Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Indigencia intelectual e ideológica del presidente Díaz-Canel

 

El 19 de octubre de este año se cumplieron seis meses del nombramiento de Miguel Díaz-Canel Bermúdez como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.

 

Al momento de su designación (no sería exacto decir de su “elección”), Cubanálisis-El Think-Tank planteó con toda seriedad que, independientemente de las opiniones que pudiera tener cada quien con relación al “nuevo” presidente, no sería justo atacarlo anticipadamente ni crucificarlo antes de poder observar sus propuestas y acciones, porque el señor Díaz-Canel merecía, como cualquier otra persona, la oportunidad de poder actuar en su nuevo cargo un determinado tiempo antes de que los observadores y analistas llegaran a conclusiones y proyecciones de su actividad.

 

Lo anterior no implicaba que depositáramos ilusiones en un funcionario que sabíamos que era parte de lo más elevado de la nomenklatura del régimen, y que aunque se trataba de una persona mucho más joven que los clásicos carcamales enquistados al poder en la dictadura durante casi sesenta años, el hecho mismo de que hubiera sido seleccionado por los nada respetables octogenarios Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura como la persona más apropiada para garantizar la “pureza” y estabilidad de una tiranía carcomida por el comején ideológico, era un claro indicador de que no debería esperarse nada sensacional del enaltecido delfín.

 

Sin embargo, evaluarlo como presidente a priori, antes que hubiera ejercido su autoridad en el máximo cargo formal del Estado y del gobierno durante un mínimo de tiempo, no hubiera mostrado un verdadero análisis profesional por parte nuestra en aquellos momentos. Actualmente las cosas son diferentes, porque después de más de seis meses ejerciendo el flamante cargo, tras infinidad de reuniones, declaraciones, conversaciones, discursos, visitas a provincias, viajes al exterior y actividades protocolares, más una muy generosa y edulcorada cobertura por parte de la prensa oficialista castrada, puede considerarse que ya existen información y elementos suficientes para evaluar justamente al nuevo gobernante cubano, y es lo que pretendemos hacer en este análisis.

 

Resultados de los primeros seis meses de gobierno de Miguel Díaz-Canel

 

Para comenzar, pudiéramos hacernos una pregunta muy concreta, cuya respuesta puede ser un claro indicador para entender muchas cosas: después de más de seis meses como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, ¿cuántos problemas ha resuelto el recién estrenado gobernante cubano? Y la respuesta sería muy concreta y sencilla, a la vez que definitoria: ninguno. No ha resuelto ni un solo problema.

 

Un presidente no existe para caer simpático a nadie, sino para resolver problemas en su país y para hacerlo avanzar. Aunque no sea recomendable, al menos en el caso cubano, que el gobernante pueda ser un “pesao”, no basta con que caiga bien para considerar como algo seguro que vaya a recibir el apoyo de la población.

 

En realidad, la única diferencia real del “joven” gobernante cubano de 58 años de edad,  con relación a los carcamales a los que parcialmente sucede, es su energía y capacidad de movimiento. Lo que tampoco sería algo para felicitarlo demasiado, pues en este aspecto compite con Raúl Castro, Machado Ventura, Ramiro Valdés, Guillermo García, Esteban Lazo, Ricardo Cabrisas, “Polo” Cintras Frías, Ramón Espinosa, Salvador Valdés Mesa, y otros dinosaurios, ninguno de los cuales tiene menos de 73 años de edad y más de medio siglo en las altas esferas del poder y los privilegios. Por tanto, mostrar mayor energía que los casi muertos en vida del círculo de ancianos de la gerontocracia cubana en el poder no es nada extraordinario.

 

En cuanto a la gestión de Díaz-Canel como gobernante cubano es muy difícil encontrar resultados concretos. Y al hablar de resultados concretos no es que se pretenda que en este momento, tras seis meses en el cargo, hubiera podido resolver problemas que en ocasiones llevan más de medio siglo existiendo y acumulándose en el país, como son los de la vivienda, el transporte o la producción agropecuaria o industrial. No es que se le pida tanto. El problema más grave del gobernante es que ni siquiera ha podido presentar un programa mínimo o algún tipo de cronograma elemental para abordar la solución de los principales males que aquejan al país.

 

Más allá todavía, ni siquiera ha podido presentarle a los cubanos su visión y definición de los problemas fundamentales que deben enfrentarse en el medio plazo, es decir, en los próximos cinco años, ya que esa sería la duración del mandato presidencial según se ha establecido por el partido comunista -el verdadero poder en Cuba- y será plasmado en la nueva Constitución que será aprobada en un próximo referéndum, independientemente de la opinión que puedan tener los cubanos sobre tal “constitución”.

