Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

    

Dr. Eugenio Yáñez y Juan Benemelis

                               

                                                                                                                                                            

 

LAS RELACIONES INTERNACIONALES EN EL SIGLO XXI

 

NOTA DE CUBANÁLISIS-EL THINK-TANK

Con esta introducción comenzamos un extenso trabajo, en nuestro tercer año on-line, que analizará los retos estratégicos y geopolíticos de Estados Unidos en el presente y el futuro inmediato, en un mundo que cambia continuamente, basándonos en un profundo análisis del desarrollo histórico de la política exterior de Estados Unidos, sus logros y fracasos, y los desafíos que tiene por delante en todo el mundo en las próximas décadas.

Cubanálisis-El Think-Tank no renuncia ni abandona al tema "Cuba", sino todo lo contrario: después de cincuenta años de anti-imperialismo "clásico", cabría preguntarse si el régimen cubano realmente está preparado para enfrentar un eventual cambio de enfoque global en las relaciones exteriores por parte de Estados Unidos. Y la misma pregunta vale para los millones de cubanos que residen fuera de Cuba y en la Isla, todos parte de este medio siglo bajo el castrismo.

Cubanos como somos todos, la primera reacción será considerar, aquí, allá y acullá, que "claro que estamos preparados". Tal vez el estudio de estos análisis geopolíticos estratégicos que se presentarán a los lectores durante las próximas semanas pueda ayudar a reafirmar esa profunda convicción... o a reconsiderarla con más detenimiento.

Dada la extensión de este ensayo, el análisis completo será publicado en diferentes partes.

 

Contrariamente a lo que señalan los calendarios del mundo, el siglo XX comenzó en 1918 y terminó en 1991. Si no desde el punto de vista astronómico y cronológico, al menos desde el geopolítico, económico, y de la realpolitik.

 

Lo que pasó en las casi dos primeras décadas de los mil novecientos fue la culminación del siglo colonial que tuvo su máximo esplendor con la Conferencia de Berlín en 1885,  y el reparto africano entre las potencias coloniales.

 

Casi a finales de 1917 los bolcheviques se hicieron cargo del gigantesco imperio ruso, y meses después, al terminar la Primera Guerra Mundial en 1918, desaparecieron los imperios otomano y prusiano: todas las zonas de influencia este-europeas, medio-orientales y centroasiáticas se modificaron prácticamente de la noche a la mañana, en el transcurso de unos pocos meses, con la caída de los tres imperios.

 

Inglaterra y Francia consideraron “natural” hacerse cargo de los vacíos dejados por los turcos; los bolcheviques convirtieron a Rusia en una Unión Soviética que extendía sus territorios bajo las botas del Ejército Rojo; Japón era subestimado todavía, y Estados Unidos, protegido por dos océanos, se arropaba en el confort del aislacionismo, concentrando sus energías en su propio territorio y el continente americano.

 

A nadie se le ocurrió pensar entonces que era “el fin de la historia” ni que menos de veinte años después las grandes potencias chocarían nuevamente, esta vez agregando al combate a Japón y Estados Unidos, pero ahora no de complemento, sino como protagonistas importantes. Tras el ataque de los japoneses a Pearl Harbor Estados Unidos comprendió que la inmensidad de los océanos no eran suficiente garantía para su seguridad nacional, y frente a los agresores estarían involucrados, como victima y victimario, en dos explosiones nucleares, creándose al final de la carnicería las condiciones que llevarían a la disolución de todos los imperios coloniales... menos el soviético, y al surgimiento de la preponderancia norteamericana sobre Europa, Japón, y el mundo entero, lo que no pudo impedir la revolución china y el nacimiento del llamado Tercer Mundo con la descolonización.

 

Las instituciones internacionales se diseñaron en consonancia con las realidades que surgían de la guerra: la conferencia de Breton Woods estableció el dólar de Estados Unidos como patrón internacional, tan sólido como el oro, que se cotizaría a 35 dólares la onza.

