Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

La Habana sin Fidel Castro y ante Donald Trump

 

Dentro de muy pocos días Barack Obama abandonará la Casa Blanca y dejará su puesto a Donald Trump, el presidente electo en unos comicios cuyos resultados inesperados  sorprendieron tanto al establishment como a la llamada “gran prensa”, que habían apostado casi unánimemente por Hillary Clinton.

 

Como consecuencia de esos resultados electorales se requiere un nuevo enfoque, porque hará acto de presencia en Washington un nuevo gobernante sin trayectoria ni historia en la política americana.  Al margen del significado geoestratégico que supone este cambio de guardia partidista tras dos períodos de un presidente demócrata, hay que ser especialmente cuidadoso al abordar las siempre  complejas relaciones entre Estados Unidos y la dictadura castrista. Hay que esquivar la etiqueta de  “impredecible” con la que parte del establishment y de la prensa han enmarcado al próximo mandatario, evaluándolo en ocasiones desde la ingenuidad más benigna hasta la tontería más chapucera, afirmando sin base que estará más interesado en desarrollar campos de golf o invertir en bienes raíces en la isla que en mantener relaciones de Estado en función de los intereses de Estados Unidos.

 

Por otra parte, hay que tener en cuenta que en La Habana también existe una situación peculiar en estos momentos: tras cincuenta y ocho años ejerciendo el poder absoluto e incontrolable, ya fuera directamente con todos los cargos oficiales en su mano, o como “retirado” del poder por cuestiones de salud pero ejerciéndolo a través de su dócil hermano, de Fidel Castro, que ya no está en el mundo de los vivos, queda solamente una horrorosa piedra en el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, donde se dice que fueron depositadas sus cenizas, aunque no fueron vistas en ningún momento ni por el público ni por la prensa, sino solamente por lo más selecto de la nomenklatura y sus familiares más allegados.

 

La sufrida isla de Cuba (llamar “República” al país que los hermanos Castro convirtieron en una finca típica de Birán-Macondo sería insultante e indecoroso), hace mucho tiempo se quedó sin futuro gracias al castrismo, y su presente es una permanente monotonía de celebración de efemérides gastadas, repetición de promesas de un futuro luminoso,  y presentación permanente de justificaciones para “explicar” por qué ese futuro nunca llega. Pero ahora también ha quedado sin pasado, ya que con la desaparición del “líder histórico” y fundador del manicomio, quienes han quedado para justificar una supuesta legitimidad histórica no son más que una pandilla de  carcamales ineptos, cleptómanos, mentirosos, farsantes y represores, cuyo único interés es mantenerse en el poder todo el tiempo que puedan y enriquecerse todo lo que sea posible, y lo que venga detrás de ellos, mientras no suponga la profanación de sus sepulturas o algún tipo de persecución o confiscación de las extensas propiedades mal habidas suyas y de sus descendentes, les tiene sin cuidado.

 

La “despedida cubana” de Barack Obama

 

Para hacer más complejo ese escenario, en sus últimos días en el cargo, Barack Obama, al parecer no conforme con la infinidad de concesiones que otorgó al castrismo desde el 17 de diciembre de 2014 sin obtener reciprocidad en nada, pues ni las gracias le han dado desde La Habana, derogó de un plumazo no avisado al público, (pero sí bastante bien coordinado con la dictadura) la resolución de “pies secos/pies mojados” que había firmado el demócrata Bill Clinton tras la crisis de los balseros de 1994 posterior al Maleconazo, y que otorgaba a cualquier cubano que pisara territorio estadounidense el derecho a permanecer legalmente en el país mediante un “parole” que le garantizaba un permiso de trabajo y un mínimo de ayuda imprescindible para encaminarse. Además, para más inri, derogó también una resolución de tiempos del republicano George W Bush que otorgaba asilo político en Estados Unidos a médicos y personal de la salud que estuviera trabajando en el extranjero para el gobierno cubano, y que al régimen le molestaba bastante, pues facilitaba que se escaparan sus médicos que trabajaban en “misiones” en  el exterior en condiciones de servidumbre o semi-esclavitud.

