Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

 

 

                                Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

Ni cambio ni continuidad, sino todo lo contrario

 

El dominó cubano sigue trancado, y a cada quien le queda una sola ficha para virarse, pero sucede que todos los jugadores tienen el doble-nueve: el régimen, el gobierno de Estados Unidos, los opositores y el exilio. Es el único juego de dominó en el mundo con cuatro fichas doble-nueve en vez de una sola. Como el juego está trancado, es imposible "pegarse", pero tampoco tiene sentido mostrar las fichas para ganar por puntos, porque las cuatro fichas son iguales y, como están las cosas, nadie puede ganar.

 

El régimen

 

El discurso de Raúl Castro el primero de agosto en la siempre unánime Asamblea Nacional del Poder Popular fue el clásico cubo de agua fría sobre casi todos los que esperaban, sin fundamento, anuncios de reformas inmediatas.

 

Sobre casi todos, menos para buena parte de periodistas españoles que escriben en prensa considerada seria, y quienes los reproducen acríticamente en cualquier blog de mala muerte, que al no ver los anuncios de cambios en el discurso de Machado Ventura el 26 de julio en Santa Clara, supusieron que se reservaban para el general-presidente en la Asamblea.

 

¿Motivos evidentes para suponerlo? Ninguno. Sin embargo, como el único cambio que el régimen anunció fue ofrecer más de lo mismo, pero peor, esos supuestos periodistas se  inventaron los cambios de inmediato, no faltaba más, y surgieron los titulares que darían mucha risa si no hubiera de fondo situación tan trágica: “Raúl Castro autoriza pequeños negocios en Cuba y contratación de trabajo asalariado”.

 

Esa fue la traducción al español que hicieron esos mediocres periodistas de las palabras que pronunció Raúl Castro también en idioma español, el único que conoce:

 

El Consejo de Ministros también acordó ampliar el ejercicio del trabajo por cuenta propia y su utilización como una alternativa más de empleo de los trabajadores excedentes, eliminando varias prohibiciones vigentes para el otorgamiento de nuevas licencias y la comercialización de algunas producciones, flexibilizando la contratación de fuerza de trabajo”.

 

Considerar que eliminar “varias prohibiciones vigentes para el otorgamiento de nuevas licencias y la comercialización de algunas producciones”, se puede equiparar a la creación de PYMES (pequeñas y medianas empresas) como se conciben en el mundo, incluso a nivel de “micro-business”, o interpretar “flexibilizando la contratación de fuerza de trabajo” como luz verde a la amplia y libre contratación privada de fuerza laboral, requiere un enfoque demasiado mendaz o una ignorancia supina de las realidades del neocastrismo.

 

Es fabricar un sofisma sustentar este escenario absurdo de supuestas motivaciones reformistas del régimen en la previa excarcelación-deportación de prisioneros de conciencia que nunca debieron haber estado presos, todo bajo apremio de la muy difícil situación interna y los reclamos internacionales constantes, en un momento que el Cardenal Ortega acaba de definir la situación cubana entre febrero y abril de este año como que “…empezaba a semejarse al tiempo del Mariel” (…) “Estaba causando inestabilidad”. Tal absurdo es solo superado en ridiculez por los anuncios del Oráculo en Jefe sobre la inminente guerra nuclear y sus consejos a Barack Obama, o por la “alerta amarilla” de PDVSA en Venezuela por si hubiera invasión estadounidense y fuera necesario cortar los suministros de petróleo.

 

Para quien no se haya enterado todavía, aunque ocasiones de sobra han existido para saberlo, las licencias de trabajadores por cuenta propia en la Cuba castrista se otorgan para autorizar determinadas actividades que el estado no puede acometer ni siquiera de la manera ineficiente a que acostumbra, pero no incluye ni la posibilidad ni el derecho del llamado “cuentapropista” a adquirir insumos o suministros para desarrollar su trabajo.

 

De tal manera, con esas licencias se autorizan actividades tales como reparación de autos, llenado de fosforeras, plomería, manicure, reparaciones eléctricas caseras, albañilería, pintura de casas y autos y decenas de oficios más, pero, ¡oh casualidad! el Estado no vende ni en moneda nacional ni en divisas piezas de autos, gas para fosforeras, tuberías, herramientas, cosméticos y pintura de uñas, cable eléctrico, cemento, cabillas o ladrillos, pinturas, brochas, ni ninguno de los más elementales recursos para poder realizar tales actividades.

 

De la misma manera que se entregaron, tras innumerables laberintos burocráticos y más aún condicionamientos políticos sobre los solicitantes, decenas de miles de hectáreas de tierra improductiva y cundida de malezas, pero no se permite a los usufructuarios obtener aperos de labranza y desmonte de malezas, alambre de púas o ropa de trabajo, y las muy escasas cantidades que se venden en algunas tiendas especializadas tiene el precio en divisas y a niveles exorbitantes.

 

Y hay que añadir que los cuentapropistas que obtengan sus nuevas licencias, o los ya existentes, o los escasos dueños de “paladares” que subsisten, quienes rentan habitaciones al turismo o los usufructuarios de tierras improductivas, no han tenido hasta ahora acceso a crédito de ningún tipo, ni son autorizados a utilizar moneda fuerte que podrían recibir como remesas del exterior para obtener los insumos y equipos necesarios, porque solamente se venden, cuando se venden, algunos escasos productos de este tipo.

 

¿Es esto en alguna medida una apertura hacia los pequeños negocios en el país? ¿Es esto un proceso de creación de pequeñas y medianas empresas como se ve en tantos países del tercer mundo?

 

¿O son estas las fantasías noticiosas de escribanos que ni conocen la realidad cubana ni saben hacer análisis políticos, pero están desesperados por dar el “palo periodístico”?

