Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

NADANDO EN PISCINA DE LECHE CONDENSADA

 

Por exceso de lealtad fraternal o por insuficiencia de testosterona política, o ambas cosas a la vez, el Sucesor en Jefe Raúl Castro mostró a fines del 2007 un comportamiento “cangrejil” que representó un baño de agua helada sobre todos los que esperaban el inicio de los “cambios” en Cuba.

 

Después de capitalizar a su favor durante más de cinco meses una supuesta independencia de pensamiento que fue definida, a partir del 26 de julio del 2007, como una expresión de su programa de gobierno, anunció a fin de año, como regalo de Navidad, que su hermano el Comandante en Cama había revisado y aprobado, “sin cambiarle un punto ni una coma”, aquel famoso discurso.

 

Y justificó además, sin decirlo por su nombre, la censura de uno de los párrafos que más llamó la atención en ese discurso, la referencia al corte de la cuota de leche a los niños al cumplir los siete años, alegando que era una improvisación de su parte, habiéndose salido del discurso aprobado por el Big Brother.

 

En conclusión, que el Comandante en Cama está al tanto de todo, y nada que se mueve en las esferas del poder en Cuba ocurre sin la mirada atenta, o al menos la aprobación anterior o posterior del Magno Paciente.

 

Siendo así las cosas, hay que suponer que el Comandante, verdaderamente, se recupera. Es cierto que lentamente, en una convalecencia record de más de 17 meses en estos momentos, pero cada día está mejor, y con tremenda potencia mental, al decir de Raúl Castro: no en balde lo postularon nuevamente para las “elecciones” del 20 de enero.

 

Entonces, adiós a los cambios, no a las armas: Fidel Castro se mantiene inmóvil como la momia de Tut Ank Amón, la de Mao o la de Leonid Brezhnev: pasará a la historia como un fósil del jurásico político, incapaz de ceder el paso a cualquier otro mientras respire.

 

Habrá que esperar, pues, al entierro faraónico para acometer los cambios imprescindibles para mantenerse en el poder: nada por apego a la democracia o amor a los cubanos, puro pragmatismo de cuartel para que no haya alboroto ni las cosas se pongan (más) feas.

 

Y la historia recogerá en sus anales que los sucesores de Fidel Castro, tras su muerte, echaron a un lado su legado y su memoria, como hicieron los chinos modernos con Mao Zedong o los “sobrinos” de Ho Chi Minh lo hicieron con “el tío”, para darle paso a una economía de mercado con un férreo poder político en manos del Partido Comunista.

 

¿Parece lógico? Evidentemente: elemental, Watson, diría Sherlock Holmes.

 

Sin embargo…

 

En todas estas tramas es positivo buscar el “sin embargo”, y mucho más cuando hay que moverse entre las nieblas del secreto de estado muy bien guardado sobre la verdadera salud del eterno paciente en recuperación, con una información que se recibe fraccionada, cuando el régimen quiere, y en la medida que el régimen quiere. Por eso hay tan poca información y tanta gente perdida, aún en la prensa oficial cubana.

 

Y es evidente que el régimen desea convencernos de que el Comandante en Cama se recupera, que cada vez está mejor, que solamente quedan algunas pequeñas secuelas físicas de las operaciones, que su talento y su genio están intactos, que escribe profundas “Reflexiones” que van desde el etanol hasta el submarino inglés, los bombillos fluorescentes o el calentamiento global o una hecatombe nuclear, aunque no hable una palabra de Cuba, los cubanos y sus problemas, y la única vez que lo hace menciona a los analfabetos, supuestamente erradicados desde 1961.

 

Y como ese es el mensaje, hay que buscarle al gato la pata que no se le ve.

 

¿Y si la realidad fuera exactamente lo contrario? Es decir, que la salud de Fidel Castro es cada vez más precaria y más frágil, y que las posibilidades que se vaya con La Parca en bote (¿tal vez en balsa?) son cada vez más cercanas. Fue muy significativo que no hubiera imagen alguna de la visita de Chávez en diciembre, y que, en general, en los últimos tiempos no hay imágenes. Mientras las “reflexiones” han comenzado a espaciarse, aunque tal vez haya sido por los feriados y los festivos, aunque Castro no celebra fiestas… que no sean en su honor.