 

Entonces, si no está clara la definición de los problemas fundamentales a enfrentar, y mucho menos la forma de enfrentarlos, ni existe un plan específico -no hablo de la desprestigiada “planificación socialista”, sino de proyectos concretos a ejecutar- teniendo en cuenta los recursos verdaderamente disponibles y los potenciales, ¿qué pudiera esperarse que vaya a lograr concretamente el presidente cubano?

 

¿Qué podrá logar el nuevo presidente cubano?

 

La respuesta es clara y triste: nada. No podrá resolver nada, porque aunque sabe cuáles son los problemas fundamentales que tiene por delante el país también sabe que -a pesar de su cargo- no puede determinar cuáles son las prioridades. Así, mientras la economía no logra ni siquiera mantenerse de forma estable, y tanto la producción agropecuaria e industrial como los servicios se mueven entre el marasmo y el retroceso, y la sociedad se encuentra obstruida dentro de la trampa de una dualidad monetaria, el presidente se enreda en la madeja de explicaciones y soluciones que requiere tratar de resolver la crisis de la recogida de basura en la capital del país y prácticamente en todas las ciudades importantes.

 

En un país normal, los problemas de la recogida de basura correspondería atenderlos y solucionarlos a los alcaldes locales y nunca al Jefe de Estado. Pero es que Cuba ha dejado de ser un país normal durante casi sesenta años, y hubo momentos en que el “máximo líder” se dedicaba personalmente a dar instrucciones sobre la cantidad de caramelos que deberían ser enviados a las tropas que estaban combatiendo en las campañas africanas, a definir los tipos de pastos que deberían sembrarse para la alimentación de la ganadería cubana, o a dar instrucciones por televisión a las amas de casa sobre cómo cocinar arroz en las nuevas ollas eléctricas que se estaban distribuyendo supuestamente para ahorrar energía eléctrica. De manera que si eso era así cuando Fidel Castro destruía la economía con sus disparates y majaderías, no tiene nada de extraño que el actual gobernante tenga que dedicar parte de su tiempo analizando cuántos camiones de recogida de basura es necesario importar desde Japón, y en qué condiciones.

 

Para, finalmente, no resolver nada específico, porque cuando se disponga de esos camiones que se están acondicionando en el Imperio del Sol Naciente, los “dirigentes” cubanos se darán cuenta de que en Cuba no existen plantas procesadoras de desechos y basuras, y que el tratamiento que se aplica a todos los desperdicios que se recogen en el país es el típico de la era feudal: concentrarlos en determinados lugares al aire libre y darles candela, con todo lo que eso implica de contaminación ambiental y potenciales daños para la salud de las personas.

 

Y eso es así en un asunto relativamente sencillo como la recogida de basura en el país, ni pensar en cómo se pudieran resolver asuntos más complejos como la eliminación de la dualidad monetaria, establecer un sistema de contabilidad funcional y confiable, restablecer las líneas ferroviarias del país y el sistema de carreteras y autopistas con todas las señalizaciones y medidas de seguridad requeridas, o recuperar la producción de azúcar y sus derivados a los niveles necesarios, que no son los de finales del siglo 19 o comienzos del 20, como está sucediendo con la producción azucarera en estos momentos.

 

¿Quién determina las prioridades del gobierno?

 

Porque el presidente y todo su equipo de gobierno, simplemente, en realidad no se plantean cómo enfrentar estas situaciones, ni mucho menos cómo resolverlas. Las prioridades del gobierno las determina la cúpula partidista encabezada por Raúl Castro y es la que señala como tarea presidencial, que Díaz-Canel siga  enarbolando consignas vacías y repitiendo mentiras y frases huecas en la prensa castrada. Así nunca se resolverán los problemas, y cuando se planteen habrá naturalmente, una respuesta estándar para tratar de marear la perdiz y tranquilizar a los “preocupados”: bastará siempre con repetir autísticamente que ya todas las prioridades que se necesitan se establecieron en los congresos del partido y en los lineamientos económicos  y sociales que fueron aprobados y que trazan las directivas de actuación hasta el año 2030.

 

Una respuesta como esa es agradable y tranquilizadora para la nomenklatura y para el régimen, y también le resulta muy conveniente a la “intelectualidad” latinoamericana, estadounidense, canadiense y europea, conformada por las viudas ideológicas de Fidel Castro y Che Guevara y las novias de Gramsci, aunque hay que reconocer que solamente tiene un “pequeño” problema pendiente de solución antes de que pueda aplicarse con resultados positivos: y es que ninguno de esos documentos de cualquiera de los congresos comunistas, así como esos abstractos y esotéricos lineamientos partidistas, sirven para nada y tienen menos sentido de la realidad que pretender construir un palacio de hielo en un desierto.

