Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

  

 

           Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

La “imposible” reelección del Presidente Obama

 

Una parte de los votantes de Estados Unidos está traumatizada. Y entre los que más lo están, y más fuertemente, aparecen los cubanos del sur de La Florida que “sabían” que era imposible que Barack Obama pudiera ganar la reelección. Y lo “sabían” porque muchos “analistas” y “estrategas” cubanos lo decían diariamente en radio, televisión y la prensa escrita y digital, además de en la Calle Ocho y donde quisieran oírlos. Y hasta donde no quisieran oírlos. Además, eso era exactamente lo mismo que “sabían” millones de “estrategas” políticos y norteamericanos de a pie en todo el país.

 

Los cubanos que están en esa situación de shock no deben preocuparse más de lo necesario: el gobernador Mitt Romney también pensaba igual que ellos, al extremo que ni por la más elemental precaución de liderazgo tenía previsto qué decir en caso de que el resultado de las urnas le resultara adverso y tuviera que reconocer su derrota, eso que los americanos llaman “to concede”. Suponer que cualquier cosa que dijera en ese caso sería igual no es ni serio ni cierto. Y ya a estas alturas se está señalando abiertamente que el sistema de encuestas llevadas a cabo por el Partido Republicano para su propio uso resultó desastroso, pues en diversas ocasiones se basó en técnicas de muestreo que reflejaban universos no reales de votantes, lo que terminaba distorsionando los resultados y proyectando escenarios completamente irreales.

 

¿Cuántos exactamente están traumatizados en todo el país, y cuántos entre los cubanos en particular? Imposible saberlo en las primeras setenta y dos horas posteriores a las elecciones. Sabíamos que más o menos el 48% de los votantes había optado, con todo su derecho, por el candidato Mitt Romney en las recién concluidas elecciones presidenciales, pero hasta el sábado había que decir “más o menos 48%”. Porque fue entonces, y en ningún momento antes, que la República Bananera conocida como el Estado de La Florida, que incluye al condado Miami-Dade, terminó de contar los votos en el Estado -los otros 49 Estados terminaron muchísimo antes, incluidos New York y New Jersey, brutalmente golpeados por el huracán Sandy-, y entonces se pudo disponer de los totales y de las cifras exactas de la votación en todo el país, aunque esos números ya no podrían cambiar los resultados de la elección. Una demora más o menos como si Florida fuera una provincia de Zimbabwe o un alejado municipio de los Andes ecuatorianos.

 

En Miami-Dade hubo enormes colas para la votación, tanto durante la llamada votación anticipada como el mismo día de las elecciones, y hubo votantes que debieron estar en fila durante tres, cuatro y hasta seis horas para ejercer su derecho al voto. A las 11:20 PM del día de las elecciones la cadena televisiva CNN proyectaba a Barack Obama como el candidato ganador, y tras ella todas las demás, y después todo el planeta, y a las 12:55 de la madrugada Mitt Romney reconocía públicamente su derrota, pero en Miami-Dade se estuvo votando hasta la 1 y 30 de la madrugada. Muy bueno por lo que representa en lo de respetar el derecho al voto de cada persona, pero un desastre desde el punto de vista organizativo y de funcionamiento. Escandaloso. Indignante. Bochornoso.

 

Desde la votación anticipada, y muy temprano el día de las elecciones, se sabía que había dificultades en Miami-Dade para votar, pero ¿qué hicieron los que reciben un jugoso salario en el gobierno local -gracias a los impuestos que pagamos- para evitar y resolver esos problemas? Nada. Absolutamente nada. Si algo así sucede en Cuba se dice, con toda razón, que eso es un vulgar inmovilismo, porque aunque se vean los problemas no se hace nada por resolverlos.

 

¿Cómo se llama ese mismo fenómeno cuando ocurre en algún lugar de Miami? ¡Quien sabe! El alcalde del condado declaró con extrema indulgencia: “Hay que poner las cosas en su contexto (…) creo que existen diferentes problemas operacionales en esos colegios electorales”, y la Supervisora de Elecciones del condado, que el año pasado devengó un total de $194,753 entre salario y beneficios, considerándose muy por encima del resto de los simples mortales, dijo a la prensa, haciendo caso omiso de todas las dificultades que se señalaban: “En general, pienso que el Condado Miami-Dade llevó a cabo una elección excelente” [sic]. Un comisionado condal (concejal) evaluó la situación con eufemismo miamense: “La democracia está vivita y coleando, y funcionó, funcionó muy bien (…) el sistema se puso un poco, eh, difícil en algunos momentos”.

