Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

 

                                                              Dr. Eugenio Yáñez, Miami

ESTILO DE DIRECCIÓN Y LIDERAZGO DE RAÚL CASTRO

 

Cuando en el Congreso de la Federación de Estudiantes Universitarios el pasado diciembre Raúl Castro comentó que en el Consejo de Ministros buscaba decisiones por consenso, los expertos improvisados dieron relevancia al punto del consenso, pasando por alto lo verdaderamente significativo en la noticia: el Consejo de Ministros se estaba reuniendo.

 

En un “Consejo” de Ministros se pueden tomar decisiones de dos maneras racionales: buscando un consenso, para obtener decisiones con las que todos los ministros se sientan comprometidos, o sometiendo el asunto a votación, tomándose la decisión por simple mayoría. Para Fidel Castro este dilema no existía: los participantes en el Consejo de Ministros opinaban, si se atrevían, en contra o a favor de una propuesta, hasta que el máximo líder decidía lo que habría de hacerse, y punto: ni consenso ni votación: ¡Comandante en Jefe, ordene!

 

Lo mismo es aplicable al Consejo de Estado y el Buró Político del Partido: no importa la discusión o las opiniones, el estilo de Fidel Castro se imponía. Esto es sabido: lo que tal vez no sabían todos era que durante meses y meses no había reuniones del Consejo de Ministros, del Consejo de Estado ni del Buró Político. Mucho más fácil para el Comandante: no tenía que perder tiempo en discusiones estériles con ministros, politburós o miembros del Consejo de Estado. Si, finalmente, se haría lo que él decidiera, evitar las reuniones era su forma de luchar contra el burocratismo y dedicar más tiempo a las tareas visionarias.

 

Pero cuando el Comandante fue operado de Secreto de Estado y cambió la tribuna abierta por el cuarto de hospital, Raúl Castro se hizo cargo de la dirección del país y comenzó a dirigir en la forma que lo hace habitualmente: a su manera.

 

Hubo un error de apreciación en la Casa Blanca, cuando el vocero Tony Snow definió a Raúl como un “Fidel Light”, es decir, un Fidel Castro ligerito. Hubo errores entre muchos en el extranjero que no tomaban en serio a Raúl Castro y lo caricaturizaban como un alcohólico irrefrenable y tonto, o le asignaban supuestas debilidades inaceptables para el machismo cubano. Hubo errores entre los que solo veían a Raúl Castro como el verdugo de los fusilamientos masivos sin juicio en Oriente en los primeros días de la Revolución.

 

Y para que no falten errores, ahora le ha tocado el turno al camarada Lisandro Otero, en la página propagandística “Rebelión”: si como escritor nunca fue gran cosa, como ideólogo resulta peor. En un artículo titulado “Fidel y Raúl: dos estilos diferentes”, quiere destacar tanto a Raúl Castro en su estilo diferente al del Comandante, y ensalza tanto al sucesor, para demostrar que todo está perfectamente bien, que sin desearlo deja una imagen de Fidel Castro que resulta deplorable: si el Máximo Paciente, en algún momento de lucidez, llega a leer lo que escribió Otero, de seguro le asigna plan payama permanente por el resto de sus días (los del apologista, no los de Castro, que deben ser menos).

 

Curiosa manera de contar la del señor Lisandro, que cuando al Presidente Bush le queda en el cargo un año, once meses y cuatro días, pues será el Presidente hasta el 20 de enero del 2009, dice que le queda “poco más de un año”. Con esa lógica, ¿cuanto le quedaría al Comandante? Pero lo que dice Otero no es importante: es citado aquí como ejemplo de lo poco que se entiende en profundidad el problema de los estilos de dirección y liderazgo. A quien le interese el galimatías conceptual que hizo el panegirista, puede leerlo completo en el Dossier de Cuba después de Fidel Castro en esta edición de Cubanálisis.

 

La definición conceptual de “estilo de dirección y liderazgo” tiene que ver con las capacidades innatas o adquiridas que tenga o pueda tener una persona para guiar subordinados, lograr que le sigan en el esfuerzo por materializar una visión, motivarlos, movilizarlos y entrenarlos para el logro de los objetivos definidos.