 

Porque si algo enseña la historia universal del comunismo, desde el golpe de estado leninista de 1917 hasta nuestros días, es que los planes económicos y sociales elaborados bajo la guía del partido comunista no se cumplen nunca, ni pueden cumplirse, por dos razones muy concretas:

 

Una, porque es imposible predecir exactamente cuál será el comportamiento del mercado y cuáles serían las necesidades reales de la población, porque no existe mente humana ni inteligencia artificial, ni tampoco sistemas computacionales, por muy avanzados que sean, capaces de prever todos los miles de millones de posibles variantes que se generan diariamente sobre estos asuntos relacionados con las necesidades materiales y espirituales de las personas, por lo que no tiene sentido fundamentar proyectos y presupuestos sobre bases tan abstractas e irreales. Y

 

Dos, porque aun si los planificadores comunistas, jugando a ser Dios, fueran capaces de prever a la perfección el comportamiento futuro del mercado y la evolución de las necesidades de la población, para que el plan fuera realmente cumplido sería necesario un nivel de eficiencia de los procesos productivos y de productividad en todo el país que resultan imposibles en el comunismo. Porque la ausencia de propiedad privada provoca, además del desinterés de los administradores del Estado totalitario en alcanzar la maximización de la eficiencia y la protección de la propiedad y los recursos, a lo que se suma la desidia y abulia de los trabajadores, quienes completamente alejados de cualquier toma de decisiones y de la posibilidad de alcanzar estímulos apropiados a su esfuerzo, tenderán inmediatamente a desinteresarse por el funcionamiento y los resultados de los procesos productivos.

 

Al mismo tiempo, los administradores estatales y los imprescindibles burócratas de la administración pública se preocuparán muchísimo más de elevar por cualquier vía, independientemente de su moralidad, sus niveles de ingresos reales por sobre los míseros salarios que reciben del gobierno. Y la eficiencia de los procesos productivos, la calidad de la producción o el ahorro que pudiera obtenerse pasan completamente a segundo plano ante las necesidades reales de esos burócratas disfrazados de “dirigentes” que pululan por toda la telaraña comunista generando dificultades e ineficiencia, medrando para  mejorar sus condiciones materiales.

 

La antológica ineficiencia comunista

 

De manera que, como quiera que se enfoque, la producción y servicios bajo todos los regímenes comunistas serán siempre ineficientes e ineficaces, y nunca podrán superar a la actividad económica donde funciona la propiedad privada, por una razón muy sencilla: el comunismo es un sistema contra natura.

 

¿Hace falta una prueba irrefutable? En Cuba comunista es muy sencillo demostrarlo. Veamos. Hace casi cinco años, con la “nueva” ley de inversiones, la dictadura declaró que necesitaba obtener entre 2,000 y 2,500 millones de dólares anuales de inversiones extranjeras para que la economía pudiera crecer  a un ritmo apropiado para el desarrollo del país. Al mismo tiempo que entraba en vigor, la “nueva” ley prohibía terminantemente a todos los cubanos, tanto a los residentes dentro del país como en el extranjero, invertir en Cuba, porque siempre ha sido característica del régimen castrista privilegiar a los extranjeros por sobre los cubanos, en todo.

 

Durante esos últimos cinco años, la dictadura nunca ha podido obtener grandes cifras de inversiones extranjeras, fundamentalmente porque las condiciones de inversión en Cuba son engorrosas ni hay verdaderas garantías jurídicas y tribunales realmente independientes donde pudieran dirimirse las interpretaciones contractuales, algo que es lo más normal del mundo en cualquier país que se respeten las leyes y los derechos de los inversionistas. Pero Cuba no es un país de ese tipo.

 

Consiguientemente, las inversiones obtenidas hasta el momento por la dictadura y los proyectos de desarrollo para la llamada Zona de Desarrollo Económico de El Mariel, se quedan muy cortos ante las necesidades de capital del país, y a pesar del bla, bla, bla y la propaganda de segunda categoría sobre supuestas carteras de negocios disponibles en la Isla y maravillosas oportunidades, las inversiones extranjeras anuales no logran llegar siquiera a la mitad de las necesidades anunciadas por el gobierno cubano, además de que las perspectivas de que esa situación mejore solamente existe en la propaganda mentirosa y tergiversada de la prensa castrista, castrense y castrada.

