Cubanálisis El Think-Tank

ARTÍCULO ORIGINAL PARA EL THINK-TANK DE CUBANÁLISIS

                                                                          Dr. Eugenio Yáñez

                                                                                                                                                            

 

 Enseñanzas de un video YA no tan secreto

 

Los periodistas del patio no dan señales de haberse enterado -a pesar de la profusión de informaciones de corresponsales extranjeros en Cuba– del thriller de la Operación Medusa, que desembocó, hasta el momento, en la defenestración de un conjunto de “hombres nuevos”, entre los cuales Carlos Lage y Felipe Pérez Roque son los nombres más conocidos. Pero además, nadie parece darse cuenta del factor subyacente fundamental: el colosal error de juicio de Fidel Castro al escoger para la sucesión del relevo “revolucionario” a una camarilla de ambiciosos e inmorales que hacían honor a la mejor tradición de república bananera. Personajes mediocres y de segunda categoría, que se consideraban a sí mismos por encima de las leyes y la legalidad.

 

Para el Comandante en Jefe no hay sentido del límite o la ética en lo referente al poder. Nunca le interesó el ‘team-work’: jamás utilizaba colaboradores, sino simples asistentes que corrían con prontitud a transmitir sus órdenes y asentían dócilmente ante cada frase del Máximo Líder. No podían mostrar capacidad, creatividad o iniciativa sin arriesgarse a ser sustituidos de inmediato o tener un final más triste o peligroso.

 

Que no haya dudas de ninguna clase: el anciano dictador nunca seleccionó “cuadros” (la palabra líder no cabe aquí) sobre la base de integridad moral o capacidad, (lo que resultaría contradictorio con su estilo y su conducta), sino de su carácter timorato y conducta genuflexa. Lo de la corrupción es un pretexto del momento. Al fin y al cabo, la corrupción es elemento consustancial del sistema, que se conoce y se permite por el caudillo para poder “denunciarla” cuando hay que defenestrar a cualquiera: pero lo que no se perdona en el sistema es la deslealtad.

 

Rodrigo Malmierca, “Malmierquita”, quien sustituyó a la tronada Marta Lomas como ministro de Inversión Extranjera y Colaboración, declaró hace poco en Naciones Unidas que “Fidel Castro predijo hace 26 años la actual crisis económica mundial”, refiriéndose a una conferencia de países no alineados celebrada en 1983. El sofisma se basa en las palabras de Fidel Castro que señalan que “El actual estado de la economía mundial y su sombrío pronóstico debiese llevar a una profunda reflexión en los gobiernos y en las mentes más lúcidas del mundo desarrollado”, lo cual no tiene nada que ver con las conclusiones a que llega Malmierquita, Esto es una tontería, y el propio Malmierca lo sabe, pero no le preocupa: él está dejando en claro su incondicionalidad al Comandante, desmarcándose de los desleales envilecidos por las mieles del poder. Fiel a la herencia familiar, está cuidando su puesto y los privilegios que conlleva.

 

Raúl Castro, visiblemente enfadado, dice en el video de marras que “Carlitos” Valenciaga, entonces secretario personal del tirano, celebraba francachelas de cumpleaños en el Palacio de la Revolución “mientras mi hermano se debatía entre la vida y la muerte”. El general no se refiere al “líder de la revolución” ni al “Comandante en Jefe”, sino a “mi hermano”: no es asunto de negocios, es personal.

 

Autorizar el desvío de un río para que fluya por la finca de un compinche, conseguirle un pasaporte diplomático en menos de veinticuatro horas, o la soberana corrupción-idiotez de autorizar un contrato para los puertos del país que dejaba todas las ganancias en el socio extranjero y los gastos en la parte cubana, son juegos infantiles comparados con lo que los Comandantes de la Revolución Juan Almeida, Ramiro Valdés o Guillermo García, y muchos otros históricos, han hecho durante medio siglo de dictadura.

 

Sin embargo, ellos nunca fueron desleales, jamás se burlarán de la salud del compañero Fidel ni cuestionarán en público, (y quizás ni siquiera en privado), sus decisiones políticas y económicas, o el nombramiento de incondicionales en puestos clave: nunca la palabra “fidelidad” ha sido más literalmente empleada que cuando se refiere a la relación de los subordinados con Fidel Castro.