 

Así que, en resumen, y sin que ninguno de los funcionarios ni siquiera se sonrojen cuando hablan, existen diferentes problemas operacionales, y aunque el sistema se puso un poco, eh, difícil en algunos momentos, se puede concluir que en el Condado Miami-Dade se llevó a cabo una elección excelente. No, no, esto no sucedía en la Cuba de los Castro, ni en la Venezuela de Hugo Chávez, ni tampoco en la Bolivia de Evo Morales o la Nicaragua de Daniel Ortega. No señor, no, sucedía en Miami-Dade, Florida, Estados Unidos de América. ¡Ni el genio literario de Gabriel García Márquez hubiera podido concebir un Macondo más exquisito y perfecto dentro de la potencia más poderosa del mundo!

 

Pero no nos confundamos: nuestro objetivo aquí no es analizar la forma en que funcionan algunas desastrosas administraciones en el sur de La Florida y en el Estado bananero en general, así que será mejor que pasemos a lo que nos corresponde. El objetivo tampoco es analizar los vaivenes y vericuetos de la política electoral norteamericana y sus resultados per se. Sobran “expertos”, “estrategas” y “activistas” en esos asuntos, algunos de ellos cubanos. Cuando nos acercamos a ese tema en Cubanálisis-El Think-Tank es con el objetivo de analizar sus repercusiones en el tema cubano, que es lo que vamos a acometer ahora.

 

Cuando decimos que hay muchos cubanos en Estados Unidos -así como norteamericanos-  fuertemente traumatizados con los resultados de las elecciones presidenciales de este 2012, no pensamos que sea porque son tontos ni mucho menos. No puede ser que en la nación más poderosa del planeta el 48.66% de su población en general sea tonta simplemente porque haya votado por el candidato que no logró ganar.

 

La causa del desacierto debe verse en algo muy sencillo y que no resulta para nada sofisticado: la confusión y enredo con los instrumentos y los procedimientos que se utilizaron para recolectar información para predecir los resultados. Algo así como pretender jugar futbol con un bate de béisbol, construir casas con la experiencia de un manager de una farmacia, o tocar una guaracha de Ñico Saquito con arpa y violoncello. Veamos.

 

Aunque a muchos les encanta llamarse a sí mismos “analistas” de cualquier cosa, desde terrorismo hasta estrategias electorales, pasando por el tema cubano, las células madre, las posibilidades de vida extraterrestre más allá del sistema solar, y la globalización, no basta con desearlo. El análisis es una actividad absolutamente racional, en la que está comprobado que participa de forma preponderante el hemisferio cerebral izquierdo. Por lo tanto, se requiere de la mente, del pensamiento, del cerebro, de un proceso lógico totalmente ajeno a emociones, deseos, esperanzas, ilusiones e intereses. Se requiere de eso que se llama “frialdad analítica”. Las computadoras ayudan a procesar información, pero no pueden tomar decisiones por los “analistas” de pacotilla.

 

Consiguientemente, los “análisis” que se hacen con el corazón en la mano, basados en “el dolor de los cubanos en el exilio”, recordando a “los fusilados”, o a “las tantas familias separadas por la dictadura”, o a “los balseros ahogados en el Estrecho de La Florida”, o similares variantes aplicadas a la política interna estadounidense, no tienen muchas posibilidades de acierto, ni aun cuando se pretenden conocer los posibles resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, como tampoco si se pretende sacar conclusiones apropiadas de las realidades cubanas y sus posibles escenarios futuros.

 

En Cubanálisis-El Think-Tank no somos adivinos o infalibles, ni mucho menos. Nunca lo hemos sido, ni pretendemos serlo. Sin embargo, tratamos siempre de mantener la frialdad analítica en el momento de enfrentar el examen de una problemática que estemos viendo, cualquiera que sea. Y nunca nos preocupa demasiado si las conclusiones a las que nos vamos acercando son las que más nos gustarían, las que suenan más agradables en nuestros oídos o en quienes nos puedan leer, o las que nos asegurarían una invitación a tomarnos un café o una cerveza. En otras palabras, intentamos dejar los sentimientos y el corazón a buen recaudo y guardados aparte, para que no influyan en el desarrollo de la lógica analítica.