 

Pero dejemos a los pseudos-periodistas “especializados” en el tema cubano, y vamos a continuar analizando el juego de dominó cubano con cuatro fichas del doble-nueve.

 

El régimen no cambia sus posiciones para nada, aunque se vea obligado a determinados ajustes cosméticos y curitas de mercurocromo por la tensa situación de la economía. Es el propio Raúl Castro quien define lo que se considera “cambio estructural y de concepto”:

 

Próximamente se celebrará un pleno ampliado del Consejo Nacional de la Central de Trabajadores de Cuba donde abordaremos en detalle con los principales dirigentes obreros estas importantes decisiones, que constituyen en sí mismas un cambio estructural y de concepto en interés de preservar y desarrollar nuestro sistema social y hacerlo sostenible en el futuro, de modo que cumplamos el mandato del pueblo de Cuba, recogido en la Constitución de la República, de que el carácter socialista y el sistema político y social contenido en ella son irrevocables”.

 

Que se confunda el que quiera, porque no es obligatorio confundirse. Aunque el general dijo que “en los estimados del primer semestre se aprecian resultados alentadores en la economía nacional”, tuvo que mencionar, por evidente comprobación de cualquier cubano de a pie en la calle, el “incumplimiento del plan de azúcar y otras producciones agropecuarias a causa de errores de dirección y también por los efectos de la sequía”, es decir, del programa alimentario, que se supone que sea asunto de “seguridad nacional”, cuando el país no tiene dinero para importar todos los alimentos que se necesitan para subsistir malamente.

 

Sin embargo, aunque el régimen no tiene nuevas estrategias ni tampoco ideas creativas para superar la crisis, insiste en las mismas de siempre para poder asegurar el poder. Aunque el general asegura que “La Revolución puede ser generosa porque es fuerte”, en realidad ha tenido que ceder a la presión interna e internacional.

 

No obstante, aunque cambien algunas acciones, o su manifestación externa, no cambia la ideología represiva y totalitaria, que se resume en esta advertencia de Raúl Castro: 

 

“…no resulta ocioso reiterar que no habrá impunidad para los enemigos de la Patria, para quienes intenten poner en peligro nuestra independencia. (…) Nadie se llame a engaño. La defensa de nuestras sagradas conquistas, de nuestras calles y plazas, seguirá siendo el primer deber de los revolucionarios a quienes no podemos privar de ese derecho”.

 

Clarísima apertura reformista del régimen. Ya veremos todo lo dispuesto que está el Ministerio del Interior a facilitar la apertura, como no sea de las prisiones, y no para salir, sino para entrar.

 

Es una pena que quienes en Estados Unidos, Europa y América Latina exaltan oportunistamente la supuesta voluntad de cambio del régimen y ven “señales” a toda hora, los que le hacen guiños, acercamientos y visitas de cortesía, y hasta siguen sus instrucciones, queriendo congraciarse, y pretendiendo hacernos creer que se preocupan por los cubanos cuando en realidad se preocupan por el régimen, no tengan que vivir en Cuba por un tiempo, pero como cubanos de a pie, sin libertades ni derechos ciudadanos, sin dólares, euros ni CUC.

 

Porque el régimen, con el juego de dominó trancado, solamente podría virarse con el doble-nueve, y todo el mundo sabe que con esa ficha no se puede ganar.

 

Y no hablemos del Comandante resurrecto anunciando calamidades y catástrofes nucleares, a la vez que “aconseja” al presidente Barack Obama, desesperado porque el presidente norteamericano le haga caso y le responda de alguna manera. De manera irrespetuosa lo definió como “descendiente de africano y de blanco, de mahometano y cristiano”, sin entender que es, ante todo, el presidente estadounidense, por encima de razas, religiones, ideologías o lucha de clases, y que está al servicio de todos los norteamericanos, de los que le apoyan, los que se le oponen, y los indiferentes.

 

Quienes consideran que su desesperado intento por regresar al protagonismo -sin el que no puede vivir- puede tener alguna incidencia para salir de la crisis absoluta que consume al país, lean su “brillante” intervención en la siempre unánime Asamblea Nacional del Poder Popular, que convocó (porque le dio la gana) para seguir asustando con la supuesta inminencia de una guerra nuclear, pero donde no mencionó una sola palabra sobre las dificultades y miserias de la nación, de las cuales él es el máximo responsable.

 

Sigue hablando de “la URSS” y “los soviéticos” para referirse a Rusia, y mencionó que el Big Bang ocurrió ¡hace 18,000 años!Para lo que tenía que decir, mejor se hubiera quedado callado, y hubiera evitado la caterva de insensateces, tergiversaciones y cosas sin sentido que pronunció ante la mirada acaramelada de los llamados diputados.

 

Si ese peculiar parlamento cubano fuera serio, que no lo es, debería haber ordenado ahí mismo que le colocaran de inmediato una camisa de fuerza y lo enviaran a un hospital psiquiátrico, para que pudiera jugar su alienada guerra con algún Napoleón ya internado, pero sin acosar a los cubanos con esas tonterías.

 

En el caso de Fidel Castro, no se trata de que tenga un doble-nueve en la mano, sino de que él es el doble-nueve.

 

Estados Unidos

 

Podría suponerse que, ante la insalvable crisis estructural y terminal del régimen, los muchísimos estrategas del establishment norteamericano, sean demócratas, republicanos o independientes, “liberales”, “tea-parties”, conservadores o de cualquier posición en el amplio espectro político estadounidense, tuvieran estrategias claras sobre como lidiar con la fase postrera del régimen para facilitar el tránsito a nuevas condiciones en el país.

