Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

             Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

La metamorfosis: del “caso Payá” al “caso Carromero”

 

Naturalmente que no lo hicieron con esa intención, pero el balance de la infausta visita de Jens Aron Modig y Ángel Carromero a Cuba ha dejado hasta el momento los cadáveres de dos opositores, Oswaldo Payá y Harold Cepero, más un ciudadano español a merced de la “justicia” cubana, y un sueco absolutamente desmoralizado políticamente, al extremo de que no recuerda nada de nada que no fuera lo que convenía al gobierno cubano, y ni siquiera ha sido capaz, desde su comodidad escandinava en Estocolmo, de llamar por teléfono o enviarle un mensaje a la familia de Oswaldo Payá para darle el pésame. Al menos nada se sabe sobre eso públicamente.

 

Durante las cuatro semanas transcurridas desde el lamentable incidente en las cercanías de Bayamo hasta el momento, la manipulación del régimen ha ido acercando la sardina a su propia brasa cada vez más: no solamente los visitantes le hicieron involuntariamente “el favor” de facilitarle desembarazarse de un opositor que, aunque no era un verdadero peligro inmediato para la dictadura, gozaba de un bien merecido reconocimiento y prestigio internacional, sino que además ha podido presentar en su propaganda la imagen de Cuba como una cándida víctima de la injerencia de potencias extranjeras, que se entrometen en sus asuntos internos y pagan a “mercenarios” locales para desestabilizar a “la revolución”, cualquier cosa que esto signifique en estos momentos.

 

La posición de los españoles

 

Además, y no como daño colateral ni mucho menos precisamente, el hábil manejo de la situación por La Habana ha llevado al Partido Demócrata Cristiano sueco a auto-diluirse y borrarse del mapa -al menos en lo que a Cuba se refiere-, y al Partido Popular español a comportarse como un manso corderito frente a la dictadura, al extremo de que se dice en España, como si fuera un grandísimo triunfo, que “el entorno” de Carromero confía en que el conductor del auto, que también acumula un muy poco responsable historial de conducción en su país, podría ser expulsado de Cuba sin cumplimiento de sanción alguna por el involuntario homicidio. ¿Y los muertos cubanos? No, de eso ahora no se habla demasiado en “el entorno”.

 

Esos medios españoles citan como “precedente” la expulsión a comienzos de este año del empresario español Sebastián Martínez Ferraté, condenado a siete años de cárcel por corrupción de menores y proxenetismo, que estaba detenido desde julio del año 2010, arrestado por un documental sobre prostitución infantil en Cuba realizado dos años antes.

 

Además de que el sistema judicial en Cuba no tiene la más mínima independencia, en la jurisprudencia cubana no funcionan los “precedentes” como si se tratara de la Corte Suprema de EEUU. Esa expulsión de entonces puede muy bien haber sido un pequeño guiño del régimen al gobierno de Mariano Rajoy, que no habría por qué repetir ahora. Además, el señor Ángel Carromero no estaba filmando sobre prostitución infantil en Cuba, sino viajando y apoyando a un “contrarrevolucionario”, un “mercenario” según la terminología oficial. Parecería que los españoles desconocen que el régimen totalitario cubano tolera más fácilmente a un proxeneta, una jinetera, un malversador, un corrupto o un drogadicto, que a un opositor.

 

No puede saberse en estos mismos instantes si ese aparente optimismo español se debe a informaciones concretas que le permitan a Madrid poder pensar de esa manera, o si es producto de la clásica ingenuidad de suponer -olvidándose graciosamente del verdadero precedente, que es el del norteamericano Alan Gross- que se puede lidiar con el régimen cubano como si fuera un gobierno decente y cumplidor de las normas universalmente aceptadas para las relaciones entre países civilizados.

 

Considerar que el desenlace del actual escenario se producirá tras un juicio transparente y absolutamente imparcial y sin motivaciones políticas, es como escribir sinceramente una carta a Los Reyes Magos y dejarles hierba junto al sofá de la sala de casa, para que sus camellos se alimenten en la noche del cinco de enero, cuando los Magos nos visiten para dejarnos los regalos que pedimos.

 

La ingenuidad -estoy queriendo suponer que se trata de candidez y que no sea maldad- ha llevado a algunos españoles que se llaman a sí mismos periodistas hasta a escribir, sin ni siquiera sonrojarse, que Ángel Carromero está en una celda “tipo apartamento” que comparte con otro detenido, y que ni siquiera tiene que ir al comedor junto a los otros reclusos porque le traen la comida a dicha celda. ¡Servicio de lujo! ¡Maravilloso! ¡Verdadera alfombra roja! Un poco más y dirían que está alojado en una celda cinco estrellas en el Hotel Meliá Cien y Aldabó.