 

De tal forma, el liderazgo puede ser ejercido individualmente o por un equipo de dirección, puede ser adquirido por elección popular o impuesto por la fuerza, formal o informal, ejercido desde una posición en determinada organización o moralmente desde fuera.

 

No hay líderes “buenos” o “malos” en abstracto, pues estos criterios dependen de otras consideraciones relacionadas con el entorno y el momento histórico. Juan Pablo II fue un líder indiscutido de la Iglesia Católica; Osama bin Laden es igualmente un líder indiscutido del fundamentalismo islámico contemporáneo.

 

Decir que Raúl Castro “no tiene autoridad moral” para dirigir el país podría ser cierto desde el punto de vista del liderazgo moral o la legitimidad electoral,  pero no basta para excluirlo automáticamente de la dirección del país, si quienes le siguen y obedecen no comparten los mismos criterios que sus adversarios.

 

El estilo de dirección y liderazgo en política no tiene nada que ver con la calidad humana de las personas ni con su orientación ideológica: se puede ser absolutamente demócrata y pluralista y ser a la vez autoritario en la manera de ejercer el liderazgo, o se puede ser un temible dictador y, a la vez, ser cortés con los subordinados, y hasta con los enemigos.

 

El Comandante del Ejército Rebelde Belarmino Castilla (Aníbal), quien fuera Jefe del Estado Mayor General en Cuba, y después Ministro de Educación, dijo en una ocasión que hasta a los que serían llevados al pelotón de fusilamiento no se les debía negar un poco de café al ser llamados para el paredón al amanecer. Y se dice que Adolfo Hitler era vegetariano y tomaba cerveza solo ocasionalmente, mientras Franklin Delano Roosevelt bebía de 8 a 10 martinis diariamente, y Winston Churchill un cuarto de whiskey cada noche.

 

En los ejemplos anteriores puede verse a “duros” de las dictaduras con modales “suaves”, mientras que férreos defensores de la democracia y la libertad mantenían conductas “políticamente incorrectas” en la vida personal: y es que no puede juzgarse ideológica o moralmente a un dirigente por su estilo de dirección o su vida personal. Simplemente eso, nada más que eso.

 

En un trabajo medular de los años ochenta, “Dirección Estratégica. Un enfoque metodológico” (Strategic Management. A Methodological Approach), los investigadores Rowe, Mason, Dickel y Snyder explican que el liderazgo se ejerce bajo la influencia de cuatro factores interrelacionados, pero independientes: las demandas de la tarea, los grupos de presión, el entorno de actividades, y las necesidades personales. Cualquier modificación en cada uno de estos elementos modifica el estilo de dirección y liderazgo y la forma de ejercerlo.

 

Raúl Castro fue durante más de cuarenta y siete años el heredero y el segundo al mando de Fidel Castro, encargado del Ministerio de las Fuerzas Armadas y de la Comisión de Seguridad y Defensa del Partido Comunista: su vida ha sido básicamente una vida militar, de mando militar, y sus funciones partidistas o sociales fueron muy pocas; las económicas se concentraban en la esfera militar, con “reglas del juego” diferentes a las de los desastres de la “ofensiva revolucionaria”, la “rectificación de errores” o el “período especial”, y sus funciones hacia la política exterior, casi nulas.

 

Raúl Castro intervino en actividades políticas básicamente en funciones represivas, como cuando se encargó de liquidar la Revista Pensamiento Crítico y el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (ante exigencias de los soviéticos para “perdonar” a Castro y apoyar económicamente al país tras la debacle de los diez millones), al lanzar la campaña contra el “diversionismo ideológico”, o al desactivar el Centro de Estudios de América (CEA) en los años noventa.

 

Se le asocia con la UMAP y ahora con el llamado “quinquenio gris” en la cultura, por la participación represiva de Luis Pavón, quien fuera Director de la Revista Verde Olivo cuando comenzaron los ataques contra los intelectuales. Pero en realidad, y esto no lo exime de responsabilidad ni por un instante, Raúl Castro era un “jefe de estado mayor” en todas estas tareas: las decisiones y las órdenes emanaban, como siempre, del Comandante en Jefe.

 

Que Raúl Castro enfoque con su estilo propio la tarea de dirigir el país durante la muerte provisional del Comandante en Jefe, como ha enfocado siempre las tareas anteriores, es lógico, aunque no en el sentido superficial y apologético que pretende explicar Lisandro Otero.

