Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Haciendo lo mismo y esperando resultados diferentes

 

Si la dictadura castrista no existiera, Albert Einstein podría haberla inventado para tener una excelente definición práctica de la locura. Porque lo que ha estado haciendo Raúl Castro durante los últimos diez años es el ejemplo más puro de lo que significa hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados.

 

Conste que la referencia a que Einstein hubiera inventado la dictadura castrista tiene que ver con el sentido metodológico del razonamiento alrededor de su axioma, no porque en algún momento el genial físico pueda ser sindicado como simpatizante de dictaduras o del totalitarismo. Y, por otra parte, también hay serios cuestionamientos de si la famosa frase puede atribuírsele realmente a él, aunque no haya resultado fácil demostrar lo contrario.

 

Sin embargo, de lo que evidentemente no hay dudas es de que la dictadura castrista, que acumula ya 57 años en el poder con resultados cada vez más funestos para los cubanos, y no muestra ningún interés en desprenderse de la fuente de sus privilegios, es el típico ejemplo de los intentos de repetir la misma acción -en este caso podría decirse de repetir la misma barbaridad- con la intención de que “esta vez” los resultados sean diferentes.

 

Tal vez uno de los mejores ejemplos ontológicos sobre este asunto es la tristemente famosa frase del Comandante en Jefe en 1986, cuando dijo en medio de aquel aquelarre paranoico conocido como “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”,  aquello de que “ahora sí vamos a construir el socialismo”. Frase que contradecía sus falsas promesas y su “ejecutoria” nada menos que veinticinco años después de haber proclamado, sin consultar con  nadie, el carácter socialista de “su” revolución. Revolución de la que puede decirse que precisamente a partir de aquella infausta declaración del año 1961, dejó de serlo para convertirse en una dictadura caudillista más, como las que tristemente han proliferado en la historia de América Latina durante doscientos años.

 

Pero volvamos a 1986, cuando el “ahora sí”. En aquel entonces ya era completamente claro que “el espíritu del Che”, el rechazo patológico a los estímulos materiales, y la absurda pretensión de que todos los cubanos se motivaran con “la conciencia revolucionaria” y actuaran con la moral del “hombre nuevo”, solamente conducía al fracaso económico y social, y la desmotivación generalizada. Aquella ideología trasnochada provocó la caída en picada de la producción y la productividad, el ausentismo y la indisciplina laboral, el crecimiento galopante de la inflación -eufemísticamente llamada exceso de circulante-, el descontrol administrativo, el despilfarro de recursos, las estadísticas falseadas en función del “trabajo político”, y todos los fallos económicos que condujeron a la economía cubana al abismo tras el fracaso de la zafra de los diez millones que nunca se alcanzaron.

 

Por eso, pretender que con un improvisado y alocado “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, que repetía todos los errores de la década de los sesenta sin incluir ni siquiera la más mínima enseñanza positiva que hubiera podido desprenderse de aquella locura, era precisamente un intento más de repetir una y otra vez el mismo disparate pretendiendo lograr resultados diferentes.

 

O tal vez no. Tal vez Fidel Castro, maestro del cinismo, estaba demasiado consciente de que esos irracionales mecanismos no funcionaban en lo más mínimo para la dirección, la efectividad y la eficiencia de la economía “socialista”, pero que sin embargo resultaban muy efectivos para reducir a la miseria y las necesidades más elementales a todos los cubanos, lo que le facilitaba mantener su omnímodo poder sin fisuras o peligros de resquebrajamiento.

 

Y como eso era y siempre fue lo único que verdaderamente le interesaba, había recurrido a esa farsa de los estímulos morales y “el espíritu del Che” para consolidar su poder, someter a la población, y cerrar el paso a cualquier “revolucionario” interesado en ascender a los máximos escalones del poder sin su consentimiento.

 

Y ahora, en el 2016, treinta años después de la falsa “rectificación de errores y tendencias negativas”, que fue la verdadera causa de que la economía cubana cayera nuevamente en bancarrota -y no la caída del “campo socialista” y el imperio soviético- se intenta regresar una vez más a la misma inconsistencia. Quizás sería más exacto decir “veinticinco años después”, porque desde el sexto congreso del partido del 2011 ha vuelto a funcionar, con el mismo lema y casi las mismas “estrellas” el viejo circo callejero.

