Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Incertidumbre en La Habana… y en Miami

 

En realidad, solamente quienes tienen un desconocimiento absoluto de las realidades cubanas y de la manera en que razona y funciona el neocastrismo bajo Raúl Castro pueden creer que la victoria electoral de Donald Trump en Estados Unidos sorprendió a la gerontocracia en la isla.

 

No se trata de afirmar ni mucho menos que estaban esperando ese resultado, sino de dejar claro que, en su condición de militares por más de medio siglo, están acostumbrados a trabajar siempre analizando diferentes escenarios o “variantes” factibles, aunque no sean probables, y es absolutamente imposible que desde La Rinconada hubieran contemplado solamente las posibilidades de una victoria demócrata en las elecciones de noviembre, y que nunca hubieran sopesado otro desenlace en el proceso electoral americano.

 

Lo anterior no significa afirmar que el régimen cuente con portentos analíticos capaces de vislumbrar posibles resultados entre las brumas informacionales y la avalancha permanente de datos que se mueven en millonésimas de segundo en el mundo contemporáneo. Aunque esos asesores tampoco son una caterva de ineptos, y solo les basta dominar la metodología de análisis más elemental y evidente, que requiere que siempre, en toda situación y circunstancia, no se estudie solamente el desarrollo más probable de los acontecimientos, sino todos los posibles, incluso los que puedan ser considerados los menos previsibles, en escenarios que van desde el mayor optimismo hasta el peor de los pesimismos.

 

Porque si algo está claro en la historia es que no siempre ese clásico sofisma analítico que sorprende y descoloca a tantos ingenuos, principiantes y aficionados con el criterio de que “si se mantienen las tendencias actuales” deberá suceder esto o lo otro, en muchas ocasiones sirve para muy poco, teniendo en cuenta que esas “tendencias actuales” a que hace referencia ese enfoque pueden cambiar -y cambian- en cualquier momento y hasta por cualquier razón.

 

De manera que los análisis serios deben tener en cuenta una gran diversidad de escenarios  potenciales, y para la dictadura cubana y su supervivencia pocas cosas pueden ser más serias que tratar de entender claramente el estado real de las relaciones con Washington y todos los factores favorables y desfavorables con relación a ello, así como todas las posibles evoluciones y desarrollos de los acontecimientos no solamente para el futuro inmediato, sino al menos para un medio plazo razonablemente definible.

 

Y esta, paradójicamente, es la situación que en estos momentos tiene a la dictadura cubana en ascuas. Pero también a la nomenklatura, la burocracia y los intelectuales “orgánicos” agazapados en “el proyecto” que nadie puede definir ni explicar cómo se debería desarrollar, además de a los opositores dentro de la Isla y a los que viajan al exterior continuamente, así como al exilio cubano, y a toda la emigración, diáspora, destierro, o como se le quiera llamar.

 

Porque si bien estaba más o menos claro que era de esperar que en caso de una victoria electoral de Hillary Clinton las relaciones frente a “la revolución” se mantuvieran en cierto sentido por los mismos o parecidos senderos de acercamientos y concesiones por los que las había impulsado Barack Obama, se esperaba que con Donald Trump las cosas deberían ser más tensas y con más exigencias, al menos a partir de los pocos y breves comentarios que el candidato republicano había realizado durante la campaña.

 

En estas condiciones, descarto por desinformados e ignorantes los criterios de analistas de pacotilla o irresponsables de marca mayor que aseguraban que por ser el presidente electo Donald Trump un hombre de negocios mucho más que un político de carrera, su verdadero interés en Cuba sería construir campos de golf o edificios de lujo para oficinas y viviendas.

 

Ninguno de estos iluminados que declaran ahora tales insensateces consideró nunca que por haber sido Jimmy Carter un productor de cacahuetes su interés frente a Fidel Castro sería venderle maní, o el de Ronald Reagan, antiguo actor de Hollywood, filmar películas de cowboys en la isla, si no “western spaghetti” al menos como “western guarapos”. De manera que esa supuesta intención comercial del presidente Trump con relación a la Cuba totalitaria y destruida por el castrismo, por sobre su misión como líder del mundo libre y de la potencia más poderosa del planeta y de la historia, califica como una de los tantos disparates que ha habido que escuchar en estos últimos tiempos, donde al menos por Miami han aparecido más “analistas políticos” que cocodrilos en los Everglades, aunque la aplastante mayoría de tales expertos improvisados disfrazados de analistas no se dedica a los análisis -ni siquiera de sangre u orina- sino al activismo alborotador y la más vulgar propaganda de segunda categoría.

