestó que revertiría las decisiones y medidas ejecutivas de Barack Obama que beneficiaban al castrismo pero no al pueblo cubano, en un momento en que casi la totalidad de la prensa de Florida -como la de todo el país- se manifestaba abiertamente por Hillary Clinton.

 

Finalmente, el candidato Republicano ganó el Estado de Florida por más de cien mil votos, y aunque no pueda decirse que tales votos se hayan logrado exclusivamente por el apoyo de la Brigada 2506 a Trump, la actitud de los veteranos significó una posición moral muy decidida a favor del candidato, y un enfrentamiento virulento con quienes consideraban a Hillary como “inevitable”. Por eso consideran que tienen todo su derecho a pedir al próximo presidente que en cuanto asuma su cargo mantenga una posición muy dura frente al régimen, posición con la que coincide casi todo el llamado “Exilio Histórico” y una parte de los cubanoamericanos en Florida.

 

Esta posición pareció ganar fuerza con el nombramiento del abogado cubanoamericano Mauricio Claver-Carone en el equipo de transición de Donald Trump que trabajaría en el “equipo de avanzada” preparando el cambio de mandos en el Departamento del Tesoro, departamento encargado, entre otras muchas cosas, de la aplicación y refuerzo de las medidas del embargo frente al régimen castrista, y donde el joven abogado ha trabajado anteriormente. Es lo que en el ambiente cubanoamericano se considera un personaje de “línea dura”, dicho esto sin el menor sentido peyorativo.

 

De inmediato la prensa multiplicó la información sobre Claver-Carone, que evidentemente era noticia, y que indiscutiblemente también podría dar lugar a consideraciones sobre cuál sería la posición de la nueva administración con relación al castrismo, que con este nombramiento parecería mostrar a primera vista una posición absolutamente contraria a la de la administración Obama. Pero esa prensa lo hizo añadiendo también tonterías y despistes, para no perder la costumbre.

 

Claver-Carone es un lobbista (cabildero) en Washington, un joven abogado conocido por dirigir el “US-Cuba Democracy PAC” (Comité de Acción Política Democracia EEUU-Cuba), publicar el blog “Capitol Hill Cubans”, y por testimonios presentados ante el Congreso de Estados Unidos. Siempre ha mantenido posiciones muy críticas frente al castrismo y contra cualquier tipo de acercamiento hacia el régimen si tal acción no se enmarca en lo establecido por la Ley Helms-Burton, y es un firme partidario de mantener el embargo y exigir compensaciones por las propiedades confiscadas por Fidel Castro en la isla.

 

Ahora bien, Mauricio Claver-Carone ni es un “asesor del presidente electo” ni tampoco un “líder anticastrista”, como han comenzado a publicar los vendedores de humo y fabricantes de leyendas urbanas. Su actividad fundamental conocida ha sido el cabildeo (lobby) en Washington, no la dirección de grupos anticastristas ni “asesoría” directa al presidente electo, definiciones que propiciarían la formación de criterios que no se corresponderían con la realidad. Pero es que así, lamentablemente, está funcionando una buena parte del así llamado “cuarto poder” (la prensa) en los últimos tiempos.

 

Como lobbista, el Comité de Acción Política que dirige ha hecho cuantiosas donaciones a congresistas en los últimos diez años, incluyendo unos $600,000 durante el presente ciclo electoral. La actividad de lobby es legal en Estados Unidos en la medida que se cumplan determinados requerimientos, y el señor Claver-Carone no ha tenido dificultades ni requerimientos en su contra como cabildero.

 

Además, publica columnas de opinión tanto en el blog que dirige como en la prensa escrita y digital, siempre crítico hacia la dictadura cubana. En la más reciente, hace pocos días, destacó que la represión en Cuba se elevaba a niveles históricos, alertó sobre el crecimiento masivo de la llegada de cubanos a Estados Unidos, y desestimó la importancia y trascendencia que los grupos favorables al acercamiento y apaciguamiento del régimen dan a las supuestas medidas “aperturistas” del neocastrismo en la economía.

