Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

              Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

   

 

 

                               

                                                                                                                                                            

 

“LA BUROCRACIA”, LA CORRUPCIÓN Y EL TOTÍ

 

La culpa de todo la tiene el totí

 

El totí ahora, para justificar el desastre y fracaso de los proyectos reformistas es “la burocracia”: algo tan abstracto como la pluralidad de los mundos habitados o la cuadratura del círculo: ¿es que acaso un oficinista mal pagado puede “torpedear” una directiva del gobierno central? ¿un funcionario municipal de una provincia oriental se las arregla para demorar una inversión de gran envergadura? ¿Y Caperucita Roja no conocía al lobo feroz?

 

Es conveniente aclarar algunas cosas sobre la burocracia como concepto. En primer lugar, eso que se llama la burocracia existe y ha existido siempre en todas partes, en mayor o menor medida, en todos los países. Y existe porque es imprescindible para el funcionamiento de las organizaciones. ¿Cómo se podría dirigir un gobierno sin que exista una burocracia que le haga funcionar? ¿Cómo podría moverse en algún lugar una administración pública sin burócratas? ¿Cómo manejar una empresa en la que no exista burocracia?

 

Por otra parte, burocracia y corrupción son términos que no se deben analizar por separado, porque una facilita la otra. En la medida que la burocracia -o su deformación- se enquista en la sociedad, hay más facilidades para la corrupción, que, a su vez, necesita del tejido burocrático de la nación para poder asentarse y desarrollarse sin demasiadas dificultades. No se trata de que toda la burocracia sea corrupta ni que todos los corruptos sean burócratas, sino que cada una de ellas se convierte en un entorno favorable para la otra. 

 

El alemán Max Weber estudió profundamente el fenómeno de la burocracia desde los años 30 del siglo pasado. La burocracia no es “un mal necesario”, sino una necesidad para poder dirigir cualquier actividad. Lo que ocurre es que hay burocracias eficientes, como también burocracias ineptas; burocracias honestas, y también burocracias corruptas; burócratas capacitados y también burócratas incompetentes; burócratas responsables y burócratas oportunistas. Como también hay burocracia de bajo perfil, personas con muy pocas responsabilidades, junto a burócratas de alto nivel y más responsabilidades, a quienes se les llama “el funcionariado”, y que tienen mucho mayor nivel de decisión (y capacidad potencial para hacer daño).

 

Tampoco es lo mismo que exista burocracia a que exista burocratismo, que es una actuación disfuncional de la burocracia, una aberración, la degeneración del trabajo burocrático. El problema, entonces, no es la existencia de una burocracia, puesto que tiene que haberla, sino qué tipo de burocracia, cómo funciona, con qué resultados y, sobre todo, por qué. Culpar a “la burocracia” de la ineficiencia del sistema es como culpar a la “mala suerte” por los resultados inconvenientes.

 

Cuando se produce un asesinato a puñaladas la culpa no es del puñal, sino del asesino. Un peatón siempre es arrollado por un chofer, no por un vehículo: el vehículo es solamente el medio que utiliza ese chofer, aunque lo haga sin intención, para arrollar al peatón. (Claro, los puristas podrán decir que si el vehículo no estaba conducido por alguien cuando, por ejemplo, se fue cuesta abajo sin control, sería diferente. Sí, pero, ¿por qué se fue cuesta abajo? ¿Porque no funcionó el freno de emergencia, tal vez? Sin embargo, si el freno de emergencia no estaba en las mejores condiciones, ¿es culpa del camión o de su chofer?).

 

De la misma manera, cuando un gobierno es un desastre, ineficiente o corrupto, la culpa no es de la burocracia, sino de los gobernantes (en La Habana, Moscú, Caracas, Miami o Hialeah). “La burocracia” cubana es solamente el medio que utiliza el inmovilismo del régimen para justificar que los abastecimientos lleguen tarde o se pudran en el camino de la finca a los puntos de venta, que los precios no se ajusten en dependencia de la calidad de los productos, que no haya motivación ni disciplina laboral en los trabajadores, que los productos “desaparezcan” continuamente de los inventarios, que los enfermos mentales mueran de hambre y frío en un hospital, que los jóvenes estudiantes tengan modales y comportamientos inmorales o de mala educación, que no se cumplan los horarios, que prospere la corrupción sin que se pueda detener su crecimiento y su expansión, y tantas cosas más.

