Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

¿Hasta cuándo merece Díaz-Canel el beneficio de la duda?

 

Dijimos desde el primer día que no sería justo pretender pasarle la cuenta de inmediato al nuevo Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, Miguel Díaz-Canel, pues era imposible que pudiera en unas pocas semanas desfacer entuertos con más de medio siglo de antigüedad creados por los hermanos Castro, aunque en cierto sentido el flamante gobernante podría ser considerado cómplice -al menos- de una parte de los desastres anteriores, por haber sido miembro del todopoderoso buró político del partido desde el año 2003, y vicepresidente primero de los Consejos de Estado y de Ministros desde el 2013.

 

Ya han pasado dos meses desde su nombramiento el 19 de abril del 2018, sesenta días, y lo habitual en los países serios resulta comenzar a pasar balance a los cien días, para dar tiempo al nuevo gobernante a realizar un análisis de la situación que recibe y anunciar sus ideas e iniciativas mientras comienza a desplegar las políticas que considere adecuadas para lograr los objetivos anunciados.

 

Las dificultades para realizar un balance en el caso de la gestión de Miguel Díaz-Canel son muy concretas: no solamente Cuba no es un país serio -nunca lo ha sido bajo el castrismo- sino que ni el mismo nuevo gobernante tampoco ha mencionado concretamente cuáles son sus ideas e iniciativas (en caso de que las tuviera, lo que está por ver), y mucho menos las políticas y programas que consideraría adecuados para lograr sus objetivos, que tampoco son conocidos, puesto que lo único que ha hecho hasta ahora es, más allá de las comprensibles proclamas iniciales de lealtad y continuidad con que ha comenzado su mandato, repetir generalidades y lugares comunes que tienen que ver con los llamados “lineamientos” partidistas de desarrollo del país, que como es bien sabido ni se cumplen ni representan proyectos concretos de nada.

 

Hay algo cierto en su estilo de trabajo que lo diferencia de los dinosaurios que le antecedieron: dinámica y sistematicidad, algo que los ancianos de setenta y ochenta años no pueden darse el lujo de ostentar, y eso le permite aparecer continuamente en la prensa presidiendo reuniones o visitando lugares, en un estilo completamente diferente al del fantasmal general sin batallas, que solamente lo hacía de cuando en vez y normalmente no en los momentos más apropiados, sino con posterioridad.

 

Otra distinción en el nuevo mandatario tiene que ver con su vestuario: en primer lugar, no es el permanente uniforme verde olivo con que se disfrazaba diariamente Fidel Castro para recordarle a los cubanos y al mundo que era el permanente Comandante en Jefe (que tras su enfermedad transformó en un cuasi uniforme de ropa deportiva de marca como la que nunca se le vendió a los cubanos en las tiendas “normales”), o la imagen de un Raúl Castro con su uniforme de cuatro estrellas de general de ejército sin batallas (más bien de general de escaramuzas) que a veces cambiaba por vestimenta civil para tapar su posición de jefe de una dictadura militar.

 

Sin embargo, y para no equivocarse, es fácil tener en cuenta lo siguiente: cuando los gobernantes militares quieren realmente pasar a institucionalizar sus gobiernos en algún momento comienzan a vestirse de civil, como hicieron Fulgencio Batista, Augusto Pinochet, Gamal Abdel Nasser o Francisco Franco. Pero cuando apuestan a la dictadura militar no son capaces de dejar el uniforme, como hicieron, con distintos grados de represión, Fidel Castro, José Rafael Videla, Omar Torrijos, Juan Velasco Alvarado, Manuel Antonio Noriega, Raúl Castro o Hugo Chávez

 

Miguel Díaz-Canel es todo lo contrario al dictador militar latinoamericano típico, aunque está obligado a desarrollar su gestión a la sombra de Raúl Castro y de la mentalidad cuartelaria. Obsérvese que desde que abandonó el cargo de Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, Raúl Castro prácticamente no aparece vestido de civil, ni siquiera cuando recibe a visitantes extranjeros o cuando fue a impartir instrucciones en la Escuela del Partido.

 

Díaz-Canel, por su parte, no solamente viste de civil, sino lo hace sin encopetarse como hacía Osvaldo Dorticós cuando fue presidente de 1959 a 1976, y solamente se le ve de traje y corbata, o guayabera, en actividades protocolares donde está obligado a hacerlo. De lo contrario, aparecerá en mangas de camisa. No serán camisas de bajísima calidad compradas en las llamadas “trapishoppings” (puntos de venta de ropa de uso que muchos cubanos con pocos recursos deben utilizar) pero como quiera que sea su imagen de vestuario es más cercana a la del cubano de a pie que la de los tan encumbrados típicos dirigentes del castrismo durante tantos años.