 

Son variadas y anecdóticas las interpretaciones de lo que se puede colegir del video de tres horas presentado a los militantes del partido y la juventud comunista con advertencias severas de que no se puede reproducir por ningún medio. Sin embargo, no se ha prohibido divulgar y comentar su contenido (e incluso se necesita y se desea que lo hagan).  De la versión ampliada del video, con más de seis horas de duración y difusión más restringida, se conoce menos hasta ahora.

 

Hablar de “estalinismo” puede ser lugar común y demasiada superficialidad, pues en este caso no se inventó una causa para purgar a una camarilla, aunque se haya aprovechado la situación para quitar del medio a funcionarios indeseables al entorno de Raúl Castro: lo que más recuerda las purgas moscovitas en esta historia (¿historieta?) son las auto-incriminatorias cartas públicas de reconocimiento de errores y a la vez promesa de amor eterno a la revolución y a los hermanos Castro.

 

Sin embargo, en honor a la verdad, la inmoral y corrupta conducta de los defenestrados hubiera sido motivo de castigo por cualquier gobierno del mundo; incluso, con menos acusaciones, podría haber elementos suficientes para presentarlos ante la justicia en un país donde impere el estado de derecho, que no es el caso cubano.  

 

Allá todavía no se sabe lo que finalmente sucederá o si la video-condena cierra el caso: de momento, Pérez Roque, Carlos Valenciaga, y Martha Lomas (ex ministra de Inversión Extranjera y Colaboración) están trabajando “en la base”, en cargos técnicos de acuerdo a su especialidad profesional, y Otto Rivero administra el Parque Almendares, siguiéndole los pasos a otro tronado y ahora dice que pintor, Roberto Robaina, canciller en desgracia que antecedió a Pérez Roque. Sin excepción, los antiguos amigos no los reconocen ni les llaman, y están apartados de todos los privilegios de las mieles del poder. Carlos Lage, hasta donde se sabe, es el único que se mantiene en plan payama.

 

Las deducciones tipo Agatha Christie, o pretender jugar el juego de la inteligencia a lo James Bond, son abundantes y diversas en todos estos días, y desata la imaginación de periodistas de prensa escrita y digital, pero con el único problema de que muchas de ellas no son demasiado realistas o pecan de superficiales: agentes dobles, cámaras ocultas, grabaciones secretas, chequeo y seguimiento operativo, sirven solamente para exaltar la imaginación y desarrollar el thriller cinematográfico de la Operación Medusa, como fue denominado el expediente operativo que llevó a cabo la Seguridad del Estado, pero no bastan para poder conocer y mucho menos explicar las realidades del régimen, la conducta de la nomenklatura, o la psicología del poder en Cuba.

 

El ingeniero Conrado Hernández, un cubano trabajando en representación de los intereses del País Vasco en Cuba, a través de la “Sociedad para la Promoción y Reconversión Industrial” (SPRI), tenía solamente dos destinos posibles desde el mismo instante en que asumió su cargo, o quizás desde mucho antes, desde que comenzó el coqueteo con los españoles: el de ser agente de la seguridad cubana, o el de ser objetivo operativo de la seguridad cubana. Ese es el destino, desde hace muchas décadas, de todos los cubanos que trabajen para entidades o intereses extranjeros. La investigación contra Hernández había comenzado mucho antes de la defenestración de los hombres nuevos, que fueron apareciendo en el expediente mientras más se avanzaba en el caso.

 

Carlos Lage y Felipe Pérez Roque no estaban actuando concientemente a favor “del enemigo” español, pero su vínculo con el cubano-vasco vino de maravillas a Raúl Castro para “ver hasta donde eran capaces de llegar” quienes habían declarado, respectivamente, que Cuba tiene dos presidentes, Fidel Castro y Hugo Chávez, y que Cuba está dispuesta a renunciar a su soberanía para integrarse con la Venezuela de Hugo Chávez. En las condiciones de un proceso de Sucesión en el régimen, esas afirmaciones constituyeron un delito de lesa dirigencia revolucionaria, ante el cual son pecatta minuta las acusaciones de corrupción.  

 

El pasaporte diplomático que le consiguió Felipe Pérez Roque en menos de veinticuatro horas, la esposa funcionaria del Ministerio del Interior, o la ciudadanía española que también ostentaba junto a la cubana, no le valieron para nada a Conrado Hernández cuando los muchachos del aparato se le acercaron a detenerlo en el aeropuerto de Rancho Boyeros y le cambiaron forzosamente la placentera estadía a la que se dirigía en España por un nada agradable y húmedo calabozo en Villa Marista.

