Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

NEURONAS, HORMONAS Y SEGURIDAD NACIONAL

 

Es curioso que algunos cubanos con talento dentro del país no logren coordinar neuronas con hormonas cuando responden entrevistas o escriben sobre asuntos de “seguridad nacional” como las imprescindibles reformas para aumentar la producción de alimentos.

 

Ciertamente, los años dan experiencia y enseñan cautela, eso es parte de la condición humana, y algunos de estos intelectuales de la élite oficial pasaron en su momento el mal rato de moverse involuntaria y apresuradamente, y dejar el análisis profundo de “Leer El Capital”, de Louis Althousser, para en cambio poder estudiar “La simulación en la lucha por la vida”, de José Ingenieros.

 

Como si fuera cierto que es imposible para estos intelectuales en la Cuba de hoy ser a la vez “revolucionarios”, brillantes y honestos.

 

Todos los integrantes de la élite académica oficial pueden estar de acuerdo en que “se cambiará lo que deba ser cambiado”, pero siempre más temprano que tarde saldrá la coletilla, como en la película cubana, “hasta cierto punto”.

 

No es fácil la tarea que tienen por delante: para resolver un problema, lo primero que hay que hacer es identificarlo, conocerlo, y esa etapa, al menos, ha funcionado de manera aceptable hasta el momento.

 

El problema es muy claro y muy concreto: la producción de alimentos en Cuba, casi medio siglo después de la Ley de Reforma Agraria, no alcanza ni para satisfacer las necesidades mínimas de la población, mientras que las reservas del país en moneda fuerte no son suficientes para importar esos alimentos, menos aún con la subida de los precios de los productos de la canasta básica en el mercado mundial, y el alza descocada de los precios del petróleo, que encarecen el transporte para la importación.

 

Y la situación es tan grave que la más alta dirección del país define el problema como un asunto de “seguridad nacional”. Si tal definición la hubiera dado la Mesa Redonda de la Televisión Nacional, o hubiera sido una consigna en un mitin absurdo de la Batalla de Ideas, eso no tenía importancia.

 

Pero “la más alta dirección del país” está formada desde el 24 de Febrero de este año por los generales de más alta graduación en la Isla, y esos señores tienen muy claro, como es lógico entre generales de cualquier país del mundo, lo que significa definir un problema como de “seguridad nacional”.

 

Parece que ya nadie en la élite académica recuerda que Cuba era un país monoproductor dependiente de su agricultura: en condiciones normales, tal alza de precios de los alimentos en el mercado mundial debería ser una bendición para el país que pudiera exportar azúcar, cítricos, frutas, vegetales y carnes, después de décadas de interminables quejas sobre el bajo precio de las materias primas tercermundistas.

 

Sucede, sin embargo, que en una revolución las condiciones no son “normales”, pues una revolución es tal en la medida que modifica el orden de cosas establecido para implantar, por la fuerza, un nuevo orden, diferente y supuestamente superior.

 

Entonces, habiéndose definido crudamente el problema vendría la etapa de analizar las causas que lo provocaron, y aquí se comienzan a enredar las cosas, o más exactamente, se comienzan a enredar las lumbreras intelectuales oficiales, que parece que no logran ver el mundo más allá del período especial y el “bloqueo imperialista”.

 

Y con dicho enfoque, y por arte de birlibirloque, olvidan convenientemente que al comenzar alrededor de 1992 el “período especial” con la disolución de la URSS y el fracaso del mundo socialista, terminaba en Cuba el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” comenzado en 1986, que estaría llevando al país “por el camino correcto”, en el que “ahora sí vamos a construir el socialismo”, pero cuando ya la producción de alimentos venía en picada por la acción combinada de eliminar estímulos, apelar a la conciencia revolucionaria,  y cerrar por asalto los mercados campesinos.

 

Hasta donde he logrado leer en la prensa oficial cubana, o en publicaciones autorizadas en la Isla y reportajes de corresponsales extranjeros debidamente acreditados en el país, ningún informe secreto ni ningún texto “mercenario”, que es como califica el régimen a la prensa independiente, ninguna de esas lumbreras analíticas proclives a presentarse en video-tape y disertar sobre Gramsci, Mariátegui o la inmortalidad del cangrejo ante los periodistas, después de haber sido debidamente autorizados por “instancias superiores”, como es lógico, toca el tema ni siquiera de pasada, como si la historia de Cuba, que hace mucho nos dijeron que comenzaba en 1959 y no en 1492, hubiera comenzado ahora con el período especial.

 

Porque para analizar las causas del problema hay que mencionar al Gran Culpable, y hay que señalarlo con el dedo: desde que en vez de verdaderas cooperativas tras la Ley de Reforma Agraria de 1959, convirtió una parte de ellas en “granjas del pueblo” y castró a las demás para convertirlas en “cooperativas leninistas”, donde la diferencia entre un supuesto cooperativista y un obrero agrícola asalariado eran imperceptibles.

 

Y habría que hablar también de los “planes especiales” y la incorporación forzada de los campesinos a esos planes, y del “Cordón de La Habana” y, por supuesto, de la “Zafra de los Diez Millones”.

