Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

¿La edad de la razón?

 

Más de cuatro meses después del histórico anuncio de Barack Obama y Raúl Castro sobre el lanzamiento de esfuerzos para la normalización de relaciones entre ambos gobiernos, y tras la colosal erupción de gritos, mensajes, entrevistas, pasiones, histerias, frustraciones, lágrimas, risas, expectativas exageradas, alegrías, disparates, pronósticos errados, previsiones absurdas, predicciones para-psíquicas y declaraciones de iluminados que perdían una magnífica oportunidad de callarse, parecería que comienzan a calmarse las aguas y se podría hasta vislumbrar la posibilidad de un eventual acercamiento a la edad de la razón, esa en la cual la política es arte y ciencia como siempre debe ser, y no capricho o pataleta como nunca ha sido.

 

Han sido muchas cosas desde ese 17 de diciembre del año anterior, cuando casi todos fueron sorprendidos, incluyendo gobiernos extranjeros, cientistas políticos, periodistas, analistas de prestigio, líderes políticos, ese ente abstracto que llaman opinión pública, y poblaciones en general, incluidas las de Cuba y Estados Unidos en primer lugar.

 

Mucha más información que tiempo para analizarla y digerirla completamente, eso que en inglés se expresa gráficamente en la expresión to bit off more than could be chew, que se podría traducir como llevarse a la boca más de lo que se puede masticar. Porque la avalancha de información no se limitó solamente a la intención de comenzar a avanzar para normalizar las relaciones, sino también el intercambio desigual de prisioneros: tres espías del régimen por un eventual espía cubano al servicio de EEUU del cual no se sabe casi nada, más un contratista civil capturado años antes para mantenerlo como rehén y utilizarlo como carnada para negociar el intercambio.

 

Además, celebración de reuniones oficiales en La Habana y Washington para avanzar en el tema de la reapertura de las respectivas embajadas; declaraciones de Raúl Castro en la Cumbre de CELAC en San José de Costa Rica estableciendo sus condiciones, demandas y hasta chantajes para una eventual normalización de relaciones; acciones ejecutivas por parte de Estados Unidos para facilitar a compañías norteamericanas actividades que hasta ese momento estaban prohibidas por las leyes del embargo, como en el caso de las empresas de telecomunicaciones; autorizaciones ejecutivas para que cuentapropistas cubanos capaces de demostrar su independencia del gobierno (¿?) puedan exportar hacia Estados Unidos determinados productos.

 

No se limita el listado a lo anterior. También hay que mencionar, y en destacado lugar, la petición del presidente de EEUU al Congreso para que comenzara a trabajar en el levantamiento del embargo, declaración que hizo pública durante su discurso sobre el Estado de la Unión; la ampliación de los límites de las remesas que se podrán enviar a Cuba desde EEUU, cifra que se elevó de 2,000 a 8,000 dólares anuales por cada persona que envía; las visitas a la Isla de empresarios y cabilderos interesados en promover exportaciones agrícolas e industriales a Cuba; llegada a La Habana de gigantescas compañías como Master Card, Netflix o Airbnb, explorando posibilidades de negocios y ofreciendo sus múltiples servicios; conversaciones para restablecer los servicios de correo directo entre ambos países; flexibilización de las restricciones y trámites que limitaban a los ciudadanos americanos viajar a Cuba (menos a los cubanos naturalizados como ciudadanos americanos, que tienen que viajar a la Isla con pasaporte cubano, por imposiciones del régimen castrista).

 

Cuando ya con todo lo anterior parecía que bastaba para desquiciar mentalmente a muchos, se realizó la Cumbre de Las Américas, en Panamá, donde Raúl Castro y Barack Obama no solamente se saludaron, sino hasta se reunieron por espacio de casi hora y media, después de un meloso e inédito discurso del general sin batallas en la sesión plenaria, donde exoneraba a Obama de todas las culpas de sus antecesores y del “imperialismo”, y proclamaba ante los asombrados jefes de Estado y gobierno que Obama era un hombre honesto que debía ser apoyado, mientras los compinches del socialismo del siglo 21 se desgañitaban lanzando dardos contra “el imperio” y haciendo, por lo tanto, un ridículo de marca mayor.

