Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

Los múltiples síndromes del "Papá Estado" cubano

 

Recurriendo a un símil que “puede parecer algo humorístico”, al decir del inefable y nada humorístico director del periódico “Granma”, órgano oficial del Partido Comunista Cubano, los complejos problemas actuales de la sociedad cubana, inmersa en la crisis más profunda y aguda de toda su historia, se pueden resumir en cuatro “síndromes”, que explicarían no solamente el por qué de los problemas, sino el camino de las soluciones.     

 

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el vocablo “síndrome” se refiere al “1. Conjunto de síntomas característicos de una enfermedad, y 2. Conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada”. Es de suponer que el director de “Granma” estaba pensando (es un decir) en la segunda acepción de la palabra, la del “conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada”, porque difícilmente el señor director aceptaría que los problemas actuales de Cuba se refieran a “una enfermedad”.

 

Es positivo que “Granma” incluya entre sus temas la problemática nacional cubana y la pretensión de analizarla con seriedad, y que no se limite a contar sobre descongelamiento de los casquetes polares o las declaraciones de un grupúsculo atávico sobre cualquier cosa que vaya contra “el imperialismo”. Lo cual no significa que las conclusiones a las que arriba sean necesariamente útiles en vez de contraproducentes.

 

Hay que reconocer que, en su papel, (desconocido hasta el momento), de reformista social, el director del órgano del partido comunista trata de aproximarse a la realidad, y que solamente se le podría señalar a su declaración un punto débil: que busca la solución correcta para el problema equivocado.

 

Porque si todos esos complejísimos problemas de la sociedad cubana contemporánea dependieran, como él mismo señala, de algo tan sencillo como el “paternalismo”, la solución de los mismos sería relativamente fácil.

 

Como señaló “Granma” hace solamente algunas horas, en un párrafo que, como las soluciones que se pretenden, parece quedarse gramaticalmente corto y sin final: “Está probado que solamente con más trabajo saldremos de la crisis y si, en paralelo, miramos críticamente al paternalismo, fenómeno arraigado hasta los tuétanos en la mayoría de las personas, un vicio que no nos deja avanzar y entorpece la claridad sobre las decisiones que debemos tomar entre todos”.

 

Con simplismo y falso humorismo se pretende reducir el problema a cuatro aspectos que caracterizan la actitud “del pueblo” y no la del gobierno. Y como muchas cosas no tienen nombre propio, la idea viene de “un compañero”:

 

“Un compañero me decía hace unos días que la sociedad cubana tiene que solucionar cuatro “síndromes”  para desentumecerse de esa práctica paternalista:

 

1-. El síndrome del pichón: andamos con la boca abierta porque buena parte de los mecanismos que hemos diseñado están concebidos para que nos lo den todo. Usted no va a la bodega a comprar, va a que le den lo que le toca; usted no repara su casa o su apartamento en el edificio, porque además de que no tiene cómo adquirir los materiales, las cosas están concebidas para que le den las facilidades de esa reparación y así es en la mayoría de los asuntos de nuestra vida cotidiana.

 

2-. El síndrome del voleibol: nos hemos acostumbrado a saltar y lanzar la pelota para la otra cancha, porque supuestamente la mayoría de los asuntos no son nuestro problema, sino es del otro, y el peloteo burocrático es agobiante.

 

3-. El síndrome del avestruz: nos hemos habituado a meter la cabeza en el hueco, casi siempre para no ver los problemas ni actuar con toda la energía y la fuerza innovadora contra las rutinas y los hábitos negativos y, especialmente, dejar de ser sistemáticos.

 

4-. El síndrome del obstáculo: no se logra la transformación de la economía y la satisfacción de las necesidades básicas en un mes, pero algunos quieren que así sea, aunque en cuanto se encuentran el primer obstáculo se detienen y esperan a que otros lo quiten o salten por ellos”.