 

Tanto le interesaba a la dictadura la abolición de esas facilidades de “parole” para los trabajadores de la salud, que aceptó, y de paso ofreció una oportunidad para mejorar la cara de Obama en esta negociación, recibir de regreso en Cuba a casi 2,500 cubanos “indeseables” llegados cuando el éxodo de Mariel en 1980, y que ahora serán considerados por la tiranía como “deportables” para recibirlos de en la isla-manicomio.

 

Hay que reconocer que ese cambio de política del presidente estaba en el ambiente, pues desde antes de las elecciones de noviembre de 2016 una persona muy cercana al gobierno de Obama, al Partido Demócrata de Estados Unidos y a la campaña presidencial de Hillary Clinton, con la que coincidí como invitado en un programa de la televisión en español en Miami, me había dicho que tal medida se tomaría, pero siempre después de las elecciones presidenciales, para no afectar en ningún sentido el proceso electoral, en el que consideraba que Hillary Clinton arrasaría con Donald Trump.

 

Ante el hecho consumado por el mandatario saliente hay que plantear dos cosas: primero, no se trata de que el presidente de Estados Unidos tenga que tomar decisiones y firmar resoluciones que gusten o convengan a una parte de los cubanos que residen en esta gran nación. Sin embargo, sí podemos exigir que se mantenga lo que debería guiar la actuación de cualquier presidente estadounidense en todos sus actos y decisiones, que es defender los intereses de Estados Unidos de América, y no ceder, en busca de una falsa reciprocidad que nunca llega, a las exigencias y chantajes de una vulgar desprestigiada dictadura en bancarrota, especializada en reprimir a su propio pueblo y en destruir la economía, la infraestructura, los recursos y los valores cívicos y morales de la nación cubana.

 

Por consiguiente, no es fácil concordar con las palabras del presidente Obama de que

 

“…trabajamos para mejorar la vida del pueblo cubano, dentro de Cuba, proporcionándoles un mayor acceso a recursos, información y conectividad con el resto del mundo.

 

Sostener ese enfoque es la mejor manera de asegurar que los cubanos puedan disfrutar de la prosperidad, perseguir reformas y determinar su propio destino”.

 

Resulta también muy difícil estar de acuerdo con Barack Obama cuando señala, fría y  prácticamente, que el exilio ya no existe, al declarar que

 

“Al dar este paso, estamos tratando a los emigrantes cubanos de la misma manera que tratamos a los migrantes de otros países”.

 

A no ser que, en la visión del presidente saliente, los cubanos abandonan su país como emigrantes por razones económicas y no políticas, como pudiera hacer un polaco, un guatemalteco o un zambiano, con independencia del carácter represivo y abusivo de la dictadura castrista. Con todo el respeto debido para el señor presidente Barack Obama, sus palabras destacan, lamentablemente, los mismos criterios que manejan el periódico Granma o la Mesa Redonda de la televisión oficial y la cohorte de vulgares e incultos propagandistas de tercera categoría, miserables jenízaros de la palabra que en la Cuba castrista se conocen como “periodistas” oficiales. Aunque las ideas e intenciones del presidente y las de sus enemigos sean  diametralmente opuestas, como lo son, siempre es preocupante comprobar lo parecido que resulta el lenguaje del presidente en este caso específico con la verborrea habitual de la dictadura al hablar de estos temas.

 

Porque no tendría sentido suponer que cuando el presidente saliente habla de “mejorar la vida del pueblo cubano dentro de Cuba” esté pensando en los familiares de jerarcas de la dictadura o en una pequeña proporción de la población que ha logrado incrementar sus ingresos mediante negocios particulares establecidos muchas veces con generosa ayuda de familiares en el exterior, o cualesquiera otros privilegiados del régimen con prebendas o posiciones acomodaticias, algunos muy destacados artistas aislados, pero muchos corruptos enriquecidos sibilinamente a costa de la venalidad más repugnante o de la más descarada e impune malversación.

 

Lo más triste y frustrante, sin embargo, es que cuando el presidente saliente utiliza ese tipo de discurso podría pensarse como si él se conformara con que los cubanos tengan acceso a algunos recursos, información, conectividad y un poco de prosperidad para que sus vidas tuvieran sentido y razón de ser.