 

Y aunque es posible que las tengan, parecen estar haciendo todo lo necesario para que nadie se pueda dar cuenta. ¿Qué es lo que realmente está sucediendo con la política exterior de Estados Unidos? ¿Burocratismo excesivo o desorganización? En el tema Venezuela, colateral en este caso,  el recién nombrado embajador norteamericano en ese conflictivo país ha hecho declaraciones, antes de su aprobación por el Senado de EEUU, que han puesto en peligro el “agreement” del gobierno venezolano para poder viajar a Caracas. La reacción chavista no se hizo esperar. ¿Es que no había otra manera de manejar este caso?

 

En una misma semana, con pocos días de diferencia, cuatro noticias demuestran la absoluta incongruencia de la política del establishment hacia el régimen, donde la administración Obama está cometiendo errores tan garrafales como los típicos de la época de George W Bush.

 

En primer lugar, la Agencia Internacional de Desarrollo (USAID) anuncia un fondo de tres millones de dólares a entregar en tres años para fomentar la pequeña empresa en Cuba; y casi a continuación, el Departamento de Estado vuelve a incluir al gobierno cubano en la lista de países que patrocinan el terrorismo. Por otra parte, se acaba de conocer por el Cardenal Jaime Ortega en Estados Unidos que el Arzobispado de La Habana preguntó a la Oficina de Intereses de Estados Unidos en la capital cubana si habría algún tratamiento prioritario para prisioneros excarcelados que quisieran viajar a Estados Unidos, y la muy increíble y burocrática respuesta fue que eso era un proceso que requería de mucho tiempo. Finalmente, se está comentando con mucha fuerza que el presidente Obama flexibilizará las restricciones para que los norteamericanos puedan viajar a Cuba, con una ampliación significativa de viajes culturales y de educación.

 

Hay que aclarar que el programa de la USAID, que puede entrar en vigor después que el senador John Kerry (Demócrata por Massachussets) desbloqueara parte de fondos destinados al “fomento de la democracia en Cuba”, ha sido diseñado “limitado a grupos que están particularmente marginados y ayudará a darles la posibilidad de participar en la sociedad civil”.

 

Así puede verse desde Washington, pero en Cuba el régimen lo presentará, como de costumbre,  como un intento más de subversión y presión de Estados Unidos contra Cuba, y puede fácilmente acusar de “mercenario” a cualquier receptor de esos dineros, con las consabidas penas que eso conlleva, y sin importarle para nada si se trata de “grupos particularmente marginados”.

 

Las leyes cubanas, aunque sean espurias y muy injustas, son las que rigen en el país, y ningún pensamiento jurídico del régimen estará determinado en ningún momento por lo que pueda decidir en Estados Unidos aún la Corte Suprema de Justicia.

 

O, peor aún, ese dinero hasta podría llegar a manos del régimen a través de las múltiples pantallas tanto de cualquier organización no gubernamental como agrupación profesional, fundación sin fines de lucro, o cualquier otro engendro del

“aparato”, de los tantos que existen en Cuba.

 

Por otra parte, como el dinero no se enviaría por transferencia bancaria y los recursos que se entregaran habría que llevarlos personalmente –recordemos que no existe ni correo directo entre los dos países, y que hay serias preocupaciones de que algunas empresas de mensajería como DHL pudieran estar recibiendo fuerte presión del régimen- la entrega de dinero y recursos a los “grupos marginados” sería una fábrica perfecta de nuevos Alan Gross (el contratista de USAID detenido desde diciembre sin que se le formulen cargos en contra) para las mazmorras cubanas, con el pretexto de que esos individuos realizan labores de espionaje y subversión.

 

No por gusto la USAID advierte que: “Dada la naturaleza del régimen cubano y la sensibilidad política del programa de la USAID, la USAID no puede ser considerada responsable de ninguna lesión o inconveniente sufridos por los individuos que viajen a la isla mediante fondos otorgados por USAID”. Tras haberse cuidado las espaldas con este señalamiento, ¿lo demás importa?

 

Siendo así, ¿vale la pena este esfuerzo? ¿No había mejor forma de desperdiciar dinero y poner en peligro a las personas, tanto cubanos como extranjeros?

 

La inclusión nuevamente este año del gobierno cubano en la lista de los países que patrocinan el terrorismo, lista de donde ha sido borrada Corea del Norte, modelo ejemplar de estado forajido, vuelve a ser discutible, si se compara con ese tipo de actividades que se llevan a cabo en países como Irán, Siria y Sudán. Y no porque el régimen cubano no lo sea en espíritu, sino porque el mismo informe reconoce no tener “evidencias de financiamiento directo de Cuba a organizaciones terroristas durante 2009”. Además, los argumentos que se señalan en el caso Cuba están mal priorizados y peor fundamentados.  

 

Se sabe hasta el aburrimiento que la presencia de etarras en Cuba es el resultado de un acuerdo entre el régimen y el gobierno español desde hace muchos años, e incluso que España mantiene en el país a oficiales del Centro Nacional de Información para vigilar y controlar a tales individuos. La presencia de narco-guerrilleros de las FARC y el ELN colombianos no es secreta, y además existe cierta cooperación del gobierno colombiano para que se mantengan en el país, donde están mucho más controlados que los facciosos que alberga Chávez en Venezuela o los que protegía Ecuador en su territorio.

 

El argumento más sólido que se podría precisar se sitúa en último lugar: la presencia en Cuba de casi medio centenar de estadounidenses acusados o convictos de actos de terrorismo, asesinato y otros delitos con violencia, que reciben protección del régimen.

 

Estos elementos, y no los prisioneros de conciencia, como pretende el régimen, si serían verdadera moneda de cambio para negociar la excarcelación de los cinco espías convictos de la Red Avispa, con los que el castrato ha montado una impresionante y costosa campaña de propaganda internacional que comienza a crearle presión al gobierno de los Estados Unidos.

