Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

Estilo de dirección y liderazgo del Presidente Díaz-Canel

 

Para enfrentar a un adversario en cualquier actividad y momento, trátese de un ejército enemigo, un equipo deportivo, un virus maligno, o un contrincante para jugar dominó, lo más recomendable siempre es conocer lo mejor posible a tal adversario: cuáles son sus fortalezas y debilidades; sus estilos de actuación; cómo reacciona ante determinadas situaciones; qué sabemos de sus antecedentes de acciones, conductas y experiencias; cuáles podrían ser los escenarios plausibles donde se debería enfrentar al contrincante; quienes podrían ser sus aliados potenciales; y todo lo más que podamos saber sobre ese antagonista.

 

Limitarnos a repetir frases hechas, lugares comunes, banalidades y superficialidades insensatas, subestimar y despreciar al adversario, cualquiera que sea, pretender que puede ser enfrentado sin prepararnos suficientemente, o que en algún momento tendrá que producirse un golpe de suerte que definirá la situación a favor nuestro y no del contendiente, son actuaciones que conforman los caminos más apropiados, directos y rápidos para fracasar estrepitosamente.

 

A pesar de eso, tanto los cubanos de la diáspora como los de la oposición a la dictadura dentro del país, e incluso quienes no militan activamente en ningún tipo de actividades de enfrentamiento al totalitarismo castrista, parecen haber adoptado el camino más fácil y más irresponsable, que es el de subestimar al adversario y conformarse con ponerle motes o endilgarle determinadas características, como si eso bastara para salir del problema, cuando en realidad ni siquiera es suficiente para poder sentirnos mejor en nuestras frustraciones, cada vez más añejas.

 

Así, para muchos cubanos “inteligentes”, de esos que “se las saben todas”, tanto fuera de Cuba como dentro de ella, parece bastar llamarle al presidente Miguel Díaz-Canel con el apelativo de “cucharita” (porque ni pincha ni corta), o referirse a Raúl Castro como “Pamela”, con referencia al sombrero de yarey que acostumbra utilizar en las actividades masivas al aire libre, para sentirse políticamente realizados.

 

Recuerdo hace algunos años a los venezolanos en  el sur de Florida que ya entonces habían abandonado su Venezuela natal por los desmanes del chavismo, refiriéndose despectivamente a Nicolás Maduro como “el autobusero” y pretendiendo significar que por su baja cultura y poca calificación sería incapaz de controlar la dictadura tras la muerte de Hugo Chávez, y ya vemos que, aunque su régimen subsiste en medio de una crisis colosal, ahí se mantiene “el autobusero” determinando los destinos de los venezolanos, y quienes se burlaban de él continúan rumiando frustraciones en el sur de Florida, mientras el éxodo de sus compatriotas hacia otras naciones de América del Sur alcanza ya cifras millonarias.

 

“Cucharita”, “Pamela”, “el autobusero”, son al fin y al cabo expresiones escapistas de quienes no hemos sido capaces de desprendernos de los cánceres dictatoriales que corroen nuestras libertades hasta secuestrarlas totalmente y empobrecen nuestras naciones hasta la miseria absoluta, y consideramos, conciente o inconcientemente, que burlándonos de ellos, aunque no podamos derrotarlos, tenemos una compensación psicológica adecuada. ¡Ay de los vencidos!

 

Aunque para esa burla supuestamente compensadora haya que hacer una absoluta abstracción de los ya casi sesenta años de dictadura, desgaste y destrucción que han padecido la nación y la sociedad cubana, desde que en 1959 la pandilla de Fidel Castro se adueñó del poder hasta nuestros tristes días en que se está imponiendo a los cubanos una “Constitución de la República” que pretende legitimar y perpetuar la barbarie totalitaria per omnia saecula saeculorum supuestamente bajo un masivo e irrefutable apoyo popular.

 

Y también habría que abstraerse que son ya casi veinte años los transcurridos desde que el derrotado golpista Hugo Chávez ganó sus primeras elecciones en 1998, gracias al nivel de descomposición de la sociedad venezolana y las legendarias torpeza y mediocridad de la clase política de esa nación, que medraba bajo los mitos de una supuesta “democracia”, que en realidad había sido corrompida hasta los tuétanos amparada en los acuerdos de “Punto Fijo”. El pretexto de luchar contra aquella situación fue lo que posibilitó que en la Venezuela de hoy tenga el poder una pandilla más corrupta y más delincuente que los peores elementos de la entonces “democracia” venezolana derrotada por Chávez.

