Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

  

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

ESCÁNDALOS EN CARACAS Y SILENCIOS EN LA HABANA

 

Centenares de reportajes ¿o miles? dan cuenta de las angustiosas horas vividas en Caracas en la tarde y la noche del 2 diciembre, cuando Hugo Chávez se preguntaba a qué hora debería dar el madrugonazo y desconocer la voluntad popular, no si debía darlo o no, pues eso se daba por descontado.

 

Un punto, sin embargo, no se toca en estos centenares ¿o miles? de crónicas de un golpe de estado anunciado: ¿Qué decían en La Habana? ¿O hay que suponer que una decisión de Hugo Chávez de esa magnitud se puede tomar de espaldas a La Habana?

 

En muchas ocasiones la candidez de los reportajes provoca hilaridad: que si el alto mando decía, que si Chávez preguntaba, que qué porcentaje de actas computadas, que qué tendencias, que qué…

 

¿Y La Habana qué?

 

Se ha dicho y redicho que fueron los informes de la inteligencia militar, recogidos a boca de urna, quienes alertaron al teniente coronel golpista, desde horas de la tarde, que el referéndum se estaba perdiendo. Y se trata el asunto como si la inteligencia militar chavista fuera una Organización No Gubernamental de visita en Caracas y no un aparato represivo creado, diseñado y asesorado por las fuerzas de seguridad cubanas.

 

La realidad es tan evidente que es imposible no darse cuenta:

 

Primero, varios días antes del referéndum, en una de las “Reflexiones” del Comandante en Cama se decía que aunque ganara el SÍ vendrían sobre Venezuela semanas de mucha tensión. ¿Por qué debería ser así?

 

La prensa oficial cubana aseguraba un respaldo masivo al chavismo, una “marea roja” cubriendo Caracas, un aplastante triunfo del SÍ por 10 o 15 puntos porcentuales. Con un resultado como el vaticinado por Granma y Juventud Rebelde, como si realizar el referéndum fuera puro trámite, no tendrían por qué venir semanas de inestabilidad y tensión, ni mucho menos crearse una crisis petrolera como anunciaba apocalípticamente el Magno Paciente sino, por el contrario, la aplicación expedita de todas las medidas refrendadas en la consulta popular, que consolidarían el poder totalitario.

 

Es que ya en La Habana se sabía, días antes, que el NO llevaba ventaja en las intenciones de voto, y que Chávez no podría ganar. Fidel Castro, alérgico a las consultas populares y elecciones no amañadas y de resultados seguros, siempre ha estado reluctante a que Hugo Chávez se someta a las urnas, y el caso de este referéndum no era la excepción.

 

El aparato de seguridad cubano, controlado muy estrechamente por el General Carlos Fernández Gondín, mucho más desde que la salud del ministro Colomé Ibarra (“Furry”) comenzó a declinar (se dice que padece de Alzheimer), conoce al detalle la “situación operativa” venezolana, e informa continuamente al Sucesor en Jefe de la evolución de los acontecimientos.

 

Tanto el cuasi-vitalicio embajador cubano Germán Sánchez, como los órganos de seguridad destacados en Venezuela, tienen que haber informado al alto mando cubano que el referéndum era absolutamente inoportuno, y que se perdería.

 

Hasta tres semanas antes del referéndum Chávez podría contar con ganarlo, gracias a la torpeza suicida de la oposición tradicional y su política abstencionista, pero desde que el general retirado Raúl Baduel, exministro de defensa, salió a la palestra declarando que el SÍ sería un golpe de estado constitucional, por lo que había que salir a votar NO, y los estudiantes tomaron las calles, la correlación de fuerzas se invirtió dramáticamente.

 

Sabiendo esas realidades, Fidel Castro lanzó su enésima “Reflexión” apocalíptica preparando el terreno de la opinión pública y dando arsenal a la prensa de izquierda de América Latina para manejar la información sobre la represión y los brutales enfrentamientos que se producirían cuando Hugo Chávez soltara los perros de la guerra para imponer el SÍ por la fuerza.

 

Con toda seguridad, “el aparato” cubano informó a La Habana y a Chávez que no tendría la victoria electoral que pretendía, y se analizó la posibilidad de suspender el referéndum y llevar a cabo posteriormente una asamblea constituyente o cualquier otro mecanismo donde el teniente coronel, con todos los resortes en la mano, lograría los mismos resultados, pero con menos riesgo.