 

Al mismo tiempo, se ha conocido recientemente que durante el año 2017, los bautizados despectivamente por el régimen como “cuentapropistas”, a pesar de ser continuamente hostilizados por la dictadura con regulaciones, limitaciones, e impuestos abusivos, multados por venales tribunales, y extorsionados permanentemente por corruptos inspectores y policías -ambos en vergonzosa complicidad delictiva- no solamente cumplieron sus proyectos, pagaron sus impuestos, lograron desarrollar sus actividades y obtener ganancias, sino que además enviaron al exterior -para invertir a corto y largo plazo- la cantidad de 2,390 millones de dólares.

 

Es decir, en un solo año los despreciados trabajadores cubanos autónomos destinaron a invertir en el exterior una cantidad de dinero suficiente para cubrir las necesidades de inversión del régimen en ese mismo año en su proyecto estrella. Sin embargo, la dictadura continúa plañideramente clamando ante eventuales inversionistas extranjeros unos puñados de dólares y pensando como bodegueros de pacotilla, mientras que los emprendedores privados cubanos resultan no solamente mucho más eficientes y productivos que el régimen y sus instituciones estatales sino que también demuestran  mucha más visión -y consiguientemente liderazgo- que la tiranía, a pesar de la infinidad de condiciones en contra a las que se enfrentan y superan, porque el real y permanente criminal bloqueo que existe desde hace sesenta años es el que ha impuesto y continúa imponiendo la dictadura comunista cubana contra su población.

 

El régimen empantanado en boberías y superficialidades

 

Pero mientras los autónomos cubanos prosperan y multiplican su dinero mediante trabajo, ingenio y laboriosidad, el régimen se desgasta en las boberías y los sinsentidos, y como no logra conseguir el dinero que dice que necesita, entonces acusa al “criminal bloqueo imperialista” de sus propios fracasos. Cuando en definitiva, si ese “bloqueo” que en realidad no existe, permitiera a la dictadura recibir las cifras que reclama entre lágrimas, no sabría qué hacer con ellas, pues la ineficiencia y el desorden del régimen totalitarista cubano son legendarios y antológicos.

 

Tales carencias -de recursos y de iniciativas- no se resuelven con créditos rusos por 50 millones de dólares para comprar armamento en la antigua metrópoli castrista. Aparte de ser una cifra ridícula, ¿Qué sentido tiene comprar armamento cuando la economía de Cuba se cae a pedazos y el pueblo sufre carencias, necesidades y miserias? ¿Qué utilización tendría ese armamento?

 

Únicamente podría ser para reprimir a los cubanos, porque ni siquiera el que asó la manteca -como se dice en Cuba- podría pensar que el país debería preocuparse por algún tipo de acción armada por parte de una potencia extranjera que requiriera del uso de las fuerzas armadas castristas para defender el suelo o la soberanía cubanos.

 

Mucho menos cuando ese suelo y esa soberanía el régimen castrista los tiene en venta desde hace años y lo entrega continuamente y sin escrúpulos al mejor postor. Así ha sido y así será mientras no cambien las condiciones reales y el jurásico estilo de dirección y funcionamiento de la dictadura y sus “dirigentes”. 

 

Tampoco mejorarán las cosas rogando ayuda a China y Vietnam durante ese viaje comenzado en Rusia en que se encuentra el recién promovido gobernante cubano. Los chinos ayudan a quienes les pagan, y pagar deudas no es la especialidad del castrismo. Los vietnamitas prefieren dar consejos de cómo resolver los problemas en vez de dar dinero, pero al régimen no le interesa nada que pudiera poner en peligro su férreo poder sobre la población. Y en Corea del Norte y Laos no hay nada que pedir, porque no hay nada que dar. Solamente declaraciones altisonantes y promesas de eterna hermandad, que duraría, como ya sabemos, hasta que esos regímenes, o el cubano, caigan por su propio peso.

 

Al señor Díaz-Canel le enseñaron recientemente a utilizar Facebook y Twitter en su teléfono celular -imposible pretender que Raúl Castro, Machado Ventura o Ramiro Valdés pudieran aprender eso- y se ha creído que esas modernas herramientas de la sociedad informativa en que vivimos tienen la función de reproducir en las redes sociales las sandeces que publican diariamente “Granma” o “Juventud Rebelde”, y que quienes tienen acceso a esas maravillas digitales lo hacen para perder su tiempo o para enterarse de las tonterías que habla el presidente designado en Cuba o para conocer las últimas “orientaciones” del departamento ideológico del partido comunista cubano.

 

Por ese camino, nunca prosperará Cuba, dirigida por ineptos y corruptos como los que lo hacen actualmente.

 

Y si los últimos sesenta años bajo el castrismo han sido lamentables, los que vendrán ahora bajo esta parodia de gobierno dirigido por un perfecto indigente intelectual,  ideológicamente subordinado a los viejos carcamales castristas que siguen aferrados al poder mediante la más brutal dictadura, podrían ser definitivamente fatales.