 

La ambigüedad inducida, la diplomacia y la política exterior efectiva

 

Y lo que está confundiendo a tantos es que, más de dos meses después de haber tomado posesión como presidente, la administración Trump lo único y muy poco que ha dicho sobre el régimen es que las relaciones con La Habana se están sometiendo a una revisión integral para determinar la mejor manera de actuar, lo que fue declarado por el ya ahora Secretario de Estado de EEUU Rex Tillerson durante la audiencia de confirmación de su nombramiento en el Senado. Más críticas fueron unas breves declaraciones de Helen Aguirre, directora de asuntos de medios hispanos en la Casa Blanca y asesora especial de Donald Trump, quien señaló que en opinión del Presidente “Cuba no ofreció ninguna concesión, con todo lo que se le ha regalado en lo que ha sido la normalización y el restablecimiento de acuerdos y el trato diplomático”. Sin embargo, por otra parte, el propuesto por el Presidente Trump para secretario de Agricultura y antiguo gobernador de Georgia, Sonny Perdue, declaró ante la comisión del senado que analizaba su eventual confirmación que “nos encantaría tener a Cuba como cliente en muchas cosas”.

 

En resumen, en las declaraciones arriba mencionadas hay espacio para cualquier cosa y nada queda descartado, pero es demasiado difícil intuir por dónde vendrían los tiros, puesto que los actuales escenarios son sustrato para muchas posiciones diferentes, y también sería de esperar que las políticas que se definan desde Washington tendrían mucho que ver con las formas de actuar y las respuestas potenciales o específicas que pueda ofrecer la dictadura ante las exigencias del Potomac.

 

Porque lo que si no deben desconocer los “analistas” de los tanques pensantes del Parque del Dominó en Miami es que el Presidente, aunque no haya sido un político tradicional, si de algo sabe, como él mismo insiste, es de negociaciones, y que planteará exigencias que podrán ser objeto de discusión y ajustes, o podrá ofrecer acuerdos que La Habana no pueda rechazar, como hubiera dicho Don Corleone. Pero, eso sí, en ningún caso vendrán por la vertiente tan saboreada (y aplicada) por en anterior presidente, en base a las teorías del profesor Charles A Kupchan, integrante del Consejo de Seguridad Nacional nombrado por Barack Obama, y sus controversiales ideas expresadas en “How Enemies Become Friends” (Cómo los enemigos se convierten en amigos)”.

 

Como hemos destacado en numerosas ocasiones, las teorías de ese profesor (convertidas en política demócrata respecto al régimen) se basan en ofrecer concesiones sustanciales al enemigo sin pedir nada a cambio, con la intención de que ese adversario se diera cuenta de las buenas intenciones de quienes ofrecían las concesiones, y que por ese camino fueran cambiando las percepciones de ese antagonista y poco a poco se acercara más a su oponente, para al final terminar siendo amigos. Solamente le faltó al profesor Kupchan finalizar su libro asegurando, como en los cuentos infantiles, “y entonces vivieron muy felices durante muchos años”.

 

Además de en Cuba, las ideas de Kupchan aplicadas por Obama en su política exterior no demostraron resultados positivos al menos en varios casos muy concretos y significativos: Irán, Siria y Crimea. Alegar que hace falta mucho más tiempo para que se materialicen esos resultados de forma favorable a los intereses de Estados Unidos es aferrarse a los absurdos. A diferencia de un Fidel Castro o su hermano, o de Vladimir Putin, Daniel Ortega, Evo Morales, Hugo Chávez, Robert Mugabe, Bashir al-Assad, la dinastía coreana de los Kim, o un jeque árabe, un presidente de EEUU puede contar cuando más con ocho años de presidencia (en caso de ser reelecto), y nada le garantiza que su sucesor, aunque fuera de su mismo partido, desarrollaría una política exterior similar a la suya. Y ni de qué hablar si el nuevo mandatario fuera de otro partido.