 

El 10 de noviembre del 2008, cuando comenzaba otro trauma masivo para muchos cubanos en el sur de La Florida tras las elecciones presidenciales en Estados Unidos, entre ellos algunos cubanos que no eran capaces de aceptar a “un negro” en la presidencia de la nación más poderosa del mundo, en un trabajo titulado “Barack Hussein Obama, el presidente “imposible”, Cubanálisis-El Think Tank señalaba lo siguiente, tratando de mantener el máximo de frialdad analítica y rigor:

 

La democracia norteamericana acaba de mostrar una vez más su extraordinaria vitalidad y capacidad de superarse a sí misma. Si Barack Obama desarrolla sus programas y sus políticas, como es de esperar, en los marcos de la democracia y el derecho, nada hay que temer en cuanto a la vitalidad y permanencia de la democracia norteamericana, aunque los resultados de su administración dejen mucho que desear; si intentara hacerlo de otra forma, esa misma democracia vital e inextinguible le impedirá salirse de sus marcos, o podría cuestionarse su poder en términos constitucionales mediante los tribunales o un “impeachement”.

 

Y dentro de cuatro años los norteamericanos decidirán, una vez más, si Barack Obama debe recibir un segundo mandato presidencial por otros cuatro años, o deberá venir otra persona a dirigir los destinos de la nación más poderosa del planeta”.

 

Así tenía que ser. Y así fue. Casi habían pasado esos mencionados primeros cuatro años, entre polémicas, continuos y muy agrios enfrentamientos partidistas en medio de una profunda crisis económica, en ocasiones con absurdas acusaciones tremendistas y apocalípticas contra el presidente, y pronósticos que nos aseguraban que la reelección de Obama en 2012 sería peor que el supuesto fin del mundo que anunciaban los mayas para finales de ese mismo año, cuando se produjeron las elecciones de la semana pasada, donde la mayoría de los votantes de esta gran nación quiso otorgar al presidente cuatro años más de mandato y decidió no seleccionar a su oponente para conducir a la nación, al menos esta vez.

 

¿Por qué fue reelecto Barack Obama? Como he mencionado ya, cuando abordamos estos temas en Cubanálisis lo hacemos con la intención de analizar sus repercusiones en el tema cubano y nada más. De manera que a la pregunta de por qué fue reelecto Obama podríamos responder, cínicamente, o para salir del paso, que porque recibió más votos electorales que Mitt Romney, y que también lo venció en el voto popular. Con lo que no pretendo burlarme de nadie ni mucho menos: simplemente, lo que quiero decir, de nuevo, es que lo que vamos a analizar aquí es por qué se equivocaron tantos pronósticos elaborados por los cubanos -y por muchos estadounidenses también- y como nos afecta eso a la hora de analizar las realidades y perspectivas de Cuba y los cubanos.

 

El primer problema que se puede mencionar identificando las fallas en la determinación de los pronósticos, y eso no significa que pretenda señalar que sea el más importante, es el de las extrapolaciones. Cuando me refiero a extrapolaciones pienso en esa aberración de suponer que porque las cosas hayan sido de una determinada manera hasta ahora lo seguirán siendo igual en el futuro. Lo que aquí llamaríamos una tendencia, y en la Cuba de los Castro los marxistas mediocres llamarían una regularidad, siempre se basa en suponer que porque las cosas han sido de una manera hasta ahora tendrán que seguir siendo así siempre. El criterio puede ser válido en determinados momentos, pero no eternamente: sólo hasta que se produce un cambio, por cualquier razón, y entonces la extrapolación no sirve para nada.

 

Por ejemplo, el argumento de que ningún presidente podría salir electo si en el país existía una tasa de desempleo del 8% o superior, porque nunca lo había sido en diferentes elecciones anteriores. Los índices de desempleo hechos públicos para los dos meses anteriores a estas elecciones del 2012 (septiembre y octubre) mostraban una tasa de 7.8 y 7.9%. No fue inteligente pensar que eso garantizaba el fracaso del presidente en la reelección, aferrándose a un sofisma, porque a los efectos prácticos ese índice era lo mismo que si hubiera sido el 8 ó el 8.1%. Sin embargo, no debemos sorprendernos si aparece por ahí algún “sabio” que se amarra firmemente a la matemática pura y “demuestra” la tendencia, e insiste en que se debe mantener invariable el concepto, porque 7.8 y 7.9 no son cifras superiores al 8%.