 

Si todo fuera tan sencillo como se pretende con este “desarrollo teórico” del enfoque de los problemas de Cuba, bastaría asignar la tarea a un equipo de notables del campo de la medicina, la sociología, la psicología social, y la educación para “desentumecerse” de ese terrible paternalismo, causante, al parecer, entre otras cosas, según se dice ahora, de que cuando se producen tomates no aparezcan sacos o cajas para transportarlos, de la cloaca desbordada a solo dos metros de la puerta de un agro-mercado, o de las demoras en la distribución bajo arrendamiento de las miles y miles de hectáreas cundidas de marabú, en un país dónde no alcanza el dinero para importar alimentos.

 

Sin embargo, aunque se pretende demostrar una profundidad analítica que no existe en el documento, ni en la capacidad intelectual de su autor, el absurdo desmonta por si solo el tinglado cantinflesco.

 

Resulta conveniente analizar “síndrome” por “síndrome” el perogrullesco diagnóstico del periódico del partido sobre los problemas actuales de la sociedad. Comencemos:

 

El síndrome del pichón

 

Es cierto, muy cierto, que “buena parte de los mecanismos que hemos diseñado están concebidos para que nos lo den todo”. Evidentemente, es así. Hay que preguntarse, sin embargo, quién o quiénes tuvieron a su cargo el diseño de esos mecanismos concebidos para que las personas recibieran “todo” de manera más justa y socialista, en función de la igualdad y la justicia social.

 

No fue, ciertamente, la “mafia de Miami”. La historia revela que tres sucesivos congresos del Partido Comunista Cubano (1975, 1980 y 1986), tras criticar con guantes de seda y más retórica que sustancia esa concepción de que el Estado debía darlo “todo” a las personas, se manifestaron por eliminar esas tendencias románticas del igualitarismo.  Por eso propusieron mecanismos económicos para que lo que se recibiera estuviera en dependencia de la cantidad y calidad del trabajo aportado, a través de un conjunto de medidas contenidas en lo que se conoció en el país como Sistema de Dirección y Planificación de la Economía, tímido e insuficiente remedo tropical del sistema soviético de gestión que funcionaba en todos los países del socialismo real.

 

¿Y qué sucedió? Fue entonces que surgió, en abril de 1986, semanas después de finalizado aquel Tercer Congreso del partido, el llamado “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, que supuestamente enderezaría las distorsiones de los así bautizados (e inmediatamente tronados) “tecnócratas”, y se comenzó a avanzar “por el camino correcto”, ese camino que daría solución a todos los problemas. ¿Recuerdan la frase del momento? “¡Ahora sí vamos a construir el socialismo!”.

 

No fueron los trabajadores cubanos, ni los estudiantes, ni las amas de casa, quienes diseñaron aquellos procesos supuestamente basados en la conciencia y el trabajo ideológico, sino “la dirección del país”, quien decidió enfrentar ejemplarmente a todos los “tecnócratas”, supuestamente responsables del “delito” de que hubiera una mayor vinculación del salario con los resultados del trabajo (lo que ahora se intenta de nuevo pero no logra avanzar), de que existieran en todas partes los mercados paralelos, campesinos y de productos industriales, y de que una buena parte de productos de consumo no fuera necesario venderlos en condiciones de racionamiento, pues la oferta, aunque limitada y tímidamente, buscaba una cierta correspondencia con la demanda.

 

Dice Granma a continuación, refiriéndose al síndrome del pichón: “Usted no va a la bodega a comprar, va a que le den lo que le toca”. Muy cierto, de nuevo, muy cierto. En todas partes del mundo las personas no van a las bodegas, almacenes, supermercados o mercados locales a que les den “lo que les toca”, sino “a comprar”, de acuerdo con sus posibilidades monetarias o crediticias, gustos, deseos e intereses. ¿Por qué en Cuba eso es diferente? ¿Establecieron los trabajadores, los estudiantes y las amas de casa, por su cuenta, la “libreta de abastecimientos” en 1962, y la han mantenido hasta la fecha?

 

Aún aceptando, para no desviar este análisis, que la “libreta” haya sido un mecanismo justificado de igualdad social o de emergencia organizativa en sus primeros momentos, ha estado vigente durante casi medio siglo, en tiempos del subsidio soviético, durante el llamado período especial, con el subsidio bolivariano y hasta hoy. Un verdadero record mundial en la historia del totalitarismo.

