Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Improvisación y populismo

 

Si algo ha caracterizado a la etapa de dirección de Miguel Díaz-Canel como presidente designado de Cuba no es su permanente dinamismo y las continuas visitas a las provincias, sino en realidad la continua improvisación y populismo de su gestión, aunque él se empeñe en asegurarnos todo lo contrario.

 

Habiendo heredado una situación económica en la isla extremadamente compleja y de difícil solución, tal parece que los únicos instrumentos a su disposición serían, además de la improvisación y el populismo, la demagogia y la más supina ignorancia.

 

Viendo los problemas que tiene por delante en estos momentos el presidente designado, uno podría perfectamente preguntarse qué fue lo que impulsó Raúl Castro en la economía cubana durante sus casi doce años al frente del país. Y la respuesta podría ser que prácticamente nada, porque siguen los problemas que ya se detectaron en los años noventa y sobre los que no se ha actuado en ningún momento en todo este tiempo.

 

¿Con qué se alimentan los cerdos?

 

Recientemente nos enteramos por la prensa oficial castrista, por ejemplo, que las plantas de pienso líquido para la alimentación de las crías de cerdos que están funcionando en el país en estos momentos son cinco, cuando anteriormente eran veinte. ¿Qué sucedió con  las otras quince? ¿Desde cuándo están desactivadas? ¿Son recuperables?

 

Y las preguntas más elementales serían: ¿Por qué razón han estado durante más de veinte años sin funcionar, y cómo se pretendía aumentar la producción porcina en el país en los establecimientos estatales si no se garantizaba la alimentación de los animales con las plantas de pienso líquido? ¿Acaso los productos para la alimentación animal se iban a importar? Y de ser así, ¿con qué dinero se realizarían tales importaciones, cuando al país no le alcanzan prácticamente para nada las pocas divisas de que dispone?

 

Pero de hecho lo que sucedía es que los castristas habían dejado la producción porcina prácticamente en manos de los campesinos privados, cooperativistas y usufructuarios de tierras, pero para que eso diera resultado era necesario dar mucha mayor autonomía, facilidades y recursos a los productores privados.

 

Pero -oh, desgracia- el régimen castrista pretende tener relaciones sexuales y ser virgen al mismo tiempo, y a pesar de lo que diga la constitución impuesta a la cañona recientemente, y de la propaganda que se elabora para el exterior sobre el papel del mercado y de los productores privados en la economía “socialista” castrista, la dictadura es incapaz de convivir apropiadamente con los productores privados, y como tiene necesidad de establecerles coyundas y limitaciones para que no prosperen demasiado, necesita entonces recurrir a la producción estatal.

 

Y ahora, de repente, el régimen se da cuenta que durante más de veinte años tal producción estatal no se ha atendido y que prácticamente todo ha sido dejado a los campesinos privados, por lo que se hace necesario rectificar. ¿Recuerdan aquello del proceso de rectificación de errores y tendencias negativas? Pues bien, ahora corresponde volver a aquello, pero como parodia de lo que en 1986-87 ya en sí era un “cuento de relajo” en su versión original. Y se vuelve a hablar entonces de “recuperar” la producción porcina en el sector estatal con esfuerzo y conciencia y bla, bla, bla, y de paso, para “emparejar” el juego, se envía a la cárcel a los mayores criadores privados de cerdos de las provincias orientales, para que no existan dudas de dónde es que está el poder y dónde se deciden las cosas.

 

Aunque  a cambio de eso no haya carne de cerdo en el país, y los cubanos tengan que pagar hasta 70 pesos por una libra de esa carne, en un estado donde hasta hace pocos días el salario promedio se movía alrededor de los 650-680 pesos cubanos mensuales. Es decir, que con el salario promedio mensual los cubanos no podrían adquirir ni siquiera diez libras de carne de cerdo.

 

Y todo ese proceso bien merecería una novela o una película surrealista, porque se lleva a cabo en un lugar del planeta donde “descubren” que si algo se puede producir allí pues no será necesario importarlo, según aseguran tanto el presidente “a dedo” como su flamante ministro de planificación y economía. ¡Santo Dios! ¿Y qué hay de aquello de la ventaja competitiva de las naciones? Y si es más negocio importar carne de cerdo que producirla en el país, ¿por qué no hacerlo?

 

Ah, porque hacen falta divisas para importar la carne de cerdo. ¿Descubrimiento del agua tibia o del Mediterráneo? Porque habría que saber cuánto cuesta producir la carne de cerdo en el país, y cuántos dólares se podrían obtener produciendo otros renglones que generaran divisas, como azúcar o cítricos, por ejemplo. Y calcular con esas divisas cuánta carne de cerdo se podría importar. Para entonces poder decir que no debería importarse carne de cerdo sino producirla en el país, porque sería más conveniente económicamente.

 

Pero el gobierno castrista y el partido comunista cubano no paran mientes en esas “tonterías” de costos y precios. Al fin y al cabo, llevan casi sesenta años sin preocuparse por eso y todavía están en el poder y sin sentir que habría peligro de que lo perdieran en un futuro inmediato.