 

Ese criterio mecanicista del 8% desconocía factores emocionales que llevan a un votante cualquiera a decidir cuál es el candidato que merece su voto. Si él o algún familiar cercano o amigo, o un vecino, está desempleado, tal vez eso podrá influir en su decisión, pero tal vez no: un desempleado puede pensar que votando por determinado candidato habría mejores posibilidades de que la economía prospere y él mismo pudiera salir del desempleo. Que prefiera al presidente o a su retador depende de otras cosas. Y para quienes no están desempleados (que en este caso sería el 92% restante, esos que pueden trabajar), tal vez ese aspecto es menos decisivo que el seguro de salud o la crisis inmobiliaria, si se tratara de alguien que no tiene un seguro para él y su familia en estos momentos, o que tiene su casa en ejecución hipotecaria.

 

El votante no revisa las estadísticas detalladas de desempleo para tomar su decisión, aunque esté informado y las conozca bien. Ni aunque lo hiciera se tiene que guiar por lo que en este caso podríamos llamar “la regla del 8%”. En Ohio, por ejemplo, beneficiado con el plan de rescate del presidente a la industria automotriz, el tema del desempleo pesaba menos que en Georgia o Tennessee.

 

Naturalmente, si el votante es un economista calificado verá en las cifras de desempleo importantes señales que tal vez un plomero, un programador, un ama de casa, un astronauta, un obrero agrícola o un dueño de un pequeño negocio no logren ver, pero, afortunadamente para la democracia, el voto del economista calificado vale exactamente igual que el del plomero, el programador, el ama de casa, el astronauta, el obrero agrícola y el dueño de un pequeño negocio: una persona, un voto.

 

Si se necesitan evidencias de lo anterior, véase el caso de la elección del recaudador de impuestos en Orlando, Florida, en este proceso electoral. Los votantes de ese territorio eligieron a un candidato demócrata que llevaba cuarenta y ocho años en el cargo, ¡pero que había fallecido el pasado 15 de octubre! ¿Moraleja? Querían a un demócrata en el cargo, no a un republicano. Las estadísticas de desempleo no les importaron para nada. Podrá alegarse si se trata de una decisión inteligente o no, pero ese no es el caso. De lo que se trata es de los factores que llevan a los electores a votar por un candidato o el otro. Y en este campo, el mecanicismo en el análisis es fatal.

 

Entonces, suponer que todos los votantes razonarían como economistas calificados, y que la extrapolación del 8% de desempleo en otras elecciones presidenciales anteriores sería absolutamente válida, porque tal tendencia se mantendría también en el 2012, era la manera más rápida y segura para fracasar. Lo cual no impidió que no pocos se aferraran a ella y se mantuvieran en sus trece hasta el anuncio del vencedor en las elecciones. Más aun: algunos “iluminados”, hasta después de ese momento.

 

Ese mismo sofisma se aplicó también al analizar el precio de la gasolina en los Estados Unidos como un factor en contra del presidente, porque los pronosticadores cubanos decían, siguiendo a los norteamericanos, que como estaba “a cuatro pesos” el galón (aunque en realidad estaba alredor de $3.50 en el sur de Florida y, claro, en dólares y no en “pesos”), la población votaría mayoritariamente por Mitt Romney. Sin dudas, Miami es siempre Miami.

 

Naturalmente, todos quisiéramos la gasolina a 32 centavos el galón, como en los años cincuenta, cuando con lo que hoy hace falta para comprar un  auto nuevo sin demasiadas pretensiones entonces se podía comprar una casa. Sí, es cierto, pero, si se trata de un análisis riguroso, lo serio sería preguntarse también a cuánto ascendía el salario promedio por hora en  aquellos tiempos de $60.00 a la semana y todos felices.

