Cubanálisis El Think-Tank

           ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

   

Dr. Eugenio Yáñez, Estados Unidos

 

 

 

¿Estados Unidos cierra? ¿Cuba abre? ¡Pamplinas!

 

El régimen castrista, a falta de resultados decentes en cualquier actividad de la vida política, económica y social de la isla, necesita sostenerse a base de la propaganda. Y de tanto repetir su esperpéntico proselitismo, pareciera como si llegara a creerse las sandeces y mentiras cocinadas en el departamento ideológico del partido. Y si no se las cree, al menos se comporta como si se las creyera.

 

Aquelarre en Washington

 

Recientemente, en un evento político circense celebrado en Washington, bajo el pomposo título de “IV Encuentro de Cubanos Residentes en Estados Unidos en Defensa de la Soberanía Nacional y Contra el Bloqueo”, el canciller del régimen se refirió al actual diferendo entre EEUU y la dictadura cubana con relación a los “ataques sónicos” contra diplomáticos de ese país -y también de Canadá- acreditados en la isla, que provocó la subsiguiente interrupción de los servicios consulares entre Washington y La Habana. Y al compararlo con las nuevas medidas migratorias dictadas en esos mismos días por la tiranía castrista, tuvo la osadía de declarar que “El gobierno de Estados Unidos cierra y Cuba abre”.

 

Parecerían imposibles tantas insensateces y falsedades en tan pocas palabras, pero lo que sucede en la finca privada de los hermanos Castro, llamada también República de Cuba, no debería sorprender a nadie, habida cuenta de que las fantasías del mítico Macondo de “Cien años de soledad” quedan cortas ante las realidades de esa isla surrealista. Basten dos ejemplos insuperables: allí celebran una derrota original como fiesta nacional (el chasco del ataque a la enfermería del Cuartel Moncada el 26 de julio); y no hace mucho ocurría el mayor de los ridículos cuando la muy solemne caravana que transportaba las cenizas, dicen que del máximo líder y comandante invicto, se tuvo que detener en medio de la calle porque se averió el jeep que cargaba la urna, y hubo que bajarse a empujarlo, frente a las cámaras de televisión que transmitían la ceremonia al mundo entero.

 

De ese mismo corte absurdo fue el aquelarre celebrado recientemente en Washington, titulado “IV Encuentro de Cubanos Residentes en Estados Unidos en Defensa de la Soberanía Nacional y Contra el Bloqueo”. Cierto, eran cubanos residentes en EEUU, pero vale preguntarse, utilizando epítetos que encantan a la dictadura para desacreditar a sus oponentes: ¿a cuántos cubanos residentes en EEUU representa ese “grupúsculo” de asistentes al espectáculo organizado para que el canciller de la dictadura expusiera sus “argumentos”?

 

Entre cubanos que abandonaron la isla y sus descendientes nacidos en este gran país suman más de un millón y medio de seres humanos, que deben ser considerados, por razones naturales y emocionales, como “cubanos residentes en Estados Unidos”. Para tener una idea: el 1% de esa cifra serían 15,000 personas. La pandillita que se reunió con el funcionario diplomático del régimen se agrupaba en una especie de sala-teatro (¿dentro de algún local de la Embajada cubana?) donde no habría ni 200 personas, según fotos que publica la dictadura.

 

Resulta difícil creer que los que fueron allí a manifestar su apoyo a la dictadura castrista y aplaudir cuanto dijera cualquier zoquete con un micrófono en la mano representan un grupo de 15,000 personas con opiniones completamente diferentes a las de la abrumadora mayoría de los cubanos en Estados Unidos. Es evidente que esos asistentes forman un grupo de payasos ajenos al sufrimiento y martirios de la población cubana en la isla y la diáspora; un grupo embelesado con la “obra de la revolución”, aunque, eso sí, viviendo confortablemente en “las entrañas del monstruo” y sin ningún interés en residir en la “isla de la libertad” como cualquier cubano de a pie.

 

Pero incluso, ¿que serían 15,000 cubanos con esa vergonzosa conducta de plegarse a una dictadura que prácticamente les obligó a abandonar su país de nacimiento, al ser comparados con el más de millón y medio de cubanos que cubre una amplísima gama de personas, desde ex-presos políticos y familiares de fusilados, aguerridos militantes y veteranos de la lucha violenta contra la dictadura, y exiliados de sólidas convicciones políticas aunque sin militancia activa en organizaciones anticastristas, hasta los ahora así llamados emigrantes supuestamente económicos, parte de los cuáles tan pronto como pueden hacerlo regresan de visita a la isla por cualquier razón.