 

Hugo Chávez, además de incontenible verbalmente, cobarde y ambicioso, es testarudo, inculto e incapaz, aunque su ministro William Lara casi lo equipara con Gabriel García Márquez al defenderlo por su escatológica verborrea. Narcisista antes que todo, y enamorado de sí mismo, Chávez prefirió escuchar a sus asesores locales, que le decían lo que él quería escuchar, y continuar con el referéndum a toda costa.

 

Y en La Habana, donde el escandaloso y escatológico golpista no cae bien mucho más allá de las instalaciones donde el Comandante desarrolla el proceso de recuperación clínica más largo de que se tenga noticia en la historia, los sucesores habrán llegado a la conclusión de que no podrían detener a Chávez, y la última orden habrá sido algo así como: “déjenlo que se destarre”.

 

Después de darse cuenta del fracaso, cuando Hugo Chávez se queja incómodo ante sus colaboradores diciéndoles “me engañaron”, está resultando injusto: se ha rodeado de un equipo de incapaces, oportunistas y corruptos, sin la más mínima calificación profesional para dirigir un país, y preocupados solamente de la adulación que les posibilite mantener las prebendas y el flujo de caja hacia sus bolsillos, y no de realizar una gestión de gobierno aceptable.

 

Hacen lo único que saben hacer bien: nada; pero Hugo Chávez los nombró en esas posiciones precisamente para eso. No puede pretender ahora que sepan gobernar, analizar información y recomendar políticas sensatas.

 

En algún momento de la tarde se tiene que haber producido la consulta con La Habana sobre, como hubiera dicho Lenin, ¿qué hacer? Ya en La Habana la noticia de la derrota en el referéndum había llegado por los canales de la inteligencia cubana, y la respuesta no podía ser, de ninguna manera, que forzara las cosas y se impusiera a sangre y fuego: no por respeto a la democracia ni mucho menos, sino porque los sucesores sabían que tal acción desataría un proceso de ingobernabilidad en Venezuela que podría dar al traste violentamente con el régimen chavista, con todo lo que esa brusca transformación de la realidad representaría para el régimen cubano.

 

Simpático o no a los ojos del generalato cubano, el teniente coronel garantiza 92,000 barriles diarios de petróleo que nunca van a ser pagados, así como miles de millones de dólares en intercambio comercial que son decisivos para mantener funcionando la maltrecha economía cubana: era preferible un Chávez perdedor de un innecesario referéndum de reforma constitucional, pero con amplísimos poderes en la constitución vigente, antes que una “situación revolucionaria” en Venezuela con resultados inciertos, cuando los ojos del mundo miraban hacia Caracas ese domingo.

 

La respuesta fue tajante: con Fidel Castro en su interminable y demasiado prolongada “recuperación”, pero fuera del juego operativo diario, y los sucesores necesitando cualquier cosa menos una crisis en Venezuela, se le hizo saber claramente al teniente coronel que no sería apoyado si trataba de imponerse por la fuerza y se desataba la violencia en el país.

 

Sin embargo, lo que no se le dijo en esa respuesta, pero estaba implícito, fue mucho más significativo todavía: si con tus caprichos y tu irresponsabilidad pones en peligro la estabilidad y la continuidad de la “revolución” cubana, hay otros “bolivarianos” que pueden guiar “revolucionariamente” a Venezuela sin cortarnos el suministro de petróleo ni la ayuda, que en definitiva es intercambio comercial por médicos y profesores.

 

Hugo Chávez se dio cuenta de que estaba solo. Envió al vicepresidente Jorge Rodríguez a desinformar en la televisión, en vez de permitir que el Consejo Nacional Electoral emitiera un boletín parcial del conteo, como estaba establecido, para ganar tiempo para analizar y pensar, algo que no debe resultar fácil en medio del “estado mayor” que le rodeaba en esos momentos.

 

Los gorilas más cercanos al gobernante, incluyendo el inefable cavernícola general Rangel, ministro de Defensa, le aseguraron lealtad y apoyo, mientras Diosdado Cabello le decía que “cuando todos lo hayan abandonado, yo estaré a su lado”. Romántico todo eso, excelente para noticieros de tercera categoría, pero el problema fundamental radicaba en que los comandos de las tropas, quienes manejan los tanques y las armas, no estaban dispuestos a permitir tamaña carnicería por las ambiciones de un dictadorzuelo con ínfulas de monarca medieval.