 

Porque de seguir literalmente las palabras del señor Obama, en ocasiones parecería como si no le importara en lo más mínimo que esos mismos cubanos a los que él declara apoyar no puedan tener el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, o a elegir libremente sus gobernantes mediante elecciones libres, competitivas y periódicas; o a la libre expresión del pensamiento; o a reunirse y asociarse libremente; o a practicar la religión que deseen; o a expresar y publicar sus opiniones y criterios en una prensa realmente libre y sin censura gubernamental, y a muchos más derechos elementales en cualquier país del mundo civilizado en pleno siglo 21. Y se hace demasiado difícil suponer que esas fueran las verdaderas intenciones del presidente saliente, o lo que él desea para los cubanos, a pesar de que algunas de sus más recientes declaraciones no hayan sido las más afortunadas en cuanto a dejar las cosas perfectamente definidas en ese sentido.

 

Porque si fuera así el presidente Obama estaría olvidando que los gobiernos existen para proteger los derechos de sus ciudadanos, no para pisotearlos e ignorarlos. ¿Y como podría olvidar eso una persona que sabe perfectamente que si esa aberración fuera lo que existiera en su propio país, él nunca hubiera podido llegar a ser el presidente de esta gran nación?

 

Con sus políticas aparentemente erráticas para congraciarse con la dictadura no logró obtener ni se obtendrá nada a cambio, pues ese régimen lo que hizo fue despreciarlo, insultarlo y burlarse de él, como se vio en recientes cánticos de grupos castrenses tras el ridículo desfile militar en La Habana el pasado 2 de enero. Por eso es válido preguntarse si el presidente saliente intentaba manejar otros criterios estratégicos no abiertamente declarados, como los de tratar de mejorar las relaciones de Estados Unidos con América Latina y el Caribe, a la vez que enfatizaba, con mucha razón, que la solución del drama de Cuba y de la tragedia de nuestro pueblo dependía de los propios cubanos, no del gobierno de Estados Unidos, que puede simpatizar con la causa del pueblo de Cuba, y ayudarlo en diferente medida, pero no está obligado a echarse sobre sus hombros la tarea de derribar al castrismo y establecer una democracia en la isla.

 

Acusar al presidente de “traidor” o de “cómplice” de la tiranía por su actuación hacia el régimen, y fundamentalmente durante los dos años del “deshielo”, sería lo mismo que pensar que Barack Obama considera a los cubanos en la isla como personas de segunda categoría súbditos del castrismo, que no tienen los mismos derechos naturales concedidos por el Creador a todas las personas, según proclama nuestra gloriosa Declaración de Independencia de Estados Unidos que el presidente saliente juró respetar y defender. Sin embargo, quienes creen verdaderamente en los valores y principios de la libertad, la democracia y el Estado de derecho saben perfectamente que tales consideraciones son universales y válidas para todos los seres humanos, no para una parte de ellos solamente. Y no podría demostrarse que el presidente saliente tuviera o pretendiera opiniones diferentes en este sentido, aunque no siempre logremos entender todos sus enfoques o estrategias.

 

Algunos utilizarían el concepto de realpolitik para justificar a Obama por sus decisiones, y otros utilizarían ese mismo concepto  para crucificarlo. De seguro, no será Cubanálisis quien utilice superficialmente ese concepto para definir una compleja situación y un escenario tan enrevesado. No se rechaza a priori la valentía de haber intentado una nueva política hacia la dictadura por parte del presidente saliente, que bien manejada hasta el final hubiera debilitado los cimientos fundacionales del castrismo y podría haber hecho tambalearse completamente a la tiranía. Lo que resulta discutible, sin embargo, es si fue lo más inteligente o productivo haber pretendido tercamente mantenerla, continuarla y ampliarla sin intentar vigorosamente exigirle concesiones a La Habana, aunque fueran mínimas.

 

Y mucho menos a pesar de que en determinado momento era evidente que Raúl Castro no estaba interesado ni dispuesto a mejorar las relaciones con Estados Unidos, sino solamente lograr de Washington todo lo que pudiera arrebatarle sin tener que conceder nada a cambio. El presidente saliente insistió en su posición que finalmente se percibe por muchos como errónea, sin  haber podido o querido darse cuenta que cuando en una negociación se entrega a la otra parte lo que exige sin recibir o ni siquiera solicitar algo a cambio, de inmediato aparecerá una nueva exigencia de la parte que obtuvo la ventaja, y que esta vez será planteada con igual o mayor vehemencia -o virulencia- que la anterior.

