Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

NI VIVO NI MUERTO, SINO TODO LO CONTRARIO

 

Hace muy pocos días circuló con mucha fuerza en Miami, una vez más, el rumor de que Fidel Castro había muerto. Esta vez, supuestamente, se basaba en una llamada que el dictador no hizo al programa “Aló, Presidente” de Hugo Chávez, y en su lugar fue Carlos Lage, mal llamado “arquitecto de las reformas” cubanas, quien transmitió a Chávez los saludos de Castro.

 

Esto, más un conjunto de irresponsables “sensacionales informaciones” circulando por Internet, bastó para desatar las ansiedades y las especulaciones, y de nuevo hubo quienes se prepararon para salir a festejar, aunque esta vez con un poco más de cautela que el año anterior, y sin muchas declaraciones altisonantes.

 

Pocos personajes ejercen tanta fascinación a escala planetaria como Fidel Castro: desde quienes se declaran abiertamente sus alumnos y seguidores hasta supuestos adversarios o perseguidos políticos a quienes la nostalgia del poder provoca incontinencia emocional, desde doctos intelectuales hasta eclesiásticos de dudosos ministerios, jefes de estado y amas de casa, obispos y embajadores, generales y doctores.

 

La prensa en todas partes se refiere a los jefes de estado o gobierno por sus apellidos: Bush, Zapatero, Putin, Uribe, Mubarak, Merkel: pero en el caso cubano se utiliza un cariñoso “Fidel”, sin apellidos, como un tío querido o un amigo entrañable. No se trata de prensa de izquierda o comunista, sino de respetables y “objetivos” grandes medios de comunicación. Que una oscura publicación provinciana en Suramérica no sepa lo que dice y “analice” la realidad cubana con ojos de ciego sería comprensible, pero que grandes y poderosas agencias informativas, muchas de ellas con corresponsales en La Habana, padezcan de los mismos males, además de incomprensible es inmoral: aunque sucede diariamente.

 

Y se trata de un tema donde se vive sin memoria: lo que se dijo ayer no cuenta para nada hoy, lo que se pronosticó la semana pasada sirve de “argumento” para el pronóstico de la semana siguiente, aunque sea exactamente lo contrario, las declaraciones y “evidencias” informativas divulgadas a bombo y platillo en su momento se guardan apresuradamente en gavetas o se borran del disco duro con el mismo celo y prisa con que operaba el “Ministerio de la Verdad” en esa genial obra de Orwell titulada “1984”.

 

A fin de cuentas, ¿por qué y para qué? El Comandante en Jefe comenzó a agonizar el 17 de noviembre del 2005 en la Universidad de La Habana, cuando con verbo de moribundo advirtió que la Revolución sería nada después de su partida de esta vida, y murió unos meses después, el 26 de julio del 2006, de complicaciones de salud nada heroicas, sino intestinales.

 

Cuando el de nuevo desaparecido (¿o estará de vacaciones?) canciller Felipe Pérez Roque habló semanas después, en diciembre del 2005, para asegurar que la revolución continuaría inalterable, más de lo mismo, sin proponérselo demostró precisamente lo contrario: que nadie dentro del régimen tiene la más mínima idea de cómo mantener la dictadura y el manicomio sin alteraciones.

 

Tras un año y dos semanas de la muerte del Comandante en Jefe, se hace cada vez más claro para todos, desde Raúl Castro hasta los cubanos de a pie, que sin drásticos cambios en las estructuras y los mecanismos del país lo único que queda es un paso adelante, lo que sería suicida estando la nación al borde del abismo. Sin embargo, la doble moral que de una u otra forma permea a todos los cubanos y a periodistas extranjeros, dentro y fuera, en el gobierno, el exilio, la oposición o a pie, recurre al eufemismo, el barroco enrevesado y las parábolas para referirse a algo muy sencillo: ya no hay Comandante en Jefe ni Revolución cubana.