 

Podían haberlo detenido mucho antes, pero hacerlo en el mismo aeropuerto, momentos antes de la partida, desmorona moralmente al detenido, lo confunde, y lo hace más propicio para considerar que “la seguridad lo sabe todo” y, por lo tanto, no oponer mucha resistencia en los interrogatorios: no habría que sorprenderse si nos enteramos de que en algún momento fue necesario que el oficial interrogador tuviera que mandarlo a callar.

 

¿Agente doble? Es posible, pues esa contingencia siempre está presente en este juego. Aunque en este caso no parece demasiado probable, al menos que lo haya sido desde el inicio, ni puede conocerse hasta donde hubo juego de desinformación al “enemigo” a través de Conrado Hernández. Pero por lo menos transmitió a la inteligencia española una información extremadamente importante y esencialmente exacta, el acuerdo secreto del buró político del partido de “elegir” a José Ramón Machado Ventura como segundo al mando de Raúl Castro el 24 de febrero del 2008. Esto lo supo Hernández, y a través de él la inteligencia española y el gobierno de España, antes que lo conocieran muchos cuadros del partido, el gobierno y la nomenklatura cubana, gracias a los agrios comentarios de Carlos Lage en la boda de su primo Raúl Castellanos Lage, cuando manifestó, evidentemente frustrado, que “no le pasaron la bola”, y explicó por qué.

 

En realidad, a Lage sí se la pasaron, pero no como él esperaba, sino a tal velocidad que no tuvo tiempo ni para reaccionar. Él mismo llegó a creerse que podría ser el número dos, pero siendo solamente jugador para equipos escolares no tenía ninguna posibilidad de batear en el team de las grandes ligas conspirativas que dirigen los hermanos Castro.

 

En esa misma boda, que tuvo lugar el 23 de febrero del 2008, (y que según Raúl Castro se organizó en esa fecha para celebrar la presunta promoción de Carlos Lage como segundo al mando), Felipe Pérez Roque tuvo conducta de guapo de barrio, digna del personaje de “Cheo Malanga” en el programa de San Nicolás del Peladero.  Al enterarse por Lage de la promoción de Machado Ventura al segundo puesto, manifestó abiertamente en la fiesta de la boda que no estaba de acuerdo con esa decisión, que no era correcta, y que al día siguiente lo plantearía en la reunión de la Asamblea Nacional que debería santificar a la gerontocracia.

 

Palabras vanas: al día siguiente, cuando ya habían pasado los efectos del alcohol y de la euforia anticipada y posteriormente frustrada, se mantuvo más silente que un cordero.  Es casi imposible ahora recomponer la escena, pero casi seguro levantó su brazo en señal de aprobación, se puso de pie, y aplaudió rítmicamente, como el resto de los diputados de la siempre fiel y unánime Asamblea Nacional, la designación de José Ramón Machado Ventura como primer vice-presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

 

Ese fue el catalizador de la desbandada: a partir de entonces, la camarilla de los no promovidos expresaría abierta y continuamente sus frustraciones y rencores por el camino más habitual del cubaneo: la burla, el relajo y el choteo, los comentarios despectivos sobre los dinosaurios de la gerontocracia. Siguiendo su conducta de doble moral se alejaban de una supuesta incondicionalidad a los poderes reales y al mismo tiempo se preparaban en las sombras para un supuesto relevo generacional que tendría que venir, inexorablemente, por razones de la biología.

 

Nunca entendieron que su grupo no había quedado fuera del juego momentánea, sino definitivamente, y por haber sido en su momento los favoritos del Comandante llegaron a creerse impunes ante Raúl Castro y sus generales.

 

A pesar de las constantes alabanzas de la prensa extranjera despistada y sensacionalista, el “arquitecto de las reformas” y “el mejor intérprete de las ideas del Comandante en Jefe” demostraron desmedida ambición y a la vez muy poca inteligencia, pragmatismo o sentido de la realidad. Comenzaron a comportarse como si de verdad fueran ciudadanos privados y vivieran en un país libre, y a emitir opiniones abiertamente, hasta por teléfonos celulares, sobre los mecanismos del poder y sus dirigentes, mientras el aparato, a través de su red de agentes y sus dispositivos de técnica operativa, acumulaba pacientemente informes, documentos y evidencias que en su momento serían utilizados para aplastarlos definitivamente.