 

Además, cuando José Martí escribe a Máximo Gómez que “un país no se dirige como se manda un campamento”, está pensando en un país con instituciones democráticas y respeto a la legalidad. Raúl Castro ha recibido, en cambio, no un “país” en el sentido martiano de esa frase lapidaria, sino una finca feudal donde un dueño-mayoral decidió por medio siglo lo qué debía hacerse, y cómo hacerlo.

 

Él no es ajeno en su responsabilidad a ese mayorazgo, pues siempre fue el vice-mayoral, pero ahora no tiene el escape de replegarse a su mundo militar y dejar que “Fidel” se hiciera cargo de las cosas e impusiera su estilo, a bota, bayoneta y discursos. Y como ha tenido que asumir la máxima responsabilidad, su primera, y lógica, reacción, ha sido tratar de dirigir a Cuba como se manda un campamento.

 

Si en términos de ciencia política esto es inaceptable, en la realidad cubana que comenzó en agosto de 2006 es casi una necesidad: ser designado capitán del Titanic cuando se está hundiendo requiere antes que todo mano firme, rapidez y capacidad de decisión: y la Cuba que Castro deja tras su secreto de Estado está más hundida, en cuanto a instituciones y gobierno responsable, que el Titanic en sus momentos finales.

 

Nada de esto justifica el desapego de Raúl Castro por las instituciones democráticas y la voluntad popular, ni pretende justificarlo: sin embargo, es vital para analizar y entender el estilo que Raúl Castro ha venido imponiendo durante todos estos meses: describirlo correctamente no significa justificarlo, sino conocerlo para poder definir las estrategias de enfrentarlo. Pero ni la justificación apologética ni la execración apasionada del nuevo mayoral lograrán nada serio: solamente el análisis profundo puede actuar como herramienta de lucha política en las nuevas realidades.

 

El estilo de Raúl Castro, ya se sabe, es completamente diferente al de Fidel Castro. En realidad, el Comandante en Cama siempre fue un gran caotizador, absolutamente desorganizado e indisciplinado hasta con sus propias decisiones. Suplía con “carisma”, embrollo y terror el desorden congénito que lleva dentro, que llevó siempre, y que le resultaba perfectamente conveniente a sus ansias ilimitadas de poder eterno.

 

Raúl Castro, por el contrario, es una persona organizada, sistemática y metódica, que necesita planes bien definidos, permite a sus subordinados participar en las decisiones y ejecutar sus tareas, y pide cuentas al final del día. Sin equivocaciones: está tan dispuesto como su hermano a mantenerse en el poder, y no vacilaría en utilizar todos los medios a su alcance para lograrlo y eternizar el régimen totalitario, pero no lo hace a través de discursos de seis horas o robándose las cámaras de televisión: la sombra y la calma raulistas son todo lo contrario al protagonismo y el alboroto fidelista.

 

Raúl Castro está dirigiendo a Cuba hace seis meses como mismo se dirigen las unidades militares.

 

Cualquiera que haya recibido un mínimo de preparación militar a nivel operativo y estratégico sabe que los jefes no toman decisiones de espaldas a sus estados mayores. Recibida la misión, hay todo un trabajo colectivo con el estado mayor: una etapa llamada de “esclarecimiento de la misión”, una etapa de “reconocimiento del terreno”, una etapa de escuchar los análisis y propuestas de los especialistas de estado mayor (inteligencia, operaciones, comunicaciones, ingeniería, defensa química, defensa antiaérea, artillería, logística), antes de tomar la decisión y emitir la “orden de combate”.

 

La orden de combate no es una gritería del Comandante en Jefe dirigiendo desde La Habana las operaciones en África, sino un documento escrito y mapificado, donde cada unidad y sección tiene una misión bien definida para llevar a cabo en un tiempo preciso y con resultados evaluables sin ambigüedad, y donde es necesario “organizar la cooperación” con las unidades vecinas y los otros factores presentes en el territorio o zona de defensa u ofensiva para el combate o la batalla.

 

¿Es esto un estilo democrático? Naturalmente que no: es un comprobado procedimiento operativo militar, en un mundo donde “la orden del jefe se cumple y no se discute”, pero en el que esa orden es el resultado de un trabajo necesariamente colectivo, coordinado y armónico para lograr dirigir y controlar enormes recursos materiales y miles de seres humanos en función de un objetivo común.

