Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

La tenaza castro-chavista sobre Venezuela y Cuba

 

Los últimos días han demostrado, además del cinismo casi sin precedentes de las dictaduras cubana y venezolana, movimientos insólitos que, lejos de resolver los problemas que angustian a sus respectivos pueblos, los harán más difíciles todavía. Pero, ¿cuándo a una dictadura castro-comunista le han interesado verdaderamente los sufrimientos y agobios de sus propios pueblos?

 

En ambas naciones, como de costumbre, las decisiones trogloditas y las maniobras tremendamente contrarrevolucionarias que se llevan a cabo en estos tiempos por las camarillas que controlan el poder, se disfrazan con el manido lenguaje “revolucionario” de siempre, y se anuncian como el amanecer de nuevos futuros cada vez más brillantes y alentadores, aunque en realidad solamente podrían ser considerados como pasos al frente si se tiene en cuenta que ambas naciones, gracias a las miserables políticas de sus líderes de pacotilla, se encuentran al borde del precipicio, y los hipotéticos pasos hacia adelante solamente acelerarán el desastre.

 

Sería demasiado ingenuo creer que ocurren en una misma semana simplemente por casualidad tanto la celebración de “elecciones” para la Asamblea Constituyente y su casi inmediata instalación por la fuerza en el Palacio Legislativo de Caracas, desplazando a los diputados democráticamente electos en diciembre del 2015, así como el proceso de “perfeccionamiento” del trabajo privado en Cuba, que acaba de comenzar eliminando “definitivamente” una parte importante de categorías de las licencias para el trabajo por cuenta propia, y congelando otras “temporalmente”, al extremo de que han quedado vigentes ahora menos categorías que las inicialmente existentes cuando se aprobó el trabajo por cuenta propia en la era de Raúl Castro.

 

Como tantas veces ha insistido Cubanálisis-El Think-Tank en estos casos, en la casualidad pueden creer los enamorados, pero no los analistas políticos serios. Y cuando se dice “serios” se excluye a aquellos que en los últimos tiempos se presentan en la televisión y la radio de Miami en condición de “analistas”, aunque en realidad no puedan mostrar en su curriculum ni un solo análisis, ni siquiera de sangre o de orina, mucho menos de realidades políticas, económicas y sociales.

 

La ofensiva contra los pocos vestigios de democracia que quedaban en Venezuela, así como la arremetida del régimen cubano contra los limitados signos de prosperidad y progreso que mostraban los emprendedores cubanos tras varios años de intenso, dedicado e inteligente trabajo, no fueron organizadas a la carrera ni a última hora, sino forman parte de un plan muy bien diseñado en La Habana -las huestes incondicionales de Nicolás Maduro y sus narco-dirigentes no tienen coeficiente intelectual ni índice académico para eso- para consolidar ambas dictaduras y aferrarse al poder por todo el tiempo que sea posible.

 

¿Por qué las sorpresas?

 

Se sienten sorprendidos y frustrados quienes pensaron que, realmente, podrían establecer desde la oposición venezolana un gobierno “paralelo” o “alternativo”, capaz incluso de designar funcionarios judiciales y embajadores, funcionar con independencia del poder oficialmente establecido (aunque éste sea una brutal dictadura), y mantener activo un gobierno contestatario que rápidamente podría ser reconocido por poderes extranjeros serios y responsables, como si se tratara de un video-juego.

 

Igualmente sorprendidos quedaron aquellos “iluminados” que veían reformas y cambios en la actuación de vodevil económico de la dictadura cubana, e incluso llegaban a comparar a Raúl Castro con Deng Xiaoping, cuando al dictador cubano no solamente no le preocupa el color del gato, sino que no le interesa si caza ratones o no, porque su problema no es, como era el de Deng, la cacería de ratones, sino mantenerse en el poder, y nunca será mejorar la economía nacional o las condiciones de vida de los cubanos.