 

La dictadura, expectante ante las estrategias de Donald Trump

 

De manera que esa forma de negociar tan venerada por Obama no es de esperar que sea la que caracterice a la administración del Presidente Trump. Y entonces, en el caso cubano, no sería nada extraño que la zanahoria y el garrote estuvieran al mismo tiempo en manos de Washington frente a La Habana, lo que colocaría al régimen en la incómoda disyuntiva de tener que elegir cuál de las opciones prefiere.

 

Lo que tendría que decidir, en las condiciones actuales, ante toda una serie de presiones y condicionantes externos que no surgen necesariamente desde el Potomac, pero que colocan a “la revolución” en unas situaciones muy difíciles, en medio de una crisis energética que cada vez se le torna más aguda y el debilitamiento e incertidumbre por la caótica situación de Venezuela.

 

A esto se le suma la incapacidad manifiesta del sector del turismo para enfrentar adecuada y eficientemente un creciente flujo de visitantes con verdaderos recursos que se desea que arriben al país y gasten su dinero, (en vez de los retirados canadienses y europeos de clase media y los buscadores de jineteras o soñadores de revoluciones que viajan ahora a la isla y gastan poco), pero sin crear las condiciones apropiadas para ello ni garantizar la calidad de los servicios imprescindibles para esos objetivos.

 

Otro freno a los proyectos del régimen es la reticencia de los inversionistas extranjeros para arriesgar su dinero en un país donde funciona una dualidad monetaria y unas tasas de cambio que ni la dictadura entiende correctamente, y además sin marcos legales adecuados y sin infraestructuras ni condiciones aceptables para hacer negocios.

 

Además, no se ve la salida a la crisis permanente de la producción de alimentos, que obliga a importar casi el 80% de los que se consumen en el país para garantizar la alimentación a la población, que subsiste consumiendo productos poco saludables y de baja calidad; las industrias y la producción nacional se encuentran en cuasi-paralización; la infraestructura del país evidentemente está destruida; hay un deterioro acelerado y continuo de los servicios médicos, educacionales, de transporte, culturales y comunitarios a la población; la corrupción galopante cada vez resulta más extensa y más difícil de controlar; la represión es cada vez más brutal contra todo y cualquier tipo de oposición, pero también contra todos los que intentan ganarse la vida legalmente fuera de los marcos y coyundas que impone la dictadura a carretilleros, boteros y cualquier tipo de los llamados cuentapropistas.

 

Como ironía ante el supuesto proyecto nacional del régimen, sus “lineamientos” y su “perfeccionamiento”, continúa el éxodo interminable hacia Estados Unidos aunque se haya eliminado por Obama la disposición pies secos/pies mojados, pero también hacia cualquier otro país del mundo donde los cubanos consideren que podrán tener un mejor futuro que en la Isla (que resultan ser casi todos los demás países, incluidos Haití, Angola, Honduras, Guinea Bissau, Serbia o Guatemala).

 

En parte agudizado por ese éxodo, continúa el envejecimiento de la población cubana, donde los índices de natalidad siguen disminuyendo y Cuba va resultando uno de los países más encanecidos del continente y del mundo, en una triste y desalentadora tendencia que no da muestras de detenerse.

 

Súmese a todo esto que, según ha declarado el propio Raúl Castro, el 24 de febrero del 2018 (dentro de casi diez meses) entregará la presidencia de los Consejos de Estado y de Ministros al sucesor o sucesores (porque hay un intento de reforma constitucional de por medio que todavía casi nadie sabe exactamente de qué se trata ni lo que pretende), si bien también parece mucho más probable que mantenga su condición de máximo jerarca del partido comunista y, por lo tanto, verdadero detentador del poder, al menos hasta el año 2021, cuando se celebraría el siguiente congreso del partido.

 

Ni Hércules con sus legendarios trabajos parecería capaz de culminar todo lo que habría que hacer para que dentro de esos pocos meses que faltan hasta febrero del próximo año 2018 se lograra en el país al menos una situación de relativa normalidad y mínimamente aceptable condición de funcionamiento.