 

Del caso de Nicolás Maduro y sus narcodirigentes deberán ocuparse fundamentalmente los venezolanos, quienes insisten en que ellos no pasarán por los mismos problemas que hemos pasado los cubanos, aunque aparentemente todavía no logran descifrar los serios acertijos que les imponen continuamente los chavistas ni alcanzar consensos mínimos para enfrentarse al “autobusero”, que a pesar de sus limitaciones intelectuales y morales no da respiro a sus opositores.

 

De manera que volvamos al tema central de este análisis, que trata del estilo de dirección y liderazgo del Presidente Díaz-Canel.

 

¿Qué saben realmente los exiliados, opositores, periodistas, y la infinidad de “analistas políticos” cubanos y extranjeros que pululan en estos tiempos por el sur de Florida, dentro de Cuba, y en las páginas digitales serias y no tan serias del mundo entero, incluidos los que son considerados expertos o que se creen que lo son, del estilo de dirección y liderazgo de Díaz-Canel?

 

Para tratar de comprender algo sobre estos temas comencemos por el principio, o como dicen los americanos, “first things first”.

 

¿Qué significa exactamente estilo de dirección y liderazgo?

 

El concepto “estilo de dirección y liderazgo” tiene que ver con capacidades innatas o adquiridas que tenga o pueda tener alguien para guiar personas, lograr que le sigan en el esfuerzo por materializar una determinada visión, y saber motivarlos, movilizarlos y entrenarlos para lograr objetivos definidos, trátese de un Jefe de Estado, ministro, dueño de empresa, director de orquesta, pastor religioso, dirigente sindical, o jefe de una pandilla de delincuentes.

 

Ese liderazgo puede ejercerse individualmente o por un equipo de dirección, puede ser adquirido por aceptación popular o impuesto por la fuerza, puede ser formal o informal, y puede ser ejercido desde una posición en determinada organización o moralmente desde fuera.

 

No existen líderes “buenos” o “malos” en abstracto, pues eso depende de otras consideraciones relacionadas con el entorno y el momento histórico. Juan Pablo II fue un líder indiscutido de la Iglesia Católica contemporánea; Osama bin Laden lo fue del fundamentalismo islámico contemporáneo y el terrorismo del siglo XXI.

 

Y las superficialidades no cuentan: ¿Preferiría usted un líder que consuma alcohol diariamente o uno que solamente beba una cerveza ocasionalmente? Antes de responder, tenga en cuenta que Franklin D Roosevelt bebía unos diez martinis diariamente, mientras que Winston Churchill consumía todos los días una pinta de whisky (poco más de medio litro). Por su parte, el genocida Adolfo Hitler era vegetariano y rara vez bebía ni siquiera cerveza, la bebida nacional alemana.

 

Lo que califica a un líder no es su historial, ni su “carisma”, su personalidad, su atractivo físico, su oratoria o su inteligencia y agilidad mental, sino sus resultados. Eso es lo que verdaderamente cuenta.

 

Nos guste o no nos guste reconocerlo, Fidel Castro fue un líder: dictador brutal y carente de sentimientos, solamente preocupado de sí mismo, destruyó a Cuba física, económica, social, psicológica y antropológicamente, pero los resultados que perseguía los logró absolutamente: mantenerse en el poder hasta el final de su vida, sin importarle al precio que fuera. En ese sentido le daba igual una guerra termonuclear en 1962 que un “período especial” en la década de los noventa que matara de hambre a los cubanos, enviar a miles de sus compatriotas a la muerte segura en mataderos “internacionalistas” africanos y latinoamericanos, fusilar al mejor de sus generales, deshacerse de sus colaboradores más cercanos cuando consideraba que le podían hacer sombra, o cortejar igualmente a demócratas como Olof Palme o Pierre Elliot Trudeau, que a genocidas como Mengistu Haile Marian o Sadam Hussein. Fidel Castro fue un líder que logró sus objetivos, aunque tales objetivos fueran tan miserables como él mismo.

 

Raúl Castro, por su parte, el único objetivo que verdaderamente pudo lograr al frente de Cuba es haberse mantenido gobernando durante casi doce años hasta que se las agenció para traspasar a su relevo no la antorcha, sino más bien el tizón ardiendo, sin que se hayan producido en Cuba estallidos sociales, serios cuestionamientos al poder totalitario, ni acusaciones efectivas contra él y sus corruptos compinches, que no todos son generales aunque sea lo que cuentan las leyendas urbanas.