 

Si fuera así, ¿por qué Raúl Castro estaría haciendo eso?

 

Se puede ahorrar todo el mundo la respuesta simplista de “para ganar tiempo”: en Cubanálisis-El Think-Tank se considera que Raúl Castro y los sucesores han tenido todo el tiempo del mundo para preparar las cosas, y en ese sentido han tenido una magnífica colaboración, aunque involuntaria, por parte de la actual administración de Estados Unidos, que ha optado por no hacer nada más que esperar a que el Comandante muera y el régimen se desmerengue en lo que canta un gallo. No necesitan ganar más tiempo los sucesores, están listos para el acontecimiento, desde hace muchos meses. Aunque todo el que les regalen  no lo van a rechazar.

 

¿Qué buscaría Raúl Castro con esa estrategia?

 

Los cambios son inevitables, tienen que venir, pues de lo contrario la nación no puede soportar la situación: hoy es más peligroso para el régimen el inmovilismo que un proceso de cambios controlado, que se le puede escapar de la mano, pero no es algo que inevitablemente vaya a suceder.

 

Hay dos factores apuntando hacia esa estrategia: 1) si el Comandante estaba al tanto de lo que sucedía y lo aprobaba todo entre reflexión y reflexión, al momento de su muerte no se podría decir que se oponía a los cambios, pues él personalmente aprobó “el discurso de la leche” sin quitarle ni una coma, y 2) estuvo de acuerdo en llamar a un debate profundo para analizar la situación y “cambiar lo que deba ser cambiado”, incluyendo cambios estructurales y transformaciones en las relaciones de propiedad.

 

En cierto sentido, de esta manera, tras su muerte, Fidel Castro sería presentado ante los cubanos y ante el mundo como el verdadero motor del cambio, el agente de las transformaciones, el líder que comprendió la necesidad de revitalizar el socialismo y no tuvo temor de acometerlo como correspondía, y que desde su lecho de muerte se preocupaba más por los cubanos y su bienestar que por su propia salud.

 

A ese paso, cabría una foto del Comandante en un McDonald’s sin que hubiera herejía ni sacrilegio, y ya Carlos Lage no sería llamado nunca más “el arquitecto de las reformas”, frase tan querida a periodistas españoles y latinoamericanos de izquierda visceral, pues Fidel Castro sería el arquitecto, el ingeniero, el maestro de obras y el director de los cambios: todo menos peón o simple obrero.

 

Y los cambios que se acometerían, cualesquiera que sean, serían bajo la inspiración y la sabiduría del invencible Comandante en Jefe, que desde su lecho de muerte y con más de un pie en la tumba tuvo la visión y el coraje de pedirle a los diputados de la Asamblea Nacional que aprobaran el informe de su hermano Raúl y los planes para el 2008.

 

¿No dijo Fidel Castro, cuando nadie lo esperaba, que su deber era no cerrarle el paso a los más jóvenes, darle oportunidades a los otros, y quedar él aportando toda su experiencia, basada en la época excepcional (casi medio siglo) que le tocó vivir? ¿Qué mejor prueba de que deseaba los cambios y no ambicionaba el poder?

 

Ciertamente dijo que cuando era muy joven si se sentía aferrado al poder, pero que con el tiempo evolucionó y ya no lo estaba: si estuvo 49 años con el poder absoluto y sin posibilidad de cuestionarlo no fue por ambición, sino porque “el pueblo se lo pedía”. Y en cuanto a las ambiciones juveniles, lo exoneraría el dicho cubano que “de chiquito no se vale”.

 

Habría un maquiavelismo sin par en esta situación, pero solo se deslumbrarían Evo Morales, Daniel Ortega y algunos corresponsales en La Habana, pues no hay que asombrarse cuando se conoce bien la personalidad y el estilo del Magno Paciente, y es hora ya de comprender que los Sucesores pueden ser acusados de muchas cosas, pero no de tontos.

 

No tiene que ocurrir necesariamente de la forma en que se ha analizado más arriba, y habrá muchas mentes que se nieguen a aceptar esta posibilidad, pero en Cubanálisis-El Think-Tank no se acostumbra a dejar hipótesis sin analizar, y ésta es una de ellas.

 

Sin embargo… otra vez el sin embargo. Si las cosas fueran como se ha expresado, ¿por qué es que no acaban de comenzar los cambios, si está claro que el inmovilismo es más peligroso que las reformas?