 

Ninguno de ellos, desde los más bravos y probados hasta los despectivamente llamados por algunos como “inmigrantes estomacales”, vitorea públicamente la llamada revolución cubana ni acude a sonreírle a sus esbirros de visita en Estados Unidos. De manera que la claque que aplaudió en Washington al canciller de Raúl Castro en ningún momento representa a todos los “cubanos residentes en Estados Unidos”; realmente representa propios sus intereses: parte de esos “patriotas” se favorece con negocios que existen para beneficio de la dictadura.  

 

Supuestamente, el evento fue “en defensa de la soberanía nacional”. ¿De qué soberanía nacional hablan? Esa soberanía fue entregada a la Unión Soviética como pago por su sostén a la dictadura desde 1959, al extremo de que en la constitución socialista cubana de 1976 se proclamó “eterna amistad” con Moscú. Eterna amistad que solamente duró 15 años, porque en 1991 desapareció ese “imperio del mal”.

 

Por otra parte, es de trastornados, o de miserables, pensar que los problemas relacionados con la “soberanía nacional” de cualquier país sean competencia exclusiva de una pandilla de delincuentes que se apoderó del gobierno cubano hace seis décadas, y de un hatajo de corifeos dispuestos a celebrar todo lo que exprese cualquien funcionario-burócrata para justificar las arbitrariedades de la dictadura.

 

Y el resto de los cubanos, tanto los que viven-sufren dentro de la isla como los de la diáspora, ¿no tiene derecho a opinar y libremente expresar sus puntos de vista sobre la “soberanía nacional” del país que les vio nacer? ¿Sus criterios no necesitan ser tomados en cuenta? ¿Hasta cuando podrá existir un país cualquiera donde una repugnante pandilla de delincuentes se abrogue la representación de los intereses de la nación, despreciando e ignorando concientemente los puntos de vista de la abrumadora mayoría de la población de ese país, a la que no se consulta su opinión -mediante elecciones libres y sin represión- hace más de 58 años?

 

¿La comparsa de “cubanos residentes en EEUU” que rindió pleitesía en Washington al representante de la dictadura más antigua del hemisferio occidental, es una representación legítima y calificada de la nación cubana para conversar seriamente con los verdugos del pueblo sobre los problemas relacionados con la “soberanía nacional”?

 

Además, la reunioncita en la capital de EEUU dícese haber sido “contra el bloqueo”, la eterna cantaleta del régimen para justificar sus permanentes fracasos. ¿Cuál es el bloqueo, cuando el “bloqueador” resulta ser el quinto socio comercial de la isla? Y, por otra parte, si tan dañino resultara el embargo, -al que la dictadura llama bloqueo para dramatizar su papel de pequeño David frente a un malvado Goliat- ¿qué hace La Habana, además de propaganda, para tratar realmente de resolver ese conflicto con el país más poderoso del mundo?

 

Para resumir, en el mencionado cónclave en Washington se reunió un corrillo muy insignificante de cubanos malagradecidos con esta gran nación, para “defender” una soberanía nacional cubana que la dictadura secuestró hace muchísimos años, y condenar un supuesto “bloqueo” que no es tal ni La Habana hace nada serio para superarlo.

 

En conclusión, otro teatro político y propagandístico más, que genera gastos de recursos y pérdida de tiempo, sin resolver ningún problema específico ni contribuir a mejorar las condiciones de vida materiales y espirituales de los cubanos, pero que alimenta la letanía castrista del valiente pequeño y sufrido pueblo cubano frente al malvado imperialismo, culpable de todos los males y miserias del pueblo cubano. Nada nuevo bajo el sol: así mismo ha sucedido en los últimos casi sesenta años.

 

Nuevas “aperturas” migratorias

 

Sin embargo, el punto fuerte del evento, el número estelar del show, no fue en ningún momento el embeleso de los participantes frente al mensajero de la tiranía, ni los melosos agradecimientos hacia la dictadura por oprimir durante más de medio siglo a los cubanos, sino el anuncio de “nuevas regulaciones migratorias” que expuso el canciller castrista  como actos bondadosos hacia los esclavos-súbditos.

 

Al menos así lo definió más de un órgano de prensa, con titulares tales como “Cuba anuncia nuevas medidas para facilitar los viajes a la isla de los cubanoamericanos”. Sin dudas, estulticia múltiple: como tantas veces, se identifica al régimen con “Cuba”, como si fueran la misma cosa. Y se asegura torpemente que las medidas persiguen el objetivo de “facilitar los viajes a la isla de los cubanoamericanos”.