 

Y aunque todos sufren en la gasolinera cuando van a comprar el combustible, a la hora de votar la persona no lo hará como si fuera algún economista calificado, sino, una vez más, simplemente como plomero, programador, ama de casa, astronauta, obrero agrícola, dueño de un pequeño negocio.

 

Lo que nos va llevando a otro factor de razonamiento que se nos escapa muchas veces, que los especialistas definen como el “efecto Pigmalión” o de la profecía auto-realizada, llamado así por la leyenda del escultor que terminó enamorado de la estatua que él mismo había construido, lo que se traduce como el destino de la persona que tanto pronostica algo que llega a creerse que es imposible que no suceda de esa manera, y si dependiera solamente de esa persona, lo materializaría.

 

Así, alguien supuso en algún momento que la población de la raza negra, que para hablar de una manera “políticamente correcta” en Estados Unidos hay que llamarle “afroamericana”, de ninguna manera podría tener en el 2012 el mismo entusiasmo que tuvo en el 2008 para salir a votar, puesto que estaría “decepcionada” de la gestión y logros de Obama, y todos los demás autistas políticos, en todas partes y a todas horas, salieron a repetir lo mismo. ¿Qué base científica tenía tal predicción? Suposiciones y ojalás. ¿Evidencias? Ninguna. ¿Pretensiones? Todas. Pero se trataba de aferrarse a una predicción confortable y agradable para los que deseaban evitar la reelección del presidente, y la recibieron con aplausos y sin analizarla en profundidad.

 

También se auguró que los así llamados “hispanos” en Estados Unidos, esa categoría donde se incluye en el mismo saco a mexicanos, puertorriqueños, cubanos, y todos los centro y suramericanos, estarían decepcionados porque Obama no había llevado a cabo la reforma migratoria prometida para el primer año de su mandato, lo que era cierto, pero que no obligaba a esos eventuales decepcionados a votar por alguien que se había manifestado por la “auto-deportación” de los ilegales y por estar dispuesto a interrumpir sus “sueños” a los inmigrantes estudiando, o a punto de comenzar a estudiar, en las universidades. De nuevo, ¿qué base científica tenía tal predicción? Suposiciones y ojalás. ¿Evidencias? Ninguna. ¿Pretensiones? Todas. Pero se trataba de aferrarse a una predicción confortable y agradable para los que deseaban evitar la reelección del presidente, y la recibieron con aplausos y sin analizarla en profundidad.

 

Otro augurio profético de tales autistas sostenía que los jóvenes no tendrían en 2012 el mismo ímpetu que habían mostrado para salir a votar en 2008, y que eso garantizaría la victoria de Mitt Romney. De manera que de una premisa inexacta saltaban felizmente a una conclusión absurda, como si todos los que hubieran votado republicano en el 2008 lo fueran a hacer de nuevo en el 2012, porque no habría ninguno decepcionado o pasado al lado demócrata. Ninguno de estos adivinadores y buhoneros parece haberse preguntado si Romney tendría el mismo carisma y arrastre que John McCain, el candidato republicano que había enfrentado a Obama cuatro años antes. Ni si un millonario que coloca parte de su dinero en paraísos fiscales en el extranjero para pagar menos impuestos tendría más atractivo para los jóvenes que un héroe de guerra como McCain. Así que una vez más hay que preguntarse: ¿qué base científica tenía tal predicción? Suposiciones y ojalás. ¿Evidencias? Ninguna. ¿Pretensiones? Todas. Pero se trataba de aferrarse a una predicción confortable y agradable para los que deseaban evitar la reelección del presidente, y la recibieron con aplausos y sin analizarla en profundidad.

 

Finalmente, los referidos autistas políticos, algunos de los cuales llegaron a declarar en la televisión de Miami que Barack Obama recibiría una “pateadura” en las elecciones, refiriéndose a una hipotética ventaja que Romney tendría asegurada quizás por obra y gracia del Espíritu Santo, también consideraron que los 32 millones de norteamericanos que en estos momentos no tienen un seguro médico, y que podrían tenerlo en el año 2014 gracias a la reforma del seguro de salud propugnada por Obama, serían masoquistas o suicidas, y renunciarían a esa posibilidad como seres humanos, simplemente para darle la victoria al candidato republicano. Creyeron que los votantes pensarían como economistas calificados otra vez, calculando ingresos y egresos globales para una década, tasas de crecimiento y ahorro, ratios y ecuaciones complejas, y darían su voto a Romney, quien prometió que eliminaría el “Obamacare” desde el primer día de su presidencia. Y vuelvo a preguntarme una vez más: ¿qué base científica tenía tal predicción? Suposiciones y ojalás. ¿Evidencias? Ninguna. ¿Pretensiones? Todas. Pero se trataba de aferrarse a una predicción confortable y agradable para los que deseaban evitar la reelección del presidente, y la recibieron con aplausos y sin analizarla en profundidad.