 

Con el nombramiento del cubanoamericano en el equipo que trabaja preparando el cambio de poder en el Departamento del Tesoro, las expectativas -y también las ilusiones- de muchos cubanoamericanos se dispararon, y como lamentablemente ocurre siempre cuando se trata de cubanos, enseguida comenzamos a proyectar sueños y deseos como si fueran realidades, a asignarle al referido cabildero-funcionario designado poderes totales, especiales y plenipotenciarios, y a hacer caer sobre él todo el peso de nuestras ilusiones y deseos, siempre confiando, aunque no nos demos cuenta, más en los milagros que en la realpolitik. Y por eso también las frustraciones y desilusiones cuando la realidad no se comporta como la habíamos imaginado.

 

Sin embargo, no puede desconocerse que el presidente electo, además de al señor Claver-Carone, también designó como vice-asesora (asesora adjunta) de Seguridad Nacional a Kathleen Troia (“KT”) McFarland, una persona que ha respaldado públicamente establecer y mantener relaciones con Cuba, pero no en base al quijotismo propulsado por la administración saliente, sino bajo el criterio de que “debemos tomar medidas para asegurar que Cuba no se convierta en un títere de China o Rusia, desde donde pueda amenazar la seguridad de Estados Unidos con una presencia militar”.

 

Consiguientemente, para no precipitarnos en consideraciones superficiales, y sin disponer de suficiente información para analizar, tengamos en cuenta los elementos disponibles, pero continuemos examinando otras aristas del asunto.

 

La posición conciliadora

 

Porque también existe una posición absolutamente contraria a la anterior, en la que participan tanto cubanos en Estados Unidos (a quienes nos costaría demasiado trabajo poderles llamar exactamente “exiliados”, en base a sus posiciones y actuaciones), como empresarios e inversionistas americanos, dispuestos a ser mucho más condescendientes hacia el régimen y mirar hacia otro lado cuando la represión se incrementa, en aras de fomentar las posibilidades de negocios en la isla, sea mediante inversiones extranjeras directas como de negocios conjuntos entre la inversión extranjera y empresas estatales castristas, incluidas las controladas por las fuerzas armadas cubanas. Al fin y al cabo, la posición de este grupo hace recordar aquel anuncio de que “aquí lo que importa es el cash”.

 

El Republicano Carlos Gutiérrez, señor que siendo Secretario de Comercio de George W Bush utilizaba un pulso plástico con la palabra “CHANGE” (cambio) que decía que no se quitaría hasta que hubiera cambios democráticos reales en Cuba, ha cambiado de opinión ahora que es copresidente de “Allbright Stonebridge Group”. Apoyó públicamente a Hillary Clinton por televisión, y ahora desea cabildear a favor de que Donald Trump mantenga las políticas de Obama, amparado en el criterio de que tales políticas fomentan un supuesto cambio “gradual” en la isla, donde el régimen, dice, habría iniciado reformas económicas.

 

El fundamento conceptual de este grupo, según menciona digamos que “ingenuamente” el periódico USA Today, es apelar al “instinto empresarial” de Donald Trump para convencerlo de la conveniencia de mantener las relaciones comerciales con Cuba, por lo que no debería cumplir literalmente su promesa de campaña de echar abajo todas las órdenes ejecutivas dictadas por Obama durante su mandato.

 

Tal posición, independientemente de las consideraciones morales que representen y en las cuales se base, supone que los hemisferios cerebrales del presidente se mantengan bien distantes, y si por una parte razona como político -lo que corresponde como gobernante- por otra debería razonar -dicen- como negociante, y ser flexible en sus posiciones frente al castrismo. A eso le llaman pragmatismo.

 

Es interesante tal razonamiento, pues durante la campaña los detractores de Donald Trump argumentaban su falta de experiencia política como factor en contra, sin tener en cuenta realidades anteriores de empresarios sin demasiada o ninguna experiencia política, como Silvio Berlusconi en Italia, Vicente Fox en México, o Sebastián Piñera en Chile, para mencionar algunas. Entonces, lo que durante la campaña se quería presentar como debilidad del candidato, ganada la elección quiere verse como fortaleza.