 

La explicación es tan sencilla que se pasa por alto casi siempre pues parece imposible que sea así: porque, sencillamente, no saben qué cambios hay que hacer.

 

No abundan en la élite pensadores de mirada larga y  concepción estratégica para analizar ajustes sustanciales en la economía que permitan un repunte por un nuevo camino . El Presidente del Banco, Francisco Soberón, es una excepción. Funcionarios de talento y cercanos a Raúl Castro, como Marcos Portal y Humberto Pérez, fueron sacados del juego por Fidel Castro hace tiempo. Con los “José Ramones”, Machado Ventura y Balaguer, no hay nada que hacer.

 

Hay Ministros que lo son porque no les queda más remedio, y otros llevan tantos años que ya han pasado por la etapa de la "barbarie" (ofensiva revolucionaria), el Sistema de Dirección de la Economía, el Proceso de Rectificación y el Período Especial sin aportar nada, y que están dispuestos a aceptar la etapa de “los cambios” con la misma abulia y desenfado de su mediocre gestión.

 

Y los talentos del Grupo de Perfeccionamiento Empresarial de las Fuerzas Armadas pueden dar relativamente aceptables administradores, pero no pueden aportar el liderazgo conceptual imprescindible para las transformaciones que es necesario acometer.

 

Está claro que hay talento y gente brillante, pero el miedo paraliza. Pedro Campos estuvo de moda un par de meses, en tiempos del debate, para dar la impresión de una “apertura”, escribiendo hasta dos artículos semanales en páginas digitales del régimen, o al servicio del régimen, y hasta dando entrevistas a corresponsales occidentales, pero cuando “los compañeros” le dijeron que se estaba propasando lo único que se le ocurrió fue lanzar una diatriba contra una propuesta ciudadana de Oswaldo Payá, que hubiera contribuido más a los cambios que muchas otras propuestas que defendía el mismo Campos. Y después de eso, parece que se fue de vacaciones: reapareció a principios de enero con un análisis "reformista" con maravillas dialécticas del tipo "2007 fue un año decisivo para la revolución socialista en Cuba, donde el papel protagónico fue reasumido por las masas. Ratifica Raúl su compromiso anti inmovilista. Se agudizará la lucha fraternal entre el viejo y el nuevo socialismo. Las próximas elecciones para diputados y el nuevo gobierno podrían reflejar el nuevo rumbo"
 

Intelectuales cultos y con criterios, como Aurelio Alonso, actual editor de la Revista Casa de las Américas, y Fernando Martínez, Premio Nacional de Ciencias Sociales, no vacilan en decir que hacen falta cambios y que muchas cosas andan mal, pero cuando se les pregunta cuales cambios hay que hacer y como, comienzan a balbucear y tartamudear.

 

Alonso dice tranquilamente que hay que “reinventar” el socialismo, olvidando que ya se inventó, se aplicó y fracasó en medio mundo, y que por otra parte ya fue “reinventado” hace más de un siglo por los “renegados” de la Segunda Internacional, que sentaron las bases para la moderna social-democracia que funciona en Europa mucho mejor que lo que funcionó el “socialismo real”.

 

Y Martínez tampoco aporta nada nuevo: cuando se trata de encontrar propuestas concretas en sus análisis barrocos del problema, sencillamente no aparecen. Es una pena: hace cuarenta años, cuando ambos escribían para “Pensamiento Crítico” y coqueteaban diariamente con “reinventores” del socialismo como André Gunder Frank, Ernst Mandel, Paul Sweezy, Paul Baran, Charles Bettelheim, Louis Altusher, o Galvano della Volpe, y citaban a Gramsci o a Mariátegui, tenían muchos más criterios muy bien definidos que los que expresan ahora: parece que las canas enseñan prudencia.

 

El oportunista Oswaldo Martínez, presidente de la Comisión Económica de a Asamblea Nacional, y el Vicepresidente del Consejo de Ministros José Luis Rodríguez, ministro de Economía, tienen muy peculiares maneras de ver las cosas: el gran problema con los alimentos lo definen como causado por el aumento de los precios del petróleo y, por consiguiente, del incremento del costo de los alimentos que se importan y de la transportación.