 

Nada de presos de conciencia por espías convictos, sino convictos y fugitivos de la justicia norteamericana por espías convictos cubanos. ¿Cincuenta por cinco? ¿Por qué no? Los cincuenta son vulgares delincuentes, y los de la Red Avispa son héroes antiimperialistas”. Uno por uno sería un insulto para esos “antiterroristas”, ¿no? Los rusos acaban de dar cuatro por diez. Que el régimen haga como los israelíes, que por rescatar a los suyos no escatiman cantidades de prisioneros a negociar.

 

Los requerimientos jurídicos por parte de Estados Unidos para excarcelar a esos espías se podrían fundamentar sin demasiadas complicaciones. Y en Cuba la ley la hace el régimen a su conveniencia. Nadie piense que los principios del gobierno cubano les impedirían sacrificar a ese grupo de camaradas  norteamericanos fugitivos. Y si los principios actuales no se lo permitieran, ya buscarán otros fácilmente: bastaría fundamentarlos con una “reflexión”.

 

Por otro lado, la burocrática respuesta de la Oficina de Intereses de La Habana a la gestión del Arzobispado para una posible emigración a Estados Unidos de algunos prisioneros de conciencia que fueran excarcelados, demuestra torpeza, además de insensibilidad.

 

La presión por la excarcelación de los prisioneros de conciencia ha sido constante y muy amplia desde la “Primavera Negra de 2003”, y cuando está a punto de lograrse, Estados Unidos responde que los prisioneros de conciencia deberán hacer la fila para sus trámites migratorios como cualquier hijo de vecino en Marianao o miliciano cederista deseoso de visitar a su familia en Miami.

 

Mientras tanto, el gobierno español, por muy oportunista o interesado que se le considere, facilita los trámites que le corresponden, paga las leoninas tarifas migratorias que impone el régimen, se hace cargo del costo de los pasajes de los excarcelados y sus familiares, y del hospedaje y manutención de todos –en hoteles de tercera categoría, se sabe, pero paga- desde su llegada a España, mientras aun se discute si son emigrantes o cualquier otra cosa.

 

¿Es que los excarcelados de la Primavera Negra no califican como perseguidos políticos para Estados Unidos? ¿O se trata de los costos de la operación? España, en crisis y con un desempleo del 20%, lo hace porque sabe que eso tiene un impacto político para sus intereses, mientras Estados Unidos lo maneja como un trámite administrativo más.

 

¿No sería un mejor uso del dinero disponible en el trasnochado proyecto de la USAID para fomentar empresas en Cuba si se pudiera utilizar para abrir las puertas de Estados Unidos a los prisioneros de la Primavera Negra y sus familiares?

 

Podrá haber limitaciones de disciplina presupuestaria en un sentido o el otro. Pero si la nación más rica y poderosa del mundo no tiene recursos para dar asilo en el país a varias decenas de prisioneros de conciencia excarcelados y sus familiares, va a pasar mucho trabajo para convencer a cualquiera, en cualquier parte, de su compromiso con la democracia en Cuba y en todo el mundo. Y si no se trata de limitaciones de recursos, entonces sería más desconcertante aún su posición.

 

Como antes se dijo, hay señales contradictorias en el tema de la autorización de los viajes de ciudadanos norteamericanos a Cuba. Mientras los congresistas están enfrascados en la discusión de un proyecto que autorizaría viajes sin restricciones de los estadounidenses a Cuba, ha comenzado a circular el rumor de que el presidente Obama autorizaría, “en dos semanas”, una ampliación de viajes a la Isla con licencias culturales y educacionales, así como “de persona a persona”, que ampliaría sustancialmente la posibilidad de este tipo de viajes, pero sin llegar a la extensión que significaría el proyecto de ley que se debate.

 

El problema es complicado, porque desde el punto de vista constitucional los ciudadanos norteamericanos tienen derecho a viajar libremente a cualquier lugar del mundo, pero las restricciones legales del embargo estadounidense limitan esa posibilidad en el caso de Cuba. Y aunque algunos comentan, siempre desde el anonimato, que esa sería una “respuesta calibrada” de la administración por el inicio del proceso de excarcelación con destierro de prisioneros de conciencia cubanos, otros señalan que solamente es parte de la estrategia presidencial de apoyar los intereses norteamericanos en Cuba, independientemente de lo que pueda hacer el régimen.

 

Mientras determinados grupos apoyan esa rumorada ampliación de posibilidades aunque se opongan a la liberalización total de los viajes sin ninguna restricción, los grupos más “duros”, encabezados por los congresistas cubano-americanos, se oponen también a esa ampliación que estaría planeando el presidente Obama.

 

Promover viajes y la ampliación de las remesas le dará al régimen una muy necesaria inyección de dólares que sólo le permitirá a los hermanos Castro extender su reino de opresión y de violación de derechos humanos”, señaló el senador Bob Menéndez, demócrata por New Jersey, mientras el representante republicano por Florida, Lincoln Diaz-Balart, dijo que ‘‘concesiones a tiranos como Fidel Castro los envalentonan en su ilimitada brutalidad. La historia enseña esa lección (...) Pero el presidente Obama continua errando”. Todavía no puede saberse como puede terminar todo esto.

 

Lamentablemente, en el dominó cubano no es solamente el régimen quien tiene el doble-nueve en la mano: Estados Unidos también tiene su “double-nine”, y todo el mundo sabe que con esa ficha no se puede ganar.