 

El profesor de la American University William LeoGrande insiste en que echar abajo las medidas de Obama solamente tendría el sostén de los cubanoamericanos “duros” en el sur de Florida, y “ningún otro grupo electoral mayoritario lo apoyaría”, porque, según dice, “la opinión pública respalda la política de Obama, incluso entre los cubanoamericanos… la comunidad empresarial apoya la normalización, nuestros aliados en América Latina y Europa también”.

 

Insiste además, como pretendiendo asustar, que sería muy difícil desmontar todas las regulaciones establecidas y los negocios comenzados, y que la administración podría verse enfrascada en litigios de empresas americanas potencialmente afectadas por una reversión de medidas. Por si fuera poco el susto anunciado, añade también el citado profesor que en la lucha frente a la inmigración ilegal Trump estaría obligado a eliminar las regulaciones de “pies secos/pies mojados”.

 

Diferentes grandes compañías estadounidenses que comenzaron o ampliaron negocios en Cuba gracias a la política de Obama, como aerolíneas, empresas de telefonía celular, bancos, Carnival, Starwood Hotels and Resorts, Airbnb, Google, Cisco, entre otras, no están interesadas en que el presidente Donald Trump revierta las medidas de Obama, y están contando con el evidente y poderoso apoyo de la Cámara de Comercio de EEUU para crear una combinación efectiva de cabildeo y presión que les ayude a lograr ese objetivo.

 

A estas posiciones se unen, o las comparten aunque sean independientes de esos grupos empresariales mencionados, grupos de cubanos en Estados Unidos, como el de “CubaNow”, que definió como error el nombramiento de Claver-Carone, quien dicen que lo único que ha hecho siempre es “defender los intereses de quienes se han beneficiado de la fallida política del embargo”. En un sentido similar razonan el Cuba Study Group y OnCuba. No menciono otros grupos como CAFE (Cubans Americans For Engagement), porque no se trata de potenciales inversionistas o comerciantes, y sus posiciones no se limitan al campo económico, sino que se extienden a la defensa más o menos solapada de los intereses del régimen en Estados Unidos.

 

En general, estas posiciones expresan la repetición del sofisma desarrollado a partir de las decisiones de Obama, de que porque la política del embargo había resultado fallida, cualquier otra que se estableciera debería ser mejor. Lo que es absolutamente falso e inconsistente, porque cualquier otra que se estableciera podría ser mejor, naturalmente, pero también podría ser igualmente fallida, o incluso peor que la sustituida.

 

Argumentos de ambas partes

 

Ahora bien, ¿cuáles son las tesis que sustentan cada una de las posiciones enfrentadas en relación con las posibles políticas hacia Cuba?

 

Los defensores de mantener las políticas de Obama en la era Trump argumentan que “la opinión pública” condena el embargo y favorece el “deshielo” y los acercamientos comenzados por la administración saliente, aun cuando no se haya logrado ninguna concesión a cambio ni el régimen haya dado señales de tener algún interés serio en mejorar las relaciones mediante concesiones razonables de ambas partes.

 

La justificación para estas posiciones se basa en un conjunto de encuestas que aparentemente indican el apoyo de “la opinión pública” a tales políticas. Sin embargo, algunas de esas encuestas han sido seriamente criticadas y cuestionadas por supuestos errores metodológicos, o incluso acusadas de mostrar evidentes tendencias a favor de determinados resultados.

 

Sin entrar en esos aspectos que pondrían en duda la profesionalidad o la consiguiente confiabilidad de las encuestas, que podrían ser muy debatibles, es mucho más sencillo hacerse una pregunta sensata, actual y pragmática, que podría ayudarnos a llegar a una conclusión: después de los desastrosos resultados de las encuestas durante la campaña presidencial, ¿deberíamos confiar absoluta y ciegamente en las encuestas, herramientas del siglo 20, y que utilizan técnicas del siglo 20, para conocer opiniones y preferencias de los encuestados en pleno siglo 21?

