Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

                                Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

MÁS CRISIS QUE GERONTOCRACIA

 

El régimen hace agua. No como el majestuoso Titanic, sino como desvencijada lanchita de Regla a la que entrara el agua por todas partes en medio de un gran huracán. Con demasiados problemas a la vez, la biología contra la gerontocracia, sin programas ni ideología, con el mismo discurso de antaño que ya nadie escucha, y cada vez más a la defensiva, esta crisis actual es la primera etapa del sálvese quien pueda que ya comenzó.

 

Marzo del 2010 pasará a la historia, sin dudas, como el momento en que comenzó la caída por el despeñadero del castrismo totalitario en Cuba: las condenas y repercusiones internacionales por la muerte “cruel” y “evitable” de Orlando Zapata Tamayo, la paliza a las familiares de los presos de la Primavera Negra que el mundo entero pudo ver con imágenes y sonido, la actualidad desgarrante de las huelgas de hambre de disidentes y prisioneros políticos, la imagen de un exilio más maduro y unido apoyando a las Damas de Blanco, el gigantesco escándalo de corrupción en la aviación civil que comienza a destaparse, el desencanto de la izquierda decente en todo el mundo por el inmovilismo del régimen, y la crisis económica que sigue cerrando sus tenazas en el gaznate del gobierno.

 

Todo este rosario de calamidades internas, a las que se une el continuo declive de la popularidad de Hugo Chávez y el peligro de un resultado desastroso en las cercanas elecciones parlamentarias venezolanas, con el potencial peligro de la pérdida o reducción de los inmorales subsidios al régimen, ensombrecen el panorama, que ya no puede compensarse con griterías y pataleo contra supuestas “campañas mediáticas del enemigo” (por cierto, en La Habana tomaron la palabrita del chavismo), intentos de descalificación contra todo el que piense diferente, en el país o el extranjero, comunicados anodinos y huecos de instituciones con tan poco prestigio político como son la Unión de Periodistas de Cuba y la Unión Nacional de Escritores y Artistas, grotescas declaraciones de Ricardo Alarcón, insolentes discursos del Ministro de Relaciones Exteriores en cualquier lugar, o el circo de las próximas elecciones para el Poder Popular, que ni tiene poder ni es popular.

 

La gerontocracia cayó en crisis terminal por su misma inmoral obcecación. Desprecia tanto a quienes se le oponen que los considera idiotas, capaces de dejarse “manipular” hasta la muerte en una huelga de hambre. No comprende ni se imagina la realidad de la nueva era de las telecomunicaciones y la comunicación instantánea, y por eso lanzó a sus genízaros a insultar y golpear como en los “buenos tiempos” del éxodo del Mariel en 1980, sin tener en cuenta que esa miserable conducta estaría en pocas horas en las pantallas de los televisores y las páginas impresas y digitales de decenas de periódicos en el mundo.

 

Dependiendo de una pandilla de ideólogos mediocres e incultos, pretendieron resolver la crisis tras la muerte de Zapata Tamayo con el infame argumento de que era un preso común. Nadie le pudo advertir al gobierno castrista que el mundo civilizado considera que los presos comunes también tienen derechos humanos, y en la precipitación nadie recordó que unos años antes el propio régimen lo había declarado “disidente” en un bochornoso libro publicado en La Habana por un par de miserables como Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez, titulado precisamente de esa forma: “Los disidentes”.

 

Ricardo Alarcón, con su cinismo habitual, porque de tonto no tiene un pelo, acaba de declarar, olvidando todo eso: “Es una indecencia hablar de la desgraciada muerte de Zapata como si fuera una responsabilidad de Cuba. A ese señor nadie lo obligó a declararse en huelga de hambre. No era un preso político, no estaba en la famosa lista que todos los medios tienen y explotan constantemente. Lo incorporan como disidente cuando descubren que podían convertirlo en un instrumento para su campaña. Desgraciadamente perdió la vida”.

 

Y, en el colmo del cinismo, añade: “Yo diría que aquellos que alientan y ensalzan a los que se han prestado a esta operación mediática contra Cuba, son responsables por las vidas de esas personas, por la del señor Zapata y por cualquier otra que se produzca”. 