 

Cuando Raúl Castro visita una bodega (almacén de víveres) o una discoteca, no lo hace por creer en la democracia o por su desvelo por el bienestar de los cubanos, sino porque está en el “reconocimiento el terreno”. Cuando le pide a la prensa ser más analítica y crítica no está por la “glasnot” de Gorbachov, sino queriendo conocer y que se conozcan como están las cosas en la base: el jefe que no conoce la disposición combativa de sus subordinados tiene pocas opciones de victoria: él recibe cada día el parte operativo, conoce los “estados de opinión” y las “actividades enemigas”, sabe donde están las situaciones más peligrosas, pero si todos no saben un poco más de la realidad de las cosas, el país seguirá en las nubes, como antes del secreto de estado.

 

Nada de discursos largos, ni concentraciones masivas, ni protestas “antiimperialistas” sacando a los trabajadores de sus centros productivos y a los estudiantes de sus centros de estudio: no hay que ser inteligente para esto, basta con ser sensato. Pero no se han detenido ni los mítines de repudio ni las detenciones selectivas de opositores, se aprietan las clavijas para impedir el acceso a la internet y a la televisión extranjera, y las excarcelaciones de opositores se compensan con nuevos “ingresos” a las cárceles.

 

Raúl Castro se ha preocupado y ocupado por tratar de mejorar los niveles de alimentación, transporte y vestuario de los cubanos de a pie, y por dar determinadas y modestas facilidades a la reparación de viviendas: no es un arcángel el sucesor, pero sabe que estos factores pueden desencadenar un estallido social en cualquier momento si continúan empeorando, y ya el Comandante los había llevado a las mínimas expresiones de solución, en aras del bolivarianismo, el internacionalismo, la revolución energética y no se sabe cuantas cosas más.

 

Al aparecer en televisión un par de minutos junto a Chávez, a finales de enero, el “invencible” Comandante sin batallas no dedica ni unos segundos en agradecer a los cubanos las “extraordinarias muestras de preocupación por su salud”, ni a los extranjeros que viajaron medio mundo a principios de diciembre para quedarse esperando por él, sino que conversa sobre el calentamiento global, con un Hugo Chávez haciéndole de “pala” y poniendo cara de muchacho impresionado ante la sabiduría profesoral.

 

Raúl Castro, por su parte, discute con el Presidente del Banco Central las causas de que no se haya pagado a los campesinos lo que el Estado les adeuda, y ordena que se les pague sin más demora. Declara públicamente que no importa la cantidad de dinero que ganen los campesinos, si está respaldado por producción (herejía en tiempos de Fidel Castro, muy parecido al ”enriqueceos” que lanzó Deng Xiaoping). Y le dice a la Ministra de Agricultura que recuerde que ella es Ministra “en funciones”, no nombrada definitivamente, y que ese nombramiento dependerá de los resultados de su gestión.

 

Acciones concretas: Raúl Castro sabe que él no tiene el carisma de su hermano, pero sabe también que ni Stalin, ni Saddam Hussein, ni Todor Yivkov tenían carisma y estuvieron en el poder decenas de años. No tiene que preocuparse ahora porque los campesinos tengan dinero, lo que necesita es que produzcan alimentos: militar al fin, sabe que siempre hay tiempo para un cambio de dirección o contramarcha si fuera necesario. No es un reformista de la economía necesariamente, o al menos estas acciones no significan eso: se trata de apaciguar el avispero.

 

En el mencionado estudio investigativo de los especialistas estadounidenses, se señalan diferencias significativas en los estilos de liderazgo, aún en situaciones comparablemente similares: hay líderes enfocados en el cumplimiento de la tarea, y van a su logro independientemente de las afectaciones o el daño que puedan causar a sus subordinados. Otros, por el contrario, se enfocan más en las personas, y dirigen el proceso tratando de evitar afectaciones en las personas y pretendiendo que todos se sientan satisfechos de participar en el proceso.