 

Porque tal libreta, más que un instrumento imperfecto y burocrático para repartir lo que nunca alcanza, es un mecanismo casi perfecto para la represión social, de conjunto con los Comités de Defensa de la Revolución: porque antes de poder comer o vestirse, los cubanos tienen que apuntarse en la OFICODA (Oficina de Control de Distribución de Abastecimientos). Son las teorías de Karl Marx y Abraham Maslow, pero a la inversa: primero el control ejercido por Big Borther, y después la comida y la ropa. Olvídense del Departamento de Seguridad del Estado: el trabajo primario se hace en la OFICODA .

 

A diferentes gobiernos “amigos” donde los cubanos asesoraban en diversas ramas de la economía se les recomendaba siempre, enfáticamente, por instrucciones emanadas en La Habana, que DE NINGUNA MANERA ESTABLECIERAN CARTILLAS DE RACIONAMIENTO, y recurrieran a otros mecanismos de distribución, basados en precios y subsidios. Sin embargo, lo que se recomendaba a los amigos no se aplicaba en Cuba. ¿Por qué?

 

Ahora se comienza a insinuar, bastante torpemente, pues el Director de Granma no da para más, la eliminación de la “libreta de abastecimientos” cubana, ya de 47 años de antigüedad. No sería problema intentarlo, si las cosas se hicieran en serio, teniendo en cuenta el mercado, como en más de 190 otras naciones del planeta, con excepción de Corea del Norte, claro está. Y si se tienen en cuenta los sectores más desfavorecidos de la sociedad, que deberían tener un tratamiento diferenciado para ayudarles a lidiar con el problema: subsidios, precios diferenciados, incremento de sus ingresos, o cualquier otro mecanismo.

 

Sin embargo, hacer las cosas en serio significa basarse en mecanismos económicos que tengan en cuenta la oferta y la demanda, los salarios y los precios, y las realidades cubanas: no hace falta que el gobierno cubano estudie teoría capitalista ni pregunte en Miami, pues le bastaría con leer, responsablemente, a Marx. Y recordar que la oferta y la demanda no tienen que ver solamente con moneda convertible y CUC, sino también, y principalmente, con pesos cubanos, que es como reciben su salario la absoluta y aplastante mayoría de los cubanos. Cualquier otra cosa sería demagogia y nada más, populismo barato, una crónica más de un fracaso anunciado.

 

Finalmente, con relación al síndrome del pichón se señala en Granma: “usted no repara su casa o su apartamento en el edificio, porque además de que no tiene cómo adquirir los materiales, las cosas están concebidas para que le den las facilidades de esa reparación y así es en la mayoría de los asuntos de nuestra vida cotidiana”.

 

Como diría Karl Marx en ese libro tan subversivo hoy en Cuba llamado Das Kapital, (que evidentemente no ha leído el director del periódico Granma), aquí hay una contradictio in adjectio, o dicho en castellano, un gran disparate:

 

¿Cuáles pueden ser las supuestas “facilidades” de reparación, cuando el mismo periódico reconoce que las personas no tienen como adquirir los materiales de reparación? ¿Qué facilidades pueden existir si no existen los materiales?

 

Y para terminar con este apartado, la última oración es antológica: “así es en la mayoría de los asuntos de nuestra vida cotidiana”. Es decir, el surrealismo socialista.

 

Cuando en cualquier lugar del mundo las aves deciden que ha dejado de ser momento de alimentar a sus pichones, les fuerzan a volar por sí mismos, buscarse su comida y tratar de sobrevivir en el medio que les corresponde. Cuando Granma critica el síndrome del pichón, ¿estará a favor de que los cubanos no dependan más del Estado y salgan a volar por sí mismos, buscarse su comida y tratar de sobrevivir en el medio que les corresponde, en condiciones de mercado, trabajar para ganar dinero con el cual comprar sus alimentos, reparar sus viviendas con sus propios recursos, y acciones de ese tipo?