 

Ya no es solo por la “cruel” y “evitable” muerte ocurrida, sino cualquier otra que pueda suceder. Caramba, los gobiernos de Europa y Estados Unidos y el Parlamento Europeo, así como la prensa internacional, podrían ser acusados de “peligrosidad pre-delictiva” por cualquier eventual muerte futura, según los criterios del señor Alarcón. ¿Pretenderá detenerlos, amparado en el código penal de la tiranía, y acusados de delitos comunes, por supuesto? Deseos no deben faltarle, pero no puede hacer más nada que patalear y mentir impúdicamente.

 

Y después produce una pieza digna de la antología de la degradación: “En Estados Unidos muere mucha gente de hambre sin querer pasar hambre y a quien se le ocurra esa locura no le van a dar un suero en ningún hospital”. Sin comentarios. No los merece.

 

Por eso la patraña convenció solamente a un lerdo como Evo Morales en Bolivia, que “se informó” de la situación por boca del embajador de La Habana en La Paz, (¿Bolivia no tiene embajador en Cuba?). Quien “informó” a Morales fue el mismo señor que dijo poco después que Gloria Estefan es “asalariada” de Estados Unidos: nos enteramos así que los millonarios necesitan o pueden ser “asalariados” de un gobierno. De ser cierto lo que dijo su excelencia el embajador a la prensa en Bolivia, debería al menos reconocer que el gobierno de Estados Unidos paga generosamente bien a sus “asalariados”.

 

Ni siquiera convencieron con la engañifa a Lula, que dijo lo que dijo, después de su visita para posar sonriente con los hermanos Castro, por oportunismo, o por cinismo, no por convicción, porque es y puede ser cualquier cosa menos tonto. Sin embargo, hasta en su propio Partido de los Trabajadores de Brasil hubo inmediatas reacciones airadas, seguidas de varias declaraciones en el congreso y marchas en las calles en apoyo a las Damas de Blanco.

 

Incluso el complaciente y sibilino gobierno socialista español, que desde mucho tiempo atrás ha intentado acomodar las posiciones del castrismo a una aceptación europea de la dictadura, tuvo que desmarcarse cuidadosamente, aunque no completamente, por el gran escándalo que provocó la muerte de Orlando Zapata Tamayo y la reverberación de la opinión pública en ese continente con las Damas de Blanco y las huelgas de hambre.

 

Hay que decir, sin dudas, que la crisis actual ha rebasado el mediocre intelecto y argucia política de la gerontocracia cubana. Con un Fidel Castro en todas sus facultades físicas y mentales hace mucho rato hubiera surgido una contraofensiva más sólida; sin embargo, es interesante comprobar que se ha mantenido en silencio. ¿Por qué? Otra vez se está especulando sobre el mutismo del viejo tirano en un tema que le correspondería abordar por ser de gran importancia estratégica. 

 

Lo cierto es que la gerontocracia de turno en el gobierno cubano ha demostrado estar integrada por revolucionarios de opereta y estadistas de pacotilla, que no han aprendido nada del Comandante, y no han demostrado una pizca de su astucia durante toda esta crisis. Querer vivir como avestruces, con la cabeza enterrada para no ver nada, no significa que no esté sucediendo nada, sino todo lo contrario.

 

El general-presidente parece vivir en Saturno o algún otro planeta. Aparece muy poco, y lo hace en eventos demasiado intrascendentes, muchas veces más protocolares que de ejercicio real del poder. Parece mucho más un jefe de estado de una nación de sistema parlamentario que un jefe de gobierno. Y en Cuba, como el “parlamento” es una farsa, se siente la ausencia del jefe de gobierno en un momento en que la candela es tan brava.

 

Su discurso en la clausura del congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas fue solamente más de lo mismo, no cambia nada: un atrincheramiento absurdo en las posiciones ideológicas de medio siglo, culpar de las dificultades y problemas a Estados Unidos y las potencias europeas, y enfriar completamente cualquier expectativa de cambios o reformas para resolver la difícil situación del país: “debemos evitar que por apresuramiento o improvisación, tratando de solucionar un problema, causemos otro mayor”.