 

La característica distintiva y fundamental de su gobierno fue la mediocridad infinita y la falta absoluta de liderazgo, todo disfrazado bajo el absurdo enunciado de “sin prisa pero sin pausa”, que a lo único que condujo fue a más estancamiento y ninguna solución de cualquiera de los serios problemas que enfrenta el país. En su incapacidad, ni siquiera logró concretar la unificación monetaria prometida desde hace mucho tiempo, ni que los cubanos pudieran tomarse un vaso de leche diario, como ofreció once años antes de retirarse del gobierno para irse a vegetar como primer secretario del partido comunista, donde, para no perder la costumbre, solamente ha logrado que se materialicen a medias el 20% de los más de 300 “lineamientos” partidistas que supuestamente deberían llevar al país hacia un “socialismo próspero y sostenible”, que resulta tan inalcanzable para los cubanos como la inmortalidad del cangrejo.

 

El nuevo “líder” cubano

 

Veamos ahora el caso menos dramático todavía pero igualmente significativo del nuevo “líder” cubano, el presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, a quien los cubanos, tanto los de a pie como los de BMW, Mercedes, Geelys y Ladas, se refieren simplemente como “Díaz”.

 

Y para comenzar, antes de entrar en elementos más conceptuales y metodológicos, hay que señalar que en ningún momento pretendemos presentar al presidente designado como un demócrata, un reformista, un líder transformacional, un Gorbachov o Deng Xiaoping en ciernes, ni nada por el estilo. Se trata de un cómplice de la vetusta e inepta tiranía, donde ascendió al buró político y altísimos cargos gubernamentales fundamentalmente por su “lealtad” y sumisión a los “líderes históricos” y su falta de criterios independientes o de hormonas para cuestionar las “enseñanzas” de los libros sagrados del castrismo.

 

Por otra parte, en honor a la verdad, hay que señalar que de no haberse comportado así no hubiera alcanzado las posiciones que logró, ni hubiera podido ir ascendiendo de manera sistemática hasta llegar a la presidencia de los Consejos de Estado y de Ministros después de haber estado durante quince años en el buró político del partido y cinco como Primer Vicepresidente. Por eso hay que reconocer que no es una persona tonta ni tampoco imprudente, y que, aparentemente, sabe como mover sus fichas en el ajedrez político cubano. Lo cual no garantiza para nada que podrá dar jaque mate a sus potenciales o reales adversarios, pero al menos ha sabido mantenerse en el juego.

 

En cuanto a su comportamiento específico y su imagen pública, es bueno señalar que  desde enero de 1959 los cubanos no habían visto a un Presidente trabajando normalmente en jeans y camisas de mangas cortas, pues siempre los habían visto encartonados en trajes con corbata o vistiendo uniforme militar. Y de hurgar un poco más detalladamente en la historia, tal vez pudiera decirse que desde 1940 hasta 1959 pocas veces los cubanos deben haber visto al presidente del país vestido tan “informalmente” como lo hace Díaz-Canel cotidianamente. Sin llegar a las ridiculeces extremas de un Evo Morales y su vestimenta indígena, pues cuando resulta necesario “Díaz” recurre al saco con corbata o la guayabera. Y los cubanos solamente lo han visto “uniformado” cuando se trata de actividades relacionadas con las fuerzas armadas, en cuyo caso aparece de miliciano con los grados de teniente-coronel de la reserva, nada de General ni de Comandante en Jefe, aunque constitucionalmente es el Jefe Supremo de las fuerzas armadas cubanas. Ni nada de sistemas de escoltas exagerados o escandalosos, que este presidente más sencillo no podría alegar los supuestos más de 600 intentos de asesinato inventados a la falsa leyenda de Fidel Castro, aunque no se pudieran demostrar ni más de diez.

 

Este hecho de vestir como lo hace, si se quiere, casi como un proletario, sumado a que “Díaz”, a la edad de 58, es más o menos treinta años más joven que cualquiera de los pocos “históricos” que ya van quedando y se mantienen a la espera de la barca de Caronte de un momento a otro, muestra al nuevo líder con una energía y vitalidad imposible de ver en los funcionarios de la gerontocracia a quienes ya en la actualidad tantas horas de trabajo diario y tantos traslados físicos por el país les resultan imposibles, a pesar de la buena alimentación y atención médica de la que han disfrutado durante tantos años.

 

Y eso lo va observando la población, lo reconoce positivamente, y fomenta expectativas. En una visita a un Mercado Agropecuario Estatal (MAE) en Villa Clara el 30 de agosto, se produjo una breve conversación entre Díaz-Canel y un cubano que no fue identificado por la prensa castrada:

 

Cubano: Déjeme felicitarlo por el trabajo que está haciendo, visitando todos los lugares...