 

Ya quedan muy pocos días en La Casa Blanca al presidente saliente, y su abanico de ofertas a la dictadura en busca de una posible respuesta positiva desde La Habana en el futuro, va teniendo menos opciones. Una de ellas podría ser otorgarle un generoso y no merecido perdón presidencial a la espía americana al servicio del castrismo Ana Belén Montes, hija de padres puertorriqueños, condenada a veinticinco años de prisión por su actuación a favor de la dictadura contra Estados Unidos desde la Agencia de Inteligencia de Defensa, perdón que plañideramente desde La Habana reclaman sin el menor pudor. Aunque el presidente saliente ha insistido que ese perdón no está previsto, en varias otras decisiones con relación a su política frente al régimen, tras reiterar en varias ocasiones  determinadas afirmaciones, finalmente terminó realizando algo diferente a lo prometido. Dentro de muy poco tiempo se sabrá el desenlace de esta situación.

 

Con su controvertible actuación de última hora Barack Obama complica las cosas al presidente entrante Donald Trump, tanto en sus relaciones con el gobierno de Cuba -que aparentemente se ha sentido fortalecido tras la último decisión de eliminar la norma de  pies secos/pies mojados y “paroles” a los médicos y personal de salud- como en los proyectos del presidente entrante para mejorar y fortalecer todo el sistema legal de inmigración de Estados Unidos y su materialización práctica.

 

La entrada del presidente Donald Trump en el escenario cubano-americano

 

El hecho de que las más recientes decisiones de Obama formen parte de un convenio bilateral que compromete al régimen a aceptar de vuelta en La Habana a casi 2,500 cubanos “indeseables” que se encuentran en Estados Unidos desde el éxodo de Mariel de 1980, amarra las manos del entrante presidente Trump, porque en el evento que intentara echar abajo las decisiones del presidente anterior sobre pies secos/pies mojados, y mucho más si lo intentara concretamente sobre el otorgamiento de “paroles” a médicos y personal de la salud trabajando en “misiones” fuera de Cuba, que el régimen califica como operación de “robo de cerebros”, La Habana podría alegar un incumplimiento del convenio por parte de Washington y no aceptar de regreso a los “indeseables”.

 

Sería cuestión entonces de que el presidente Donald Trump valorara los intereses de Estados Unidos, comparando las ventajas y desventajas de insistir en dar facilidades de asilo al personal cubano que trabaja en el exterior en actividades de la salud, con las ventajas y desventajas de quedarse en Estados Unidos con aquellos “indeseables”, en su casi totalidad delincuentes de la peor calaña enviados por Fidel Castro durante el éxodo masivo del Mariel para crear una mala imagen de los cubanos que abandonaban su “paraíso socialista”, “indeseables” que se han mantenido en EEUU durante más de treinta años por los reiterados rechazos anteriores de La Habana a recibirlos de regreso en la isla.

 

Las concesiones a la tiranía o las propuestas que se le puedan ofrecer como instrumento de negociaciones, que dependan del congreso de Estados Unidos (poder legislativo) no las pueden manejar Obama, Trump, ni ningún presidente mediante órdenes ejecutivas, y tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, aunque no faltan simpatizantes de la dictadura habanera, o legisladores electos que representan poderosos intereses comerciales o financieros de sus estados, que siempre son y serán puestos por encima de la libertad y el bienestar de todos los cubanos, las posibilidades reales de continuar ofreciendo condescendencias al régimen sin exigir ni obtener nada o muy poco a cambio son mínimas, por no decir prácticamente nulas.

 

De manera que con Donald Trump en la Oficina Oval entraremos, necesariamente, en un escenario diferente al existente en tiempos de Obama, y sobre todo en estos últimos dos años, sea para bien o para mal.

 

Cuba sin la presencia de Fidel Castro

 

¿Cómo influye la no presencia de Fidel Castro en Cuba sobre estos nuevos escenarios?