 

Opositores, disidentes y comunicadores alternativos

 

El conjunto de la oposición en Cuba se enfrenta a una compleja situación que tiene que manejar con mucho cuidado: en unos pocos meses, desde la muerte de Orlando Zapata Tamayo al anuncio por parte de la Iglesia Católica de la promesa de excarcelación de los prisioneros de conciencia, la correlación de fuerzas se modificó violentamente, el mundo comenzó a tener conciencia de una incipiente y débil, pero a la vez valiente y combativa, sociedad civil cubana, y de que Cuba es algo más que la imagen idílica que anuncia el régimen: Varadero-Tropicana, Fidel Castro-Che Guevara.

 

Ahora el peligro estaría en el riesgo de morir de éxito: el heroísmo sin inteligencia no conduce a demasiados lugares agradables, y se están perfilando nuevos escenarios en los que las estrategias anteriores no tienen ni sentido ni posibilidades de éxito.

 

Sin prisioneros políticos, Las Damas de Blanco habrían cumplido su misión histórica original, a no ser que el régimen desate nuevas olas represivas y envíe a las prisiones a otros cubanos con los pretextos de siempre: mercenarios, agentes del imperialismo, subversión, y toda la cantaleta conocida.

 

No tendrían imprescindiblemente que disolverse y desaparecer, pero deberán ajustar sus estrategias, reclamos y demandas, a otros temas concretos si ya no existieran presos políticos, como la eliminación de la ley mordaza, o acabar las golpizas y detenciones arbitrarias de opositores, aunque sean por breve tiempo.

 

Porque no sería fácil concebir Damas de Blanco desfilando por las calles para reclamar la excarcelación de condenados por poner bombas en hoteles, secuestros armados, u otros hechos de sangre y violencia, y más difícil todavía sería imaginar que pudieran recibir las oleadas de apoyo y solidaridad que se ganaron en estos siete años de lucha y sacrificios en defensa de los prisioneros de conciencia.

 

La denuncia continua de todas las arbitrariedades del régimen, no solamente contra los opositores, sino también contra cualquier cubano, es importante y necesaria por parte del conjunto de los disidentes, pero siempre será un acto de reacción ante una iniciativa del régimen, y no una iniciativa opositora.

 

Además, cualquier denuncia, para que sea certera y eficaz, debe ser absolutamente cierta y comprobable: mentiras o medias verdades que sean absoluto monopolio del régimen. Los opositores cubanos no pueden darse el lujo de actuar en ninguna circunstancia como los genízaros del totalitarismo.

 

Es necesario encontrar, y sobran, temas de interés y motivación para que los cubanos de a pie conozcan las razones concretas por las que luchan los opositores, “la gente de los derechos humanos”, y entiendan que esas luchas son en interés de todos los cubanos.

 

Las jornadas de los últimos meses han potenciado el papel y la presencia de los opositores en la realidad nacional: hasta la prensa oficial y Raúl Castro han debido mencionarlos, y los cubanos saben leer entre líneas e interpretar lo que se les dice por los personeros de la dictadura.

 

Hablar continuamente de libertad y democracia es noble y sublime, pero en realpolitik son valores demasiado abstractos. Hablar de eliminar la tarjeta blanca para salir del país; que la población negra y mestiza tenga iguales oportunidades que la blanca de obtener trabajos mejor remunerados; que no se impida a los cubanos ir a vivir a La Habana o donde mejor les convenga; que se permita a las personas, dentro de los marcos de la ley, trabajar y comercializar libremente los productos de su trabajo; o que se elimine la doble moneda en el país, son temas sensibles que contarían con enorme respaldo popular.

 

Hoy los cubanos hablan, opinan y discuten continuamente sobre todos esos temas, pero falta el liderazgo de interlocutores legítimos: al régimen no le interesa y los opositores no han podido ganarse ese derecho todavía.

 

Abunda una enorme cantidad de organizaciones alternativas en el país, algunas con más letras en el nombre que integrantes, mientras otras crecen sostenidamente a lo largo de la Isla. De por sí, eso no es necesariamente negativo, sino la prueba de una verdadera sociedad civil que va surgiendo espontáneamente sin imposiciones ni coyundas.

 

Nada sería más absurdo que pretender una supuesta unidad basada en la unanimidad o la aceptación de un liderazgo basado en números o biografías, pero que no se haya ganado realmente, o el surgimiento de algunos iluminados que pretendan dirigir a todo el rebaño sin opciones de discrepar o retirarse si lo estiman oportuno.

 

Los protagonismos no solamente sobran, sino estorban y hacen mucho daño, y las rencillas internas y chismes de solar no tienen nada que ver con una política responsable y efectiva.

 

Mientras el régimen presenta un aparato represivo monolítico y sin fracturas visibles, la innecesaria e improductiva polémica pública entre los disidentes, la dispersión y falta de coordinación, o la ausencia de intereses comunes bien concertados, además de un error, se convierte en un pecado mortal, literalmente.

 

No hay nada malo si en las filas opositoras hay socialdemócratas, socialistas, liberales, democristianos, conservadores, republicanos, anexionistas, autonomistas, anarquistas, ex-comunistas, radicales, auténticos, ortodoxos, ecologistas, evolucionistas, religiosos, ateos, agnósticos, o libertarios: esa diversidad refleja el pensamiento político de los cubanos de a pie, y en cierto sentido el de muchos funcionarios del régimen que, naturalmente, no se atreven a proclamarlo.

 

Sin embargo, es un terrible error pensar que porque no se comparten estrategias o programas no se comparten tampoco riesgos comunes ni peligros muy reales: cuando un opositor, periodista independiente, bloguero, o cualquiera, es golpeado por una turba o un par de oficiales subalternos de los organismos represivos, la golpiza es para todos, para los que la están recibiendo en ese instante y los que la pueden recibir mañana, o después, porque en esto no hay casualidades.