 

Aquellos disparates y ridiculeces de 1986 dieron pie a la implantación del llamado “período especial en tiempo de paz”, que en la práctica resultó un émulo efectivo de la criminal “reconcentración” dictada por el capitán general español Valeriano Weyler para intentar derrotar la lucha de los cubanos por la independencia, y que provocó decenas de miles de muertos, desnutrición, epidemias, enfermedades y miserias sin fin para los cubanos.

 

Pero desde hace una década el Comandante no está en condiciones diarias de ejecutar locuras que destrocen la economía más aun, y tiene que limitarse a “reflexionar” y tratar de hacer todo el daño posible desde lejos y de manera intermitente. Sin embargo, su heredero, hermano menor y apéndice emocional del tirano, intenta juegos malabares para simular que experimenta por caminos diferentes, aunque en verdad lo que está logrando no es más que una pobre versión “light” del más de lo mismo castrista.

 

El raulismo ha aplicado algunos retoques y maquillajes al cuentapropismo y ha eliminado “prohibiciones absurdas” en los últimos años; pero insiste como siempre, desde el primer año, desde el primer mes, desde el primer día, en que no se permitirá “la concentración de la propiedad y de las riquezas”, porque los únicos autorizados en la isla-finca de Macondo-Cuba a disponer de todas las propiedades y de todas las riquezas son los miembros de la pandilla en el poder, encabezados por la “famiglia” Castro, así como sus parientes y cómplices. Nadie más.

 

Lo que ahora sucede es un cambio eminentemente formal en función del “nuevo” estilo de Raúl Castro, quien no habla tanto y que termina sus discursos diciendo “muchas gracias” en vez de “patria o muerte”, y en vez de llamarse con los nombres que el hermano mayor improvisaba en dependencia de sus humores y sus pataletas, ahora se utilizan denominaciones mejor pensadas y aparentemente más racionales, como las de “conceptualización del modelo”, “lineamientos”, “actualización”, “perfeccionamiento”, o “socialismo próspero y sustentable”.

 

Lemas que resumen un “proyecto” que nadie puede definir con precisión, pues no hay plazos y compromisos claros.  Y además, porque todo está regido por el concepto de “sin prisa pero sin pausa”, que, por su aplicación durante los últimos años, lo mismo puede aplicarse a un bolero que a una conga, al “filin” o a la rumba, al danzón o al reguetón.

 

Por eso en el sexto congreso del partido comunista, celebrado en el 2011, se aprobaron casi 300 “lineamientos” que supuestamente traerían la felicidad y la solución de todos los problemas para los cubanos de a pie. Pero que cinco años después, cuando se aproximaba el siguiente congreso, el séptimo, en el 2016, resultó que solamente se habían cumplido en un pequeño porcentaje, y que la aplastante mayoría de ellos estaba “en proceso”, lo que en el lenguaje castrista de las últimas seis décadas significa que serían cumplimentados “tarde, mal y nunca”.

 

Entonces hubo que inventar lo de la conceptualización y otros giros lingüísticos -que envidiarían Cervantes, Quevedo, Unamuno, Ortega y Gasset, García Márquez, Vargas Llosa, o Cabrera Infante- para “explicar” que lo que no se había cumplido era porque se estaba cumpliendo poco a poco y se iba a cumplir en algún momento, pero que no podían considerarse incumplimientos, porque eso no es un término elegante ni bonito.

 

En conclusión: que en vez de buscar otros caminos diferentes a los ya transitados y que estaba comprobado que no conducían a ningún lugar, se trataría de repetir, una vez más, lo mismo que no había funcionado durante casi sesenta años, porque “ahora sí” que había elementos de juicio y fundamentos ontológicos, filosóficos, metodológicos, epistemológicos y ornitológicos para considerar que lo que no había funcionado nunca podría funcionar esta vez, y que todo dependía, simplemente, de que se le pusiera suficiente entusiasmo, voluntad y control por parte del partido comunista para lograr los mejores resultados.

 

Es decir, sin decirlo, regresar una vez más al “espíritu de Che”, complementado con las “enseñanzas” del Comandante en Jefe, el “proceso de rectificación”, y todas las mediocres cantaletas contrarrevolucionarias que siempre ha encarnado el castrismo bajo el ropaje y el lenguaje “revolucionario”.