 

En cuatro semanas, lo que fue, es, y debería seguir siendo el “caso Payá”, poco a poco se ha transformado en el “caso Carromero”: ni al gobierno español ni al sueco les interesa en estos momentos si la muerte de los opositores cubanos fue producto de un lamentable accidente o de una acción inducida por sicarios del régimen, como sospechan muchos, aunque hasta el momento no se haya podido demostrar nada, sino solamente intuir.

 

La familia de Oswaldo Payá, que se ha mantenido dignamente firme y sin asustarse ante el terror y la brutalidad de la tiranía, reclamando una investigación independiente sobre el hecho, cada vez recibe menos atención en esa “gran prensa”, que sigue despistada y en la bobería de las especulaciones y los ojalás. De la familia de Harold Cepero ni se habla, ni tampoco se habló mucho desde el primer momento.

 

The Washington Post

 

Un editorial del diario The Washington Post del domingo 19 de agosto, señalaba dudas sobre la versión oficial ofrecida por el régimen, al destacar que

 

los dos sobrevivientes fueron interrogados extensamente por el aparato de seguridad del Estado cubano”,

 

y consideraba lo evidente: que ellos

 

podrían no sentirse cómodos revelando lo que sucedió, mientras el Sr. Carromero permanezca en una cárcel cubana”.

 

El diario de la capital norteamericana hacía referencia a un mensaje de texto recibido desde España por la familia de Oswaldo Payá en La Habana el día 22 de julio, fecha del siniestro que costó la vida al destacado opositor y a Harold Cepero. El o los remitentes de dicho mensaje, desconociendo que Payá viajaba en ese auto, preguntaban sobre informes recibidos en España de que el auto rentado en que viajaban Carromero y Modig había sido

 

         “golpeado con fuerza y empujado fuera de la carretera”.

 

Ese mensaje y el estado en que quedó el auto tras el impacto, hacen pensar al Washington Post en la conveniencia de una investigación independiente:

 

“Los dos sobrevivientes (Ángel Carromero y Aron Modig) tendrían en algún momento algo más que decir, y hemos conocido que existen otros mensajes de texto de la escena del accidente. Pensamos que una investigación externa podría arrojar luz sobre si un Estado vengativo apagó la antorcha inspiradora del Sr. Payá”.

 

De cualquier forma, sigue resultando demasiado complicado imaginar como podría un accidente inducido por cualquier fuerza maligna provocar como resultado, precisamente, la conveniente muerte de los dos pasajeros del asiento trasero, mientras que los dos de los asientos delanteros salen del incidente con lesiones leves solamente.

 

Lo que llevaría a preguntarse -y se trata de algo que no le restaría maldad a la acción ni podría ni tendría que ser un atenuante en ningún caso- si lo que realmente se pretendía golpeando el carro en que viajaba Payá no era necesariamente que él y Harold Cepero perdieran la vida, algo casi imposible de asegurar dada la distribución de los pasajeros en el auto, sino tal vez sacarlos de la vía, para asustar de tal manera a los pasajeros, incluidos los acompañantes europeos, que se malograra la misión, no se continuara, o se saliera de ella como fuera, a la carrera y sin demasiada efectividad.

 

No podemos saber en estos momentos cuál es la verdadera historia. La versión oficial puede ponerse en duda si se produjeron llamadas o mensajes de texto, como se dice, aunque todavía no se conocen. ¿Por qué hay tantos mudos en Europa hasta ahora? Esos mensajes de texto, o esas llamadas telefónicas que se dice que se hicieron por los europeos hacia Europa momentos antes o después del accidente, haya sido casual o inducido, pueden explicar muchas cosas, y deben existir registros de esas comunicaciones. ¿Quién los tiene? ¿Por qué no han salido a la luz pública? ¿Será que en realidad no existen? ¿Quién puede tener interés en que no sean del conocimiento público? ¿Qué problema podrían representar, y para quién, si se hicieran públicas tales comunicaciones? Muchas preguntas, pocas respuestas.