 

Esas dos características de Miguel Díaz-Canel, sus constantes apariciones y su vestimenta relativamente sencilla comenzaron a ser utilizados sutilmente por los aparatos de propaganda del régimen para crear y “vender” a un Díaz-Canel “fresco” y “de pueblo”, y como no podían equipararlo con el decadente Raúl Castro, comenzaron a resucitar la imagen del Fidel Castro de los primeros años de la llamada revolución, antes de que se sovietizaran ambos (el comandante y la revolución), cuando aparecía en cualquier lugar y hablaba con todo el mundo, preguntando todo a su paso y caotizando todo con órdenes y directivas insensatas.

 

Enseguida aparecieron los “operadores” del marketing para materializar la nueva tarea:  corresponsales extranjeros acreditados en La Habana que “se adaptan” rápidamente a estas necesidades de una nueva imagen, como aquellos de Associated Press o France Presse, que cooperan entrevistando a “personalidades” que casi siempre son las mismas, como el “académico” Carlos Arboleya, (con muchas más credenciales reales de operativo de inteligencia que de profesor, aunque en las entrevistas nunca los corresponsales mencionan tales “detalles”), o Arturo López-Levy, un ex estudiante del Instituto de Relaciones Exteriores en La Habana, que lleva más de quince años por universidades de Estados Unidos haciendo estudios y trabajos de doctorado en alguna especialidad interminable.

 

Ambas “personalidades”, y otros más, con opiniones permanentemente favorables al régimen -que casualidad- destacarán las mencionadas características de Díaz-Canel y contribuirán a difundir para el público rasgos favorables de su personalidad de acuerdo a los intereses de La Habana. Y casi de inmediato comenzarán los “expertos” en asuntos cubanos en Europa, Estados Unidos y América Latina, a repetir las mismas cantinelas y a querer ver en el nuevo gobernante cubano la frescura y la vitalidad del joven Fidel Castro de los años iniciales de la dictadura y sus utopías del futuro.

 

No pretendo decir que Díaz-Canel se reúne tanto con sus subordinados o se viste como lo hace para fingir una personalidad que no tiene. No digo eso. Pero de esos aspectos de su estilo de trabajo y de vestir no se pueden definir concepciones estratégicas o fundamentos ideológicos que tienen que ver con otras muchas cosas y no solamente con unas cuantas superficialidades.

 

Digamos, a favor del nuevo gobernante, que parece interesado en escuchar a los demás para conocer mejor la realidad, y eso es bueno como estilo de dirección, muy diferente al del caudillo que vivía convencido de que se las sabía todas siempre, y que conocía las respuestas aún antes que se conocieran las preguntas.

 

Pero digamos también que un Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros no es un investigador científico, y que aunque es muy positivo que considere importante estar bien informado, lo que se espera de él y de su gestión es que tome decisiones y que imparta órdenes en todos los aspectos fundamentales para establecer políticas y formular estrategias que permitan resolver problemas, y eso es algo que todavía no ha podido verse en la práctica, porque todavía el nuevo gobernante no se ha expresado en este sentido más allá de generalidades y lugares comunes.

 

No se necesitan tantas reuniones ni mucho menos esas “tormentas de cerebros” con más tormenta que cerebro, típicas del castrismo que pretende resultar intelectual y snob, para conocer las tareas más importantes y a la vez más urgentes que debe enfrentar el señor Díaz-Canel en el campo económico y social, sin hablar ahora de las libertades políticas y derechos humanos. Las principales ocho tareas de este corte podrían ser definidas breve y concretamente como las siguientes:

 

  • Establecer definitivamente la unidad monetaria y eliminar la funesta doble moneda
  • Combatir eficazmente la ineficiencia y el desastre organizativo y económico en todo el país
  • Abordar a fondo la crisis alimentaria permanente y elevar la producción agropecuaria
  • Estabilizar el consumo de medicamentos, productos de salud y servicios médicos para la población
  • Estabilizar el transporte en todas sus variantes, comenzando por el aéreo
  • Mejorar la caótica situación de la vivienda para los cubanos con programas concretos y no promesas vacías
  • Combatir eficazmente la corrupción sancionando a los culpables, comenzando por lo de más jerarquía y nivel
  • Establecer y aplicar políticas efectivas para revertir la emigración desesperada y decrecimiento poblacional