 

Cuando se dice que el alto mando no forzó ni pretendió forzar a Chávez a aceptar los resultados del referéndum, es literalmente cierto pero conceptualmente falso. Un gorila como el ministro de defensa o los jefes de armas no tendrían cerebro ni hormonas para cuestionar al “Comandante” Chávez, como hizo sin tener ya mando alguno el general Baduel, pero sí le tienen que haber informado que no podrían garantizarle que las tropas saldrían a las calles en todo el país a “controlar la situación”, que es la frase eufemística para referirse a la represión.

 

El vicepresidente Jorge Rodríguez, que dirigía el Consejo Nacional Electoral cuando el famoso referéndum revocatorio, y que de fraudes y falta de independencia del CNE debe conocer bastante, no resultó convincente en la televisión diciendo que el resultado venía reñido y que “cualquiera de las partes” debería reconocer los resultados. Pero al referirse a la oposición como “la otra parte” y al gobierno como “nosotros”, sin reconocer que participaban “dos partes” iguales, parecía estar anticipando el triunfo oficialista.

 

Chávez no se daba por vencido: aunque las estadísticas son testarudas, y todas las proyecciones indicaban el triunfo irreversible del NO, incluida una fundamentada  explicación personal por un especialista del CNE, sus aduladores le recomendaban seguir esperando hasta el conteo del 100% de las actas, apostando a un “por si acaso”, como si las matemáticas fueran lo mismo que el clima.

 

Era imposible mantener la situación por tres o cuatro días, que tardaría el recuento del 100% de los votos, frente a una oposición preparada para enfrentar un fraude, que sabía que estaba al frente en la votación, que exigía que el CNE diera resultados parciales como estaba establecido, y que no aceptaría pasivamente una información sorpresiva en la madrugada anunciando el triunfo del SÍ, ni una demora de tres o cuatro días para que se reconociera su triunfo.

 

Hubo otra llamada a La Habana, pero más bien “colateral”, no directa, explicando que si se esperaba al conteo del 100% de las actas de resultados tal vez podrían ganar. Pero el régimen cubano sabe de estadísticas, por eso no publica las estadísticas de la economía cubana, y ya sabía también del triunfo irreversible del NO.

 

La respuesta fue parca y tajante: ya se había hablado de eso anteriormente, y la decisión se había tomado: no había motivos para cambiarla, ni tenía sentido esperar varios días en medio de tantas tensiones. Con lo cual lo que tampoco se decía esta vez  resultaba más oneroso y amenazante aún para el teniente coronel.

 

Desgarre de vestiduras, puñetazos en la mesa, reproches, la vista de los colaboradores mirando al piso como si ahí pudieran encontrar la solución, y Hugo Chávez repitiendo continuamente “me engañaron”. Ya vendría después el pase de cuentas, y tanto el dictador como los adláteres lo sabían.

 

De momento, ordenar al Consejo Nacional Electoral que hiciera públicos los resultados. Sí, ordenar es la palabra exacta, pues el CNE demostró que no tiene independencia. Y después una súbita aparición en la televisión, pasada ya la una de la madrugada, para reconocer de mala gana y mala cara, con lenguaje corderil, el triunfo del NO y la derrota del SÍ, que cuarenta y ocho horas después, por arte de indescriptible birlibirloque chavista, se convertirían en una “victoria de mierda” y una “derrota de coraje”. Algo así como decir que el SÍ obtuvo el segundo lugar, y el NO quedó en penúltimo, en el mejor lenguaje de Granma.

 

Inmediatamente, el Comandante en recuperación sentó pautas en los prontuarios diplomáticos del planeta al felicitar a Chávez por la derrota, y “su mejor intérprete”, el Canciller Felipe Pérez Roque, juzgando por su propia velocidad de pensamiento y capacidad de raciocinio, declaró que quedan varios años para pensar sin tener que preocuparse, mientras la prensa pro-castrista disfrazó la imposibilidad de Chávez de dar un golpe de estado como si fuera un paradigma de conducta democrática. La izquierda seria, sin embargo, no cesa de criticar a Chávez y su majadería de intentar un innecesario golpe constitucional, y alerta seriamente que si el chavismo no logra recomponerse a toda máquina está estratégicamente liquidado.