 

La posición de los suecos

 

La seguridad y libertad de sus súbditos tiene prioridad para los gobiernos español y sueco sobre poder conocer la verdad sobre las causas de la muerte de dos opositores cubanos, como si se conformaran definitivamente con la versión oficial que ofreció el régimen, aunque fuera porque sienten que en estos momentos no pueden hacer demasiado ante las maquinaciones del aparato de seguridad castrista. Y en cierto sentido, aunque parezca cínico este aserto, es un comportamiento lógico desde el punto de vista sueco y español: puro pragmatismo, realpolitik. Ante estos intereses, ¿qué importan, a última hora, dos cubanos indios con levita fallecidos?

 

Quienes podrían esclarecer estos hechos, que son los dos supervivientes, han guardado hasta ahora, y seguirán guardando, sepulcral silencio: el español por encontrarse tras las rejas -no tan cómodo como creen algunos periodistas de pacotilla españoles- y en peligro inmediato de ser sentenciado, y el sueco, por repentinamente padecer una supuesta y conveniente amnesia selectiva, dícese que por proteger a su colega español en desgracia, o tal vez por instrucciones de su partido democristiano sueco, pero probablemente por muchas otras razones que todavía en estos momentos no podemos conocer.

 

Al producirse el fatal incidente todos suponíamos que cuando los sobrevivientes hablaran se podrían conocer mejor las cosas. Entendíamos perfectamente que mientras estuvieran en territorio cubano deberían ser relativamente discretos en todas sus declaraciones, pero todos pensamos, razonablemente, que cuando Jens Aron Modig pudiera salir de Cuba se conocerían muchas cosas: el gobierno cubano no parecía dispuesto a acusarlo, al ser él también un pasajero que no estaba al volante, y no tenía sentido retenerlo en Cuba como “testigo” después de haber dejado firmada la correspondiente e imprescincible declaración inculpatoria, -y nadie dude que la firmó.

 

El interrogatorio de Jens Aron Modig

 

Sin embargo, lo único que verdaderamente ha podido conocerse a través de la conducta del súbdito sueco es el extraordinario poder de “convencimiento” y “persuasión” de los segurosos, oficiales de Investigación Judicial y Criminalística, que lo “alojaron” en una habitación sin ventanas en una casa de seguridad y “conversaron” con él durante cinco días, al extremo que cuando se presentó en la conferencia de prensa organizada por el régimen en el Centro Internacional de Prensa, después de disculparse tímidamente por haber querido ser solidario con los luchadores pacíficos cubanos pro-democracia, dijo haberle entregado a Payá cuatro mil euros y haberle explicado el objetivo de su viaje, que habría sido “asesorarlo” para crear una organización juvenil del Movimiento Cristiano Liberación (lo que Rosa María, la hija de Oswaldo Payá, niega rotundamente), muy poco le faltó para casi gritar “Viva Raúl Castro” o “Libertad para los Cinco”.

 

Quienes piensan que los órganos de la seguridad del estado en Cuba son émulos de los mamarrachos rompehuesos que pueda haber en esas funciones en países como Haití o Guatemala, no tienen la menor idea de cómo son las cosas en la Isla. Y eso queda claro no por revelaciones sensacionalistas ni “denuncias” de agentes supersecretos, sino con las mismas palabras del señor Aron Modig.

 

Primero, estando en Bayamo, y tras haber sido interrogado por la policía local de la provincia Granma, y posteriormente haber conversado y cenado en un hotel de la ciudad con la embajadora sueca en La Habana -apuesten tranquilamente a que la conversación fue grabada por “el aparato”-, fue trasladado a un avión entre dos fornidos acompañantes que no deben haberle rozado ni con el pétalo de una rosa, pero que le deben haber convencido, de solo mirarles, que no dudarían ni un instante en convertirlo en picadillo de soya si fuera necesario. Y entonces fue que se dio cuenta que ni su embajadora, ni nadie, sabían dónde estaba él ni a dónde lo llevaban, y eso, como él mismo reconoció, era algo muy peligroso en una dictadura. En ese momento, ya había comenzado la presión de verdad.

 

Una vez en La Habana, y sin poder ver hacia dónde se dirigían en un vehículo estatal, pero sin chapa oficial ni identificación de ningún tipo en su exterior, llegó a esa casa de seguridad a que lo llevaron, y que también puede apostarse que no está ni en El Cerro ni en Guanabacoa, ni en ningún vecindario obrero, donde estuvo retenido en esa habitación sin ventanas que él mismo describió, con solamente una cama, para ser interrogado durante cinco días, pero cuestionado sobre el por qué de su viaje a Cuba y lo que hizo desde que llegó, y sus relaciones con Payá, y no sobre el accidente cerca de Bayamo, que ya en esos momentos no interesaba para nada a los oficiales de “la seguridad” encargados de “ablandarlo”.