 

La intención del régimen neocastrista contra los privados es evidente y clarísima, y tiene a la vez un componente político y otro económico. Como no pueden, por decreto, lograr que las actividades estatales resulten más eficientes y efectivas que las privadas, entonces simplemente las reprimen hasta aplastarlas o eliminarlas totalmente. Sobre todo aquellas que le hacen competencia -y derrotan- al sector estatal en las esferas más sensibles de entrada de moneda fuerte, como en el caso del turismo controlado por los militares.

 

De manera que la dictadura inventa y pone trabas, retrancas, frenos, retrocesos, y todo lo que sea necesario para asfixiar a las actividades privadas más exitosas, como son los “paladares” (restaurantes), cafeterías, arrendamiento de habitaciones para turistas, y taxis privados, porque cada una de esas operaciones, en su campo de acción, resultan más eficientes, aceptadas por los clientes, y mayores generadoras de ingresos netos, que todas sus contrapartes estatales, totalmente estancadas y aplastadas por la abulia, la ineptitud, la corrupción y la burocracia.

 

Y simultáneamente con dificultar al máximo posible la actividad de los privados triunfadores, los corifeos y propagandistas del comunismo tropical castrista siguen proclamando como papagayos, cínicamente, incluso en sus documentos programáticos, la “superioridad” de la empresa estatal socialista, aunque durante un siglo de experimento comunista en el mundo -y casi seis décadas en Cuba- eso nunca haya sido realidad ni siquiera por un día.

 

Pero los llamados “expertos”, tanto en los temas cubanos como en los venezolanos, siguen aferrados a sus errores garrafales que, por otra parte, se asumían gratuitamente, porque desde que a finales del año 2015, en los últimos días de su mandato, la entonces saliente Asamblea Nacional venezolana, controlada todavía por los “bolivarianos”, designó a la carrera todas las vacantes pendientes en el Tribunal Supremo de Justicia, quedó claro que la intención de esa maniobra era -y así lo advertimos entonces en Cubanálisis- hacer inoperante la actuación de la entrante Asamblea opositora, tal como ha resultado, puesto que la Asamblea democráticamente electa nunca logró convertir en ley, como es su obligación y su derecho, ninguno de los acuerdos que tomó, pues todos fueron invalidados por el espurio Tribunal Supremo designado a la carrera, que ha terminado presidido, incluso, por un delincuente convicto por delitos comunes.

 

Los diputados opositores que constituyen la mayoría calificada de la Asamblea ni siquiera lograron pasar la ley de amnistía, reclamada por amplísimos sectores de la sociedad venezolana y muchísimos gobiernos y personalidades mundiales. Ni eso pudieron lograr debido a los frenos impuestos por el inmoral e ilegal Tribunal Supremo apresuradamente designado por la dictadura en Caracas. Así son las cosas en el Macondo venezolano, tan parecido al cubano.

 

Garrafal también, en este caso con relación a Cuba, querer ver un “reformista” en el dictador cubano de turno, ya que el propio Raúl Castro insistía una y otra vez en que su destino y su tarea no eran acabar con eso que en Cuba jocosamente llaman socialismo, sino “perfeccionarlo”, lo que se puede considerar que sería el equivalente a hacerlo más insoportable aún.

 

Si algo puede definir adecuadamente al general sin batallas es el pragmatismo, pero no para aplicar reformas económicas que mejorarían las condiciones de la economía nacional y el nivel de vida de los cubanos, sino pragmatismo para saber maquillar determinadas acciones administrativas que alivian ligeramente la presión de la olla a punto de estallar que constituye la economía castrista, y hacerlas parecer como medidas transformacionales que llevarían a la economía cubana a funcionar como en los casos de China o Vietnam. Y eso gracias también en buena medida a una prensa extranjera muy desinformada y corresponsales de agencias de prensa extranjeras ubicados en La Habana demasiado cuidadosos de su estatus para arriesgarse a investigar las cosas a fondo y describirlas cómo realmente son.

 

Por esas formas absurdas de pensar y analizar también quedaron en shock y deprimidos los lúcidos inventores de dos sofismas de moda en la “intelectualidad” que estudia la realidad cubana: el del surgimiento de una clase media entre los “cuentapropistas” cubanos, que llegarían a representar un reto y un peligro para el poder neocastrista; y el de la existencia de un supuesto sector “reformista” o “liberal” dentro de las estructuras del poder cubano, sector que estaría en contraposición a los así llamados ortodoxos o conservadores, que son encabezados por quienes son clasificados como “históricos”.