 

El hombre nuevo parece estar en Plan Payama: ya nadie cree que lo poco que tiene o lo que pueda tener se lo debe a una revolución en abstracto. Los deportistas, uno de los supuestos “logros” del castrismo, se deslumbran con millones de dólares o con prostitutas brasileñas, y no quieren regresar a entregar sus medallas al tirano. Forzados a regresar, de inmediato se “arrepienten”, tras meditar unos minutos en una prisión llamada “casa de visitas”. La solución del régimen es antológicamente sencilla: no se enviarán deportistas a futuras competencias, para evitar deserciones. Y aunque no se haya dicho, los que se envíen solo podrán salir después de un trabajo de “aseguramiento” de tal magnitud, que los que realmente pierdan un avión de regreso serían capaces de volver caminando.

 

Con esa misma lógica, si se prohíben las relaciones sexuales entre cubanos podrá prevenirse la diseminación del SIDA, distribuyendo pocos alimentos se garantiza que existan menos diabéticos, prohibiendo el movimiento de personas se evitan accidentes de tránsito, impidiendo el acceso a la Internet se evita la “contaminación ideológica”: este es el legado para los cubanos después de medio siglo de revolución basada en principios e ideologías, que envió combatientes, médicos, profesores y técnicos a más de cien países del planeta, pero no puede liquidar el marabú de los campos de Cuba ni garantizar la leche a las personas de más de siete años de edad, y eso gracias a los subsidios, primero soviéticos y ahora venezolanos, que llegan hasta la "amenaza" de Hugo Chávez de construir un gasoducto submarino entre Venezuela y Cuba.

 

¿Por qué continúa esa fascinación patológica por un caudillo ahora físicamente limitado, que mientras más escribe más demuestra su senilidad y autismo político, más deja relucir su odio enfermizo al desarrollo y al progreso, su desprecio por los cubanos, a los que no se ha dirigido en más de un año a pesar de su supuesta “franca recuperación”, y su repugnancia visceral hacia la democracia y la libertad humana?

 

Porque de alguna manera, todos quieren “salir en la fotografía” en el momento adecuado: las potencias mundiales quieren asegurarse una presencia en el botín, o al menos impedir que otras potencias puedan avanzar demasiado mientras ellas no puedan llegar; los “expertos” y periodistas quieren que su nombre se mencione de alguna manera, para en su momento asegurar que así mismo lo habían pronosticado, aunque no sea cierto.

 

La nomenklatura quiere y necesita que siga el inmovilismo, para asegurar pellejos y privilegios mientras tratan de poner a la familia a salvo, o al menos colocar la ropa en lugar seguro mientras tratan de seguir nadando, y los oportunistas necesitan el ambiente de ambigüedad para agarrar lo que puedan.

 

Sin embargo, lo más significativo es la incertidumbre, esa sensación de que nadie está seguro de lo que pueda suceder o lo que se deba hacer, aunque aparenten lo contrario y hablen o escriban como si de verdad supieran: como en tantas actividades humanas, se ha imaginado y diseñado tantas veces el futuro probable que el presente real, como árboles, confunde y no permite ver el bosque.

 

Muchos han apostado, sincera o demagógicamente, a la inminente debacle inmediata al post-castrismo, como si en los mismos funerales del tirano comenzaran los gritos de Viva Cuba Libre y la insurrección en las calles. El imaginario popular, convenientemente alimentado por la distorsión y la demagogia, ha llevado los incidentes de agosto del 94 en La Habana, bautizados como “El Maleconazo”, a características de epopeya que hacen palidecer la insurrección anticomunista de Budapest, aunque lo del Malecón habanero en realidad no fue de tal magnitud y se controló de manera relativamente fácil.

 

La referencia a que los tanques y las tropas se prepararon entonces para salir a las calles demuestra, más que debilidad del régimen, su decisión a no permitir una insurrección popular en las calles: si sucediera, sí, claro, las consecuencias serían imprevisibles, pero no puede olvidarse que los eventuales insurrectos piensan, no sin razón, en lo que representaría ese baño de sangre para la nación cubana: afortunadamente, se trata de cubanos de a pie, no de fundamentalistas musulmanes.

 

La frustración se enseñorea en el tema cubano, en todas las orillas, y nadie parece tener una estrategia clara para enfrentar la situación. Raúl Castro habla de transformaciones necesarias, y todos murmuran, pero nadie ha dicho nada concreto después del “discurso de la leche”, como ya se le conoce en Cuba a la intervención del pasado 26 de julio. Un periodista independiente desde Cuba  se pregunta con sarcasmo, en frase de antología que en Cuba tiene muchos sentidos: “¿Veremos la leche correr?” Una periodista-funcionaria cubana parece llegar del más allá y escribe (con autorización) en Internet sobre el riesgo de decir la verdad cuando se analiza el caso cubano, mientras un supuesto adversario en el exilo se lamenta de que Castro no le haya llamado para escribir las “Reflexiones”.