 

La conferencia de San Francisco creó la Organización de Naciones Unidas, con un poderoso Consejo de Seguridad formado por los vencedores. Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Francia y China: cuatro años después, Mao Zedong se hacía del poder en China, y Chiang Kai-shek se fue a Taiwán con sus nacionalistas… y la representación en Naciones Unidas, hasta que se enmendó el entuerto en los años setenta. Las potencias derrotadas, Alemania, Japón e Italia podrían participar como miembros de la ONU, pero hasta hoy se mantienen excluidas del Consejo de Seguridad.

 

Y tras esos arreglos, durante medio siglo fue la “guerra fría” que afortunadamente nunca estalló, pero que a la vez se compensó con cientos de guerras calientes subsidiarias y sucedáneas, algunas como producto del enfrentamiento entre el comunismo y el mundo occidental, otras de carácter anticolonial, y otras de enfrentamientos entre no-potencias, guerras civiles casi siempre tercermundistas, recomponiendo el mapa africano que dejaron las potencias coloniales, por reclamos territoriales, tribales, y por muchas razones más.

 

Algunas de esas guerras terminaron en su momento, otras todavía no han terminado definitivamente y perduran hasta nuestros días: Corea, Vietnam, Indonesia, Malasia, Filipinas, Laos, Camboya, Sri Lanka, Argelia, Marruecos, Kenya, Angola, Mozambique, Guinea Bissau, Sahara Occidental, Congo, Biafra, Rwanda, Burundi, Namibia, Camerún, Etiopía, Somalia, Eritrea, Bosnia, Chipre, Irlanda, la España de ETA, la Inglaterra del IRA, Georgia, Osetia, Abjazia, Chechenia, Israel, Líbano, Siria, Egipto, Irán, Irak, Kuwait, Guatemala, Haití, Santo Domingo, Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Argentina, Uruguay, Brasil, El Salvador, Honduras…

 

Sin embargo, al caer el Muro de Berlín y disolverse la Unión Soviética terminaba el siglo XX y daba comienzo el XXI. Y comenzaba también a cumplirse una de las pocas predicciones acertadas de Karl Marx, la creación de un mercado único mundial, donde las barreras nacionales resultarían anacronismos y los capitales se invertirían allí donde resultaran más rentables. Curiosamente, fue entonces que se comenzó a hablar en serio del fin de la historia y se inventó la palabra globalización, podría decirse irónicamente que con la intención de que el fenómeno no fuera comprendido y mucho menos manejado.

 

Ya desde antes de “desmerengarse” el socialismo real se había diluido con pena y sin gloria el marxismo-leninismo: en lo que serían los gérmenes del siglo XXI,  Japón, Singapur (foto), Hong-Kong, Taiwán, desconociendo la teoría de Marx de la “acumulación originaria del capital ”, y sin petróleo, recursos minerales ni abundante tierra agrícola, disfrazados de tigres crecían irreverentemente frente a supuestas “leyes de la economía” que decretaban lo contrario, elevaban la prosperidad y el bienestar de sus poblaciones, y en la medida que lo hacían iban democratizando, a la asiática, sus sociedades.

 

Mientras, la Rusia de los primeros secretarios y sus satélites europeos se empantanaba en la crisis económica combinada con la represión dictatorial, alejando cada vez más los horizontes promisorios que ofrecieron a sus pueblos los partidos comunistas..

 

Y los países productores de petróleo no lograban, ni logran todavía, convertir hidrocarburos en verdadera prosperidad sostenible y equitativa de sus naciones y sociedades, independientemente del precio del barril.

 

La China milenaria, con una colosal población y abundantes recursos, iniciaba el camino del avance precisamente cuando fracasó la “revolución cultural”, el último coletazo del leninismo en Asia. Y aunque en sus libertades y derechos civiles distan mucho de sus homólogos taiwaneses, y más aún del mundo occidental, el poder de Hu Jintao es ridículo comparado con el de los emperadores, Mao, o incluso con el que tuvo Chiang Kai-shek.