 

Con lo cual se demostraba una vez más la absoluta ignorancia de algunos “expertos” y “especialistas” sobre cómo funciona el poder en Cuba; algunos de los cuales solamente han visto a Cuba en fotografías, videos, o alguna película cubana, mientras otros han realizado un viaje de varios días a la isla, incluyendo La Habana Vieja, El Floridita, y tal vez Varadero, Trinidad, Viñales, o quizás algún que otro cayo de la costa norte o puntos de interés como Santiago de Cuba.

 

Todo eso mezclado con conversaciones con cubanos residentes en el país, intercaladas entre mojito y daiquirí, preguntas a algún que otro chofer de “almendrón” o jinetera de guardia, y tal vez alguna conversación más seria con algún “intelectual orgánico” del régimen -preferiblemente en un restaurant estatal, paladar o cafetería privada- o algún universitario cubano retirado que ahora tiene que ganarse la vida, porque su pensión no le alcanza para subsistir, como artesano, camarero, maletero de hotel, guía turístico, o cualquiera de esos tantos oficios que saben ejercer los cubanos con su innata creatividad, ya sean autorizados o no por “la legislación vigente”.

 

De manera que lo que perseguía el régimen no era solamente asunto de aplastar la competencia privada al sector estatal, sino también de dejar un mensaje muy claro: de reformas, nada. Ninguna en serio. ¡Atrincheramiento! Significativamente, el mismo mensaje que ha lanzado la pandilla venezolana en el poder en Caracas.

 

Las estadísticas y los desenlaces

 

Muchos venezolanos, cubanos, o personas de cualquier otra nacionalidad, insisten en que Nicolás Maduro ha cometido un gran error con la imposición forzada de la asamblea constituyente, y que su gobierno está en los estertores finales; que su gobierno no durará más que algunas semanas o, en el peor de los casos, unos pocos meses. Y uno de los argumentos más reiterados que expresan es que el apoyo de la población al actual gobierno venezolano no pasa del 10%, por lo que tendría el 90% en contra.

 

Lamentablemente, no necesariamente hay que compartir esa percepción, y no por una cuestión de deseos o de cifras estadísticas. Porque, en primer lugar, se trata de que la oposición que desarrollan los luchadores por la libertad y la democracia en Venezuela no es contra la pandilla de ladrones que gobierna en Caracas, sino contra el castrismo en La Habana. Maduro es solamente un pelele de la dictadura cubana y hará todo lo que se le ordene -para eso lo instalaron ahí- sin ni siquiera chistar, a la vez que continuará enviando hacia Cuba petróleo, recursos materiales y moneda fuerte, hasta desangrar totalmente a Venezuela, en aras de sostener a la metrópoli habanera, que a la vez lo sostiene a él y a su pandilla.

 

Y en La Habana -especialmente en La Rinconada- está muy claro que la caída de la dictadura venezolana podría ser un golpe demasiado duro para el castrismo, al menos mientras no hayan podido establecer un plan de contingencia confiable y efectivo, lo que en estos momentos no se ha logrado, no por falta de análisis estratégicos sino por falta de recursos suficientes para capear el temporal material y financiero actual y el que sin duda sobrevendría sobre la isla en caso de un colapso venezolano.

 

De manera que los luchadores por la democracia en Venezuela no tienen que enfrentarse solamente a una caterva de burdos represores, incultos y maleducados, encabezados por narcotraficantes y ladrones, sino a una estrategia de represión perfeccionada durante casi seis décadas por el castrismo en el poder, régimen que a su vez asimiló, incorporó y desarrolló mecanismos anteriormente creados por las tenebrosas KGB soviética y STASSI alemana. El enfrentamiento de los opositores democráticos venezolanos, en realidad, no es local, aunque todavía no todos se hayan dado cuenta, y por el camino que parece que van, si no logran reaccionar a tiempo, es muy posible que cuando finalmente lo comprendan ya sea demasiado tarde, si no es que ya en estos momentos el tren ha pasado sin recogerlos.