 

La burocracia en Cuba, tanto durante la colonia como en la república, nunca se consolidó como estamento social, ni existió nunca una tradición de servicio público donde hacer carrera a través de la superación y la meritocracia. Los cargos en la administración pública se obtenían en base a la amistad, las relaciones personales y los compromisos y favores electorales, y no en base a la capacidad y el esfuerzo, de manera que con cada cambio de gobierno venía un nuevo reparto de puestos y privilegios, quedando desplazados los perdedores y pasando a ser encumbrados los ganadores.

 

Entonces, casi todos veían su paso por el funcionariado no como el ejercicio de una profesión, sino como una oportunidad de enriquecerse rápidamente. Mientras que en los países más apegados al Estado de derecho y la legalidad trabajar en la burocracia se considera una obligación que rinde menos que ser exitoso en los negocios, en la cultura “tercermundista” lograr incorporarse a una buena posición en la administración pública es una de las vías más expeditas para hacerse de un relativo “poder” y grandes sumas de dinero en muy poco tiempo.

 

Mientras más se involucra el Estado en la administración de los pequeños detalles de la economía, más entorno ideal para el desarrollo de la burocracia y la corrupción. No es casualidad que los países del “socialismo real” fueran emporios de la burocracia y la corrupción, como lo siguen siendo hoy China y Vietnam con su “socialismo de mercado” dictatorial.

 

Como tampoco es casualidad que actualmente, en las seudo-transiciones que se llevan a cabo en algunos de los antiguos países comunistas, sin la voluntad política necesaria ni la transparencia adecuada, lo sigan siendo.

 

O que lo sean en África y América Latina: la corrupción y la burocracia son directamente proporcionales al populismo y la exaltación del Estado para la solución de todos los problemas, tanto en Argentina como en Zimbabwe, en Ecuador como en Angola, en México como en Egipto, o en Cuba como en Irán. Lo cual no significa, ya que hablamos del Tercer Mundo, que no haya burocracia y corrupción tanto en Miami como en Hialeah.

 

Fidel Castro propició la burocracia “leal”, repartiendo privilegios a su antojo a sus “fieles”, fueran dirigentes civiles, jefes militares, especialistas, científicos, o deportistas destacados que le simpatizaban, en forma de autos, mansiones, altas posiciones, y viajes al exterior, “regalando” hasta centrales azucareros, hospitales o aeropuertos, para premiar actitudes solidarias con su régimen o para obtener favores políticos de sus aliados.

 

Con ese “ejemplo” del máximo líder disponiendo de los recursos de la nación a su antojo, cada capa de la dirigencia y el funcionariado, desde la cima a la base, veía el modelo de actuación, y “premiaba” a sus subordinados más fieles de la misma manera, aunque, naturalmente, con recursos de mucho menos valor: a veces el “premio” se limitaba a una pierna de puerco y dos botellas de ron, o algunos días en una “casa de visitas”, algo muy modesto, sin dudas, pero casi inaccesible por las vías legales en el país, aunque en un país “normal” esas cosas no constituyen estímulos para comprar fidelidades, pues se obtienen fácilmente en los mercados.

 

Durante la era de Fidel Castro, la corrupción en dinero fue desplazada por la corrupción en especie: era mucho más apreciado obtener, además de la mansión, un “Lada”, cien sacos de cemento, una reproductora de video, o buenas cantidades de langosta, que obtener dinero en efectivo, que no servía para mucho en un mercado empobrecido y racionado.

 

Pero con el neocastrismo que surge tras la renuncia de Fidel Castro a todos sus cargos “con carácter provisional”, en la era de Raúl Castro el mercado racionado y los subsidios oficiales han ido desapareciendo poco a poco, y el dinero (sobre todo el dinero en “moneda fuerte”) ha ido retomando su papel en la sociedad.