 

Sería maravilloso, pero hay que tener en cuenta que de la misma manera que los pichones salen por sí mismos al medio natural para intentar sobrevivir, los cubanos, para dejar de ser pichones, tendrían que salir por sí mismos al medio natural de existencia de los seres humanos, que es el mercado. Porque sí “Papá Estado” no quiere que los cubanos sigan siendo pichones, y a la vez no les posibilita condiciones para luchar por la supervivencia,  los estaría condenando a la extinción.

 

Suponiendo que Granma no pretende la extinción de los cubanos, podría pensarse que su Director sabe de, o se lo dijo ese “compañero” que hay en la cúpula gobernante, la determinación de liberar los mecanismos del mercado en la economía cubana, aunque sea de manera limitada. De lo contrario, habría que considerar que el señor director del órgano del partido no sabe lo que está diciendo.

 

Pero como no se trata de un solo síndrome, sino de varios, habría que analizar el que le sigue, y los demás, para tener la idea completa:

 

El síndrome del voleibol

 

“Nos hemos acostumbrado a saltar y lanzar la pelota para la otra cancha, porque supuestamente la mayoría de los asuntos no son nuestro problema, sino es del otro, y el peloteo burocrático es agobiante”

 

Ciertamente, es así, y así ha sido siempre. Pero hay que preguntarse quienes son los que se han acostumbrado a saltar y lanzar la pelota para la otra cancha: ¿los trabajadores o los “cuadros”? ¿los que tienen poder de decisión, o los que reciben las instrucciones?

 

¿En qué cancha puede saltar el trabajador a quien le sitúan una norma y una descripción de su trabajo a realizar en la jornada? ¿En qué cancha puede saltar el administrador de una unidad comercial a quien le suministran los productos que debe vender, cuando se le suministran, en las condiciones que se le suministran, y se le establecen los precios a los que debe ofertar sus productos (no se vende, pues la gente no va a comprar: recuerden el síndrome del pichón).

 

El administrador del supermercado a quien se le están pudriendo los tomates, boniatos y los otros productos agropecuarios, por el excesivo calor y el tiempo que llevan en tarimas a la intemperie, ¿podría bajar por su cuenta y propia decisión esos altos precios que no permiten la salida de los productos? ¿O tiene que saltar y lanzar la pelota para la otra cancha?

 

Además, no siempre tiene que saltar: la burocracia conoce perfectamente cómo lanzar la pelota para la otra cancha sin necesidad siquiera de saltar: durante muchos años lo hizo hablando del “bloqueo”, la “sequía”, los “huracanes”, el “aumento de los precios en el mercado mundial”, la “indisciplina”, la “falta de conciencia”, la “contabilidad no confiable” y muchas otras maneras de quitarse el problema de encima. Todo lo aprendieron del Jefe. ¿De quién si no?

 

¿Dónde nació el síndrome del voleibol, que si no requiere saltar podría también llamarse del ping-pong, del peloteo, del pivoteo, o como se desee?

 

En febrero de 1963 Ernesto Che Guevara escribía en el número 18 de Cuba Socialista:

 

“… Los campos de acción de las "guerrillas administrativas" chocaban entre sí, produciéndose continuos roces, órdenes y contraórdenes, distintas interpretaciones de las leyes, que llegaban, en algunos casos, a la réplica contra las mismas por parte de organismos que establecían sus propios dictados en forma de decretos, haciendo caso omiso del aparato central de dirección. Después de un año de dolorosas experiencias llegamos a la conclusión de que era imprescindible modificar totalmente nuestro estilo de trabajo y volver a organizar el aparato estatal…”.

 

Más de cuarenta y seis años después, en octubre del 2009, el periódico Granma, ese mismo que describe los síndromes que explicarían los problemas actuales, vuelve al mismo problema, al señalar: “al penetrar en el mercado de San Rafael y Campanario, en el corazón de Centro Habana, nos pareció transitar por un oscuro pasadizo. Valga la literalidad de la imagen: la estrechez del local y la falta de iluminación agobian a clientes y vendedores. Quizás la explicación esté dada por la escasa disponibilidad de locales apropiados en una de las zonas urbanas constructivamente más complejas de la capital. Ello, sin embargo, no justifica otros problemas: la exposición de productos deteriorados expendidos como si fueran de primera, la mezcla indiscriminada de calidades  en las bandejas, y el desborde de una cloaca a dos metros de la única entrada.”.