 

El régimen comienza a mencionar claramente no solo la corrupción, sino los desánimos e intentos de sacar dinero del país de “compañeros” corruptos: viniendo las declaraciones del general que tuvo a su cargo la acusación y fusilamiento del general Arnaldo Ochoa en 1989, y que es conocido como corrupto mayor, la información de "Granma" parece presagiar una nueva campaña anticorrupción donde pueden correr cabezas, aunque muy poco probable que de muy alto nivel. ¿O será algún talibán que van a sacar del juego, y esta va a ser la forma?

 

Abundan los argumentos “en contra de...”, pero se ven pocas propuestas realistas. Un grupo en el exilio miamense hace pocos días pidió en carta abierta al Presidente Bush –con anexos fotocopiados incluidos— una “Guerra contra Castro” que se llevaría a cabo “mediante la acción mancomunada de las tropas de Estados Unidos y una tropa del Exilio Cubano”, pero nadie parece asombrarse con esta iniciativa, ni se pregunta si las tropas de esta hipotética guerra serían las que serían sacadas de Irak en algún momento, o lo que pueden pensar los cubanos de la isla de esta propuesta.

 

Un general cubano en el exilio, por cuya cabeza el régimen castrista ha ofrecido millones de dólares, dice que hay que buscar formas para que el régimen comience a dar pasos concretos a la economía de mercado, base imprescindible para futuras transformaciones políticas, e inmediatamente recibe el repudio de ciertos sectores “duros” que tienen muy poco que proponer, pero que lo acusan casi de traición o lo presentan prácticamente como vendido al enemigo.

 

Los disidentes dentro de la isla parecen confusos: la represión y las dificultades materiales adicionales que les crea el régimen dificultan su actividad, y se ven posiciones disímiles: la cuña del gobierno español con su "eurocomprensión" no ha hecho más que complicar las cosas, y en ocasiones Europa, o buena parte de ella, parece más interesada en cerrar un camino futuro a los Estados Unidos en Cuba que a realmente promover la democracia en el país.

 

La actual administración norteamericana está dando pruebas irrefutables de falta de imaginación e iniciativa en el caso cubano, y tras más de un año de compás de espera no dice nada nuevo, aunque puede quedar el consuelo de que no es ineptitud específica en el caso cubano, sino aplicable a toda la política exterior norteamericana. Ni siquiera se han adaptado a la terminología en idioma español, donde hay una diferencia entre el concepto de “sucesión” y el de “transición”, como lo manejan los cubanos, y utilizan únicamente “transición” para referirse a la “sucesión” raulista, creando así más confusión todavía.

 

Si el régimen decidiera abrir su propio diálogo con el pueblo cubano entonces Estados Unidos estaría dispuesto a explorar negociaciones con Raúl Castro. Si no es el caso, como no lo es ni parece que lo será próximamente, entonces el gobierno de Estados Unidos no pretende hacer nada más que esperar a ver lo que puede suceder, y referirse al embargo como medida efectiva de presión contra el régimen, mientras los productores agropecuarios aumentan continuamente las exportaciones a Cuba, las petroleras se preguntan como hacer para no quedar fuera del petróleo de los mares adyacentes, y muchos cubanos tienen que violar regulaciones absurdas para enviar dinero o visitar a sus familiares en Cuba.

 

Demasiado presionada con la guerra empantanada en Irak, la política doméstica, la ineptitud o conducta reprobable de varios de sus funcionarios, y temas tan calientes como terrorismo o inmigración, la actual administración ha dejado el tema cubano a quienes vengan detrás, tras las elecciones presidenciales del 2008: esa es su “visión de futuro”. El régimen cubano entendió perfectamente la situación, y trata de sacar ventaja a estos “dos años de gracia” que las elecciones congresionales del 2006 y la ineptitud gubernamental le han regalado, y utilizan el petróleo y el dinero bolivariano, junto con un lenguaje que sugiere “cambios”, no se sabe cuales ni cuando, para ganar tiempo y afianzarse.