 

Por si esto solamente no bastara, y hablando de estadísticas y números, señalemos que podríamos concederle a Nicolás Maduro, a los efectos de analizar la situación, solamente un 15%, un 12%, un 10%, o hasta un 8% de apoyo, y eso no cambiaría demasiado el escenario. Algo que también debería haberse aprendido desde hace mucho tiempo a partir de la triste realidad dictatorial cubana, que ya dura 58 largos años.

 

Porque para que una dictadura totalitaria se mantenga en el poder nunca ha sido necesario que tenga apoyo mayoritario de la población: le ha bastado con disponer de un núcleo “duro”, una “masa crítica” suficiente para implantar el terror y someter a la población; entonces, ya la correlación de fuerzas no habría que calcularla entre personas a favor y en contra del gobierno, y mucho menos suponer que todos los que no están a favor están en contra.

 

No es así. La verdadera correlación habría que analizarla considerando los que están activamente a favor de la dictadura, los que están activamente en contra de la dictadura, y los que se mantienen pasivos y no participarán en los enfrentamientos entre ambos contendientes ni de un lado ni del otro, sean esos enfrentamientos pacíficos o violentos, aunque expresen públicamente su opinión y participen en alguna que otra manifestación en las calles.

 

Y con este criterio, vale preguntarse: ¿qué porcentaje de la población venezolana está activamente contra la dictadura de Nicolás Maduro y dispuesta a enfrentarse a esa tiranía, ya sea pacífica o violentamente? Es de suponer que no pueda responderse que se trata del 85%, el 88%, el 90% o hasta el 92%: eso sería el sueño de una noche de verano después de un extraordinario consumo de estupefacientes.

 

Entonces, dicho simplemente, esos cálculos de porcentajes no justifican la opinión tan optimista de que la dictadura venezolana pueda estar en sus últimos momentos. Súmese a eso que habría que preguntarse cuántos militares venezolanos con mando real de tropas, cañones, tanques o aviones estarían dispuestos a enfrentarse a la dictadura por la vía de una insubordinación militar decisiva. Sería de suponer que no deben ser demasiados, debido a los altísimos niveles de corrupción y enriquecimiento acelerado que han disfrutado los altos mandos militares -no la generalidad de los oficiales, sino solamente los altos mandos- como parte de la política de “ablandamiento” establecida desde tiempos de Hugo Chávez.

 

Los que resultaren “no confiables” ya deben estar desde hace mucho tiempo dentro de los expedientes de la contrainteligencia militar cubana, sea en condición de “objetivos”, “elementos de interés operativo”, “sospechosos”, “posibles enemigos” o cualquier otra siniestra clasificación, que les dificultará (o incluso impedirá) no solamente los ascensos reglamentarios y el acceso a cargos y jefaturas que impliquen tener tropas y armamento subordinados, sino incluso hasta una vida normal, ubicaciones accesibles, capacidad de descanso y recuperación de energías, cercanía de la familia, posibilidades de superación, y muchos de los beneficios de los que disfruta normalmente la oficialidad castrense en cualquier país del mundo.

 

La insubordinación que se produjo en la madrugada del domingo en el estado de Carabobo, aparentemente encabezada por un ex capitán de la guardia nacional, que en ningún caso constituyó un intento de golpe de estado, y que reclamaba simplemente el retorno a la constitución chavista aún en vigor y la celebración de elecciones libres, fue abortada rápidamente por fuerzas leales a la dictadura venezolana, que de inmediato comenzó a calificar a los insubordinados como “terroristas” y de los que puede esperarse que sean víctimas de una brutal represión “ejemplarizante”.

 

En este caso específico es de señalar el hecho de que cualquier actividad, de cualquier tipo, por parte de cualquier persona que no comulgue incondicionalmente con la brutal dictadura venezolana, es inmediatamente señalada como “terrorista”, que es la palabrita con la que continuamente acusa la pandilla de Caracas a quienes se le oponen. Y además sería bueno destacar, en este caso concreto, el escandaloso silencio del liderazgo de la oposición venezolana, que tras estar proclamando la necesidad de una participación de la fuerza armada en la solución del conflicto, cuando se produce un acto de esta naturaleza a lo más que ha llegado es a declarar que se trató de una sublevación, pero sin expresar ningún tipo de apoyo a los sublevados.