 

En el plano práctico, tal vez no demasiado. De hecho, aunque su intromisión, poder de veto, excesivo ego y soberbia, pretendían torpedear todo lo que no fueran sus propias iniciativas e ideas, en realidad Castro I pesaba cada vez menos en las decisiones políticas de su hermano Raúl, empeñado en dejar su impronta personal marcada en su actuación durante los últimos diez años al frente del país, por lo que había ido relegando a su hermano mayor cada vez más a un papel simbólico y nostálgico, cuasi místico-religioso, sin demasiados efectos prácticos en la conducción del país día a día.

 

Y hay que reconocer que ha sido en el plano de las relaciones internacionales donde mejores resultados ha obtenido Raúl Castro durante su cacicazgo, con desenlaces y éxitos mucho más evidentes y positivos que en la economía nacional, la reconstrucción de la infraestructura del país, el descalabro de la producción y el comercio exterior, la supuesta lucha contra la corrupción, la eliminación de la doble moneda, el restablecimiento y revalorización de los más elementales conceptos morales y cívicos en la población, la reducción de la emigración, o el envejecimiento de la población.

 

De manera que parece absurdo considerar, como han hecho algunos, que los resultados electorales de noviembre del 2016 en Estados Unidos sorprendieron a la dictadura. Como militares acostumbrados a analizar continuamente diferentes variantes, tienen que haber previsto un escenario, aunque no lo consideraran como el más probable de los posibles, donde el vencedor en la contienda fuera Donald Trump y Hillary Clinton quedara fuera del juego. Era algo elemental haber considerado esa posibilidad a la hora de elaborar los análisis estratégicos y geopolíticos que le interesaban a la dictadura.

 

Por consiguiente, ya desde hace semanas en La Habana deben tener modelados varios escenarios a partir de diversos análisis situacionales del tipo de lo que se conoce en inglés como “what if..?”. ¿Qué podría hacer Trump sobre esto o lo otro? ¿cómo podríamos responder nosotros? ¿cuáles serían las contramedidas que Washington pudiera adoptar? ¿qué prioridades deberemos mantener y cuáles deberíamos reajustar o congelar? ¿con quiénes deberíamos intentar acercamientos en las nuevas condiciones, y con quiénes no deberíamos hacerlo en estos momentos? ¿sería conveniente interrumpir o dejar enfriar momentáneamente determinadas relaciones que hemos mantenido hasta ahora con determinados personajes?

 

Creerse que en La Rinconada están asustados por la presencia de Donald Trump en La Casa Blanca, o que no saben o no tienen idea de lo que deberían hacer, sería un craso error más de subestimación del neocastrismo y el camino para un nuevo fracaso en el manejo de las relaciones Washington-La Habana. Y tras cincuenta y ocho años de experiencias, y de dolorosos aprendizajes, algo se debería entender ya a estas alturas.

 

Es cándido considerar que una relación más favorable como la que muchos esperan entre Washington y Moscú, a partir de intentos de acercamiento personal entre Donald Trump y Vladimir Putin, como parecen ser las intenciones de ambas partes, para reparar los absurdos encontronazos de la administración Obama con Moscú, tendrían que influir o repercutir en una mayor calidez de relaciones entre Washington y La Habana o entre Donald Trump y Raúl Castro.

 

Por otra parte, y en ese mismo tema, no puede olvidarse que hay bazas de negociación que pueden manejarse en esos escenarios. A Putin le interesaría sentir menos presión sobre Rusia en los temas de Crimea y Ucrania, y podría hasta ofrecerle un quid pro quo a Trump con relación a la isla: déjame tranquilo o debilita la presión en territorios que fueron rusos durante muchísimo tiempo, y yo no interrumpiría demasiado ni afectaría tus intentos o movimientos y apremios contra el gobierno cubano.

 

Al fin y al cabo, aunque esto que se plantea en el párrafo anterior sea algo totalmente especulativo y sin evidencias de ninguna clase, no sería descabellado pensar que cuando dos grandes potencias negocian, y Rusia lo sigue siendo en el plano militar, aunque su economía no esté pasando por su mejor momento a causa de las sanciones por sus acciones contra sus vecinos, llegar a acuerdos pragmáticos (o cínicos) sobre territorios “pequeños” y de mucha menor importancia estratégica o geopolítica global, no son utopías inalcanzables, sino elementos comunes de negociación en cualquier mesa donde haya intereses mucho mayores en juego.