 

Basta revisar diariamente la prensa oficial cubana -la única permitida- para darse cuenta del vacío absoluto que se ha ido creando en el país en todos los sentidos. Sin nada concreto que ofrecer ni ningún proyecto específico con que ilusionar a la población, los bodrios periodísticos cubanos se dedican a narrar y repetir las mismas historias de manera manipulada, como de costumbre; resaltar efemérides de cualquier cosa que les convenga; a destacar las siempre acertadas visiones y las infinitas virtudes de “Fidel”; a ridiculeces como una declaración de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) -organización títere del partido comunista- de “solidaridad” con el “campesinado” de Venezuela (¿cuántos campesinos podrá haber realmente en ese país?); el luminoso futuro de “la juventud”; o la convocatoria a desfilar el primero de mayo (¿para celebrar qué?).

 

La dictadura añoraría una declaración amenazante de Donald Trump

 

De manera que ni el partido comunista, ni sus subsidiarias llamadas organizaciones de masas, ni la nomenklatura y los burócratas que pretenden hacernos creer que mantienen funcionando al país, ni los intelectuales vendidos por un modesto privilegio o un viajecito al exterior, tienen futuro alguno que ofrecer a los cubanos. Pero en realidad tampoco tienen pasado que mostrar con orgullo más allá de las innumerables historias falsificadas. ¿Y qué decir del presente, que como hemos detallado es cada vez más difícil, difuso, abstracto y oscuro? Entonces, ¿qué les queda? En realidad, como se dice en la Cuba dicharachera, solamente “el casco y la mala idea”. Nada más.

 

Por otra parte, y sin pretender especular ni crear falsas expectativas, hay diversas situaciones que resultan significativas y sobre las cuales se comenta o se investiga demasiado poco: José Ramón Machado Ventura, el segundo secretario del partido que siempre se dedicaba a enseñar a los campesinos cómo sembrar malangas o criar gallinas, y a pedir cada vez más esfuerzos y sacrificios, hace más de un mes que no aparece en público ni en la prensa, sin que se haya explicado nada sobre este asunto. Aparentemente, en estos momentos esas “orientaciones” para enseñar a sembrar a los campesinos, así como hablar de la necesidad de aprovechar con racionalidad los recursos, diversificar las producciones y pensar en función de la eficiencia y la calidad, las está llevando a cabo, de momento, Salvador Valdés Mesa, vicepresidente del Consejo de Estado y miembro de buró político, cuya única verdadera función y razón de ocupar esos cargos es la étnico-decorativa, por aquello de incluir miembros de la raza negra en las altas esferas del gobierno.

 

Por su parte, el obeso burócrata Marino Murillo, a cargo de la implementación de los acuerdos del congreso del partido y la materialización de los “lineamientos”, que una vez fue considerado el “zar de las reformas” por los despistados de siempre, hace meses, casi un año, que no aparece en público ni se sabe de él, incluso cuando ha habido importantes cónclaves que deberían haber requerido su presencia y sus explicaciones para tratar de entender el laberinto. Ni en reuniones del Consejo de Ministros ni de la inoperante y mediocre Asamblea Nacional del Poder Popular, que ni es popular ni tiene poder, se le ha visto, escuchado o leído.

 

Es legítimo preguntarse qué es lo que está ocurriendo con estos dos inefables personajes. ¿Estarán enfermos, tronados y en “plan payama”, o disfrutando de muy prolongadas y nada merecidas vacaciones? Porque no hay por qué creer en casualidades. Tampoco es cuestión de comenzar a especular desaforadamente, a diseminar rumores o a pretender presentar “primicias” sensacionalistas que en cualquier momento se podrían desinflar en caso de no tener un fundamento real. Pero el hecho es interesante. [NOTA DE CUBANÁLISIS: Machado Ventura apareció en el acto de entrega de condecoraciones a dirigentes partidistas por el 55 aniversario de la Unión de Jóvenes Comunistas, el 4 de abril de 2017, días después de haberse escrito el presente análisis].

 

Además, es significativo que en la aburrida y siempre desabrida prensa oficial cada vez se destaque más la figura del primer vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros Miguel Díaz-Canel participando en esto o aquello, aunque nunca en temas de defensa y orden interior, pero sí más recientemente en los de economía.

 

Por otra parte, como consecuencia de la más reciente revelación por parte del Cardenal Jaime Ortega sobre el papel de Alejandro Castro Espín, el hijo de Raúl Castro, como “mensajero de su papá” en las conversaciones secretas entre Washington y La Habana, el personaje ha vuelto a la palestra informativa, sobre todo a la especulativa, y una vez más los iluminados de siempre y los de reciente incorporación lo continúan viendo como el heredero “natural” de la dictadura, en el mejor estilo de los Kim norcoreanos.