 

Y de la especialización excesiva de las más de quinientas empresas estatales creadas en los años setenta cuando se pretendió establecer un Sistema de Dirección de la Economía, aprobado en el Primer Congreso del Partido horas antes de que el Gran Culpable lo echara por tierra al comprometerse con una masiva campaña militar africana en Angola.

 

Y no olvidarse del cierre de los “mercados libres campesinos” y la posibilidad de las empresas estatales de vender excedentes en esos mercados a precios de oferta y demanda, ni de haber dañado cultivos especializados introduciendo fuerza de trabajo “voluntaria” y estudiantil.

 

Ni los planes de pangola, café caturra, malanga isleña japonesa, plátano microjet, siembra de algodón, el “microclima” de Banao para producir fresas, vacas enanas, doce millones de  cabezas de ganado para 1970, producir más leche por caballería que Estados Unidos, o la cría de faisanes.

 

Ni disfrazar las granjas estatales como Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC) tampoco. Y mucho menos el final, in crescendo molto vivace, al declarar que la industria azucarera había sido la ruina del país y ordenar su desmontaje y desactivación.

 

Ninguna de las gigantescas insensateces de los párrafos anteriores se les puede achacar al período especial, el bloqueo imperialista, la caída del campo socialista, la quiebra de la ex Unión Soviética, los precios del petróleo, el cambio climático o la ley de ajuste cubano.

 

Todas fueron decisiones del Comandante que terminaron llevando al país a la necesidad de importar azúcar y mantener una cartilla de racionamiento que ya cumplió cuarenta y cinco años de existencia y de la cual todavía se dice que requiere extensos estudios muy profundos para su eventual eliminación.

 

Y ninguna de esas decisiones, absolutamente ninguna, logró ni lejanamente los resultados que en su momento fueron anunciados.

 

No hay que pretender que esos cubanos pensantes dentro del país puedan tocar estos temas en lo que escriben o en entrevistas, no ya abiertamente, sino ni siquiera velada o sutilmente. Ni tampoco pretender que vayan a pedir una entrevista con “la más alta dirección del país” para hablar claramente, pero con lenguaje científico y en la más absoluta compartimentación socialista, como corresponde a un asunto de seguridad nacional.

 

Hasta donde se conoce, ninguno de ellos es fundamentalista musulmán dispuesto a volarse junto con la bomba terrorista. Ni “chinito” de Tien An Men para pararse con la flor delante de los tanques.

 

Pero aún dejando esa parte de la historia en un grandísimo agujero negro, que al fin un día se iluminará, se sigue jugando con la semántica, no con la dialéctica, y en vez de cantar se tararea.

 

Hay más miedo al mercado que a unas elecciones libres. El socialismo, según se dice y se repite, basa su superioridad en la posibilidad científica de prever, regular y controlar al mercado, es decir, en la posibilidad de establecer la eficiencia científicamente ex-ante, y no ex-post, como en el capitalismo salvaje.

 

Noventa y un años después del primer experimento bolchevique ruso, nadie ha podido demostrar esa supuesta superioridad más allá de la formulación teórica, porque la práctica ha sido terca en demostrar lo contrario, y sucede que esa misma teoría enseña que la práctica es el criterio de la verdad.

 

A falta de análisis como corresponde, conducta de avestruz, economía virtual, estadísticas en lugar de viandas, proyectos en vez de leche, planes en vez de carne: economía virtual, alimentación virtual.

 

Y palos de ciego, pero ciego reaccionario.

 

El presidente de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), miembro del Consejo de Estado, declara a la prensa que por el momento no está previsto utilizar inversión extranjera en la agricultura. Semanas antes, la Ministra para Inversión y Cooperación Extranjera había señalado lo contrario. Semanas después, su viceministro ratifica lo que dijo la ministra.

 

¿Quién entiende? Esa no parece la forma adecuada de manejar un asunto de seguridad nacional.

 

Con un concepto demasiado generoso de la definición de propiedad, puede señalarse que entre campesinos privados, productores independientes y cooperativistas de verdad y de mentiritas y propaganda, pueden tener un poco más de la mitad de la tierra disponible en el país.

 

Y crean el 80% de los alimentos que se producen en Cuba.

 

Las tierras estatales son más del cuarenta por ciento de las tierras agrícolas del país, muy difícil saber hoy el número real, exacto. Su gran especialización productiva es el marabú. Como producción secundaria aportan malversación, clientelismo, corrupción, desvío de recursos, indisciplina y frustración.

 

Gracias a lo cual, el país va a necesitar este año más de mil ochocientos millones de dólares para importar alimentos, considerando los precios actuales de los productos alimenticios y el transporte para importación: más o menos el equivalente a los ingresos brutos del turismo en el año.

 

Aumentando los precios de compra a los campesinos y cooperativistas, y entregándoles en usufructo tierra para producir, es elemental que la producción aumentará. No hace falta graduarse en la Escuela Superior del Partido para saber eso: así ocurre en los otros 189 países del planeta.

 

No se resuelve el problema, sin embargo, moviendo la traba de un eslabón al siguiente: la comercialización, hacer que el producto llegue al consumidor. Eso no es teoría neoliberal, nada de eso: Marx le llama “realización de la mercancía” en El Capital.