  

Y no sigo detalle por detalle en otros aspectos, como el referido al voto femenino o el judío, donde los despistes fueron por el estilo, porque lo que me interesa destacar no es la eventual fragilidad que pueda haber mostrado la campaña de los republicanos -ese no es nuestro tema de análisis- sino los evidentes errores analíticos que se produjeron aferrados al enfoque de las extrapolaciones y las profecías autorrealizadas, que a fin de cuentas, llevadas hasta los extremos, no resultaron más que falacias, y condujeron a la debacle.

 

Pero bueno, así funcionan muchas veces las tautologías: repetir tanto lo mismo,  que en Estados Unidos es referido por los así considerados “estrategas” de la política electoral como “talking points”, y para los cubanos se define mejor como cantaletas, aspectos a repetir constantemente, aunque quienes lo repitan ni siquiera los entiendan, lo que pudo comprobarse en no pocos debates en la televisión local. Lo mismo de aquello de “¿Quién te ha creado? Me ha creado Dios”, o de “Alá es Dios y Mahoma su profeta”, o de “la deuda externa es impagable”, que ahora se expresó en esta campaña presidencial recién terminada en “el gigantesco tamaño del gobierno”, los “veintitrés millones de desempleados”, el “déficit del presupuesto” o “el techo de la deuda”.

 

Una cosa fue el éxito de los judíos con aquello de “el próximo año en Jerusalén” -éxito que solamente llegó recientemente, después de miles de años de proclamar su convicción, con más sentido ideológico que racional- y otra es creerse que por repetir continuamente unas cuantas ideas por cuatro meses, o cuatro años, se pueden ganar unas elecciones.

 

Lo mismo podría decirse de las interpretaciones de lo que mostraban las encuestas, y de los tres debates presidenciales que se produjeron. En realidad, hasta que se realizó el primer debate presidencial, el presidente Obama lograba una ligera ventaja en casi todas las encuestas serias. No se cuáles serían los resultados en las discusiones en el Versailles y en El Parque del Dominó, ambos en la Calle Ocho, o en un Sedano´s o en La Carreta de Hialeah, o tomando cerveza entre amigos en una casa de cubanos en Union City o Los Ángeles, pero las encuestas parecían favorecer ligeramente a Obama.

 

Tras el primer debate presidencial, cuando el muy pobre desempeño de Barack Obama frente a su oponente dejó demasiado que desear, hubo sin dudas un fuerte repunte en las encuestas a favor de Mitt Romney, que debió haber resultado alarmante para el bando de los demócratas. Sin embargo, aparentemente, una parte de los cubanos afiliados, o mejor sería decir, aferrados a la bandera republicana, vieron  la tendencia como irreversible, y comenzaron a considerarse ganadores antes de tiempo. En términos beisboleros, habrían comenzado a celebrar la victoria en el sexto inning.

 

De nuevo el efecto Pigmalión y la profecía autorrealizada. Según esos enfoques, los dos debates pendientes reforzarían irremediablemente la ventaja de Mitt Romney, incluido el debate de política exterior, aunque el retador tenía muy poco que mostrar y ofrecer frente a cuatro años de experiencia del presidente en este campo. Todo lo decidiría “el asunto de Benghazi”. No era nada que pudiera darse por seguro, como las encuestas posteriores demostraron. Pero ¿que importaba eso si era música agradable para los oídos? Y por eso se siguió repitiendo.

 

Y además, los buhoneros y los adivinos daban por sentado que las cifras de desempleo que se publicarían el viernes antes del día de las elecciones serían aplastantes y sacarían de paso definitivamente al presidente y su campaña. Serían eso que los cubanos llamamos “el puntillazo final”.