 

Y esto lo dice a pesar de reconocer algunas de las dificultades, entre ellas que cientos de miles de personas en los órganos administrativos y las empresas están de más. ¿Cuál sería el problema mayor que se crearía? ¿No le parece suficientemente grande el rosario de problemas y crisis que tiene paralizado al país? En asuntos de envergadura estratégica para la vida de toda la nación no podemos dejarnos conducir por emociones y actuar sin la integralidad requerida”  ¿Habrá algo más peligroso y estratégico para la vida de toda la nación que demorar las medidas imprescindibles para detener la crisis?

 

El supuesto “segundo al mando” en el país, José Ramón Machado Ventura, mientras se sucedían diariamente todos esos acontecimientos que iban estremeciendo al mundo, recorría el país hablando en asambleas municipales de la juventud comunista (UJC) y en plenos campesinos de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), fabulando y repitiendo sus insensatas y superficiales declaraciones, en una impresionante y completa imagen de “El hombre mediocre” descrito por José Ingenieros.

 

El verdadero “segundo al mando”, el Comandante Ramiro Valdés, no cesa de recorrer el país en los puntos clave por los que se sabe que está llegando irremediablemente el desplome total de la economía: refinerías, industria del níquel, turismo, las derivadoras y trasvases hidráulicos, construcciones, el acueducto de Santiago de Cuba (¿recuerdan el discurso de Raúl Castro el 26 de julio del 2008 sobre las cuentas que se pedirían por algún incumplimiento en la tarea del acueducto?). Ramiro Valdés no habla tanto como “Machadito”, es cierto, pero cuando lo hace el discurso le sale tan vacío que es difícil saber cual de los dos lo hace peor.

 

El Ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez, no resulta el peor y más anodino canciller durante medio siglo de castrismo gracias a que antes existió Felipe Pérez Roque. Sus discursos en las palestras internacionales aburren y repugnan, repitiendo únicamente el refrito guión del David víctima frente al terrible Goliat, pretendiendo descalificar a los opositores, periodistas extranjeros y gobiernos por igual, sin convencer a casi nadie, más que a los que no necesitan escucharlo a él para apoyar al neocastrismo.

 

La zafra azucarera ha llegado al extremo de que se comenta de pedir ayuda a “burgueses” extranjeros para rescatar una industria que los cubanos, por sí mismos, dirigían de forma excelente al momento del triunfo revolucionario de 1959. Y la agricultura, en manos de Ulises “Terminator” Rosales, el mismo general que anteriormente destruyó la industria azucarera, sigue de mal en peor, aunque pretendan empeñarse en demostrar lo contrario los demagogos y manipuladores del periódico “Granma” y la “Mesa Redonda”. Y este es el señor encargado -nada menos- de que los cubanos puedan comer, aunque no sea ni decentemente.

 

En honor a la verdad, dijimos en Cubanálisis tiempo atrás, y lo reiteramos ahora, que la culpa de la destrucción de la industria azucarera no era toda suya, pues cumplía órdenes del “mando superior”, específicamente del Comandante en Jefe. Sin embargo, hasta donde se sabe en estos momentos, nadie le ha dado la orden de hacer lo mismo con la agricultura: es iniciativa propia, producto de su legendaria incapacidad, y de querer copiar lo que aprendió del Comandante: dirigir un país como se dirige un campamento.

 

¿Cuáles de estas situaciones críticas que enfrenta el régimen son originadas por acciones u omisiones “del enemigo imperialista” o del “criminal bloqueo”? Evidentemente, ninguna: es una combinación absoluta y total de la rotunda depauperación física y mental de la vetusta gerontocracia, con el desencanto categórico de todos los cubanos, que saben perfectamente que la revolución “se fue a bolina” hace mucho tiempo, que no hay futuro ni esperanzas para nada, y que sobreviven a duras penas en condiciones espantosas.