 

¿De qué vale el aumento vertiginoso y hasta la “superproducción” en el sector porcino al darle buena parte de la tarea a los campesinos privados, productores independientes y cooperativas, si los cerdos no son llevados al matadero cuando ya están listos para el sacrificio, y los productores comienzan a ver aumentar los costos y disminuir el peso de los animales, sin soluciones a la vista?

 

¿A quién corresponde recoger esos cerdos, procesarlos industrialmente, y poner los productos a la venta? A las empresas y los organismos estatales. Y cuando se comienza a analizar la causa de que no se haga, de nuevo aparece el dejá vu y las justificaciones: que si los estimados, que si los frigoríficos, que si las inversiones, que si el transporte, que si esta empresa, que si aquel ministerio.

 

Pero nadie habla de lo evidente: que mientras privados y cooperativas se enfrentan a los problemas y cumplen con lo que les corresponden, las empresas estatales no lo logran. Lo evidente, como siempre, está delante de los ojos, pero no hay peor ciego que el que no quiere perder sus mini-privilegios.

 

Se descentraliza la agricultura a nivel de municipios: lo que significa que la interferencia y bloqueo de la producción corresponderá a las autoridades estatales municipales, en vez de a las nacionales.

 

Pero si no se crean a la vez las unidades de acopio municipales, también descentralizadas,  encargadas de estimar la producción, ciertamente, y de comercializarla, no van a servir de mucho los eventuales aumentos en la producción, más allá de para noticias triunfalistas en la prensa y desvirtuar la realidad en aras de la teoría que se inventa, pues no existe.

 

No se encontrará en Marx, Lenin, ni José Martí, una sola palabra que justifique que esta tarea de enlazar el producto de la tierra y el trabajo con la mesa de cada hogar cubano tenga que ser una prerrogativa exclusiva del estado: y si algo está demostrado, es que en casi medio siglo este sistema ha sido ineficiente. ¿Qué puede hacer pensar que “ahora sí”, que esta vez será diferente?

 

En el “cantinfleo” intelectual cubano sobre las reformas imprescindibles en la agricultura no se ha llegado todavía a la idiotez chavista o la “teoría” económica de Hienz Dieterich, pero ya algunos coquetean con el colectivismo yugoslavo de Josif Broz, “Tito”, o con un inmovilismo cuartelario aderezado con algunos estímulos materiales muy elementales.

 

Es decir, con intentar otros sistemas fracasados. De recurrir a la tecnología de lo evidente, nada. No ignorar al mercado, pero controlarlo de tal manera que se reduzca a la nada, o a casi nada, que no es lo mismo, pero es igual.

 

Las neuronas no pueden sustituir a las hormonas. Ni las hormonas a las neuronas. Los hombres de pensamiento siempre piensan primero, y luego actúan, si es que llegan a actuar. Los hombres de acción siempre actúan primero, y luego piensan, si es que llegan a pensar.

 

Los intelectuales y académicos podrán seguir jugando al dime que te diré, pero los generales en el poder no están jugando y necesitan respuestas: están enfrentando un asunto de seguridad nacional. Y no van a esperar por adivinanzas de intelectuales.

 

Hubo tiempos en que esas “estrellas” de la economía y de los sistemas de dirección utilizaban palabras tales como “planificidad” y “societal”: nada resolvían, pero les daba imagen de gente profunda. Sin embargo, para las “estrellas” que hoy están en el poder, resolver esta crisis de seguridad nacional es más importante que imagen de gente profunda: ni lo son ni quieren serlo.

 

En la actualidad, los teorizantes mucho más osados, ¿o quizás más cínicos?, como no se atreven, para seguir con películas cubanas, “a pinchar el muerto”, hablan de “re-inventar el socialismo”. Sería tal vez un ejercicio intelectual interesante, algo así como tratar de conocer la lengua maya o diseñar un perpetum mobile digitalizado, si no hubiera tantos años de fracaso, escasez, calamidades, frustraciones y dolor.

 

De seguro, esos teóricos de tamaña insensatez no estarían dispuestos a quedarse con ese socialismo re-inventado para vivirlo en su propia casa y con su familia, mientras el resto del país avanza con “las armas melladas del capitalismo”, o con un socialismo que fuera realmente reformado y más eficiente, aunque concientemente sacrifique una parte de su eficiencia global en aras de medidas de justicia social a las que no tienen que renunciar quienes crean que puede haber un mundo justo diferente al manicomio castrista.

 

Esos teóricos, o teorizantes, no son tampoco nada científicos. De serlo, sabrían que esos experimentos a gran escala deben primero comprobarse a nivel de muestras y con alcance reducido, para después llevarlo a la etapa de “extensión”, como se hace con la producción agrícola, antes de generalizarlo.

 

Y para decirlo descarnadamente, ese “re-inventar el socialismo” que propugnan, para que fuera realmente científico, y por el bien de todos los cubanos, incluidos hasta sus mismos propulsores, no estaría mal probarlo primero en animales, en conejillos de indias.