 

¿Qué ha sucedido de positivo en casi medio siglo? ¿Qué ha cambiado para mejorar?

 

¿Qué puede hacer el administrador de ese mercado para solucionar, sin saltar y lanzar la pelota para la otra cancha, esos evidentes problemas? ¿Puede ajustar los precios de los productos a la calidad real y el deterioro progresivo? ¿Puede resolver el desborde de la cloaca a dos metros de la única entrada? ¿Tiene facultades para modificar los precios de venta, degradar la calidad con que se clasifican los productos, rechazar a suministradores irresponsables, de baja calidad, tardíos, o las tres cosas a la vez? ¿O para temporalmente clausurar el mercado debido al riesgo sanitario de la cloaca desbordada a dos metros de la única entrada? ¿O para contratar trabajadores por su cuenta para solucionar el problema de la cloaca desbordada?

 

Ese administrador, y todos los demás en el país, seguirán jugando voleibol burocrático mientras que “Papá Estado” sea el único con facultades para tomar decisiones de administración local, que en cualquier lugar del mundo decide en un instante el propietario o el gerente de un mercado similar, sin tener que saltar y lanzar la pelota para la otra cancha.

 

Por una razón muy sencilla: si el mercado en cualquier lugar del mundo, menos en Cuba y Corea del Norte, no logra atraer clientes y vender, por tener tantas dificultades, ese dueño o gerente tendrá que salir del negocio en poco tiempo. No necesitará de médicos que analicen sus síndromes, sino tomar decisiones que resultan elementales en un mercado cualquiera.

 

El síndrome del avestruz

 

El órgano del partido comunista cubano lo define de esta manera: “nos hemos habituado a meter la cabeza en el hueco, casi siempre para no ver los problemas ni actuar con toda la energía y la fuerza innovadora contra las rutinas y los hábitos negativos y, especialmente, dejar de ser sistemáticos.”

 

Se puede, una vez más, estar de acuerdo con ese criterio. Aunque solamente si se acepta, se define con claridad, y si se tiene en cuenta quiénes son los encargados de “actuar con toda la energía y la fuerza innovadora contra las rutinas y los hábitos negativos y, especialmente, dejar de ser sistemáticos.”

 

Es evidente que los encargados son los “cuadros” y no los cubanos de a pie. Y se pueden citar nuevamente otras palabras de Ernesto Che Guevara en un discurso de septiembre de 1962, conocido como “El cuadro, columna vertebral de la revolución”, y que parece que Granma no recuerda:

 

“... un cuadro es (…) un individuo de disciplina ideológica y administrativa, que conoce y practica el centralismo democrático y sabe valorar las contradicciones existentes en el método para aprovechar al máximo sus múltiples facetas; que sabe practicar en la producción el principio de la discusión colectiva y decisión y responsabilidad únicas (…) un individuo con capacidad de análisis propio, lo que le permite tomar las decisiones necesarias y practicar la iniciativa creadora de modo que no choque con la disciplina”.

 

Debería estar muy claro: ¿Dónde están los avestruces, y quienes son?

 

¿Los pichones que abren la boca para recibir el alimento, o “Papá Estado” que asumió la responsabilidad de dárselo y ahora se da cuenta que no puede?

 

¿La Mesa Redonda de la televisión cubana, que se recrea describiendo y explicando los problemas del mundo entero, pero se mantiene autista ante la problemática nacional?

 

¿La Asamblea Nacional, que discute leyes sobre cambio de sexo y asuntos de los monumentos nacionales, pero no del racionamiento alimenticio, la falta de autoridad de los administradores, o la desmotivación de los trabajadores?

 

¿El gobierno, que declara que el salario no permite solucionar necesidades elementales de los trabajadores, pero no acaba de implementar reformas salariales efectivas y de verdadera trascendencia?