 

Otra cosa no es la bobería del régimen al declarar, con tropical solemnidad de guaguancó de solar, que se “reconoce la existencia objetiva de las relaciones del mercado”, -algo que si a estas alturas del siglo 21 hay alguien que no lo reconozca es  por supina ignorancia y su falta de contacto con la realidad. Pero la maravilla por la contradicción viene inmediatamente después, cuando se proclama, cantinflesca y ampulosamente, que la economía centralizada y el esperpento cubano-castrista conocido como “empresa estatal socialista”, serán los elementos fundamentales del proyecto raulista.

 

Con lo cual, de la misma manera que ha venido sucediendo desde 1960, se desecha absolutamente el papel regulador del mercado en el funcionamiento de cualquier economía, y se garantizará que nada funcionará correctamente ni nada servirá para mejorar las condiciones de vida de los cubanos ni para aumentar el rendimiento y la eficiencia de la economía de un país entrampado desde hace más de medio siglo en un proceso cada vez más ineficiente y más retrógrado por la cobardía de sus dirigentes.

 

Esto se ha visto exacerbado durante los últimos diez años por el proclamado “pragmatismo” del general-presidente sin batallas ni resultados económicos, que tiene más que ver con preferir el Johnny Walker Royal Salute al mejor de los vodkas de los camaradas bolcheviques, pero jamás se concreta en decisiones para liberalizar la economía y darle posibilidades reales al desarrollo de las fuerzas productivas, intentando por lo menos un mediocre socialismo-comunismo de mercado.

 

El temor de la comparsa gobernante cubana a perder el poder en esas condiciones no tiene fundamentos. En China y Vietnam la caterva gobernante encarnada en el partido comunista ha demostrado que se puede dinamizar y desarrollar la economía nacional sin perder el poder.

 

China, en poco más de treinta años, dedicándose a criar gatos que cazaran ratones, sin preocuparse por el color del felino, pasó de ser un milenario reino de miseria y hambre a la segunda economía mundial, que no solo disputa actualmente primeros lugares mundiales en producto interno bruto o índices de crecimiento anual, sino también en innovaciones, en el campo militar, tecnológico, científico, intelectual, computacional, deportivo, y hasta en el medallero olímpico en Río de Janeiro.

 

Ese país no ha resuelto -ni podrá resolver dentro del comunismo- sus graves problemas de corrupción y dictadura, pero no caben dudas de que los chinos de hoy viven mucho mejor y con más expectativas que los que fueron las víctimas involuntarias de los dementes proyectos del Gran Salto hacia Adelante, la Revolución Cultural Proletaria, y otros alocados experimentos “celestiales” orquestados por el Gran Timonel y ejecutados por una gavilla criminal, desde 1949 hasta su muerte.

 

Vietnam, por su parte, sufrió una guerra devastadora tanto en el Norte como en el Sur,  con millones de muertos y heridos, pero después dejó a un lado la estatización total implantada por el Tío Ho y comenzó a transformar su economía a través del Doi-Moi, un serio proceso de renovación, reestructuración e innovación en la economía y la sociedad. Los vencedores comunistas del norte se dieron cuenta de que si realmente deseaban progresar y mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos, necesitaban negociar con sus antiguos enemigos sus relaciones diplomáticas, económicas y comerciales, y dejar a un lado viejos rencores.

 

Hoy han dejado atrás siglos de pobreza, insuficiente alimentación y servidumbre, sus ciudades y su agricultura son ejemplos de riqueza y empuje, y han cambiado las clásicas bicicletas de la miseria por modernas motocicletas que transportan a optimistas vietnamitas al esfuerzo diario por mejorar su existencia y la de sus familiares. Tanto ha desarrollado y dinamizado Vietnam su economía que exporta café hacia Cuba. Y lo simpático del caso es que fueron los cubanos quienes enseñaron a los vietnamitas a sembrar y cosechar café.

 

Es cierto que Vietnam no ha resuelto sus serios problemas de corrupción y dictadura, pero tampoco caben dudas de que los vietnamitas de hoy viven mucho mejor y con más expectativas que la generación que siguió en el norte a Ho Chi Minh y al general Giap, en una guerra fratricida contra el sur y y contra la nación más poderosa del mundo.

 

En Cuba, aunque no puede olvidarse que el fundador del mito se mantiene vivo,  en vez de aprender de tales experiencias asiáticas, la dirigencia comunista se empeña en deificar al Moribundo en Jefe, que con excepción de mantenerse en el poder no ha hecho nada bien en su vida, y apela a sus supuestas “enseñanzas”, que si algo demuestran es que no encierran nada positivo. Intento absurdo de aferrarse al más de lo mismo, pero cada vez peor, con la promesa de que esta vez están seguros que será diferente, tal vez por obra y gracia del Espíritu Santo.