 

Del otro lado, los defensores de las posiciones “duras” de no ofrecer ninguna concesión a la dictadura sin nada a cambio en el camino hacia la democracia, utilizan un contra-argumento muy concreto frente a quienes hablan de encuestas y criterios de “la opinión pública”: los candidatos en Florida que apoyaron las posiciones de Obama en el tema cubano durante las recientes elecciones de hace tres semanas, fueron convincentemente derrotados por los candidatos cubanoamericanos que defendían la línea “dura” frente al castrismo.

 

¿Qué debería tener mucho más peso? ¿Los resultados de una o muchas encuestas, o los resultados de elecciones para presidente, senadores y representantes? ¿Es que acaso unas elecciones limpias y transparentes no deberían ser vistas como la mejor encuesta que se podría realizar?

 

Tras la muerte de Fidel Castro, ambas posiciones encontradas han recibido soporte conceptual, una del presidente saliente, y la otra del entrante. Y, evidentemente, las posiciones no podrían ser más encontradas y diferentes en este tema.

 

Las declaraciones de Barack Obama tras la muerte de Fidel Castro resultaron ambiguas en cierta medida, y aunque tenían que responder a obligaciones protocolares terminaron pareciendo demasiado flojas y confundiendo lo que es “Cuba” con el pueblo cubano, que evidentemente no son la misma cosa.

 

Este es el texto completo de la declaración del Presidente Barack Obama sobre la muerte de Fidel Castro:

 

En esta hora del deceso de Fidel Castro, extendemos una mano de amistad al pueblo cubano. Sabemos que este momento colma a los cubanos -en Cuba y en los Estados Unidos- de fuertes emociones, al recordar las innumerables formas en que Fidel Castro alteró el curso de vidas individuales, familias y de la nación cubana. La historia registrará y juzgará el enorme impacto de esta singular figura en las personas y el mundo que le rodearon.

 

Durante casi seis décadas, la relación entre Estados Unidos y Cuba estuvo marcada por la discordia y profundos desacuerdos políticos. Durante mi presidencia, hemos trabajado duro para dejar atrás el pasado, en pos de un futuro en el que la relación entre nuestros dos países se defina no por nuestras diferencias, sino por las muchas cosas que compartimos como vecinos y amigos: los vínculos familiares, la cultura, el comercio y una común humanidad.

 

Este compromiso incluye las contribuciones de los cubanoamericanos, que han hecho tanto por nuestro país y que se preocupan profundamente por sus seres queridos en Cuba.

 

Hoy, ofrecemos nuestras condolencias a la familia de Fidel Castro, y nuestros pensamientos y oraciones están con el pueblo cubano. En los días venideros, ellos recordarán el pasado y también mirarán hacia el futuro. Mientras lo hacen, el pueblo de Cuba debe saber que tiene un amigo y un socio en los Estados Unidos de América.

 

Por otra parte, el Secretario de Estado, John Kerry, emitió una declaración oficial, que señala:

 

Extendemos nuestras condolencias al pueblo de Cuba que hoy lamenta el fallecimiento de Fidel Castro.

 

Durante más de medio siglo tuvo un papel relevante en sus vidas e influenció en la dirección de asuntos globales y regionales mientras nuestros dos países continúan avanzando en los procesos de normalización, restaurando los lazos económicos, diplomáticos y culturales cortados por un pasado problemático, lo hacemos en un espíritu de hermandad y con el vehemente deseo de no ignorar la historia sino de escribir un nuevo y un mejor futuro para nuestros dos pueblos.

 

Los Estados Unidos reafirman su apoyo para profundizar nuestro compromiso con el pueblo cubano ahora y en los próximos años.

 

Por su parte, el presidente electo Donald Trump formuló también una declaración sobre el fallecimiento del dictador, y al no estar sometido todavía a las reglas del protocolo y tener criterios evidentemente diferentes a los del presidente saliente, el texto hecho público utiliza un lenguaje mucho más fuerte y directo que el de Barack Obama.