 

Ahora es más importante acceder a los pesos convertibles (CUC) o dólares que “trapichear” dos piernas de puerco o cinco galones de gasolina, lo que ya va quedando solamente para las capas más raquíticas de los corruptos. Aunque de los estratos altos de los corruptos cubanos solamente muy pocos llegan a los niveles de enriquecimiento alcanzados por los corruptos argentinos, mexicanos, ecuatorianos, venezolanos (aun los de antes de Chávez) o brasileños.

 

La “teoría” castrista sobre el burocratismo

 

Un pequeño artículo de Ernesto Che Guevara publicado en Cuba Socialista en 1963, titulado “Contra el burocratismo”, al que se le ha dado extraordinaria e inmerecida fama por parte del régimen, aunque nada de lo que decía ha servido para nada y ninguno de los problemas mencionados ha sido resuelto, puede considerarse el “fundamento teórico” del enfoque castrista de la lucha contra el burocratismo, que en ese 1963 celebraba el “Año de la lucha contra el burocratismo”.

 

Ese trabajo es la demostración más absoluta y palpable de varias realidades, y la primera de ellas es que Che Guevara, de igual forma que sobre economía, no tenía ni la más mínima idea de lo que realmente era el burocratismo, ni de sus causas, y mucho menos de la solución de este problema.

 

En el artículo de marras, Guevara señalaba:

 

Por ocupar todo el complejo aparato de la sociedad, los campos de acción de las “guerrillas administrativas” chocaban entre sí, produciéndose continuos roces, órdenes y contraórdenes, distintas interpretaciones de las leyes, que llegaban, en algunos casos, a la réplica contra las mismas por parte de organismos que establecían sus propios dictados en forma de decretos, haciendo caso omiso del aparato central de dirección. Después de un año de dolorosas experiencias llegamos a la conclusión de que era imprescindible modificar totalmente nuestro estilo de trabajo y volver a organizar el aparato estatal de un modo racional, utilizando las técnicas de la planificación conocidas en los hermanos países socialistas. [Podría haber recordado a Karl Marx: un violinista solo se dirige él mismo, pero una orquesta necesita un director].

 

Como contra medida, se empezaron a organizar los fuertes aparatos burocráticos que caracterizan esta primera época de construcción de nuestro Estado socialista, pero el bandazo fue demasiado grande y toda una serie de organismos, entre los que incluye el Ministerio de Industrias, iniciaron una política de centralización operativa, frenando exageradamente la iniciativa de los administradores. Este concepto centralizador se explica por la escasez de cuadros medios y el espíritu anárquico anterior, lo que obligaba a un celo enorme en las exigencias de cumplimiento de las directivas. Paralelamente, la falta de aparatos de control adecuados hacía difícil la correcta localización a tiempo de las fallas administrativas, lo que amparaba el uso de la “libreta” [quiere decir que cada uno hacía las cosas “por la libre”, a su manera, como mejor considerara]. De esta manera, los cuadros más conscientes y los más tímidos frenaban sus impulsos para atemperarlos a la marcha del lento engranaje de la administración, mientras otros campeaban todavía por sus respetos, sin sentirse obligados a acatar autoridad alguna, obligando a nuevas medidas de control que paralizaran su actividad. Así comienza a padecer nuestra Revolución el mal llamado burocratismo. [¿La “revolución” es el efecto o la causa del burocratismo? Ernesto Guevara no parece entenderlo].

 

Al señalar las “causas” del burocratismo en la Cuba de los guerrilleros, Guevara, una vez más, demostraba su absoluto despiste de la realidad:

 

Dado el peso de los “pecados originales” yacentes en los antiguos aparatos administrativos y las situaciones creadas con posterioridad al triunfo de la Revolución, el mal del burocratismo comenzó a desarrollarse con fuerza. Si fuéramos a buscar sus raíces en el momento actual, agregaríamos a causas viejas nuevas motivaciones, encontrando tres razones fundamentales.