 

Y que ven, cada vez más, como la corrupta cúpula del régimen y su nomenklatura se enriquecen escandalosamente, robando sin escrúpulos el tan escaso dinero de las magras arcas nacionales, para utilizarlo en beneficio propio y el de sus familiares, amantes y compinches: esos si son delincuentes comunes, -no Orlando Zapata Tamayo ni Guillermo Fariñas-, aunque ostenten cargos con nombres rimbombantes, jerarquías y sinecuras, y disfruten de privilegios en sus condiciones de vida que no sueñan los cubanos de a pie.

 

El ex-presidente polaco Lech Walesa, con suficiente experiencia a la vez como opositor primero y gobierno después, acaba de declarar de manera lapidaria: “En el caso cubano, Castro no tiene otra salida que suicidarse. Es una persona bastante inteligente y sabe que ha perdido”. Sin embargo, conociendo muy bien a los personajes a los que se refiere, continuó inmediatamente con otro epitafio político: “¿Qué puede hacer ahora mismo, rechazar su vida entera? No. Y como no tiene el valor de matarse, he ahí el problema”.

 

En la coyuntura actual sería imperdonable que los cubanos, dentro y fuera del país, no sepamos articular las estrategias adecuadas para estos momentos, poder forzar todos los cambios que el país reclama a gritos, y evitar un desastre nacional de mayor envergadura o un baño de sangre, que no se podría justificar en ninguna circunstancia.

 

Lo menos importante son los egos, las miserias humanas y las superficialidades. Habrá tiempo de sobra cuando desaparezca el totalitarismo para a quien eso le interese.

 

En estos momentos es mucho más importante considerar el malestar ya tan generalizado entre los cubanos que llega hasta las mismas fuerzas armadas, el ministerio del interior, y los propios militantes del partido.

 

No hay que equivocarse: los rompe-huesos que dirigen los mítines de repudio son unos cuantos imbéciles que ni elaboran políticas represivas ni dan las órdenes para hacerlo. Son simples marionetas ejecutoras, que dirigen a otros más imbéciles y depravados que posan como “pueblo indignado” para llevar a cabo el trabajo sucio.

 

Pero en las filas de la oficialidad de los cuerpos armados hay personas muy capaces y honestas, aunque hayan creído, o crean todavía, en el mito revolucionario, pero que no están de acuerdo con la intransigencia criminal y cavernícola de la gerontocracia, y cada vez están menos dispuestos a apoyarla.

 

En las propias filas del partido son  cada vez más los disidentes que siguen apostando al socialismo, a través de un proceso de reformas, a favor de un socialismo que no tiene nada que ver con lo que se vive en Cuba en la actualidad: una mezcla de miseria con capitalismo salvaje de estado, dirigido por una gorilocracia corrupta, inepta e incapaz.

 

Podrá considerarse que esa solución no sea ni la mejor ni la más conveniente para Cuba,  pero de seguro sería mucho más humana y efectiva que la estafa revolucionaria en que se vive desde hace mucho tiempo, que beneficia solamente a una pequeña camarilla de inmorales. Esos desencantados dentro de las propias filas comunistas pueden y deben ser parte de un amplio proceso nacional para desembarazarse del totalitarismo.

 

Cada quien, en Cuba y fuera de Cuba, puede tener una idea diferente de cuál es la mejor manera de acabar con el funesto régimen totalitario, del mejor futuro que desea para la patria, y del mejor camino para intentar buscarlo y obtenerlo. Eso es algo muy, pero muy saludable: de unanimidad ya estamos hastiados todos.

 

¿Qué nos garantiza que los equivocados no seamos nosotros mismos y no otros? ¿O que, incluso, ambas partes no estemos equivocados y la verdadera solución no la hayamos podido ver todavía? De líderes iluminados está llena nuestra historia, no necesitamos más ninguno.

 

Ningún grupo social, político, o simplemente humano, podrá imponer por la fuerza su criterio en una Cuba del futuro, independientemente de los matices que ésta adopte por la voluntad de todos los cubanos: hay que ganarse corazones y mentes para tener derecho a reclamar el liderazgo. Nadie puede ser por imposición la “fuerza rectora de la nación y la sociedad” en una democracia: ese es el modelo comunista, que está más que demostrado que, además de no funcionar, es retrógrado y antipopular.