 

De manera que a producir carne de cerdo nacionalmente para ahorrar importaciones, aunque los resultados económicos de tal operación resulten un desastre. De todas maneras, siempre se podrá hablar del “recrudecimiento del bloqueo” por parte del presidente Trump, así como de la acción perniciosa de la ley Helms-Burton contra la economía cubana. Que para eso se cuenta con un colosal aparato de propaganda, capaz de justificar todas y cada una de las barbaridades que realice el régimen.

 

Aumentar los salarios y controlar los precios para que todos tengan menos

 

Como eso de aumentar los salarios sin respaldo productivo. De un plumazo se lanzarán a la circulación miles de millones de pesos sin respaldo productivo de ningún tipo. No ya los economistas desde el exterior, sino incluso economistas serios dentro de Cuba han calculado que para el segundo semestre del 2019 se necesitaría aumentar la producción de alimentos en un 50% para que no se produzca un shock inflacionario en el país.

 

Pero todos sabemos que eso es absolutamente imposible, ya que la producción de alimentos en la isla a duras penas logra cumplir los planes arbitrariamente diseñados por la burocracia. Por eso, esperar un aumento del 50% de la producción de alimentos en el segundo semestre del 2019 sería algo tan absurdo como pensar que el partido comunista cubano podría en algún momento estar a favor de la democracia y el estado de derecho en Cuba.

 

Por tanto, ese aumento de salarios al sector presupuestado y una parte de los jubilados, sin el más mínimo respaldo en bienes materiales y servicios, es una medida que hay que clasificar como eminentemente populista, aunque el presidente designado Miguel Díaz-Canel jure y perjure lo contrario. Y aunque, en una maniobra de carácter sustancialmente diversionista, hable de establecer un control de precios a los productores privados, como si ellos fueran los causantes o los responsables de la inflación y subida de precios que inevitablemente se producirá, a causa de esos miles de millones de pesos cubanos puestos a circular irresponsablemente por el régimen.

 

Si algo demuestra la historia universal es que en ningún lugar del mundo ninguna medida de control de precios logra ser efectiva ni funciona más allá de unos cuantos primeros pasos elementales, y no hay ninguna razón para pensar que en el caso de Cuba en estos momentos sería diferente, por lo que irremediablemente los precios subirán en todo lo que tenga que ver con oferta y demanda, al haber mucha más demanda en el mercado que productos y servicios para satisfacerla.

 

Y si los precios no aumentan en el sector estatal no será por buen funcionamiento de la economía sino por el inmovilismo con que funciona ese sector. Pero aumentarán las “colas”, cada vez será más difícil obtener los productos en el sector estatal a los precios “normados”, decrecerá la producción, y florecerán con más fuerza aun el mercado negro, el desvío de recursos y la corrupción, sin que se resuelvan los problemas de fondo.

 

Y, naturalmente, algunos trabajadores privados, de esos eufemísticamente llamados cuentapropistas, serán multados para “escarmiento” público, y algunos hasta perderán sus licencias o incluso podrían ver sus míseras propiedades confiscadas. Nada de eso resolverá los verdaderos problemas del país, ni los del consumo ni los de los cubanos en general, pero se creará un ambiente tóxico de tensión y alboroto que haga pensar que el gobierno está actuando contra las ilegalidades.

 

Porque el verdadero objetivo es que buena parte de los cubanos de a pie se convenzan de que la culpa de sus desgracias la tienen los cuentapropistas y no el régimen, y para que las frustraciones que ello provoca se consuman en las propias casas de los ciudadanos y no en la calle ni en grupos, donde pueden ser muy peligrosos y donde, citando al decrépito Mao Zedong, es posible decir que una sola chispa podría incendiar toda la pradera.

 

El turismo renquea

 

Pero las cosas irán empeorando, en un círculo vicioso que no tiene solución por el camino que el régimen pretende. Ahora se acaba de conocer que el arribo de turistas a la isla para 2019 sería de un millón menos que los planificados, producto de las presiones del gobierno estadounidense sobre los negocios controlados por los militares, de la suspensión de los cruceros con americanos a la isla, y de los males congénitos del turismo estatal cubano.

 

Y aunque el turismo en Cuba no deja ingresos netos de la magnitud que pretende hacer creer la propaganda del régimen, una reducción de casi un millón de turistas dentro de un marco global de alrededor de cinco millones de visitantes, resulta una cifra significativa que hará resentir las escuálidas arcas de la dictadura castrista.

 

No hay por dónde buscar. En el desespero llegan hasta las ridiculeces, algunas de ellas imperceptibles para la supuestamente objetiva prensa extranjera. Buscando ayuda en cualquier parte, el régimen buscó recientemente un acercamiento con Angola, teniendo en cuenta que su actual presidente proviene de las filas militares y tiene muchas relaciones con el generalato cubano.

 

Pero el desespero es mal consejero. Se decidió otorgar al presidente angolano la Orden Nacional José Martí, la más alta condecoración cubana, Orden que en el pasado, muy bochornosamente, ha sido entregada a delincuentes de la talla de Mengistu Haile Marian o Erich Honnecker.