 

EL ANACRONISMO DE IZQUIERDAS Y DERECHAS EN EL SIGLO XXI

 

Se estaba entrando en los tiempos en que un grupo de jóvenes con talento y un puñado de dólares daba inicio en el garaje de una vivienda a lo que antes de un cuarto de siglo sería la empresa más grande de los Estados Unidos y del mundo, y siguió siéndolo hasta que otro visionario comenzó a multiplicar las tiendas de precios económicos que venden casi la totalidad de los productos existentes en el mundo, y a abrir tiendas como esas en muchos países del mundo.

 

¿Y que fue de Fortune 500? ¿Y los emporios norteamericanos de fabricación de automóviles, acero, aviones y vestuario? Bien gracias. Nada más. Todo el andamiaje económico fue cambiando con la globalización, aunque se mantuvieron firmes por un par de décadas más los bancos y las petroleras: pero con la crisis financiera mundial del 2008, de la que no hemos ni comenzado a salir todavía, cambiará el concepto y el papel de los bancos y las finanzas, y el futuro de las petroleras pende del inminente desarrollo de las energías renovables. Cuestión de tiempo.

 

El mundo de la izquierda radical se quedó sin realidad y sin teoría para explicarla, pero no se ha dado cuenta: lo poco interesante que quedaría de Marx, superado por la vida, fue desechado por ellos mismos, y hablar hoy de construcción del socialismo o de la teoría leninista del imperialismo es menos práctico o apasionante que de ADN o universo en expansión.

 

Quedan todavía quienes se aferran a hablar de “clase obrera” en un mundo donde cada vez son menos los obreros; los que resucitan a Trotsky, Bakunin o Che Guevara en aras de aferrarse a un paradigma; los que tratan de rescatar a Gramsci o Bujarin para poder soñar con un socialismo posible que se desechó por “el estalinismo”, (como si fuera posible un comunismo no estalinista); o fabrican apresuradamente un socialismo del siglo XXI con conceptos y categorías del siglo XIX, donde lo único que queda claro es la necesidad de odiar al imperialismo y hacer una distribución equitativa de la riqueza que vaya quedando sin tener que crear más, es decir, empobrecer a todo el mundo: romántico, sí, pero absurdo. Es menos agradable leer a Alvin Tofler para comprender el mundo de nuestros días, camaradas, pero mucho más productivo.

 

Pero la derecha también continuó atada con sus teorías del siglo XIX, y a veces hasta del XVIII: Locke, Adam Smith, Saint-Simon, para fundamentar la teoría del estado, y también a la vez Keynes y los arreglos de Breton Woods para la economía.

 

En el mejor de los casos, citan a Hayek y Schumpeter, o mencionan a Milton Friedman… pero no acaban de entenderlos: a la primera escasez o aumento de precios por haber más demanda que oferta piden a gritos el control de precios y que el gobierno “haga algo”, y señalan a los que tienen más riquezas o ganancias como responsables, inmorales o sospechosos.

 

No se dan cuenta, pero podrían buscar en el Manifiesto Comunista sustento y citas textuales para estos criterios, sin pretender ni siquiera insinuar con esta oración que se trate de mentalidades totalitarias o anti-democráticas.

 

Cuando en los años setenta del pasado siglo comenzaron a tomar forma las teorías del neoliberalismo económico en serio, esa especie de ecologismo y revolución verde en la economía, muchos lo rechazaron o ignoraron sin saber de qué se trata, y otros lo entendieron como la santificación del capitalismo salvaje o el mecanismo latinoamericano de enriquecerse con la combinación de privatización y corrupción.

 

Demasiados se olvidaron del estado del derecho (“rule of law”) como marco de la prosperidad económica y las libertades individuales: otros solamente aprendieron a ironizar sobre los “Chicago boys”, y nada más.