 

Los asesores del teniente coronel, queriendo disfrazarse de demócratas con disfraz que les queda grande, hablaban del reconocimiento democrático chavista al triunfo electoral de “terroristas, lacayos del imperialismo y la oligarquía”, mostrando una peculiar manera de respetar a la oposición, y los gorilas castrenses se lanzaban a descalificar al general Baduel por su “traición” a Chávez y ¡por no haberse incorporado al frustrado golpe de estado de febrero de 1992!, mientras el ministro de comunicaciones casi propone a Hugo Chávez para un Premio Nobel de literatura por su uso y abuso de la palabra "mierda".

 

Y Hugo Chávez, como era de esperar, no cesa de hablar, ahora más que nunca, sobre todo y contra todos, recordando a sus partidarios que tienen una deuda con él, algo así como cuando Vito Corleone decía a alguien que recordara que le había hecho un favor, en este caso una “revolución bolivariana”, y amenazando ahora con volver a la carga a través de  vericuetos legales o poderes especiales por decreto para imponer lo que la mayoría rechazó.

 

Más que nunca ahora, más que en la Cumbre Iberoamericana, necesita que tanto el Rey de España como el mundo entero le espete en su cara: “¿Por qué no te callas?”

 

Y mientras en Caracas sube el tono del insulto y la amenaza, el “revisionismo” de los resultados del referéndum, las incoherencias de los colaboradores que se saben en desgracia y de los que se creen en alza, y el ambiente de violencia contenida, en La Habana el silencio es a la vez insultante e incómodo para el teniente coronel.

 

Fidel Castro de pronto, autismo selectivo y oportunista, se olvida totalmente del golpista venezolano, en el momento más álgido, para conversar con el ya no tan niño balserito Elián González o disfrazarse de historiador, después de haber anunciado la posibilidad del asesinato de Chávez, la guerra civil en Venezuela o una guerra termonuclear que destruiría el planeta, para continuar evadiendo el presente y "reflexionar" sobre la muerte del Lugarteniente General Antonio Maceo en 1896, mientras el régimen sucesorio recibe una delegación gubernamental de Azerbaidzhan (léase petróleo), y sin mucho alboroto se anuncia la inauguración de la refinería de Cienfuegos, proyecto del ALBA financiado por el teniente coronel, para el 21 de diciembre, donde el mismo Chávez anunció que la inauguraría junto a Fidel Castro.

 

Lo más importante que el régimen sucesorio parece acometer hasta fin de año es la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular el 28 de diciembre. Sin mucho tiempo disponible para comenzar a mostrar verdaderas reformas y resultados específicos, y con las perspectivas del petróleo venezolano cada vez más difusas, el gobierno de Raúl Castro deberá anunciar los planes de la economía para el 2008 y mostrar algunas de las “reformas” y “cambios” que fueron considerados en los debates, y que ya tienen tiempo más que suficiente para que se hayan podido tomar decisiones al respecto.

 

Paradójicamente, después que tanto se habló y escribió sobre una supuesta dependencia que tendrían los sucesores al régimen chavista, línea que Cubanálisis-El Think-Tank nunca suscribió, ahora es Hugo Chávez quien tiene que recomponer a la carrera sus mecanismos de poder interno y sus relaciones con el régimen de La Habana, o arriesgarse a un aislamiento que puede resultarle fatal; la supuesta eventual arma de cortarle los suministros de petróleo o los subsidios a los sucesores, como represalia, simplemente no la puede utilizar sin temor a ser dejado fuera del juego por sus mismos “padrinos”. Porque esos sucesores, parafraseando al ya clásico gato chino, pueden decir que no importa el color del petróleo mientras siga llegando para ser pagado en veinte años.

 

Pasada la etapa de los análisis de los escándalos en Caracas, vendrán ahora varias semanas donde periodistas y analistas de segunda y tercera categoría repetirán hasta el aburrimiento las superficialidades y los detalles de las angustiosas horas del domingo dos de diciembre en Caracas, y resaltarán la voluntad democrática de Hugo Chávez como si fuera John Locke o Thomas Jefferson, garantizando la reproducción de sus sandeces en los motores de búsqueda de Google en todo el mundo.

 

Cubanálisis-El Think-Tank, donde lo importante no es reproducir noticias sino analizar información, y así hace la diferencia, no perderá mucho tiempo siguiendo cada escándalo del gorila venezolano y sus cohortes, sino analizando los significativos silencios que emanan desde La Habana, que dicen mucho más que todas las palabras del incontenible,  rencoroso y asustado Hugo Chávez.