 

Una encuesta realizada en Estados Unidos en el mes de marzo a 700 personas que manifestaron su intención de votar en las presidenciales del 2016, con un margen de error de 3.7%, mostraba que un 51.4% de los entrevistados estaba a favor de la normalización de relaciones propuesta por el presidente Obama, mientras un 38.3% se manifestó en contra. En esa misma encuesta, realizada para Inter­American Security Watch, se diseñó una muestra de 304 probables votantes cubanoamericanos, con las mismas preguntas. En ese grupo específico,  el 53,9% se opuso a la política de Obama hacia Cuba, mientras un 25,7% dijo favorecerla.

 

Mucho más recientemente se hizo pública otra encuesta, realizada conjuntamente por la firma Bendixen y Amandi, de Miami, y el Centro de Investigaciones Sociológicas de México, llevada a cabo secretamente dentro de la Isla, entrevistando a 1,200 cubanos con 70 preguntas, y un margen de error de 2.8%. Algunos esquemas preestablecidos sobre cómo pensaban los cubanos de la Isla se desarticularon con la encuesta, así como algunas de las posiciones de los opositores férreamente opuestos al lanzamiento de las iniciativas de Obama hacia el régimen.

 

Según esa encuesta realizada dentro del país, 97% de los consultados consideraba que el mejoramiento de relaciones con Estados Unidos era conveniente para Cuba, un 1% estaba en contra, y el 2% restante no opinó. Viajar fuera de Cuba resultó una aspiración básica para una clarísima  mayoría de los encuestados (64%), y un 70% señaló que le gustaría abrir un negocio personal. El 35% dijo esperar con entusiasmo la llegada de autos americanos, así como supermercados (43%) y farmacias (40%) bien abastecidos, como en EEUU. Estas respuestas mostraron el evidente fracaso absoluto de la propaganda gubernamental y los programas de ingeniería social para crear el hombre nuevo.

 

El 64% de los cubanos encuestados dentro de la Isla considera que la apertura cambiará el sistema económico, pero solamente el 37% cree que tal apertura cambiaría el sistema político, criterio que contradice muchas opiniones de que una apertura económica traería indefectiblemente cambios democráticos en el país. Solamente un 27% de encuestados teme que un cambio de régimen provocaría que los exiliados regresaran a Cuba a reclamar sus propiedades confiscadas y quitárselas a los de la Isla, sobre todo viviendas, otro leit motiv de la propaganda del régimen que indudablemente tampoco funciona ya. Y mientras la dictadura sigue definiendo al turismo como un gran mal necesario que trae muchísimos problemas al país, el 96% de los encuestados considera al turismo como algo beneficioso, y solamente un 2% lo ve como perjudicial.

 

En la mencionada encuesta un 80% de los cubanos interrogados respondieron tener una visión favorable del presidente Obama, mientras el 47% de los encuestados dijo tener una visión favorable del dictador Raúl Castro, y un 44% del retirado Fidel Castro. El 58% de los encuestados calificó de mala la imagen del Partido Comunista cubano, mientras el 46% expresó que los grupos de oposición tienen buena imagen, aunque más del 20% no opinó sobre el tema de los grupos opositores.

 

Hasta el momento, la encuesta más reciente sobre temas de las relaciones EEUU-Cuba se llevó a cabo en Estados Unidos con 1,018 participantes consultados por vía telefónica, realizada por la cadena CNN y la encuestadora ORC.

 

El 59 por ciento de los encuestados apoyó la decisión de Obama de eliminar a Cuba de la lista de estados patrocinadores de terrorismo y el 38 por ciento se opuso, con una clara determinación de las opiniones de acuerdo a las preferencias políticas de los encuestados. La salida de Cuba de la lista recibió 77% de apoyo entre votantes demócratas y 60% entre independientes, mientras que entre los republicanos un 61% de los encuestados se opuso a sacar a Cuba de esa lista. Por otra parte, el 52% de los encuestados consideró que Cuba no es una amenaza para EEUU, mientras el 27 por ciento piensa que sí lo es.

 

Junto con los traumas provocados por todas las encuestas que van apareciendo y todo lo que sucedió en la Cumbre de Panamá, desde los mítines de repudio castristas contra opositores pacíficos a plena luz del día y ante las cámaras de la prensa extranjera, hasta las alabanzas de Raúl Castro a quien hasta muy poco antes era considerado como el tenebroso jefe de “el imperio”, surgió el anuncio de la intención del Presidente Obama de sacar a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo, para lo cual envió la correspondiente notificación al Congreso de EEUU, que tiene 45 días para pronunciarse si intentara algo en contra, o simplemente dejarlos correr sin tomar acción, lo que convertiría en efectiva la propuesta una vez cumplido ese plazo. Además, acaba de visitar la Isla el gobernador del estado de New York, acompañado de un amplio cortejo de empresarios, visita que, aunque breve, facilitó que durante la misma se firmaran convenios comerciales entre empresas estatales cubanas y compañías norteamericanas.