 

Es demasiado tonto pensar que esta oleada represiva en este instante es “con ellos”, pero no “con nosotros”, con el grupo tal, pero no con el más cual, así que vamos pasando y ya veremos luego. Porque la represión es selectiva, pero universal: a todos le toca lo suyo, con más o menos brutalidad y en un momento o el otro.

 

Porque si el régimen considera que necesita dar un “escarmiento” a todos a la vez no vacilará en hacerlo, y tiene recursos de sobra para ello. No olvidemos las decenas de miles de personas que detuvo en menos de veinticuatro horas al momento de Playa Girón, hace casi medio siglo: eran muchos miles más, y mucho más peligrosos, que los que tendría que detener ahora.

 

Hay que ser muy cuidadosos con las acciones que se planifican y se ejecutan: la huelga de hambre, por ejemplo, es un recurso desesperado y honorable, pero cuando se interrumpe sin lograr los objetivos, por las razones que sean, resta estatura moral al huelguista ante los represores.

 

La gran repercusión de la huelga de hambre de Orlando Zapata Tamayo se produce precisamente porque muere en el empeño, como antes murió Pedro Luis Boitel y otra decena de cubanos en las ergástulas del régimen.

 

La trascendencia mediática del Coco Fariñas se produjo por su obstinación en mantener la huelga hasta las últimas consecuencias, obligando al régimen, con su actitud, a ingresarlo en terapia intensiva, aunque maldiciéndolo en silencio, y hacer lo posible para evitar que se muriera.

 

Tantos otros huelguistas que abandonaron el intento sin lograr sus objetivos o morir han pasado sin pena ni gloria, y muy pocos se recuerdan: no se cuestiona su coraje, pero hay derecho a cuestionarse la efectividad de sus acciones.

 

Existen muchos programas de las organizaciones opositoras. Tal vez demasiados, y no siempre de fácil comprensión para la población. Si son demasiado extensos no es nada fácil leerlos, y si son demasiado elementales no movilizan a nadie.

 

Hablemos claro, pues no somos europeos: ¿cuántos cubanos, en Cuba o el exilio, se han leído el Manifiesto de Montecristi o recuerdan el testamento político de José Antonio Echeverría? ¿Cuántos, dentro del régimen, han leído La Historia me absolverá?

 

La Declaración de Independencia de Estados Unidos es relativamente breve. Los padres fundadores de la nación americana tenían una cultura política profunda, pero los farmers que los siguieron tenían objetivos muy claros e intereses muy concretos, que lograron entender a la perfección para enfrentarse a los ingleses.

 

Los franceses hicieron la revolución con objetivos concisos: Liberté, Egalité, Fraternité: todos se lo imaginaban a su manera, aunque nadie supiera exactamente qué significaba. El resto, todo, era paisaje para los de abajo; era tema para los enciclopedistas y la élite, para Voltaire y Rousseau, pero no para los sans-coulottes que se jugaron, y muchos perdieron, la vida en La Bastilla.

 

No puede ser diferente para los cubanos de a pie, aunque no haya que jugarse la vida en combates callejeros ni acciones violentas. Nadie va a arriesgarse a una paliza salvaje del “pueblo enardecido”, la lúgubre prisión castrista, o la represión brutal y despiadada contra sus familiares, por valores y programas abstractos que no logre comprender, y que no pueda visualizar como libertades ciudadanas, poder hacer lo que desee ni no viola las leyes, pan en la mesa o ropa en el escaparate, aunque en un momento sea capaz, en un acto de desespero, de gritar contra el gobierno o fajarse a golpes con la policía. Eso no sería oposición conciente, sino encabronarse.

 

El amplio conjunto opositor cubano, en todas sus expresiones, políticos, teóricos, periodistas independientes, blogueros, francotiradores, ha demostrado sobrado coraje y pagado con cárcel y brutal represión su pensamiento y acción por muchos años.

 

Ahora necesita mucha sabiduría y sentido político, mostrar un liderazgo inteligente y efectivo para aparecer ante los cubanos de a pie, y también ante la élite desencantada del régimen, como una alternativa viable, confiable, con propuestas realistas, factibles, sin rencores o espíritu de venganza o de pase de cuentas: en fin, mostrar a los cubanos que ni la resignación ni el abandono del país son las únicas alternativas posibles, ni deseables.

 

Mientras no logre hacer esto, lamentablemente, tendrá que seguir jugando con su doble-nueve en la mano, y todo el mundo sabe que con esa ficha no se puede ganar.

 

El exilio

 

No es asunto de la Calle Ocho, el Paseo de la Castellana, Insurgentes y Reforma, el viejo San Juan, la Plaza del Silencio, Union City, Estocolmo, Moscú, la Plaza de Mayo, Puente Duarte, Beverly Hills o cualquier rincón del mundo, sino del Exilio, con mayúsculas.

 

Como un solo espíritu en todas partes, aquí o allá, los que llegaron antes porque siempre estuvieron claros (como dicen unos) o los que llegaron después, cuando se dieron cuenta como eran las cosas (como dicen otros).

 

Y lo primero que hay que entender es que ningún exilio prolongado, con excepción del judío, (y el cubano es, con creces, un exilio prolongado), ha podido desempeñar papeles políticos demasiados protagónicos a la hora del regreso: ni los rusos en París, ni los polacos en Chicago, ni los checos en Alemania, ni los chinos en Taiwán, ni los armenios en Estados Unidos, ni los españoles en Europa y América Latina, ni los chilenos o los uruguayos dispersos por el mundo. Los cubanos no somos la originalidad en este tema.