 

Las cifras publicadas el mes anterior apuntaban a todo lo contrario, o al menos no sugerían absolutamente que las cifras serían aplastantes para Obama, pero quienes se aferraban a sus deseos más que a eventuales y crudas realidades ya habían comentado -en privado, no públicamente- que resultaba algo “sospechoso” que las cifras emitidas en septiembre sobre el desempleo eran favorables al presidente, como pretendiendo sugerir que el Bureau of Labor Statistics de Estados Unidos podría actuar de la misma manera que cualquier institución mauritana, paraguaya o pakistaní, penetrada por la corrupción o el clientelismo político. De nuevo, los deseos por delante de lo que tenían frente a ellos.

 

Finalmente, para no extendernos demasiado, y a pesar de todos los elementos anteriormente señalados, hay que llamar la atención sobre todo lo que se insistía, hasta con el corazón en la mano, en la “imposibilidad” de que el presidente pudiera vencer al retador. Era absolutamente imposible que Obama ganara. ¿Por qué? Porque era absolutamente imposible que Romney perdiera la elección. Tautología absoluta, naturalmente. Estaba claro. ¿Basados en qué? Simplemente, en los deseos, los sueños y los como me gustaría o los cuanto quisiera yo que... Por eso, y aún a riesgo de resultar chocante por repetir lo mismo tantas veces, vuelvo a preguntarme (y a responderme): ¿qué base científica tenía tal predicción? Suposiciones y ojalás. ¿Evidencias? Ninguna. ¿Pretensiones? Todas. Pero se trataba de aferrarse a una predicción confortable y agradable para los que deseaban evitar la reelección del presidente, y la recibieron con aplausos y sin analizarla en profundidad.

 

De manera que, después de todos esos “profundísimos” análisis, llegado el día de las elecciones, solamente se trataba de ir a votar, y luego enfriar el champán y comenzar a preparar las celebraciones. No culpemos demasiado a los cubanos del sur de La Florida por este despiste: hasta el mismo Mitt Romney lo sufrió. Las realidades habían cambiado, pero los que tenían que haber analizado las nuevas situaciones no quisieron, o no supieron, hacerlo. Y después se traumatizaron más aún, en el caso de los pronosticadores cubanos, al enterarse no solamente que el 67% del total de votantes del condado Miami-Dade había preferido a Obama, sino que el voto de los cubanos en ese mismo condado, considerado “la capital del exilio cubano”, había ido en un 48% para Obama y 52% para Romney (casi parejo), cuando hasta ahora normalmente la proporción del voto cubano en el condado era de dos por uno a favor de los republicanos.

 

Ya esta historia no tiene marcha atrás. Lo verdaderamente necesario e importante ahora son las experiencias que deberían obtenerse de estos resultados. Algunos parece que han sabido ver las realidades con crudeza y aceptar los errores. Otros, por el contrario, ahora con pataleos de ahorcados, se aferran más todavía a los errores: pretenden mantenerse en los tan fallidos “talking points” como si no se hubieran enterado de que perdieron las elecciones. Los más extremos no aceptan los resultados de las encuestas post-electorales, prefieren matar al mensajero antes que aceptar las noticias que no les gustan,  y pretenden discutir con absurdos argumentos de hombre (o mujer) de Cromañón los resultados de pesquisas y computadoras, sin mostrar la más mínima preocupación por el ridículo que hacen ante las cámaras de televisión, los micrófonos de radio, o la prensa escrita. Hasta han dicho que Obama ganó por el voto de los homosexuales y los marihuaneros, a pesar de que las boletas con preguntas referidas al matrimonio homosexual y el uso de la marihuana existieron solamente en unos pocos Estados, tenían solamente alcance local, y no influían para nada en la boleta presidencial. Pero no hay nada peor que cualquier cavernícola que se sienta iluminado.

 

Nuestro colega, colaborador y amigo, el Dr. Diego Trinidad, pronosticó en las páginas de Cubanálisis-El Think-Tank la victoria de Mitt Romney por cinco puntos porcentuales, así como las victorias de Connie Mack sobre Bill Nelson para el senado, y la del congresista David Rivera sobre Joe García. También que los republicanos lograrían la mayoría en el Senado, así como que aumentarían su ventaja en la Cámara de Representantes. Nada de eso sucedió.