 

El tema de Ramiro Valdés y sus discrepancias con Raúl Castro se repite hasta el absurdo, ahora que ya resulta intemporal. Cuando nadie hacia referencia a estas realidades, fue Juan Benemelis quien lo hizo público, y posteriormente se recibió la confirmación de sus criterios desde una fuente muy bien informada sobre el tema. Posteriormente, en “Secreto de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro”, Eugenio Yáñez y Juan Benemelis desarrollaron esta trama en una historia de ficción, que tenía su desenlace en un arreglo “pragmático” (mejor sería decir oportunista) entre Raúl y Ramiro, necesitando cada uno del otro para sobrevivir en el poder.

 

Posteriormente, en “Jaque al Rey. La muerte de Fidel Castro (con carácter provisional)”, ambos autores desarrollaron la historia de estas relaciones y los arreglos prácticos a que llegaron ambos "históricos", aunque mentes muy claras y opiniones muy serias aseguraban que esto no sería posible. Sin embargo, el realismo pesó en ambos, ya con más de 75 años de edad cada uno y sabiendo que no les queda mucho tiempo, para darse cuenta que en estas condiciones se necesitaban uno al otro más que lo que se podrían repudiar, y se pusieron de acuerdo para repartirse el poder. A lo cubano, "sin mariconá". Lo cual alivia el riesgo de futuros generales contestatarios. Y define los bandos: los "guardias" y los "talibanes".

 

Actualmente, ignorantes de buena fe y farsantes de muy mala fe pronostican un inminente choque entre ambos, asegurando que lo saben de “fuentes” cercanas al poder. Basta ver los minutos finales del video de la televisión oficial cubana con el discurso de Raúl Castro el 26 de julio, hace unos días, para corroborar la forma en que Ramiro Valdés, literalmente, le “cuida las espaldas” a Raúl, de la misma manera en que “Joseíto”, el jefe de la escolta, hacía con Fidel Castro.

 

Muchas especulaciones, muchos deseos, muchas emociones, impiden darse cuenta de una realidad elemental: hace más de un año murió el Comandante en Jefe, se produjo una sucesión raulista, y el régimen se las ha ingeniado para mantenerse en el poder. Todos están a la espera de lo que pueda suceder, y a falta de información concreta, análisis realistas o estrategias meditadas, abundan las especulaciones, el tremendismo, el rumor y la ansiedad, mientras los oportunistas siguen “haciendo su agosto” en este agosto de permanentemente diferido cumpleaños fidelista.

 

Guayasamín seguirá con su fiesta pendiente y Evo Morales, ya sin anunciar regresos, deberá seguir guardando su pastel de coca. Gore Vidal, Cindy Sheenan, el pastor Lucius Walker y Michael Moore, entre otros, se lamentarán. Tal vez Hugo Chávez viaje a La Habana para desearle feliz cumpleaños, y los “héroes prisioneros del imperio” (los espías convictos de la Red Avispa) le manden un mensaje de cumpleaños, junto a demócratas tan respetables como Bachir el Assad, Robert Mugabe o Muammar el Khadaffi.

 

El hecho cierto, la evidencia, es que el Comandante en Jefe ya falleció políticamente, y la vida o muerte de Fidel Castro, la persona enferma de 81 años de edad, suficientemente vivo para dictar insensateces tituladas “Reflexiones” y estorbar la gestión de gobierno, pero a la vez suficientemente muerto para que su omnímoda voluntad no pueda ejercerse incontroladamente, es asunto de sus familiares y amigos, si es que tiene algunos.

 

Más que preocuparse por la vida o la muerte de la persona de 81 años, sería más útil elaborar estrategias prácticas para enfrentar al actual régimen y no seguir preguntándose si el Comandante en Jefe regresará al poder: los muertos no resucitan.

 

Ya muerto el Comandante en Jefe hace tiempo, este año de enfermedad y agonía de Fidel Castro puede traer como legado, además, algo que correspondía a los antiguos faraones egipcios, lo que vendría muy acorde con su personalidad megalómana: que se lleve con él a la tumba (política) a parte de sus adversarios sin ideas, adláteres, “expertos”, vergonzantes fidelistas en silencio, aliados "antimperialistas", oportunistas y periodistas de pacotilla.