 

Algunas excepciones, como Mario Soares en Portugal, lo único que hacen es confirmar la regla: porque Soares no pasó de inmediato de exiliado a presidente, necesitando años de bregar en la lucha política dentro de su país tras la caída de la dictadura para lograr un papel protagónico destacado en la política portuguesa.

 

Podremos decir que los cubanos somos como los judíos, y también que en realidad no hay aspiraciones de protagonismo, pero será solamente como consuelo.

 

Tras más de medio siglo de exilio, la biología y la imprescindible asimilación a la cultura receptora, en cualquier país que nos encontremos, han ido diezmando las semillas fundacionales, y las nuevas oleadas que van llegando, aún sin la más mínima intención de hacerlo, van asentando sus propias percepciones en el crisol exiliar y creando un producto diferente, que no tiene que ser ni más ni menos puro, pero es más acorde con los tiempos y las realidades. Y cambian los valores y los paradigmas.

 

La Constitución de 1940, a pesar de todos sus indiscutibles valores, hoy dice menos para muchos cubanos jóvenes que el concierto de Juanes en La Habana o la descarga de Los Van Van en Miami o la presentación de Buena Fe, aunque una minoría queme discos o les pase aplanadoras por encima como muestra exuberante de la tolerancia y libertad de opiniones que pretenden para una Cuba post-castrista.

 

Puede gustarnos o no, pero esa es la realidad. Y el hecho de que a algunos no le guste no cambia para nada su esencia, pero sí debería influir significativamente en la definición de las estrategias: pretender remodelar a cada recién llegado al exilio a la única y verdadera posición política “correcta” recuerda demasiado como se hacen las cosas en La Habana con las “nuevas generaciones”.

 

Lamentablemente, aunque en medio siglo los escenarios van cambiando continuamente, no sucede lo mismo con las posiciones y las estrategias, y todavía se sostienen y apoyan algunas que corresponden a tiempos y realidades que han quedado atrás hace mucho tiempo.

 

Pocas veces se piensa profundamente en la definición que deberemos enfrentar: al producirse el final inevitable del castrismo, ¿cuántos cubanos estarían realmente en disposición de regresar a vivir y trabajar en Cuba? ¿o a vivir sus años de retiro allí? ¿cuántos irían de visita, por curiosidad o para visitar familiares y amigos, pero para regresar en pocos días a sus vidas habituales donde han vivido muchos años, a sus mortgages, sus copas de vino con tapas o sus nieves perennes europeas?

 

Ninguna adecuación estratégica se basa en la renuncia a los principios y las convicciones, no significa renunciar a la “intransigencia” en los objetivos finales, pero si esa intransigencia va más allá de los lineamientos conceptuales de principios, y se expresa en todas y cada una de las actuaciones continuamente, desconociendo de esta manera las realidades específicas de cada situación, de cada momento y de cada objetivo a perseguir, se convierte en una poción estática, encartonada, reaccionaria, y totalmente desconectada de la realidad: inmovilismo estilo castrista, aunque de signo ideológico contrario, por supuesto.

 

En muchas ocasiones pesan demasiado las emociones en el exilio cubano, en cualquier parte del mundo y no solamente en Miami. Razones y sufrimientos vividos hay de sobra para sentimientos de ese tipo, aunque también en ocasiones se abusa apelando a este recurso para justificar casi cualquier posición, por absurda que sea. Reiteradamente, por ejemplo, se negaron las evidencias de que el tirano no había muerto, y se hablaba de dobles, muñecos de cera, o hasta clones, para justificar las imágenes que se publicaban por el régimen. Varios super-expertos demostraron que las fotos publicadas eran falsas, y que ese no era Fidel Castro.

 

Pero ni aún los más legítimos dolores y sufrimientos pueden ser la base conceptual para el diseño de estrategias y políticas efectivas e inteligentes.

 

Aferrarse a una única opción de todo o nada, ver como única alternativa inmediata la democracia perfecta en Cuba, y por consiguiente negar a toda costa y atacar con todos los recursos disponibles cualquier escenario intermedio o incompleto que se pueda producir, podrá mantener con mucha fuerza la pureza del espíritu patriótico, pero nunca llevará a un enfoque realista y práctico.

 

Hablemos claro, aunque lo que vemos no sea lo que más nos guste: tras más de medio siglo de totalitarismo brutal y absoluto, de castrismo puro y duro, Cuba no tiene las más mínimas condiciones para pasar a una democracia ejemplar de la noche a la mañana, ni automáticamente.

 

Ejemplos clásicos de exitosas transiciones a la democracia en nuestros tiempos, como son los de España, Chile, o la antigua Checoslovaquia, necesitaron, además de la voluntad consensuada de todos sus ciudadanos, varios años de esfuerzo sostenido y avances, y aún todavía no podría decirse absolutamente que todos los problemas se han resuelto: los fantasmas de Franco, Pinochet, y el comunismo, siguen rondando en el ambiente, aunque cada vez con menos fuerza.

 

Y no puede olvidarse que los españoles, chilenos y checos tuvieron un punto de partida superior, a pesar de todas las dificultades que enfrentaron, a las ruinas institucionales que dejarán los Castro en Cuba, donde ninguna institución ha quedado en pie y, peor aún, las que no han sido eliminadas fueron transformadas en engendros al servicio de la dictadura.

 

Inmediatamente después del castrismo, ¿dónde estaría un poder judicial independiente para impartir justicia? ¿Quiénes y cuántos serían legisladores encargados de reconformar las instituciones del país y sus formas de funcionamiento? ¿Qué hacer con presos comunes cuyos supuestos “delitos” fueron causados por la espuria legislación castrista? Y estos no serían ni todos ni los más complejos o graves problemas a resolver desde el primer momento.