 

Sobre cada uno de los innumerables problemas y dificultades que agobian a la población, ¿quiénes deciden si es el momento apropiado o no para discutirlos? ¿Quiénes deciden si es el lugar apropiado o no para discutirlos? ¿Quiénes son los que deciden si deben acometerse sus soluciones de inmediato, o elevarse a las instancias correspondientes para que se tomen las decisiones?

 

Véase lo que escribe Granma refiriéndose a las dificultades mencionadas en el reciente reportaje sobre los agro-mercados:

 

Al respecto el Ministerio de Comercio Interior aclara que aunque existen las regulaciones para ajustar los precios minoristas de los productos afectados en su calidad en los mercados estatales, no se han instrumentado, e incluso, algunas administraciones las desconocen”.

 

¿Dónde están los avestruces, quiénes son y para qué sirven? ¿En este caso de los agro-mercados, están en el Ministerio de Comercio Interior? ¿O en el periódico del partido que publica el párrafo anterior sin sonrojarse?

 

¿O es culpa de los trabajadores y la población, de los pichones, que un Ministerio de la Administración Central del Estado elabore regulaciones, pero no las implemente, y que los encargados de cumplirlas ni siquiera las conozcan?

 

El síndrome del obstáculo:

 

Se define por el periódico Granma de la siguiente manera: “no se logra la transformación de la economía y la satisfacción de las necesidades básicas en un mes, pero algunos quieren que así sea, aunque en cuanto se encuentran el primer obstáculo se detienen y esperan a que otros lo quiten o salten por ellos”.

 

Una vez más, se puede estar de acuerdo en que “algunos”, que no parecen tener nombre ni apellidos, en cuanto se encuentran el primer obstáculo se detienen y esperan a que otros lo quiten o salten por ellos.

 

Veamos un ejemplo de cómo se aplica eficazmente el “síndrome del obstáculo”:

 

 “El daño terrible de los huracanes y tormentas tropicales del año pasado que devastaron una extensa parte de la Isla y causaron pérdidas por cerca de diez mil millones de dólares a lo cual se agregaron, en coincidencia en el tiempo, los nocivos efectos de la crisis económica y financiera global, obligaron a desacelerar el ritmo de la aplicación de muchas de las ideas que se venían estudiando tras el amplio debate nacional que se desarrolló en torno al discurso de Raúl el 26 de julio del 2007 en Camagüey”.

 

¿Quién dice lo anterior? ¿Quién es “algunos” en este caso? Pues nada menos que el mismísimo director del periódico Granma que llama a discutir los problemas “a camisa quitada”, explica los síndromes arraigados “hasta los tuétanos” que afectan al país, y los caminos de solución.

 

Y para mayor escarnio, lo hace en el mismo artículo que titula “Él es paternalista, tú eres paternalista, yo soy paternalista…”, por cierto, invirtiendo el orden tradicional de los pronombres personales, como si “él” fuera más paternalista que “”, y mucho más que “yo”.

 

¿Desea Granma que sean los trabajadores y la población quienes tomen las decisiones que corresponden a los órganos de dirección?

 

¿Estará pensando Granma liberar los mecanismos del mercado en la economía cubana, aunque solamente fuera de manera limitada? De lo contrario, habría que considerar que el órgano del partido no sabe lo que está diciendo.

 

Los múltiples síndromes de “Papá Estado” y el autismo de “Granma”

 

En realidad, la coherencia expositiva y el rigor analítico no fueron nunca virtudes del director del órgano del partido comunista cubano, y esta vez no podía ser la excepción: él es el director apropiado para tal órgano de prensa.

 

 Es poco serio, por decir lo menos, pretender que la causa de los innumerables problemas de la sociedad cubana contemporánea deba y pueda ubicarse en las desviaciones de un paternalismo histórico, que los cubanos nunca solicitaron, pero el Estado impuso, aún concediéndole el beneficio de la duda de que ese Estado lo hubiera hecho con las mejores intenciones populistas en beneficio de la población, y sin pretensiones de control político de la sociedad.