 

También es ingenuo considerar, como han hecho algunos en Miami, incluidas supuestas lumbreras que por las responsabilidades que tienen, o tuvieron anteriormente, deberían estar mejor informados o hablar menos irresponsable y demagógicamente, que el futuro presidente Donald Trump revertirá de un plumazo todas las órdenes ejecutivas firmadas por el presidente Obama con relación a la supuesta “normalización” de relaciones con la tiranía, y que echaría abajo todo lo que se ha llevado a cabo durante los dos años de “deshielo” a partir de diciembre de 2014, simplemente como agradecimiento al apoyo recibido de la Brigada 2506 en la etapa final de la campaña presidencial. Como si la presidencia de la nación más poderosa del mundo y de la historia se ejerciera festinadamente agradeciendo favores o castigando deslealtades sin tener en cuenta los verdaderos intereses estratégicos y geopolíticos de Estados Unidos.

 

¿Qué se podría esperar del presidente Donald Trump con relación a Cuba?

 

No es sensato ni siquiera pensar que Trump, aunque puede hacerlo y tiene autoridad para ello tan pronto asuma la presidencia, echaría abajo la reciente disposición de Barack Obama de anular la resolución de pies secos/pies mojados, y mucho menos la eliminación de la política de “paroles” al personal cubano del sector de la salud que trabaja fuera de Cuba, puesto que sería mucho más lógico, sensato, productivo y eficiente realizar, como ha prometido el futuro Secretario de Estado de Donald Trump, una exhaustiva revisión de “arriba a abajo” de la política establecida por Obama hacia La Habana, y entonces poner a consideración del nuevo presidente las propuestas sobre lo que debería o no debería mantenerse, modificarse o eliminarse, sin improvisaciones ni precipitaciones.

 

Una excepción a lo anterior podría darse con los casos de los médicos y trabajadores de la salud que abandonaron sus misiones antes de la suspensión de ese programa por parte del presidente Obama, y que ya se encontraban a la espera de las visas correspondientes en las instituciones consulares de Estados Unidos en el exterior. No dejar esta situación a mitad del camino y a esos cubanos en un peligroso limbo no debería poder considerarse como una violación ni a la letra ni al espíritu de los recientes acuerdos. Pero algo así sería aplicable, solamente, a los que ya habían solicitado las visas al momento de interrumpirse ese programa. Veremos lo que pueda suceder en este sentido.

 

Basta leer la información sobre la audiencia de confirmación en el Senado del señor Rex Tillerson, propuesto como Secretario de Estado, para darse cuenta de cómo se manejarán estas cosas. Tillerson habló no solamente de Cuba -que ni siquiera fue el tema principal durante la audiencia- sino también de Rusia, China, Europa, Siria, Irán, Corea del Norte, Medio Oriente y muchos temas más, para comprender que, por el momento, mucho más allá de las inequívocas declaraciones del presidente electo, del vicepresidente electo, y del propuesto secretario de Estado, de que si Raúl Castro no estaba dispuesto a ofrecer a cambio resultados concretos que mejoraran las condiciones de los cubanos, habría que analizar, reconsiderar y/o revertir las decisiones de la administración Obama que favorecían a La Habana. Pero sin especificar en detalles concretos, al menos hasta ahora.

 

Esto no quiere decir, como sueñan algunos, que se regresaría a la época de George W Bush y su mano dura frente a la tiranía, donde se determinaba desde Washington, para beneplácito de un grupo de ilustres cavernícolas revanchistas, quién era familiar residente en Cuba de cualquier cubano que fuera ciudadano americano y viviera en Estados Unidos, cuántas veces quien vivía en Estados Unidos podría visitarlo en Cuba y por qué razones, o qué cantidad de dinero tendría derecho a enviarle a esos familiares y cada qué tiempo.