 

Cuando discutíamos si publicar eso o no, porque no era el centro de atención de nuestra página, yo le dije que, como editor de Cubanálisis, no me preocupaba que su opinión no fuera precisamente la mía, porque la suya también estaba fundamentada, pero que publicaría su análisis si él se comprometía a publicar un trabajo sobre las eventuales equivocaciones en las que hubiera incurrido, si los resultados finales no eran los que pronosticaba. Aceptó.

 

En honor a su integridad profesional y decencia personal, de las que nunca he dudado, me permito reproducir algunas líneas de un amplio análisis que él circuló entre sus amigos después de las elecciones presidenciales, bajo el título de “Mea Culpa”, cuando ya yo tenía escrito en lo fundamental este artículo, trabajo suyo que han reproducido algunos blogs:

 

“¿Por qué me equivoqué, por qué los análisis correctos me llevaron a predicciones incorrectas?  Varias razones. No le di suficiente peso a la votación de los jóvenes y de los hispanos. Aquí fallé y no hice caso, por ejemplo, a mi propia esposa, quien me prevenía que miles de jóvenes (sobre todo hispanos) estaban siendo influenciados por artistas y “celebridades” que apoyaban al presidente. También ignoré pronósticos sobre el decisivo voto hispano. Pensé que no votarían como en el 2008, ni tampoco en mayor proporción, por el presidente. (…) Puedo decir que de la misma manera se equivocaron los mejores analistas políticos del país, pero eso no es excusa ni consuelo. (Por cierto, el voto de los cubanos en Miami-Dade fue por el presidente en un 48%; eso no solo es bochornoso, sino que representa el principio del fin del Exilio Histórico). Estaba, sobre todo, convencido que el pueblo americano reaccionaría de otra manera y rechazaría, como en las elecciones del 2010, las políticas del presidente, pero no fue así. Y menosprecié al equipo de campaña del presidente”.   

 

Nuestro amigo Diego Trinidad también dice que tras un tiempo de relativo descanso de esta agotadora etapa piensa volver a sus trabajos sobre historia. Eso es muy buena noticia, pues sus profundos trabajos sobre la Crisis de Octubre publicados en nuestras páginas, así como los relativos a la democracia liberal, el peligro iraní, y otros importantes temas, han sido muy sólidos y muy interesantes, y siempre resultan muy ilustrativos y nos enseñan muchas cosas. Conozco de planes que tiene en cartera sobre el tema cubano, que de seguro van a resultar de mucho interés para nuestros lectores.

 

Cuándo él desee volver a los análisis de la política interna norteamericana es asunto suyo. El nuestro, de ambos, y de todos los que participamos en este proyecto que es Cubanálisis, es todo lo que valga la pena publicar que resulte de importancia e interés para analizar el tema cubano y el drama de nuestra nación.

 

Si todos los cubanos que estaban convencidos de la “inevitable” victoria de Mitt Romney actuaran como ha hecho Diego Trinidad en estos momentos, este episodio tendría un importantísimo valor de enseñanza y desarrollo para todos los cubanos que, aunque no pensemos igual sobre un conjunto de cosas, queremos todos lo mejor para nuestra nación, para nuestra patria, para nuestro pueblo. Pero si actúan como los cavernícolas iluminados que siguen buscando justificaciones sobre la debacle en cualquier parte menos en ellos mismos y en la forma absurda en que se dedicaron a “analizar y pronosticar” las recién finalizadas elecciones, me temo que seguirán durante muchos años más sin entender lo que está pasando en Cuba o lo que pueda suceder.

 

Independientemente de todo lo anterior que hayamos podido ver a lo largo de este amplio trabajo, nosotros tenemos que seguir avanzando hacia adelante, porque Barack Obama habrá sido reelecto como presidente de los Estados Unidos para los próximos cuatro años, pero los hermanos Castro y la vulgar y mediocre camarilla de ancianos, bandidos  y oportunistas que le rodean, siguen aferrados al poder en nuestra Cuba para toda la vida, repartiendo palizas y represión a diestra y siniestra, mientras venden todo el país al mejor postor, facilitando cruel e impúdicamente que en ese proceso la nación se destruya y se desangre.

 

Y eso es algo que tenemos que resolver nosotros los cubanos, todos, nadie más.