 

Una de ellas es la falta de motor interno. Con esto queremos decir, la falta de interés del individuo por rendir un servicio al Estado y por superar una situación dada. Se basa en una falta de conciencia revolucionaria o, en todo caso, en el conformismo frente a lo que anda mal. (…)

 

Otra causa es la falta de organización. Al pretender destruir el "guerrillerismo" sin tener la suficiente experiencia administrativa, se producen disloques, cuellos de botellas, que frenan innecesariamente el flujo de las informaciones de las bases y de las instrucciones u órdenes emanadas de los aparatos centrales. A veces éstas, o aquellas, toman rumbos extraviados y, otras, se traducen en indicaciones mal vertidas, disparatadas, que contribuyen más a la distorsión. [Parecería más sencillo hacer referencia a la ineptitud de los dirigentes, incluido él mismo]. (…)

 

La tercera causa, muy importante, es la falta de conocimientos técnicos suficientemente desarrollados como para poder tomar decisiones justas y en poco tiempo. Al no poder hacerlo, deben reunirse muchas experiencias de pequeño valor y tratar de extraer de allí una conclusión. Las discusiones suelen volverse interminables, sin que ninguno de los expositores tenga la autoridad suficiente como para imponer su criterio. Después de una, dos, unas cuantas reuniones, el problema sigue vigente hasta que se resuelve por sí solo o hay que tomar una resolución cualquiera, por mala que sea. [De nuevo, utilización de interminable verborrea para no hacer referencia a la total ineptitud de los dirigentes, incluido él mismo].

 

Excesiva palabrería hueca bajo ropaje de lenguaje riguroso. Porque, sencillamente, se trata de tres razones muy claras que “el guerrillero heroico” no logra entender: el exceso de centralización administrativa, donde el Estado se inmiscuye en todo, desde lo estratégico hasta el precio de los boniatos; la proverbial ineptitud de los dirigentes “revolucionarios” cubanos; y falta de motivación de los ejecutores, de “la burocracia”, de esos a los que nadie toma en cuenta, les pagan miserablemente, los envían al trabajo “voluntario”, y los hacinan en oficinas incómodas y sin recursos.

 

Sin el exceso de absurda centralización y con dirigentes aptos se podría modificar la falta de motivación de esa burocracia tomando medidas adecuadas, pero con cafres dirigiendo un país donde mientras menos se sepa dirigir es mejor, para garantizar la “disciplina”, es imposible.

 

Paradójicamente (o quizás no), resulta una mucho mejor descripción de la situación cubana de entonces y actual la película “La muerte de un burócrata”, de Tomás Gutiérrez Alea, “Titón”, estrenada en 1966, hace cuarenta y cinco años. Si cuando se cumplieron veinticinco años de su estreno fue exhibida nuevamente, y todos pudieron comprobar que las cosas en el país no habían mejorado para nada, sino solamente habían cambiado para peor, ¿qué será lo que pueda decirse hoy, veinte años después de aquel vigésimo quinto aniversario de ese clásico del cine cubano?

 

Medio siglo después

 

Un talentoso cubano que publica continuamente en Juventud Rebelde, José Alejandro Rodríguez, a quien yo siempre recuerdo simplemente como aquel “Pepe” que estudiaba periodismo, inteligente, responsable, honesto y esforzado, edita una sección diaria en el periódico, que trata de las quejas que continuamente envían los lectores sobre las dificultades, problemas y arbitrariedades que debe enfrentar diariamente la población, desde personas a las que se les cobra por servicios no recibidos hasta instalaciones industriales en medio de zonas urbanas, con las consiguientes afectaciones a la salud humana, pasando por las decisiones simplemente idiotas que provocan que se deterioren productos alimenticios que no podrán ser consumidos, o infinidad de viajes a las oficinas gubernamentales para realizar los trámites más simples: una reedición permanente de aquella imagen del “Plan Camarioca-Plan Escambray, con eso de “Hay, pero no te toca, o Te toca, pero no hay”.

 

Uno de los casos más recientes que reporta el periodista es el de un cubano a quien robaron en diciembre del 2010 su tarjeta electrónica de una cuenta en divisas que mantiene en un banco estatal en el país. Tras infinidad de visitas al banco, diferentes promesas incumplidas, y la entrega de una nueva tarjeta de reemplazo que nunca funcionó, todavía en el mes de septiembre de este año -diez meses después del incidente- esa persona no tenía una tarjeta válida y estaba limitada para utilizar su propio dinero, mientras que el banco utiliza tranquilamente ese dinero del depositante para funcionar, y todavía a estas alturas no se conoce cuándo será resuelto el problema.