 

¡Cuanta generosidad castrista! Por eso los dilectos asistentes al aquelarre en Washington agradecieron y aplaudieron, casi con lágrimas en los ojos, los anuncios del ministro castrista, que incluyen, a partir del primero de enero de 2018, las siguientes novedades (según publica uno de los muchos libelos del régimen):

 

  • Eliminar la “Habilitación” del pasaporte para los viajes a Cuba de los emigrados cubanos.
  • Autorizar la entrada y salida a Cuba de ciudadanos cubanos residentes en el exterior en embarcaciones de recreo, a través de las Marinas Turísticas Internacionales Hemingway y Gaviota-Varadero. Una vez que estén creadas las condiciones, se ampliaría progresivamente a otras marinas.
  • Permitir la entrada a Cuba de los ciudadanos cubanos que salieron ilegalmente del país, excepto aquellos que lo hicieron a través de la Base Naval de los Estados Unidos en Guantánamo.
  • Eliminar el requisito de avecindamiento para que los hijos de cubanos residentes en el exterior, que hayan nacido en el extranjero, puedan obtener la ciudadanía cubana y su documento de identidad.

 

Veamos brevemente estas “aperturas” del régimen:

 

“Habilitación” del pasaporte

 

Eliminar el bochornoso requisito de la “habilitación” del pasaporte representa muy poco, por no decir nada. La totalitaria exigencia de que un cubano residente en el exterior, independientemente de su nacionalidad adquirida, necesite la “habilitación” del pasaporte indica que, simplemente, poseer un pasaporte cubano -el más caro del mundo- no daba derecho a nada si no existía una “habilitación”, trámite humillante e innecesario gasto de tiempo y gestiones, pero que representaba más ingresos para la dictadura.

 

¿Qué ha cambiado ahora? Nada. El día anterior al “emocionante” anuncio realizado por el canciller castrista, a la viuda del fallecido opositor Oswaldo Payá no le permitieron entrar a Cuba -a pesar de disponer de su pasaporte “habilitado”- y desde el mismo aeropuerto habanero donde aterrizó en un vuelo comercial la obligaron a regresar a Miami sin poder pisar suelo cubano.

 

Entonces, independientemente de la habilitación que se elimina, la verdadera autorización para que un cubano residente en el exterior pueda entrar al país donde nació la otorga el régimen, prácticamente como un privilegio, cuando considere oportuno y solamente a quienes considere apropiado. Hasta ahora, la autorización para que un cubano emigrado pudiera entrar en su país la otorgaba la Embajada cubana en el país de residencia del solicitante, mediante la “habilitación”. Con las nuevas medidas, tal autorización se entregará, en la práctica, en los aeropuertos cubanos, según el criterio de los esbirros de la seguridad del estado.

 

¿Es eso una medida para “facilitar los viajes a la isla de los cubanoamericanos”? Y más importante aun, ¿por qué esa eliminación de la habilitación ahora? No hay que ser un portento intelectual para entender: simplemente, el régimen no tiene a nadie en su embajada en Washington para “habilitar” los pasaportes de cientos de miles de cubanos que viajan desde Estados Unidos a la isla. Y desde ese origen viaja a Cuba la abrumadora mayoría de emigrados cubanos que visitan su país de nacimiento.

 

¿Por qué ha surgido este cuello de botella? Porque el gobierno de Estados Unidos exigió al régimen retirar una cantidad de funcionarios de su embajada en Washington equivalente a la cantidad retirada de la embajada americana en La Habana a causa de las afectaciones de salud de sus diplomáticos, provocada por causas aun no completamente aclaradas, pero que desde el Potomac consideran responsabilidad del gobierno cubano no haber cumplido con sus obligaciones de proteger a todos los diplomáticos acreditados en Cuba y sus familiares, de acuerdo a lo establecido por las regulaciones internacionales, y muy específicamente por la Convención de Viena.

 

De manera que no es, como dijo el canciller del régimen, que Estados Unidos, el malo de la película, “cierra”, y el gobierno cubano, el bueno de la película, “abre”. No, son cosas mucho más sencillas y que se pueden expresar sin tener que recurrir a explicaciones fantasiosas o reuniones-payasadas en el exterior.

 

No es que el gobierno de Estados Unidos tenga interés en complicar las relaciones con el régimen o interrumpir el supuesto proceso de mejorar su interacción con la dictadura. Pretextos tendría de sobra EEUU para incluso romper las relaciones diplomáticas si le  interesara hacerlo, porque si algo ha demostrado La Habana es haber mordido, sin el menor remordimiento, la mano que se le tendió para mejorar las relaciones y eliminar un diferendo que ya lleva más de medio siglo.