 

El ex canciller mexicano Jorge Castañeda, hurgando en el tema con la información que estaba disponible entonces, (es decir inmediatamente después de la purga), sugirió la hipótesis de una conspiración de los defenestrados, cuyos tentáculos llegarían hasta el Palacio de Miraflores y Hugo Chávez, bajo la nada descabellada suposición de que el teniente coronel bolivariano preferiría la alianza con la nueva generación de talibanes fidelistas que con los generales de Raúl Castro.

 

A pesar de su habitual agudeza analítica, Castañeda no pudo percibir una sutil diferencia que invalidaba la hipótesis conspirativa: al menos en Cuba, no es lo mismo conspirar que “hablar mierda”. Los talibanes no tendrían límites para hablar ni desbocarse expresando sus opiniones después del segundo trago o de quedarse con el doble-nueve en la partida de dominó en la finca matancera de Conrado Hernández, pero de ahí a conspirar, es decir, a concertarse concientemente, “unirse contra su superior o soberano”, o “contra un particular para hacerle daño”, como define la Real Academia el verbo “conspirar”, la distancia es mucha.  No alcanzaban neuronas ni hormonas en los talibanes para tanto.

 

Los oficiales españoles del Centro Nacional de Informaciones, supuestamente destacados en Cuba para el control de los etarras que se mantienen en la Isla por acuerdos con el gobierno español, demostraron ser bastante chapuceros en el manejo y supuesto control de la operación y de su agente Conrado Hernández. Tal vez ilusionados por el regalo operativo que representaba tener acceso a los criterios y opiniones de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, Fernando Remírez de Estenoz, y muchos otros, (lo que nunca ha logrado la inteligencia norteamericana en medio siglo), demostraron con su calamitosa actuación un profesionalismo operativo digno, en el mejor de los casos, de un débil servicio secreto tercermundista.

 

Sus reiteradas entrevistas con Conrado Hernández en el conocido restaurant habanero “El Templete” fueron grabadas y filmadas por los servicios cubanos en muchas ocasiones. Esos oficiales españoles, que no se encontraban en Cuba como ilegales, sino con pleno conocimiento y aprobación del gobierno cubano, ¿creyeron de verdad que ellos mismos no eran objetivo de atención permanente de la seguridad cubana?

 

¿No podían reunirse en la relativa seguridad de la Embajada española en La Habana con alguien que era un funcionario de una institución española? ¿Llegaron a creerse que sus conversaciones con Conrado Hernández pasarían inadvertidas al gobierno cubano, que las consideraría como simple actividad social o gastronómica para pasar un buen rato?

 

¿Creyeron seriamente que podrían instalar técnica operativa en la finca matancera de Hernández, o incluso moverse a esa provincia, sin que los compañeros se dieran cuenta de lo que sucedía y tomaran las contramedidas necesarias?

 

El canciller español Miguel Ángel Moratinos dirá que la salida de esos oficiales de Cuba es un “simple relevo”, pero a la luz de todo lo que ya se conoce en estos momentos está muy claro que no fue ni “simple” ni “relevo”: sencillamente, los funcionarios del gobierno cubano les dijeron a los españoles que se fueran inmediatamente, y en silencio. Como señala ABC, de España: “Cuba, tras descubrir diferentes «actividades» y nexos de agentes del CNI con destacados personajes críticos con el régimen castrista, retiró a los espías españoles el estatus diplomático que les permitía operar en la isla”.

 

La impresión que transmiten en sus crónicas los corresponsales extranjeros destacados en Cuba, fundamentalmente los españoles, sobre las opiniones de cubanos que han visto el famoso video, es que Raúl Castro ha ganado ampliamente la partida, y que los talibanes están desmoronados para siempre.

 

Carlos Lage y Pérez Roque, confrontados sin previo aviso –business as usual- en la reunión del buró político del partido el día 2 de marzo del 2009, cuando se decidió su defenestración, comienzan a defenderse con incongruencias: no sabían en ese momento hasta donde sabía Raúl Castro.

 

No les había llamado la atención, aparentemente, el ninguneo del talibán Otto Rivero, vice-presidente del Consejo de Ministros solamente por obra y gracia de Fidel Castro, ni el envío, en medio de la crisis de los huracanes, de otro talibán, Hassan Pérez, hasta entonces segundo secretario de la juventud comunista, como profesor de una escuela militar.

 

Ni tampoco el anterior “traslado” del hasta entonces secretario privado del Comandante en Jefe, Carlos Valenciaga, a trabajar de librero en los sótanos de la Biblioteca Nacional, ni la liberación y plan payama de Marta Lomas como ministra de Inversión Extranjera y Colaboración.