 

No se como pensará Pepe en la actualidad, pues solamente se de él hace muchos años por sus escritos que leo, y respeto absolutamente lo que pueda pensar, sea lo que sea, pues está en su pleno derecho a pensar con su cabeza. Pero si no ha perdido el talento, algo que generalmente no se pierde con el paso de los años, se dará cuenta de que en su columna diaria se enfrenta al interminable castigo de Sísifo, pues cuando los responsables directos de las dificultades se dignan responder al periódico -lo cual no siempre hacen- expresan un absoluto y profundo dominio del cantinfleo, donde la culpa siempre la tiene otro, o no la tiene nadie, porque se trata de “situaciones objetivas” que no tienen solución.

 

Una solución diferente, sencilla y práctica

 

Si la realidad se analizara con rigor y sin temor, en vez de pretender escabullir la bola y despreocuparse de buscar soluciones, que para eso cobran los dirigentes, la explicación de todos los problemas del país sería mucho más sencilla, y la culpa no se lanzaría ahora contra “la burocracia”:

 

Pensemos lo que podría suceder si se eliminara el tristemente célebre artículo Artículo 5 de la Constitución cubana, que señala:

 

El Partido Comunista de Cuba, vanguardia organizada marxista-leninista de la clase obrera, es la fuerza dirigente de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista.  

 

Automáticamente, al retirarle a esa institución secretista, sectaria y elitista, incapaz de establecer cualquier tipo de relación con la sociedad si no se abroga el derecho “divino” a estar por encima del resto de los mortales, y que ha demostrado en todo el mundo ser incapaz de dirigir eficientemente ningún país en ninguna época histórica, se estaría dando un paso muy consistente y muy decisivo en la lucha contra el burocratismo.

 

Simultáneamente, si se le eliminaran los subsidios gubernamentales para funcionar -que salen del dinero de los trabajadores cubanos sin que nadie les haya pedido opinión sobre ello, y que son independientes de las cotizaciones “voluntarias” de sus integrantes-, tendría que mantenerse simplemente con los aportes de los militantes, y se verían extraordinaria y oportunamente reducidos o eliminados, además del mastodóntico Comité Central con todo se aparataje de “cuadros” y burócratas, quince comités provinciales y ciento sesenta y nueve comités municipales del Partido, más sus instituciones en las fuerzas armadas y el ministerio del interior, así como la infinidad de buroes del partido y “cuadros profesionales” que pululan por doquier, todos incapaces de justificar su salario con acciones útiles y productivas que traigan resultados positivos al país.

 

Por ese camino, similares o comparables ahorros en inútiles, ineficientes e inefectivos dirigentes y funcionarios, se lograrían también haciendo lo mismo en las siguientes organizaciones “políticas y de masas”, que lo único que hacen es repetir “cotorrilmente” lo que dice y desea el Partido: Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), Comités de Defensa de la Revolución  (CDR), Central de Trabajadores de Cuba (CTC), Federación de Mujeres Cubanas (FMC), Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), Unión de Pioneros de Cuba (UPC), Federación Estudiantil Universitaria (FEU), y Federación de Estudiantes de Enseñanza Media (FEEM), así como diversas y parásitas organizaciones “profesionales” sin ninguna personalidad independiente, como la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), entre otras.

 

No solamente se lograrían significativos ahorros reales en gastos y personal, sino que se acabaría la permanente intromisión en la actividad de las administraciones, la generación de interminables boberías del “trabajo político”, la entronización de una casta de ineptos que resulta un cáncer en la sociedad, y se acabarían la infinidad de absurdas regulaciones para tantas cosas.