 

Sin embargo, hay que tener en cuenta que el régimen no tiene demasiada necesidad de preocuparse de algunas cosas. Estar al borde del colapso, en cierto sentido, viene a ser una situación relativamente normal para el totalitarismo cubano durante muchos años de su ya tan larga permanencia en el poder, y mientras Estados Unidos no maneje la opción de acabar con la dictadura cubana mediante la utilización de la 82 y la 101 Divisiones Aerotransportadas y varios Regimientos de Infantería de Marina -lo que hace demasiados años no ha estado sobre la mesa y tampoco parece estarlo en este momento ni en un futuro previsible al menos mientras que no cambiaran determinadas condiciones- el régimen sabe que no enfrenta peligros inmediatos para su subsistencia, a pesar de todas las dificultades con que choca casi cotidianamente.

 

Opositores sin estrategias ni programas alternativos de gobierno

 

Para los opositores, disidentes, embriones de sociedad civil, periodistas independientes, grupos religiosos, francotiradores ideológicos, lobos solitarios, o cualquiera con opiniones sencillamente diferentes a las de la dictadura, las recetas del régimen son claras y repetitivas: incremento de la represión, fenómeno que indudablemente tomó mucha más fuerza después de que Raúl Castro y Barack Obama hicieron “la ola” en el Estadio Latinoamericano de La Habana durante un juego de pelota de un equipo cubano de la isla con uno de Grandes Ligas. Ese, y otros gestos del dictador para congraciarse con el presidente, y viceversa, se vino a convertir en una autorización tácita, o al menos un mirar hacia otra parte, para el incremento de una violenta ola represiva cada vez más brutal, abierta, cínica e impúdica, que lejos de disminuir toma fuerza continuamente y se extiende ampliamente por todo el país.

 

Muchos opositores continúan insistiendo, después de la reforma migratoria del 2013, en ser más conocidos por las aeromozas de las líneas aéreas que por sus vecinos, y a la más mínima oportunidad están de viaje, a cualquier lugar del mundo y por cualquier motivo, lo mismo para participar en un escándalo que un homenaje, y lamentablemente emplean demasiado tiempo en la descalificación y ataques contra sus colegas, con independencia de lo que esté haciendo cada uno y de los resultados que obtengan.

 

Es triste ver en cuantas ocasiones invierten muchos más esfuerzos hablando contra otros opositores y criticando sus acciones que los que realizan contra la dictadura denunciando sus desmanes; o en otras oportunidades, mucho peor aun,  hasta se dedican a “fabricar” acusaciones insustanciales e indemostrables, ya sea contra el régimen, contra sus colegas, o contra el pipisigallo, en busca de protagonismo, pero pagando un altísimo precio en credibilidad y prestigio con tal actuación.  

 

Más triste todavía, ni los opositores de adentro de la isla ni los que ya son viajeros consuetudinarios ofrecen en realidad programas de acciones concretas ni proyectos realistas de acción y movilización que puedan resultar atractivos para la población cubana, y continúan muchas veces descalificando a todos los demás, quienes sean,  cocinándose en su propia salsa y viviendo en una burbuja “política” con  menos conexión con las realidades cubanas que si vivieran en otro planeta.

 

Para decirlo claramente, aunque sea muy doloroso tener que hacerlo: los opositores en la isla no constituyen una clara, verdadera y realista alternativa para sustituir a la dictadura castrista ni sacar a la nación de la profundísima crisis en que está sumida hace más de medio siglo.

 

La distancia política, estratégica, intelectual y en ocasiones hasta moral, con opositores al comunismo de la talla y estatura de Lech Walesa en Polonia, o Václav Havel en Checoslovaquia, a pesar de todo lo que pudiera criticárseles a estos paladines del anticomunismo y la lucha por la democracia, es abismal e infranqueable por casi toda nuestra oposición que, a pesar de que sabemos de todo lo que el régimen hace para dividirla, desprestigiarla y destruirla, no logra alcanzar la mayoría de edad ni parece haber perspectivas de que lo pueda lograr en un futuro previsible.

 

Realmente, en el escenario político cubano contemporáneo, a pesar de todo el valor personal y la capacidad de sacrificio que estuvieran dispuestos a demostrar -y que ya han demostrado en innumerables ocasiones- hay que decir que ni están ni se les espera por el momento.