 

Todo lo anterior referido a Venezuela es muy fácil de comprobar. Basta mirar hacia La Habana sin los ojos cerrados y con ánimo de comprobar la realidad. Problemas de ese tipo no existen entre las fuerzas armadas cubanas, porque ya esas medidas “profilácticas” se aplicaron hace muchísimo tiempo. Y cuando se consideró necesario se aplicaron hasta los extremos, incluyendo el fusilamiento de un general héroe cubano y victorioso en Angola y Etiopía, así como el envío a prisión (y posterior muerte “natural”) del ministro del interior que durante treinta años fue el encargado, entre otras cosas además de la represión, el contrabando y el narcotráfico, de velar por la vida y la seguridad de Fidel Castro y sus principales secuaces.

 

Razonando comparativamente, ¿qué porcentaje de la población cubana apoya a la dictadura castrista? Imposible saberlo con exactitud, porque en Cuba nunca se realizan encuestas públicas imparciales y objetivas, sino solamente investigaciones operativas y secretas por parte de los aparatos de seguridad del régimen, así como algunos estudios de opinión, sesgados, a través del partido comunista. Sin embargo, los números exactos no significan demasiado para entender la realidad cubana.

 

Aparte de los tontos útiles y los agentes de influencia del régimen castrista en todo el mundo, cualquiera que conozca mínimamente la realidad cubana sabe perfectamente que los “cientos de miles” que desfilan durante cualquier celebración castrista en la Plaza de la Revolución en La Habana, no necesariamente apoyan al régimen, sino que funcionan a través de los mecanismos de la “doble moral” y la simulación para poder subsistir. De la misma manera que, normalmente, todos los acuerdos en todas las reuniones, desde los plenos del comité central del partido y las reuniones del “parlamento” hasta en las bases sindicales o en las cuadras de cada barrio, se toman, si no por “unanimidad”, al menos por una aplastante mayoría absoluta, no porque exista un apoyo irrestricto a la dictadura, sino porque esa es la imagen que se quiere proyectar, y los cubanos reaccionan a través de la doble moral y la simulación para defenderse. Ese es verdaderamente un ejemplo clarísimo de lo que significa, en la sociedad totalitaria, la simulación en la lucha por la vida.

 

Presiones y prisiones

 

Hay que ser obtuso para llegar a proclamar que todos esos cubanos desfilan “obligados”, como si fueran llevados a la Plaza encadenados o rodeados de guardias armados. No es así, porque eso sería imposible. Pero es cierto que mecanismos mucho más sutiles y discretos fuerzan a muchos a asistir, tales como los “compromisos de asistencia”, el “pase de lista” antes de partir hacia la Plaza o el lugar del espectáculo de turno, o la amenaza, nada abstracta, de retirarles los “estímulos” en caso de no asistir (pagos en moneda convertible, bolsitas con productos alimenticios y de aseo, como aceite, tal vez una lata de carne o pescado en conserva, jabón, desodorante, pasta de dientes…).

 

Entonces, a pesar de no tener el apoyo de la mayoría de la población, el régimen castrista ha logrado mantenerse en el poder por casi seis décadas, pasado por difíciles situaciones económicas y aislamiento internacional, y enfrentado la pérdida brusca de sus muchos patrocinadores extranjeros, siempre sometiendo a la población cubana a penurias y miserias innumerables, y al mismo tiempo reprimiendo a quien sea necesario reprimir, desde fusilando a mansalva en los años sesenta del siglo pasado, pasando por larguísimas condenas de cárcel en las más infrahumanas condiciones y lo más lejos posible de los lugares de residencia de los prisioneros, para dificultar las visitas familiares, hasta la “represión de baja intensidad” de la actualidad raulista, donde se combinan las golpizas con detenciones “express” y el posterior abandono de los detenidos en lugares muy inhóspitos y alejados de sus domicilios, el sistemático desprestigio mediático de los opositores, la invención de delitos comunes para condenarlos injustamente, y la negación de posibilidades de acceso al trabajo y, consiguientemente, a la subsistencia del opositor y su familia.