 

En la habitación donde estaba retenido no podía ni siquiera afeitarse, y no por casualidad: el deterioro de la imagen física del detenido es un elemento que se utiliza siempre a favor de los interrogadores, pues la autoestima del prisionero se va reduciendo en la medida que su imagen personal se deteriora.

 

No sabemos si la temperatura del aire acondicionado en esa habitación sin ventanas se mantenía estable, o si se modificaba bruscamente cada cierto tiempo, para provocar más frío o más calor, como parte del proceso de reblandecimiento del detenido, o si no había aire acondicionado en esa habitación, que entonces resultaría muy calurosa, y después se pasaba al frío del aire acondicionado en los locales de los interrogadores, también sin ventanas, naturalmente.

 

Lo que si tiene que estar claro es que cada vez que terminaba una sesión de interrogatorio el detenido quedaba en el aplastante silencio de esa habitación donde le sobraba el tiempo para hacerse demasiadas preguntas a sí mismo, pero donde seguramente no abundarían sus propias respuestas, entre el desconcierto, la incertidumbre y el temor.

 

Y si le permitieron ver una vez y por unos momentos a una representación de su embajada no fue para que se sintiera más seguro sino, todo lo contrario, para que se diera perfecta cuenta de su total indefensión bajo las garras del régimen.

 

Es una verdadera pena que extranjeros castristas abiertamente declarados, como son los españoles Cayo Lara y Willy Toledo, norteamericanos como Sean Penn y Danny Glover o los Pastores por la Paz, europeos como Ignacio Ramonet y Gianni Miná, latinoamericanos como los argentinos Atilio Borón y Hebe de Bonafini, o cualquier idiota de los Comités de Solidaridad con “Los Cinco”, a los efectos de que pudieran tener una imagen mas cercana de la realidad cubana, no puedan disfrutar por unos días de ese “turismo cordial” a que fue sometido Jens Aron Modig en La Habana, o el que disfruta en una celda, dicen algunos que “tipo apartamento”, Ángel Carromero en 100 y Aldabó, ese lugar donde “hasta Supermán llora”.

 

¿Fue interrogado de día o de noche el ciudadano sueco? ¿O a cualquier hora, o a todas horas? ¿Cómo saberlo? Está claro que los “muchachos” de la seguridad cubana no tienen muchos hábitos de trabajar de 9 a 5, como cualquier hijo de vecino o burócrata de oficina del poder popular municipal. Según el señor Modig, en ocasiones los interrogatorios duraban “horas”, y en otras quince minutos. Habría que ser demasiado ingenuo para creer que esto sucedía por casualidad, desorganización, o por problemas de agenda, y no para descompensarlo psicológicamente.

 

Pensar que el detenido podría orientarse a sí mismo porque pudo mantener su reloj en su muñeca, o porque se basaba en el desayuno, almuerzo y cena para orientarse, sigue el mismo trazado de ingenuidad de tantas otras cosas en esta historia.

 

Lo más sencillo en estos procedimientos es modificar aviesamente los horarios regulares de alimentación -hoy acercar mucho el desayuno y el almuerzo, quizás con dos horas de separación, y alejar bastante la cena, tal vez hasta diez o doce horas o más, y después mañana acercar la cena nocturna y el desayuno del día siguiente, y demorar al máximo el almuerzo.

 

Todo eso sucediendo en una habitación sin ventanas y, por lo tanto, sin ninguna referencia visual exterior para saber siquiera si es de día o de noche, para que el detenido vaya perdiendo el sentido de orientación, del espacio y del tiempo, y con ello perdiendo solidez y confianza, para que se derrumbe poco a poco. No es necesario darle ni un solo galletazo.

 

No importa si se trata de un preso de los llamados “duros” o de una persona que pueda ser considerada “normal”, mucho más si se trata de un joven político sueco acostumbrado a vivir en un Estado de derecho y en el respeto a las leyes y al comportamiento democrático, como tampoco importa si se trata de un detenido que sea inocente o culpable de lo que se le pretende acusar: porque después de las necesarias sesiones de “trabajo” el detenido será capaz de aceptar casi cualquier cosa que diga el instructor, con la esperanza desesperada de que el cautiverio termine.