 

Tenemos que aprender a respetar las diferencias y no pretender descalificar a la otra parte cuando piensa de otra forma. Eso no significa de ninguna manera aceptar mansamente cuanta propuesta, estrategia o táctica se sugiera o se ejecute. El derecho al desacuerdo serio y responsable no hay por qué cederlo.

 

Sin embargo, no es nada inteligente que nuestro debate de ideas por una Cuba del futuro libre, digna y próspera, se parezca tanto a la mal llamada “batalla de ideas” que ya hace mucho perdió el régimen ignorando y descalificando al adversario. Y que ahora no es más que una consigna hueca en las manos de sus numerosos agentes encubiertos, sus simpatizantes con inmenso temor a declararlo, y sus muchos mercenarios disfrazados de intelectuales, periodistas, académicos, políticos, o de cualquier otra cosa.

 

La prudencia es imprescindible, pero no la paranoia. Considerar “agente de la seguridad” a todo opositor que no se comporte o hable como nos gustaría, es irracional. Es cierto que la perenne estrategia del régimen ha sido la infiltración de los grupos opositores, y que ha sabido actuar muy efectiva y activamente, induciendo diversas combinaciones operativas que terminan por beneficiarlo.

 

Sin embargo, la paranoia de cualquier adversario es parte del plan maestro y del análisis de la situación operativa de la tiranía. El temor a cada uno de los otros es el eterno sueño del Big Brother que te vigila continuamente; pero la falta de evidencia no puede justificar tantas intuiciones para pretender descalificar a quienes están en la primera trinchera y sintiendo el calor de la candela. No vamos a ser nosotros los que le hagamos el trabajo sucio al castrismo, que cuenta con recursos suficientes para ello y no vacila en utilizarlos continuamente. ¿O sí?

 

Aparentemente, una inmensa mayoría de los cubanos consideramos que la estrategia de la huelga de hambre para presionar al régimen es temeraria y suicida, y que hasta ahora no ha podido demostrar resultados convincentes. Tenemos derecho a ese criterio, pero no más derecho que el del Coco Fariñas y sus compañeros de huelga de hambre a la opinión contraria. La verdadera democracia no se expresa en la imposición de la mayoría, sino en el respeto a la minoría.

 

Entonces, nada de eso le puede dar derecho moral a nadie, nunca, en ninguna parte, para pretender una descalificación de los abnegados huelguistas, ningunearlos, insultarlos, o burlarse de ellos. ¿Quién está dispuesto a pasarse, aunque sea una semana, sin comer o tomar agua?

 

No importa lo que pensemos cada uno de nosotros, ni la evaluación que podamos tener de esos huelguistas, sus actitudes anteriores, su comportamiento en la vida y su biografía. Están poniendo al régimen, desnudo, en la palestra pública, y sacando a la superficie toda la inmundicia y falsedad de medio siglo. No vamos a ser nosotros los que le hagamos el trabajo sucio al castrismo, que cuenta con recursos suficientes para ello y no vacila en utilizarlos continuamente. ¿O sí?

 

Dentro de Cuba, y fuera de ella, hay centenares de grupos opositores, actuales y también potenciales, en todo el espectro político posible, desde la izquierda al centro y a la ultra-derecha, desde intelectuales hasta trogloditas, desde oportunistas hasta verdaderos patriotas, desde veteranos hasta pinos nuevos, desde mentes amplias hasta racistas, todos con la intención de sobrepasar la larga noche del castrismo y darle espacio a una Cuba nueva, y cada uno con opiniones y criterios propios, todos respetables si se expresan dentro de las normas aceptadas del estado de derecho.