 

Y hay que decirlo, aunque resulte muy doloroso y no le guste a los tremendistas ni a los agoreros del Apocalipsis tropical: el régimen castrista en Cuba, a pesar de todas las crisis por la que transita, en estos momentos no se está desintegrando, y la oposición cubana no tiene demasiadas posibilidades de derrocarlo, al menos por ahora.

 

Lo mismo se podría decir del régimen venezolano. A pesar del creciente aislamiento por el que transita en estos tiempos, ni se está desmoronando ni la oposición tiene demasiadas posibilidades de derrocarlo, al menos por ahora. Ni será derribado protestando en las calles de Miami o gritando en la televisión, una realidad que ya casi todos los cubanos aprendimos hace mucho tiempo.

 

Estados Unidos y los demás

 

Estados Unidos, país que podría “resolver” la situación venezolana si se decidiera a actuar de manera radical, y hasta la cubana (aunque después de la crisis de los misiles de 1962 no ha tenido verdadero interés en hacer tal cosa), por muchísimas causas, y debido principalmente al peso y alcance que tienen los intereses económicos y comerciales sobre las decisiones de cualquier presidente en Washington, sea Demócrata o Republicano, no tiene interés en intervenir directamente, y mucho menos por la fuerza.

 

El asesor de seguridad nacional del Presidente de EEUU acaba de declarar en una entrevista televisiva transmitida el sábado 6 de agosto que su país no ve probable una intervención en Venezuela, añadiendo que “Creo que es importante para nosotros poner la responsabilidad de esta catástrofe en los hombros de Maduro, es él quien la ha causado y es él quien la perpetúa”. Traducción: olvídense de una intervención militar de EEUU para resolver un problema de los venezolanos. Es asunto de ellos, no de nosotros.

 

Así son las cosas, nos gusten o no. No hablemos de obligaciones morales ni de principios democráticos, ni de bla, bla, bla… Nada personal. Se trata, sencillamente, de realpolitik.

 

En estos momentos Washington no está interesado en que el precio del galón de gasolina en Estados Unidos pueda subir 25-30 centavos más, ni a que sus refinerías del Golfo de México, que procesan petróleo venezolano y elaboran mucha de la gasolina que se le vende a Venezuela, sufrieran distorsiones productivas y financieras en caso de una prohibición de importaciones de petróleo venezolano en este país, o de venta de gasolina al país suramericano. Por tanto, la opción de una intervención americana profunda en la realidad venezolana, aunque en política internacional nada es definitivo, parece descartada por el momento, tal y como lo señaló el asesor de seguridad nacional del presidente. Por lo que no tiene el más mínimo sentido la aseveración que ha hecho un iluminado venezolano en la televisión de Miami, de que en cualquier momento se podría ver a “todo el gobierno de Maduro”, ¡preso en la cubierta de un portaaviones!

 

Como también debería quedar descartada a largo plazo la presión que podrán ejercer tanto la Unión Europea como un grupo de naciones “hermanas” en América Latina que favorecen la democracia, aunque no se logren ni siquiera un consenso entre los 27 países en Bruselas, o una mínima victoria en alguna votación en la OEA condenando la barbarie venezolana. Será cuestión de tiempo para que ese jolgorio prodemocrático se enfríe entre los hielos del pragmatismo -y el oportunismo- de todas esas naciones, y otros temas ocupen los titulares de la prensa, sea Corea del Norte, Irán o quién sabe qué otro país.

 

Las únicas opciones realistas que van quedando, tanto para los opositores venezolanos como para los cubanos, tienen que transitar, necesariamente, por un profundísimo replanteamiento estratégico de la situación, identificar correctamente quién es el enemigo y dónde está, desechar definitivamente todas las estrategias anteriores fallidas, y asumir nuevos caminos de acción y comportamiento mirando hacia adelante y dejando por el camino no solamente todo lo que no ha funcionado, sino también a los que no hayan sido capaces de sumarse honestamente al carro de la oposición y pretendan hacerle el juego a la dictadura, tanto en Caracas como en La Habana.