 

Tratando de aparentar cambios ordenan al obeso vicepresidente a cargo de implementar el Frankenstein para la planificación y dirección de la economía que hable en alguna sesión de la inútil y siempre unánime Asamblea Nacional del Poder Popular, o en el congreso del partido, para que, con lenguaje enrevesado, abstracto y sin comprometerse a nada, prometa villas y castillas a cambio de lealtad y confianza infinita en quienes han demostrado durante más de medio siglo que no merecen la más mínima confianza, y que cuando la han recibido ni siquiera la agradecen.

 

Y como la turba que dirige los destinos cubanos no tiene el nivel intelectual, ni conceptual, de formación, experiencia, capacidad, o voluntad, de sus homólogos en China y Vietnam, siempre se limitan a aplaudir y levantar las manos para aprobar cualquier cosa que se les proponga, ya que al fin y al cabo no entienden de qué se trata. De manera que resulta más cómodo dedicarse a establecer consignas vacías e inútiles para supuestamente llevar adelante las propuestas, bajo la guía y orientación del vetusto burócrata segundo secretario del partido, ya que el general y primer secretario es parco y torpe en las tribunas.  

 

Consignas nacidas del núcleo duro raulista que de inmediato repetirán los papagayos oficiales del partido y el gobierno y los cagatintas de la prensa oficial, tanto la escrita como la radial y televisiva. Funcionarios que han llegado al extremo en estos días de declarar “ex-cubano” a un cubano que ganó una medalla olímpica compitiendo por España, ya que la “constitución” del régimen no reconoce la doble nacionalidad. Aparentemente la tiranía considera que cubanos son solamente los que viven en la Isla, pero eso no le impide cobrar por el pasaporte cubano obligatorio a quienes viajan allá de visita, aunque tengan otras nacionalidades.

 

En medio de este panorama desolador de oportunismo y descaro, sorprende saber que algunos “expertos” extranjeros están avisando de la supuesta lucha conceptual entre los liberales y los conservadores dentro del partido comunista cubano, como si se tratara del buró político de los bolcheviques en 1917. No tienen en cuenta los muy ingenuos que en Cuba eso no puede suceder, porque quienes se acercan demasiado a las mieles del poder sin el permiso correspondiente terminan, en el mejor de los casos, trabajando “en la base” o disfrutando de un prolongado “plan piyama”. Además porque ni en el buró político, ni en el secretariado, ni en el comité central del partido cubano, hay capacidad intelectual ni hormonas para cuestionar lo que se decida en la cúpula de la pandilla, que es bastante reducida, pues para pertenecer a ella es requisito indispensable llevar los apellidos Castro y Ruz. Y quien crea otra cosa lo único que demuestra es no saber ni donde está parado en lo que se refiere al tema cubano.

 

Entonces, el futuro de Cuba y de los cubanos en estos momentos está más claro que nunca, aunque muchos en Washington, Miami, Bruselas o New York no lo entiendan: nada de aperturas, reformas, “normalización” de relaciones con Estados Unidos, democratización, o diálogo con opositores o con cualquiera que no piense exactamente como la horda en el poder.

 

Lo que sí habrá será más represión, golpizas, insultos, descalificaciones, detenciones de corta duración, cesantías y expulsiones del trabajo para quienes no se dobleguen a la voluntad de los hermanos Castro. Que no solamente llevan en el poder más de cincuenta y siete años más, sino que tienen todas las intenciones de continuar manteniéndose en el mismo -directa y personalmente o a través de paniaguados testaferros- hasta el fin de sus días, a pesar de las promesas de Raúl Castro de entregar sus cargos en el Estado y el gobierno en el 2018.

 

En definitiva, en la Cuba castrista el poder se ejerce desde el partido comunista, y de modificaciones en esa organización nadie ha hablado nada en cuanto a aceptar o posibilitar relevos ni sangre joven.

 

Por eso, mientras vivan, los hermanos Castro continuarán haciendo lo mismo una y otra vez. Porque saben que los resultados serán siempre los mismos, y además todo lo que hacen y han hecho siempre es simplemente para mantenerse en  el poder al precio que sea.

 

Y en eso de verdad que tienen experiencia. Y resultados positivos.

 

Entonces, ¿por qué necesitarían cambiar?