 

Cada uno de nosotros tiene todo el derecho a juzgar esas posiciones y evaluar sus tácticas anteriores y presentes, decidir si les miramos desde lejos o participamos activamente en sus actividades, o si discutimos con respeto puntos de vista diferentes, pero lo que parece muy discutible es que alguien crea tener el derecho a desacreditarlos, vilipendiarlos, atacarlos o condenarlos, única y simplemente porque piensan de una manera diferente. No vamos a ser nosotros los que le hagamos el trabajo sucio al castrismo, que cuenta con recursos suficientes para ello y no vacila en utilizarlos continuamente. ¿O sí?

 

Como quiera que se mire, el régimen atraviesa uno de sus momentos más difíciles en casi medio siglo, ahora con los agravantes de una colosal e insuperable crisis económica, la pérdida constante de apoyo popular, la pérdida de credibilidad, un aislamiento creciente, y el cambio de enfoque de muchos gobiernos extranjeros ante la realidad de una dictadura cruel y testaruda.

 

La explosión informativa es indetenible, y el mundo conoce cada vez más y más la muy dura realidad de Cuba y los cubanos, y la esencia del régimen totalitario. Ya se sabe que Cuba es algo más que lo que aparece escrito en “Granma” y repiten sus testaferros.

 

Y aunque los cubanos dentro de la Isla tengan un bloqueo absoluto de la información, tienen formas de enterarse, y se enteran, aunque sea muy poco a poco, cuando la información “rebota” hasta ellos por infinidad de vías, por cualquier medio: sufren demasiados rigores y problemas diariamente para no ser capaces de poder comprender, con un mínimo de información a la que puedan acceder, la esencia de todo lo que está sucediendo en estos momentos.

 

La solución del drama cubano está dentro de Cuba, en el pueblo cubano: el resto somos retaguardia, sin importar las biografías que podamos enseñar, con la obligación de apoyar a todos esos cubanos que se enfrentan a la tiranía de los Castro de una manera o de otra, e incluso no considerar cómplices del régimen a los que por temor, sea a la represión o al futuro, se hayan mantenido demasiado pasivos hasta ahora: despreciar a estos últimos sería igualarnos nosotros a todas las conductas y miserias castristas. No vamos a ser nosotros los que le hagamos el trabajo sucio al castrismo, que cuenta con recursos suficientes para ello y no vacila en utilizarlos continuamente. ¿O sí?

 

Los luchadores dentro de Cuba por la democracia, la libertad, el estado de derecho, la armonía nacional y la prosperidad, son los encargados de definir las estrategias y tácticas más convenientes en este momento para enfrentar a la bestia herida del castrismo.

 

Valor para hacerlo han demostrado de sobra, y muchas veces, y han pagado muy caro su compromiso durante muchos años. Lo que hace falta añadirle a esa actitud es inteligencia y habilidad política, eso que hasta ahora, lamentablemente, se ha mostrado menos que el valor, la dignidad y la tenacidad, pero que late en ellos.

 

Las circunstancias hacen a los seres humanos. Y las crisis a los líderes, de la misma manera que desnudan a los petimetres: ese liderazgo nunca se gana por decreto.

 

Esa inteligencia y habilidad política para enfrentar la tiranía ya está surgiendo en un liderazgo que no se encierra en su propio caracol, sino que se desarrolla y fortalece continuamente. La oposición dentro de Cuba no puede copiar los estilos inmovilistas de la tiranía, ni llamar al “relevo” para las calendas griegas

 

En esos valientes hombres y mujeres dentro de Cuba que, cada uno a su manera, pierde el miedo y reta a la dictadura, el liderazgo crecerá y se multiplicará cada vez más, como los panes y los peces bíblicos, para acercar el amanecer de la patria que merecemos todos los cubanos.

 

Sus nombres, sus organizaciones, y el lugar de Cuba donde estén en estos momentos, sea en la calle o las prisiones, son ahora mucho menos importantes que sus acciones, sus declaraciones, su actuación y sus resultados: los verdaderamente íntegros brillarán cada vez más, mientras los farsantes irán quedando desnudos bajo el sol.

 

Los líderes no nacen: se hacen en el fragor de las crisis y los momentos decisivos. Y los cubanos no somos diferentes. Aunque algunos se lo crean.