 

Sin embargo, cuando comienzan a mostrarles las evidencias, ambos empiezan a desmoronarse. Jaime Crombet, vicepresidente de la Asamblea Nacional, quien no es miembro del buró político, fue invitado a la reunión por Raúl Castro para que viera las actitudes y conducta desleal de su yerno, Felipe Pérez Roque: el escenario tiene que haber resultado demoledor para el hasta entonces canciller cubano.

 

Si es cierto lo que se dice, que al día siguiente, ya liberado de su cargo, abandonó el Ministerio de Relaciones Exteriores bajo aplausos espontáneos de los trabajadores –información sin confirmar por medios independientes- hoy posiblemente no tiene acceso ni a la oficina del director de la fábrica donde trabaja como ingeniero. Es una suerte para él, después de todo, que no dependía de un título de licenciado en ciencias sociales obtenido en la escuela del Partido.

 

Carlos Lage, por su parte, trata de defenderse con lamento plañidero, haciéndose pasar por víctima, pero fue inútil: ¿por qué si se sabía que Conrado Hernández era un agente enemigo no fuimos avisados?

 

Caramba, parecería que el hasta entonces favorito de la prensa y muchos gobiernos extranjeros para encabezar la eventual transición post castrista en Cuba, necesita que le avisen que está “durmiendo con el enemigo” para no meter la pata.

 

¿Qué hubiera sucedido en la nación cubana si esta camarilla hubiese llegado al poder en  un relevo generacional? Las esperanzas de una recomposición moral y material de la nación después de medio siglo de totalitarismo se hubieran desvanecido de inmediato con estos personajes. Desaparecidos los símbolos del castrismo, una caricatura de democracia en república bananera prevalecería. Hubiera sido casi como salir de Guatemala para entrar en “Guatapeor”, y las mafias rusas parecerían pálidas ante el indetenible reparto de privilegios, enriquecimientos fáciles, prebendas, sinecuras y candongueo de los nuevos líderes.

 

Ciertamente, no sería nada diferente a la escalofriante realidad de cincuenta años de castrismo ininterrumpido, pero mientras hasta ahora el desastre nacional se ha vendido al mundo como “revolución”, y se ha legitimado internamente con la lucha guerrillera, estos granujas lo iban a vender como “transición”, y su gobierno de hombres nuevos hubiera recibido de inmediato legitimidad y amplio apoyo internacional.

 

No se le ocurrió nunca pensar a Carlos Lage que su queridísimo amigo, trabajando públicamente para una institución del gobierno español, tendría necesariamente que ser un objetivo de la contrainteligencia cubana, así como su primo Raúl Castellanos Lage, tronado muchos años antes cuando Carlos Aldana fue defenestrado del muy poderoso Departamento de Orientación Revolucionaria del partido, tendría que estar controlado por el aparato, como es habitual con todos los defenestrados desde posiciones de alto nivel.

 

No se le ocurrió pensar, o creer, que Big Brother siempre vigila a todos, no importa cuan alto puedan estar, ni que en Cuba nadie está tan alto que no pueda caer en un instante. Él  y Pérez Roque conversaban displicentemente, con tragos o sin tragos, con dominó o sin dominó, personalmente o por teléfono, con su amigo Conrado, su primo Castellanos Lage, y muchos otros, ajenos a que todas sus palabras, expresiones y gestos eran conocidas de inmediato por los segurosos, a través de los innumerables agentes que les rodeaban.  De ahí al buró de Raúl Castro o al lecho de convaleciente de Fidel Castro era cuestión de minutos: un caso como éste es de altísima prioridad.

 

¿En estos titiriteros de feria depositaban sus esperanzas el gobierno español, la Unión Europea, muchos gobiernos de América Latina y el Caribe, y sinceros amantes de la democracia en todo el mundo? De los hermanos Castro se podrán decir muchas cosas, pero no que fueron tontos o cándidos en política, o que cayeran fácilmente en una trampa tan burda.