Díaz-Canel: No solamente yo, sino todo el Consejo de Ministros...

Cubano: Sí, pero yo quiero felicitarlo a usted por lo que hace en contacto con el pueblo...

Díaz-Canel: Bueno, es lo que hacían también Fidel y Raúl.

 

Si realmente lo cree así, o lo dice para “cuidarse”, no tiene tanta importancia en estos momentos. Es lo que tenía que decir. No por gusto el señor Díaz-Canel es el único “superviviente” de los doce “cuadros jóvenes” inicialmente observados desde la cúpula totalitaria para ser seleccionados como el relevo, según dijo Raúl Castro. Y este “relevo” sabe muy bien que si se destacara demasiado por encima de sus sagrados mentores podría poner en peligro su salud política, y quién sabe hasta donde la otra salud.

 

Pero evidentemente, ese diálogo permite entrever una percepción entre los cubanos de a pie sobre el nuevo presidente que, aunque no intenten hacerlo concientemente, resulta una comparación entre el estilo más fresco y vital del nuevo dirigente con el cansado y aburrido estilo del general sin batallas y el círculo de ancianos que lo rodeaba.

 

Veamos estas realidades en los aspectos conceptuales ahora:

 

En un trabajo medular publicado en Estados Unidos durante los años ochenta del pasado siglo, Strategic Management. A Methodological Approach (“Dirección Estratégica. Un enfoque metodológico”), los investigadores Rowe, Mason, Dickel y Snyder explican que el liderazgo se ejerce bajo la influencia de cuatro factores interrelacionados, pero también independientes:

  • las demandas de la tarea,
  • los grupos de presión,
  • el entorno de actividades, y
  • las necesidades personales.

Cualquier modificación en cada uno de estos elementos modifica el estilo de dirección y liderazgo y la forma de ejercerlo.

 

Veamos estos cuatro factores interrelacionados.

 

Las demandas de la tarea:

 

¿Cuáles son las demandas de la tarea del presidente “Díaz”? Para decirlo resumidamente, le han entregado el mando del Titanic mucho tiempo después que el iceberg desbarató el casco del barco que hace agua por todas partes, mientras la orquesta partidista interpreta dos valses como si no sucediera nada grave, uno llamado “Lineamientos económicos y sociales”, y el otro titulado “Reforma constitucional”.

 

¿Qué puede hacerse en este caso? Indudablemente, lo único sensato que se puede intentar es tratar de evitar que el barco acabe de hundirse, y en caso de ser imposible, como evidentemente lo es, tratar de salvar la mayor cantidad de vidas humanas posibles.

 

En un escenario como este, pretender garantizar los supuestos “logros de la revolución” en salud pública y educación, o más bien lo que queda de ellos, y a la vez pretender mantener los mitos “internacionalistas”, enviando maestros a Jamaica cuando en Cuba faltan diez mil profesores semanas antes de comenzar el curso escolar, o enviar médicos de siete especialidades a la pequeña isla de Nauru en la Micronesia (21 Km2 y 17,000 habitantes), cuando los cubanos no pueden operarse en Cuba por falta de anestesistas o cirujanos, entre otras cosas, no deja de ser una típica política de avestruces, que Fidel Castro lograba imponer por su brutalidad dictatorial y su “carisma”, y Raúl Castro mediante el terror selectivo y la demagogia. Por eso cumplir las demandas de sus tareas no será nada fácil para Díaz-Canel, que hasta el momento parece decidido a aceptar mansamente el “papel rector” del partido, es decir, mantener la política establecida por el general sin batallas, sin buscar actuaciones independientes más sensatas y realistas. Pero, ¿hasta cuando podrá continuar actuando de esa manera?

 

Los grupos de presión:

 

En una democracia son múltiples los grupos de presión: diferentes partidos, medios de prensa, sindicatos, estudiantes, cámaras de comercio, agrupaciones de comerciantes, ganaderos, industriales, las demás instituciones de la sociedad civil, y muchos más.

 

En Cuba no existen esos problemas: todas las instituciones existentes se subordinan al partido comunista, y las que no lo hacen son consideradas ilegales, inexistentes, ignoradas, o reprimidas por “contrarrevolucionarias”. De manera que las presiones provenientes de esos grupos contestatarios tienen relativo peso solamente cuando sus acciones merecen aparecer en los informes secretos de la “situación operativa” o del “estado de opinión” que llegan al gobierno diariamente; y es entonces cuando se hace necesario tomarlos en cuenta, no para negociar y buscar consensos, sino para analizar como doblegarlos o reprimirlos brutalmente, o quizás neutralizarlos a través de la propaganda partidista y la “respuesta del pueblo enardecido” defendiendo a ‘su’ revolución.