 

Pero la entrega de la máxima orden del Estado cubano la realizó el general sin batallas Raúl Castro, individuo que no ocupa ningún cargo ni en el Estado ni en el gobierno cubano, pues su única investidura reconocida es la de primer secretario del partido comunista. Consecuentemente, esa condecoración podría declararse nula, puesto que la entregó alguien que no representa ni al Estado ni al gobierno cubanos, aunque en la vida real sea “el dueño de los caballitos”.

 

Naturalmente, tal anulación no ocurrirá, y nadie se atrevería a decretarla, pero llama la atención como la prensa extranjera que atiende informaciones sobre Cuba, tan repleta de “expertos” y “especialistas” en el tema, dejó pasar por alto algo de esa naturaleza. No se menciona el silencio (¿ignorante o cómplice?) de la prensa nacional sobre el asunto, porque eso de los silencios oficiales sobre asuntos importantes ya no es noticia en la isla.

 

Lo especial de este período

 

Entonces seguirá el régimen asegurando que no habrá otro “período especial” en Cuba, sobre todo no porque lo que está diciendo sea cierto, sino porque es algo imposible de demostrar. Al fin y al cabo, “período especial” es una denominación inventada por Fidel Castro para definir una etapa de crisis profundísima y sin solución, creada por él mismo y su soberbia, pero no es una categoría económica aceptada y reconocida, como pueden ser los conceptos de inflación, recesión, crisis económica, depresión, estanflación, oferta, demanda, liquidez, tasas de interés, o cualquier otra.

 

De manera que la discusión de si habrá o no un “nuevo” período especial en Cuba (aunque nadie haya definido que el que comenzó en los años noventa del siglo pasado haya concluido) podría prolongarse ad nauseam por los siglos de los siglos, con los economistas y políticos serios diciendo que ya de hecho existe, y el régimen y sus corifeos negándolo enfáticamente.

 

El hecho de que el nivel de “apagones” no esté como en los años noventa, ni las bicicletas pululen por pueblos y ciudades, no significa ni que la situación energética ni la del transporte están en mejores condiciones que entonces, a pesar de las promesas de Díaz-Canel y sus acólitos asegurando que ahora la economía y el comercio exterior están más diversificados que entonces.

 

Lo que no dicen es que todavía a estas alturas no se han recuperado los niveles de producción de 1989 -hace ya 30 años- a pesar de lo que haya crecido la población en esas tres décadas, y que, por lo tanto, lo que se produce per cápita, tanto en valores como en valores de uso, es mucho menos que entonces.

 

Tampoco se dice que la infraestructura y la casi totalidad del parque industrial del país han sufrido desde entonces treinta años de deterioro y daños, falta de mantenimiento y desidia gubernamental. Ni que el nivel de inversiones es ínfimo, debido a la falta de transparencia de los sistemas judiciales y los tribunales del régimen, y a la incapacidad e inepcia de sus funcionarios, todo lo cual se agrava en estos momentos con la aplicación de los Títulos 3 y 4 de la Ley Helms-Burton, en vigor desde hace algunas semanas.

 

Por eso daría risa, si no fuera porque en realidad dan deseos de vomitar, las palabras del inefable presidente cubano Miguel Díaz-Canel, cuando declara olímpicamente ante el “parlamento” cubano, esa Asamblea de Focas Amaestradas que en más de 40 años no ha tenido ni un solo voto en contra sobre nada, que «Estamos discutiendo los problemas que le preocupan a la población, que están en consonancia con los que están en el debate público», como si el “parlamento” cubano, o el gobierno, o el Estado, o el partido comunista, tuvieran interés en verdad en conocer lo que le preocupa “a la población”, y mucho menos interés para resolver tales problemas, puesto que esa solución iría contra los intereses y la permanencia de la pandilla que se adueñó del poder hace ya sesenta años y no pretende entregarlo en vida.

 

Ese presidente de pacotilla y la camarilla gobernante y partidista que es dueña de Cuba y de sus destinos, ¿cuántas veces en su vida se montan en una “guagua”, aunque sea para saber cómo son? ¿Cuántas veces van a comer a una cafetería estatal? ¿Dónde reciben los abastecimientos mensuales normados por la “libreta de abastecimientos”? ¿Cuántas colas hacen para obtener los medicamentos que los médicos les recetan? ¿Cuántos problemas de viviendas en mal estado y necesidades constructivas urgentes tienen?

 

Y si no saben de esas cosas, porque no las viven, ¿como sería posible creer que los problemas que ellos discuten en el gobierno, el “parlamento” o el partido comunista “están en consonancia con los que están en el debate público”?

 

Entonces hay que llegar a la conclusión de que las palabras del presidente designado Miguel Díaz-Canel no tienen credibilidad. Ya sea porque es un ignorante o un mentiroso.

 

Ignorante no debería ser si obtuvo un título de ingeniero.

 

Pero ser dirigente y mentiroso al mismo tiempo en la Cuba castrista no es un pecado mortal. Ni siquiera venial.