 

Demasiada vorágine en algo más de cuatro meses después de casi medio siglo donde lo diario y constante era el estancamiento de las políticas de Estados Unidos hacia Cuba, la testarudez de la dictadura en cerrarse a toda posibilidad de cambio, y la inefectividad de las estrategias (¿existen?) de la oposición interna y el exilio en provocar un cambio, no ya de régimen, sino prácticamente de cualquier cosa.

 

Es imprescindible dejar a un lado declaraciones absurdas y desesperadas provocadas por la frustración o la rabia, muchas veces demasiado parecidas al pataleo de ahorcados, tanto en Estados Unidos como dentro de Cuba, donde se han escuchado maravillas como la de que la encuesta realizada dentro de Cuba no tenía sentido ni validez, porque normalmente esas encuestas se deben hacer por teléfono y en Cuba se hizo personalmente; o de que reconocer grupos disidentes por el gobierno cubano equivaldría a legalizar a Al Qaeda; o de que Obama es el mayor enemigo de los cubanos; o de que Cuba sería de inmediato tierra pletórica de oportunidades y mercados para productores de Estados Unidos, como si en el país existiera una verdadera demanda solvente y no una acumulación insalvable de demanda insatisfecha por falta de oferta, pero también por falta de poder adquisitivo en los eventuales consumidores.

 

Otras de las declaraciones absurdas son que no puede haber normalización de relaciones si Estados Unidos no entrega al régimen la Base Naval de Guantánamo o no le paga una cuantiosa indemnización por supuestos daños provocados por “el bloqueo”; o de que Cuba sigue siendo un país terrorista porque alberga en su territorio a estafadores del Medicare (lo cual es evidentemente un hecho delictivo, pero a ninguna persona cuerda se le ocurre considerarlo como actividad terrorista); o de que ahora sí los cubanos en la Isla podrán comer y vestirse mejor, porque se levantaría el embargo (como si la causa de las miserias de los cubanos fuera el embargo y no la fracasada política económica y social del régimen); o que la Isla no debe salir de la lista negra contra el terrorismo porque en Colombia fue capturado un barco chino que llevaba municiones para Cuba sin declararlas (lo que ni constituye una acción terrorista ni es responsabilidad del gobierno cubano la no declaración la carga, sino del gobierno chino).

 

Sin embargo, en este proceso de experimento y error en que se han lanzado tantos para tratar de comprender las nuevas realidades, las equivocaciones aparecen pronto, lo que ha permitido a los más sensatos que no se mueven por apasionamientos exclusivamente, comenzar a comprender determinados entornos con los que es fundamental lidiar, y que tendrán que ser los fundamentos para diseñar y conformar expectativas y estrategias para los nuevos escenarios de las relaciones entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos.

 

La primera nueva idea que ha comenzado a florecer, afortunadamente, es la comprensión de que las transformaciones que el proceso de acercamiento traerá no se producirán de la noche a la mañana ni mucho menos, y que en ocasiones se trata de situaciones que pueden requerir meses, o hasta años, no solamente por limitaciones materiales en el lado cubano, sino también por limitaciones psicológicas y conductuales de la parte cubana, formada en una “cultura de dirección” (la palabra “management” no se utiliza en Cuba, ni tampoco una que podría ser aproximadamente similar, como “gestión”), donde, por ejemplo, decisiones que en Estados Unidos toma individualmente un dueño de empresa o un manager de ventas a partir de políticas y estrategias anteriormente establecidas o de oportunidades que surgen de improviso, para los cubanos implica celebrar reuniones, consejos de dirección, consultas, coordinación de “factores”, evaluaciones políticas, solicitar aprobaciones, lo que se traduce en una demora prácticamente jurásica comparada con la velocidad a la que se realizan las transacciones comerciales en nuestros días.

 

Otra realidad que comienza a comprenderse muy rápidamente la expresó un cabildero americano que favorece el comercio con la Isla, con palabras muy concisas: Cuba no es precisamente Dubai 90 millas al sur de Estados Unidos. Es decir, se trata de un mercado potencial de 11 millones de habitantes con muchas necesidades insatisfechas, pero si los ingresos promedios de quienes trabajan para el Estado (más del 85% de los trabajadores) se mueven alrededor de 25 dólares mensuales, las posibilidades y capacidades de compra de la población son muy limitadas todavía.