 

Y si algo está claro y comprobado es que en La Habana no se produce el síndrome de Estocolmo, esa extraña situación donde el rehén termina simpatizando con el carcelero.

 

¿Qué fue lo primero que los interrogadores dijeron al detenido sueco cuando ya estaban casi en los finales de las sesiones, y el detenido lo sabía? Que habría una conferencia de prensa y que tenía que estar presentable y afeitado Entonces, ¿cómo estaría este señor en ese momento? Sin dudas, ni presentable ni afeitado ¿Cuántas veces lo dejaron bañarse durante esos cinco días? ¿Diariamente? Difícil, suponiendo que él lo deseara.

 

Afortunadamente, no he leído nada todavía de algún iluso periodista sueco que haya pensado que esa habitación que constituía la residencia forzada de Jens Aron Modig se parecería a alguna de las 201 habitaciones del Nobis Hotel, en la calle Norrmalmstorg, de Estocolmo, ni que haya dicho pérfidamente que el ciudadano sueco estaba detenido en La Habana en una reclusión “tipo apartamento”.

 

Cuando los interrogadores a cargo del expediente decidieron que el detenido ya estaba en condiciones de ser  llevado a la conferencia de prensa, era algo absolutamente seguro que ya estaba convenientemente “adobado”, tras cinco días de preparación, y que solamente diría lo que se quería y hacía falta que dijera y que ya le habían inducido durante todo ese tiempo, Lo que, además, y casualmente, estaría en línea con el video que también se presentaría del señor Ángel Carromero, declarando ambos exactamente casi lo mismo que la versión oficial del régimen, que ya había sido hecha pública anteriormente.

 

La posición del régimen

 

En conclusión: un par de injerencistas extranjeros reconocían públicamente, uno a través de un video por televisión, y el otro en vivo en conferencia de prensa, sus terribles y gravísimos pecados políticos: uno de ellos aceptaba su irresponsabilidad absoluta al timón de un vehículo alquilado, manejando a exceso de velocidad por una carretera que no conocía para nada, mientras que el otro provocador, después de entregar dinero e instrucciones a mercenarios del patio, dormía convenientemente para no poder acordarse de nada. Y de los fallecidos, como se dice en Cuba, “si te he visto no me acuerdo”.

 

A partir de ese momento, corre-corres en Madrid y Estocolmo, y mientras cables cifrados van y vienen, para tratar de desfacer los entuertos que se han creado, aparecen, sin nunca haberse diagnosticado anteriormente, ni aparentemente haber ninguna razón clínica para ello, agudas y demasiado convenientes amnesias selectivas para unos, a la vez que muy desastrosos historiales de tránsito para otros.

 

Nada de ese teje-maneje puede devolver la vida a Oswaldo Payá ni a Harold Cepero, pero parece que se pretende que pueda devolver la tranquilidad y la calma -tal vez- a Sus Eminencias Políticas democristianas y “populares” en la vieja Europa. No será lo más moral, que conste, pero sin dudas que es mucho más confortable.

 

Ya el régimen ha logrado metamorfosear lo que debía haber sido “el caso Payá”, con gran escándalo político internacional en su contra incluido, en lo que va siendo “el caso Carromero”, que bien puede resultar en más bochorno que razón para los europeos, y que ya en estos momentos simplemente se reduce al de un conductor irresponsable a punto de perder su permiso de conducir en España, que entra en Cuba con visa de turista para realizar actividades políticas “ilegales”, y que maneja a exceso de velocidad un auto alquilado, por una carretera que no conoce, en un país que no conoce, y que hace caso omiso de las señales de tránsito a lo largo del trayecto.

 

La defensa del español está a cargo de dos abogadas cubanas que cuentan con la colaboración extraoficial de un abogado español, pues las leyes cubanas no permiten ejercer en el país a abogados extranjeros. No podrán hacer mucho, ninguno de los tres. Tarea demasiado fácil para los fiscales en un país como Cuba.

 

Mientras tanto, lo más “radical” que ha dicho hasta ahora el amnésico líder juvenil sueco Jens Aron Modig sobre el tema, desde la comodidad del verano en la bella Estocolmo, fue lo siguiente:

 

Fui allí con el debido respeto, a contribuir a una Cuba libre, pero fui detenido e interrogado. Los cubanos son tratados así todos los días”.