 

Los únicos posibles grupos de presión existen dentro del propio partido comunista, donde indudablemente existen sectores más retrógrados y otros más proclives a determinada flexibilidad dentro de los cánones del fidelismo o el neocastrismo, puesto que en Cuba realmente no existen demasiados marxistas ni comunistas. De la misma manera que existen diferentes criterios generacionales entre la gerontocracia que reclama legitimidad histórica y los tecnócratas que pretenden hacer valer su relativa calificación y formación académica. Pero todo siempre, no nos confundamos, es y será dentro de los marcos del tan peculiar “socialismo” cubano, que no tiene nada que ver ni con la socialdemocracia europea ni con el socialismo “real” estalinista, pues en Cuba resulta una mezcla de lo peor del estalinismo europeo o norcoreano con caudillismo tropical tercermundista y con la moral campesina de absolutamente ignorantes y machistas guerrilleros castristas, hoy ancianos nada respetables. Imposible definir conceptualmente tal engendro con criterios científicos occidentales.

 

El entorno de actividades:

 

Sin dudas, el entorno de actividades que debe enfrentar el nuevo presidente es complejo. No solamente la situación económica nacional es sumamente crítica, sino que los potenciales aliados del régimen se debilitan y desvanecen, mientras el país cuenta cada vez con menos recursos a su disposición. Ya Ecuador, afortunadamente, se ha liberado de las cadenas del llamado socialismo del siglo 21 y se ha retirado del ALBA; la Nicaragua de Ortega se ha desenmascarado como lo que una vez combatió: una brutal dictadura caudillista centroamericana, y sin posibilidades de apoyar al castrismo cuando la propia tiranía de Managua está bajo asedio; y la Bolivia “indigenista y socialista” aporta poco y tiene todavía que hacer malabares para lograr la ilegal reelección de su mandatario una vez más, contra la voluntad popular.

 

Queda solamente Venezuela, en medio de una crisis humanitaria de proporciones colosales, una hiperinflación descontrolada, un éxodo masivo de venezolanos hacia los países vecinos de Suramérica, un gobierno inepto que no sabe lidiar con tantos problemas a la vez y recibe cada vez más repudio internacional, y una evidente escasez de recursos producto de la mala gestión y el desfalco de las arcas públicas. En estas condiciones, las posibilidades reales y concretas de ayudar a la dictadura cubana son mínimas y limitadas, no por falta de voluntad de la colonia para con la metrópoli habanera, sino de recursos para hacerlo.

 

Supuestos aliados tradicionales como Rusia, China y Bielorrusia están dispuestos a comerciar y vender siempre que se les pague, pero no son proclives a otorgar ayudas más allá de las simbólicas, porque saben que nunca serán recuperadas. Tampoco daría esa ayuda Vietnam, en parte porque no está en condiciones de hacerlo, pero en parte también porque le ofrecieron a la tiranía, y directamente al gobernante Díaz-Canel por parte del secretario general del partido comunista de esa nación indochina, apostar por el modelo vietnamita (Doi Moi) para intentar dinamizar la economía, y el régimen cubano ofreció la callada por respuesta.

 

Con la administración Trump el régimen no puede pretender obtener concesiones como todas las que tan generosa y cándidamente ofreció Barack Obama sin que los mandarines habaneros se decidieran a aprovechar la oportunidad negociando de buena fe, y ahora Washington está cerrado para nuevas aventuras castristas. Y la Unión Europea, aunque mantiene su interés en ocupar posiciones en la isla, aun a costa de mirar hacia el otro lado ante las violaciones de derechos humanos de La Habana, disculpa al régimen llamándole “democracia con un partido único”, como vergonzosamente proclamó la alta comisionada de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad tras su visita a Cuba en enero de este año.

 

Aunque eso nos repugne, hay que señalar que la Unión Europea está enfrentando  demasiadas presiones con el Brexit, la inmigración descontrolada hacia sus costas y las exigencias estadounidenses de relaciones comerciales más equitativas, para pretender lograr mucho más de lo que ha logrado hasta ahora con Cuba. Está en situación parecida a la de Canadá en sus relaciones comerciales con EEUU y México y el replanteo del Tratado de Libre Comercio de Norte América, lo que le impide a ese país fronterizo con EEUU comprometerse demasiado con la dictadura cubana.