 

Entonces, no importaría tanto si un paladar tiene 50, 22 ó 77 sillas (pues el mercado se encargaría de eso), si las personas prefieren ver en la televisión la “Mesa Redonda” de la programación oficial, la liga española de fútbol, o la Serie Mundial de Béisbol, si el que trabaja en tierra arrendada decide construirse un “varaentierra” para dormir y cuidar sus cosechas y sus animales, si Fulanito se va por seis meses a pasear o a visitar a su familia en Miami -o en Moscú, o en Luanda, o donde sea-, o si los orientales quieren irse a vivir a La Habana (como mismo hicieron en su tiempo Fidel y Raúl Castro, Guillermo García, Celia Sánchez, o Abelardo Colomé), ni tampoco harían falta dos monedas diferentes en el país, ni tantos inspectores, auditores y policías.  

 

Todos esos problemas se resolverían mucho más fácilmente con esas sencillas medidas de carácter elemental y lógico, y no sería necesario haber acusado antes al “bloqueo”, los huracanes, la crisis económica mundial, o al mismísimo demonio, por todos los problemas, como ahora se pretende hacer con “la burocracia” y no el burocratismo, porque el burocratismo ignorante e ineficiente es hijo legítimo del totalitarismo. Porque esas que se han mencionado no son las causas de los problemas en Cuba: la causa es una sola y muy precisa: “el sistema”, eso que ahora se ha dado en llamar “el modelo”, que se dice que se quiere actualizar.

 

Burocracia y burocratismo

 

Toda institución genera (inventa) trabajo suficiente para justificar su existencia. Eso sucede en todas partes y en todas las épocas: en el Imperio Romano, en la NASA, en una institución deportiva, o en un convento de monjes budistas. Pero si los resultados del trabajo de cada una de las instituciones pudieran medirse en términos concretos y precisos, cada vez sería más difícil mantener con vida instituciones inútiles.

 

En una economía de mercado, por ejemplo, se hace prácticamente imposible mantener funcionando indefinidamente una empresa que no genere ganancias. Un sencillo balance de contabilidad rigurosamente elaborado es elemento suficiente para mantener o liquidar a esa empresa.

 

Pero en una sociedad totalitaria no hay manera de establecer elementos de valoración que resulten confiables y efectivos: ¿cómo se puede medir la efectividad de la Federación de Mujeres Cubanas, o la del Departamento Azucarero del Comité Central del Partido? ¿Tal vez por la cantidad de mujeres “federadas” o mujeres que se incorporan al trabajo? ¿o por la cantidad de toneladas de azúcar que se producen en el país? ¿Eso qué mide?

 

Más mujeres “federadas” -lo que se hace automáticamente al cumplir las muchachas determinada edad- lo único que indica es un guarismo. La incorporación de mujeres a la fuerza laboral no depende de la Federación, sino de las capacidades inversionistas y productivas del país, y de las facilidades sociales para que las mujeres puedan trabajar. Pero, hasta donde se sabe, los círculos infantiles no son construidos por las federadas, sino por los trabajadores de la construcción. Ciertamente, hay acciones muy positivas de la FMC, como la movilización de las mujeres para que se realicen la prueba citológica, pero eso es realizable sin necesidad del enorme aparato “político” de la Federación.

 

Y la cantidad de toneladas de azúcar de una zafra depende, además de los planes de producción del país, de los resultados técnicos y económicos de las unidades productivas. ¿Cómo podría el aparato del partido disminuir el lapso entre caña cortada y caña molida, o aumentar el rendimiento de azúcar en la caña? Eso es tarea de los trabajadores cañeros y azucareros, no de los “cuadros” partidistas, y dependerá de los recursos de que dispongan y de la motivación para realizar el trabajo eficientemente, lo que se logra solamente con verdaderos estímulos y no con “teques” de todo tipo.

 

Por eso lo único que puede hacer y hace el departamento azucarero es solicitar informes, organizar reuniones, realizar visitas de “control y ayuda”, presionar, hablar, arengar, y querer estar en todos los detalles de la producción azucarera. Es decir, que lo único que puede hacer y hace son tareas que no tienen nada que ver con el hecho muy concreto de producir azúcar.