 

Y casi todos seguimos intentando explicar el siglo XXI, en el mejor de los casos, con las teorías del siglo XX, como aquel soldado japonés que muchos años después de finalizar la Segunda Guerra Mundial seguía combatiendo por su cuenta, pues no estaba informado del fin de la conflagración..

 

LA SOCIEDAD GLOBAL DEL CONOCIMIENTO

 

Vivimos en el siglo del conocimiento y la información, y aunque en el mundo como un todo todavía hay demasiada desigualdad e injusticia, necesidades y atraso, hambre y miseria, hay dos verdades muy claras, aunque no les gusten ni a la izquierda radical ni a los populistas demagogos:

 

Una, que esa parte de los seres humanos que sobrevive en condiciones precarias e injustas puede hacerlo solamente gracias a la ayuda y colaboración del mundo desarrollado que domina esos conocimientos y esa información, aunque cada uno de esos países pueda ser más o menos egoísta; y,

 

Dos, que la única opción de esa masa planetaria desfavorecida no es gritar “basta” y echar a andar quien sabe a donde, sino vincular su desarrollo y su futuro a ese mundo que domina información, riqueza y conocimiento, como vía para llegar a compartirlas. Durante la guerra fría había dos opciones y por eso hubo Tercer Mundo, pero porque una de ellas demostró que es inviable y fracasó estrepitosamente, en el siglo XXI hay una sola.

 

Es más fácil, sin embargo, culpar al imperialismo y el colonialismo, así en abstracto, de todos los males de gran parte del mundo: no es exacto, pero aunque lo fuera, eso no lleva más allá de identificar al culpable, algo así como querer saber quien fue el irresponsable que provocó el incendio en la casa, pero no preocuparse de evacuarla ni llamar a los bomberos.

 

Durante el siglo XX hubo dos opciones para el mundo: los buenos y los malos, que se situaban en Washington, París, Londres, Bruselas, Moscú o Pekín, en dependencia de las percepciones y los intereses de las élites de cada país, que organizaban conferencias, declaraciones y guerras en El Cairo, Belgrado, Nueva Delhi, Yakarta, Accra, Argel o La Habana, en dependencia de los vientos y los flujos de dinero y armamento: los insurgentes dispararían con FAL, M16, o AKM, en virtud de las alianzas que establecieran sus “vanguardias”, que en no pocas ocasiones se comportaban como “agentes dobles” para recibir ayuda de ambos lados, o se acuchillaban entre sí, a veces literalmente.

 

Y las naciones desarrolladas, así como sus parodias latinoamericanas, se dividían con conceptos del siglo XVIII, en izquierdas y derechas, girondinos y jacobinos, demócratas y republicanos, liberales y conservadores, democristianos y socialistas. Seguían en la Convención Francesa de los tiempos revolucionarios, y las parodias latinoamericanas no se preocupaban del estado de derecho: en vez de asaltar La Bastilla ahora asaltaban el Moncada, La Tablada, el búnker de Somoza, las islas Malvinas.

 

Los africanos ignoraban la dicotomía partidista occidental y organizaban un nuevo-viejo tribalismo bajo el mando de un patriarca casi siempre ilustrado y nacionalista en cada tribu-nación. Las excepciones fueron Leopold Sedar Senghor en Senegal y Félix Houphet-Boigny en Costa de Marfil, ambos producto de la cultura francesa, que establecieron democracias "africanas" en sus naciones, pero tras la muerte de cada uno de ellos ambas naciones volvieron a la realidad africana, donde se asaltaba el Canal de Suez, los cuarteles portugueses en África, los ómnibus escolares franceses en Argel, o se desataba una guerra civil bajo principios tribales. Y una vez independientes, y tras la muerte del patriarca que será sustituido por militares oportunistas y ambiciosos, o civiles de igual talante, el deporte nacional de las naciones africanas no ha sido nunca más el fútbol, sino la corrupción, la guerra civil y el golpe de estado. (Foto: "Mariscal" Idi Amín Dada, de Uganda)

 

Los asiáticos lo hicieron a su manera, partiendo de un milenario autoritarismo que ahora aparecía como gobierno militar, teocracia, o ambas cosas a la vez. Pocas excepciones democráticas, como Japón o la India, fueron ambas mucho más impuestas desde afuera que generadas por sus sociedades.