 

Todo eso protegido por la hojita de parra de que en situaciones familiares excepcionales o de emergencia se podría aceptar o posibilitar excepciones. Y sin traer a colación que mientras eso se aplicaba, simultáneamente se había autorizado vender productos agrícolas al régimen siempre que se pagaran “cash” y por adelantado. Doble rasero en cuanto a la mano dura.

 

Tampoco se regresará a declarar en televisión, como hacían algunos aprendices de brujo, que era recomendable que los cubanos residentes en Estados Unidos se fueran de viaje a Punta Cana, Cancún, Las Vegas o la Cochinchina, y no a la isla, para no ayudar al régimen castrista con sus dólares. Como si esos que predicaban en la televisión tuvieran derechos o privilegios intelectuales o morales por sobre el resto de los simples mortales cubanos que residen en Estados Unidos pero nunca hayan sido ungidos con la sabiduría protoplasmática que penetra por ósmosis en cavernícolas y retrógrados, siempre gracias a la repetición permanente de boberías, ojalaterías y burdas fantasías, constantemente lo más alejados posible de la realidad.

 

Ni tampoco que exista una buena posibilidad de que la nueva administración aplique la Ley Helms-Burton a rajatabla, y por una sencilla razón: aunque este criterio me pueda costar el riesgo de ser moralmente crucificado o arrastrado en la Calle Ocho de Miami por los “durísimos” del exilio ungido, debo reiterar que tal ley es muy poco práctica a los efectos de negociaciones en favor de la verdadera libertad de Cuba, porque solamente ofrece y autoriza una única opción frente a la dictadura castrista: la rendición incondicional, sin ninguna otra posibilidad de determinados quid pro quo intermedios para avanzar en diferentes direcciones.

 

Y el problema consiste en que la rendición incondicional la pudieron exigir los soviéticos frente a los nazis después de haber tomado Berlín, o los americanos a los japoneses tras haber descargado dos devastadoras bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki, pero no el gobierno de EEUU frente a una dictadura castrista que, a pesar del colosal daño que ha supuesto para la nación cubana y su población, todavía mantiene opciones para subsistir y aliados a los que recurrir sin necesidad de tener que aceptar esa rendición incondicional.

 

De manera que, paradójicamente, lo que en un momento pareció una excelente ley para doblegar a la dictadura castrista y concederle la libertad y la democracia a los cubanos, ha pasado a ser en la actualidad un instrumento obsoleto sin aplicación práctica, porque si la dictadura cumpliera todas las exigencias de la mencionada Helms-Burton -con lo cual automáticamente dejaría de ser una dictadura- sería un crimen de lesa humanidad no levantar el embargo inmediatamente o no enviar hacia Cuba toda la ayuda necesaria y posible por parte del gobierno de Estados Unidos y de todos los gobiernos decentes del mundo.

 

De manera que deberemos acostumbrarnos a la idea de que la nueva administración del presidente Donald Trump establecerá sus prioridades sin tener que subordinarse a los sueños o fantasías de politicastros, soñadores, farsantes o demagogos de Miami, que se niegan a aceptar la realidad y pretenden que todo vuelva a los “viejos buenos tiempos” del casi medio siglo anterior donde no se resolvió nada concreto y los cubanos de a pie fueron afectados, mientras que los promotores de tales políticas absurdas en función de un eventual levantamiento popular -la cantidad de muertos posibles en un evento de tal naturaleza no era nada que preocupara a tales “iluminados”- eran reconocidos personajes con acceso a la Oficina Oval.

 

Eso no sucederá, simplemente porque entre los interesados en mantener determinados aspectos del “deshielo” comenzado con el régimen por la administración Obama hay grandes compañías americanas con mucho dinero invertido en el proyecto y mucho más dinero calculado como retorno de inversión, para que acepten y permitan mansamente que una decisión precipitada del presidente de Estados Unidos, quienquiera que sea, les eche abajo jugosos negocios previstos y comenzados después de detallados análisis de riesgos y oportunidades.