 

Afortunadamente, en Cubanálisis-El Think-Tank se mantiene la cordura, y no es fácil dejarse llevar por la furia del momento. Y siempre estuvo claro que los pronósticos del futuro de ambos hombres nuevos, manejados por mucha prensa extranjera, eran absolutamente desacertados. No fue una sola ni la primera vez que se escribió en Cubanálisis-El Think-Tank:

 

Muchos creyeron, y repitieron continuamente durante mucho tiempo, y los más testarudos lo repiten aún después de la debacle, que Carlos Lage era como un jefe de gabinete, y Felipe Pérez Roque “el delfín” para la sucesión. Porque siguieron congelados en el tiempo, seguían pensando en escenarios de la era de cuando el hoy mudo Fidel Castro hablaba “cien horas” con Ignacio Ramonet, y no comprendían, porque no querían, que después de la “Proclama” del 31 de julio del 2006 las cosas habían cambiado en Cuba.

 

Por suerte, también, para el Dr. Carlos Lage, su título de médico y su especialidad en pediatría podrán evitarle tener que administrar otro parque, aunque no pueda aspirar a mucho más que a médico de la familia o especialista en un hospital. Y, por supuesto, tiene que olvidarse de misiones internacionalistas o salidas al exterior. Nada de privilegios, más nunca. Se acabaron las casas de visita, los comedores privados, y las asignaciones especiales de ropa. A comer con la libreta de abastecimientos, volver a la bicicleta, o montar en guagua. Mucho menos pensar en regresar algún día al poder: en Cuba no hay Deng Xiaopings.

 

Antes, tuvo que soportar en silencio vergonzoso el truene y ninguneo de su hijo, Carlitos Lage Codorniú, como presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), y no vaciló en aparecer en la foto de los ex presidentes de la organización donde su hijo estaba excluido porque había sido convertido en no-persona.

 

Y que ni se les ocurra, a ninguno de los caídos en desgracia, una entrevista sin permiso con la prensa extranjera, un comentario desafortunado, o un intento desesperado de convertirse en balseros. Lo más saludable que podrían hacer sería vestirse de gris para confundirse con el pavimento. Todos saben que los mea culpa en las cartas de “renuncia” a lo que ya les habían quitado, son nada más que el precio obligado del derecho a la existencia, pero nadie cree que sean sinceros.

 

Que el thiller hasta ahora tenga un final abierto no garantiza nada: todo puede quedar en ese limbo indefinidamente, pero si las cosas en el país se siguen complicando como hasta ahora, el verano se mantiene tan caliente, el cash no aparece, y ya se vive en plena temporada de huracanes, el caso puede convertirse en el sazonador ideal para un nuevo circo romano.

 

Ya el tema de “Los Cinco” aburre, lo de la “constitucionalidad” de Zelaya en Honduras no se puede prolongar demasiado, el “imperialismo” no deja demasiadas oportunidades en estos nuevos tiempos, la Mesa Redonda sigue siendo insoportable, y el compañero Fidel, quien sabe por qué, no ha reflexionado mucho últimamente: como el pan sigue escaso, el circo puede ser imprescindible en cualquier momento.

 

Porque todo este proceso, a fin de cuentas, no es más que eso: otro acto más de un gran circo que ya dura medio siglo, en medio de la tragedia de la nación cubana .

 

La anécdota y el escándalo entretienen, y dan a los cubanos un tema ajeno al agobio diario, así como la posibilidad de canalizar sus muchas frustraciones despreciando momentáneamente a los caídos en desgracia mucho más que a los verdaderos culpables de la tragedia. Y también da a los corresponsales extranjeros la posibilidad de investigar un poco, y elaborar reportajes que les permitan aparecer como informados y objetivos, aunque no sepan, no quieran, o no puedan profundizar demasiado en el tema.

 

El sistema está podrido hasta los tuétanos, está claro, en su mismísimo ADN original.

 

Los caídos en desgracia no son ni mejores ni peores que quienes ahora les crucifican, sino más ambiciosos y torpes, y a la vez, mucho menos experimentados y mucho menos astutos. Nada más.

 

No puede ser de otra manera en el entorno cercano a Fidel Castro: no pueden caer cerezas de una mata de aguacates. Ni es legítimo que un tirano, al final de sus días, quiera disponer también de la suerte de la nación tras su desaparición física, designando sucesores que, precisamente por tener su aprobación, no pueden servir para nada bueno.

 

A pesar de todas las limitaciones, imperfecciones y fallos de la democracia, nada es más conveniente a los pueblos que el sagrado derecho de elegir libremente a sus gobernantes cada cierto tiempo determinado de antemano, y poder pedirles cuentas a través de las instituciones del estado de derecho.

 

Privilegio del que los cubanos hemos estado excluidos por más de medio siglo.