 

No se les ocurre si tal vez el hecho de que el 50% de las tierras cubanas estén cundidas de marabú (y esto es un promedio, pues la cifra en las tierras estatales es mayor); el que la productividad del trabajo agrícola estatal sea nula y que no hayan  sistemas serios de estimulación; podría influir en algo en tener que importar tantos alimentos es un país de tierra muy fértil y con elevada experiencia esencialmente agrícola. Con semejantes “cuadros económicos”, los únicos cambios que pueden esperarse serán de pesos cubanos por pesetas o monedas de cinco centavos: "¿tienes menudo? ¿puedes cambiare un peso?

 

El resto, da lástima: una parte de los “intelectuales” que no han pasado de la “guerrita de los e-mails” y ven el cambio en execrar a los comisarios, mientras hay otra parte que se cree, o hace  como si creyera, que el venidero congreso de la Unión de Escritores y Artistas cambiará las cosas.

 

Mientras los “académicos” que escasamente fueron un poco más allá de la economía política de Nikitín, la filosofía de Konstantinov y el manual de dirección de la economía de Omarov; que definen a John Maynard Keynes como “un economista vulgar”, siguen pensando que hay un “imperialismo, fase superior del capitalismo”, un “socialismo científico” y un “problema fundamental de la filosofía”, no tienen idea de la “destrucción creativa” que explicaba Schumpeter, ni saben que “el almuerzo gratis no existe”, ni conocen a Ludwig von Mises, Milton Friedman, Friedrich Hayek ni Raymond Aron: de ahí que poco liderazgo conceptual, si alguno, puedan aportar en estas condiciones.

 

Próximamente vendrán las “elecciones” donde Fidel Castro será “reelegido”, pues basta que solamente un hijo suyo vote por él: hay 614 candidatos para 614 posiciones. Y muy probablemente el 24 de febrero se realizará la primera sesión de la nueva legislatura, donde el Comandante en Cama no podrá estar presente, porque se estará recuperando, pero será el protagonista fantasmal, el brillante ausente, el “como presente” de las formaciones militares. Y volverán a reelegirlo.

 

A regañadientes y bajo protesta “nomenklatural” se acometerán en el 2008 algunos casi imperceptibles cambios, relativos al uso de la tierra y la propiedad en la agricultura (marabú obliga) y también en algunas empresas mixtas que deberán crearse para evitar la bancarrota, pero no parece probable que se vea la unificación de la moneda con la desaparición del actual modelo cambiario más que esquizofrénico (tres monedas a la vez), y el apartheid contra los cubanos continuará. Dijo Raúl Castro que esas cosas requieren tiempo. De libertades individuales y derechos fundamentales nadie dentro de la élite se preocupa.

 

Mariela Castro seguirá en lo suyo, algo así como la defensa del multi-sexualismo a falta de multipartidismo, y ya autorizó la utilización del local de su Centro de Estudios Sexuales para una boda lesbiana, que se esgrime como prueba de “apertura”. Carlos Lage continuará explicando las virtudes del ahorro y periodistas extranjeros continuarán pronosticando las posibilidades de Felipe Pérez Roque para surgir como máximo líder, por sobre los generales y los “históricos”, tras la muerte de Fidel Castro.

 

Y si los sucesores, con el general en su laberinto al frente, no acaban de acometer lo que les corresponde, seguiremos todos esperando: en Cuba, el régimen esperando y tratando de adivinar quien será el próximo presidente de Estados Unidos para imaginarse si podrá ser capaz de negociar con él (ella) o no; en la actual administración norteamericana seguirán esperando a ver si Fidel Castro finalmente se muere y el régimen se derrumba ante el estallido popular, mientras tratan de entender la diferencia entre sucesión y transición en el lenguaje cubano; y los cubanos de a pie, aquí, allá y acullá, tratando de adivinar lo que está sucediendo y lo que puede suceder.

 

Mientras tanto, lo que pudo haber sido un proceso histórico renovador y lleno de vitalidad, aprovechando la coyuntura biológica del cercano final del Comandante y el desastroso estado de la economía en que había sumido al país su desprecio por la teoría económica y los sistemas de dirección, se ha convertido en un ejercicio inútil, no para que la leche abunde, sino para tratar de nadar en una piscina de leche condensada (que, por otra parte, tiene que ser importada).