 

Es cierto que algunos sectores reciben muchos más ingresos, como determinados artistas, deportistas de élite, cuentapropistas exitosos, funcionarios corruptos, privilegiados de la nomenklatura, empleados de firmas extranjeras o empresas mixtas, personas que trabajan en sectores donde tienen acceso a moneda extranjera, o residentes en la Isla que reciban remesas de familiares en el exterior, tienen mucha más capacidad de compra que los trabajadores asalariados del Estado o los jubilados y pensionados, pero de todas maneras no constituyen la mayoría de esos consumidores potenciales en los que han pensado, erróneamente, algunos o muchos productores americanos.

 

Junto a ello será necesario pensar en la reconversión tecnológica del país. Desde los inicios del embargo hasta nuestros días, la tecnología que existía en Cuba desde 1959 era fundamentalmente procedente de Estados Unidos, y en mucha menor medida Inglaterra. Con la vinculación castrista al llamado “campo socialista”, comenzaron a llegar a Cuba maquinaria y equipos procedentes fundamentalmente de la Unión Soviética, pero también de Checoslovaquia, Alemania Oriental, Polonia, Bulgaria, Rumania, y China Comunista de los tiempos de Mao. Generalmente tecnologías y equipamientos atrasados con relación a las tecnologías de punta del momento.

 

Otras importaciones realizadas de tecnologías y equipos japoneses, ingleses, suecos, franceses, italianos, canadienses y españoles fundamentalmente, así como en menor escala argentinos, brasileños y mexicanos, aunque superaban en calidad y modernidad a lo que enviaban los “países hermanos” del bloque soviético, fueron mal aprovechados, se violaban sus normas de mantenimiento y reparaciones, y terminaron teniendo una vida útil más reducida y menos efectiva de sus capacidades potenciales, debido al mal manejo y las fallas administrativas del burocrático sistema cubano.

 

Eso quiere decir que, hoy por hoy, el parque tecnológico del país es un desastre, antiguo, en mal estado y prácticamente abandonado, por lo que cualquier comienzo en este sentido sería prácticamente de cero. Y como se trata de un país con sus arcas sin demasiados recursos, y cargado de deudas que no acostumbra a pagar puntualmente, obtener créditos y financiamiento necesario para levantar y echar a andar a ese Lázaro tecnológico cubano no será nada sencillo ni rápido, y tendrá que ver, además, con la verdadera voluntad del gobierno cubano de reformar y reestructurar su política económica, que no puede seguirse limitando a ridículas autorizaciones para pelar naranjas, pasear perros o afilar cuchillos.

 

Por otra parte, aunque es cierto que los cubanos tienen una relativa preparación escolar superior a muchos países tercermundistas, y sobre todo a los de América Central y del Sur, así como del Caribe, y una demostrada capacidad de aprendizaje y esfuerzos de capacitación, será necesario entrenar a esa fuerza laboral cubana no solamente en nuevas tecnologías y procedimientos de trabajo, lo que resultaría relativamente sencillo, sino también en hábitos disciplinarios para el trabajo, de respeto no solamente a los horarios, las relaciones interpersonales y las normas tecnológicas de explotación de maquinarias y equipos, sino también de sentido de la eficiencia y el verdadero ahorro que resulte útil (no el de la propaganda castrista, que se limita a repetir y repetir consignas sin resolver nada, o a limitar recursos creando ineficiencia bajo el pretexto del ahorro), sino también hábitos de honestidad y respeto a la propiedad, a la no utilización para fines propios de bienes de las empresas (sea por sustracción o por usos indebidos), y de utilización efectiva de las jornadas de trabajo. Se trata de algo que sin dudas podrá lograrse, y su efectividad se podrá comprobar en los resultados productivos, pero que de seguro no se producirá de un día para otro, y en ocasiones requerirá muchísimo esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas (en sentido figurado lo de sangre, claro está).

 

Por parte de los cubanos funcionarios del régimen hay dos realidades muy diferentes. Quienes manejan las actividades diplomáticas con todos los países del mundo, así como las relaciones políticas con Estados Unidos, son personas preparadas y con muchos años de experiencia en diversos países y contextos, contactos públicos y secretos, fuentes informativas de diversa índole, y pueden desarrollar su trabajo con elevado o al menos muy aceptable nivel de profesionalidad.