 

Y lo que vale para el departamento azucarero vale también para todos y cada uno de los departamentos del aparato partidista y los de las “organizaciones políticas y de masas”: un enorme enjambre de personas -concedámosles el beneficio de la duda y aceptemos que muchísimos de ellos son personas esforzadas, trabajadoras, honestas y responsables- que tienen la absurda tarea de dedicarse todos los días a tratar de lograr algo en lo que no pueden influir directamente, y cuyos resultados no se miden por lo que no pueden hacer, sino por lo que hacen, lo cual no sirve para nada. Así de sencillo.

 

No crucificar a “la burocracia”

 

En todo este absurdo organizativo y de funcionamiento, ¿que puede hacer “la burocracia” en estos momentos? Porque la burocracia de la que se habla ahora para culparla de todo no es el “cuadro” del partido ni de las organizaciones políticas, el “hijo de papá”, el “histórico” encumbrado, el privilegiado de la nomenklatura, o aquel que mediante influencias se agenció una agradable posición en una “corporación”, todos los cuales, además de estar en el origen de todos los problemas, son el caldo de cultivo ideal para la corrupción.

 

Esta “burocracia” a la que se quiere culpar ahora del desastre y la ineficiencia no la integra ninguno de los mencionados en el párrafo anterior -que constituyen el “funcionarado” de alto nivel- sino simples contadores o auxiliares de contabilidad, estadísticos, ingenieros, economistas, arquitectos, agrónomos, veterinarios, químicos, técnicos de la producción y los servicios, mecanógrafas, secretarias, especialistas en organización del trabajo, capacitadores, mecánicos, jefes de sección, de departamento y directores sin verdadero contenido de trabajo útil ni objetivos concretos, y muchas otras absurdas especialidades arbitrariamente desarrolladas en “el modelo”.

 

Personas casi siempre con más cargo que salario, muchas veces deficientemente preparados para la actividad administrativa por la debilidad de los sistemas de educación y capacitación, trabajando en condiciones demasiado precarias e incómodas, con deficiente transporte y mucha peor alimentación, calzado y vestuario, con iluminación deficiente y atroz calor, que a veces no disponen no ya de computadoras, sino tampoco de papel y bolígrafos, que pululan en ministerios, empresas, unidades presupuestadas, delegaciones provinciales y municipales, empresas irrentables, despilfarradoras e ineficientes, y otras instituciones.

 

Personas que nada pueden hacer realmente -aunque quisieran- para dificultar el cumplimiento del cronograma para la construcción del acueducto de Santiago de Cuba, el funcionamiento del cable submarino de fibra óptica entre Cuba y Venezuela, la corrupción en las empresas mixtas mineras, la caída en picada de la producción industrial y azucarera, el mal servicio del turismo, o la proverbial y legendaria incapacidad de la empresa de Acopio para que los productos agropecuarios no se echen a perder en los campos, caminos o establecimientos de venta, ni para evitar que se robe en todas partes, se maltrate a los “usuarios” (en Cuba totalitaria no hay “clientes”), o se ofrezcan servicios estatales cuyos precios no se corresponden con la calidad de la poca oferta existente.

 

¿De que se puede acusar a esta “burocracia” que ahora quieren convertir en el totí de la “actualización del modelo”? De no tener motivación para esforzarse, de hacer como que trabaja a cambio de que el gobierno haga como que le paga, de saber que su opinión o su experiencia no cuentan para nada, de sentirse impotente ante los desmanes y los privilegios de “los dirigentes”, de no poder expresar su opinión libremente, de saber que su avance y su prosperidad no dependen de su esfuerzo y superación personal, de no creer ya más en el futuro luminoso.

 

De eso podría “acusarse” a casi todos los cubanos que ya a estas alturas no se quieren creer el cuento de un socialismo paradisíaco que llegará en algún momento, no se sabe bien cuándo ni cómo.

 

Y como lo que hay que hacer de verdad por la alta dirección del país no será hecho, porque el poder protegerá sus privilegios por sobre todas las cosas, nada hace pensar que esta lúgubre situación vaya a cambiar, ni tenga por qué cambiar.

 

Mientras tanto, no nos dejemos confundir ni acusemos a “la burocracia” en abstracto, que en realidad, comparada con las culpas, pecados y responsabilidades del poder, esa “burocracia” no tiene la culpa de (casi) nada.