 

Los tigres asiáticos de hoy fueron domados con látigo de hierro: el Khmer Rojo asesinó millones de camboyanos para crear el hombre nuevo, pero en Indonesia fueron ejecutados medio millón de comunistas para evitar que lo crearan. Todavía hoy se despedazan continuamente en Cachemira, Pakistán o Sri Lanka sin que quede demasiado claro por qué, y en Corea, la otra reliquia de la guerra fría junto a Cuba, el peligro de un golpe nuclear sigue latente. Gobiernos de fuerte presencia militar se mantienen en la región del sudeste del continente, como dictaduras (Myanmar) o como "dictablandas", sin asentar una estabilidad tranquilizadora en el territorio.

 

En el mundo desarrollado las cosas iban mejor: durante el siglo XX real (1918-1991), además de la Segunda Guerra Mundial y las guerras de Corea, Vietnam y Afganistán, en Estados Unidos solamente pudieron asesinar a un presidente, John F Kennedy, pues el atentado a Reagan falló; un presidente debió renunciar por ilegalidades y otro escapó a la destitución en un “impeachment”.

 

En España, además de la carnicería de la Guerra Civil, volaron por los aires a Carrero Blanco, primer ministro franquista, en un espectacular atentado; en Italia “el Chacal” y las "Brigadas Rojas" se dieron banquete terrorista no musulmán, y el ex premier Aldo Moro fue secuestrado y asesinado; en Grecia, un grupo de coroneles se consideró con derecho a imponer las reglas de cuartel a esa nación. Los turcos invadieron Chipre y se la repartieron.

 

El presidente francés Charles de Gaulle escapó milagrosamente a varios atentados organizados por los militares rebeldes de la OAS en la década de los sesenta por haber aceptado la independencia de Argelia; Francisco Franco, Oliveira Salazar y Marcelo Caetano mantuvieron férreas dictaduras en la península ibérica hasta la década del setenta; al canciller (jefe de gobierno) alemán Willy Brandt, en pago a su política de apertura y detente hacia el este, los soviéticos le  colocaron un “topo” en su oficina, que terminó costándole el cargo; al ministro inglés de defensa, John Profumo, le tentaron con una prostituta-agente; en Budapest y Praga se impusieron los tanques sobre las protestas y las reformas, al igual que harían los chinos mucho después en la Plaza Tien-An-Men. Berlín fue bloqueado y cercado con un ignominioso muro, y en Polonia solamente un golpe de estado de última hora por el general Jaruselski evitó otra invasión soviética disfrazada de Pacto de Varsovia.

 

En el resto del mundo esos mismos tanques soviéticos pasearon por Kabul, Luanda, Addis Abeba, El Cairo y Damasco; fueron asesinados los presidentes de Egipto, Congo Brazaville y Nigeria, así como dos primeros ministros hindúes, y una infinidad de candidatos de la oposición en diferentes países, y se llevaron a cabo decenas o centenares de golpes de estado tercermundistas.

 

Se instalaron misiles nucleares en Cuba, que Fidel Castro sugirió disparar como "golpe preventivo" en 1962; en el frente sirio-israelí se llevó a cabo la batalla de tanques más grande de la historia durante la guerra del Yom Kippur; se secuestraron aviones, barcos y personas, adulteraron elecciones, asaltaron bancos y joyerías, se destruyó valiosa infraestructura y tesoros de la humanidad en aras de ideologías y revoluciones fracasadas que nunca llegaron al poder, o que si llegaron trajeron resultados desastrosos. Pero del otro lado, la corrupción y desidia de los gobiernos de turno, muchas veces dictaduras militares, hicieron muy poco para no crear terreno fértil a los "movimientos de liberación nacional".