 

Quienes consideran que la excelente y progresista Constitución cubana de 1940 sería la solución a todos los problemas, deben preguntarse si los 70 años transcurridos desde su promulgación han pasado en vano, y si las condiciones actuales, del país y del mundo, son las mismas que cuando se promulgó. Probablemente, hay partes sustanciales de sus preceptos y regulaciones que mantendrían su vigencia, pero otras estarían completamente desfasadas en esa Cuba post-castrista que surgiría entre las ruinas del totalitarismo.

 

No se trata de justificar una trampa como el “modelo chino”, o ser indiferentes a la muy real posibilidad de que se produzca una transición al neocastrismo donde queden impunes los grandes responsables de la tragedia nacional y sus riquezas mal habidas, sino entender que la transición del totalitarismo a la democracia en Cuba tiene que ser gradual, y se van a requerir ingentes esfuerzos organizativos y de refundación de instituciones, además de la más difícil de las tareas, que será la reconversión psicológica de la nación y de todos los cubanos para poder vivir en verdadera democracia.

 

Tolerancia es no solamente evitar darle el pescozón a quien piensa diferente, ni tampoco dejar de considerarlo imbécil por eso. Tolerancia tampoco es querer “convencer” a quien piensa diferente, a partir de la premisa de que nosotros tenemos la razón y “el otro” está equivocado: tal vez “el otro” es quien tiene la razón. O más probablemente, cada uno de nosotros puede tener parte de razón. O aún es posible que ambos estemos equivocados. ¿Pensamos así habitualmente?

 

No hay que desgastarse en lo que no tiene importancia, más allá de los pruritos. Ahora en Miami se discute fuertemente sobre el significado de las gestiones del Cardenal Ortega en el proceso de excarcelación-destierro de los prisioneros de conciencia, se dice que la tiranía está obteniendo réditos políticos de ese proceso, lo cual es cierto y, hasta cierto punto, lógico, y se señalan las muchas manchas en la actuación del Cardenal que se le podrían señalar con justicia.

 

Sin embargo, más importante que la valoración del Cardenal o las ventajas que pudiera aprovechar la dictadura, es el hecho de que, en estos momentos, veintiún cubanos ya han podido salir de las ergástulas y son hombres libres, en España, Estados Unidos y Chile, a pesar de las limitaciones, dificultades, arbitrariedades y malas intenciones que haya conllevado este proceso.

 

¿Fue el destierro la mejor opción para los prisioneros? ¿Fue justo? Naturalmente que no. Pero aún así, de los beneficios de imagen que obtenga la dictadura, y de la elevación del protagonismo del Cardenal y la Iglesia en el país e internacionalmente, sería de dementes oponerse a las excarcelaciones de prisioneros de conciencia.

 

Aunque, en ocasiones, algunas declaraciones demasiado exaltadas en el exilio harían pensar que no todos se sienten satisfechos de que se hayan producido las excarcelaciones, por la forma en que se produjeron, a juzgar por la tenacidad con que escrutan y critican el proceso. Una vez más, aferrarse al óptimo como única opción lleva a desconocer la parte positiva de lo posible y lo deseable. ¿Hasta cuándo?

 

El exilio cubano, como la oposición, y como el pueblo cubano en general, es una suma de posiciones políticas diferentes, desde un extremo del espectro político al otro, más los indiferentes, que no son pocos. Pretender encasillarlo y manejarlo bajo una determinada etiqueta, cualquiera que sea, no tiene sentido.

 

No nos hace falta un exilio unánime, monolítico, en términos de estrategias. Sin embargo, igual que para los opositores dentro de la Isla, no compartir posiciones o estrategias con otros grupos del exilio no supone que no deban concertarse los intereses comunes que necesariamente existen y están presentes en todas partes.

 

La manifestación a favor de Las Damas de Blanco en la Calle Ocho, por ejemplo, sin protagonismo político por parte de ningún grupo, resultó una demostración exitosa de una actividad concertada en función de un objetivo común, y tuvo resultados formidables. ¿En cuántas otras cosas podría hacerse lo mismo, pero no se hace? ¿Por qué?

 

El castrismo padece una enfermedad terminal irreversible, y las condiciones actuales son muy diferentes a las de hace veinte, treinta, cuarenta o cincuenta años. Sin embargo, para algunos esto sigue sin ser perceptible, y se mantienen encerrados en sus torres de marfil, dicho esto en términos de posiciones políticas y estrategias. Además de que es imposible tener siempre toda la razón, aún si por milagro se lograra, ¿de que sirve?

 

Si el exilio cubano como un conjunto único, en cualquier parte del mundo, no adecua sus estrategias a las nuevas realidades, seguirá corriendo el riesgo de quedarse desfasado y ajeno a las realidades cubanas.

 

Seguirá con el doble-nueve en la mano como única opción, y todo el mundo sabe que con esa ficha no se puede ganar.

 

“Darle agua al dominó”

 

Como todos los cubanos sabemos, así se dice en Cuba cuando se pide que se revuelvan bien las fichas, a ver si cambia la suerte. Eso se hace cuando terminó una “data”, una vuelta, y se va a empezar otra vez: pero no se puede hacer en medio de un partido, sin que haya terminado.

 

De manera que no se puede “darle agua al dominó” en un partido trancado, donde no hay posibilidad de colocar más fichas, y mucho menos si los cuatro jugadores tienen un doble-nueve como única ficha.

 

¿Cómo salir de este dilema?

 

Muy difícil saberlo.

 

Pero mientras no ocurra algo que cambie radicalmente el escenario, mientras alguno de los jugadores no logre, de alguna manera, modificar las reglas del juego y “desfacer” el entuerto, las cosas en Cuba seguirán como hasta este momento:

 

Ni cambio ni continuidad, sino todo lo contrario.