 

Sin embargo, con los empresarios cubanos no sucede exactamente lo mismo. Aunque algunos trabajan en condiciones cercanas a como lo harían empresas privadas (los de GAESA, por ejemplo, Grupo de Administración de Empresas, Sociedad Anónima, controlado por militares, y que tienen en sus manos muchos de los resortes fundamentales de la economía del país), siempre han trabajado en condiciones de un mercado cautivo y sin tener verdaderos competidores para sus actividades, porque en el socialismo castrista que impera en el país, o lo poco que queda de esa supuesto socialismo, más nombre que realidad, la competencia entre empresas estatales es en la práctica un anatema que no se permite bajo ninguna circunstancia, y las empresas, por su condición de cuasi-monopolio, solamente compiten contra los cubanos de a pie o los extranjeros que no tienen más remedio de recurrir a sus servicios para poder resolver algo.

 

Por otra parte, otros directivos empresariales han trabajado siempre en condiciones de empresas estatales socialistas, como grandes centrales azucareros, ferrocarriles, aviación, empresas mineras, termoeléctricas, o textileras, que aunque fueran complejos productivos gigantescos y muy importantes, eran regidos por la burocrática planificación centralizada y sufrían además la injerencia permanente del partido comunista en prácticamente todas sus actividades, por lo que los empresarios de este tipo tienen poca o ninguna experiencia en cuanto a manejar relaciones comerciales con el exterior, o en cuanto al funcionamiento contractual entre empresas que no fueran estatales. Mucho peor es el caso de directivos de empresas locales, con mucha menos formación, experiencia y recursos que los de las grandes empresas nacionales.

 

Como en Cuba el comercio exterior es por ley, y prácticamente además, un monopolio estatal, corresponden a las empresas de Comercio Exterior, así como a algunas otras controladas por los militares, las actividades de exportación e importación del país, lo que lleva aparejado para los directivos de tales empresas de comercio exterior el monopolio de los conocimientos, procedimientos, sistemas de trabajo, contactos y relaciones de las actividades de ese tipo. Este eslabón en medio de la cadena comercial pretendiendo funcionar dentro de una burocracia altamente centralizada e ineficiente como la cubana, solamente aporta demoras, confusiones y gastos, a la vez que inhabilita, por falta de autoridad, facultades y experiencia, el trabajo de los directivos de las demás empresas estatales del país, incapaces de enfrentar no ya con éxito, sino incluso con conocimientos adecuados, las tareas que les deberían corresponder como directores de grandes unidades productivas para negociar contratos de exportación e importación, tomar decisiones de precios, costos y necesidades de fuerza de trabajo, o destinar una parte de las ganancias que se obtuvieran para lo que consideraran las necesidades más perentorias de sus empresas, sin necesitar la aprobación de la burocracia ministerial o partidista.

 

Mientras estos problemas no se resuelvan, aunque hoy mismo se eliminaran el embargo y todas las restricciones que pudiera poner Estados Unidos a cualquier tipo de comercio con Cuba, será imposible avanzar como necesitaría el país si los contactos, decisiones y contratos de las empresas estatales cubanas no están en manos de los directores de esas empresas sino de burócratas ministeriales o funcionarios del partido comunista.

 

Otro aspecto en el que hay que avanzar para que unas relaciones “normales” entre ambos países y gobiernos tengan fluidez y beneficios para ambas naciones, será en un tema que ahora no trata del aspecto económico sino del político y social. Mientras que la todavía débil (y continuamente golpeada por el régimen oposición interna) no se acabe de articular y enfocarse decisivamente a ganar simpatizantes de la población que se les sumen y les apoyen, lo que resulta mucho más importante que ser conocidos en la radio y televisión de Miami, algunas capitales europeas y latinoamericanas, y alguna que otra prensa extranjera, tendrán que continuar recibiendo golpizas, detenciones arbitrarias, difamación y chantajes. Si a eso se le suma que, lamentablemente, problemas internos y agrias polémicas por lograr protagonismo consumen más tiempo de los opositores que el enfrentamiento a la tiranía, las cosas solamente podrán continuar de mal en peor.