 

Para resolver los problemas, si realmente se desea resolverlos, hay que comenzar por entenderlos y definirlos correctamente. De lo contrario, se corre el riesgo muy común de buscar la solución correcta para el problema equivocado.

 

Sería preferible buscar la solución equivocada para el problema correctamente definido, porque de esa forma, aunque el problema no se resuelve, se pueden buscar otras soluciones, hasta que alguna vez, quizás, aparezca la correcta.

 

Pero cuando se resuelve correctamente el problema equivocado no se resuelve nada, porque el problema sigue estando presente y afectando el desenvolvimiento de las cosas.

 

Aceptemos que, en abstracto, existen cuatro síndromes en la sociedad cubana actual: el síndrome del pichón, el síndrome del voleibol, el síndrome del avestruz, y el síndrome del obstáculo.

 

Aparentemente, “el bloqueo” no está considerado en ese documento del periódico Granma, aunque en otras partes del periódico se publica diariamente la relación de las pérdidas que ese “bloqueo” ha creado a la economía cubana, incluyendo entre dichas “pérdidas” ¡lo que no se ha podido vender en el mercado de Estados Unidos! Todo esto, nada casualmente, cuando dentro de pocos días se votará en la ONU, una vez más, la habitual resolución anual de condena “al bloqueo”, donde Estados Unidos queda cada vez más aislado del resto del mundo.

 

Entonces, el problema, como lo enfoca Granma, no estaría provocado nada más que por esos cuatro síndromes.

 

Piense el lector tranquilamente, sin que Cubanálisis-El Think-Tank pretenda pensar por usted:

 

¿Quién padece con más fuerza y gravedad esos cuatro síndromes? ¿La población cubana o el gobierno y la nomenklatura? ¿Dónde se manifiesta con más fuerza ese conjunto de fenómenos que caracterizan una situación determinada?

 

¿Quiénes consideraron que los pichones debían abrir la boca eternamente para que les dieran la comida, quienes son los que saltan y lanzan la pelota al otro lado, quienes son los que esconden la cabeza para no ver los problemas, quienes son los que se detienen ante el primer obstáculo?

 

¿Quiénes? ¿La población? ¿O los “cuadros”?

 

Muy recientemente, el compañero Fidel escribió en una de sus incesantes reflexiones, sobre el avance, el poderío y los logros de China. Lo mismo valdría decirse de Vietnam. Y no sería justo considerar que China o Vietnam renunciaron a su ideología para lograr avanzar en su proyecto, ni que vendieron su alma al diablo imperialista.

 

Lo que el compañero Fidel siempre omitió mencionar fueron tres detalles que resultaron fundamentales para el despegue de las sociedades china y vietnamita hacia la edad de la razón y al mundo de nuestros días:

 

·        El liderazgo histórico chino y vietnamita comprendió a tiempo que era imprescindible dar paso a las nuevas generaciones de revolucionarios, que pensaran acorde con los nuevos tiempos

 

·        El liderazgo histórico chino y vietnamita comprendió de una vez por todas que “Papá Estado” no puede resolver todos los problemas de la sociedad, y era necesario potenciar las fuerzas de la nación con la participación de productores privados y cooperativistas junto al Estado, y

 

·        El liderazgo histórico chino y vietnamita solamente se atrevió a comenzar las imprescindibles reformas que reclamaba a gritos la sociedad tras los funerales del fundador revolucionario en cada país.

 

¿De qué está hablando entonces “Granma”? ¿Realmente entrarle al problema “a camisa quitada”, como escribe su director, o de hacer como si de verdad se pretendiera resolver los problemas, pero cuidándose mucho de jugar solamente con la cadena, pero nunca con el mono?

 

¿Sugiere Granma realmente que sean los trabajadores y la población quienes tomen las decisiones que corresponden a los órganos de dirección?

 

¿Estará pensando Granma seriamente liberar los mecanismos del mercado en la economía cubana, aunque solamente fuera de manera limitada?

 

De lo contrario, habría que considerar que el órgano del partido comunista cubano no sabe lo que está diciendo.

 

Pero debería saberlo.