 

El exilio, ante los mismos dilemas que los opositores

 

Miami, por su parte, no se queda atrás. Desgastándose en llamamientos, cartas abiertas, declaraciones rimbombantes, conferencias y reuniones que no aportan nada, o denuncias que se repiten desde hace muchísimos años, en realidad tampoco logra aportar claras, verdaderas y realistas alternativas para sustituir a la dictadura ni sacar a la nación de la profundísima crisis en que está sumida hace más de medio siglo.

 

A veces defendiendo mezquinamente los “grants” que permiten mantener un estilo de vida que se ha repetido por años, y otras desgastándose en luchas fraticidas que no llevan a ninguna parte, escoge demasiado selectivamente a los opositores que arropa dentro de la isla mientras ignora olímpicamente al resto, e invierte demasiado tiempo en las más absurdas polémicas, como la de si se deben entregar o no las llaves de la ciudad de Miami a un par de músicos que residen en Cuba, porque hace algunos años el nieto de Raúl Castro subió a bailar a un escenario en La Habana donde ellos actuaban, o si porque otro idiota con problemas de adicciones, que se considera artista, llama “pencos” a quienes no están de acuerdo con las tonterías que él dice.

 

Para posar de “expertos”, muchos iluminados en Miami hablan de “el cangrejo” para referirse a ese nieto de Raúl Castro, utilizando una limitación física -haber nacido con seis dedos en la mano, y operado posteriormente para corregir esa situación- para describirlo despectivamente, y sin darse cuenta haciendo algo que en este país es muy mal visto y hasta se condena: burlarse de las discapacidades de las personas, aunque en el caso que nos ocupa se trate de “el enemigo”.

 

En cierto sentido lo mismo sucede con “el tuerto” Alejandro, el hijo de Raúl Castro, coronel del Ministerio del Interior y con un relativo poder vicarial mientras su padre sea el dueño del poder en Cuba. La pérdida de la visión de un ojo en un entrenamiento de tiro en Angola -esa fue toda su participación como “combatiente internacionalista”- provoca el mote de “tuerto” y su continua repetición que utilizan algunos para presentarse como grandes conocedores de las intimidades y detalles de la familia real cubana, pero que en realidad no van más allá de las superficialidades

 

En realidad, con relación al exilio, y prácticamente de la misma manera que con relación a quienes se oponen a la dictadura dentro de la isla, tenemos que, tristemente, en el escenario político cubano contemporáneo, a pesar de todo el valor personal y la capacidad de sacrificio que estuvieran dispuestos a demostrar -y que ya han demostrado muchas veces en innumerables ocasiones- hay que decir que ni están ni se les espera por el momento.

 

¿Qué debemos y podemos esperar?

 

Antes de terminar quiero enfatizar que sé que los criterios que he vertido, tanto los relacionados con los opositores dentro de la isla como con los exiliados, no resultarán simpáticos ni agradables para muchísimas personas valientes, decentes y honradas que han dedicado su vida y sus esfuerzos a la causa de una Cuba libre y en plena democracia, pero con tales análisis no he pretendido valorar las condiciones morales ni personales de todos esos cubanos dignos, sino destacar la falta de una estrategia que aproveche las potencialidades políticas concretas para provocar y gestar un cambio significativo en el escenario cubano. De ahí estas conclusiones que se podrían relacionar mucho con el pesimismo, aunque sin llegar todavía al nihilismo.

 

Es imposible negarlo: existe incertidumbre en La Habana… y en Miami. Está muy claro. Y continuará existiendo si no se modifican las estrategias y los objetivos.

 

Mientras tanto, ¿qué sucede en Washington y sus criterios y conducta hacia la dictadura? Puede existir incertidumbre también, porque allí tampoco son perfectos ni tienen todas las respuestas con relación al tema cubano. Tal vez ni siquiera tengan todas las preguntas. O quien sabe si pudiera existir un cálculo muy frío y pragmático sobre cómo actuar frente al régimen para presionarlo más y mejor.

 

Sin embargo, puede haber también, y no sería nada descabellado, una explicación mucho más sencilla y pragmática, nada sofisticada. Y esa sería que el tema cubano no es en estos momentos una prioridad para el gobierno de Donald Trump.