 

En todas estas profundas convulsiones políticas y sociales del verdadero siglo XX, que recuerdan las convulsiones telúricas de las entrañas de la tierra, donde las capas geológicas producen terremotos y erupciones volcánicas al acomodarse a las colosales temperaturas y profundidades del interior del planeta, los hombres y los líderes pueden hacer tanto como frente a esos fenómenos telúricos: nada, o casi nada.

 

En ocasiones se olvida que determinados eventos modifican el curso de la historia, pero no la tendencia general del movimiento. Los líderes surgen y desaparecen, y la historia sigue su marcha. Si Carlos Martel no detiene a los árabes en Poitiers, si Aníbal hubiera entrado con sus elefantes en Roma, si Blucher no llega a tiempo y Napoleón vence en Waterloo, si Lincoln no hubiera sido asesinado, si Trotsky se hubiera impuesto sobre Stalin, si Hitler hubiera tomado Moscú, si Fidel Castro hubiera sido ejecutado al ser capturado tras el asalto al Moncada, o Hugo Chávez no hubiera sido indultado, las cosas en Europa o América Latina no serían muy distintas en nuestros días, aunque no fueran iguales.

 

Si Gengis Khan hubiera sido presidente de Estados Unidos en la década de 1970 hubiera tenido que retirar las tropas norteamericanas de Vietnam, y si hubiera sido el primer secretario soviético en los ochenta hubiera tenido que hacer lo mismo con sus tropas en Afganistán.

 

Si la Madre Teresa hubiera sido presidente de Estados Unidos en el 2001, tras los atentados terroristas de New York, hubiera tenido que invadir y ocupar Afganistán, aunque tal vez no habría permitido escapar a Osama Bin Laden.

 

Por otra parte, cuando un Adolfo Hitler que se sabe acorralado en el bunker no quiere negociar, aparecen colaboradores que lo hacen sin él: la locura es algo que no se contagia eternamente, ni los locos son seguidos ciegamente hasta el final.

 

Hoover y Roosevelt fueron las anécdotas y no la raíz de un acelerado crecimiento de la economía al comenzar el siglo XX después de terminar la Primera Guerra Mundial, y la posterior depresión que se mantuvo, a pesar del New Deal, hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que fue lo que realmente encaminó la economía norteamericana al crecimiento.

 

Ronald Reagan es la anécdota en la década de los ochenta de una economía que pasaba aceleradamente a la sociedad de la información y el conocimiento, con una computadora personal en cada hogar, mientras los soviéticos continuaban enredados intentando superar a Estados Unidos en la producción de acero y cemento. ¿Para qué?

 

Mijail Gorbachev es la anécdota de una sociedad con criterios del siglo XIX y estilos feudales de gobierno en un mundo que se globalizaba: de no haber sido él con la perestroika, hubiera sido otro, y por otra vía.

 

Fidel y Raúl Castro serán la anécdota de un fósil disfuncional de tiempos de la guerra fría, que ahora, como "reformas", pretende vender computadoras a precios inaccesibles para los cubanos, y a la vez censurar la internet, que se alegra de la crisis económica del país más poderoso del mundo, que es quien le vende la parte fundamental de los alimentos que consume.

 

Y que no sabe qué es lo que más le conviene: que suban los precios del petróleo, o que bajen: siempre se las arreglan para desaprovechar las oportunidades.

 

El cambio de presidente en Estados Unidos colocará en la Oficina Oval a la persona, cualquiera que sea la elegida, que deberá guiar al país a recuperar y recomponer un liderazgo indiscutible en un mundo que va dejando de ser unipolar, pero donde la política exterior de la nación más poderosa del planeta es a la vez retada, deseada y temida. No importa lo que piense cada candidato, las realidades del siglo XXI le impondrán una agenda que deberá comprender y ejecutar, aunque tal vez antes de las elecciones ni siquiera la vislumbre.