 

Simplemente, a Estados Unidos le interesa proteger la salud de todos sus funcionarios acreditados en La Habana, y la dictadura cubana se ve obligada a modificar el inmoral requisito de la habilitación del pasaporte porque no tienen personal suficiente para realizar esas funciones en su embajada en Washington, en un momento en que, más que nunca, en medio de la crisis del mecenas venezolano, las destrucciones provocadas por el huracán “Irma”, y la disminución de ingresos por la exportación de médicos-esclavos, necesita desesperadamente del dinero de todos los cubanos residentes en el exterior para sostener el carcomido andamiaje del decadente régimen totalitario.

 

Por lo tanto, no puede prescindir de los viajes de esos cubanos a la isla. De manera que La Habana cambia las reglas del juego, y la verdadera autorización para que entren a su país de nacimiento los cubanos residentes en el exterior ya no dependerá de una infame “habilitación” que otorgaban las embajadas en el exterior, sino de una autorización real que sustituye a tal “habilitación”, que se materializará en los aeropuertos cubanos al arribo de los viajeros, siempre a discreción de los órganos represivos, y sin previo aviso o posibilidad de apelación.

 

Las otras medidas

 

En otras medidas de “apertura”, nada nuevo. Se elimina la más que absurda prohibición de que los cubanos residentes en el exterior entraran al país por vía marítima (a pesar de ser Cuba una isla), y ahora podrían hacerlo, de momento, por las marinas internacionales de La Habana y Varadero, con la vaga promesa de que cuando existan condiciones podrían autorizarse otros puntos de entrada por mar.

 

Pero para que no queden dudas del control totalitario del régimen, se reitera y se “aclara” que los cubanos residentes en la isla, además de no estar autorizados a poseer embarcaciones de recreo o turísticas, tampoco están autorizados a montar en ellas, incluidas las de eventuales visitantes por vía marítima. ¿Por qué? Simplemente porque a la dictadura no le da la gana, temiendo que presuntos paseantes cubanos se conviertan en eventuales emigrantes “ilegales”.

 

También permitirán la entrada a Cuba de cubanos que salieron “ilegalmente” del país, menos de los que lo hicieron por la Base Naval de Guantánamo, supuestamente por un problema de seguridad nacional. Una persona sale de forma ilegal de cualquier país cuando tiene determinadas restricciones, generalmente jurídicas, que le impiden hacerlo a voluntad, y lo hace sin permiso. Pero eso no es válido en Cuba: en la isla-cárcel nadie puede salir libremente -lo que constituye un derecho humano fundamental- por lo que requiere una autorización específica para hacerlo.

 

De ahí que existan tantos cubanos que abandonaron “ilegalmente” el país, no porque hayan actuado de manera ilegal según los estándares válidos en cualquier nación civilizada del planeta, sino porque el gobierno cubano procede ilegalmente, restringiendo las libertades fundamentales y los derechos humanos básicos de los cubanos.

 

Finalmente, la posibilidad de que los hijos de cubanos residentes en el exterior que hayan nacido en el extranjero puedan obtener la ciudadanía cubana y el correspondiente documento de identidad sin tener que cumplir el requisito de “avecindamiento”, resulta insignificante: cualquier hijo de cubanos nacido en el extranjero posee por razón de su nacimiento la ciudadanía del país donde nació. No necesitaría una ciudadanía cubana para prácticamente nada más que para apacibilidad emocional.

 

Un pasaporte cubano no otorga a nadie privilegios que no disfrute con otros pasaportes -más bien menos- ni resuelve demasiados problemas, si es que alguno. Entonces, tiene poco sentido gastar dinero para obtener el pasaporte más caro del mundo, que además exige una carísima renovación cada dos años, y que no representa ninguna ventaja sobre el pasaporte a que ese hijo de cubanos nacido en el exterior tiene derecho por razón de su nacimiento en un país diferente que Cuba.

 

O un documento de identidad que solamente es válido en Cuba y que, más que ventajas o privilegios, le coloca dentro de Cuba en una posición subordinada con relación a los extranjeros, y mucho más con relación a los jerarcas del régimen y sus familiares. ¿Cuál sería entonces la conveniencia de realizar esos trámites, que además son costosos, si no fuera por un requerimiento emocional?

 

Entonces, desbrozando propaganda y gastadas estrategias diversionistas del régimen, está claro que las aparentes “aperturas” son solamente un cuento más de una vetusta dictadura que lleva casi sesenta años en el poder y que lo único que le interesa es conservar ese poder, y nada más.

 

Teniendo en cuenta todos estos factores mencionados, podemos decir, como en el título de este análisis, y sin el menor temor a equivocarnos:

 

¿Qué Estados Unidos cierra y Cuba abre? ¡Esas son pamplinas!