 

Haber mordido la carnada lanzada desde La Habana en boca de Nicolás Maduro, para “retar” a los opositores venezolanos a participar en próximas elecciones de gobernadores y alcaldes, como lamentablemente parece que han hecho algunos opositores demasiado golosos y desesperados por ocupar algún cargo en cualquier cosa, es mal síntoma para la oposición. Aparentemente el primer goloso, que ya comenzó a meter cuñas en la madera de la oposición, ha sido alguien vinculado a la fracasada política tradicional venezolana, y que desde tiempos de Hugo Chávez ya coqueteaba con el poder “revolucionario” para tratar de encontrar su espacio bajo el sol bolivariano.

 

Pero no ha sido el único. No son nada halagüeñas las palabras del dictador venezolano el domingo 6 de agosto sobre este tema: “Yo saludo la decisión de los partidos políticos de la oposición de inscribir candidaturas para las elecciones de gobernadores. Ya lo hizo Acción Democrática, Avanzada Progresista, Un Nuevo Tiempo, Primero Justicia y Voluntad Popular. Todos han anunciado que van a inscribir candidatos. Las inscripciones se hacen esta semana, del 8 al 10 nosotros vamos a inscribir nuestros candidatos”.

 

Pretender hacer creer, tanto desde el oficialismo como desde la oposición, que podrían haber elecciones limpias y honestas organizadas por la dictadura venezolana, y avaladas por su depravado Consejo Nacional Electoral, es sencillamente insultar la inteligencia de los venezolanos y del mundo entero. Y si realmente todos esos partidos mencionados por Maduro se suman al aquelarre electoral de la dictadura, será sin dudas el canto funeral de estos cuatro heroicos meses de resistencia en las calles de la población venezolana, que habrá quedado abandonada, junto con sus más de cien muertos, por esos supuestos “líderes” opositores.

 

Mientras no se logren definiciones estratégicas fundamentales y se asegure una unidad de acción suficiente por parte de los opositores, se trate de los venezolanos o de los cubanos, lo que no supone necesariamente ni unanimidad ni un “frente único”, sino coordinaciones estratégicas entre quienes rechazan las dictaduras en su país, continuarían los jóvenes venezolanos poniendo los muertos en las calles de sus país y Nicolás Maduro reprimiendo cada vez con más intensidad en Venezuela.

 

Y los opositores cubanos, por su parte, continuarán viendo cómo diariamente se inventan causas penales contra ellos por delitos comunes, desde “desacato” hasta “atentado” o “evasión fiscal”, y con la complicidad de fiscales sometidos al régimen y de tribunales que existen para materializar la voluntad y soberbia de los represores, terminar teniendo que cumplir años de cárcel en condiciones repulsivas por delitos inventados y que nunca fueron cometidos.

 

Mientras, por otra parte, se mantendrán las infructuosas griterías en las calles (de Miami), muchísimas declaraciones tremendistas en la radio y televisión (de Miami), innumerables e inútiles “cartas abiertas” hasta al pipisigallo, denunciando esto, aquello o lo otro, y numerosísimas concentraciones (en restaurantes miamenses) para entre arepas y tamales denunciar a la dictadura venezolana y sus crímenes, como antes se hizo tantas veces entre croquetas y pastelitos de guayaba denunciando a la cubana, y se sigue haciendo todavía. Sin acabar de aprender que con esos pataleos de ahorcados en Miami no se pueden ganar batallas democráticas ni en Venezuela ni en Cuba.

 

Lamentablemente, mientras todo eso continúe sucediendo como hasta ahora y no se produzcan giros estratégicos fundamentales en los enfoques las acciones, la tenaza castro-chavista continuará apretando la garganta de los luchadores por la democracia tanto en Venezuela como en Cuba.

 

¿Y el resto del mundo que hará o que puede, o que le interesa hacer ante estas realidades?

 

Lamentablemente, nada. ¿Para qué?