 

No explicó como se puede ir “con el debido respeto” a hacer cosas que el gobierno de la Isla no permite que se hagan y las considera ilegales, pero al menos su peculiar amnesia selectiva le permitió recordarse de algo demasiado evidente -el día a día represivo para los cubanos- como para no mencionarlo, aunque fuera con temor.

 

Lo que se puede esperar

 

¿Cómo terminará todo después del 31 de agosto, cuando comience en Bayamo el juicio contra Ángel Carromero, por homicidio involuntario? Normalmente en Cuba un juicio no dura demasiado tiempo. En menos de una semana se condenó a muerte en la Causa Número Uno de 1989 a un general héroe de la República y varios oficiales más. En el 2003, en un juicio sumarísimo, se condenó a muerte y se ejecutó la sentencia en pocos días contra tres jóvenes de la raza negra que no habían cometido ningún hecho de sangre, para dar “un escarmiento”.

 

A pesar de toda la algarabía propagandística del régimen, los detenidos en Cuba que son llevados ante los tribunales, sea por delitos políticos o comunes, no tienen ni un mínimo porciento de las garantías y facilidades de que han disfrutado en todo momento en los Estados Unidos los cinco espías convictos de la “Red Avispa” al servicio del castrismo, que el régimen pretende decir que no son más que humildes y muy pacíficos “luchadores antiterroristas”.

 

Los juicios que duran varias semanas o meses quedan para los países donde impera el Estado de derecho, o para los seriales de la televisión americana, pero no tienen nada que ver con la realidad cubana. Así que el juicio de Ángel Carromero no debe durar más de una semana, aun en el más extenso de los escenarios posibles, y la deliberación del tribunal no durará demasiado, porque ya la sentencia está dictada de antemano. Por lo que dentro de poco ya veremos, porque ya sabremos.

 

Para que no haya ilusiones vanas, hay que tener claro que la única posibilidad de Ángel Carromero de salir en libertad o expulsado hacia España dependerá de la evaluación de la “situación operativa” que haga el régimen. Si considera que no hay peligro o algún tipo de situación inconveniente para el régimen si el español saliera de Cuba, podrá salir, pero si considera que no sería conveniente que salga, por cualquier razón, análisis, interés o pronóstico, entonces estará “en el tanque” todo el tiempo que sea necesario. Y esto no será por nada personal: simplemente, asunto de negocios.

 

Así que, si pretendemos poder saber muchos más detalles sobre el infausto incidente cuando Ángel Carromero ya esté fuera de Cuba, podría ser algo que logremos dentro de muy poco, pero también podría ser algo que demorará bastante, pues todo depende de la “apreciación de la situación” que elabore el régimen cubano sobre los posibles escenarios relacionados con este tema. Y, si no pudiera salir rápidamente, ¿podremos conocer algo más sobre los hechos, o seguiremos en la amnesia selectiva?

 

Más tarde o más temprano, como quiera que sea, las cosas se irán sabiendo, y todos esos agujeros negros de los mensajes de texto, las amnesias, el famoso “Lada rojo” del que se habla pero no se ha podido evidenciar, las eventuales contradicciones entre las actas policiales iniciales y la versión de los médicos, ambas en Bayamo, con la versión oficial hecha pública por el régimen posteriormente, permitirán ir desentrañando las nebulosas y conociendo la verdad.

 

Como señala el editorial de The Washington Post que clama por una investigación independiente sobre el hecho,

 

la sugerencia en el mensaje de texto de que el carro fue forzado a salirse de la carretera es suficiente para poner en duda la versión oficial”.

 

Ojalá que, cuando todo se pueda saber, nunca sea necesario para alguno de nosotros, o para muchos, escribir una crónica que lleve por título “¿De qué le sirvió a Europa tanto cobarde silencio?”.

 

Ojalá que yo esté total y absolutamente equivocado, y aunque ya Cuba perdió a Oswaldo Payá y Harold Cepero, lo que no puede revertirse, ojalá que las cosas terminen de manera favorable a la democracia y la libertad de todos los cubanos, a la verdad y la razón, a la justicia y la integridad moral de los seres humanos.

 

Ojalá.

 

Porque de lo contrario, los gobiernos sueco y español pasarán por un tamiz moral que no se le debería desear ni al peor de nuestros enemigos, porque podrían terminar siendo, aun si fuera involuntariamente, por haber adoptado estrategias timoratas o asustadizas frente a la dictadura cubana, los muy cobardes cómplices de un crimen sin castigo.

 

Sin castigo, al menos por ahora. Lo que no significa que será así definitivamente.