 

Este es el texto completo de la declaración del presidente electo Donald Trump sobre el fallecimiento de Fidel Castro

 

El día de hoy, el mundo registra la desaparición de un dictador brutal que oprimió a su propio pueblo durante casi seis décadas. El legado de Fidel Castro es uno de fusilamientos, expoliación, sufrimiento inimaginable, pobreza, y la negación de los derechos humanos fundamentales.

 

Si bien Cuba sigue siendo una isla totalitaria, espero que el día de hoy marque un alejamiento de los horrores soportados por demasiado tiempo, hacia un futuro en el cual el maravilloso pueblo cubano finalmente viva en la libertad que tanto merece.

 

Aunque no se pueden borrar las tragedias, las muertes y el dolor causados por Fidel Castro, nuestro gobierno hará todo lo posible para asegurar que el pueblo cubano pueda finalmente iniciar su camino hacia la prosperidad y la libertad.

 

Me uno a los numerosos cubanoamericanos que me respaldaron tan admirablemente durante la campaña presidencial, incluyendo a la Asociación de Veteranos de la Brigada 2506, que me brindó su apoyo con la esperanza de que un día no lejano podamos ver a una Cuba libre.

 

Además, el vicepresidente electo Mike Pence publicó en su cuenta de Twitter lo siguiente:

 

El tirano Castro ha muerto. Amanece una nueva esperanza. Estaremos del lado de la gente oprimida en Cuba para que haya una Cuba libre y democrática ¡Viva Cuba Libre!

 

Sin dudas, más divergentes no podrían ser las declaraciones de ambas partes.

 

Conclusiones

 

Evidentemente, cada posición tiene argumentos a favor y en contra, como se acaba de demostrar en las declaraciones referidas a la muerte del tirano, que permiten anticipar más o menos cuáles serían las posiciones y los contraargumentos que se van a estar manejando alrededor del tema Cuba y el castrismo en las próximas semanas y meses cuando menos.

 

Y como sucede prácticamente siempre, con excepción de los casos extremos de intransigencia, soberbia o enajenación mental, la política que debe resultar de la presente administración frente a la dictadura cubana debería contener aspectos y propuestas de ambas posiciones-límite, es decir, debería ser algún punto situado entre una y otra, con más peso de una de las partes que de la otra -sería absurdo pretender un fifty-fifty en este asunto- pero donde todos puedan considerar que aunque no lograron todo lo que pretendían, tampoco la otra parte pudo obtener todo lo que deseaba.

 

Ya dos de los más cercanos colaboradores de Donald Trump, el designado Chief of Staff de La Casa Blanca, y la que fuera su manager de campaña, dejaron entrever en sendas entrevistas en televisión el domingo 27 de noviembre que el presidente electo favorecería un intento de examinar los escenarios y propiciar algún tipo de quid pro quo frente a la dictadura, siempre que la actuación de La Habana demostrara verdadero interés en mejorar las relaciones y ofrecer hechos concretos a cambio.

 

Lo que sería lo mismo que decir que, aparentemente, el presidente Trump no parecería dispuesto a comenzar su actuación frente al régimen desde las posiciones más agrias y confrontacionales, como sugieren algunos de los más “duros”, al menos antes de poder comprobar las posiciones de La Habana en cuanto a sus relaciones con Washington.

 

Como quiera que sea, cualquier decisión en ese sentido sería una estrategia mucho más realista y efectiva que un discurso de barricada cargado de viejas consignas fuera de época, como desean algunos, o que una capitulación bochornosa donde se entrega (casi) todo a cambio de (casi) nada, como proponen otros.

 

Algunos llaman a eso pragmatismo. Otros, cinismo. Y aun otros, realpolitik.

 

Sin embargo, ¿al fin y al cabo, no es eso lo que debería hacer un comerciante exitoso?

 

Un resultado de este tipo podría demostrar -o por el contrario, poner en dudas - el verdadero “instinto” del Presidente Donald Trump en el caso cubano y en su posición frente al castrismo.