 

Y “Nuestra América”, tan antiimperialista ella, aunque aplaude calladamente cuando gritan en La Habana, no tiene demasiados recursos, y mucho menos interés, para apoyar demasiado a una nación en ruinas con una ideología en bancarrota.

 

Si ese entorno internacional no cambiara de manera favorable poco podrá hacer la dictadura cubana para revertir la situación. Y la mejor forma de pretender ese cambio sería que partiera  del propio régimen crear condiciones diferentes dentro de Cuba para que mejore la situación, tanto si cambia como si no cambia la coyuntura internacional.

 

Las necesidades personales:

 

Las verdaderas aspiraciones de cada persona suelen ser inescrutables si no se pueden conocer profundamente, y lo normal es que cada quién las exprese solamente cuando y donde considere que debe hacerlo. El resto son especulaciones. ¿Estará Díaz-Canel satisfecho con lo que ha conseguido en su vida personal hasta el momento, o considera que merece y que puede lograr mucho más? ¿Se siente realizado con el poder que disfruta en estos momentos, o desearía tenerlo todo? ¿Se siente realmente bien teniendo que reconocer que aunque él sea el presidente del país existe un poder superior expresado en el partido comunista, que aunque él mismo sea parte de su cúpula por el momento no es el máximo dirigente? ¿Tendrá planes concretos concebidos para después de los funerales de Raúl Castro, o no se desgasta de momento pensando en esos temas?

 

No podemos saber las respuestas exactas a todas estas y otras interrogantes, aunque es de suponer que, como de costumbre, por el Parque del Dominó en Miami o en La Esquina Caliente en La Habana, en el muro del Malecón o en el Versailles, estas cosas no solamente se comenten, sino que existan respuestas para todas esas preguntas. Incluso más de una respuesta diferente para cada pregunta, y lo difícil será cómo ponerse de acuerdo para resolver esas discrepancias, porque se trata de un tema en el que estamos enfrascados hace casi sesenta años, y lamentablemente no son muchas las perspectivas de que en Cuba haya cambios relativamente pronto.

 

Para complicar más aún los análisis, parece ser que los estudios demuestran que en los estilos de liderazgo que se adoptan y materializan, además de los cuatro factores interrelacionados vistos anteriormente, influyen también en el proceso de toma de decisiones la participación que tiene cada uno de los hemisferios cerebrales de cada persona, tanto el izquierdo, relacionado con el análisis, como el derecho, relacionado con la creatividad. Algunos de estos estudios esclarecen las diferencias entre dirección y liderazgo, destacando las siguientes características del líder: innova, desarrolla, investiga la realidad, se centra más en las personas que en sistemas y estructuras, inspira confianza, pregunta ¿qué? y ¿por qué? en vez de ¿cómo? y ¿cuándo?, y se centra en la eficacia (lograr resultados) más que en la eficiencia (optimizar la utilización de recursos), según el canadiense Henry Mintzberg.

 

Para este autor, en el estilo de dirección se pueden identificar y definir dos tendencias que resultan perfectamente remarcables: el directivo orientado hacia los resultados, y el líder orientado hacia las personas. Los primeros buscan obtener los resultados que se proponen a toda costa, y no se limitan si sus acciones afectan más o menos de alguna manera a los participantes. La extensión de las afectaciones que sus acciones pudieran producir en las personas, y las limitaciones que se autoimpongan ante estas afectaciones, tienen que ver con las condiciones morales y éticas del líder. Una persona absolutamente amoral como Fidel Castro se concentraba exclusivamente en lo que pretendía lograr, sin que le importaran para nada las afectaciones que su soberbia impusiera a las personas, incluso a sus más cercanos y leales colaboradores, y mucho menos a esa “cosa” que tanto despreciaba como era el pueblo cubano.

 

Los líderes buscan involucrar al máximo a todos los participantes para el cumplimiento de la tarea, y son capaces de sacrificar algunos de sus objetivos, o al menos la extensión y alcance de los mismos, en aras de conseguir que los participantes se sintieran satisfechos cumpliendo las tareas que les han sido marcadas. Raúl Castro, por ejemplo, cuando pensaba como militar, actuaba como directivo, ya que tenía obligatoriamente que concentrarse en la tarea, pero cuando lo hacía como líder político, como mediocre que era, trataba de obtener una combinación de resultados orientados al logro de la tarea establecida con la satisfacción máxima posible de los participantes involucrados en la misma, con lo cual, lógico de la mediocridad, de hecho no lograba ninguna de las dos cosas o solamente las lograba a medias.