 

No hay que inventar diferencias donde no las hay: ambos modelos de liderazgo se basan en la necesidad de lograr los objetivos, y no los ceden ante las dificultades o el desarrollo del proceso, pero lo hacen de manera diferente. Raúl Castro, el día anterior al fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, dice ante las cámaras de televisión que corrieron lágrimas por sus mejillas pensando en los hijos de Ochoa. Fidel Castro, al día siguiente del fusilamiento, recorre las obras de construcción del Hotel Cohíba, en La Habana, dando a entender que no le preocupa lo que ya es un hecho consumado.

 

Raúl Castro no intercedió por evitar el fusilamiento de Ochoa, decidido por Fidel Castro. No se atrevió, como el Comandante de la Revolución Guillermo García, a pedir que le perdonaran la vida, pero necesitó pretender demostrar en público que era una obligación inexcusable de la Revolución fusilar al general. Fidel Castro, más sencillamente, mostró una conducta propia de Vito Corleone: “nada personal, solo negocios”.

 

Más aún, parece que en los estilos de liderazgo, además de lo anterior, influyen la participación en el proceso de toma de decisiones que tienen ambos hemisferios cerebrales, el izquierdo, relacionado con el análisis, y el derecho, relacionado con la creatividad.

 

En la actualidad, hay una tendencia a aceptar ampliamente como descriptivas las combinaciones que surgen de las cuatro categorías diferentes mencionadas, relacionadas con las funciones del cerebro en el proceso de toma de decisiones: los estilos analíticos o creativos, y las orientaciones a la tarea a las personas. No son dicotomías excluyentes, sino complejos procesos donde prevalece una de las cuatro combinaciones posibles a partir de las demandas de las tareas, las necesidades personales, las presiones grupales y el entorno en que se desenvuelve el dirigente.

 

De acuerdo al hemisferio cerebral que pueda prevalecer en la persona, se dice que los líderes que actúan con preeminencia del hemisferio izquierdo son más dados al pensamiento lógico-racional, y en los que prevalece el lado derecho tienden a conductas más creativas y relacionales. Y de acuerdo a la orientación, se enfocan más en las tareas o en las personas. Y todo esto relacionado, a su vez, con el nivel de complejidad cognoscitiva que requieren las tareas y la visión que se pretende lograr.

 

Se estaría en presencia, entonces de todas estas combinaciones posibles:

 

 

 

 

Hemisferio izquierdo

 

Hemisferio derecho

 

Complejidad cognoscitiva

 

 

LÓGICO

 

RELACIONAL

 

ALTA

 

 

 Decisiones analíticas

 

  Decisiones conceptuales

 

Tolera ambigüedad

 

 

Disfruta la solución de problemas, desea las mejores respuestas, necesita controlar, prefiere abundante información, no le afecta la variedad, es innovador, utiliza análisis cuidadosos

 

Se orienta hacia  los resultados, tiene una visión amplia, es creativo, necesita independencia para decidir, prefiere las humanidades a las ciencias, genera nuevas ideas continuamente, está siempre orientado al futuro y no al presente

 

En los altos niveles de complejidad cognoscitiva (tareas complejas y estratégicas) funciona el liderazgo: pensamiento e ideas, visión, actuación proactiva, generación de transformaciones y cambio

 

 

ESTILO DIRECTIVO

 

ESTILO CONDUCTUAL

 

BAJA

 

 

Espera resultados como los previstos, es agresivo en las tareas,  actúa rápidamente, gusta de utilizar las reglas, necesita poder y status, utiliza la intuición, habla mucho

 

Apoya a los subordinados, trata de persuadir, necesita sentirse aceptado, trata de buscar empatía, le gusta comunicarse con los demás, prefiere las reuniones a decidir solo, usa datos limitadamente

 

Situaciones definidas, sin ambigüedad innecesaria                                         En los niveles menores de complejidad cognoscitiva funciona la administración: ejecuta acciones y reacciones,  para mantener la situación                                                                    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Cómo encaja el estilo de dirección y liderazgo de Raúl Castro en estos esquemas?

 

En la dimensión de la alta complejidad cognoscitiva, el terreno del liderazgo, Raúl Castro parece encajar en el grupo “lógico”, de decisiones analíticas, es decir, donde prevalece el hemisferio izquierdo (solucionar problemas, pedir las mejores respuestas, controlar, tener información, acepta variedad de criterios, tiende a innovar y prefiere poder analizar antes de decidir). Todo lo contrario a su hermano mayor.