 

Y no resulta demasiado alentador ni motivo de optimismo exagerado comprobar que en los pocos comentarios que ha expresado sobre lo que debe hacerse -al menos en los que se han podido conocer en lo que destaca la prensa castrada- no existen ni nuevo lenguaje ni nuevas ideas, ni planteamientos de políticas ni estrategias concretas y se repiten sandeces antediluvianas como las de declarar que la causa de los elevados precios de los productos alimenticios se debe a la acción de los especuladores, porque la producción de varios de tales productos ha aumentado.

 

Aparentemente, nadie le ha explicado nunca al inefable gobernante recién estrenado la relación que existe entre oferta y demanda, y de la manera que esa relación determina los precios de todos los productos en todos los mercados en todas partes del mundo y a lo largo de la historia, por lo que los precios de los productos no los imponen abstractos y malvados especuladores empeñados en hacerle daño al pueblo cubano. Para repetir estulticias de este tipo no se necesitaban ni una nueva constitución ni un nuevo gobernante, cuando ya existía, además del general de escaramuzas, José Ramón Machado Ventura, con experiencia de sobra en esos menesteres, y un rebaño de “ideólogos” y propagandistas de cuarta categoría al servicio del partido comunista.

 

Y digamos también, y tampoco a su favor, que cuando tuvo una buena ocasión para reafirmar su liderazgo, al presentarse en el sitio del reciente siniestro aéreo poco después de haber ocurrido, desperdició la oportunidad ante los cubanos presentes que lo observaban, y ante la prensa, exaltando y justificando a un ausente Raúl Castro que nunca se caracterizó por su presencia inmediata en situaciones de emergencia nacional. Tal parece que Díaz-Canel confunde liderazgo con lealtad, y que considerara su propio papel como el del eterno y fiel subordinado y no como el de alguien que en su momento tendrá que asumir lo que le corresponde de acuerdo al cargo en el que aceptó ser nombrado.

 

Aparentemente, él y la pandilla dirigente con Raúl Castro como cabecilla mayor están dedicando bastante tiempo en estos días al proyecto de reformar la constitución, con el objetivo de hacerla más dócil y conveniente a los intereses de la camarilla y a tratar de blindar al máximo la misma para que no se vayan a producir “sorpresas” desagradables en el futuro que pudieran sacudir la inmovilidad y rigidez que se pretende con ese documento para garantizar la tranquilidad de todos los dinosaurios que se mantienen agazapados en ese parque jurásico que se llama partido comunista de Cuba.

 

Además, hay determinadas señales que podrían hacer pensar que se está preparando consistentemente en esa reforma constitucional la separación del cargo de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros en dos responsabilidades diferentes, una para un Presidente del Consejo de Estado que resultaría la autoridad máxima, y otra para un Presidente del Consejo de Ministros, que actuaría como jefe de gobierno subordinado al presidente del Consejo de Estado.

 

Lo cual garantizaría que no hubiera demasiada concentración de poder en manos de una sola persona (privilegio que quedaría solamente para los hermanos Castro y no se repetiría jamás), y requeriría una clara definición de las funciones y alcance de cada cargo, lo que en Cuba creará un mar de confusiones conceptuales y malos entendidos. Aunque, por otra parte, sería más apropiada esta división de cargos para poder encontrar personas mínimamente adecuadas para esas funciones, teniendo en cuenta el extremo nivel de mediocridad de los actuales pandilleros conocidos como gobernantes.

 

Miguel Díaz-Canel debería saber que no es una tarea difícil sustituir a Fidel o a Raúl Castro, y que tiene muchísimas posibilidades de que su gestión sea superior a la de sus predecesores, tanto la del invencible comandante sin victorias que estuvo destruyendo al país durante cuarenta y ocho años, sin dudas el peor gobernante en toda la historia de Cuba desde el descubrimiento en 1492 hasta nuestros días, como la del general sin batallas que destruyó Cuba durante casi doce años, porque Raúl Castro probablemente califique como el gobernante más mediocre que haya tenido nuestro país en toda su existencia.  

 

Entonces, y muy concientes que el nuevo mandatario no ha llegado ni a sus primeros cien días de gestión, y lo que tiene por delante, tenemos derecho a preguntarlos nuevamente: ¿Hasta cuándo merece Díaz-Canel el beneficio de la duda?