 

Variantes posibles

 

Véase entonces la complejidad que tiene definir los estilos de dirección teniendo en cuenta los cuatro factores independientes pero interrelacionados, combinados con la influencia en el pensamiento de las tendencias cerebrales del hemisferio izquierdo (los aspectos analíticos) y el hemisferio derecho (los aspectos creativos).

 

En la actualidad se tiende a aceptar ampliamente las descripciones de las combinaciones que surgen de las cuatro categorías diferentes anteriormente mencionadas, relacionadas con las funciones del cerebro en el proceso de toma de decisiones: los estilos analíticos o creativos, y las orientaciones a la tarea y a las personas. No resultan dicotomías excluyentes donde si se impone una se anulan todas las demás, sino complejos procesos donde prevalece una de las combinaciones plausibles a partir de las demandas de las tareas, las necesidades personales, las presiones grupales y el entorno en que se desenvuelve el dirigente, que son los cuatro factores independientes e interrelacionados con que debe lidiar el líder.

 

De acuerdo al hemisferio cerebral que pueda prevalecer en la persona, se dice que la diferencia entre los directivos y los líderes es que los primeros actúan con preeminencia del hemisferio izquierdo y son más dados al pensamiento lógico-racional, y en los líderes prevalece el hemisferio derecho, por lo que tienden a conductas más creativas y relacionales. Y todo esto relacionado, a su vez, con el nivel de complejidad cognoscitiva que requieren las tareas y la visión que se pretende lograr, puesto que algunas tareas pueden resultar relativamente sencillas de materializar, mientras otras requieren una gran profundidad analítica y visión estratégica.

 

En el caso de cada dirigente o líder se podría estar en presencia, entonces, de una gran cantidad de variables con bastantes combinaciones posibles.

 

¿Cómo encajaría entonces el estilo de dirección y liderazgo de Miguel Díaz-Canel en estos esquemas conceptuales? ¿Se conformará con quedar cumpliendo órdenes como un directivo eficiente, o intentará llegar a ser creativo y líder?

 

En la dimensión de la alta complejidad cognoscitiva, el terreno del liderazgo, Díaz-Canel parece encajar mejor en el grupo de directivos o dirigentes de una dictadura, parece ser un individuo “lógico”, de decisiones analíticas, es decir, donde prevalece el hemisferio izquierdo (solucionar problemas, pedir siempre las mejores respuestas, controlar, tener información, aceptar variedad de criterios, tender a innovar, y preferiría poder analizar antes de decidir). Todo lo contrario al modelo de Fidel Castro, pero al mismo tiempo relativamente cercano al del general sin batallas.

 

Sin embargo, en el terreno de la administración, Díaz-Canel parece moverse en un estilo de mayor liderazgo, porque es más conductual, más supuestamente relacionado con el hemisferio derecho del cerebro (apoyo a subordinados, intentar persuadir, preferir sentirse aceptado, tratar de resultar empático, intentar comunicarse con los subordinados, prefiriendo decidir colectivamente, y solamente interesado en datos precisos y concretos). Igualmente, relativamente cercano al estilo de Raúl Castro y simultáneamente todo lo contrario al Castro mayor.

 

Nada extraño que sea así si se tiene en cuenta que el heredero sobreviviente entre los doce apóstoles (potenciales sucesores) que fueron tronados poco a poco fue seleccionado nada menos que por Raúl Castro y José Ramón Machado Ventura.

 

Aparentemente, Miguel Díaz-Canel se ha comportado hasta ahora más como un administrador/tecnócrata/burócrata interesado en obtener eficiencia que como un líder transformacional; un tecnócrata que considera que para que pueda haber continuidad del régimen totalitario sin traumas ni tremendismos no puede conformarse simplemente con al continuismo mediocre y paralítico de Raúl Castro, sino que el país requiere todo lo contrario: discontinuidad, trasformaciones, gatopardismo.

 

Ser fiel a la clásica frase de “hace falta que todo cambie, para que nada cambie”. Miguel Díaz-Canel tiene que hacerlo, no por tener una visión transformadora y absurdamente autista como la de Fidel Castro, ni mediocre como la de Raúl Castro, sino precisamente por necesitar mucha más sensatez y mesura, además de coraje, para solucionar problemas reales, concretos y apremiantes que sufren los cubanos.