 

El exilio, por su parte, no se queda atrás. Con mucha más información que la que pueden disponer los opositores dentro de la Isla, y con muchos más recursos que quienes retan a la dictadura dentro de Cuba, en demasiadas ocasiones se gasta en problemas secundarios,  enfrenta batallas que conducen a muy poco, o se esfuerza en lograr victorias demasiado pírricas, perdiendo de vista al enemigo principal y la razón de ser de ser exiliado, no de ser emigrante económico. Todo dardo y recurso que se gaste contra el Presidente de EEUU, quienquiera que sea, es un dardo o recurso que no se utiliza contra la dictadura. La satisfacción de considerarse uno mismo “vertical” o “intransigente” podrá brindar tranquilidad espiritual o sentido del deber cumplido, pero pragmáticamente nunca conducirá a debilitar la dictadura, mucho menos a contribuir a derrocarla. Más de medio siglo dando vueltas a esta noria debería haber enseñado algo, pero aparentemente no es así.

 

Los líderes políticos cubanoamericanos que ocupan asientos en el Congreso de Estados Unidos, así como los estatales y locales que desean aparecer en la fotografía, aunque sus opiniones y resoluciones sobre estos temas ni pintan ni dan color, podrían hacer mucho mejor trabajo analizando menos apasionadamente las nuevas realidades; dejando a un lado actuaciones que, a fin de cuentas, no han impedido que la dictadura no solamente se mantenga en Cuba, sino que comience a pasarles por el lado en el tema cubano; y en vez de cuestionar y desechar encuestas que no les agradan calificándolas de falseadas o mal intencionadas, tratar de entender profundamente qué es lo que está cambiando y cómo en este escenario, tanto en Cuba como en Estados Unidos, so pena de quedar desfasados y colgados de la brocha cuando les han quitado la escalera.

 

No se trata de apoyar las políticas que defiende el presidente Obama si no las consideran apropiadas, sino que manifiesten su oposición a las mismas con argumentos sensatos y mesurados, como no les ha quedado más remedio que hacer cuando se enteraron que los procedimientos congresionales no les otorgaban ninguna posibilidad, ni la más mínima, de impedir sacar a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo, como propuso el presidente de Estados Unidos. De haberse informado adecuadamente, como podían perfectamente haber hecho, antes de comenzar a vociferar y pronosticar apasionadamente en un universo virtual ajeno a realidades con los pies sobre la tierra, no hubieran perdido una magnífica oportunidad de haberse quedado callados o anunciar una estrategia mucho más sensata y, sobre todo, posible. Porque de eso y no de otra cosa se trata la política, siempre. Mucho más cuando se comienza a entrar en la edad de la razón.

 

Finalmente, si un aspirante a candidato presidencial una de las primeras cosas que dice cuando comienza a darse a conocer es que, de ganar la presidencia de Estados Unidos revertiría todas las políticas de Barack Obama hacia Cuba, lo cual está en todo su derecho de desear, proponer y aseverar, aunque habría que preguntarse si realmente pudiera materializar esas ideas en caso de alcanzar La Casa Blanca, debería considerar también que, de entrada, se puede estar enfrentando a los criterios de al menos la mitad de los eventuales votantes en las elecciones presidenciales del 2016, algo que no sería definitivo, pero sí una pesada carga cuesta arriba en una campaña por la presidencia estadounidense.

 

Además, aunque no voten en las elecciones de Estados Unidos, ese 97% de cubanos residentes en Cuba que considera que la mejoría de relaciones con el gobierno de Estados Unidos, será favorable para los habitantes de la Isla, muchos de los cuales desean poder tener la oportunidad que en su momento tuvieron los padres de un aspirante a candidato para venir a los Estados Unidos como emigrantes económicos, no refugiados políticos en contra del comunismo, podrían preguntarse si ese aspirante a candidato finalmente ganara la presidencia de la nación más poderosa del mundo, resultaría algo positivo o negativo para los cubanos de a pie en la Isla. Muchos de ellos tienen familiares en Estados Unidos que pueden votar, o alcanzar el derecho a hacerlo, haciéndose ciudadanos americanos, antes de noviembre del 2016.

 

No pretendo saber más que ese aspirante a candidato, ni conocer la maquinaria política mejor que él, pues no soy político, voto como independiente y acostumbro a tratar de analizar las realidades lo más fríamente posible, tanto de Cuba como de Estados Unidos y todo el mundo, disponiendo solamente de información pública y tratando de mantener al máximo el rigor profesional.

 

Sin embargo, tanto en este asunto como en todos los tratados en este análisis, considero que es muy importante que se acaben de desechar completa y definitivamente todas las superficialidades políticas, y termine de imponerse entre nosotros La Edad de la Razón.

 

Porque si no lo hacemos ahora tal vez no podremos lograrlo nunca.