 

Y no hablo aquí de pequeñas fabriquitas de tractorcitos casi más pequeños que aquellos pequeños pero potentes “Piccolinos” italianos que se importaron en Cuba en las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado, sino de gigantescas y sofisticadas corporaciones americanas como líneas aéreas, compañías informáticas, bancarias, electrónicas, de telecomunicaciones, hoteleras, de cruceros, de productos energéticos, de alojamiento, médicas, de maquinaria agrícola y equipos de construcción, y muchas más que se preparan y afilan los dientes con la esperanza de obtener pingües ganancias en un mercado que, sin embargo, además de ser relativamente pequeño con solamente once millones de seres empobrecidos, tampoco dispone de mucho dinero en manos de la población, cuando los ingresos promedio son de alrededor de veinte dólares mensuales. Es de suponer que tales corporaciones sabrán lo que hacen y por qué lo hacen.

 

Esperemos, entonces, que el presidente Donald Trump eche abajo muy rápidamente las regulaciones más cuestionables de la administración Obama frente al castrismo, como la bochornosa orden de establecer vínculos de cooperación entre instituciones de seguridad de Estados Unidos y los órganos represivos del Ministerio del Interior de la dictadura; o el tratamiento no diferenciado entre los cubanos de a pie y los oficiales y miembros de los órganos represivos del castrismo que viven en Cuba y están autorizados a recibir remesas como cualquier otro cubano; o que elimine algunas de las categorías -no todas- que bajo el burdo disfraz de relaciones “pueblo a pueblo”, para intercambiar ideas y culturas, enmascaran turismo puro y duro, descanso y ocio en playas y resorts, y muchas más actividades, incluyendo incluso algunas relacionadas con el turismo sexual.

 

Esperemos que el nuevo presidente revise más detalladamente decisiones aparentemente precipitadas y condescendientes de la administración Obama que pretendían satisfacer inmorales demandas absurdas del neocastrismo, como la eliminación del gobierno cubano de la lista de países que son patrocinadores del terrorismo, mientras en la isla continúan recibiendo asilo “político”, cama y fonda, decenas de vulgares delincuentes comunes reclamados por la justicia de Estados Unidos, entre los que se encuentran terroristas, asesinos de policías, asaltantes a mano armada, fugitivos por delitos graves, secuestradores, y muchas otras “maravillas” de la fauna delincuencial. ¿No son bastante contradictorias estas realidades?

 

Y esperemos también que, a la vez, el presidente Trump mantenga algunas de las decisiones que benefician a los cubanos de a pie y que de verdad contribuyen a paliar las condiciones de la población en la isla, como son las remesas autorizadas; el acceso a becas y estudios en Estados Unidos (aunque después el régimen impida a sus ciudadanos participar); el reajuste, reorganización y una verdadera elevación de la efectividad de Radio Martí como medio de información para los cubanos de la isla; y al mismo tiempo una verdadera y objetiva valoración del alcance y efectividad de Televisión Martí, que prácticamente no ha podido verse en la isla en ningún lugar ni en ningún momento; o revisar los programas de apoyo material y moral a la disidencia dentro de la isla, para que sean aplicados a través de mecanismos efectivos y sofisticados y no mediante acciones propias de burócratas improvisados y amateurs, como ha sido durante los últimos años.

 

De manera que, como en toda realidad, no debemos esperar que las cosas vayan hasta los extremos en uno u otro sentido, o que aparezcan siempre en blanco y negro, cuando existen no solamente infinidad de colores en el espectro, sino también incluso diversas tonalidades de grises.

 

No creo que veremos al presidente Donald Trump ni echando abajo de un plumazo todas y cada una de las disposiciones sobre Cuba firmadas por el presidente Barack Obama, ni tampoco la ratificación de todas y cada una de ellas, porque eso podría hasta ser visto o considerado como una afrenta no solo contra los intereses de Estados Unidos, sino contra el mismo sentido común.

 

Y como se ha podido comprobar hasta el momento, el presidente Donald Trump no tendrá experiencia política anterior, pero tampoco ha mostrado rasgos de tonto ni de ingenuo en ningún momento.

 

Y al menos en el caso de Cuba, con que el presidente Trump no lo hiciera peor que como lo ha hecho Barack Obama frente a la dictadura ya sería algo muy positivo. Porque al presidente saliente se le podrían y deberían señalar, al valorar su legado, un conjunto de decisiones que, aunque hayan estado cargadas de las mejores intenciones, como sin dudas lo estaban, no resultaron ni de lejos las más efectivas frente al castrismo terminal.