 

Ahora mismo podría estar teniendo un problema concreto: existen rumores de que en una visita a la provincia de Holguín, donde fuera primer secretario del partido entre 2003 y 2009, le prepararon un “montaje” en una granja porcina, trayendo cerdos de diferentes lugares (hasta 100 kilómetros de distancia) para aparentar una actividad pujante, porque esa instalación visitada estaba en desuso en esos momentos. Algunos aseguran eso, y otros señalan que eso era lo mismo que el propio Díaz-Canel hacía cuando era primer secretario del partido y llegaban visitas “de arriba”. Imposible saber con la información disponible si el rumor es cierto o una invención de las tantas que se fabrican y mueven por las redes sociales, pero puede ser potencialmente incómodo para el presidente. De ser cierto el rumor, quienes inventaron ese montaje para engañarlo deberían ser sancionados severamente, para que quede claro que “al jefe” no se le puede hacer eso. Pero, a la vez, el criterio de que él también hacía trampas de ese tipo bien podría empañar su imagen. Veremos en qué termina esta historia (¿o historieta?).

    

¿Qué esperar del futuro?

 

Nada de esto es escrudiñar bolas de cristal ni especulación absurda sin límites realistas. Simplemente, se trata de un análisis de cómo ha funcionado hasta ahora el estilo de dirección y liderazgo de Miguel Díaz-Canel desde que era el no reconocido oficialmente como eventual sucesor de Raúl Castro y durante estos poco más de cuatro meses donde ya ha sido oficialmente designado (lo de electo es un cuento) como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y se prepara una “Constitución” donde será designado Presidente de la República.

 

Ni es un pronóstico de futuras aperturas en el régimen presidido por Díaz-Canel, de probabilidades de tal o más cual modelo, ni de giros hacia la derecha o la izquierda, ni siquiera hacia arriba o hacia abajo.

 

Ni tampoco, un pronóstico de si el heredero Díaz-Canel podría convertirse en un futuro Gorbachov, a quien, curiosamente, se ve demasiado como un líder reformista mucho más profundo y efectivo que Deng Xiaoping, a partir de una valoración errada del liderazgo de ambos.

 

El soviético Mijail Gorbachov nunca pretendió terminar con el comunismo en su país, sino “perfeccionarlo”. Creyó que con la perestroika y la glasnost podría superar las deficiencias e insuficiencias del inmovilismo burocrático estalinista, pero el proceso se le escapó de las manos, lo que terminó provocando, afortunadamente para todo el planeta, la desaparición del “imperio del mal” soviético y de la superpotencia militar comunista. En este sentido, Gorbachov, sin proponérselo, le hizo un extraordinario bien a la humanidad, pero precisamente por haber fracasado en sus intenciones originales. De haber logrado lo que se proponía, quién sabe si la Unión Soviética podría haber continuado existiendo después de 1991 y hasta cuándo.

 

Deng Xiaoping, por su parte, nunca se propuso hacer desaparecer a la China comunista, sino convertirla en una economía de mercado que resultara eficiente e hiciera prosperar a su país y sus habitantes, sin perder el poder político. No buscaba el “perfeccionamiento”, sino simplemente resultados concretos, basado en el criterio de que “no importa el color del gato si caza ratones”. Hoy China es la segunda economía mundial y se habla de que para fecha tan cercana como el 2030 podría estar retando seriamente la supremacía económica de Estados Unidos. China hoy ni es una democracia ni nunca pretendió serlo en la visión de Deng. Ha existido más de cinco mil años sin ser una democracia, y no es su prioridad serlo en estos momentos.

 

En realidad Gorbachov fue, en cuanto a lo que logró con su liderazgo, un líder fracasado, mientras Deng, en cuanto a lo que logró con su liderazgo, fue un líder exitoso.

 

¿Qué podría ser Díaz-Canel? ¿Un Gorbachov fracasado, un Deng Xiaoping exitoso, o tal vez un Václav Havel o un Lech Walesa que llevaron a Checoslovaquia y Polonia en relativamente poco tiempo desde dictaduras comunistas a democracias ejemplares con economías de mercado, “prósperas y sostenibles”, como anuncian los castristas para Cuba sin la más mínima posibilidad de poderlo materializar?

 

Imposible saberlo, ni incluso adivinarlo ahora. La primera certeza será si Díaz-Canel logra ser aprobado como Primer Secretario del Partido Comunista de aquí a unos pocos años, a más tardar en el congreso del partido del 2021, si Raúl Castro no fallece antes. Eso podría ampliar la apuesta por un cierto progreso paulatino en Cuba.

 

Pero lo que seguramente podemos saber en estos momentos es que lo peor que le podría pasar a los cubanos, tanto los de la isla como los de la diáspora, en que Díaz-Canel resultara otro Raúl Castro.

 

Porque no es tan difícil hacerlo mejor que Raúl Castro.

 

Porque es casi imposible hacerlo igual o peor que el mediocre general sin batallas.