 

Sin embargo, en el terreno de la administración, Raúl Castro se mueve en un estilo más conductual, más supuestamente relacionado con el hemisferio derecho del cerebro (apoyo a subordinados, intenta persuadir, prefiere sentirse aceptado, trata de ser empático, intenta comunicarse con los subordinados, prefiere decidir colectivamente, y solo se interesa en los datos precisos). Igualmente, todo lo contrario a su hermano mayor.

 

¿Cómo definir el estilo de dirección y liderazgo de Raúl Castro en estos más de seis meses como figura máxima en la conducción del régimen? ¿Innovación, un nuevo estilo de liderazgo?

 

Naturalmente que no. Raúl Castro resulta, en realidad, una suerte de estilo directivo de  administrador, a quién las circunstancias le han colocado en una tarea de liderazgo. No hay que esperar visión innovadora de su parte, transformaciones espectaculares, ni que se olvide del presente para pensar en el futuro.

 

¿Continuismo entonces? Tampoco. Como líder que busca bastante información y desea análisis detallados y resultados concretos, sabe que el continuismo es el desastre absoluto e irremediable: escucha al Partido, pero lee los informes de la Contrainteligencia. Está al tanto de lo que dice Granma, pero los órganos de Inteligencia le cuentan la verdad de las relaciones internacionales y la calidad de los “amigos de Cuba”. Visita la Feria del Libro y habla a la FEU, pero despacha en el Estado Mayor General y recibe a los generales rusos y bielorrusos. Despide a Chávez en el aeropuerto, pero no impide los viajes de Ramiro Valdés a China.

 

Raúl Castro, administrador/tecnócrata/burócrata antes que líder, sabe que para que pueda haber continuidad del régimen totalitario no se necesita “continuismo”, sino todo lo contrario: discontinuidad, trasformaciones.

 

Como en la clásica frase: “hace falta que todo cambie, para que nada cambie”. Raúl Castro lo hará, tiene que hacerlo, no por una visión transformadora y absurdamente descocada como la del hermano mayor, sino precisamente, con más sensatez y mesura, para solucionar problemas reales, concretos y apremiantes. No por amor a Cuba y los cubanos, sino por amor a sí mismo y al régimen que ha co-dirigido por casi medio siglo.

    

Nada de esto es “raulismo”, ni un llamado a “levantar el embargo sin exigir nada a cambio”, ni “concesiones a la dictadura”: es, simplemente, un análisis de cómo ha funcionado el estilo de dirección y liderazgo de Raúl Castro en la etapa de la salud del máximo paciente como secreto de estado.

 

Ni es un pronóstico de futuras aperturas en el régimen, de probabilidades de modelo chino o vietnamita, o de democratización a medio plazo.

 

A pesar de los criterios e intenciones que pudiera albergar en sus adentros Raúl Castro, es muy pronto para conjeturar, cuando quedan tantos problemas complejos por definirse, como pueden ser las cosas cuando el Comandante sea cadáver. Parece que Raúl Castro, a pesar de no tener el ego desmesurado ni la megalomanía de su hermano, después de esperar por medio siglo le ha tomado un cierto apego al poder en estos meses.

 

Cualquier persona, aunque se llame Raúl Castro Ruz, necesita en algún momento de su vida comprobarse a sí mismo si es capaz de cumplir la tarea que debe realizar, y si puede hacerlo igual, mejor o peor que su antecesor. Si la vida lo llevará a ser un Jaruzelsky, un Caesescu, un Gorbachov o un Deng Xiaoping, o simplemente un gris mediocre, o terminar sus días como Somoza o Trujillo, o como Mengistu o Allende, lo dirá el tiempo.

 

Sus responsabilidades ante la historia, ante todos los cubanos, y ante los tribunales, no cambiarán por el hecho de que actúe de una u otra manera o que termine de una forma o la otra.

 

Ni mucho menos porque su estilo de dirección y liderazgo sea diferente al de Fidel Castro, o que resulte más aceptable, no por democrático o legítimo, sino por menos tenebroso y agobiante que el del Magno Paciente.

 

Después de todo, no es tan difícil diferenciarse de la forma de actuar y dirigir de Fidel Castro.

 

Ni hacerlo mejor, tampoco.